Estados Pontificios

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Status Pontificius
Stati della Chiesa
Estados Pontificios

(751) Liutprand's Italy.gif
(1799) Flag of the Repubblica Romana 1798.svg
(1814) Flag of France.svg
(1849) Flag of the Roman Republic (19th century).svg

7511798
17991808
18141849
18491870

Flag of the Repubblica Romana 1798.svg (1798)
Flag of France.svg (1808)
Flag of the Roman Republic (19th century).svg (1849)
Flag of the Vatican City.svg (1870)
Flag of Italy (1861-1946).svg (1870)

Bandera Escudo
Bandera Escudo
Himno nacional: Noi vogliam Dio, Vergine Maria
(-1857)
Marcia trionfale
(1857-70)
Ubicación de Estados Pontificios
Mapa de los Estados Pontificios hacia 1700
Capital Roma
Idioma oficial Latín, italiano
Religión Catolicismo Romano
Gobierno Monarquía teocrática
Papa
 • 752 - 757 Esteban II
 • 1846 - 1878 Pío IX
Historia
 • Establecimiento 752
 • Codificación 781
 • Saco de Roma 1527
 • República Romana 1798 - 1799
 • Anexión francesa 1809 - 1814
 • II República Romana 1849
 • Anexión a Italia 1870
 • Ciudad del Vaticano 11 de febrero de 1929
Moneda Escudo pontificio (hasta 1866)
Lira pontificia (1866–1870)
La formación de los Estados Pontificios.
La donación de Pipino el Breve por el Tratado de Quierzy, al Papa Esteban II, en el año 756.

Los Estados Pontificios fueron los territorios en la península itálica bajo la autoridad temporal del papa, desde el año 700 hasta 1870. Ellos se encontraban entre los principales estados de Italia desde más o menos el siglo VIII hasta que la península italiana fue unificada en 1861 por el Reino de Cerdeña. En su máxima extensión, cubrieron las regiones italianas modernas de Lacio, Las Marcas, Umbría y Emilia-Romaña. Estas participaciones se consideran una manifestación del poder temporal del papa, a diferencia de su primado eclesiástico. Después de 1861 los Estados Pontificios, reducido a Lacio, siguieron existiendo hasta 1870. Entre 1870 y 1929 el Papa no tenía territorio físico en absoluto, el líder fascista italiano Benito Mussolini finalmente resolvió la crisis entre la Italia moderna y el Papado, cuando en 1929 fue fundada la Ciudad del Vaticano.

Historia[editar]

Cuando Roma se vio cercada por el ejército lombardo liderados por Astolfo, el obispo de Roma Esteban II solicitó inútilmente ayuda al emperador de Bizancio. Denegado el auxilio bizantino, el Obispo de Roma pidió al rey franco Pipino el Breve una intervención urgente. El rey realizó dos incursiones, forzó a los lombardos a abandonar el asedio de Roma y los obligó a devolver sus conquistas. Finalizado el conflicto, los territorios situados en la Romaña y las Marcas fueron conferidos al Obispo de Roma (donación de Pipino), en el año 756.

Creación de los Estados Pontificios[editar]

Cuando en 752 el rey lombardo Astolfo se apoderó Rávena, finalizando así el exarcado de Rávena, el ducado de Roma, como había sido parte del exarcado fue reclamado por Astolfo. A poco de llegar al solio, Esteban II negoció con Astolfo una tregua de cuarenta años, pero Astolfo la rompió a los cuatro meses, y en junio de 752 reclamó jusisdicción e impuestos emprendiendo la marcha a Roma. Ante esto, el papa pidió auxilio al emperador Constantino V, pero este se limitó a mandar una misiva a Astolfo para que restituyera los territorios imperiales de los que se había adueñado, por lo que optó finalmente apelar al rey de los francos, Pipino el Breve, emprendiendo viaje a Francia. El rey de los francos envió dos emisarios al papa para escoltarlo. El 6 de enero del 754 Esteban II fue acogido obsequiosamente por Pipino en Ponthión. Esteban volvió a suplicar al rey para que eliminara de la amenaza de los lombardos. El resultado de este encuentro fue el compromiso de Pipino para otorgar los territorios conquistados por los lombardos al papa.

El 28 de julio del 754 el papa, aunque enfermo, ungió solemnemente a Pipino en San Denis cerca de París, sellándose así la legitimidad de la dinastía, y confirió al rey y a los suyos el título de "Patricios de los Romanos". Pipino emprendió camino de Italia y derrotó dos veces al rey Astolfo, en agosto del 754 y en junio del 756. Seguidamente donó perpetuamente Rávena las ciudades del exarcado, la pentápolis, la Emilia a "San Pedro" en la denominada Donación de Pipino. No obstante, el papa siguió considerando al emperador como suzerano formal del territorio.[1] [2]

Sin embargo, el peligro lombardo no había quedado definitivamente conjurado por las acciones militares de Pipino el Breve. El rey Desiderio invadió los Estados Pontificios. Adriano I, papa desde (774), invocó de nuevo en este trance a los francos para que le dispensasen su protección. Carlomagno acudió ahora en ayuda. El resultado fue la restitución de los bienes de la Iglesia y la promesa, no cumplida, de anexión de otros territorios. En todo caso, la mayor parte de la Italia central quedó constituida en un estado independiente bajo el gobierno de los sucesores del apóstol Pedro.

El periodo imperial[editar]

Desaparecido el Imperio carolingio, el rey de Italia, Berengario II, amenazó las posesiones eclesiásticas. Juan XII requirió el amparo de Otón el Grande, quien doblegó al hostigador y entró triunfante en Roma. Allí, en la Basílica de San Pedro, el papa restableció la dignidad imperial, coronando a Otón como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico el 2 de febrero de 962,[3] mientras que Otón, por su parte, ratificó la potestad del Obispo de Roma sobre los Estados Pontificios mediante el «Privilegium Othonis».

La Italia meridional nunca formó parte de los Estados Pontificios, pero sí estuvo sujeta a vasallaje de éstos durante el periodo de dominación normanda. En 1059, mediante el concordato de Melfi, dimanado del concilio celebrado en esta ciudad, el Obispo de Roma Nicolás II otorgaba a Ricardo de Aversa la investidura del principado de Capua, y a Roberto Guiscardo la del ducado de Apulia y de Calabria, así como, para un futuro, del señorío de Sicilia. Como contrapartida a la unción episcopal con que se vieron dignificados, se comprometían éstos a prestar vasallaje al sumo pontífice en todo momento. Roberto Guiscardo se mostró imparable en sus conquistas y en pocos años ocupó toda Sicilia y tomando a los musulmanes Palermo y Mesina, y a los bizantinos directamente Bari y Brindisi, y bajo su soberanía teórica Amalfi y Salerno. Cuando en 1080 Gregorio VII precisó el auxilio militar del normando le otorgó su apostólico beneplácito a las conquistas a cambio de una formal declaración de vasallaje hacia la Santa Sede sobre todos los territorios ganados.

En las postrimerías del pontificado de Inocencio II, hacia 1143, coincidiendo con el movimiento reivindicativo municipal que se extendía por todas las ciudades de Italia, el Senado romano se hizo con buena parte del poder civil de los sucesores del apóstol Pedro . El sucesor de Inocencio, Lucio II intentó restablecer por las armas el orden anterior y atacó el Capitolio al frente de un ejército, pero el Senado le infligió una severa derrota. Arnaldo de Brescia se puso al frente de la revolución popular y senatorial romana. Bajo su liderazgo se pidió que el Obispo de Roma depusiera todo poder temporal, y que él mismo y el resto del clero entregasen sus posesiones territoriales. Roma se apartó de la obediencia civil al Obispo de Roma y se declaró nueva república. Federico Barbarroja devolvió al Obispo de Roma Adriano IV el gobierno de los Estados Pontificios cuando, deseando ser coronado emperador en Roma de manos del pontífice, entró en 1155 en la ciudad con un potente ejército y apresó y ejecutó a Arnaldo de Brescia. No obstante, fue el propio Federico quien, en aras de una política expansionista que aspiraba al control de toda Italia, puso años después a los sucesores del apóstol Pedro en grave riesgo de perder sus posesiones.

Inocencio III dio un impulso decisivo a la consolidación y engrandecimiento de los Estados Pontificios. Sometió definitivamente al estamento municipal romano y privó de poderes al senado de la urbe. Recuperó el pleno dominio de aquellos territorios pertenecientes al patrimonio de San Pedro que el emperador había entregado a mandatarios germánicos, expulsando a los usurpadores de la Romaña, del marquesado de Ancona, del ducado de Spoleto y de las ciudades de Asís y de Sora. Por la fuerza de las armas precedida de la excomunión eclesiástica se incautó de los territorios en litigio que habían constituido las posesiones de la condesa Matilde de Toscana y que, presumiblemente, habían sido legados como herencia a la Santa Sede, pero que permanecían en posesión de vasallos del emperador. De esta forma obtuvo el reconocimiento por parte de las ciudades de Toscana de su soberanía, y con ello el norte de Italia sacudía el dominio germánico y caía bajo la órbita de la autoridad pontificia.

Por añadidura, como consecuencia de la cruzada llevada a cabo contra los albigenses en el Mediodía francés, había logrado de Raimundo VI de Tolosa la cesión de siete castillos en la región de Provenza, patrimonio que se incorporó al de la Iglesia y que luego, en 1274, sería trocado mediante acuerdo entre Gregorio X y el rey Felipe III el Atrevido por el condado de Venasque, región que comprende las tierras que se extienden entre el Ródano, el Durance y el Monte Ventoux.

Los Estados Pontificios volvieron a pasar por un difícil trance durante el imperio de Federico II (1215-1251). Dueño del reino de las Dos Sicilias e incorporadas al imperio Lombardía y Toscana tras la derrota de la liga lombarda en 1239, Federico se propuso anexionar igualmente el patrimonio de San Pedro para acaparar el dominio de toda Italia. Marchó sobre Roma, de donde se vio obligado a huir el Obispo de Roma Gregorio IX, se paseó desafiante y sin oposición por toda Italia, nombró gobernador del territorio peninsular a su hijo Enzio y él mismo se erigió en señor de los Estados Pontificios. El año 1253, dos después de la muerte del emperador, el Obispo de Roma Inocencio IV pudo regresar a Roma desde su exilio francés y retomar el gobierno de la ciudad y del resto de los dominios eclesiásticos.

Los Estados Pontificios no podían sustraerse a los acontecimientos que se estaban produciendo en la convulsa Italia de mediados del siglo XIV. Sin contar con la desvinculación de algunos feudos tradicionales de la corte romana, como Sicilia, en poder ahora de la Corona de Aragón, o el reino de Nápoles, bajo la autoridad de la casa de Anjou, el propio estado pontificio estaba en descomposición. Así lo ponían de manifiesto casos como el de Giovanni di Vico, que se había erigido en señor de Viterbo tras hacerse con una extensa zona territorial perteneciente al Obispo de Roma ; o el de la insumisión en que se encontraba el ducado de Spoleto; o el de la fáctica independencia del marquesado de Ancona; o el de la privatización de Fermo llevada a cabo por Gentile de Mogliano y la de Camerino por Ridolfo de Varano; o el de la abierta rebeldía de los Malatesta; o el de Francesco degli Ordelaffi, que se había hecho con una gran parte de la Romaña; o el de Montefeltro que señoreaba los distritos de Urbino y Cagli; o el de la ciudad de Senigallia apartada de la obediencia al Obispo de Roma ; o el de Bernardino y Guido de Polenta, que se habían adueñado de Rávena y de Cervia, respectivamente; o el de Giovanni y Riniero Manfredi que habían hecho lo propio con Faenza; o el de Giovanni d’Ollegio que mantenía bajo su posesión la ciudad de Bolonia.

Era precisa una actuación resuelta y aplastante contra todos aquellos rebeldes si se quería reunificar el patrimonio de San Pedro. Aprovechando la presencia en Aviñón del español Gil de Albornoz, arzobispo de Toledo y avezado militar, que había participado con las huestes de Alfonso XI de Castilla en la Batalla del Salado y en el sitio de Algeciras, Clemente VI le elevó al cardenalato y le confió la misión de reclutar un ejército. Dos años después (1353), entronizado ya Inocencio VI, portando una bula por la que se le nombraba legado plenipotenciario del Obispo de Roma para los Estados Pontificios, se aplicó Gil de Albornoz a la misión encomendada, consiguiendo militarmente todos sus objetivos. Recuperó cuantos territorios habían sido usurpados y doblegó a los altivos cabecillas de la insubordinación italiana; los estados de la Iglesia volvían, agrupados, a la obediencia del Obispo de Roma . Albornoz también redactó y puso en práctica el primer marco jurídico específico para los Estados Pontificios, las Constitutiones Aegidianae (las Constituciones Egidianas –por Egidio, esto es, por Gil) que siguieron en funcionamiento hasta los Pactos de Letrán (1929) que fundan la Ciudad del Vaticano.

La época del Renacimiento[editar]

En los albores del siglo XVI, cuando las naciones europeas conseguían unificarse y sus monarcas asumían el poder absoluto de las mismas, no era la iglesia de Roma la única que advertía que la descomposición multiseñorial italiana y las pugnas entre sus heterogéneos y mal avenidos estados eran caldo de cultivo para las intervenciones de franceses, alemanes y españoles, ni tampoco era la única que temía, de otra parte, que la implantación de un estado único nacional le privara de los derechos gubernamentales sobre su propio territorio, lo que, en el caso de la iglesia, supondría la pérdida de su jurisdicción temporal. A cada príncipe italiano, y al Obispo de Roma como otro más de los jefes de estado, sólo le hubiera satisfecho ser él el líder unificador de toda la península en torno a sus dominios; pero la iglesia, por su talante ecuménico y su tradición teocrática universal, estaba en mejores condiciones que sus posibles competidores para llevar a cabo aquel cometido. Con este ánimo de potenciales monarcas absolutos de una Italia unida y centralista ejercieron los sucesores del apóstol Pedro renacentistas su jefatura de estado.

La singularidad de Alejandro VI estriba en que concebía la organización episcopal como una monarquía personalista y ansiaba la formación de un reino centroitaliano desvinculado de la Santa Sede, cuya corona descansase sobre la cabeza de alguno de sus hijos. A tal efecto, decidió subyugar a los tiranos locales, vasallos nominales de Roma pero que gobernaban a su antojo sus respectivos feudos. Con su hijo Juan de Borja y Cattanei, II duque de Gandía, a la cabeza de los ejércitos pontificios fueron cayendo los castillos de Cervetri, Anguillara, Isola y Trevignano, acciones por las que le nombró duque de Benevento y señor de Terracina y Pontecorvo. Cuando Juan murió asesinado, el Obispo de Roma encomendó la capitanía de sus ejércitos a otro de sus hijos: César Borgia. Con la ayuda militar francesa, Cesar tomaba en 1499 las ciudades de Imola y Forlì gobernadas por Catalina Sforza, y luego la de Cesena. Más tarde se apoderó de Rímini, señoreada por Pandolfo Malatesta y de Faenza, de Piombino y su anexa Isla de Elba, de Urbino, Camerino, Città di Castello, Perusa y Fermo, y por fin de Senigallia. De todo ello pasaba a ser dueño el hijo del sucesor del apóstol Pedro a quien éste había nombrado soberano de la Romaña, Marcas y Umbría.

El empeño del Obispo de Roma Julio II (1503-1513) consistió en devolver a la Iglesia las posesiones de que los de Borja o Borgia se habían apropiado. En algunos casos lo consiguió con facilidad; en otros por la fuerza de las armas. Perusa y Bolonia quedaron reintegradas en los Estados Pontificios de esta manera en 1506. Venecia amenazaba con competir con el Vaticano por el dominio de Italia; para atajar este peligro, Julio II formó la Liga de Cambrai con la intervención de Francia, España, el Sacro Imperio, Hungría, Saboya, Florencia y Mantua. Venecia no pudo oponer resistencia a tan potente enemigo y resultó derrotada en la batalla de Agnadello en 1509, dejando al Obispo de Roma sin rival. Con la ayuda de España trató luego de desembarazarse de la presencia en suelo italiano de los franceses, dueños de Génova y Milán. Lo consiguió tras dura lucha, pero lo que nunca lograría es liberar a Italia del dominio español que perduraría intensa y prolongadamente, en especial durante los reinados de Carlos I y Felipe II, aunque éstos nunca acrecentaron sus posesiones a costa de los Estados Pontificios. Por el contrario, Felipe II, si bien contra sus deseos, no impidió que el Obispo de Roma Clemente VIII anexionase a los bienes de la Iglesia la ciudad de Ferrara en 1597.

Movimientos revolucionarios[editar]

Mapa de Italia en 1796, mostrando los Estados Pontificios antes de las guerras Napoleónicas que cambiaron el mapa de Italia.

El condado Venesino y Aviñón pertenecían a los Estados Pontificios, formando un enclave en suelo francés. Estas posesiones fueron confiscadas durante la Revolución francesa, siendo Obispo de Roma Pío VI (1775-1799).

La invasión napoleónica de Italia en 1797 no se detuvo ante las puertas de Roma: un año después las tropas francesas entraban en la ciudad. Unidos a los franceses, los revolucionarios italianos exigieron del Obispo de Roma la renuncia a su soberanía temporal. El 7 de marzo de 1798 se declaró la República Romana y el Obispo de Roma fue apresado y deportado a Francia. Napoleón Bonaparte quiso regularizar las relaciones con la Iglesia, lo que quedó plasmado en el Concordato que Francia y la Santa Sede firmaron en 1801. El Obispo de Roma –lo era entonces Pío VII– regresó a Roma, de donde retornó a París para coronar emperador a Napoleón en 1804. Pero pronto el Obispo de Roma supuso un estorbo en los planes del emperador, quien en 1809 se adueñó de los Estados Pontificios, los incorporó al Imperio francés y retuvo a Pío VII como prisionero en Savona. Tras las derrotas de Napoleón, el Obispo de Roma pudo retomar sus posesiones en 1814, siendo reconocida en el Congreso de Viena de 1815 la pervivencia de los Estados Pontificios dentro del nuevo orden europeo, aunque con una ligera merma territorial que fue a parar a poder del Imperio austríaco.

Bandera de la Estados Pontificios (1808-70)

El espíritu revolucionario francés se extendió también por Italia. En 1831, el mismo año en que era nombrado Obispo de Roma Gregorio XVI, estalló un levantamiento en Módena, seguido de otro en Reggio y poco después en Bolonia, donde se arrió la bandera episcopal y se izó en su lugar la tricolor. En cuestión de semanas todos los Estados Pontificios ardían en la hoguera revolucionaria y se proclamaba un gobierno provisional. En torno a la Marca se creaba el «Estado de las Provincias Unidas» de la Italia central. Gregorio XVI no contaba con efectivos militares suficientes para contener un movimiento de aquellas proporciones; necesitó de la ayuda extranjera, que en esta ocasión le vino de Austria. En febrero de 1831 las tropas austriacas entraban en Bolonia forzando la salida del «gobierno provisional» que se refugió en Ancona; en dos meses la rebelión quedó de momento sofocada. Con verdadera urgencia se dieron cita en Roma representantes de Austria, Rusia, Inglaterra, Francia y Prusia, las cinco grandes potencias del momento, para analizar la situación y elaborar un dictamen sobre las reformas que a su juicio era necesario introducir en la administración de los Estados Pontificios. No todas las sugerencias realizadas en tal sentido fueron aceptadas por Gregorio XVI, pero sí las suficientes como para que los cambios en materia de justicia, administración, finanzas y otras fuesen palpables.

A pesar de ello, estos pequeños logros no fueron suficientes para satisfacer las demandas de los exaltados revolucionarios. A finales de ese mismo año de 1831 la rebelión se propagaba otra vez por los estados de la Iglesia. Las tropas austriacas, cuya presencia constituía una garantía de estabilidad y orden, habían regresado a sus bases de origen; fue preciso pedir de nuevo su intervención, cosa que llevó a cabo solícitamente el general Radetzky. Unidas sus fuerzas a las del Obispo de Roma fue tarea fácil tomar Cesena y Bolonia, focos de la protesta revolucionaria. Francia, por su parte, desplegó algunos destacamentos en Italia y ocupó Ancona que fue desalojada en 1838. Después de unos años de calma la agitación revolucionaria se hizo notar en 1843 en Romaña y Umbría. En 1845 fuerzas sublevadas se apoderaron de la ciudad de Rímini. Pudieron ser desalojadas aunque no reducidas, de forma que, si bien abandonaron Rímini, llevaron la revolución a Toscana.

Unificación Italiana y fin de los Estados Pontificios[editar]

Mapa de los Estados Pontificios; el área rojiza fue anexionada al Reino de Italia en 1860, el resto (en color gris) en 1870.

Los aires revolucionarios que soplaban con fuerza por toda Italia derivaron en corrientes impulsoras de la unidad nacional. El rey sardo-piamontés Carlos Alberto asumió las iniciativas en pro de tal unidad y declaró la guerra a Austria. El Obispo de Roma Pío IX, no quiso unirse a la causa, actitud que no le perdonó el pueblo romano. Estalló la rebelión y Pío IX tuvo que huir de Roma en noviembre de 1848. Se abolió el poder temporal del Obispo de Roma y se proclamó la II República Romana. Se organizó un contingente militar aportado por diversas naciones católicas y el 12 de abril de 1850 el sucesor del apóstol Pedro regresaba a Roma, abolida la efímera república. En el verano de 1859 algunas ciudades de la Romaña se levantaron contra la autoridad del Obispo de Roma y adoptaron la plebiscitaria resolución de anexionarse al Piamonte, lo que se llevó a efecto en marzo de 1860. Ese mismo año, Víctor Manuel solicitó formalmente del Obispo de Roma la entrega de Umbría y de Marcas, lo que Pío IX rehusó hacer. Las tropas piamontesas se enfrentaron a las del Obispo de Roma , que resultaron derrotadas en Castelfidardo (18 de septiembre) y en Ancona (30 de septiembre). La Iglesia se vio desposeída de aquellas regiones que, en unión de la de Toscana, de Parma y de Módena -éstas por voluntad propia expresada mediante plebiscitos-, se anexionaron al creciente reino de Piamonte-Cerdeña (noviembre de 1860), que pasaba a denominarse reino de Italia del Norte. Los Estados Pontificios quedaban definitivamente desmembrados y reducidos a la ciudad de Roma y su entorno, donde el Obispo de Roma , bajo la protección de las tropas francesas, siguió por el momento ejerciendo su declinada autoridad civil.

En 1870 estalló la Guerra Franco-prusiana y el emperador francés Napoleón III precisó disponer de todos los efectivos militares, incluidas las unidades de guarnición en Roma. Italia fue aliada de Prusia en esta contienda, por lo que contó con el beneplácito del Canciller de Alemania Otto von Bismarck para actuar sin reparos contra las posesiones del pontífice profrancés. Pío IX reunió ocho mil soldados en un desesperado intento de resistir, pero el insuficiente ejército episcopal no pudo contener a las divisiones italianas que marcharon sobre Roma. El 20 de septiembre de 1870 entraban en la capital del reino de Italia en cuyo palacio del Quirinal establecía su corte el rey Víctor Manuel II. El 20 de septiembre de 1900, con motivo del XXX aniversario de la ocupación de Roma, los Estados Pontificios eran disueltos.

Desde el comienzo de su pontificado el Obispo de Roma Pío IX se vio envuelto en la vorágine histórica que significó el proceso de unificación de Italia. Ésta implicaba necesariamente el fin de los Estados Pontificios, a lo que Pío IX se opuso tenazmente. El Obispo de Roma Pío IX se autoproclamó prisionero en el Vaticano cuando el reino episcopal en Roma acabó a la fuerza, los Estados Pontificios se unieron al resto de Italia para formar el Reino de Italia unificado bajo el rey Víctor Manuel II y la ciudad de Roma se convirtió en su capital.

El 11 de febrero de 1929, Pío XI y Benito Mussolini suscribieran los Pactos de Letrán, en virtud de los cuales la Iglesia reconocía a Italia como estado soberano, y ésta hacía lo propio con la Ciudad del Vaticano, pequeño territorio independiente de 44 hectáreas bajo jurisdicción del Obispo de Roma .

Referencias[editar]

  1. [1]
  2. [2]
  3. «La Edad Media» (en español). tatsachen-ueber-deutschland (2006). Consultado el 07/10/2007.

Enlaces externos[editar]

Coordenadas: 42°49′16″N 12°36′10″E / 42.82111, 12.60278