Historia de la ciencia en la Argentina

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Luis Leloir (a la izquierda) festejando con sus compañeros el día que fue galardonado con el Premio Nobel de Química de 1970.

La historia de la ciencia en la Argentina describe la suerte de los investigadores e instituciones científicas de ese país, expuestos muchas veces a las inclemencias de su economía y de su política, pero capaces, pese a todo, de producir obras perdurables y útiles al saber y a la tecnología. Las épocas de los gobiernos de Bernardino Rivadavia y de Domingo Faustino Sarmiento, o la de la Generación de 1880, o los luminosos años de 1956 a 1966 fueron los momentos de su mayor esplendor. Muchos científicos que contribuyeron a la ciencia en la Argentina alcanzaron renombre internacional, entre ellos tres Premios Nobel, y a su vez varios investigadores extranjeros de fama mundial se radicaron en el país a lo largo de su historia. Todos ellos fueron capaces de impulsar la creación en el país de instituciones conocidas mundialmente por sus logros.

Los gobiernos sin amplitud de ideas y las crisis económicas fueron los principales conspiradores para que científicos bien formados en la Argentina se vieran obligados a emigrar a países con un horizonte más promisorio y mayor libertad de expresión.

Mario Bunge, físico, filósofo y epistemólogo argentino radicado en Canadá, que recibió entre otras distinciones el Premio Príncipe de Asturias (1982), escribió lo siguiente en 2001, refiriéndose a la política científica de su país en las últimas décadas y a las enseñanzas que le dejaron Enrique Gaviola, primer astrofísico argentino de renombre internacional, y Bernardo Houssay, primer Premio Nobel en ciencias de la Argentina:

La contribución de Houssay y Gaviola al diseño de una política científica fue decisiva para todos los investigadores de mi generación. Todos comprendimos que a) no hay desarrollo nacional sin desarrollo científico y b) éste requiere inversión no solo en instalaciones, sino también, y sobre todo, en estudiantes e investigadores de tiempo completo (lujo que en Argentina estuvo casi siempre reservado a personas con recursos propios).
Sin embargo, a la vuelta de los años he comprendido que esos principios, aunque necesarios, son insuficientes: que no puede haber política científica realista en un vacío económico, político y cultural. He llegado a la convicción de que, para ser factible, una política científica (y con mayor razón científico–técnica) debe inscribirse en un amplio proyecto nacional de desarrollo integral.

Mario Bunge[1]


A pesar de todo, la ciencia continúa siendo algo de lo cual el país puede considerarse orgulloso: según la revista Nature[2] es uno de los 19 países que lideran proyectos y aumentaron sus presupuestos del área en el 2006, y sigue siendo un líder regional, respaldado por su tradición científica.

Su capacidad actual es relevante en la biomedicina, la nanotecnología, la energía nuclear, las ciencias agrarias, el desarrollo de satélites, la biotecnología y la informática.

Período colonial[editar]

Este período no tiene prácticamente actividad científica alguna. Solo pueden señalarse publicaciones y observaciones aportadas por viajeros, misioneros y cronistas sobre ciencias naturales y etnografía, cierta preocupación colectiva por la difusión de la enseñanza y un incipiente ambiente científico en los albores del siglo XIX que desaparecen con el absolutismo político y las invasiones inglesas.

Primeros trabajos científicos[editar]

Las primeras manifestaciones culturales y científicas en el actual territorio argentino fueron realizadas por las órdenes religiosas, en especial la de los jesuitas, que en el siglo XVII fundó la primera universidad en Córdoba, que dictaba enseñanza en arte, teología y, a fines del siglo XVIII, jurisprudencia. También fundaron en Córdoba, en 1687, el Colegio de Monserrat. En su afán evangelizador realizaron expediciones exploratorias de importancia geográfica durante los siglos XVII y XVIII, y realizaron los primeros trabajos etnográficos y algunos de los primeros diccionarios y gramáticas de las lenguas indígenas de la zona sur del continente, entre ellos el guaraní y toba.[3]

Además fueron los constructores de la primera imprenta que funcionó en el país, la cual era manejada por los nativos que vivían en sus reducciones. El primer libro que se imprimió en ella data de 1700. También de ellos fue la segunda imprenta, que funcionó en el mencionado Colegio de Monserrat, con impresos de 1766. Dejó de funcionar en 1781 debido a la expulsión de la orden, pero reapareció en Buenos Aires al año siguiente como Real Imprenta de los Niños Expósitos y fue durante más de 30 años la única que funcionó regularmente en el país. Pocos fueron los trabajos de relevancia científica impresos por los jesuitas. Algunos de ellos fueron Los calendarios y las Tablas astronómicas del padre Buenaventura Suárez que realizó las primeras observaciones astronómicas en 1706, publicando en 1744 su trabajo Lunario de un Siglo.

Alejandro Malaspina, exploró las costas argentinas.

En 1787 el fraile dominico Manuel Torres desenterró del río Luján el primer esqueleto completo de megaterio. Después de dibujarlo lo envió a Madrid donde fue estudiado entre otros por Georges Cuvier.

La más importante expedición científica a las costas argentinas fue la llamada expedición Malaspina en 1789, propuesta y comandada por el italiano Alejandro Malaspina, que realizó trabajos hidrográficos, reunió material para el Jardín Botánico de España e investigó la historia y geografía de la zona. El húngaro Tadeo Haenke fue parte de ella, aunque por momentos se apartó y siguió un derrotero por tierra atravesando el actual territorio argentino. Resultado de esta incursión fue la extensa obra "Descripción del Perú, Buenos Aires,..." con los resultados de sus estudios.

El virreinato[editar]

En 1776 se crea el Virreinato del Río de La Plata y su segundo virrey Vértiz (1778-1783) tomó medidas para mejorar la cultura de la colonia. En esta época influyó la penetración de las ideas iluministas de Europa traídas principalmente por los jóvenes criollos que iban a estudiar a España.

La expulsión de los jesuitas en 1767 contribuyó a la difusión de las nuevas ideas, ya que esa orden era contraria a ellas y monopolizaba hasta ese entonces la educación. El Real Colegio Convictorio de San Carlos fundado en Buenos Aires en 1783 por Vértiz fue una institución surgida por obra de las nuevas corrientes, como así también el Protomedicato del Río de la Plata creado en 1779. Este último se encargaba del arte de curar y de formar y enseñar a profesionales. Dependía de España y su primer protomédico fue el irlandés Miguel O'Gorman. En 1793 se facultó a la institución para organizar estudios médicos gracias a lo cual nació, en 1801, la primera escuela de medicina cuyos estudios seguían un plan similar al de la Universidad de Edimburgo. Cosme Argerich, examinador del protomedicato, sería una de los médicos de renombre y el mentor del Instituto Médico Militar que luego pasaría a formar parte del Departamento de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Pero los estudios de medicina no lograron atraer interesados: en la camada de 1804 hubo solo cuatro inscriptos; en las de 1807 y 1810 ninguno. En 1812 solo tenía tres estudiantes por graduarse, que practicaban en el ejército. Las aulas del protomedicato se convirtieron en depósito de material para la guerra. Por otra parte existía el problema de que muchos estudiantes no daban las últimas materias, pues de hacerlo, al recibirse, estaban obligados a prestar su ayuda en las guerras de la independencia.[4] Hacia 1821 dejó de funcionar y se lo reemplazó por un Instituto Médico.

Manuel Belgrano, propulsó las ciencias por medio del Consulado.

Manuel Belgrano, como secretario del Consulado de Comercio de Buenos Aires, creó una Escuela de geometría, arquitectura, perspectiva y toda especie de dibujo, que inmediatamente formó parte de la Escuela de Náutica, creada en 1799 también por el Consulado con asesoramiento del marino español Félix de Azara. El objetivo de la academia no era sólo formar pilotos sino también proporcionar la enseñanza de las principales ramas de las matemáticas. Éstas, hasta ese entonces, solo tenían una función práctica y su desarrollo se limitaba a la concreción de simples estudios informales. Belgrano realizó esfuerzos para fomentar el estudio de las ellas de manera sistemática. Gracias a la academia llegan al país destacados matemáticos como Carlos O´Donnell, Pedro Cerviño y Juan Alsina. La escuela no tuvo larga vida pues sufrió daños durante las invasiones inglesas y la corona la consideró innecesaria en 1806.

En cuanto a Félix de Azara, éste emprendió una serie de viajes en misión oficial por la región del virreinato publicando las descripciones biológicas de las especies vertebradas conocidas, mientras que en su Voyage dans l’Amerique meridionale (1809) se ocupa de los insectos, peces, reptiles, vegetales silvestres, de cultivo y sales minerales.

Félix de Azara.

Con respecto al periodismo, además del Telégrafo Mercantil que se publicó a partir de 1801 y fue clausurado por el virrey en 1802, aparece en este último año el segundo periódico, Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, dirigido por Hipólito Vieytes y que deja de aparecer con la segunda invasión inglesa en 1807. Este semanario trataba temas vinculados con ciencia aplicada, en especial de agricultura. Así se publicaron lecciones científicas de química, memorias de mineralogía, lecciones de agricultura mediante preguntas y respuestas, temas acerca de la vacunación antivariolosa (de la cual el periódico fue un entusiasta propulsor) , una entusiasta descripción de los certámenes públicos en la Academia de Náutica, así como una serie de memorias, recetas, noticias y misceláneas referentes a cuestiones particulares.

El último periódico de la colonia, que solo duró un año, fue el Correo de Comercio de Manuel Belgrano, iniciado en marzo de 1810 y que contribuyó al despertar revolucionario.

La Independencia[editar]

Los acontecimientos políticos y militares de la primera década del siglo XIX llevan a decaer a las instituciones vinculadas con la enseñanza y con los estudios matemáticos y médicos que se habían creado durante el virreinato. Sin embargo, a partir de la Revolución de Mayo, existe un decidido apoyo y protección a las ciencias.

Bernardino Rivadavia impulsó la creación de la Universidad de Buenos Aires y gestionó la llegada al país de científicos europeos.

Así, gracias en especial a Bernardino Rivadavia, se inicia una nueva etapa con la creación de la Universidad de Buenos Aires.

Aunque muy breve, esta etapa fue la más brillante durante la primera mitad del siglo XIX.

Primeros años[editar]

Durante los primeros años posteriores a la Revolución de Mayo merece solo destacarse la breve actuación de Juan Crisóstomo Lafinur que obtiene en 1819, por oposición pública, la cátedra de filosofía (que en aquel entonces incluía la física) en el mencionado Colegio de San Carlos, ahora llamado Unión del Sud, pero que debe abandonarla al año por la reacción que provocó su enseñanza. Vestido sin la clásica sotana secularizó el aula y los fundamentos de la enseñanza. En sus cursos difundió las ideas de Galileo Galilei, Isaac Newton y René Descartes dejando de lado lo religioso.

En cuanto a los estudios matemáticos estos fueron formulados con idea de formar a los militares necesarios para la revolución independentista. En 1810 Belgrano, como vocal de la Junta de gobierno, instaló una escuela de matemática costeada por el Consulado con esa finalidad, pero debido a que su director apareció complicado en la denominada conspiración de Álzaga cerró en 1812. También estableció una escuela similar en Tucumán. El Directorio trató de restablecer los estudios matemáticos en Buenos Aires fundando en 1816 la Academia de Matemáticas, que se incorporó a la Universidad en 1821. La academia fue dirigida por destacados directores como el científico mexicano José Lanz traído por Bernardino Rivadavia, o quien lo suplantó: el español Felipe Senillosa, que había llegado a Buenos Aires en 1815 y había tenido una destacada actuación como periodista, escritor, profesor y topógrafo. En 1818 hizo conocer un breve tratado de aritmética elemental y en 1825 un importante trabajo de índole metodológica: Programa de un curso de geometría, que evidencia los progresos que se habían realizado en materia de la enseñanza matemática. En 1824 fue designado miembro del Departamento Topográfico, del cual fue presidente. Publicó en 1835 el opúsculo Memoria sobre las pesas y medidas.

Aimé Bonpland.

Los estudios médicos, los cursos del Protomedicato que habían desaparecido en 1812, se restablecieron en 1815 al cerrarse el Instituto médico-militar que dirigía Cosme Argerich y funcionó precariamente hasta 1821 cuando pasó a depender de la Universidad de Buenos Aires. Este instituto estaba vinculado con el naturalista francés Aimé Bonpland, (conocido en el país como Amadeo o Amado). Había llegado por sugerencia de Rivadavia a Buenos Aires en 1817 donde ejerció la profesión de médico, colaboró en periódicos y realizó varias expediciones científicas. Debido a las luchas políticas no logró establecer un museo y un jardín botánico que proyectaba, de manera que se instaló en las misiones del Paraguay donde estuvo preso por diez años por orden de Francisco Solano López. Volvió a la Argentina para de establecerse por unos años en la Provincia de Corrientes. Reanudaría sus actividades científicas y volvería a recorrer el país pero para volver a Corrientes donde, según sus palabras con motivo de encargársele la organización de un museo, debo atenciones sin número.

En 1810 Mariano Moreno propulsó la creación de una Casa de Libros en Buenos Aires que se abre en 1812 gracias al apoyo de Rivadavia que era en ese entonces secretario del Primer Triunvirato. Rivadavia creó varias escuelas, proyectó la confección de un plano topográfico de la provincia de Buenos Aires y la formación de un museo de historia natural, que recién comenzó a funcionar en 1823.

Universidad de Buenos Aires[editar]

El 12 de agosto de 1821 se inauguró oficialmente la Universidad de Buenos Aires. En ella se buscó enseñar y hacer ciencia de una manera organizada. Esto se logró en forma efímera gracias a un primer impulso de Rivadavia. Al inaugurarse ya tenía rector, el doctor Antonio Sáenz, y sus trabajos estaban ya tan adelantados que al día siguiente ya pudo conferir cinco grados de medicina y uno de derecho. En sus comienzos incorporó las instituciones docentes que ya existían: los cursos de matemática dependientes del consulado, los del Instituto médico-militar y los del colegio de la Unión. También asumió la parte teórica de la Academia de jurisprudencia y se hizo cargo de la enseñanza primaria.

En 1822 sus Departamentos eran los de:

  • Primeras letras: en él se incorporaban las 16 escuelas primarias de la ciudad y alrededores. Se establecía como obligatorio el sistema de Lancaster. En 1828 este Departamento se separó de la Universidad.
  • Estudios preparatorios: en él se enseñaba latín, idiomas vivos, filosofía, economía política (trasladada en 1823 al Departamento de Jurisprudencia) y ciencias físico-matemáticas.
  • Ciencias Exactas: con cátedras de dibujo, química general, geometría descriptiva, cálculo y mecánica, física experimental y astronomía. Sin embargo todo se redujo finalmente a dibujo, dibujo y geometría.
  • Medicina: con cátedras de instituciones médicas, quirúrgicas, y de clínica médica y quirúrgica.
  • Jurisprudencia: con cátedras de derecho civil y natural, y de gentes y en 1823, de economía política.
  • Ciencias sagradas: su funcionamiento comenzó en 1824 sobre la base de los cursos del Colegio de estudios eclesiásticos.

Las clases de matemática se dictaron tanto en el Departamento de Ciencias Exactas y como en el de Estudios Preparatorios. De esta última cátedra estuvieron a su cargo Avelino Díaz, discípulo de Lanz, y Senillosa, que se destacó como profesor y estudioso, y cuyos textos de enseñanza fueron utilizados durante mucho tiempo en la Universidad.

Las clases de física en el Departamento de estudios preparatorios fueron en sus inicios dictadas por Díaz. En 1823 se adquiere un laboratorio y una sala para los cursos de física experimental.

La cátedra de materia médica y farmacia y la de física experimental creada en 1827 fueron desempeñadas por el médico italiano Pedro Carta Molina, que llegó expatriado desde su país y fue contratado en Inglaterra por Rivadavia. Fue muy entusiasta en su trabajo y muy agradecido a Rivadavia, razón por la cual renunció a la caída del mismo.

Convento de Santo Domingo: primer Observatorio Meteorológico y Astronómico de la Argentina.

Le sucedió el astrónomo Octavio Fabricio Mossotti, también italiano, que había abandonado su país por motivos políticos. Se le llamó para instalar un observatorio astronómico. Fue, junto con Bonpland, el más importante formador de científicos de la Argentina de la primera mitad del siglo XIX. Sus cursos sobre dielectricidad influyeron, medio siglo después, en la atmósfera intelectual que permitió la primera electroestimulación prolongada (durante ocho meses) de un cerebro humano consciente, llevada a cabo desde el 15 de septiembre de 1883 en San Nicolás, y en la escuela neurobiológica argentino-germana en la que entroncan esos trabajos, a través de Richard Sudnik (1844-1915) y sus discípulos Frank Soler y Mariano Alurralde. Mossoti instaló un pequeño observatorio en el convento de Santo Domingo, junto con un gabinete meteorológico. Allí mismo instaló un aula de física experimental donde dictó cátedra entre 1828 y 1834, fecha en que se volvió a su país dejando la cátedra vacante por veinte años. Lamentablemente lo ajeno del país a lo científico hizo que se perdieran la mayoría de sus registros meteorológicos, algunos de los cuales fueron utilizados por Humboldt y terminaron en el Instituto de Francia, y los registros astronómicos. Sus observaciones sobre un eclipse de sol y sobre el cometa Encke fueron publicadas por la Real Sociedad Astronómica de Londres.

La cátedra de química fue iniciada en 1823 por Manuel Moreno quien renunció en 1828.

En el Convento de Santo Domingo se instaló, al crearse el Museo Público de Buenos Aires en 1823, un gabinete de historia natural. En 1833 el Museo contenía 800 piezas del reino animal, 1500 del mineral y un número desconocido del vegetal. También existía una colección numismática de más de 1500 piezas. El encargado del museo fue un ayudante de Pedro Carta, el italiano Carlos Ferraris. Con el retiro de ambos el museo cayó en el olvido no volviendo a resurgir por casi 30 años.

En el Departamento de medicina los cursos estuvieron a cargo de los doctores Francisco de Paula Rivero y Francisco Cosme Argerich. En 1822 se creó la Academia de Medicina, que reunió a destacados facultativos nacionales y extranjeros, y que en 1823 publicó el primer volumen de sus Anales, iniciando la prensa periódica científica.

Los primeros profesores de estudios jurídicos fueron el rector de la Universidad, Antonio Sáenz, en derecho natural y de gentes, y Pedro Alcántara de Somellera en derecho civil. En 1823 se incorporó al Departamento de Jurisprudencia la economía política. Esta materia fue dictada en 1824 por Pedro José Agrelo y a partir de 1826 por Dalmacio Vélez Sársfield. Este curso seguía la teoría de James Mill publicada en Elementos de economía, traducido en 1823 en Buenos Aires, y en la parte práctica enseñaba la aplicación de los principios a la economía doméstica, a la comercial y social, y a la estadística y administración de la hacienda pública. También se incorporó al Departamento de Jurisprudencia en 1826 la cátedra de Derecho público eclesiástico, cuyo primer profesor fue el presbítero Eusebio Agüero.

La época de Rosas[editar]

El estado de la enseñanza en el país fue desastroso en la época del gobierno de Juan Manuel de Rosas, (primer gobierno de 1829 a 1832, y segundo gobierno de 1835 a 1852). En muy pocas provincias se realizaron esfuerzos por mantener las instituciones creadas por Rivadavia. Sólo Urquiza se preocupó por crear instituciones destacables en Entre Ríos, como el Colegio de Concepción del Uruguay en 1849 que más tarde se llamaría Histórico Colegio del Uruguay. Las actividades científicas decaen y por más de 20 años sólo se producen algunas aisladas manifestaciones en historia, sociología y ciencias naturales.[3]

Durante la época de Rosas la enseñanza y la actividad científica declinaron.

En 1838 se suprime en Buenos Aires la enseñanza gratuita y los sueldos de los profesores universitarios. Si la Universidad no cierra sus puertas fue gracias a que algunos profesores continuaron enseñando, pese a todo. Sin embargo el número de alumnos disminuyó considerablemente. Las cátedras de Medicina y Jurisprudencia casi no contaban con profesores y el Departamento de Ciencias Exactas de hecho desapareció. En Córdoba la Universidad entró en franca decadencia.[3]

Los jóvenes que constituyeron lo que se llamó la generación de 1837 se agruparon secretamente en la Asociación de la Joven Argentina, 1838, organizados por Juan Bautista Alberdi, Juan María Gutiérrez y Esteban Echeverría. Este último propone el programa de la agrupación, en colaboración con Alberdi, en el Código o declaración de principios que constituyen la creencia social de la República Argentina. Este aparece publicado en 1839 en Montevideo, Uruguay, durante el exilio de Echeverría en ese país, con el título de Dogma socialista de la Asociación de Mayo, precedido de una ojeada retrospectiva sobre el movimiento intelectual en el Plata desde el año 37. De aquí en más se conocerá como Asociación de Mayo a la agrupación de jóvenes y Dogma Socialista a su ideario. El dogma puede considerarse el primer estudio sociológico de la Argentina, es un análisis de la experiencia histórica y de la vida social argentina basado en las palabras Mayo, Progreso, Democracia. Las ideas de la asociación se esparcieron por el país y unió a los proscriptos.

Juan Bautista Alberdi

En cuanto a Alberdi, fue fundamentalmente un jurista y sociólogo que también se ocupó de cuestiones históricas y económicas. En 1837 publica su primera obra destacada, llamada Fragmento preliminar al estudio del Derecho, que fuera su tesis doctoral en Buenos Aires y que se considera el inicio de la corriente historicista de la literatura jurídica argentina. Entre 1838 y 1843 residió en Montevideo donde trabajó como abogado y periodista. En 1843 se trasladó a Europa por un breve período y regresó ese mismo año a América instalándose en Valparaíso, Chile, donde ejerció como abogado y ganó enorme prestigio. Publicó en Chile la reválida de su tesis doctoral, que llevó por título Sobre la conveniencia y objetos de un Congreso General Americano. Allí expone la idea de una unión americana por medio de herramientas tales como una unión aduanera.

En 1852, luego de la batalla de Caseros que pone fin al régimen rosista, concluye su obra de mayor influencia en el constitucionalismo argentino y americano: Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, tratado de derecho público que constituiría una de las principales fuentes de la Constitución de la Nación Argentina de 1853, al punto que en su segunda edición llevaría un borrador de la constitución utilizado por los constituyentes. En 1853 publicó un tratado complementario de Bases llamado Elementos de derecho público provincial argentino.[3]

En esta época Domingo Faustino Sarmiento promovió el progreso de la ciencia a través de una prédica constante a favor de la enseñanza y la creación de instituciones. Publicó, entre otros, Facundo (1845), que es una descripción de la vida social y política del país, donde intentó dar una explicación sociológica del país fundada en el conflicto entre civilización y barbarie, personificadas en lo urbano y lo rural respectivamente.[3]

Pedro de Angelis, italiano que llegó a la Argentina gracias a Rivadavia, editó la Colección de obras y documentos, que describe la parte histórica correspondiente al período colonial y transformó la naturaleza de los conocimientos históricos. Dedicado a la enseñanza privada y al periodismo sirvió primero a Rivadavia y luego a Rosas. Su labor histórica comprende varias biografías y la Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provincias del Río de la Plata, un intento serio de construcción científica fundada en fuentes depuradas críticamente. Algunas otras de sus obras fueron: Documentos relativos al Chaco y provincia de Tarija y Memoria histórica sobre los derechos de soberanía y dominio de la Confederación Argentina a la parte austral del continente americano (1852).[3]

En esta época Francisco Javier Muñiz inicia los primeros trabajos en paleontología argentina. De formación médica, llegó a ser decano de la Facultad de Medicina de Buenos Aires. En 1832 le había sido conferido el grado de socio en la Real Sociedad Jenneriana de Londres por sus estudios sobre la vacuna. En Chascomús en 1825, y en Luján entre 1828 y 1848, realizó una fructífera tarea removiendo y sacando a luz mamíferos fósiles, muchos de ellos desconocidos hasta el momento. Donó ese material a Rosas que a su vez lo regaló a un almirante francés yendo la pieza a parar a París y Londres. Luego amplió la colección de fósiles del Museo de Buenos Aires, entre ellos con su más importante descubrimiento el Tigre fósil. Sus más destacados trabajos escritos son una monografía sobre los hábitos del ñandú en la que además describe la vida del gaucho, y sus Apuntes topográficos del territorio y adyacencias del Departamento del Centro de la Provincia de Buenos Aires. Sus obras pasarían inadvertidas dada la escasa importancia que se le daba a la ciencia.[3]

Los dos viajes científicos más importantes de esta época fueron el de Alcides D’Orbigny y el de Charles Darwin. D’Orbigny visitó las regiones del Litoral, Corrientes, las antiguas Misiones y la Patagonia. Darwin estuvo dos veces en territorio argentino: en 1833 después de haber navegado por las zonas australes con el Beagle se dirigió por la vía terrestre a Buenos Aires y luego a la provincia de Santa Fe para regresar por el río Paraná hasta el Río de La Plata donde volvió al Beagle; en 1835 cruzaría dos veces la Cordillera de los Andes al venir del lado de Chile. Los resultados de sus observaciones, que fueron la base de la teoría que lo haría famoso, se publicaron en su Viaje de un naturalista alrededor del mundo 1849 . Prácticamente la mitad de esta obra se refiere a su visita al país. A pesar de que Francisco Muñiz y Darwin se hallaban en Luján en 1833, no se conocieron personalmente, pero sí se intercambiaron cartas y parte de ellas se publicaron en una segunda edición del Viaje, y en el Origen de la especies (1859).[3]

La Organización Nacional[editar]

Después de la batalla de Caseros (1852) y la de Pavón (1861) el país se reorganiza y en particular la enseñanza y la ciencia. Tanto en la Argentina como en América Latina prevaleció el positivismo. Esta corriente filosófica, consagrada más a los problemas científicos y sociales que a la especulación metafísica pura, llegó al país cuando ya en Europa había concluido su misión, pero debido a su influencia en las ciencias, la educación y la sociología, los frutos del positivismo argentino, más allá de sus limitaciones, pueden juzgarse generosos, y nutrió a la generación que gobernaba el país hacia 1880-1910.[5] Entre los positivistas más destacados se hallaban Florentino Ameghino y Francisco P. Moreno.

La enseñanza superior[editar]

Escudo de la Universidad de La Plata

Nacieron varias instituciones de enseñanza superior que darían lugar a la fundación de universidades nacionales. Una de ellas fue la Universidad de la Plata, que en principio pertenecía a la Provincia de Buenos Aires y había sido creada por una ley de 1889 que se concretó recién en 1897. Esta se componía de cuatro facultades: Medicina, Derecho, Ingeniería, Química y Farmacia; esta última que aún no existía en Buenos Aires. Esta universidad se nacionalizó y organizó en forma definitiva en 1905 gracias al ministro Joaquín V. González. A su vez el gobierno de la provincia de Buenos Aires le cedió el Observatorio Astronómico, instituido en 1882; el Museo de Ciencias Naturales, creado en 1884, la Biblioteca Pública, la Escuela práctica de agricultura y ganadería de Santa Catalina, fundada en 1872, y la Facultad de Agronomía y Veterinaria (la primera en su género en el país), creada por ley de 1889, independientemente de la universidad provincial.

Los estudios de astronomía y física se iniciaron en la Argentina en la Universidad Nacional de La Plata y sus físicos adquirieron una elevada jerarquía científica internacional, en gran parte gracias a contar con un Instituto de Física instalado científicamente y dirigido por expertos como Emil Hermann Bose (1874-1911) y su sucesor Richard Gans (1880-1954).

Actual Facultad de Medicina de la UBA

Otras instituciones universitarias de importancia creadas en este período son: la Universidad provincial de Santa Fe (1889), la de Tucumán (1912), y la Escuela de Ingenieros de San Juan (1876).

Por un decreto de 1852, la Universidad de Buenos Aires se reorganizó. En 1858 se instauró el régimen de concursos docentes y se crearon nuevas carreras.

La cátedra de física estuvo a cargo de uno de los educadores de más prestigio de la época, Amadeo Jacques. Sin embargo el Departamento de Ciencias Exactas se reorganizó recién en 1863, por obra de Juan María Gutiérrez, quien fue rector de la UBA desde 1861 hasta 1874. Sus Noticias históricas sobre el origen y desarrollo de la Enseñanza Superior en Buenos Aires (1868) constituyen un clásico en el cual volcó todos sus conocimientos sobre el tema. Como rector de la universidad creó el Departamento de Ciencias Exactas (que había desaparecido en la época de Rosas) e inició gestiones para contar con profesores que provinieran de Europa. Así vinieron Bernardino Speluzzi de la universidad de Pavia, Emilio Rossetti de la universidad de Turín (ambos como profesores de matemáticas) y Pellegrino Strobel de Parma, para historia natural.

En 1866 comenzó a funcionar el departamento comprendiendo la enseñanza de las matemáticas puras, aplicadas y de la historia natural con la finalidad de "formar en su seno ingenieros y profesores, fomentando la inclinación a estas carreras de tanto porvenir e importancia para el país". Algunos de los primeros en recibirse fueron destacados ingenieros y científicos como Luis A. Huergo, Guillermo White y Francisco Lavalle

Como rector de la Universidad de Buenos Aires y debido a su gran interés por el estudio de las ciencias naturales Gutiérrez brindó ayuda al sabio alemán Hermann Burmeister como director del Museo Público de Buenos Aires. Fue así presidente de la Sociedad Paleontológica, creada gracias al apoyo dado por él a Burmeister en 1866. Su pensamiento influyó en los científicos de la época como Francisco P. Moreno.

En 1865 presidió una comisión que presentó el "proyecto de un plan de instrucción general y universitaria" cuyo informe constituyó un documento valioso tanto desde el punto de vista histórico como también por sus concepciones didácticas y científicas.

Del Departamento de Exactas egresaron en 1869 los primeros doce ingenieros argentinos, a quienes se denominó "los doce apóstoles". Entre ellos estaban Luis A. Huergo y Valentín Balbín, que fueron presidentes de la Sociedad Científica Argentina. En 1891 el Departamento adoptó el nombre de Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, apareciendo en sus planes de 1896 el doctorado en química. La Facultad incluía las carreras de Ingeniería y Arquitectura. En 1909 se crearon las facultades de Agronomía y Veterinaria, del Instituto de Altos Estudios Comerciales y de Ciencias Económicas.

En 1881, al convertirse la Ciudad de Buenos Aires en Capital Federal, la Universidad pasó a depender del Estado nacional. En 1883 la Universidad se hizo cargo de la dirección técnica del Hospital de Clínicas, que se convirtió así en hospital escuela.

Domingo F. Sarmiento, propulsor de las ciencias y la enseñanza en la Argentina.

La Universidad de Córdoba se nacionalizó en 1856. Durante la presidencia de Sarmiento tendrían cabida por vez primera las ciencias exactas y naturales. Sarmiento encomendó a Burmeister las gestiones para incorporar a un grupo de profesores europeos para dictar clases de dichas ciencias. Estos trabajaron bajo la dirección de Burmeister en la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba y dictaban clases en la Universidad. Dicha academia se convirtió en la Facultad de Ciencias Fisicomatemáticas que en realidad sólo formó ingenieros pero se enseñaba y cultivaba las ciencias exactas y naturales.

Algunos de los profesores destacados que enseñaron en la Academia fueron el botánico Paul G. Lorente, que realizó viajes botánicos por el noroeste y noreste argentino en 1871 y 1872, y Federico Kurtz que integró una importante expedición científica al Chaco que dirigió Holmberg y en la que también figuraban los dos Ameghino.

También se destacaron los zoólogos H. Weyembergh, holandés que en 1878 fundó el Periódico Zoológico Argentino, y Adolfo Doering, que junto con Lorente participó de la expedición del general Julio Argentino Roca al Río Negro.

La Sociedad Científica Argentina[editar]

Sociedad Científica Argentina.

Al mismo tiempo que en Córdoba se iniciaban actividades científicas en Buenos Aires se creaba en 1872 la Sociedad Científica Argentina gracias a la iniciativa de profesores, graduados y alumnos del Departamento de Ciencias Exactas de la Universidad. Su objetivo era el de fomentar el estudio de las ciencias y de sus aplicaciones. Su primer presidente fue Luis A. Huergo. Durante mucho tiempo constituyó el único centro de consulta de los gobiernos. Entre muchos de sus primeros aportes estuvo el de contribuir en las exploraciones geográficas a la Patagonia de Francisco P. Moreno en 1875 y de Ramón Lista en 1877. Otro logro importante fue la organización de los congresos científico latino–americano que se iniciaron en 1898 y en 1908 se convirtieron en los Congresos Panamericanos y en 1921 en los Americanos. También el certamen internacional organizado durante el centenario de la Revolución de Mayo.

Uno de los fundadores y principales promotores de la Sociedad fue el futuro jurisconsulto Estanislao Zeballos que fundó el periódico Anales Científicos Argentinos que en 1876 se convirtió en la publicación oficial de la Sociedad Científica Argentina.

Los Museos. Burmeister, Moreno, Ambrosetti, Ameghino y Holmberg[editar]

Las ciencias naturales y la astronomía fueron las primeras en organizarse después de Caseros. El desmantelado Museo de Buenos Aires se reorganizó gracias a la Asociación Amigos de la historia natural del Plata creada en 1854. En este año Urquiza fundó en Paraná el Museo Nacional, que luego se convirtió en provincial y que adquirió importancia por su colección de fósiles. Y también en este año se creó en Corrientes un Museo Provincial del cual fue director Aimé Bonpland.

Germán Burmeister realizó exhaustivos trabajos sobre naturaleza, geología y paleontología.

La estimulación política del nacionalismo implicó entre otras cosas un apoyo oficial a la arqueología en búsqueda de las tradiciones nacionales, y la creación de importantes museos relacionados con el tema.

Después de Pavón el museo de Buenos Aires entra definidamente en su etapa científica cuando se hace cargo de él Carlos Germán Burmeister, naturalista, paleontólogo y zoólogo alemán, que desempeñó la mayor parte de su carrera en la Argentina y realizó exhaustivos trabajos sobre la descripción de la fauna, flora, geología y paleontología de varios países sudamericanos, pero en especial de la Argentina, publicando cerca de 300 títulos, entre ellos su Description Physique de la République Argentine, que con magníficas ilustraciones mereció la medalla de oro en su presentación en la Exposición Geográfica de Venecia. Dirigió desde 1862 y hasta su muerte el Museo de Buenos Aires. Fundó, como se comentó anteriormente, la Academia de Ciencias Naturales de Córdoba integrando a ella a varios profesores venidos de Europa y dejando tras de sí un importante grupo de discípulos. En 1866, con el apoyo del rector de la Universidad de Buenos Aires, Juan María Gutiérrez, fundó la Sociedad Paleontológica de Buenos Aires cuyo principal fin fue el de estudiar y dar a conocer los fósiles del entonces Estado de Buenos Aires y fomentar el Museo Público.

El Museo de La Plata, que junto con el de Buenos Aires es el centro más importante para el estudio de las ciencias naturales, vincula su origen con el de Francisco P. Moreno. Este se interesó por la paleontología y la arqueología e inició viajes por Catamarca y en especial por la Patagonia. Su conocimiento de la región le valió ser designado perito en cuestión de límites con Chile. En sus viajes supo ponerse en contacto directo con las naciones indígenas de la Patagonia y sus orígenes. Los datos y materiales recogidos en sus expediciones abrieron horizontes nuevos a la antropología sudamericana e impulsaron a varios científicos europeos a tomar a las razas indígenas de América del Sur como objeto de estudio. Moreno quedó impresionado por el drama de aquellas razas y trató de humanizar las relaciones entre los argentinos y sus razas indígenas exigiendo tierras y escuelas para ellas.

Francisco P. Moreno, sus expediciones impulsaron a científicos europeos a tomar a las razas indígenas como objeto de estudio.

En 1877 donó toda su colección arqueológica, antropológica y paleontológica personal, consistente en más de 15 000 ejemplares de piezas óseas y objetos industriales, a la provincia de Buenos Aires, que fundó con ellas el Museo Antropológico y Etnográfico de Buenos Aires.

Con la fundación de la ciudad de La Plata el gobierno provincial decidió trasladar el museo a la nueva capital y entonces recibió el nombre de Museo de Historia Natural de La Plata. Por proveer todo el material para el museo, incluso dos mil libros de su biblioteca particular, y por el reconocimiento general a su persona, fue nombrado Director vitalicio del Museo. Moreno dirigió la construcción del edificio y la distribución de sus materiales, de acuerdo con un plan que él había concebido. Sumó a este proyecto a numerosos naturalistas extranjeros que organizaron las distintas secciones. La institución se convirtió en un centro de estudios superiores que llamó la atención de los grandes especialistas europeos. Se multiplicaron las colecciones valiosas, los trabajos publicados descifraban viejos problemas americanos y, fundados por Moreno, comenzaron a publicarse los Anales y la Revista del Museo de La Plata.

Cuando surgió la idea de agregar este museo a la Universidad Nacional de La Plata, transformándolo en Facultad de Ciencias Naturales, Moreno renunció a su cargo vitalicio de Director del Museo pues no estaba de acuerdo con la anexión propuesta: pensaba que el establecimiento por él creado debía dedicarse a la investigación del territorio y de su naturaleza y no quedar expuesto a los vaivenes de la política universitaria. La incorporación del Museo a la Universidad significó modificaciones esenciales en su finalidad y en su estructura: las instalaciones se redujeron, parte de su biblioteca se distribuyó entre otros institutos universitarios y su imprenta pasó a pertenecer a la provincia.

El tercer más grande museo fue el Etnográfico, dependiente de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, fundado en 1906 y organizado por Juan Bautista Ambrosetti, naturalista argentino.

A los 20 años se había sumado a las expediciones de naturalistas que realizaron investigaciones en el Chaco y, de regreso, publicó sus experiencias. Poco después fue designado director de la sección Zoología del Museo Provincial de Paraná, pero la falta de recursos lo llevaron a alejarse de él y convertirse en director del Museo Etnográfico de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Viajero e investigador, realizó numerosas expediciones que enriquecieron los conocimientos de topografía, arqueología y etnografía del país. Representó por primera vez a la Argentina en el Congreso Científico de Nueva York, celebrado en 1902.

En 1908 Ambrosetti descubrió el yacimiento del Pucará de Tilcara en la Quebrada de Humahuaca, en su verdadero valor científico, hallazgo que proporcionó rico material arqueológico y antropológico.

Ha dejado una bibliografía fundamental para las distintas especialidades a las que se dedicó; y catalogó más de 20 000 piezas de flora y fauna.

La labor iniciada por Ambrosetti en el Museo Etnográfico y en Tilcara fue continuada por Salvador Debenedetti. Con estos dos grandes arqueólogos se inicia en el país la exploración arqueológica con criterio científico. Un discípulo de Debenedetti, Eduardo Casanova, culminaría la restauración del Pucará de Tilcara.

Florentino Ameghino, primer científico argentino de relevancia internacional.

En esta época asoma en el escenario un gran científico argentino de relevancia internacional: Florentino Ameghino. Fue naturalista, paleontólogo y antropólogo.

Como autodidacto, estudió los terrenos de la Pampa, coleccionando numerosos fósiles, en los que se basó para hacer numerosas investigaciones de geología y paleontología. También investigó el hombre cuaternario en el yacimiento de Chelles.

Para explorar el territorio patagónico, costeó una expedición a cargo de su hermano Carlos, para lo cual estableció una librería, que atendía personalmente, en La Plata.

La monumental Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la República Argentina, de 1889, le valió la medalla de oro en la Exposición Universal de París, también Filogenia, principios de clasificación transformista basados sobre leyes naturales y proporciones matemáticas, que lo ubicó entre las pocas figuras mundiales del enfoque paleontológico de la biología evolutiva. Cerró esta etapa de su vida en 1906 con Formaciones sedimentarias del Cretáceo Superior y del Terciario de Patagonia, una obra que no se limitó a las descripciones, sino que planteó hipótesis sobre la evolución de los diversos mamíferos y analizó las distintas capas de la corteza terrestre y sus posibles edades. Entre 1907 y 1911, volvió a su primitiva dedicación: el hombre fósil, las descripciones de los primeros habitantes, sus industrias y culturas.

En una recopilación de sus trabajos, se cuentan 24 volúmenes de entre 700 y 800 páginas cada uno, que contienen clasificaciones, estudios, comparaciones y descripciones de más de 9000 animales extinguidos, muchos de ellos descubiertos por él. Científicos de América y Europa viajaban a la Argentina a conocer la colección de Ameghino.

La antigüedad del hombre en el Plata y Los Mamíferos fósiles en la América Meridional, que se traduciría más tarde al francés, fueron publicadas en 1878.

En la Argentina, las dos posturas que a nivel mundial se enfrentaban en el campo de las ciencias naturales estaban representadas por Ameghino, del lado del evolucionismo y por Burmeister, en el campo del creacionismo.[6] En 1884 el argentino publicó Filogenia, en la que desarrolla su concepción evolucionista, de corte lamarckiano, y propicia la fundación de una taxonomía zoológica de fundamentos matemáticos.

En 1886, Francisco Moreno lo nombró vicedirector del Museo de La Plata, asignándole la sección de paleontología, que Ameghino enriqueció con su propia colección. Pero en 1888 su destino fue la Cátedra de Zoología de la Universidad de Córdoba. Un año después presentó en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias su obra magna: Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la República Argentina.

Otro de los grandes naturalistas de la época fue Eduardo Ladislao Holmberg a quien el país le debe en gran medida el estudio de las ciencias naturales. Investigó en casi todas las ramas de la ciencia natural y promovió y colaboró en todo medio que permitiera la transmisión y perpetuación de conocimientos relativos a ella.

En 1911 fundó la Sociedad Argentina de Ciencias Naturales. A él se debe también el progreso del Jardín Zoológico de Buenos Aires, que había sido fundado en 1875 por iniciativa de Sarmiento pero que recién entró en actividad en 1888 cuando Holmberg fue nombrado su director.

También en 1875 Sarmiento había propiciado la creación de un Jardín Botánico, idea que se concretó cuando Carlos Thays tomó la iniciativa y lo inauguró en 1898, siendo su director.

Los Observatorios Astronómicos de Córdoba y La Plata[editar]

Benjamin Apthorp Gould, iniciador de la astronomía observacional y la meteorología en la Argentina.

Hasta mediados del siglo XIX la mayor parte de los observatorios astronómicos se encontraban en el hemisferio norte y por lo tanto no podían dar cuenta de un gran número de estrellas australes. En 1865, siendo Sarmiento ministro argentino en Estados Unidos, conoció al astrónomo estadounidense Benjamín Apthorp Gould, quien estaba decidido a ocuparse de este problema y le manifestó sus deseos de viajar a la Argentina para realizar estudios estelares del hemisferio sur. La propuesta encontró favorable acogida de inmediato pero la empresa no se llevó a cabo debido a la guerra con el Paraguay que se desarrollaba en aquel entonces.

Ya instalado como presidente de la Argentina, Sarmiento invitó a Gould en 1869 a viajar a la Argentina prestándole todo su apoyo para organizar un observatorio nacional. Por razones astronómicas se eligió como lugar las proximidades de la ciudad de Córdoba. Gould llegó en 1870 y tuvo que esperar pacientemente la llegada de los aparatos encargados a una firma europea. Pero, en la espera del instrumental científico, comenzó a simple vista y con ayuda de un anteojo de teatro, un mapa del cielo austral que el 24 de octubre de 1871, fecha de inauguración del entonces llamado Observatorio Astronómico Argentino, (luego Observatorio Astronómico de Córdoba), contaba con más de 7000 estrellas que se publicaron en la Uranometría argentina de 1879, por la cual recibió en 1883 la medalla de oro de la Sociedad Real de Astronomía. En el discurso inaugural Sarmiento expresó:

En el discurso inaugural, Sarmiento expresó: "Es anticipado o superfluo, se dice, un observatorio en pueblos nacientes y con un erario exhausto o recargado. Y bien, yo digo que debemos renunciar al rango de nación o al título de pueblo civilizado si no tomamos parte en el progreso y en el movimiento de las ciencias naturales".[7]

Entre sus trabajos se destacó su Catálogo de Zonas, donde dejó registradas 73 160 estrellas del hemisferio austral, y el Catálogo General Argentino que contiene 32 448 estrellas cuyas posiciones fueron fijadas con muy buena precisión. De esta manera Gould y el Observatorio de Córdoba subsanaron la deficiencia de los catálogos australes.

Gould fue uno de los primeros en el mundo que aplicó la fotografía a los estudios astronómicos, a partir de 1866. A mediados de la década de 1870, sus fotos astronómicas, de muy alta calidad, fueron elogiadas en todo el mundo y muchas de ellas premiadas internacionalmente.

También gracias a él se iniciaron los estudios de meteorología ya que gracias a su iniciativa Sarmiento remitió un proyecto de ley sancionado y promulgado en 1872, creando la Oficina Meteorológica Nacional que funcionó anexa al Observatorio de Córdoba hasta 1884, bajo la dirección desinteresada de Gould.

Observatorio de la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas de La Plata.

Como director del observatorio su labor de organizador y científico se prolongó hasta 1885, año que marca su regreso a Estados Unidos. Fue despedido con todos los honores, y Sarmiento, orgulloso, señalaría: "Recién ahora, y como movidos por el impulso dado desde el Observatorio de Córdoba, se habla en Europa de adoptar y generalizar el mismo procedimiento, aplicado con brillo doce años entre nosotros.".

Le sucedió al frente del observatorio uno de sus asistentes, John Macon Thome, bajo cuya dirección se publicó la monumental Córdoba Durchmusterung, catálogo con más de seiscientas mil estrellas, y se inició la colaboración en tareas internacionales. A su muerte asumió la dirección otro especialista en fotografía astronómica: Charles Dillon Perrine.

En cuanto al Observatorio Astronómico de La Plata este nació en 1882 pero al principio su actividad fue casi nula. En 1905 se incorporó a la Universidad de la Plata, pero recién en 1915, con la dirección de William Hussey que había sido director del observatorio de Míchigan, el observatorio comenzó una tarea compartida con el de Córdoba en tareas internacionales.

Estudios geográficos[editar]

En 1879 se fundó por iniciativa de Estanislao Zeballos el Instituto Geográfico Argentino que patrocinó viajes exploratorios. Cinco años después se fundó de manera precaria el Instituto Geográfico Militar, que se organizó en 1902 con un vasto plan de operaciones geodésicas, cartográficas y topográficas.

Las exploraciones a la Patagonia realizadas por naturalistas argentinos motivaron el interés científico por esa región en otras partes del mundo, y así entre 1896 y 1899, la Universidad de Princeton realizó tres viajes de estudio al sur argentino. Es de destacar además la célebre expedición argentina comandada por Julián Irizar, realizada en 1903 por el mar austral a bordo de la corbeta Uruguay, que rescató al explorador sueco Otto Nordenskjöld.

Estudios médicos[editar]

Después de Caseros los estudios médicos fueron los primeros en organizarse a través de una escuela de medicina que se mantuvo separada de la Universidad de Buenos Aires hasta 1874, en que volvió a formar parte de ella. En esta período se destacaron los cirujanos Manuel Augusto Montes de Oca e Ignacio Pirovano o la familia de los Ayerza, originarios del País Vasco, Toribio Ayerza y su hijo Abel Ayerza, descubridor de la Enfermedad de Ayerza.[8]

Una de las grandes figuras públicas de la medicina fue Guillermo Rawson, primer profesor de higiene del país y fundador junto a Toribio Ayerza de la sección argentina de la Cruz Roja en 1880. Sus lecciones, editadas en París en 1876, se ocupaban en especial de los problemas de higiene en la Argentina y en particular de Buenos Aires. En ese mismo año participó de un Congreso en Filadelfia realizado durante la Exposición del Centenario de EE. UU., presentando su trabajo Estadística vital de la ciudad de Buenos Aires, un desarrollo muy importante para la época. De igual valor es su memoria sobre Las casas de inquilinato en la ciudad de Buenos Aires que trata sobre las condiciones de vida de los conventillos de la época.

Estudios jurídicos[editar]

Se realizan en este período la Constitución Argentina de 1853 y los distintos Códigos.

En cuanto a los códigos civil y de comercio estos están relacionados fundamentalmente con la figura de Dalmacio Vélez Sársfield. Éste se graduó en Leyes en el Colegio de los jesuitas de la ciudad de Córdoba doctorándose a los 22 años. Inició inmediatamente una intensa actividad política, que le valió en 1825 el nombramiento como Secretario del Congreso que se llevaría a cabo el año siguiente. En 1858 la Provincia de Buenos Aires le encargó la tarea de redactar un Código de Comercio, el cual fue redactado en colaboración con el prestigioso jurisconsulto uruguayo Eduardo Acevedo, se terminó en 10 meses, y fue sancionado en 1859. Después de la reunificación nacional en 1862 se le encargó la redacción del Código Civil. La composición de éste no se inició hasta 1864, siendo presidente Bartolomé Mitre. En 1869 se dispuso del original, que se aprobó en 1870 y entró en vigor a comienzos del año siguiente.

José María Moreno introdujo el Proyecto del código de Vélez Sársfield en las aulas universitarias.

Los códigos de Minas y el Penal se aprobaron en 1886 y 1889 respectivamente.

Otro jurisconsulto importante fue Carlos Calvo que en Francia, en 1863 publica su Derecho internacional teórico y práctico de Europa y América, en dos volúmenes y poco antes de una versión francesa. En él expone el principio de que ningún gobierno debe apoyar en las armas reclamaciones pecuniarias contra otro país. Luis María Drago invocaría esta doctrina en 1902.

Estudios históricos[editar]

En 1854 Bartolomé Mitre reprodujo en Buenos Aires el Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay que había sido fundado años antes por los proscriptos de Montevideo. Este desaparece hacia 1860 para reaparecer en 1893 como Junta Numismática Americana y convertirse a fin de siglo en Junta de Historia y Numismática Americana editando libros raros e inéditos.

En 1889 nace el primer Museo Histórico, creado por la Municipalidad de Buenos Aires y nacionalizado dos años después, siendo su fundador y animador Adolfo P. Carranza.

Pero la figura que se destacó en los estudios históricos fue la de Bartolomé Mitre. Su labor comprendió, obras, memorias, artículos periodísticos, discursos y una intensa labor recopilando documentos, y fundando y organizando instituciones.

Bartolomé Mitre, iniciador de los estudios históricos en la Argentina.

Sus obras, Historia de Belgrano, los tres volúmenes de la Historia de San Martín, considerada obra fundadora de la historiografía argentina de la emancipación americana; y la Oración que pronunció con motivo del centenario del nacimiento de Bernardino Rivadavia forman una cabal historia de la Argentina.

Historiadores posteriores, como Adolfo Saldías y José María Rosa han cuestionado su labor como historiador y la interpretación dominante del siglo XIX argentino que se desprende de ella, dando lugar al llamado revisionismo histórico en Argentina.

Su labor como bibliógrafo y lingüista le permitió reunir una de las mejores bibliotecas sobre lenguas americanas, cuyo Catálogo Razonado fue publicado póstumamente por el Museo Mitre, que se creó en 1907 gracias a las donaciones que él legó.

La mencionada Historia de Belgrano originó un par de polémicas. La primera con Vélez Sársfield, iniciada en 1854 en forma periodística y que se sintetizó en dos libros de 1864: el de Vélez Sársfield, llamado Rectificaciones Históricas: General Belgrano, General Güemes; y el de Mitre: Estudios Históricos sobre la Revolución de Mayo: Belgrano y Güemes. La polémica se refirió a sucesos históricos y a su interpretación, rozando además cuestiones vinculadas con el concepto de ciencias históricas. En este último aspecto fue más importante la polémica que tuvo con Vicente Fidel López producida a raíz de la aparición de la tercera edición de la Historia de Belgrano, de la cual resultaron dos libros: de parte de Mitre las Nuevas comprobaciones sobre historia argentina y de parte de López su Debate Histórico, Refutaciones a las comprobaciones históricas sobre la Historia de Belgrano.

Vicente F. López, polemizó con Mitre sobre la interpretación de los sucesos históricos.

Y fue justamente Vicente F. López la otra personalidad relevante de la ciencia histórica de este período. Después de Caseros regresó de su exilio en Chile para ocupar, entre otros cargos públicos, el de rector de la Universidad de Buenos Aires. Además del mencionado Debate Histórico... escribió la Introducción a la historia de la República Argentina; La Revolución Argentina y diez volúmenes de Historia de la República Argentina.

Estudios sociológicos[editar]

La llamada generación del 80 mostró preferencia por los temas sociológicos aplicados a la vida social argentina.

El primer profesor de sociología fue Ernesto Quesada que se hizo cargo de la cátedra en la Facultad de Filosofía en 1904 de la Universidad de Buenos Aires enseñando y publicando distintos aspectos de la sociología, doctrinarios, históricos y aplicados a la vida americana o argentina.

Otra cátedra de sociología se creó en 1908 en la Facultad de Derecho de la misma universidad, siendo su primer profesor Juan Agustín García, autor de numerosos escritos sobre la evolución de la inteligencia argentina. Su obra La ciudad indiana fue el primer estudio sobre la sociedad colonial.

También se ocuparon de la sociología José María Ramos Mejía, que escribió entre otros un estudio de psicología colectiva en Las multitudes argentinas ; y Joaquín V. González, con su ensayo sociológico La tradición nacional y el artículo El juicio del siglo o cien años de historia argentina.

También contribuyó al conocimiento de la vida social argentina los datos estadísticos que fueron copilándose gracias a la Oficina Nacional de Estadística creada en 1856 y que se convirtió en 1894 en la Dirección General de Estadística. El primer censo de población se realizó en 1869.

En 1900 Alfredo Palacios presenta su tesis doctoral titulada "La Miseria en la República Argentina", considerada la primera investigación argentina referida a las condiciones de vida de la población. La tesis fue rechazada entonces pues los reglamentos universitarios prohibían incluir expresiones que pudieran resultar injuriosas para las instituciones.

En 1904 Juan Bialet Massé presentó su extenso Informe sobre el estado de la clase obrera en tres tomos, considerada la primera investigación laboral realizada en el país.

Crisis del 90[editar]

A partir de la década de los 90 y por unos treinta años la ciencia pura decae: las instituciones científicas y universitarias se estancan, producen menos publicaciones y sus directores no consiguen con sus gestiones mejorar las instalaciones. Este retroceso en las ciencias contrasta con el impulso que si obtuvieron las instituciones y publicaciones en el campo de la economía y la técnica, posponiendo toda preocupación por la ciencia pura. Según José Babini, se produce un incremento de las actividades técnicas en en pos de un afán utilitario y de un interés material, que pospone o traba las preocupaciones por la ciencia pura o las investigaciones desinteresadas.[6]

En efecto, la cátedra de economía política que había quedado vacante en la época de Rivadavia se restableció en 1892 y en 1913 se creó la Facultad de Ciencias Económicas en Buenos Aires. También surge la Unión Industrial Argentina en 1887 y se incrementan fuertemente las obras públicas con, principalmente, los ferrocarriles, el saneamiento de la capital y los puertos. También se incrementan las instituciones y publicaciones de índole técnica, como por ejemplo la Revista Técnica, fundado en 1895, periódico que por 22 años fue tribuna de los grandes problemas nacionales. También en este año se crea el Centro Nacional de Ingenieros y hacia fin de siglo la llamada Revista Politécnica publicada por el centro estudiantil La Línea Recta de la facultad de Ingeniería de Buenos Aires, que se creó seis años antes y contribuyó en gran medida al progreso intelectual.

Esta postura de solo absorber las aplicaciones de la ciencia olvidándose de que tras el esplendor del progreso de la industria existe el trabajo puro y desinteresado del científico que es en el que se basan dichas aplicaciones se modificaría recién en la segunda década del siglo XX. La Argentina, que hasta 1890 parecía bien encaminada hacia el progreso, no había sin embargo logrado incorporar la idea del científico como profesional, de hombre que puede dedicarse toda la vida a una especialidad sin necesidad de buscar un ingreso aparte para sobrevivir. Se inicia entonces una tendencia tecnófila que considera a la ciencia como una actividad más, como un divertimento interesante, un simple quehacer individual. Lo bueno es que la actividad científica como profesión se institucionaliza gracias, entre otras cosas, al impulso del que resultara premio Nobel, Bernardo Houssay.[6]

Desde la Reforma Universitaria hasta la Noche de los Bastones Largos[editar]

Este periodo comienza con la Reforma Universitaria de 1918, que le dio a las universidades mayor eficacia y renovación, y sirvió de modelo en otros países del continente.

A partir de 1930 el país será gobernado por mandatarios que pondrán en práctica políticas de involución y de “ajuste” económico. Mario Bunge describió la situación en el mundo y en particular en la Argentina diciendo que "Empezó a robustecerse una nueva ideología,. Comenzó como una contrarrevolución espiritualista (o idealista) contra lo que pasaba por positivismo, pero de hecho era una mezcla de cientificismo, evolucionismo y materialismo. Las luminarias de la nueva ideología eran los filósofos Henri Bergson, Benedetto Croce, Giovanni Gentile y, más tarde, Max Scheler, Edmund Husserl y Martin Heidegger. Sus principales epígonos eran José Ortega y Gasset en España y Alejandro Korn en la Argentina. La importación de la nueva filosofía espiritualista, anticientífica y en gran medida irracionalista coincidió con la emergencia de la filosofía como profesión en el mundo hispánico (...) Los nuevos profesores desplazaron rápidamente a los llamados positivistas: escribían en términos oscuros que parecían profundos; ridiculizaban la pretensión de los científicos de que el mundo puede describirse de manera objetiva; denunciaban a las ciencias sociales como imposibles; y proclamaban la supremacía del espíritu sobre la materia, y la superioridad del sentimiento y la intuición por sobre la experiencia y la razón, al mismo tiempo que simpatizaban con los partidos de derecha y adulaban a los militares".[9] Aparece un grupo de militares industrialistas (como Mosconi) que vinculan el problema de la industrialización con el problema de la defensa y del acceso a la tecnología. Por otro lado la comunidad científica, a través de la Asociación Argentina para el Progreso de la Ciencia, intenta que confluyan intereses disciplinarios, pero también darle presencia a la ciencia ante el poder político y ante la sociedad, explicar por qué es necesario tener investigación científica, etc., y hacer llegar los reclamos de la comunidad científica, (infraestructura, equipamiento, formación de jóvenes científicos). Hay entonces tres sectores con intereses en juego: el militar, el productivo y el de los científicos.[10]

Con la Revolución del 43, el sector productivo y los militares, preocupados por el desarrollo tecnológico, van a quedar escindidos del sector académico. El gobierno peronista institucionaliza la ciencia y la tecnología desde una política centralizadora, enfocada a problemáticas sociales, productivas y a la defensa. Por otro lado, el sector de la comunidad científica (vinculada con Houssay) cree que la institucionalización tiene que darse en otro sentido: libertad de investigación, autonomía del Estado. Como no lo logra con el sector político, intenta crear un sistema de filantropía que le permita crear institutos de investigación privados.[10]

Jugará en cambio a favor de la ciencia en la Argentina el que muchos científicos extranjeros iban a establecerse en el país debido a las distintas guerras o persecuciones políticas en sus países de origen. Así, como consecuencia de la guerra civil española, se establecieron el matemático Rey Pastor, quien a su vez trajo a sus colegas y compatriotas, Pí Calleja, Luis Santaló, y Manuel Balanzat. Otros españoles exiliados por el mismo motivo fueron: el científico Blas Cabrera, que posibilitó el conocimiento de temas claves sobre energía nuclear a muchos físico-matemáticos argentinos; el zoólogo y paleontólogo Ángel Cabrera y su hijo, el botánico Ángel Lulio Cabrera, y el prestigioso historiador Claudio Sánchez Albornoz, quien fue profesor de Historia en las universidades de Mendoza y Buenos Aires, y que fundó el Instituto de Historia de España.

Durante ambas guerras mundiales, en particular la segunda, otros investigadores europeos se iban a establecer, algunos de ellos gracias a científicos como el físico Enrique Gaviola, que se dedicó a rescatar a aquellos amenazados por el nazismo.[11]

La actividad científica alcanza un periodo de gran florecimiento entre la caída del peronismo, en 1955, y la llegada de la dictadura en 1966, con el gobierno del militar Juan Carlos Onganía, quien provocara el acontecimiento más negro para la ciencia argentina hasta ese momento, con la llamada Noche de los Bastones Largos.

Las universidades[editar]

A partir de 1904 los estudiantes de la Universidad de Buenos Aires comenzaron a apuntar contra la estructura de las facultades creada por la ley Avellaneda que había hecho que los consejos (Academias) se transformaran en círculos cerrados, vitalicios, marginados de la vida universitaria y sin dinamismo científico. Se realizaron manifestaciones estudiantiles callejeras de importancia y se logró que las academias pasaran a mano de los profesores.

La llegada del radicalismo al poder en 1916 y la Revolución rusa tuvieron influencia en el movimiento conocido como Reforma Universitaria de 1918, en el ámbito de la Universidad de Córdoba, que modificó los estatutos dándole a la universidad mayor eficacia, agilidad y renovación. El movimiento reivindicó un nuevo tipo de universidad cuyos postulados básicos eran la participación estudiantil en el gobierno, la periodicidad en el ejercicio de la cátedra, los concursos para la elección de profesores, la asistencia libre a clases y la extensión universitaria.

En 1919 se creó la Universidad Nacional del Litoral, a partir de la Universidad provincial de Santa Fe, con siete facultades distribuidas en Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes. En 1921 se nacionalizó la Universidad de Tucumán y en 1939 se creó a partir de centros educativos ya existentes y otros nuevos la Universidad Nacional de Cuyo, con facultades en Mendoza, San Juan y San Luis. Y recién en 1956 se crearon la Universidad Nacional del Sur y la Universidad del Nordeste.

Algunas universidades editaron revistas de carácter general con trabajos de interés científico. En la Universidad de Buenos Aires se creó en 1955 un Departamento Editorial que tomó a su cargo la publicación de la Revista de la Universidad de Buenos Aires que había sido creada en 1904 e inició la publicación de una serie de libros de Agronomía y Veterinaria, Ciencias Económicas, Derecho y Ciencias Sociales, Filosofía, Letras e Historia. En este segundo aspecto el Departamento fue sustituido en 1958 por la Editorial Universitaria de Buenos Aires, Eudeba, que a partir del año siguiente inició una extensa labor editorial publicando hasta fines de 1961 más de 150 títulos.

Con la revolución del 6 de septiembre de 1930 que convirtió en presidente de facto a José Félix Uriburu, la UBA fue intervenida. La intolerancia fue una de sus características más sobresalientes y se puso de manifiesto a través de la persecución a estudiantes y profesores, expulsándolos por motivos diversos, entre ellos el de pertenecer al partido radical. A pesar de todo la UBA continuó formando profesionales y llevaba adelante, merced al esfuerzo individual de algunos de sus integrantes, unos pocos programas de investigación.

El crecimiento de Buenos Aires y la prosperidad económica que brindaba la expansión del mercado interno permitieron a los hijos de la clase media llegar a la Universidad. Entre 1935 y 1955 la matrícula de la UBA creció de 12 000 a 74 000 alumnos. Desde el punto de vista científico la institución vivió su momento más destacado entre 1955 y 1966, alcanzando un gran reconocimiento a nivel internacional y niveles hasta entonces inigualados de producción académica.

Otras Instituciones[editar]

La Sociedad Científica Argentina continuó su labor publicando una serie de monografías entre 1923 y 1926, con el título de Evolución de las ciencias en la República Argentina. En 1934 creo nuevas filiales en el interior del país (ya existía la de La Plata desde 1886). En 1937 constituyó un Comité Argentino de Bibliotecarios que en 1942 dio a conocer un Catálogo de publicaciones periódicas científicas y técnicas de aquellas instituciones científicas que pertenecían al Comité. Desde 1943 funcionaron además el Seminario Matemático Dr. Claro C. Dassen y el Seminario Dr. Francisco P. Moreno creado en 1946.

En 1933 se creó la Asociación para el progreso de las Ciencias que concedía subsidios y becas y que en 1945 publicó la revista mensual Ciencia e Investigación.

La Institución Cultural Española fue una de las que más estimularon la visita de científicos extranjeros. En 1914 creó una cátedra de cultura española que inauguró el lingüista y filólogo Menéndez Pidal siguiéndole en 1916 Ortega y Gasset y un año después Julio Rey Pastor.

Con el objeto de incentivar la investigación científica se crearon distintas instituciones estatales al efecto. En 1951, durante el mandato del Presidente Juan Domingo Perón se creó el Consejo Nacional de Investigaciones Técnicas y Científicas (Conityc). Presidido por el mismo Presidente de la Nación, en su primera etapa el Conityc congregó a importantes científicos, entre ellos los físicos José Balseiro y Enrique Gaviola, el ingeniero nuclear Otto Gamba y el astrónomo Juan Bussolini. El Consejo colaboraba estrechamente con la Dirección Nacional de Investigaciones Técnicas y Científicas, creada en 1950.

Una de las primeras acciones del Conityc fue la realización del Primer Censo Científico Técnico Nacional, que recopiló información sobre todas las investigaciones llevadas a cabo en la Argentina, tanto en el sector público como en la industria privada. A partir de los resultados del Censo y en línea con las previsiones del Segundo Plan Quinquenal del gobierno, se decidió estimular la formación en física y química en la enseñanza secundaria.

Tanto el Consejo como la mayoría de sus instalaciones dependientes fueron desmanteladas tras la autodenominada Revolución Libertadora que derrocó a Perón en 1955 y en 1958 durante la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu, se crea en su reemplazo el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y bajo la dirección de Bernardo Houssay, Premio Nobel de Medicina. El consejo introdujo en 1960 carrera de investigador científico, disponiendo el financiamiento de la investigación para permitir que los científicos pudieran dedicarse de forma permanente y completa a lo que decenios más tarde se conocería como I+D. Junto con ello, se definió un programa nacional de becas para la investigación y otro de subsidios para la investigación privada. Además desarrolló convenios con los gobiernos provinciales, las entidades académicas y el sector privado para dar origen a centros de investigación especializados; tras la restauración de la democracia y a partir del gobierno de Arturo Frondizi se crearían, entre otros, el Centro Experimental de la Vivienda Económica en Córdoba, el Centro de Investigación y Desarrollo en Tecnología de Pinturas en La Plata, el Instituto Nacional de Limnología en la provincia de Santa Fe, el Instituto de Desarrollo Tecnológico para la Industria Química en Santa Fe, la Planta Piloto de Ingeniería Química en Bahía Blanca y el Centro Nacional de Radiación Cósmica, que eventualmente se reestructuraría como Instituto de Astronomía y Física del Espacio.

El Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), organismo público, de carácter técnico, que unifica la orientación y ejerce la dirección superior de todas las actividades estadísticas oficiales que se realizan en el territorio de la República Argentina fue creado y funciona de acuerdo a la Ley 17622[12] (25 de enero de 1968) y los decretos 3110/70[13] (30 de diciembre de 1970) y 1831/93[14] (1 de septiembre de 1993).

La Matemática[editar]

Gracias a la labor del matemático español Julio Rey Pastor, radicado en el país desde 1921, que logró la creación de institutos, revistas y agrupaciones, los estudios matemáticos avanzaron muchísimo.

En 1936 nace la Unión Matemática Argentina que edita su propia revista.

A partir de 1940 el avance de las matemáticas fue notorio, en especial por el nivel científico alcanzado por la gran producción académica del momento. Se destacaron en la Universidad de Buenos Aires los continuadores de la obra de Rey Pastor, como Juan Blaquier, Francisco La Menza y Florencio Jaime, este último propulsor de la matemática en la enseñanza media.

Se incorporó al plantel docente del Instituto Nacional del Profesorado de la Universidad Nacional de Cuyo, Manuel Balanzat y Mischa Cotlar dictó clases en las Universidades de La Plata y Cuyo.

En Rosario se creó en 1938 el Instituto de Matemática de la Universidad del Litoral que fue dirigido por el italiano Beppo Levi y editó sus publicaciones y una revista periódica didáctica: Mathematicae Notae.

Computadora Clementina, fue la primera utilizada para fines científicos en la Argentina

Se crearon varios Institutos de Matemática en distintas universidades, uno de los más importantes es el de matemática, astronomía y física de la Universidad de Córdoba, creado en 1956 por Enrique Gaviola.

En 1953, debido al aumento del alumnado, la Facultad de Ciencias Exactas Físicas y Naturales de la UBA se desdobló en una de Ingeniería y otra de Ciencias Exactas y Naturales. Entre otras publicaciones editó cuatro series de sus Contribuciones científicas e inicia en 1958 sus Cursos y seminarios de matemática.

Con los auspicios de la Unesco la UBA creó en 1959, el Centro Regional de Matemática para América Latina, según proyecto presentado el año anterior por el gobierno argentino.

La llamada "Generación de 1961" se conformó por una serie de matemáticos de relevancia quienes llevaron a las matemáticas a ocupar un alto lugar en el ámbito académico internacional.

En 1961 se instaló en el Instituto de Cálculo de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA la primera computadora del país, una Ferranti Mercury bautizada Clementina. Fue traída desde Inglaterra por su director, Manuel Sadosky, dando un gran impulso a los métodos analíticos de cálculo.

La Física y la Astronomía[editar]

Sede de la Comisión Nacional de Energía Atómica en Buenos Aires.

Además del ya mencionado Instituto de Física de La Plata, en 1925 se creó en Tucumán el Instituto de Física de la Universidad de Tucumán.

Durante el primer gobierno de Perón se anunció la puesta en marcha de Proyecto Huemul con el fin de producir tecnología de fusión nuclear. A cargo del proyecto estaba el austriaco Ronald Richter. En 1951 Richter anunció públicamente el éxito del Proyecto Huemul, pero no aportó ninguna prueba. Debido a ello, Perón nombró en 1952 a un equipo de científicos para investigar las actividades de Richter que revelaron que el proyecto era un fraude. El proyecto fue transferido entonces al Centro Atómico Bariloche dependiente de Comisión Nacional de Energía Atómica, CNEA, (creada en 1950) y al Instituto de Física de la Universidad Nacional de Cuyo que más tarde fue designado con el nombre de Instituto Balseiro. La CNEA desarrolla aún hoy una seria labor de investigación que publica en series especiales.

Uno de los más importantes físicos y astrónomos de la Argentina, reconocido a nivel mundial, fue Enrique Gaviola. Realizó su formación como físico y matemático en Alemania, adonde llegó en 1922 y estudió junto a los científicos más encumbrados de la época, entre ellos Max Planck, Max Born y Albert Einstein, el cual lo consideraba su colega y amigo. Cuando se recibe en 1926 en Berlín, Gaviola le pide a Einstein que apoye su pedido de una beca Rockefeller para ir a trabajar a Baltimore donde dicha beca le acababa de ser negada con el argumento de que no se le concedía a sudamericanos a pesar de haber obtenido la calificación más alta entre los solicitantes. Indignado Einstein envió una carta con la que lograría que el International Education Board concediese por primera vez un fellowship a un científico del hemisferio sur. Gaviola se trasladó entonces a Estados Unidos donde trabajó con Robert Wood, el más grande físico experimental en aquel momento. Trabajó en el Departamento de Magnetismo Terrestre en el Carnegie Institute de Washington en el proyecto de un acelerador de partículas con el que se obtuvo un potencial de cinco millones de voltios. Entre sus publicaciones se destaca su trabajo experimental sobre emisión atómica estimulada, antecedente de lo que hoy conocemos como láser.

Al volver a la Argentina en 1929 inicia una prédica por el desarrollo científico del país y ocupa importantes cargos, como el de Director del Observatorio Astronómico de Córdoba y es profesor en las universidades de Buenos Aires y La Plata. Como ya se comentó, gracias a Gaviola muchos científicos europeos fueron rescatados de la amenaza del nazismo, entre ellos el físico teórico austriaco Guido Beck en 1943, quien sería una de las figuras fundamentales de la física teórica tanto en Argentina como luego en Brasil. Además impulsó la creación de la Asociación Física Argentina (primera sociedad científica latinoamericana en el área de esta disciplina) que presidiría, y del Instituto de Matemática, Astronomía y Física de la Universidad de Córdoba, creado en 1956 para apoyar las actividades de observación. Bajo la dirección de Gaviola (entre 1940 y 1947 y de 1956 a 1957) el Observatorio de Córdoba se transformó en un centro científico de primer orden, con el diseño y construcción del Observatorio Astrofísico de Bosque Alegre, inaugurado en 1942.

En 1935 viajó a Estados Unidos para colaborar en el Observatorio de Monte Wilson, en California, creando allí un método novedoso para el recubrimiento de la superficie de los espejos de grandes telescopios que permitió disminuir tiempo, trabajo y dinero a un tercio de los valores de aquel momento. Este método fue empleado en la preparación del espejo de 5 metros de diámetro de Monte Palomar. En 1942, con su colega Ricardo Platzcek diseñaron el primer espectrógrafo estelar del mundo construido totalmente con espejos. Birkhoff, Decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Harvard, lo llamó "la verdadera declaración de independencia argentina". También aportó al tema de cascadas de rayos cósmicos. En sus últimos años su preocupación se volcó hacia la política científica, con especial énfasis en la astronomía y en la energía nuclear.

El Observatorio de La Plata se separó en 1920 de la Facultad de Ciencias Fisicomatemáticas y se convirtió en un establecimiento destinado a la investigación y formación de astrónomos. El ingeniero físico y doctor en astronomía Carlos Varsavsky fue el fundador y primer director del Instituto Argentino de Radioastronomía, inaugurado en 1964, y presidente de la Asociación Física Argentina. Participó en la construcción del radiotelescopio más grande del hemisferio sur, en Villa Elisa (Buenos Aires). Su tesis doctoral, sobre transiciones atómicas de interés astrofísico, fue durante años una obra de referencia. Su teoría sobre la abundancia de hidrógeno molecular en las nubes interestelares ha sido verificada con métodos modernos de observación.

La Química[editar]

El desarrollo de los estudios químicos fue en aumento, sobre todo en cuanto a sus aplicaciones a la biología, medicina e industria. Entre las instituciones oficiales se fundó en 1929, el Instituto de Investigaciones Científicas y Tecnológicas, en la facultad de Química Industrial y Agrícola de Santa Fe; y en 1936 el Instituto de Investigaciones Microquímicas de Rosario.

Luis Federico Leloir, médico y bioquímico, que recibiría el Premio Nobel de Química en 1970 por sus investigaciones centradas en los nucleótidos de azúcar, y el rol que cumplen en la fabricación de los hidratos de carbono, trabajó desde 1945 en el Instituto dirigido por Bernardo A. Houssay, precedente del Instituto de Investigaciones Bioquímicas de la Fundación Campomar, que Leloir dirigiría durante 40 años desde su creación en 1947 a manos del empresario y mecenas Jaime Campomar.

Leloir realizó con éxito experimentos que revelaron cuales eran las rutas químicas en la síntesis de azúcares en levaduras. Previo a sus investigaciones, se creía que para poder estudiar una célula no se la podía disgregar del organismo que la albergaba. No obstante, su trabajo demostró que esa teoría pasteuriana era falsa.

Luis Federico Leloir

Formó un importante centro de investigación que descubrió por qué el riñón impulsa la hipertensión arterial cuando está enfermo y también pudieron aislar la sustancia nucleótido-azúcar y con esto entender el proceso de almacenamiento de los carbohidratos y de su transformación en energía de reserva.

A principios de 1948, el equipo de Leloir identificó los azúcares carnucleótidos, compuestos que desempeñan un papel fundamental en el metabolismo de los hidratos de carbono, lo que convirtió al Instituto en un centro mundialmente reconocido. Inmediatamente después, Leloir recibió el Premio de la Sociedad Científica Argentina, uno de los tantos que recibió tanto en el país como en el extranjero.

A pesar de que hacia fines de 1957 Leloir fue tentado para emigrar a los Estados Unidos prefirió quedarse y continuar trabajando en el país. Dada su importancia, el Instituto Nacional de la Salud de los Estados Unidos (NIH) y la Fundación Rockefeller decidieron subsidiar la investigación comandada por Leloir.

Al año siguiente firmó un acuerdo con el Decano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, por el cual se creó el Instituto de Investigaciones Bioquímicas de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales nombrándolo profesor titular. A este centro llegaron investigadores y becarios procedentes de los Estados Unidos, Japón, Inglaterra y Francia, entre otros países.

Para ese entonces Leloir estaba llevando a cabo sus trabajos de laboratorio en conjunto con la docencia como profesor externo de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, tarea que sólo interrumpió para completar sus estudios en Cambridge y en el Enzime Research Laboratory de EE. UU.

Su voluntad de investigación superó a las dificultades económicas enfrentadas por el Instituto y pudo estudiar el proceso interno por el cual el hígado recibe glucosa y produce glucógeno, el material de reserva energética del organismo, y junto a Mauricio Muñoz logró oxidar ácidos grasos con extractos de células hepáticas.

Continuando con los químicos, es también de destacar la labor de Venancio Deulofeu, que se doctora de químico en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires en 1924. Se perfeccionó en la Universidad de Múnich, Alemania, donde trabajó bajo la dirección del profesor Heinrich Wieland, premio Nobel de Química en 1927; y luego, en 1941, en los laboratorios de bioquímica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Saint Louis, en los Estados Unidos. En 1931 se incorporó al Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina de la UBA como Auxiliar de Enseñanza en la Cátedra de Química Biológica.

En 1923 elaboró, junto al doctor Alfredo Sordelli, un método para preparar insulina. Más tarde colaboró en la obtención de un exitoso nuevo tipo de insulina de acción retardada.

Entre 1948 y 1972 publicó alrededor de 150 artículos en revistas del mayor prestigio nacional e internacional. Su aporte a la ciencia en el área de la Química fue múltiple, original y de importancia internacional.

La Meteorología, la Geofísica y la Geografía[editar]

Los estudios meteorológicos adquieren impulso con la creación, en 1935 de la Dirección de Meteorología, Geofísica e Hidrología y con la organización en la UBA del doctorado en meteorología (1953).

Se crea el Observatorio Central (Observatorio de Buenos Aires) destinado al servicio sismométrico en 1927 y el Observatorio del Pilar (Córdoba) en 1904 para el servicio geomagnético. También en 1959 se funda la institución privada Asociación Argentina de Geofísicos y Geodesias.

El Instituto Geográfico Argentino es reemplazado por la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos en 1922 y por la Academia Argentina de Geografía.

En el campo de la geografía, deben resaltarse las expediciones a la Antártica y la creación del Instituto Antártico Argentino en 1956 y del Instituto Geográfico Militar que realiza los trabajos geodésicos fundamentales y el levantamiento topográfico de todo el territorio. Por ley nacional de 1936 este instituto realiza la medición de un arco de meridiano a lo largo del país, siendo el presidente de la comisión encargada de llevarla a cabo el director del Observatorio de La Plata, Félix de Aguilar.

La Biología y la Medicina[editar]

La fisiología fue una de las ciencias médicas que mayor vigor y desarrollo tuvo en el país, y esto fue en gran parte gracias a Bernardo Houssay, quien recibió en 1947 el Premio Nobel de Fisiología y Medicina. Se graduó de farmacéutico a los 17 años y de médico a los 23, dos años después de comenzar la docencia en la Universidad de Buenos Aires.

Fundó en 1919 el Instituto de Fisiología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires y lo dirigió hasta 1943, año en que fue expulsado de su cátedra por haber adoptado una postura proamericana demasiado firme durante la época en la que la Argentina estaba relacionada con la Alemania nazi.[15] En forma privada, Houssay creó el Instituto de Biología y Medicina Experimental, que dirigió él y durante un tiempo otro prestigioso fisiólogo: Eduardo Braun Menéndez, quien tuvo a su vez la iniciativa de crear el Acta Fisiológica Latinoamericana, escrita en varios idiomas para la publicación de los trabajos fisiológicos latinoamericanos. Desde el Instituto Houssay realizó junto con sus compañeros más de mil trabajos en endocrinología, nutrición, farmacología, patología experimental, glándulas suprarrenales, páncreas, hipertensión, diabetes y otras áreas de la fisiología. El Instituto se convertiría en un centro de excelencia mundial en el área de la investigación científica.

En 1945, publicó un tratado de fisiología humana conocido como La Fisiología de Houssay, que sería traducido a los principales idiomas. Gracias a la publicación de este tratado fue que Houssay recibió la consagración internacional con el Premio Nobel de 1947, por su trabajo de la influencia del lóbulo anterior de la hipófisis en la distribución de la glucosa en el cuerpo, de importancia para el desarrollo de la diabetes. Cuando Houssay recibió el premio Nobel, la censurada prensa argentina en lugar de alegrarse por ser el primer latinoamericano que recibía dicho premio se quejó, manifestando que el premio tenía implicaciones políticas contrarias a las ideas de Perón. Houssay respondió que no se podían confundir las cosas pequeñas (Perón) con las grandes (el premio Nobel).

Dictó cursos en las instituciones más importantes del mundo y recibió condecoraciones por parte de los gobiernos de Francia, Bélgica y Chile. Gracias a su trabajo surgió el Conicet, del que fue su primer presidente.

Continuando con los avances en esta época en el área de la biología, debe mencionarse que además del Instituto privado fundado por Houssay, se crearon el Instituto de Investigación Médica de Córdoba en 1947 y otro análogo en Rosario en 1950. Y entre los nombres más destacables de este período debe mencionarse el de Salvador Mazza. En 1910 obtuvo el título de doctor médico, casi al mismo tiempo en que junto a Rodolfo Kraus desarrolló una vacuna anti-tifoidea de una sola aplicación. En 1916, en plena Primera Guerra Mundial, el ejército argentino le encargó realizar un estudio de enfermedades infecciosas en Alemania y el Imperio austrohúngaro; en ese momento conoció a su colega Carlos Chagas, el cual recientemente había descubierto al agente microbiano de la tripanosomiasis americana.

En 1925 fue nombrado director del laboratorio y del museo del Instituto de Clínica Quirúrgica de la Facultad de Medicina de la UBA. En ese año invitó y hospedó a Charles Nicolle quien se hallaba interesado en las enfermedades endémicas que existían en el norte argentino. Nicolle advirtió la forma inadecuada con que se enfrentaban tales afecciones en esas regiones y ayudó a Mazza en su intención de fundar un instituto para la investigación y la diagnosis de las enfermedades endémicas americanas. En 1926 la Facultad de Medicina de la UBA a instancias del Dr. José Arce estableció la Misión de Estudios de Patología Regional Argentina (MEPRA), llamada coloquialmente misión Mazza ya que Mazza fue su director. La MEPRA, con sede central en Jujuy, funcionó en el famoso "E.600", un laboratorio y hospital móvil instalado en un tren ferroviario. De este modo tal institución pudo trasladarse por la extensa red ferroviaria argentina llegando incluso a Bolivia y Chile.

En 1926 Mazza fundó la Sociedad Científica de Jujuy y realizó los primeros diagnósticos de tripanosomiasis americana y leishmaniasis tegumentaria americana en Argentina. Donde quiera se encontrase, la MEPRA difundía las novedades y descubrimientos atinentes a la cura o profilaxis de enfermedades contagiosas entre los médicos y poblaciones rurales. La labor principal de Mazza en este punto fue el ataque al vector de la tripanosomiasis americana, el insecto llamado popularmente vinchuca. Por tal motivo alertó a las autoridades que una de los principales factores para la expansión o existencia de la tripanosomiasis y afecciones semejantes se encontraba en las precarias condiciones económicas, educativas e higiénicas de las poblaciones rurales y urbanas del norte argentino.

En 1942 se contactó con el escocés Alexander Fleming con el objeto de organizar la producción de penicilina en Argentina y un año después obtuvo junto a su equipo la primera producción argentina de tal antibiótico. Sin embargo el gobierno de entonces ignoró los descubrimientos y esfuerzos de Salvador Mazza y le retaceó todo apoyo económico, pese a que la producción extranjera de penicilina tampoco era disponible ya que se estaba utilizando para atender las necesidades de la Segunda Guerra Mundial.

Dedicó parte de sus esfuerzos a combatir la tripanosomiasis americana a la cual estudió in situ, por este motivo tal afección es también llamada mal de Chagas-Mazza. Estudió asimismo la dacrioadenitis y por esto a la fase aguda de tal enfermedad se la denomina signo de Mazza-Benítez.

Falleció de un síncope cardíaco, y aparentemente a causa de la tripanosomiasis en la forma cardíaco-crónica mientras se encontraba en Monterrey, México.

Enrique Finochietto (1881-1948) fue un médico argentino que se destacó como docente, investigador, e inventor de un gran número de técnicas, aparatos e instrumentos de cirugía: concibió y elaboró instrumentos y aparatos para uso quirúrgico que se extendieron a todo el mundo. Inventó el frontolux, un sistema inspirado en las lámparas de los mineros que, ceñido a la frente del cirujano, permite iluminar el campo operatorio; el "empuja ligaduras", para detener las hemorragias; el porta-agujas, en diversas medidas y formatos; la pinza doble usada para hemostasia y como pasahilos; el aspirador quirúrgico para limpiar la sangre del campo operatorio; las "valvas Finochietto", para abrir heridas; la cánula para transfusiones; la mesa quirúrgica móvil, manejada con pedales e impulsada por motor eléctrico, que permite colocar al paciente en cualquier posición para facilitar la operación; el banco para cirujanos, que permite operar sentado; y el separador intercostal a cremallera para operaciones de tórax, conocido universalmente como "separador Finochietto".

Otros médicos destacados fueron embriólogo Miguel Fernández y el neurobiólogo Christofredo Jacob.

En 1958 se fundó una Sociedad Argentina de Fisiología Vegetal que un año después celebró la Primera Reunión Argentina de la Ciencia del Suelo; y en 1960 se crea un centro de estudios de biología marina en el Instituto de Mar del Plata. Estos se reunieron en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, INTA, creado en 1956, que genera información y tecnologías aplicadas a procesos y productos que luego son trasladadas a los productores.

Las Ciencias Naturales[editar]

El sucesor de Ameghino fue Ángel Gallardo quien consiguió que el Museo de Buenos Aires tuviera una instalación más adecuada en 1923.

El Museo de La Plata se transformó en 1919 en Instituto del Museo y Escuela Superior de Ciencias Naturales, ampliando su acción científica y sus publicaciones y el Museo Etnográfico contó con dos directores de prestigio como lo fueron Félix Outes y el arqueólogo Francisco de Aparicio. Ciudades como Paraná, Mendoza, Córdoba, Santa Fe también crearon instituciones semejantes.

De origen privado nacieron la Sociedad Argentina de Botánica (1945), la Sociedad Ornitológica del Plata (1916), la Sociedad Entomológica Argentina (1925), la Asociación Argentina de Artropodología (1944), la Asociación Geológica Argentina (1945), la Asociación Paleontológica Argentina (1956), la Sociedad Argentina de Antropología (1935).

En este período se destacaron tres botánicos:

  • El micólogo italiano Carlos Spegazzini que llegó al país en 1879 que realizó una gran tarea en su especialidad y donó en su testamento su casa, colecciones y libros para la creación del museo al que se le dio su nombre.
Cristóbal María Hicken
  • El botánico Cristóbal María Hicken, agrimensor recibido en la Facultad de Ciencias Naturales de la UBA. Su maestro fue el naturalista Eduardo Ladislao Holmberg, a quien dedicó la descripción de una nueva especie de Hippeastrum, Hippeastrum holmbergii en 1903; luego enfocó su investigación en las polipodiáceas (1906-1910) y sobre otras especies botánicas sudamericanas de interés.
    Instaló en una pequeña localidad del partido de General San Martín (Buenos Aires), un herbario y una biblioteca particular que llamó Darwinion en 1911; que se convirtió en un reconocido centro botánico que publica una revista especializada, Darwiniana, la principal publicación de Botánica argentina. Publicó más de 70 trabajos a lo largo de su carrera profesional, entre los que destacan Holmberg y las doctrinas evolucionistas (1915), los Estudios botánicos (1922) y La migración de los helechos en la flora de Tucumán. De acuerdo con su deseo, Darwinion se convirtió en un Instituto de Botánica, dedicado sólo a la investigación científica, bajo la administración de la Academia de Ciencias de Buenos Aires.
  • Miguel Lillo: Nacido en Tucumán, fue un autodidacta que se dedicó apasionadamente a estudios científicos atinentes a la naturaleza. En 1905 publicó "Fauna Tucumana, Aves" haciendo conocer sus descubrimientos de nuevas especies. En 1914 la Universidad Nacional de La Plata le otorgó el título de Doctor Honoris Causa; tras enseñar química y física en el Colegio Nacional y en la Escuela Normal, el mismo año dio cátedra en la Universidad Nacional de Tucumán. En 1918 se retiró del ejercicio de la docencia, si bien mantuvo el cargo honorario de director del Museo de Historia Natural de la Universidad de Tucumán.
    En diciembre de 1930, donó todos sus bienes a la Universidad Nacional de Tucumán; estos consistían en un amplio terreno, una considerable suma de dinero, su extensa biblioteca, su colección zoológica y su herbolario constituido por más de 20 000 ejemplares de unas 6000 especies distintas. Con tal donación se constituyó la Fundación Miguel Lillo en 1933, gracias a otro gran biólogo y paleontólogo: Osvaldo Alfredo Reig.
    Lillo fue un naturalista sagaz y observador en extremo; profundamente erudito y dotado de una extraordinaria vocación científica. Especializado en botánica, fue sin embargo buen escritor al dedicarse a otras ramas de la ciencia, en particular la química y la zoología. Es relevante su contribución al conocimiento de los árboles de Argentina y de la familia botánica de las compuestas. Se desempeñó también en la ornitología —disciplina en la cual también devino una autoridad—-, la lingüística, la literatura clásica, estudiando asimismo las lenguas indígenas.

La Filosofía, la Sociología y la Historia[editar]

A comienzos de siglo predominaba en el país el pensamiento positivista, pero este declinaría en la década del cuarenta por obra de dos importantes filósofos:

  • José Ingenieros Su evolución de las ideas argentinas marcó rumbos en el entendimiento del desarrollo histórico de Argentina como Nación. En 1903 la Academia Nacional de Medicina lo premia por Simulación de la locura. En 1909 es electo Presidente de la Sociedad Médica Argentina y se lo nombra Delegado Argentino del Congreso Científico Internacional de Buenos Aires. Complementa sus estudios científicos en las universidades europeas. Sus ensayos sociológicos, críticos y políticos hacen escuela en la enseñanza a nivel universitario en Argentina. Además de dirigir su periódico bimestral "Seminario de Filosofía", mezcla su pasión por la ciencia con una ética social acentuada. En sus múltiples actividades demuestra una capacidad y penetración notorias, siendo considerado un intelectual de peso en su tiempo. En 1922 propone la formación de la Unión Latinoamericana, un organismo de lucha contra el imperialismo. Posteriormente se fue alejando del socialismo para acercarse a la perspectiva anarquista, convirtiéndose en uno de sus referentes en la Argentina.
  • Alejandro Korn: Se graduó de médico en 1882, con una tesis sobre Locura y crimen. En 1897 fue designado como director del entonces Hospital Provincial de Alienados de Melchor Romero cargo en el que se desempeñó hasta 1916. Se desempeñó como consejero y vicerrector de la Universidad Nacional de La Plata, en 1903. A partir de entonces fue el profesor titular de la Cátedra de Historia de la Filosofía. En la UBA fue profesor interino de la Cátedra de Ética y Filosofía y Letras. Desempeñó un rol director en el movimiento de la Reforma Universitaria de 1918. Fue elegido por los estudiantes como primer decano reformista de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires. En 1931 se afilió al Partido Socialista. Su pensamiento impulsó la renovación de la filosofía latinoamericana en el marco del movimiento de la Reforma Universitaria. Korn orientó sus reflexiones al estudio de los valores y de la libertad humana, destacándose entre sus obras La libertad creadora(1922), reflexión filosófica sobre la libertad con el fin de promover el máximo protagonismo del hombre y la mujer comunes, y Axiología (1930).

Otros figuras que se destacaron por su aporte al nacer de la filosofía argentina fueron Saúl Taborda en investigaciones pedagógicas, Alberto Rougès con sus profundos escritos filosóficos, y el prestigioso Francisco Romero.

Existió además una etapa de transición representada por el francés Paul Groussac (1848-1929), que vino a la Argentina siendo un joven, y que como director de la Biblioteca Nacional entre 1885 y 1925, dio a conocer documentos sobre el Río de la Plata. Publicó importantes trabajos históricos, en especial biográficos.

En historia, el campo más investigado es el de la historia del país, siendo su centro más importante la Academia Nacional de Historia, inaugurada en 1938. Una de sus publicaciones más destacada es la Historia de la Nación Argentina, dirigida por Ricardo Levene (1885-1959).

En cuanto a la historia de la ciencia, el principal referente fue el ingeniero, matemático e historiador José Babini (1897, 1984), quien logró que fuera considerada como una disciplina independiente en el país. A pesar de su título de ingeniero civil prefirió dedicarse a la enseñanza de las matemáticas, desempeñándose por más de diez años como docente en la Facultad de Química Industrial de la Universidad Nacional del Litoral, institución en la cual fue decano. También enseñó en la Facultad de Ciencias de la Educación, situada en Paraná, en el Colegio Nacional y la Escuela Industrial. Junto con Julio Rey Pastor funda en 1936 la Unión Matemática Argentina (UMA) y la edición de su revista, que lo era también de la Asociación Física Argentina. Convocado por la Universidad del Litoral llega en 1938 el historiador de ciencia italiano Aldo Mieli (1879-1950), creador en Italia de la Academia Internacional de Historia de la Ciencia. Babini y Mieli se unieron entonces para crear en ese año, por intermedio de Rey Pastor, el Instituto de Historia y Filosofía de la Ciencia de la Universidad del Litoral (que funcionó hasta 1943 cuando fue intervenida la universidad) y editar una versión argentina de la revista europea Archeion (Archives Internationales d´Historie des Sciencies). A pesar del cierre Mieli dejó como legado la biblioteca especializada que había traído de Europa.

Mieli y Babini lograron que la historia de la ciencia en la Argentina se convirtiese en una disciplina autónoma. En 1949 Babini publicó Historia de la ciencia Argentina, primer libro escrito sobre el tema. Le sucederían una lista de más de 50 libros, entre ellos la terminación de la extensa y detallada Historia de la Ciencia comenzada por Aldo Mielli. Los trabajos de Babini en conjunto con Rey Pastor y Mielli originaron un interés editorial por los trabajos históricos acerca de la ciencia.

En 1958 fue nombrado director de Cultura del gobierno del presidente Arturo Frondizi. En este año formó parte del mencionado Conicet y se convirtió en el primer presidente del directorio de la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba).

En cuanto a los estudios de filosofía de la ciencia y afines, en 1956 tuvieron su propio centro con la fundación de una Agrupación Rioplatense de Lógica y Filosofía Científica.

Fueron varios los filósofos españoles que colaboraron al desarrollo de su especialidad en el país: José Ortega y Gasset (1883-1955), el penalista Luis Jiménez de Asúa, Manuel García Morente, que fue docente y científico en la Universidad de Tucumán, el pedagogo Lorenzo Luzuriaga, y el medievalista Claudio Sánchez Albornoz.

La Noche de los Bastones Largos[editar]

Noche de los Bastones Largos. 29 de julio de 1966.

Se conoce como la Noche de los Bastones Largos al desalojo por parte de la policía, el 29 de julio de 1966, de cinco facultades de la Universidad de Buenos Aires, ocupadas por las autoridades legítimas —estudiantes, profesores y graduados— en oposición a la decisión del gobierno militar del general Juan Carlos Onganía de intervenir las universidades y anular el régimen de cogobierno. La represión fue particularmente violenta en las facultades de Ciencias Exactas y de Filosofía y Letras. El nombre proviene de los bastones largos usados por la policía para golpear con dureza a las autoridades universitarias, los estudiantes, los profesores y los graduados, cuando los hicieron pasar por una doble fila al salir de los edificios, luego de ser detenidos.

En el caso de la intervención a la Facultad de Ciencias Exactas, Rolando García (celebridad mundial, ya fallecido), el decano en ese entonces, se hallaba con el vicedecano, Manuel Sadosky, cuando entraron los policías, y salió a recibirlos, diciéndole al oficial que dirigía el operativo: ¿Cómo se atreve a cometer este atropello? Todavía soy el decano de esta casa de estudios. Un corpulento custodio le golpeó entonces la cabeza con su bastón. El decano se levantó con sangre sobre la cara, y repitió sus palabras: el corpulento repitió el bastonazo por toda respuesta.[16]

Fueron detenidas 400 personas y destruidos laboratorios y bibliotecas universitarias.

En los meses siguientes cientos de profesores fueron despedidos, renunciaron a sus cátedras o abandonaron el país. En total emigraron 301 profesores universitarios; de ellos 215 eran científicos; 166 se insertaron en universidades latinoamericanas, básicamente en Chile y Venezuela; otros 94 se fueron a universidades de los Estados Unidos, Canadá y Puerto Rico; los 41 restantes se instalaron en Europa.[17]

En algunos casos equipos completos fueron desmantelados. Es lo que sucedió con el Instituto de Cálculo de Ciencias Exactas, que operaba a la anteriormente mencionada Clementina, la primera computadora de América Latina, donde sus 70 miembros renunciaron y emigraron y la computadora fue desmantelada. Lo mismo sucedió con el Instituto de Psicología Evolutiva, y con el Instituto de Radiación Cósmica.

Con la intervención del gobierno militar a las universidades se aplicó una estricta censura en los contenidos de enseñanza universitaria y se desmanteló un proyecto reformista de universidad científica de excelencia, sobre la base de la estrecha vinculación entre investigación y docencia.

Algunos de los profesores e investigadores afectados por la el nuevo régimen fueron:

El 30 de julio de 1966 se publicó en el periódico The New York Times una carta al editor enviada por Warren Ambrose, profesor de matemáticas en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y en la Universidad de Buenos Aires. Ambrose fue testigo y víctima del ingreso violento de fuerzas policiales a la Facultad de Ciencias Exactas. Un fragmento de ese texto sería premonitorio:

No tengo conocimiento de que se haya ofrecido ninguna explicación por este comportamiento. Parece simplemente reflejar el odio del actual gobierno por los universitarios, odio para mi incomprensible, ya que a mi juicio constituyen un magnífico grupo, que han estado tratando de construir una atmósfera universitaria similar a la de las universidades norteamericanas. Esta conducta del gobierno, a mi juicio, va a retrasar seriamente el desarrollo del país, por muchas razones, entre las que se encuentra el hecho de que muchos de los mejores profesores se van a ir del país.

Las medidas coercitivas y contrarias a la pluralidad ideológica del gobierno del general Onganía llevaron a la renuncia de las autoridades de la Editorial Universitaria de Buenos Aires, quienes crearon la empresa Centro Editor de América Latina, que prosiguió la política de divulgación masiva.

El desarrollo científico disminuyó así como la inversión en instalaciones y, sobre todo, en estudiantes e investigadores de tiempo completo.

En las siguientes décadas el país creció escasamente en recursos humanos calificados y en conocimiento y trajo como consecuencia que los científicos y profesionales formados no encontraran lugar en donde desarrollar sus capacidades y emigraran en busca de oportunidades a otros países más desarrollados, generándose así el fenómeno conocido como fuga de cerebros.

No es de extrañar entonces que César Milstein (1927-2002), uno de los científicos argentinos más prestigiosos del mundo, recibiera el Premio Nobel de Medicina en 1984, trabajando en la Universidad de Cambridge por su trabajo en el desarrollo de anticuerpos monoclonales. En efecto, después de recibirse en 1957 de Doctor en Ciencias Químicas en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires; fue becado por la Universidad de Cambridge donde logró su segundo doctorado en 1960, trabajando bajo la dirección del bioquímico molecular Frederick Sanger. Milstein regresó a la Argentina en 1961 como jefe se la División de Biología Molecular del Instituto Nacional de Microbiología, pero sólo estuvo un año en el cargo para regresar a Inglaterra tras el golpe militar de 1962.

Estando en Cambridge pasó a formar parte del Laboratorio de Biología Molecular y trabajó en el estudio de las inmunoglobinas, adelantando el entendimiento acerca del proceso por el cual la sangre produce anticuerpos. Fue por este trabajo que lograría el premio Nobel.

La persecución ideológica, la llegada de la democracia y la crisis de 2001[editar]

Los programas de investigación dependieron cada vez más del esfuerzo ascético de sus promotores que de la sistematicidad y el apoyo de las instituciones. La creencia casi iluminista en los valores de la ciencia que había alimentado el proyecto modernizador previo a 1966 fue reemplazada por un escepticismo paralizante en cuanto a las funciones del conocimiento. Con el tiempo la persecución política se fue agravando y el régimen militar que se inició en 1976 intervino las universidades públicas y persiguió a los investigadores, muchos de los cuales debieron exiliarse y otros pasaron a engrosar la lista de desaparecidos por la dictadura argentina.

La llegada de la democracia en 1983 eliminaría la persecución ideológica, pero las políticas puestas en práctica por los distintos gobiernos siguieron siendo de involución, y no se contó con un amplio proyecto de desarrollo integral. El vacío económico, político y cultural hizo imposible una política científica realista. Terminó la fuga de cerebros por motivos políticos pero recrudeció la debida a motivos económicos, debido a los continuos ajustes y falta de oportunidades de trabajo. Durante de la gestión del presidente Carlos Menem (1989 – 1999) una política errática dejó como legado dos centros de investigación localizados en Anillaco y Diamante, las ciudades natales de Carlos Menem y su secretario de Ciencia y Técnica respectivamente. Por otra parte su ministro de economía Domingo Cavallo hirió el orgullo de la comunidad científica al mandarlos a lavar los platos, frase dicha como respuesta a Susana Torrado, Licenciada en Sociología de la UBA, que había denunciado los efectos de la política de ajuste.[18]

Para Manuel Sadosky "Los dirigentes de nuestra sociedad no tienen en general conciencia de la importancia de los recursos humanos con calificación científica para el desarrollo nacional(...). Nuestros dirigentes no entienden por qué es importante que el país disponga del mayor número posible de científicos y tecnólogos. Esto es consecuencia de lo que se ha llamado visión alienada del desarrollo".[19]

La Asociación Civil Ciencia Hoy, entidad civil sin fines de lucro que divulga el estado actual y los avances logrados en la producción científica y tecnológica de la Argentina y el Uruguay, realizaba en la editorial de su revista, en 1998, el siguiente comentario:[20]

Si bien las políticas generales y científico-tecnológicas aplicadas en el período 1930 – 1983 tuvieron variados grados de éxito (hecho que también puede decirse del lapso 1880 – 1930), hay bastante acuerdo en que, para la década de los ochenta, daban signos elocuentes de crisis, entre otros, el patético desempeño de la última dictadura militar (con sus violaciones de los derechos humanos y su delirio bélico en las Malvinas), seguido por el escaso éxito del gobierno constitucional en establecer sobre bases firmes la actividad científico-tecnológica. Cuarenta años de alta inflación desembocaron en dolorosos episodios de hiperinflación, al tiempo que acontecía la cuasi disolución de la capacidad operativa del estado y la virtual quiebra de empresas públicas. Como parte de esa crisis, se produjo una importante – y seguramente irreversible – emigración de científicos, motivada por la intolerancia ideológica, la violación de las libertades cívicas (incluyendo la académica) y por falta de oportunidades económicas, de participación política y de reconocimiento profesional y social, factores estos últimos que no desaparecieron con el restablecimiento del régimen democrático

La universidad siguió formando científicos de alta calidad que emigraban a mejores tierras. La ciencia se hizo en pequeña escala y a costas de sacrificios personales o humillaciones. Un par de ejemplos son los casos de los médicos Esteban Laureano Maradona y René Favaloro:

  • Esteban Laureano Maradona, nacido en la provincia de Santa Fe (1895 - 1995) fue un médico rural, naturalista, escritor y filántropo famoso por su modestia y abnegación, que pasó cincuenta años en una remota localidad de Formosa ejerciendo desinteresadamente la medicina. Ayudó a comunidades de pueblos originarios tanto en lo económico como en lo cultural, humano y social. Escribió libros científicos de antropología, flora y fauna. Renunció a todo tipo de honorario viviendo con suma humildad y colaborando con su dinero y tiempo con aquellos que más lo necesitaban a pesar de que pudo haber tenido una cómoda vida ciudadana, gracias a la clase social a la que pertenecía.
    Logró que el gobierno le adjudicara algunas tierras fiscales en la localidad de Estanislao del Campo, Formosa, en las cuales fundó una colonia aborigen, les enseñó trabajos agrícolas y a construir casas con ladrillos confeccionados por ellos mismos. Dejó testimonio de todos sus esfuerzos y luchas en su libro A través de la selva, estudio antropológico de gran valor sobre la cultura indígena. Realizó también una valiente denuncia de las condiciones de vida de los indígenas y de su explotación en los ingenios azucareros.
    Recién en 1983 en que decidió volver al mundo "civilizado" el estado tomó conocimiento de su existencia y recibió distinciones y homenajes. En 2001 el Congreso de la Nación Argentina sancionó una ley instituyendo el 4 de julio como Día Nacional del Médico Rural, conmemorando su natalicio.
  • René Favaloro (1923 - 2000) famoso cardiólogo que estandarizó la técnica del bypass. Se recibió de médico en la Universidad de La Plata.
    Durante muchos años ejerció como médico rural en la provincia de La Pampa. Con pocos recursos y un inglés incipiente, se decidió a viajar a Cleveland. Trabajó primero como residente y luego como miembro del equipo de cardiocirugía.
    A partir de 1967 comenzó a buscar una solución al problema del taponamiento de las venas coronarias. Cuando estas arterias se obstruyen no irrigan satisfactoriamente al corazón, alterando su funcionamiento y poniendo en peligro la vida de la persona. Favaloro trabajó en el desarrollo de diversas técnicas para lograr, mediante cirugía, la creación de un canal alternativo a la arteria taponada y así corregir la deficiente irrigación sanguínea del corazón. Estas técnicas de derivación ( bypass, en inglés ) del flujo sanguíneo fueron un trabajo fundamental en su carrera, que hizo que su prestigio trascendiera los límites de ese país, ya que el procedimiento cambió radicalmente la historia de la enfermedad coronaria. En 1970 publicó su libro Surgical Treatment on Coronary Arteriosclerosis, editado en español como Tratamiento Quirúrgico de la Arteriosclerosis Coronaria.
    En 1971 Favaloro regresó a la Argentina y creó cuatro años después la Fundación Favaloro, un centro de excelencia que combina la atención médica, la investigación y la educación; y que actualmente es una de las instituciones más grandes de América Latina dedicada al estudio cardiovascular. Uno de sus mayores orgullos fue el de haber formado más de cuatrocientos cincuenta residentes provenientes de todos los puntos de la Argentina y de América latina. Contribuyó a elevar el nivel de la especialidad en beneficio de los pacientes mediante innumerables cursos, seminarios y congresos organizados por la Fundación.
    En 1980 creó el Laboratorio de Investigación Básica -al que financió con dinero propio durante un largo período- que, en ese entonces, dependía del Departamento de Investigación y Docencia de la Fundación Favaloro. Con posterioridad pasó a ser el Instituto de Investigación en Ciencias Básicas del Instituto Universitario de Ciencias Biomédicas, que, a su vez, dio lugar en agosto de 1998, a la creación de la Universidad Favaloro.
    Para el 2000 el país estaba ya sumergido en una crisis económica y política y la Fundación Favaloro endeudada en unos US$75 millones por lo que Favaloro pidió ayuda en repetidas ocasiones al gobierno sin recibir respuesta oficial. El 29 de julio del mismo año toma la trágica decisión de quitarse la vida de un disparo al corazón. Después de su muerte se supo que le había enviado una carta al entonces Presidente de la Nación el Dr. Fernando de la Rúa la cual nunca había sido leída y en la que expresaba su cansancio de "ser un mendigo en su propio país". Aunque no se hicieron públicas las cartas que dejó explicando los motivos de su trágica decisión, familiares, y su vocero y amigo consideraron que tuvo que ver con las deudas de la institución y con la política de corrupción que imperaba en el país.[21] [22]
René Favaloro junto a Luis Federico Leloir y su esposa.

Sería largo extenderse en los logros de científicos recibidos en el país pero trabajando en el exterior de esta época. Mencionaremos entre otros a:

Juan Maldacena

Por supuesto hubo quienes pese a todo lograron triunfar en el país, como Mario José Garavaglia físico que se ha dedicado a la investigación de la óptica y el láser, y liderado la difusión de los estudios de óptica en América Latina. O el caso de José Fernando Bonaparte que descubrió una plétora de dinosaurios sudamericanos, que modificaron el conocimiento mundial que se tenía hasta ese entonces al revelar la diferencia notable entre los dinosaurios del antiguo supercontinente de Gondwana, y los que vivieron en Laurasia. Formó científicamente a toda una nueva generación de paleontólogos argentinos de relevancia internacional como Rodolfo Coria, Fernando Novas, Leonardo Salgado y Jorge Calvo. En 1978 fue contratado por el Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires donde dirige el Departamento de Paleontología de Vertebrados. Mediante sus descubrimientos, entre ellos el Argentinosaurus huinculensis en 1993 junto con Rodolfo Coria, un titanosáurido considerado el mayor dinosaurio del mundo conocido hasta el presente (2007), ha formado colecciones excepcionales, que le permitieron publicar artículos en revistas científicas como Science y Nature. Armando Parodi, actual Director del Instituto Leloir, es miembro extranjero de la Academia Nacional de Ciencias (USA) en reconocimiento a sus descubrimientos en el campo de los mecanismos de control del plegado de proteínas. Dr. Frasch, Director del Instituto de Investigaciones Biotecnológicas, UnSaM, es también miembro extranjero de la Academia Nacional de Ciencias (USA), por su contribución al entendimiento de la organización, función y expresión de moléculas presentes en la superficie de Trypanosoma cruzi, el agente causal del Mal de Chagas.

Tanque detector de rayos cósmicos del Observatorio Pierre Auger.

En 1984 Manuel Sadosky, como secretario de Ciencia y Tecnología, promovió la creación de una comisión nacional de informática, para establecer las bases de un plan nacional de informática y tecnología. En este marco nacieron la Escuela Superior Latinoamericana de Informática (ESLAI) y la Escuela Argentino-Brasileña de Informática (EABI). Ambas iniciativas apuntaron a formar personas con dominio de la informática y capaces de desempeñarse como docentes e investigadores, para estar en condiciones de satisfacer las necesidades del desarrollo y de los futuros estudios de postgrado en América latina.

En noviembre de 1995 la Unesco eligió a la Argentina como la sede sur para instalar el Observatorio Pierre Auger en Malargüe, provincia de Mendoza, el cual comenzó a funcionar en 2005 (aunque inaugurado oficialmente en 2008). Se trata de un emprendimiento conjunto de más de 20 países en el que colaboran unos 250 científicos de más de 30 instituciones, con la finalidad de detectar partículas subatómicas de alta energía que provienen del espacio exterior denominadas rayos cósmicos. Además la Argentina participa, desde 1992, de uno de los proyectos astronómicos más importantes a nivel mundial: el Programa Gemini, que involucra la construcción de dos telescopios idénticos, uno en el hemisferio Norte (en Mauna Kea, Hawái) y otro en el Sur (en Cerro Pachón, Chile), dotados de los más importantes adelantos técnicos.[23]

Situación actual[editar]

Crisis económica del 2001[editar]

Después de la crisis económica del 2001, el país comenzó a crecer económicamente, y la ciencia argentina, pese a todo, se dio el lujo de tener la capacidad de construir sus satélites de investigación propios, crear su propio modelo de central nuclear de cuarta generación, exportar pequeños reactores nucleares, y tener programas bien estructurados en informática, nanotecnología y biotecnología.[24] Una de las críticas que se le hacen al sistema actual es el aislamiento relativo de los distintos grupos de investigación, debido en parte a la formación en facultades de tronco único en lugar de universidades multidepartamentales. Esto impacta negativamente en áreas multidisciplinarias como la bioinformática.[25]

Hasta 2007, el área administrativa dedicada a la ciencia y la tecnología estuvo incluida dentro del Ministerio de Educación, con la jerarquía de una secretaría ministerial, del que a su vez depende el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet). En ese año la presidenta Cristina Fernández creó el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, esperando lograr a mediano plazo, logros científicos y productivos de relevancia.

En 2007 la doctora Sandra Myrna Díaz, bióloga argentina experta en ecología vegetal y biodiversidad, fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz por formar parte del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.[26] [27] [28]

En noviembre de 2008 la prestigiosa revista Nature elogió, en un artículo dedicado a la ciencia en la Argentina, las políticas del gobierno y estimó que conseguirá revertir la fuga de cerebros.[29] En dicho artículo, el director del Instituto Leloir, el inmunólogo Fernando Goldbaum, dijo:

Si los políticos prometen, esto impulsa para que cumplan. Hay mucha gente que no tiene idea sobre el estado de la ciencia argentina. Quizás no estamos en la mejor de las situaciones, pero no estamos con taparrabos y plumas en la cabeza. Hay que desterrar esa idea de que somos geniales y que podemos hacer todo con alambre. No podemos hacer milagros con pocos elementos. Cuando mandamos papers, nuestra credibilidad está en juego y los resultados dependen de la cantidad y calidad de recursos.

2010 en adelante[editar]

Desde 2010 se encuentra instalada en la Universidad Nacional de Córdoba la supercomputadora Cristina, la más potente de la Argentina. El nombre se le dio en homenaje a la doctora María Cristina Giordano, científica fisicoquímica de ese país. Fue realizada gracias a Investigadores del Instituto de Química del Sur del Conicet, Bahía Blanca, (Inquisur) junto a otros 4 grupos de investigación del país y financiada en el marco de un Proyecto de Modernización de Equipamiento de Laboratorios de Investigación (PME, Grandes Equipos), con un subsidio que la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica. Se la creó para que los grupos de investigación pudiesen trabajar en conjunto un plan de trabajo en temas de simulación computacional en ciencia de materiales, nanociencia, nanotecnología y biofísica. Está compuesta por 560 núcleos Intel Xeon 5420, Memoria RAM de 1,1 terabyte y Disco rígido de 32 terabytes.[30]

Francia es el primer socio bilateral de la Argentina en cooperación científica, teniendo en cuenta sus 75 acciones en ejecución de proyectos de cooperación científica bilateral. En 2010 se llevó a cabo la I Convocatoria a Proyectos 2010-2011, del Ministerio de Asuntos Exteriores y Europeos de Francia (MAEE) en Apoyo a la Cooperación Descentralizada Francia–Argentina.[31] [32]

Continuando con los avances en nanotecnología, en 2012 los científicos argentinos Damián Zanette, (investigador principal del Conicet en el Centro Atómico Bariloche), Daniel López, (investigador del Center for Nanoscale Materials, de Argonne, Estados Unidos) y Darío Antonio (también del Center for Nanoscale Materials), lograron describir una nueva técnica que hace posible la creación de relojes de alta precisión a escalas microscópicas. El desarrollo "contribuiría a la fabricación de sistemas de medición de tiempo más exactos, para ser usados en dispositivos que van desde microprocesadores hasta satélites."[33]

Notas[editar]

  1. Prólogo 2 del libro Enrique Gaviola y el Observatorio Astronómico de Córdoba, de Omar A. Bernaola,(2001, pág XX) ver datos del libro en Bibliografía.
  2. Estudio de la revista especializada NATURE, febrero de 2006, nota del diario Clarín
  3. a b c d e f g h José Babini (1963). La Ciencia en la Argentina. Biblioteca de América, libros del tiempo nuevo. Eudeba. 
  4. Revista Ciencia Hoy, Número 118 - Ago/Sep 2010 Sección: Los cirujanos de la guerra. La Revolución de Mayo y la medicina, por Irina Podgorny.
  5. Nuestro Siglo, Historia de la Argentina, El triunfo del positivismo Colección Crónica. Director de la obra: Félix Luna.
  6. a b c Julio Orione (2008, 1ª edición). Historia crítica de la Ciencia Argentina (del proyecto de Sarmiento al reino del pensamiento mágico). Capital Intelectual (CI). ISBN 978-987-614-125-3. 
  7. Padre del aula y de la ciencia, por Julio Orione diario Clarín, 11/09/2013
  8. Puchulo Félix, Clínicos argentinos ilustres de origen vasco, disponible en euskomedia.org
  9. Mario Bunge, "Ciencia e ideología en el mundo hispánico", Interciencia, 11:3, pp. 120-125.
  10. a b La ciencia, política Página 12, Entrevista de Leonardo Moledo a Diego Hurtado 22/10/2010
  11. La lista de Gaviola, por Bernaola. Diario Página 12, 4 de enero de 2004
  12. Ley 17622
  13. Decreto 3110/70
  14. Decreto 1831/93
  15. Isaac Asimov, en Enciclopedia Biográfica de Ciencia y Tecnología. EMECE EDITORES, 1973)
  16. Una mente brillante: la primera química nuclear argentina Por Laura Di Marco, en el Diario La Nación 11/09/2010.
  17. Marta Slemenson, "Emigración de científicos argentinos", 1970:118
  18. Entrevista a Susana Torrado, en: Revista Exactamente, Año 10, nº 30, año 2004
  19. Memoria crítica de una gestión: 1983/1989, de Sadoky, Manuel, et al. (1989). Buenos Aires, Secretaría de Ciencia y Técnica de la Nación.
  20. Revista Ciencia Hoy, editorial del nº 44 Vol. 8 , Ene-feb 1998
  21. http://www.clarin.com/diario/2000/07/30/s-05401.htm Diario Calrín, 30 de julio de 2000
  22. http://www.clarin.com/diario/2000/07/31/s-02802.htm Diario Clarín, 31 de julio de 2000
  23. La astronomía argentina, tras dos grandes enigmas, 13/09/2002 Diario La Nación
  24. Página del Conicet: Conicet en los medios: Un buen año nacional (2006), por Mario Albornoz
  25. Bassi S, González V, Parisi G (2007) Computational Biology in Argentina. PLoS Comput Biol 3(12): e257. doi:10.1371/journal.pcbi.0030257
  26. «Sandra Díaz comparte el premio Nobel de la Paz como miembro activo del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático.». La Voz. Consultado el 3 de octubre de 2013.
  27. Diploma al Mérito en Biología y Ecología
  28. «La Dra. Sandra Díaz, Premio Nobel de la Paz 2007, se incorpora a la Academia Nacional de Ciencias». Academia Nacional de Ciencias (2011). Consultado el 3 de octubre de 2013.
  29. Argentina: The come back, Nature, Vol 456, 27 November 2008
  30. Revista Ciencia Hoy, Número 118 - Ago/Sep 2010 Sección: Conict informa
  31. Convocatoria a proyectos 2010-2012 Francia-Argentina.
  32. Francia: primer socio bilateral de la Argentina en cooperación científica. En Revista Ciencia Hoy, Número 123 - Jun/Jul 2011
  33. Investigadores argentinos, más cerca de obtener nanorelojes Diario La Nación, 02/05/2012.

Referencias utilizadas[editar]

Bibiliografía principal para la historia hasta 1960
  • José Babini (1963). La Ciencia en la Argentina. Biblioteca de América, libros del tiempo nuevo. Eudeba. 
Otras referencias
  • Omar A. Bernaola (2001). Enrique Gaviola y el Observatorio Astronómico de Córdoba. Su impacto en el desarrollo de la ciencia argentina. Saber y Tiempo. ISBN 987-98946-0-X. 
  • Alberdi y su tiempo, Jorge M. Mayer, Buenos Aires, Eudeba, 1963.
  • Lorenzano, Julio Cesar. Por los caminos de Leloir. Editorial Biblos; 1a edición, julio de 1994. ISBN 950-786-063-0
  • José Luis Romero y Luis Alberto Romero, Buenos Aires, historia de cuatro siglos. Editorial abril de 1983.
  • Morero, Sergio; Ariel Eidelman, Ariel; y Lichtman, Guido. La noche de los bastones largos, 2a ed. Buenos Aires: Nuevohacer, grupo Editor Latinoamericana, Colección Temas. ISBN 950-694-684-1
  • Educ.ar, biblioteca del portal educativo del Estado argentino

Enlaces externos[editar]