Edad Contemporánea
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Edad Contemporánea es el nombre con el que se designa el periodo histórico comprendido entre la Revolución francesa y la actualidad. Comprende un total de 219 años, entre 1789 y 2008. La humanidad experimentó una transición demográfica, concluida para las sociedades más avanzadas (el llamado primer mundo) y aún en curso para la mayor parte (los países subdesarrollados y los recientemente industrializados), que ha llevado su crecimiento más allá de los límites que le imponía históricamente la naturaleza, consiguiendo la generalización del consumo de todo tipo de productos, servicios y recursos naturales que han elevado para una gran parte de los seres humanos su nivel de vida de una forma antes insospechada, pero que han agudizado las desigualdades sociales y espaciales y dejan planteando para el futuro próximo graves incertidumbres medioambientales.
Los acontecimientos de esta época se han visto marcados por transformaciones aceleradas en la economía, la sociedad y la tecnología que han merecido el nombre de Revolución Industrial, al tiempo que se destruía la sociedad preindustrial y se construía una sociedad de clases presidida por una burguesía que contempló el declive de sus antagonistas tradicionales: los privilegiados y el nacimiento y desarrollo de uno nuevo: el movimiento obrero, en nombre del cual se plantearon distintas alternativas al capitalismo. Más espectaculares fueron incluso las transformaciones políticas e ideológicas (Revolución liberal, nacionalismo, totalitarismos); así como las mutaciones del mapa político mundial y las mayores guerras conocidas por la humanidad.
La ciencia y la cultura entran en un periodo de extraordinario desarrollo y fecundidad; mientras que el arte y la literatura, liberados por el romanticismo de las sujecciones académicas y abiertos a un público y un mercado cada vez más amplios; se han visto sometidos al impacto de los nuevos medios de comunicación de masas, escritos y audiovisuales, lo que les provocó una verdadera crisis de identidad que comienza con el impresionismo y las vanguardias y aún no se ha superado.
[editar] Modernidad: Ruptura y continuidad
La Edad Contemporánea es una división reciente de la historia, ya que es el cuarto segmento de la vieja clasificación de Cristóbal Celarius en Antigüedad, Edad Media y Edad Moderna. De hecho, lo que para los historiadores de tradición latina es la "Edad Contemporánea" o "Época Contemporánea", para los historiadores anglosajones son los Late Modern Times (literalmente "Últimos Tiempos Modernos", traducible como "Edad Moderna Tardía" o "Edad Moderna Posterior"), en contraste con los Early Modern Times (literalmente "Tempranos Tiempos Modernos", traducible como "Edad Moderna Temprana" o "Edad Moderna Anterior"). Es legítimo cuestionarse si hubo más continuidad o más ruptura entre la Edad Moderna y la Contemporánea.
Si se define la Modernidad como el desarrollo de una cosmovisión con rasgos bien característicos (antropocentrismo -confianza en el ser humano por sobre lo divino-, idea de progreso social, énfasis en la libertad individual, valoración del conocimiento y la investigación científicas, etcétera), entonces es claro que la Edad Contemporánea es una continuación de todos estos conceptos, que surgieron en Europa Occidental a finales del siglo XV y comienzos del XVI con el Humanismo, el Renacimiento y la Reforma Protestante; y se acentuaron durante la denominada crisis de la conciencia europea de finales del siglo XVII, que incluyó la Revolución Científica y preludió a la Ilustración. Las revoluciones de finales del XVIII y comienzos del XIX pueden entenderse como la culminación lógica y exacerbación de esta cosmovisión respecto del período precedente. A partir de entonces, la confianza en el ser humano y en el progreso científico se manifestó en una ideología muy característica: el positivismo, que encontró su reflejo político en el liberalismo y en el secularismo, y religioso en el agnosticismo; llevado a su extremo, permitió el desarrollo del darwinismo social. A su vez, la doctrina de los derechos humanos, desarrollada con elementos anteriores, se plasmó para dar forma a la democracia contemporánea, que a partir del siglo XIX se fue extendiendo con distintas vicisitudes hasta llegar a ser el ideal más universalmente aceptado de forma de gobierno en la actualidad, con notables excepciones.
Pero por otra parte, durante la Edad Contemporánea se desarrolló también un discurso correlativo que pone un fuerte énfasis en la llamada crítica de la Modernidad, y que en su vertiente más radical desemboca en el nihilismo. Es posible seguir el hilo de esta crítica de la Modernidad en el Romanticismo y su utopía de reencontrarse con las raíces históricas de los pueblos, o en la filosofía de Arthur Schopenhauer o más modernamente del Existencialismo, o en ideologías políticas como el comunismo, o en estilos artísticos como el teatro del absurdo, o en concepciones teóricas como el Postmodernismo, por mencionar tan solo algunos ejemplos puntuales. Pero por otra parte, la idea de reemplazar al ideal ilustrado de progreso y confianza optimista en las capacidades del ser humano, es en sí misma una noción progresista y de confianza en la capacidad del ser humano que efectúa esa crítica, por lo que esas "superaciones de la Modernidad" muchas veces son vistas a posteriori como nuevas variantes del discurso moderno.[1]
En cada uno de los planos principales del devenir histórico (económico, social y político), puede cuestionarse si la Edad Contemporánea es una superación de las fuerzas rectoras de la Modernidad o sólo significa el periodo en que triunfan y alcanzan todo su potencial de desarrollo las fuerzas económicas y sociales que durante la Edad Moderna se iban gestando lentamente: el capitalismo y la burguesía; y las entidades políticas que lo hacían de forma paralela: la nación y el Estado. En el siglo XIX, estos elementos confluyeron para conformar la formación social histórica del estado liberal decimonónico europeo clásico, regido por una minoría burguesa empecinada en la acumulación de capital, asentada sobre una gran masa de proletarios, compartimentada por las fronteras de unos Estados nacionales de dimensiones compatibles con mercados nacionales que a su vez controlaban un espacio exterior disponible para su expansión colonial.
Sin embargo, en el siglo XX, esta triple identidad (económica, social y política) se fue trizando. Por una parte, el surgimiento de una poderosa clase media, en particular gracias al desarrollo del estado del bienestar, tendió a limar la distancia entre la burguesía y el proletariado. Por la otra, el capitalismo fue duramente combatido, aunque con éxito bastante limitado, por ideologías inspiradas en el marxismo, desde el comunismo más radical hasta las variantes más moderadas de socialismo; en el siglo XX, en el campo científico, los presupuestos del capitalismo fueron puestos a prueba por el desarrollo de la moderna Teoría de Juegos, que en muchos aspectos enmendó la plana a los planteamientos económicos clásicos de Adam Smith. En cuanto a los Estados nacionales, si bien numerosos pueblos y naciones del globo terminaron por convertirse en sendos Estados durante los siglos XIX y XX, éstos no siempre resultaron viables, y una cantidad numerosa de ellos terminaron degenerando en terribles conflictos civiles, religiosos o tribales, en particular cuando las fronteras se fijaron siguiendo los límites geográficos de los imperios coloniales en desintegración, que a su vez habían sido delimitados con criterios bien distintos al interés de las naciones sometidas a dichos imperios; por otra parte, los estados nacionales se transformaron, después de la Segunda Guerra Mundial, en actores cada vez menos relevantes en el mapa político, debido a la hegemonía impuesta por los Estados Unidos y la Unión Soviética sobre ellos.
La desaparición de ésta y del bloque comunista ha dado paso al mundo actual del siglo XXI, en que las fuerzas rectoras tradicionales presencian el doble desafío que suponen tanto la tendencia a la globalización como el surgimiento o resurgimiento de todo tipo de identidades -religiosas, sexuales, de edad, nacionales, grupales, culturales, deportivas- o actitudes -pacifismo, ecologismo- muchas veces competitivas entre sí.
[editar] La era de la Revolución
En los años finales del siglo XVIII y los primeros del siglo XIX se derrumba el Antiguo Régimen de una forma que fue percibida por los contemporáneos como una aceleración del ritmo temporal de la historia, que trajo cambios trascendentales conseguidos tras vencer de forma violenta la oposición de las fuerzas interesadas en mantener el pasado: todos ellos requisitos para poder hablar de una Revolución, y de lo que para Eric Hobsbawm es La Era de la Revolución.[2] Suele hablarse de tres planos en el mismo proceso revolucionario: el económico, caracterizado por el triunfo del capitalismo industrial que supera la fase mercantilista y acaba con el predominio del sector primario (Revolución Industrial); el social, caracterizado por el triunfo de la burguesía y su concepto de sociedad de clases basada en el mérito y la ética del trabajo, frente a la sociedad estamental dominada por los privilegiados desde el nacimiento (Revolución burguesa); y el político e ideológico, por el que se sustituyen las monarquías absolutas por sistemas representativos, con constituciones, parlamentos y división de poderes, justificados por la ideología liberal (Revolución liberal).
[editar] Maquinismo e industrialismo
Uno de los pilares de la sociedad contemporánea, en relación a todos los períodos históricos precedentes, es el proceso de industrialización acelerada que se vivió desde la Revolución Industrial en adelante. Esta se vivió en fechas distintas según el lugar y las influencias: segunda mitad del siglo XVIII (Inglaterra, cuna de la Revolución Industrial), primera mitad del XIX (Europa), segunda mitad del XIX (Estados Unidos, Rusia y Latinoamérica), primera mitad del XX (Japón), segunda mitad del XX (naciones africanas).
Con anterioridad, las sociedades agrarias que habían devenido en mercantiles gracias al intercambio comercial, seguían elaborando productos de manera artesanal, y por lo tanto, con bajas cuotas y altos costes de producción. La maquinización de muchos procesos que hasta entonces habían sido efectuados manualmente, permitió la elaboración de éstos en serie, lo que trajo varias consecuencias. En primer lugar, los costos de producción disminuyeron ostensiblemente, en parte porque al fabricarse de manera más rápida se invertía menos tiempo en su elaboración, y en parte porque las propias materias primas, al ser también explotadas por medios industriales, bajaron su coste. En segundo lugar, se produjo la estandarización de la producción, de modo que los pocos productos antiguos y exclusivos fueron reemplazados por muchos productos nuevos, pero todos iguales unos a otros. En tercer lugar, las sociedades industrializadas pudieron prescindir de mano de obra cualificada, contratando a obreros menos preparados y despidiendo a vastas cantidades de ellos, con el consiguiente problema social que implicaban las crecientes masas de desocupados y parados, la precarización del empleo, y la brutal desigualdad entre bajos salarios y altas exigencias laborales. En cuarto lugar, la disminución del costo de formar a obreros y artesanos liberó recursos para que sectores crecientes de la población pudieran acceder a una mejor educación, generando así una clase media que, con mayor o menor fortuna, consiguió ser un colchón entre los inmensamente ricos y los inmensamente pobres.
La Revolución Industrial se originó en Inglaterra. Varios factores influyeron en esto. Por una parte, Inglaterra era uno de los países con mayor disponibilidad de carbón, mineral indispensable para alimentar la máquina de vapor (debido a tener un poder calorífico mayor que la madera, el otro combustible tradicional), que fue el gran motor de la Revolución Industrial temprana. Por otra, la sociedad inglesa había atravesado una serie de guerras civiles en el siglo XVII, que derivaron en el reemplazo del Absolutismo por una monarquía parlamentaria que daba garantías para el emprendimiento individual. Síntoma importante de esto es el enorme desarrollo que en Inglaterra tenía el sistema de patentes industriales. Además, durante el siglo XVIII se construyó Inglaterra un gran imperio colonial que, a pesar de la pérdida de las Trece Colonias, emancipadas en la guerra de 1776 a 1781 (ver independencia de Estados Unidos), tenía a su disposición los riquísimos territorios de la India, entre otros, los cuales eran una fuente importante de materias primas para su industria. De ahí la facilidad con la cual Inglaterra pudo industrializarse, a finales del siglo XVIII.
Ya a finales del siglo XVII habían experimentos con calderas de vapor, y Thomas Newcomen había desarrollado en 1705 una máquina de vapor que mejoraba el trabajo en las minas. Pero fue en 1782 cuando James Watt incorporó un sistema de retroalimentación en la máquina de Newcomen, volviéndola así mucho más eficiente. El invento de Watt daría la vuelta al globo, y sería el primer salto hacia la industrialización. En paralelo, se desarrollaron nuevas técnicas agrarias, en lo que se denominó la revolución agrícola, y que permitió mejorar el rendimiento agrícola y ganadero; al mismo tiempo, inventos como la lanzadera volante y otros permitieron mecanizar el trabajo textil (revolución textil), poniendo a la industria textil inglesa a la cabeza de la producción mundial de telas.
Estas novedades no siempre fueron bien acogidas por la población. Entre la gente cundió el miedo a que las máquinas algún día reemplazarían por completo el esfuerzo humano, y de esta manera se terminaran las fuentes de trabajo. El miedo a la cesantía y al paro forzoso llevó a muchos obreros a revolverse, crear disturbios, y arrasar con las industrias que habían incorporado máquinas. Si bien por una parte disminuyeron los puestos de trabajo, la consecuencia más nefasta fue la rebaja en el nivel salarial, y por tanto, se abrieron las puertas a horarios de trabajos infames y al pauperismo.
[editar] Revoluciones políticas liberales
[editar] Contexto político e ideológico
En paralelo a la Revolución Industrial, el poder económico creciente de la burguesía chocaba con los privilegios de los dos estamentos sociales que conservaban sus prerrogativas desde la Edad Media, que eran el clero y la nobleza. Ya a finales del siglo XVII, los monarcas absolutos habían empezado a prescindir de los aristócratas para el gobierno, llamando como ministros a gentes de la burguesía, como por ejemplo Jean-Baptiste Colbert, el ministro de finanzas de Luis XIV. De esta manera, los burgueses fueron cobrando conciencia de su propio poder. En el siglo XVIII abrazaron los ideales de la Ilustración. En respuesta, los monarcas absolutos adoptaron algunas ideas ilustradas, creando así el despotismo ilustrado, el cual a la larga se reveló como insuficiente para satisfacer las aspiraciones burguesas, que se inclinaban con fuerza cada vez mayor hacia un gobierno constitucional. Finalmente, ante la resistencia de la nobleza, el descontento de la burguesía estalló en forma de rebeliones populares contra los privilegiados. En las colonias con una burguesía ascendente, esto se manifestó en guerras de independencia, mientras que en las metrópolis, esto produjo movimientos revolucionarios.
En la ideología de estas revoluciones jugaron un papel importante dos nociones filosóficas y jurídicas íntimamente vinculadas, que son la moderna teoría de los derechos humanos por una parte, y el constitucionalismo por la otra. La idea de que existen ciertos derechos inherentes a los seres humanos es antigua, y se encuentra por ejemplo en Cicerón o la Escolástica, pero por lo general se lo asociaba a la religión o a una especie de orden supramundano. Los ilustrados (Locke, Rousseau...) defendieron la idea de que dichos derechos humanos son inherentes a todos los seres humanos por igual, por el mero hecho de ser criaturas racionales, y por ende no son concesiones del Estado, ni tampoco tienen que ver con alguna condición religiosa como el ser "hijos de Dios", por ejemplo. La secularización de la política no implicaba necesariamente el agnosticismo o el ateísmo de los ilustrados, muchos de los cuales eran sinceros cristianos, mientras otros se identificaban con las posturas panteístas próximas a la masonería. El principio de tolerancia religiosa fue defendido con vehemencia y compromiso personal por Voltaire, cuyo alejamiento de la Iglesia católica le hizo ser el personaje más polémico de la época.-
También estos derechos son "derechos naturales", esto es, se oponen a los "derechos positivos", que son aquellos consagrados por los distintos ordenamientos jurídicos; vale decir, los derechos humanos se conciben como anteriores a la ley del Estado. "Los derechos del hombre son recogidos en una Constitución -por eso se pueden llamar constitucionales- pero no son creados por ella. Son derechos, según se dice en esas declaraciones, que pertenecen al hombre por ser quien es y no en virtud de ciertos hechos propios o ajenos, o de condiciones posteriores, como puede ser la nacionalidad, las preferencias políticas o la religión del individuo".[3]
Pero como el Estado puede arrollar estos derechos, los ilustrados concibieron limitarlo mediante una Constitución Política, prefiriendo el imperio de la ley al gobierno del rey. Aunque los ilustrados podían diferir sobre sus preferencias en cuanto a la definición del perfecto sistema político, desde la mayor autoridad del rey hasta el principio de separación de poderes (notablemente Montesquieu en El espíritu de las leyes -1748-), prácticamente todos concordaban en la necesidad de dicha Ley Suprema que rigiera a la nación soberana. A su vez, esta Constitución debía ser generada por el pueblo y no por la monarquía o el gobernante, ya que se trata de una expresión de la soberanía, y ésta reside en la nación y en los ciudadanos, y por lo tanto, ya no en el monarca, como predicaban los teóricos defensores del Absolutismo (Hobbes, Bossuet). De ahí que los ilustrados defendieran, como representante de los derechos del pueblo, un parlamentarismo que podía ser más o menos amplio.
Cuesta no reconocer en todas estas concepciones, la gran influencia que sobre los teóricos políticos de la Ilustración tuvo el ejemplo político inglés, que después de 1688 decantó en una monarquía parlamentaria con plena separación de poderes. De hecho, la Constitución de 1787, que entró en vigencia en Estados Unidos está fuertemente imbuida en la tradición jurídica consuetudinaria británica. No es raro este contraste entre constitución escrita (Estados Unidos) y consuetudinaria (Inglaterra), si se piensa que el proceso jurídico británico se produjo en el lapso de unos 600 años, mientras que su equivalente estadounidense se produjo en apenas una década, y por tanto, el texto escrito se hizo indispensable para crear todo un nuevo sistema político desde la nada, mientras que esto no fue necesario en el caso británico, que había evolucionado fluidamente y había tenido tiempo de decantar en el paso de los siglos. De hecho se plasmaba en el prestigio de varios textos legales (algunos medievales, como la Carta Magna de 1215, otros modernos como el Bill of Rights de 1689), la jurisprudencia de tribunales con jueces independientes y jurados y los usos políticos, que implicaban un equilibrio de poderes entre Corona y Parlamento (elegido por circunscripciones desiguales y sufragio restringido), frente al que el Gobierno de su Majestad respondía. Las primeras constituciones escritas en el continente europeo fueron la polaca (3 de mayo de 1791)[4] y la francesa (3 de septiembre de 1791). No obstante, el primer documento legal moderno de su tipo (más bien un ejercicio teórico y utopista que no se aplicó) fue el Proyecto de Constitución para Córcega que Jean Jacques Rousseau redactó para la efímera República Corsa (1755-1769).[5]
Las primeras españolas aparecieron como consecuencia de la Guerra de Independencia Española: la redactada en Bayona por los afrancesados (8 de julio de 1808) y la elaborada por sus rivales del bando patriota en las Cortes de Cádiz (12 de marzo de 1812 llamada popularmente Pepa), tomada como modelo por otras en Europa. En la América Hispánica las primeras constituciones fueron creadas entre 1811 y 1812, como consecuencia del movimiento juntista, que fue la primera fase del movimiento independentista latinoamericano. El Congreso de Angostura, con la inspiración de Simón Bolívar, redactó la Constitución de la Gran Colombia (incluía las actuales Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela) el 15 de febrero de 1819.
[editar] Independencia de Estados Unidos
Los ingleses se habían instalado en Norteamérica desde el siglo XVII, dando lugar así a las Trece Colonias. Durante la gran guerra colonial que los ingleses emprendieron con los franceses (1756-1763), y que fue correlato americano de la Guerra de los Siete Años europea, los colonos estadounidenses cobraron conciencia de su propio poder. En los años siguientes, la metrópolis inglesa se condujo con poco tacto con las colonias, y tras el enfriamiento progresivo de relaciones, los colonos y los "casacas rojas", como se llamaba a las tropas inglesas por el color de su uniforme, tuvieron las primeras refriegas. En 1776, en un "congreso continental" reunido en la ciudad de Filadelfia, las Trece Colonias proclamaron la independencia. La guerra, liderada por George Washington por el lado colonial, terminó con la completa derrota de los ingleses en la batalla de Yorktown (1781), y la posterior admisión de la independencia (1783). Durante algunos años hubo dudas sobre si las Trece Colonias seguirían su camino como otras tantas naciones independientes, o si se unirían en una única nación. En un nuevo congreso celebrado otra vez en Filadelfia, el año 1787, acordaron finalmente una solución intermedia, conformando un estado federal con una compleja repartición de funciones entre la Federación y los Estados miembros, todo ello bajo el mandato de una única carta fundamental, la Constitución de 1787, la primera escrita en el mundo. La Federación, conocida como los Estados Unidos, se inspiró para su creación y para la redacción de su carta magna, en los principios fundamentales promovidos por la Ilustración, incluyendo el respeto a los derechos humanos, el individualismo, la democracia, etcétera, transformándose así en un ejemplo a seguir por los burgueses de otras latitudes, que encontraron aquí inspiración para los siguientes movimientos revolucionarios que vendrían.
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Jean-Jacques Rousseau (Quentin de la Tour, 1753) es el padre intelectual de las revoluciones de finales del siglo XVIII. Ve en la sociedad corrupta del Antiguo Régimen menos valores que en el buen salvaje (avanzado en su Discours sur les Sciences et les Arts -"Discurso sobre las Ciencias y las Artes"- y popularizado con la novela Emilio). Su doctrina de Contrato social, basado en ese concepto de bondad natural del hombre, llevará a la búsqueda de la soberanía nacional, y más adelante, de la democracia, pero también está en el origen intelectual del estado uniformador y totalitario de las dictaduras del siglo XX. |
Presentación al Congreso Continental por la comisión de los "cinco hombres" de la propuesta de Declaración de Independencia de los Estados Unidos (4 de julio de 1776). Aparecen entre otros Thomas Jefferson, Benjamin Franklin y John Adams (Cuadro de John Trumbull, 1817).[6] En este texto se aplicaron los valores de la Ilustración a la construcción del primer sistema político contemporáneo. La recepción de esta experiencia en Europa, principalmente en Francia, fue una mezcla de simpatía y paternalismo: el mito del buen salvaje contribuyó a ello, y también la habilidad diplomática del propio Franklin, embajador en París. Los estadounidenses se presentaron a sí mismos como resistentes a la tiranía, con referencias neoclásicas a la antigua República Romana, de la que se verán herederos de allí en adelante (Nueva Roma) |
El general y primer presidente George Washington despide al noble francés y también general Marqués de La Fayette (1784). Al frente de tropas de la monarquía francesa había apoyado la independencia de las Trece Colonias frente a Inglaterra, al igual que hizo el gobernador de Luisiana Bernardo de Gálvez y Madrid con tropas de la monarquía española, en un ajuste de cuentas de la anterior Guerra de los Siete Años. La Fayette, influido por su experiencia americana, fue partidario de las reformas moderadas y de una monarquía constitucional durante la posteriores acontecimientos revolucionarios en Francia. |
El británico Thomas Paine tuvo una trayectoria vital ligada a las revoluciones americana y francesa. Expulsado de Inglaterra, también tuvo problemas con el régimen terrorista de Robespierre, y acabó su vida en suelo norteamericano. Fue autor de tres importantes libros: el liberal Common Sense ("El Sentido Común") donde defiende la independencia de Estados Unidos, el polemista The Rights of Man ("Los Derechos del Hombre") respondiendo al ataque a los excesos revolucionarios de Francia de Edmund Burke (quien, por el contrario, había defendido la americana, aunque con argumentos más conservadores que los radicales de Paine); y el anticlerical y volteriano The Age of Reason (La edad de la razón). |
[editar] Revolución Francesa e Imperio Napoleónico
Francia había apoyado activamente a las Trece Colonias contra su enemigo de siempre, Inglaterra, y había enviado tropas a cargo del Marqués de LaFayette para prestarles apoyo militar. Pero esto le costó caro a la monarquía francesa, y no sólo en términos monetarios. El gobierno de Luis XVI, bienintencionado, pero no demasiado competente, era enormemente impopular, y una serie de crisis económicas llevaron a la monarquía al borde del desastre, mientras que el pueblo y la burguesía pedía, como remedio para los males económicos, que tanto el clero como la nobleza pagaran impuestos, como el resto de los súbditos de la corona francesa. Ante la crisis, Luis XVI convocó a los Estados Generales, pero una vez reunidos, los diputados de la nobleza, el clero y los estamentos no privilegiados (el llamado "Tercer Estado") no pudieron ponerse de acuerdo sobre el sistema de votación (por clase favorecía a la nobleza y al clero, mientras que por diputado favorecía al Tercer Estado). Finalmente, el Tercer Estado se separó para formar su propia Asamblea Nacional. El 14 de julio de 1789, la situación se escapó de todo control, cuando el pueblo en un movimiento espontáneo y popular, tomó la fortaleza de La Bastilla, símbolo de la autoridad real. El rey, sorprendido por los acontecimientos, pareció hacerles concesiones a los revolucionarios por un tiempo (éstos no querían, en principio, derrocarle, sino tan solo obligarle a aceptar una constitución), pero luego de un intento de fuga en 1791, fue prácticamente un prisionero de los representantes del Tercer Estado. La Constitución de 1791 tenía forma monárquica, pero en el fondo confería el poder a una Asamblea Legislativa, que gobernó a su amaño contra la nobleza y el clero. En 1792 Francia fue envuelta en guerra contra otras potencias vecinas (Austria y Prusia), decididas a aplastar el movimiento revolucionario antes de que el ejemplo se contagiase a sus territorios. Todo terminó en una degollina generalizada, el llamado Terror, que duró entre 1793 y 1795, y en el cual los restos de la aristocracia y el clero fueron barridos casi por completo (exiliados o ejecutados), así como el rey, para dar paso a un nuevo régimen político, el Directorio (1795-1799).
En medio de estos eventos hizo carrera un militar llamado Napoleón Bonaparte, que ganó popularidad como general victorioso en Italia y Egipto. En 1799 se sumó al golpe de estado que derribó al Directorio y proclamó el Consulado; en 1804, Napoleón se proclamó Emperador de Francia. Aunque finalmente derribado en 1815, Napoleón dejó un extenso legado tras de sí. Consciente de que no podía retomar el Derecho del Antiguo Régimen, pero sumergido en el marasmo de la atropellada y caótica legislación revolucionaria, dio la orden de compendiar todo ese legado jurídico en cuerpos legales manejables. Nació así el Código Napoleónico, inspiración para muchas otras repúblicas diseminadas por el planeta, y que contribuyó a propagar los ideales revolucionarios; a éste código siguió después un Código de Comercio, un Código Penal y un Código de Instrucción Criminal, este último antecedente de los distintos códigos procesales modernos. También emprendió una serie de reformas administrativas y tributarias en Francia, que eliminaron muchos privilegios y fueros territoriales a favor de una nación unitaria y centralizada. En su campaña contra los privilegios creó también la Legión de Honor, la más alta distinción del Estado de Francia, que reconoce no el privilegio de cuna o la riqueza, sino el mérito personal, idea ésta muy en consonancia con los ideales de 1789. De esta manera, el régimen político, jurídico e institucional de Napoleón Bonaparte, inspirado en los ideales de la Revolución Francesa, se transformó en modélico para el mundo.
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Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, 26 de Agosto de 1789. Con una voluntad universalista e ilustrada, supuso una invitación a la extensión de las ideas revolucionarias a las demás naciones. |
Ejecución de Luis XVI, 21 de enero de 1793. La ejecución por su pueblo de un rey que según todo el ideario político de su tiempo, tenía poderes absolutos, causó un impacto enorme, ya con todas las monarquías europeas solidarizaron en guerra contra la Revolución. |
El tres de mayo de 1808 en Madrid, por Goya. La lucha entre las fuerzas napoleónicas y los defensores del Antiguo Régimen obligó a los pueblos europeos a tomar partido no sólo militar, sino también ideológico, e ingresar así a la Edad Contemporánea. |
[editar] Independencia de Latinoamérica
En América, sometida desde el siglo XVI al dominio colonial español, se había formado durante el XVIII una próspera clase mercantil, que veía con malos ojos los intentos de la metrópoli por mantenerlos sometidos a numerosas trabas administrativas, legales, burocráticas o mercantiles, bien sea por mala fe, bien sea por miedo al poder que los burgueses pudieran desarrollar, bien sea por hacer la guerra económica a otras naciones europeas impidiéndoles comerciar con América, o bien sea por simple inepcia. El caso es que numerosos burgueses americanos, los criollos, buscaban no emanciparse, pero sí cambiar las relaciones entre la metrópoli y las colonias; sólo algunos exaltados operando en la sombra, la mayor parte de ellos agrupados en logias masónicas como la Logia Lautarina, buscaban verdaderamente la independencia.
La oportunidad vino con el cautiverio de Fernando VII de España, a manos de la invasión napoleónica. Napoleón Bonaparte envió emisarios a América para exigirles su fidelidad, pero los criollos, quizás espoleados por el fracaso de Napoleón en retener la Luisiana (vendida a Estados Unidos en 1803), se negaron a someterse, y para preservar el poder de Fernando VII, se abocaron al movimiento juntista, preservando su poder en Juntas de Gobierno convocadas en cada capital de gobernación o virreinato, pero a un tiempo aprovechando la ocasión para introducir reformas económicas, incluyendo la libertad de comercio o la libertad de vientres. Todo esto fue mal visto por los elementos más fidelistas, quienes hicieron la guerra a los juntistas, a veces abiertamente y por mano militar. Tampoco le agradó este estado de cosas a Fernando VII, quien salió del cautiverio en 1814 y apoyó una serie de acciones militares para abatir a las colonias, cada vez más emancipadas. Los patriotas, ahora resueltos no a obtener beneficios sino a emanciparse derechamente, formaron sendos ejércitos, y en campañas militares de varios años, consiguieron libertar América: José de San Martín invadió Chile desde Argentina (1817), y luego saltó desde ahí al Perú, con el apoyo del gobierno de Bernardo O'Higgins (1822), mientras que Simón Bolívar emprendió una marcha triunfal por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, hasta que uno de sus lugartenientes, el Mariscal José de Sucre, venciendo en la Batalla de Ayacucho (1824), derrotó al último bastión realista. Paralelamente, en México, hubo un movimiento revolucionario propio, que llevó a la proclamación de la independencia por Agustín de Iturbide, quien casi de inmediato se proclamó Emperador de México.
A pesar de los ideales panamericanos de Simón Bolívar, que aspiraba a reunir a todas las repúblicas, a semejanza de las Trece Colonias, éstas no sólo no se reunieron, sino que siguieron disgregándose. La Gran Colombia duró hasta 1830 y se escindió en Ecuador, Colombia y Venezuela; por su parte Uruguay se independizó de Argentina en 1828; y un intento por crear una Confederación Perú-Boliviana terminó con su derrota militar a manos de las tropas chilenas, en 1839.
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El cura Hidalgo, precursor de la independencia de México. |
Simón Bolívar, el más decisivo de los libertadores de América. |
José de San Martín, desde Argentina ejerció un papel de similar importancia. |
Toussaint-Louverture, líder de la revolución haitiana, la única basada en la rebelión de los esclavos negros. |
[editar] Otros movimientos revolucionarios
Estos no fueron los únicos movimientos revolucionarios, aunque sí fueron los más importantes. En algunas ciudades autónomas de Europa (Lieja en 1791, por ejemplo) hubo varias insurrecciones que siguieron el modelo revolucionario francés, con mayor o menor éxito. El conato revolucionario europeo que tuvo mayor éxito, fue la sublevación de los griegos, que se emanciparon del Imperio Otomano en 1823. Fuera del mundo occidental, aunque no puede hablarse de movimientos revolucionarios propiamente tales en el sentido que hemos reseñado, sí es claro que los distintos movimientos occidentalizadores (Era Meiji en Japón, abolición del Imperio Manchú en China, etcétera), se inspiraron para crear naciones "modernas" y "occidentales", en los llamados ideales de 1789.
[editar] Reacción contra la Ilustración: el Romanticismo
Todos estos movimientos revolucionarios encontraron concreción intelectual en el Romanticismo. Los antecedentes del mismo se encuentran ya en la segunda mitad del siglo XVIII, con obras literarias como Las desventuras del joven Werther de Goethe, o la novela gótica de Horace Walpole y sus epígonos. Sin embargo, en la época predominaba el espíritu del Neoclasicismo. De hecho, aunque suele verse al Romanticismo como una reacción contra el Neoclasicismo, la verdad es que entre uno y otro movimiento se produjo una transición bastante pausada, hasta el punto que hay quien afirma, quizás de manera un tanto extrema, que son dos fases de un mismo movimiento intelectual.[7] Por lo pronto, es sintomático que la Revolución Francesa y el Imperio Napoleónico, movimientos ambos de rebelión contra el Antiguo Régimen, estén asociados artísticamente no con el Romanticismo que por entonces nacía, sino con el Neoclasicismo, y que el gran pintor de escenas revolucionarias sea el neoclásico Jacques-Louis David.
El Romanticismo se caracteriza por conferirle la máxima importancia al sentimiento, incluso la pasión, por sobre el racionalismo. También prestaba suma atención a las peculiaridades y particularidades de cada pueblo o nación, desembocando así en un fuerte nacionalismo. Este énfasis doble confluyó en una sostenida investigación de las raíces de cada pueblo y nación, en la búsqueda de lo que los alemanes llamarían el Volkgeist o "Espíritu del pueblo". En ese sentido, se opone decididamente a la Ilustración, que confería un énfasis supremo a la Razón, y que por lo mismo, aspiraba a un carácter universalista o ecuménico.
El Romanticismo encontró su más fuerte expresión en el arte romántico. La Literatura romántica se llenó de tipos literarios atormentados y zaheridos por las pasiones, en lucha constante contra una sociedad que se niega a darle libertad al individuo. En Inglaterra destacan entre otros Lord Byron, Percy Shelley y Mary Shelley, quienes vivieron vidas tempestuosas y murieron jóvenes. En Italia se alza la figura de Alessandro Manzoni. En España, el Romanticismo se plasma en José Zorilla, quien con su Don Juan Tenorio replantea el mito barroco que plasmara Pedro Calderón de la Barca en El burlador de Sevilla. En Estados Unidos emerge la figura de Edgar Allan Poe. Este Romanticismo literario fue muy combatido inicialmente, en parte por su postura transgresora, y en parte por la actitud desenfadada y anticonvencional de sus representantes, quienes llevaron vidas escandalosas para la época. El enfrentamiento definitivo se produjo en 1830, cuando un joven Víctor Hugo estrenó su obra teatral Hernani, desatando una verdadera batalla campal entre los románticos y los acostumbrados al teatro neoclásico. A partir de este evento, conocido informalmente como la batalla de Hernani, el Romanticismo literario se impuso plenamente en Francia. Una importante veta del Romanticismo fue la exploración de las antiguas tradiciones populares, que llevaron a obras como las recopilaciones de cuentos de los Hermanos Grimm, o a la redacción de una versión definitiva del ciclo mitológico de Finlandia en el moderno Kalevala.
También hubo una importante Pintura romántica, que se abrió paso con enormes contratiempos. En su época, la pintura La balsa de la Medusa (1822), resultó enormemente escandalosa, debido no sólo a su técnica, sino también porque fue interpretada como una metáfora de Francia hundiéndose bajo el gobierno de Carlos X. Quizás la pintura romántica más significativa sea La libertad conduciendo al pueblo, de Eugenio Delacroix. También el Romanticismo alcanzó a la Música, a partir de las últimas obras de Beethoven. Los músicos románticos, como Héctor Berlioz, Giuseppe Verdi, Nicolás Paganini, Fryderyk Chopin o Robert Schumann, quebraron la rígida tradición clásica, dándose mayores libertades compositivas y acentuando los efectos musicales por sobre la forma.
Pero no se agota allí el espíritu romántico. En el Derecho encontró lugar en las tesis de Savigny, cabeza de la Escuela histórica del derecho, quien propugnaba la necesidad de encontrar el verdadero Derecho Alemán, expurgando el a su juicio extranjero e intruso Derecho Romano. Y en Filosofía, con su reacción frente al criticismo racionalista de Inmanuel Kant, el idealismo de Friedrich Hegel es su máxima plasmación.
El Romanticismo terminaría alcanzando su triunfo pleno y aceptación hacia la década de 1840. A partir de entonces iniciaría un largo declive. Quizás el último literato romántico sea Gustavo Adolfo Bécquer, fallecido en 1870. Y el último músico que puede ser considerado como un romántico, Piotr Ilich Tchaikovski, vino a fallecer recién en 1891.
[editar] La Europa imperialista y el resto del mundo.
[editar] El ciclo militar de 1792 a 1815.
Desde la Paz de Utrecht (1714) en adelante, y con la excepción a medias de la Guerra de los Siete Años (1756-1763), Europa entró en un período de baja intensidad bélica, en el cual los monarcas prefirieron mantener el status quo, antes que embarcarse en guerras de aniquilación contra el enemigo. Pero con la Revolución Francesa, los monarcas absolutistas europeos tuvieron buenos motivos para temer por sus tronos, y se coaligaron para invadir Francia. Entre 1792 y 1815, siete coaliciones militares se formaron para conquistar Francia y aplastar los ideales de 1789. Inicialmente Francia se limitó a defenderse, pero episodios como la Batalla de Valmy (1792) prendieron en la conciencia europea, no tanto como incidentes bélicos, sino por su valor como reflejo de la confrontación de dos ideologías, la "revolucionaria" y la "reaccionaria".
El surgimiento de Napoleón Bonaparte agudizó aún más las guerras europeas. Napoleón reflotó el viejo proyecto de Luis XIV, de una Francia imponiéndose sobre todas las otras potencias europeas. En una década de guerras, desde la campaña de Italia (1796-1797) hasta la formación de la Confederación del Rhin (1806), conquistó todos los pequeños burgos, señoríos y reinos sobrevivientes en Alemania e Italia, y derrotó decisivamente a Austria y Prusia. En 1807 llegó a un acuerdo con Rusia, repartiéndose Europa en dos esferas de influencia. Napoleón intentó destruir a Inglaterra con el bloqueo continental, impidiendo que ésta comerciara con el continente; seguir esta política a ultranza le significó enredarse en una larga guerra contra Portugal y España por un lado, y con Rusia por el otro. Este sobreesfuerzo llevó al desastre de la campaña contra Rusia de 1812, y desde entonces el poder de Napoleón Bonaparte decayó hasta que fue definitivamente derrotado en la Batalla de Waterloo. Aunque Napoleón había sido derrotado, su actuar militar había trastocado todos los equilibrios de poder en Europa, además de haber paseado por ella los ideales nacionalistas inherentes a la Revolución Francesa, y por tanto, las potencias europeas debieron sentarse en la mesa de negociaciones para reconstruir un nuevo orden internacional europeo, que reemplazara al que había funcionado desde la Paz de Westfalia en adelante (1648). El resultado fue el Congreso de Viena.
[editar] El Congreso de Viena y el nuevo orden europeo.
En 1815, representantes plenipotenciarios de las grandes naciones europeas se reunieron en la ciudad de Viena para debatir el futuro de Europa. Del llamado Congreso de Viena, celebrado ese mismo 1815, emergió un nuevo orden internacional que, con algunas variaciones significativas en el tiempo, regiría a Europa en principio hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914.
El Congreso de Viena, como reacción ante los ideales de la Ilustración y la Revolución Francesa, pero viéndose imposibilitada de regresar a una concepción política basada en la monarquía de derecho divino, optó por el principio de legitimidad dinástica. Se aseguró así la posición de cada gran monarquía europea (Inglaterra, Francia, España, Austria, Prusia y Rusia), a despecho de las reclamaciones nacionales de las naciones que no habían conseguido reunirse en Estados. Las más significativas de estas reclamaciones desatendidas fueron las de Alemania e Italia, que finalmente afrontarían sus propios procesos de unificación entre 1859 y 1871. De hecho, componente importante de la gran Revolución de 1848 fue, en las naciones sin Estado, el intento por independizarse o unificarse de alguna gran monarquía preexistente que los sojuzgaba de acuerdo al orden internacional anterior a 1789. Por su parte, las monarquías europeas prosiguieron la política de alianzas y contraalianzas propia del siglo XVIII, llevada a su paroxismo por Otto von Bismarck y su compleja red diplomática (Bismarck fue canciller de Alemania entre 1871 y 1890). Para obrar como policía de intervención y salvaguardar el orden de Viena, el Zar Alejandro I de Rusia propuso la creación de la Santa Liga, la cual mantuvo cierta actividad en la década de 1820, reprimiendo alzamientos liberales como la sublevación de Riego en España (1823), pero que después de la Revolución de 1830 dejó de desempeñar un papel de verdadera significación en la política europea.
Siendo Francia la nación europea en donde se había iniciado la tradición republicana moderna, con la Revolución Francesa, es lógico que se pusiera a la cabeza de los movimientos revolucionarios, lo cual dio lugar al aforismo de que "cuando Francia estornuda, todos los demás se resfrían". En Francia se libró lo más crudo de la Revolución de 1830, y la subsiguiente Revolución de 1848 fue aún mucho más dura. Hubo también levantamientos nacionales localizados. En 1867, después de la estruendosa derrota del Imperio Austríaco frente a Prusia, los húngaros se sublevaron contra Austria y la pusieron en situación de tal aprieto, que el Emperador debió acceder a darle estatus especial a sus reclamaciones, conformando así la doble monarquía conocida como Imperio Austrohúngaro. En 1864, Otto von Bismarck inició la serie de guerras que llevarían a la unificación alemana, y que culminarían con su triunfo en la Guerra Franco-Prusiana, y la proclamación del Segundo Reich. Algo antes, en 1859, se había iniciado por iniciativa del Conde de Cavour, la unificación italiana, culminada en 1864. Aún así, Roma, hasta entonces en manos del Papa y sostenida por Napoleón III de Francia (1852-1870), no sería anexada sino hasta la caída de éste, convirtiendo al Papa Pío IX en el "prisionero del Vaticano" y generando una situación incómoda para la Iglesia Católica, que sólo se resolvería con el Tratado de Letrán, en 1929.
[editar] La primavera de las naciones
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Francisco José, heredó el imperio de los Habsburgo en el momento crítico de la revolución de 1848. Su entidad multinacional le hacía el principal obstáculo tanto para la unificación alemana como para la italiana. Logradas ambas, la vocación de la dúplice monarquía (austro-húngara) fue el control de la zona danub |