Anticlericalismo

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Lema de la República francesa sobre el tímpano de la iglesia de Aups, en Francia. Fue colocado en 1905 con motivo de la aprobación de la ley francesa de separación de las Iglesias y el Estado. La iglesia sigue abierta al culto y es regentada por la Iglesia Católica, mientras que el ayuntamiento de Aups, como propietario del edificio, asume su conservación y mantenimiento conjuntamente con el Estado.[1] [2]

El anticlericalismo es un movimiento histórico contrario al clericalismo, es decir, a la influencia de las instituciones religiosas en los asuntos políticos o en la sociedad, ya sea este real o una presunción.[3] La historia del anticlericalismo en Europa, y en Occidente en general, suele dividirse en dos grandes períodos. Por un lado, el llamado anticlericalismo cristiano -o "anticlericalismo creyente", como le llamó Julio Caro Baroja, pionero de su estudio en España-, tan antiguo como la Iglesia misma, que se caracteriza por sus críticas a vicios y abusos concretos del clero o a su excesivo número y poder, pero que no cuestiona el papel dominante de la Iglesia en la sociedad ni su influencia en el Estado, y el anticlericalismo contemporáneo -o "anticlericalismo no creyente" como lo llama Caro Baroja- que surge en el siglo XVIII con la Ilustración y que cuestiona desde una óptica racionalista la sociedad sacralizada del Antiguo Régimen y el poder de las Iglesias, al considerarlos obstáculos para el progreso en el mundo.[4] Referido al caso del catolicismo, según Julio Caro Baroja, "el proceso mental que conduce al anticlericalismo es sencillo. Se parte de la creencia de que la religión católica como tal es buena, bella y verdadera: pero los que la sirven son malos, mentirosos y de fea conducta [es el "anticlericalismo creyente"]... Pero he aquí que esta primera manera de pensar se pasa, o se puede pasar, a una segunda. La inmoralidad, la falta de conducta, se atribuyen entonces a defectos de la misma organización de la Iglesia. Y después, en un tercer momento o fase, son ya los dogmas los que se atacan [la segunda y la tercera fases corresponden al "anticlericalismo no creyente"]".[5]

El anticlericalismo contemporáneo -"anticlericalismo no creyente" en la terminología de Julio Caro Baroja- no debe ser entendido sólo como una ideología negativa, aunque su oposición al clericalismo es su rasgo principal, sino que es un movimiento que defiende un proyecto social y político que en su versión más moderada se identifica con el laicismo ya que tiene como objetivo la secularización del Estado (es decir, la separación de la Iglesia y el Estado) y en su versión más radical pretende también la secularización de la sociedad.[6] La versión más extrema de este último es el anticlericalismo antirreligioso o ateo que ataca los textos, los dogmas, las creencias, los ritos y las prácticas devocionales de una determinada religión.[7]

En la historia del anticlericalismo también se distingue entre el anticlericalismo de las élites políticas o ideológicas (que en el caso del anticlericalismo contemporáneo se suele denominar anticlericalismo político o institucional) del anticlericalismo popular, que a veces desemboca en diversas formas de violencia (sacrofóbica o iconoclasta) contra los edificios o los objetos de culto, o de violencia física contra los miembros del clero.[8] A raíz de la asociación del anticlericalismo con la violencia el término fue adquiriendo un cierto sentido peyorativo por lo que, por ejemplo en España, algunos anticlericales a partir de los años 20 del siglo XX prefirieron autodenominarse "laicos" (como la Liga Nacional Laica, fundada en marzo de 1930).[9]

Características[editar]

Voltaire en 1718, de Nicolas de Largillière.

El anticlericalismo sostiene que las creencias religiosas pertenecen al ámbito exclusivamente privado del ciudadano, por lo que las organizaciones que las sustentan, al formarse como instituciones, ejercen influencias intolerantes y, por tanto, indeseables, política y públicamente, en el conjunto social. Surge como respuesta a la existencia de un clericalismo integrista o poder teocrático sustentado por una casta sacerdotal.

También se denomina como anticlericales a quienes, aun manteniendo creencias religiosas, cuestionan el papel de mediador que ejerce el clero en la profesión de fe.

En un sentido estricto, el anticlericalismo es un laicismo combatiente y activo que trata de mantener dentro del ámbito o esfera personal e individual toda convicción religiosa. Las derivaciones de este pensamiento han sido muchas: en unos casos el movimiento anticlerical ha ido acompañado de actos violentos contra edificios o arte religioso (iconoclastia) o contra las personas; en otros, por el contrario, ha tenido un contenido más intelectual y político y ha sido asumido por humanistas como Erasmo, ilustrados como Voltaire, filósofos como Friedrich Nietzsche, hijo de un clérigo protestante, por ideologías como la francmasonería, el liberalismo, el anarquismo y el comunismo y por las filosofías materialista, epicúrea, empírica, ilustrada, nihilista y pesimista. En la India lo representan las tres escuelas nástika; en el islamismo, las doctrinas laicistas de Mustafa Kemal Atatürk.

Historia[editar]

Erasmo de Rotterdam, retratado por Hans Holbein el Joven.

El anticlericalismo ha existido en todas las épocas y en todas las religiones que han contado con un clero sacerdotal. Muchas religiones han intentado usurpar el gobierno civil y dirigirlo mediante la modalidad de gobierno conocida como teocracia. En la India las religiones ástika frente a las nástika o no clericales. En Occidente, el fundador de la religión cristiana, Jesucristo, dejó sentado el principio de que "no se puede servir a dos señores" y de que había que "dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios", y separó claramente lo espiritual de lo terrenal, dando más importancia a lo primero y no hablando de lo segundo. Sin embargo, la constitución de una religión de tipo sacerdotal con el apoyo del emperador Constantino hizo que la Iglesia fuera acumulando cada vez más intereses económicos y políticos, el llamado poder temporal, que se identificó con el espiritual a través del llamado Cesaropapismo. Subsistía, sin embargo, el mensaje primitivo de Jesucristo, apoyado por interpretaciones legitimistas como la de San Francisco de Asís o tomadas como heréticas (las de Prisciliano, los Albigenses, John Wycliff, Jan Hus y otros), hasta que un lento proceso de secularización en Europa, fundado en esos precedentes y acelerado con el Humanismo del Renacimiento y de la Reforma, fue separando cada vez más a la Iglesia del Estado, incluso ya en la Edad Media con la querella de las Investiduras que enfrentó a papas y reyes cristianos entre 1073 y 1122 y cuando los gibelinos tomaron posición contra la asunción de un poder excesivo por parte del Papa y su intromisión en los asuntos políticos y económicos. Los clericales reaccionaron valiéndose, para mantener el control ideológico de Europa, del Index librorum prohibitorum o Índice de libros prohibidos y de una institución represora con potestad de condenar a muerte, la Inquisición, en un principio creada para combatir la herejía albigense o cátara en 1229 y que reaccionaba contra el sentido crítico interno de la propia Iglesia Católica hacia una religiosidad demasiado exterior, ritual y apegada a los bienes temporales. En 1231 la nueva institución tenía ya ropaje jurídico, que fue sancionado por el papa Gregorio IX en febrero de ese mismo año.

San Antonio de Padua predicó públicamente que mientras Cristo había dicho "apacienta mis ovejas", los obispos de su época se dedicaban a ordeñarlas o trasquilarlas, y San Bernardo escribió que el Papa no parecía sucesor de San Pedro, sino de Constantino.[cita requerida] Sin embargo, el anticlericalismo europeo -tal y como se conoce actualmente- se desarrolló sobre todo a partir del siglo XVI con las obras de los humanistas y en particular con la del filoprotestante Erasmo de Rotterdam, quien era, además, hijo de un cura. "Si todos no nos hemos confesado brujas, es únicamente porque no todos hemos sido torturados. Vivimos en tiempos tan difíciles que es peligroso hablar, pero también guardar silencio", escribió el humanista Juan Luis Vives. Fue Maquiavelo quien postuló por primera vez que la Política era una realidad ajena de toda Moral, separando claramente Estado e Iglesia. Los eclesiásticos se apegaron al principio de cuius regio, eius religio, es decir, la obligación del ciudadano de practicar la religión de su rey, para terminar con las terribles guerras de religión entre príncipes luteranos y católicos. Ahí se pusieron los cimientos de lo que se conoce como la "religión de Estado". Al fin, la Paz de Westfalia en 1648 supuso el fin del poder político temporal del papa o cesaropapismo y la instauración de cierta tolerancia religiosa al consagrar el principio de soberanía nacional.

El Index Librorum Prohibitorum, arma de la iglesia católica para reprimir, prohibir y ocultar el pensamiento anticlerical.

Pero fue en la Ilustración, cuando economistas fisiócratas y liberales empezaron a advertir los males económicos que provocaba la acumulación de riqueza por parte del clero, y Bernard Mandeville advirtió las beneficiosas consecuencias económicas, sociales y colectivas que brindaba la práctica del egoísmo individual, cuando los filósofos, como John Toland, Diderot y sobre todo Voltaire, se consideraban autorizados para atacar de forma sistemática a la Iglesia católica y a los sacerdotes, siendo una de las más claras consecuencias de este movimiento la expulsión de los jesuitas en países como Portugal, España y Francia entre otros, y su disolución al poco tiempo. El celibato católico, la existencia de una Inquisición intolerante hasta la pena de muerte y de un Índice de libros prohibidos que restringía la libertad del pensamiento, la conducta represora de la Iglesia con el sexo femenino y el hecho de que no existiera una educación laica, de lo que la Iglesia se aprovechaba para reservarse los mejores talentos, todo fue visto como una rémora para el progreso y la Ilustración del pueblo. Por otra parte, y desde un punto de vista económico, la Iglesia católica detentaba, como heredera de los bienes "de manos muertas", una inmensa cantidad de tierras que no se ocupaba en hacer cultivar, paralizando la economía; a ello se iba oponiendo la naciente burguesía partidaria de una desamortización de tales bienes.

Por esto el anticlericalismo se incrementó durante la Revolución francesa; la Iglesia Católica se resistió y opuso a la Declaración de los derechos del hombre al menos hasta 1941. El movimiento anticlericalista tomó un carácter brutal y sanguinario, sobre todo a partir del 2 de septiembre de 1792, durante las llamadas Masacres de septiembre, cuando fue asesinado alrededor de un centenar de curas. Stanislas-Marie Maillard, héroe de la Bastilla, mató a 3 obispos, 120 curas y 50 religiosos. Los momentos más anticlericales coincidieron con el Terror de Robespierre, aunque después Napoleón optó por llegar a un acuerdo o concordato; "Cada cura me ahorra diez policías", se cuenta que dijo.

El anticlericalismo se hizo más pragmático durante las sucesivas revoluciones burguesas (1820, 1830, 1848) y continuó con la irrupción del Marxismo y del Comunismo. En todos los casos, la defensa por parte de la Iglesia de los modelos absolutistas y de las acciones represivas contra los movimientos obreros, así como de la tradición de estar del lado del poder político o económico, fueron causa para que el anticlericalismo se invistiera de contenido social. Las manifestaciones anticlericales condenaron de forma tajante la participación de la Iglesia en cualquier ámbito público, especialmente en la educación. La obra de Jules Michelet Le Prêtre, la femme et la famille fue una de las más anticlericales e influyentes del siglo XIX, y conoció dieciocho ediciones en diversos lugares de Europa entre 1848 y 1918. El anticlericalismo se reforzó con el apoyo de los científicos, quienes veían favorecidas las supersticiones y discutido, cuando no negado, el Evolucionismo de Charles Darwin y el Heliocentrismo de Copérnico y Galileo.

En Francia hasta 1905, cuando merced al impulso anticlerical de la Tercera República y de los principios auspiciados por Émile Combes se disuelven varias órdenes religiosas y se cierran centros educativos católicos, esta confesión junto al judaísmo y el protestantismo era enseñada en todos los centros educativos públicos. La defensa por parte de la jerarquía católica de la vuelta a la monarquía, así como su participación en movimientos contrarrevolucionarios y antisemitas, provocaron una reacción intelectual que abogaba por la separación entre la Iglesia y el Estado. Hay quien sostiene éste como un movimiento anticlerical, aunque refleja formas más próximas al laicismo. Por otra parte, la Iglesia mantuvo una postura por lo menos ambigua ante el Capitalismo, el Fascismo y el Nacionalsocialismo, pero abiertamente detractora, crítica y combativa contra el Socialismo y el Comunismo aun incluso en su propio seno, en que ningunea, margina y combate a los mártires y sacerdotes de la llamada Teología de la liberación.

En la Masonería, una parte de los masones no solamente profesan el laicismo, sino también el anticlericalismo, oponiéndose filosófica, doctrinal y políticamente al cristianismo, por ejemplo, los Illuminati de Adam Weishaupt.

En España los movimientos anticlericales surgen con más fuerza en el segundo tercio del siglo XIX, aunque ya con anterioridad en el periodo de la Ilustración hubo tensiones graves entre el poder político y el religioso. En diversas ocasiones fueron expulsados los jesuitas, aunque no sería hasta la Segunda República cuando se pondría de manifiesto el anticlericalismo en sus formas más violentas como consecuencia del apoyo que prestaba la Iglesia a los movimientos reaccionarios y a la sublevación militar del 17 de julio de 1936 que dio origen a la Guerra Civil.

En otros países europeos como Portugal y americanos como México, hubo fuertes movimientos anticlericales. En la actualidad, la manifestación más moderada, integradora y democrática de anticlericalismo parte de los principios del llamado Humanismo secular.

El anticlericalismo en Francia[editar]

En la Edad Media y en la Edad Moderna, hubo conflictos entre la Iglesia y el Estado, como el que enfrentó a Felipe IV el Hermoso y Bonifacio VIII,[10] provocados por la voluntad de la Monarquía de subordinar el clero al Estado. Asimismo la crítica a los clérigos atraviesa toda la literatura francesa (Rutebeuf, Béranger, Rabelais, La Fontaine) con “sus frailes y canónigos rubicundos, licenciosos, codiciosos, muy alejados, en definitiva, del ejemplo evangélico que se suponía debían seguir”.[11]

Pero a partir de la difusión de la Ilustración, con Voltaire a la cabeza, ya no sólo se trataba de someter al clero a la autoridad del Estado, sino de garantizar la neutralidad de éste en cualquier materia religiosa y de conseguir que la Iglesia permaneciera al margen de todo lo concerniente al ámbito público.[12]

La Revolución y la Restauración[editar]

Fiesta del Ser Supremo, 1794. Museo Carnavalet, París.

Durante la Revolución Francesa, se reconoce la libertad de conciencia, se suprimen los privilegios del clero, incluido el diezmo, y se declaran “bienes nacionales” las propiedades de las órdenes religiosas (cuyos votos son suprimidos) que son vendidas para hacer frente al déficit de la Hacienda. El conflicto con la Iglesia Católica comienza sobre todo con la aprobación por la Asamblea Nacional Constituyente de la Constitución Civil del Clero, sancionada por el rey Luis XVI el 24 de agosto de 1790, que convierte a los sacerdotes en “funcionarios públicos” (ya que cobrarán directamente del Estado al carecer ya de cualquier tipo de ingresos), nombrados no por el Papa, sino por las asambleas de ciudadanos activos, y a los que se exige el juramento de fidelidad a "la Nación, a la Ley y al Rey”. La casi totalidad de los obispos (la mayoría de los cuales abandona Francia) y la mayoría del clero secular, único reconocido, se niegan a prestarlo, especialmente tras la condena del Papa Pío VI a principios de 1791 de toda la obra revolucionaria, y se convierten así en “refractarios”, siendo considerados a partir de entonces como “contrarrevolucionarios”. A los pocos que prestan el juramento se les llama “constitucionales”.[13]

Con la caída de la Monarquía y el advenimiento de la República (agosto-septiembre de 1792) comenzó uno de los episodios más violentos de anticlericalismo en la Europa moderna. Las nuevas autoridades revolucionarias suprimieron la Iglesia; destruyeron y profanaron conventos y monasterios; se exiliaron 30.000 sacerdotes y se mató a cientos más. Como parte de una campaña para descristianizar Francia, el calendario cristiano fue prohibido en octubre de 1793, siendo reemplazado por el calendario republicano que se iniciaba a partir de la fecha de la proclamación de la República (el 22 de septiembre de 1792). A continuación, comenzó el ateo Culto a la Razón, y todas las iglesias no consagradas a ese culto fueron cerradas. En 1794, el culto ateo fue sustituido por el deísta Culto al Ser Supremo, promovido por el jacobino Robespierre. Cuando el anticlericalismo se convirtió en un objetivo claro de los revolucionarios franceses, los contrarrevolucionarios, intentando restaurar la tradición y el Antiguo Régimen, se levantaron en armas, especialmente en la guerra de la Vendée (1793-1796). “El trauma social, cultural y espiritual de esta persecución religiosa será profundo y duradero, y explica la virulencia de los “clericales” del siglo XIX”.[14]

Cuando el Papa Pío VI tomó partido en contra de la revolución en la Primera Coalición (1792-1797), Napoleón Bonaparte invadió Italia (1796). Las tropas francesas hicieron prisionero al Papa en 1797, que murió al cabo de seis semanas de cautiverio. Después de un cambio de parecer, Napoleón restableció la Iglesia católica en Francia con la firma del Concordato de 1801. Muchas políticas anticlericales continuaron. Cuando los ejércitos napoleónicos entraban en un territorio, los monasterios eran a menudo saqueados y la propiedad de la Iglesia secularizada.

Al final del reinado de Luis XVIII y sobre todo durante el gobierno de Carlos X se produce un “viraje clerical” que pretende instaurar en Francia un orden político asentado en bases religiosas. “Todo el gobierno de Carlos X obedece a un proyecto contrarrevolucionario en la simbología -el monarca acude a Reims, donde se le consagra rey a la vieja usanza- como en la política diaria favoreciendo a los emigrés y los partidarios de la reacción. La condesa de Boignes habla de «despotismo clerical”. A partir de entonces “resulta una evidencia que la oposición anticlericalismo versus clericalismo es una de las facetas de la lucha entre la revolución y sus principios y sus oponentes”.[15] El libro clásico de René Rémond, L’Anticléricalisme en France de 1815 á nos jours, comienza precisamente por analizar el período de la Restauración.

La Monarquía de Julio y el II Imperio[editar]

Hyacinthe-Louis de Quélen, arzobispo de París. Durante la Revolución de 1830 tuvo que abandonar el palacio episcopal ante el acoso anticlerical.

Durante la revolución de 1830, en reacción a los excesos de los ultrarrealistas del “parti prêtre” (el partido clerical) del final de la Restauración, los rebeldes saquearon el arzobispado de París, Notre Dame y varias casas de las congregaciones religiosas. El arzobispo de París, Monseñor de Quélen - de hecho estrechamente relacionado con Carlos X - tuvo que huir y pasar a la clandestinidad algún tiempo. Fuera de París, se ataca a los sacerdotes y a los actos religiosos. "Las procesiones, informa el duque de Brogile en sus memorias, eran perseguidas a pedradas, las cruces arrastradas por el fango; no era demasiado bueno para un obispo salir de su catedral". Folletos difamatorios circulan contra el clero católico, mientras que los teatros de París representan obras violentamente anticlericales, que ponen en escena sacerdotes deshonestos, criminales o despiadados. El ministro del Interior, François Guizot, él mismo protestante de Nimes, ordena a los prefectos reprimir estos abusos: "La libertad religiosa debe ser completa y su primera condición es que ninguna religión sea insultada". Pero con el Ministerio de Laffitte, el laissez-faire se convirtió en la consigna de un gobierno que, por encima de todo, no quiere perder sus bases de apoyo revolucionarias.

Tras el fracaso de la revolución de 1848 y la instauración del II Imperio de Napoleón III se produce un auge del catolicismo ultramontano, en consonancia con la lucha que enfrenta al nuevo Reino de Italia con el Papa Pío IX, que a través del Syllabus (1864) condena el liberalismo y la modernidad.[16] Durante el II Imperio, la Iglesia Católica goza de un trato preferencial por parte del Estado francés (formalmente, junto con las religiones minoritarias judía, luterana y calvinista, pero en la práctica con mucha más influencia que aquellas). Las escuelas públicas empleaban religiososos y monjas como profesores, y la religión se enseñaba en las escuelas (los maestros fueron también obligados a llevar a sus clases a Misa). En 1875 se estima que hay un sacerdote por 639 habitantes –es decir, 55.369 seculares-; del mismo modo, las congregaciones cuentan con 158.000 religiosos, de los cuales 31.000 son hombres y 127.000 mujeres; el presupuesto de la Iglesia ronda el 2 por ciento del presupuesto general del Estado. “La nueva religiosidad, con las procesiones y el desarrollo de las peregrinaciones marianas, son otras manifestaciones de la vitalidad recuperada del catolicismo francés. Este ‘activismo’ provoca, en reacción, el anticlericalismo, sobre todo porque los republicanos se hacen cada vez más sensibles al auge católico”.[17]

Es por esta época cuando aparecen los sustantivos clericalismo (hacia 1855) y anticlericalismo (hacia 1870), aunque los adjetivos “clerical” y “anticlerical” son anteriores; el primero aparece hacia 1815 y el segundo hacia 1865.[18]

La Tercera República[editar]

Tras la caída del II Imperio y la derrota de la Comuna de París, se instaura en Francia un gobierno “clerical” de los legitimistas que soñaban con el retorno de la Monarquía y del tradicionalismo, al que se oponen los republicanos encabezados entre otros por Léon Gambetta, que el 4 de mayo de 1877 pronuncia en la Cámara de Diputados un discurso contra “ese espíritu de invasión y de corrupción” que a sus ojos es el clericalismo, y acaba con una frase que se hará célebre: «le cléricalisme, voilà l'ennemi!» (“El clericalismo, éste es el enemigo”). Tres días después, Emile de Girardin afirmaba: «[La votación del 4 de mayo] ha distribuido la Cámara de diputados en dos campos: en uno, todos los enemigos de la forma electiva y de la libertad religiosa; en el otro, todos los enemigos de la herencia dinástica y del clericalismo».[19] A partir de entonces se pone en marcha una decidida política anticlerical inspirada en el ideal de la “laïcité” y que culminará con la aprobación en 1905 de la Ley de Separación de la Iglesia y del Estado.

Caricatura de La Petite Lune de 1878: Jules Ferry comiéndose un sacerdote.

La Iglesia Católica la interpretará como una política de “persecución religiosa”. En 1902 el obispo de Marsella afirmaba:

«Se repetía y se hacía repetir: ¡el clericalismo, éste es el enemigo! La fórmula es un poco vaga, pero hemos aprendido a interpretarla y sabemos todo lo que esconde de hostilidad hacia Dios, hacia Jesucristo, hacia la Iglesia, hacia las congregaciones religiosas, hacia las familias cristianas, hacia las escuelas católicas y hacia la libertad de conciencia formalmente prometida en la Carta (sic) del 89 y en las constituciones dictadas después»

Esta acusación de “persecución religiosa” fue respondida por Eugène Pelletan:

«siempre que se os retira el derecho de perseguir, clamáis contra la persecución. Se abole la Inquisición, se os persigue; se libera la conciencia, se os persigue; se decreta el matrimonio civil, se os persigue»

Por su parte, Aristide Briand, uno de los promotores de la Ley de 1905, afirmaba ante la Cámara el 9 de noviembre de 1906:

«El Estado laico, para garantizar su seguridad y su predominio, es por fuerza anticlerical. Le pertenece, en efecto, oponerse a que la Iglesia, saliéndose de su ámbito religioso e interviniendo en el terreno político, ponga en peligro el predominio del Estado. Pero si la Iglesia permanece en su sitio, si los fieles se contentan con manifestar, bajo la forma del culto, sus sentimientos religiosos, el Estado está obligado a detenerse ante ese ámbito sagrado. [...] Si quiere penetrar en él, con la ley en la mano, para obstaculizar las prácticas de la fe, se convertiría en un tirano insoportable».[20]

En 1881-1882 el gobierno de Jules Ferry aprobó las leyes educativas que llevan su nombre, que establecían la enseñanza gratuita (1881) y obligatoria y la educación laica (1882), sentando las bases de la educación pública francesa. Estas leyes fueron completadas con la de 30 de octubre de 1886, llamada Ley Goblet, que hacía obligatoria la laicización del personal docente en las escuelas primarias públicas, por lo que los maestros que fueran religiosos tenían que dejar su puesto en un plazo de cinco años, aunque para las maestras religiosas no se fijaba ninguno, y en 1914 todavía había escuelas en manos de monjas.

Esta separación de la Iglesia y el Estado en el ámbito escolar se extendió a otros, como el funerario (la ley de 1881 secularizó los cementerios; otra de 1887 puso fin a las restricciones a los funerales civiles y permitió la cremación de los cadáveres); el hospitalario (los hospitales fueron laicizados, expulsando a los capellanes y sustituyendo progresivamente a las monjas por enfermeras diplomadas, aunque este proceso fue muy lento; las salas perdieron sus nombres católicos y recibieron otros que recordaban a grandes inventores o médicos). También se tomaron medidas para laicizar el espacio público: los crucifijos fueron retirados de las paredes de hospitales, escuelas y tribunales; se restringió la salida de procesiones fuera de los lugares consagrados al culto y el porte de la sotana por la calle.[21] Le siguieron otras leyes dirigidas a afianzar la preeminencia absoluta del Estado y la libertad de conciencia de todos los ciudadanos: como la de 1883 que prohíbe rendir los honores militares dentro de un edificio religioso; la de 1884 que no reconoce otro matrimonio que el civil y regula el divorcio; la de 1889, que obliga a los miembros del clero a cumplir con su deber militar.[22]

«L'action cléricale sur notre malheureuse planète», ilustración del periódico La Calotte (Asmodée, 1908).

Al mismo tiempo que se ponían en marcha estas medidas, se desató una campaña anticlerical a través de los periódicos republicanos y librepensadores y de folletos y libros. En uno de ellos se decía: “el desenfreno, la holgazanería, la intolerancia, la glotonería, la rapacidad frailuna son otros tantos portillos que nos abren la ciudadela clerical”. En la estela de Eugenio Sue aparecieron muchos otros novelistas, como Marie-Louise Gagneur (Le crime de l’abbé Maufrac, La Croisade noire, Un chevalier de sacristie), Hector France, Jules Boulabert (Les ratichons). Autores más prestigios también mostraron clérigos antipáticos e incluso repulsivos, como Émile Zola, en La Terre o en La Faute de l’abbée Mourret. Y dentro de esta oleada hubo igualmente numerosas muestras de anticlericalismo antireligioso, que no encontró muchas trabas debido a que la Ley de 29 julio de 1881 hizo desaparecer de la lista de delitos los de ultraje a la moral religiosa y ultraje a las religiones reconocidas por el Estado. Así, fueron objeto de sátira y de sarcasmo los dogmas del catolicismo como la Trinidad, la Encarnación o la Transubstantación; prácticas católicas como la devoción al Sagrado Corazón de Jesús o el culto a los santos (tildados unos de neuróticos, como San Francisco de Asís, y otros de histéricos, como Santa Teresa de Avila) y el culto a las reliquias. Asimismo fueron atacadas las normas católicas, como la abstinencia de comer carne en Viernes Santo, respondida con la celebración de banquetes de carne, especialmente cordero, ese mismo día. También se publicaron parodias irreverentes y blasfemas del Antiguo y del Nuevo Testamento, como la Vie de Jésus de Léo Taxil, en la que Cristo aparece como un proxeneta que mantiene relaciones privilegiadas con “su sultana favorita”, María Magdalena.[23] Asimismo se desarrolló un arte anticlerical, especialmente pintura.

En medio de la comnmoción y la división causada en Francia por el Affaire Dreyfus, las leyes anticlericales y laicistas se radicalizaron bajo el gobierno de Émile Combes, con la aprobación de las leyes de 1901 y 1904, que expulsaban de Francia a casi todas las congregaciones religiosas, especialmente a las que se dedicaban a la educación, por lo que entre 1902 y 1903 cerraron sus puertas en torno a 12.500 establecimientos escolares religiosos,[24] excepto en Alsacia-Lorena, que pertenecía en ese momento a Alemania. La mayoría de estas órdenes religiosas expulsadas se instalarán en España, donde fundarán colegios religiosos.[25] Esta política anticlerical provoca la ruptura con la Santa Sede en 1904.

En 1905 la Asamblea Nacional aprueba la Ley de Separación de la Iglesia y del Estado que abole el concordato, y a partir de ese momento la República no reconoce ningún culto. Uno de sus promotores fue la Asociación de Librepensadores de Francia, que realizó diversos actos, algunos de los cuales terminaron en altercados con católicos, causando heridos y algún muerto. La ley, sin embargo, no contentó plenamente a algunos de ellos porque hacía alguna concesión a la Iglesia, como la de que continuaría detentando el uso exclusivo de los templos.[26]

En el llamado Affaire Des Fiches en 1904-1905, se descubrió que el anticlerical ministro de la Guerra del gobierno de Émile Combes, el general Louis André, había ordenado las promociones basándose en el amplio índice sobre los funcionarios públicos elaborado por el masónico Gran Oriente de Francia, en el cual se detallaba quiénes eran católicos y quiénes asistían a misa, con el fin de evitar que ascendieran.

Después de 1905[editar]

El anticlericalismo republicano se suavizó después de la Gran Guerra de 1914-1918 cuando la derecha católica empezó a aceptar el laicismo.

“La Primera Guerra Mundial consagró la «Union Sacrée» que se realizó a primeros de 1914 y la experiencia de muerte masiva favoreció un rebrote religioso y un cambio de percepción del fenómeno religioso, hecho que se fundamenta en la presencia de los clérigos en las trincheras. La canonización de Juana de Arco en 1920 fue el símbolo de ese reencuentro entre la nación francesa y la Iglesia. Sin embargo, los reflejos anticlericales de la República no se han disipado. El 18 de noviembre de 1918, el arzobispo de París organiza un Te Deum para celebrar la victoria en el conflicto con Alemania, al cual acude la esposa del presidente de la República, la señora Poincaré. Su marido considerará incompatible su posición en la República con la entrada en un templo religioso. Huelga decir que Clemenceau también se ausentó. Habrá que esperar a 1938 y la inauguración de la restauración de la catedral de Reims para ver entrar a un jefe del Estado -en ese caso el presidente Albert Lebrun- en una iglesia. Durante su mandato, el general De Gaulle, cuando asistía a una misa en calidad de presidente de la República, no comulgaba (era católico practicante) para respetar la separación de Estado y de la Iglesia. Tradición que respetaron tanto Pompidou como Giscard. Chirac, al contrario, comulga aunque esté en calidad de jefe del Estado. Estos pequeños símbolos o anécdotas son muy significativos de un ambiente o de un clima cuyo trasfondo es claramente la herencia anticlerical de la Tercera República. En 2005, la muerte del papa Juan Pablo II y la decisión de hacer ondear a media asta las banderas nacionales provocaron una nueva ola de comentarios anticlericales y se dieron casos en los que la decisión no fue aplicada. En 1996, la visita del Papa para conmemorar el 1500 aniversario del bautizo del rey Clodoveo fue ocasión también de un brote anticlerical animado por la Asociación Voltaire. Todos estos hechos nos recuerdan la pervivencia de una tradición que encarna bastante bien el periódico satírico Le canard enchainé”.[27]

A finales del siglo XX y en la primera década del siglo XXI se volvió a abrir el debate de la laïcité a propósito de la presencia en las escuelas e institutos públicos de alumnas que llevaban el hijab o pañuelo islámico, cuyo uso fue prohibido por la ley sobre la laicidad de 2004.

En 2005 se conmemoró el centenario de la Ley de Separación del Estado y de la Iglesia, poniéndose de manifiesto el profundo arraigo de la laïcité en la sociedad francesa, que también se había podido comprobar cuando un año antes cuando Francia se opuso a la mención de las raíces cristianas de Europa en el preámbulo del proyecto de constitución europea (tanto el presidente derechista Jacques Chirac como el primer ministro socialista Lionel Jospin coincidían en este rechazo).[28]

El anticlericalismo en México[editar]

La constitución mexicana de 1824 prohibía el ejercicio de cualquier religión que no fuera la Católica Apostólica y Romana.[29] A partir de 1855, el presidente Benito Juárez promulgó decretos nacionalizando las propiedades de la Iglesia, separando la Iglesia y el Estado y suprimiendo órdenes religiosas. Las propiedades de la Iglesia fueron confiscadas y se le denegaron derechos civiles y políticos básicos a las órdenes religiosas y al clero.

El presbítero jesuita Miguel Agustín Pro acusado de participar en actos de sabotaje y terrorismo, en el momento de ser ejecutado por el régimen anticlerical de México en 1927.

Tras el triunfo de la Revolución Mexicana, se aprobó en 1917 la nueva Constitución mexicana con un mayor contenido anticlerical. El artículo 3º promovía una educación secular en las escuelas y prohibía a la Iglesia encargarse de la educación primaria; el artículo 5º ilegalizaba las órdenes monásticas; el artículo 24 prohibía los actos de culto público fuera de los confines de las iglesias; el artículo 27 restringía el derecho de las organizaciones religiosas a poseer propiedades; el artículo 130 desposeía a los miembros del clero de los derechos políticos más básicos.

Durante el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles[30] se promulgaron unas leyes más severas, principalmente la Ley Calles, que condujeron a la Guerra de los Cristeros[31] de 1927-1929. La supresión de la Iglesia incluyó el cierre de muchos templos y el asesinato de sacerdotes. Esta persecución contra la Iglesia fue especialmente severa en Tabasco bajo el gobierno de Tomás Garrido Canabal.[32] Los efectos de la guerra contra la Iglesia fueron profundos. Entre 1926 y 1934 al menos 40 sacerdotes fueron asesinados.[33] Entre 1926 y 1934, más de 3 000 sacerdotes fueron forzados al exilio o asesinados[34] [35] De los 4 500 sacerdotes que ejercían en México antes de la revolución, en 1934 sólo quedaban 334 sacerdotes con permiso del gobierno para servir a una población de 15 millones de fieles. El resto había sido eliminado debido a la emigración, expulsión o asesinato.[33] [36] Incluso en diez estados mexicanos no quedó ni un solo sacerdote para poder ejercer su misión.[36]

El anticlericalismo en España[editar]

Procesión de disciplinantes, de Francisco de Goya. Este pintor criticó acerbamente las costumbres eclesiásticas.

Antes de infligir sus propias persecuciones a heterodoxos y clérigos judíos, moriscos, protestantes e indígenas por medio de la Inquisición, el clero católico padeció diez persecuciones durante el Imperio romano, que serían evocadas luego a partir del siglo XVIII cuando los avances del laicismo empezaron a descristianizar Europa.

Aunque en la Edad Media española pueden contemplarse ocasionalmente brotes de crítica anticlerical, relacionados con el Goliardismo, como en el caso de la obra de Juan Ruiz, por parte del bajo clero contra el alto o contra las posturas integristas de Roma, o en otro tipo de obras de sesgo satírico y crítico, no necesariamente escritas por cristianos, las primeras obras íntegramente anticlericales se encuentran en el Renacimiento como derivaciones del Humanismo en versión de Erasmo de Rotterdam: El diálogo de Mercurio y Carón de Alfonso de Valdés o los dos lazarillos, el Lazarillo de Tormes anónimo y el barroco compuesto por el protestante Juan de Luna. Pese a la represión ejercida por el Santo Oficio, es posible encontrar anticlericalismo soterrado en obras como El diablo predicador de Luis Belmonte Bermúdez, en la obra perdida de frey Miguel Cejudo y en el popular Refranero.

El anticlericalismo contemporáneo[editar]

Durante el siglo XVIII, aún activa la Inquisición, algo de anticlericalismo hay en la Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias zotes del padre José Francisco de Isla, prohibida por ésta; es expulsada la Compañía de Jesús por Carlos III y el futuro afrancesado Luis Gutiérrez compone la famosa y también prohibida novela anticlerical Cornelia Bororquia. Francisco de Goya se muestra anticlerical en sus grabados y el futuro afrancesado Pablo de Jérica ataca al clero ocioso:

Aquí fray Diego reposa
en su vida no hizo otra cosa.

Durante el Trienio Liberal se estrenan algunas obras anticlericales traducidas del francés u originales, como La Inquisición por dentro o el día 8 de marzo de 1820, de Francisco Verdejo Páez, y se vuelve a publicar el Diccionario crítico-burlesco de Bartolomé Gallardo. Pero el primer hecho verdaderamente anticlerical es el asesinato del cura de Tamajón Matías Vinuesa, capellán de honor del rey, quien fue descubierto en una conspiración absolutista en Madrid; fue juzgado y condenado a diez años de presidio cuando la gente esperaba que fuera sentenciado a la pena de horca y una multitud, sin duda dirigida, asaltó la cárcel y lo asesinó a martillazos el 4 de mayo de 1821. Por otra parte las partidas absolutistas y anticonstitucionales acaudilladas por sacerdotes o frailes proliferaban por toda España formando una guerra civil no declarada: los curas Jerónimo Merino y Salazar, por ejemplo, pero también El Trapense, que actuó en Cataluña y tomó la Seo de Urgel el 21 de junio de 1822 proclamando la Regencia con un crucifijo en la mano y sable y pistolas a la cintura; recorría Cataluña sembrándola de cadáveres, como ocurrió en Cervera, a la que prendió fuego por dos ángulos opuestos y vengó a los capuchinos que los liberales habían matado respondiendo a sus disparos desde el convento. Los liberales quemaron en Barcelona la proclama de la Regencia y asaltaron los conventos de frailes con el resultado de más de 50 muertos y lo mismo ocurrió en Valencia o en Orihuela, y la violencia iba en aumento hasta el asesinato del obispo de Vich, el fusilamiento de 25 frailes en Manresa o el asalto de campesinos incontrolados al monasterio de Poblet, profanando las tumbas y talando el bosque.

La última ejecución por herejía en España se produjo en 1826, cuando el maestro de escuela Cayetano Ripoll fue ahorcado porque en los rezos escolares reemplazó la palabra "avemaría" por "loado sea Dios".

En el verano de 1834 tuvo lugar una gran matanza de frailes en Madrid de 1834, en la que 73 fueron asesinados y otros 11 resultaron heridos durante la jornada del 17 de julio, cuando el cólera estaba en su máximo apogeo se corrió la voz de que la enfermedad había sido provocada por una cigarreras a las que los jesuitas habían dado unos polvos de veneno. Se desató el frenesí asesino a las cuatro de la tarde y la multitud fue recorriendo los conventos sin que las tropas interviniesen para impedirlo. Al día siguiente regresó la calma. No se pudo demostrar que detrás del motín se hallaban los liberales más radicales, muchos de los cuales terminarían momentáneamente en la cárcel, siendo finalmente absueltos; y la motivación era su impaciencia con el Gobierno del Estatuto Real, que no colmaba sus aspiraciones, especialmente la desamortización y la recuperación de las tierras compradas durante el Trienio Liberal y retornadas por Fernando VII a sus antiguos dueños. En realidad la epidemia la trajo el Ejército isabelino, que venía de la frontera portuguesa.

Los motines que hubo en 1835 tenían un objetivo bien claro: los frailes y sus posesiones, no el clero y, menos aún, la religión. Otra cosa es la narración que de esos hechos hicieron los clérigos. Muy pronto la Iglesia reconocería de hecho la situación con la firma del Concordato de 1851. Antonio Gil y Zárate estrena su Carlos II el Hechizado, donde el personaje de su confesor es indudable e inequívocamente perverso y malvado. Las primeras desamortizaciones destruyen considerablemente el patrimonio arquitectónico y dispersan parte del patrimonio cultural. Algunas revueltas populares supersticiosas empiezan a sacrificar a religiosos regulares y seculares.

Sin embargo, es la revolución de 1868 la que provoca al fin la abierta disidencia de algunos católicos liberales que se muestran furiosamente anticatólicos y aun antilcericales. Entre muchos otros, destacan José García de Mora, José Hernández Ardieta, Fernando de Castro, Francisco José Barnés y Tomás, Francisco Giner de los Ríos, Francisco Miras Navarro, Federico de Castro, José Nicolás de Azara, Pedro Sala y Villaret, Manuel Sales y Ferré, Fernando Garrido y Roque Barcia. Aparecen escritores anticlericales como Braulio Foz, Eduardo López Bago y, al menos en sus comienzos, Benito Pérez Galdós (Doña Perfecta, Gloria), Leopoldo Alas, "Clarín" y Luis Bonafoux (Clericanallas, París: Librería P. Ollendorff, 1909). Algunos anticlericales son eclesiásticos, como el exescolapio Bartolomé Gabarró y Borrás, que renunció a los hábitos y participó en las campañas anticlericales publicando dos periódicos en Barcelona, La Tronada y El 1º de Mayo, de tendencia anarquista.

Se editan en el último tercio de siglo los primeros periódicos anticlericales; El Motín, dirigido por el escritor José Nakens, y Las Dominicales del Libre Pensamiento, por Ramón Chíes y Fernando Lozano llevan la batuta, que atienden otros periódicos republicanos como El Radical, El País y Heraldo de Madrid. En esta prensa colaboran escritores independientes y anticlericales como el cura José Ferrándiz, Antonio Rodríguez García Vao, Rosario de Acuña o el jesuita catalán Segismundo Pey Ordeix. El socialista utópico Fernando Garrido publica ¡Pobres jesuitas! contra la Compañía de Jesús. Un gran movimiento filosófico, espiritual y pedagógico, el Krausismo, se instala en España y, con él, un laicismo fundamental que propugna el anticlericalismo a través de organismos como la Institución Libre de Enseñanza. Francisco Ferrer Guardia crea, por su parte, una escuela laica, que llamó Escuela Moderna. Se queman conventos en 1902, 1909, 1931 y 1934, por no hablar de la Guerra Civil, culminación de esa escalada.

El acontecimiento anticlerical que destaca en el periodo fue la Semana Trágica de Barcelona, en 1909. El descontento popular por la leva de reservistas para la guerra en Marruecos auspició la destrucción de unos 80 edificios religiosos, en la que participaron los radicales de Lerroux, que dirigieron hacia allí su acción; sin embargo se sintonizaba con el anticlericalismo popular, cada vez más alejado de la Iglesia.

En la Revolución de octubre de 1934 el clero fue ya un objetivo decidido de los revolucionarios. La estadística oficial que elaboró la Dirección General de Seguridad da la cifra de 37 eclesiásticos muertos o asesinados y 58 iglesias destruidas; en Moreda de Aller, los sindicatos católicos se enfrentaron a tiros con los revolucionarios.

En el siglo XX escriben anticlericales como Pío Baroja y Vicente Blasco Ibáñez. Ramón Pérez de Ayala escribe su novela antijesuita A.M.D.G. y Joaquín Belda Los nietos de San Ignacio. El que será presidente de la Segunda República Manuel Azaña escribe El jardín de los frailes y traduce La Biblia en España de George Borrow.

Se incendian casi todas las iglesias de Málaga y otros lugares ante la indiferencia del Gobierno poco antes de estallar la Guerra Civil; el bando nacional persuadirá a la iglesia para que la denomine Cruzada. La Iglesia española, sin embargo, estaba dividida, y, por ejemplo, apoyó a la República en el País Vasco. El caso es que 6.800 religiosos de una población total de 30.000 fue asesinada. También el patrimonio artístico (arquitectura, escultura, pintura...) y cultural -archivos parroquiales y bibliotecas- sufrió una importante destrucción.

Con la victoria del bando nacional, sin embargo, vino la Ley de Principios del Movimiento Nacional, vigente hasta 1976, que decía en su artículo dos:

La nación española considera como timbre de honor el acatamiento de la ley de Dios, según la doctrina de la Iglesia católica, apostólica y romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará su legislación.

Bibliografía[editar]

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Véase también[editar]

Referencias[editar]

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Enlaces externos[editar]