En busca del tiempo perdido

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Primeras páginas de Por el camino de Swann con correcciones de mano del mismo autor. El Manuscrito fue vendido en subasta pública por Christie's en julio de 2 mil por 663.750 dólares, lo que constituye un récord del mundo para un manuscrito literario francés.

En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu, en francés) es una serie de novelas de Marcel Proust, escritas entre 1908 y 1922 y publicadas entre 1913 y 1927 y que consta de siete entregas, de las que las tres últimas son póstumas. Más que del relato de una serie determinada de acontecimientos, la obra se mete en la memoria del narrador: sus recuerdos y los vínculos que crean, de ahí que el título no sea El tiempo perdido (como era El paraíso perdido de Milton), sino En busca del tiempo perdido:

El primer volumen empieza con pensamientos del narrador acerca de su dificultad para conciliar el sueño («Mucho tiempo llevo acostándome temprano»). En esta primera parte se encuentra el famoso fragmento en el que revive literalmente un episodio de su infancia, mientras toma una magdalena mojada en el té. Estas líneas se han convertido quizá en las más conocidas de Proust y reflejan el tratamiento que hace Proust de la memoria involuntaria a lo largo de toda su obra.

Un amor de Swann, la segunda parte de Por el camino de Swann, se publica con frecuencia separado. Esta obra cuenta las peripecias sentimentales de Charles Swann con Odette de Crécy, y al tratarse de una historia independiente y relativamente corta, se considera que puede ser una buena introducción a la obra y es estudiada a menudo en los centros educativos franceses. El lector, ya sea de edad mediana o joven, encuentra forzosamente un poco de sí mismo en Swann enamorado y con su amor fortalecido por las contrariedades que va hallando.

Contenido

[editar] Elementos de reflexión

La empresa de Proust es paradójica: el narrador proustiano (y no el escritor) al estudiar los detalles más nimios en un medio muy específico (la alta burguesía y la aristocracia francesa de principios del siglo XX) afirma haber alcanzado lo universal. Sin embargo, la filosofía y la estética de la obra de Proust tienen amplios referentes en su época:

Su estilo es muy especial y se compone de frases muy largas que resultan extrañas en francés, y para las que es necesario tomar aliento si se quiere llegar al punto sin ahogarse. Sus contemporáneos aseguran que de hecho, se trataba prácticamente del modo en el que el autor hablaba, lo que también resulta paradójico si se tiene en cuenta que Proust era asmático. No obstante, al igual que el escritor cubano José Lezama Lima, la redacción de sus extensas frases recuerdan el ritmo lento de la respiración del asmático. Se cuenta, además, cómo solía hacer innumerables adiciones a los textos en las galeradas previas a la edición final, hasta agregar folios e incluso tomos completamente nuevos. Este ritmo, podría decirse "ahogado", que alarga sus frases, sumado al ímpetu frenético de su escritura, se pueden entender más claramente a partir de ciertas observaciones: algunos de sus amigos y conocidos más cercanos sospechaban en Proust los rasgos del hipocondríaco. Según se sabe, el escritor vivía bajo la firme convicción de una muerte temprana y una constante mala salud. Cuando empieza a redactar En Busca del Tiempo Perdido ha pasado poco más de un año de la muerte de su madre y su asma parece haber empeorado, tiene casi cuarenta años y no ha escrito ningún texto narrativo especialmente significativo, a excepción de Los Placeres y los Días, en el que se recopilan diversos relatos cortos, y Jean Santeuil, una novela inédita que sólo después será postuma; libros en los que se exploran algunos de los temas que se desarrollarán luego con mayor madurez literaria en En Busca del Tiempo Perdido, como lo son la evocación sensorial, el recuerdo, las sexualidades tabú o la profanación de la madre. Al abordar la lectura de su extensa novela se puede identificar la constante presencia de la muerte como el agente provocador de la redacción febril y la frase intrincada que estimula el ejercicio de la escritura al precio de amenazar constantemente su continuidad.

Este particular ejercicio creador se nutrirá también en la voluntad del autor de abarcar la realidad en todas sus posibles percepciones, en todas las facetas del prisma de los diferentes participantes, y agregándoles además su monstruosa extensión en la dimensión del tiempo y sus efectos sobre la identidad, la sociedad y las relaciones. Esto, si bien constituye una obra singular que parece aún hoy resistirse a ser incluida fácilmente en la homogeneidad de un "ismo" o de una tendencia literaria más amplia, concuerda con las preocupaciones de los impresionistas: la realidad sólo tiene sentido a través de la percepción, real o imaginaria, del sujeto. En nuestros días, se han reconocido las notables proximidades entre Proust y el impresionismo, y él mismo confiesa las similitudes entre su proyecto estético y esta tendencia particular de la pintura cuando en el tomo de A la Sombra de las Muchachas en Flor articula un personaje que es pintor y se guía por principios de creación parecidos, que le permiten agregar algo nuevo a una imagen cotidiana al permearla de su individualidad como creador.

El prisma no es sólo el de los distintos actores, es también el del autor, que se encuentra con el tiempo que pasa desde distintos ángulos, el punto de vista del presente, el punto de vista del pasado, el punto de vista del pasado tal y como lo revivimos en el presente. Pero no son los aspectos psicológicos e introspectivos los únicos que aparecen en la obra. Los aspectos sociológicos -Walter Benjamin se refiere agudamente a esta capacidad para retratar de Proust como una "fisiología del chisme"- están presentes en muchos sitios (oposición entre el mundo aristocrático de la duquesa de Guermantes y el mundo de la burguesa arribista de Madame Verdurin, el mundo de los criados representado por Françoise, las controversias políticas de la época aparecen a través de la polémica que generó el caso Dreyfus, la sexualidad singular del "invertido", que es el modo en que el narrador prefiere referirse al homosexual varón). Esta complejidad, que aquí apenas abarcamos, nos sitúa el ciclo de En Busca del Tiempo Perdido, entre las "novelas mundo" como puedan serlo la Comedia humana de Honoré de Balzac o los Rougon-Macquart de Émile Zola.

[editar] Principales personajes

  • El narrador
  • Su madre
  • Albertine Simonet: Albertine Simonet alberga la persona de Alfred Agostinelli, quien en 1913 pidió trabajo a Marcel Proust. Proust le dio el cargo de secretario y ayudante. Necesitaba alguien que colaborara con él en la preparación y mecanografía del texto de "Por el Camino de Swan". Agostinelli no estaba todo lo preparado que hubiera querido Proust, pero el escritor se encaprichó con él y él a su vez, sacó todo lo que pudo de su benefactor. Era aficionado al último invento de la aviación: el aeroplano. Quería ser piloto y estaba convencido de que sacaría con el empleo de Proust el dinero suficiente para asistir a las clases. Proust se enamoró de él. Agostinelli por su parte estaba casado con Ann, mujer muy poco agraciada y además de hosca, celosa. No sin motivo, pues Alfred, su marido, no hacía otra cosa que serle infiel. Como era de esperar, estas infidelidades, Alfred se las contaba al bueno de Marcel, quien a su vez se moría de celos. Fue víctima de la pasión. Le dio a Agostinelli ingentes cantidades de dinero. Tantas, que Agostinelli terminó asistiendo a las clases de vuelo en la escuela que Garros había abierto. Proust comenzó a enfermar de celos (leáse el dolor producido por los celos en La Prisionera) y la pasión enfermiza que subyace en todo el tomo de La Fugitiva. En este sentido hay que profundizar en el momento en que Alfred Agostinelli parte para la Costa Azul y en que Proust, el narrador, le busca y llega a pagar al padre de Agostinelli para que persuada a su hijo de la necesidad de volver a su lado. La empresa fue un fracaso: Alfred se quedó en la Costa Azul. Posteriormente Marcel vendería acciones sin tener en cuenta el deterioro financiero de su cuenta corriente. Todo con tal de conseguir el regreso de Alfred (Albertine). Le llegó a comprar un Rolls Royce y un aeroplano. Alfred murió después de asistir a una de sus clases, al dar un giro y dar el ala con el agua. Es imaginable que a partir de esta pérdida, Proust sobredimensionara el papel de Albertine en su obra. Maravillosa historia la de La Prisionera y la de La Fugitiva, con base real.
  • Françoise
  • Charles Swann
  • Odette de Crezy
  • Gilberte Swann
  • Robert de Saint-Loup
  • El barón de Charlus
  • La duquesa de Guermantes
  • Madame Verdurin
  • Joaquín de la Guerra

[editar] Traducciones al español

Portada del Ier volumen de Por el camino de Swann (Espasa-Calpe, 1920).

El poeta Pedro Salinas inició en 1920, junto con José María Quiroga Pla, la traducción de la obra, de la que llegó a completar tres volúmenes (1920, 1922, 1931). Los restantes cuatro libros fueron traducidos por Marcelo Menasché, para la edición argentina de Santiago Rueda (1947); por Fernando Gutiérrez, para la edición española de José Janés (1952) y por Consuelo Berges, para la edición, también española, de Alianza Editorial (publicados en 1967, 1968, 1968 y 1969 respectivamente). En la década de 1990 se iniciaron dos nuevas traducciones: de Mauro Armiño, para la Editorial Valdemar, y de Carlos Manzano, para la editorial Lumen.

Existe una nueva traducción que abandona los anticuados modismos de las anteriores, realizada por Estela Canto para la editoral Losada.

[editar] Una famosa magdalena

Uno de los fragmentos más conocidos y nombrados de En busca del tiempo perdido, de Proust, tiene lugar en la primera de las obras, Por el camino de Swann, cuando el narrador rememora recuerdos de su infancia al comer una magdalena con una taza de , ya que asocia el sabor, la textura y el aroma de la magdalena con ese mismo estímulo vivido años atrás, en la niñez, pasados en los viajes que hacía con sus padres a la casa de la tía Leoncia. Con ello, una vulgar magdalena se ha convertido en el símbolo proustiano del poder evocador de los sentidos. Durante los siguientes seis tomos, el protagonista proustiano se encontrará una y otra vez con esta especie de epifanía sensorial y mnemónica que le llevará a lugares de su memoria que estarán vedados a la simple rememoración sistemática. Esta experiencia del "tiempo puro", como la llama Maurice Blanchot, configurará la estructura de la novela hasta su tomo final de El tiempo recobrado, cuando la misma experiencia de evocación de la magdalena se repita en otras formas y a partir de otros estímulos, y lleve al narrador y a los lectores al mismo instante de gestación que ha dado inicio a toda la saga. El "tiempo puro" de la narración ficcional, mezclado en una compleja ecuación narrativa con el "tiempo destructor" de un Marcel Proust que agoniza y escribe perseguido por la certeza de su mortalidad, hacen que la experiencia puramente estética y sensorial de la magdalena adquiera una densidad llena de referentes reales atravesados por la experiencia profundamente humana del tiempo y su poder deletéreo sobre los hombres, del mismo modo en que el arte da en rescatar y purificar la belleza de la vida cotidiana, pero necesita de esta misma cotidianidad para cubrirse de sentido. En el evento de la magdalena y el té, Proust logra resumir las íntimas contrariedades del objeto estético en su relación con la vida, la muerte y la memoria.

[editar] Enlaces externos

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