Cultura del Distrito Federal (México)

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Sede de varios de los principales escenarios localizados en las inmediaciones de los lagos del Anáhuac fueron construidas numerosas construcciones que hoy forman parte del patrimonio material de la nación mexicana, y son protegidos por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Sólo en el Centro Histórico existen mil 436 edificios históricos repartidos en 9 km² de superficie.[1] La gran cantidad de suntuosas construcciones que poseyó la capital durante la época virreinal valieron que Alejandro de Humboldt le llamara Ciudad de los Palacios. En 1987, la Unesco inscribió el Centro Histórico y Xochimilco en la lista del Patrimonio de la Humanidad.[2] Entre los edificios más notables de la época colonial hay que señalar a la Catedral, el Palacio Nacional y la Casa de los Azulejos en el primer cuadro de la ciudad; en Chapultepec, el Castillo que actualmente aloja al Museo Nacional de Historia; en Xochimilco destaca su Catedral, y en Coyoacán, el edificio del Ayuntamiento.

Las construcciones públicas realizadas durante el siglo XIX hasta antes del Porfiriato, fueron en su mayoría destruidas. Sobresale la inmensa pérdida de la destrucción del Gran Teatro Nacional, la obra maestra arquitectónica del siglo XIX mexicano debida a Lorenzo de la Hidalga También el mercado de El Parián —localizado en el Zócalo y debido también a Lorenzo de la Hidalga— fueron derribadas por ser consideradas obsoletas. Durante el gobierno de Porfirio Díaz, el Distrito Federal fue dotado de nuevos edificios que enriquecen el paisaje urbano de la ciudad, como el caso del Palacio Postal o el Palacio de Bellas Artes —aunque éste no fue concluido sino hasta después del triunfo de la Revolución—. En las orillas de la capital, la clase media construyó las afrancesadas colonias Roma y Santa María la Ribera, consideradas joyas de la arquitectura del Distrito Federal que conservan y rescatan sus habitantes. No corrió con la misma suerte el Manicomio de La Castañeda (Mixcoac), que fue derruido en 1968 para ser olvidado casi por mocoos y completo.[3]

Durante el siglo XX, la alta centralización de la vida nacional en el territorio del Distrito federal propició que la entidad fuera dotada de nuevas construcciones que le permitieran por una parte, mostrar al mundo la faz de un México moderno, y por otro, fuera funcional a la vida de la ciudad más grande del país. en su afán de modernización en la Ciudad de México se destruyó la mayor parte del patrimonio inmueble llegándose a destruir entre 1930 y 1980 un edificio de valor patrimonial, valor histórico o valor artístico cada mes en promedio. Esta terrbile destrucción de la cultura mexicana fue particularmente aguda durante la regencia del alcalde Ernesto Peralta Uruchurtu. Durante su infortunada regencia se destruyeron casi tantos edificios importantes en la Ciudad de México por sus órdenes como lo sucedido a partir de 1869 con las órdenes de destrucción del patrimonio cultural dadas por Benito Juárez. Tal extrema destrucción del patrimonio arquitectónico no ha sido parado por los gobiernos posteriores a Ernesto Peralta Uruchurtu. Entre los primeros rascacielos capitalinos hay que señalar el Edificio La Nacional (1932), la Torre Anáhuac (1945), Edificio El Moro (1946),[4] Torre Miguel E Abed (1952) y la Torre Latinoamericana (1956).[5] Hacia mediados del siglo XX, en la capital fue desarrollado un estilo constructivo que se ha llamado Estilo del Pedregal,[6] que prtendía la integración de la arquitectura funcional con las formas de la naturaleza volcánica de la Colonia Pedregal de San Ángel. El máximo exponente de este estilo fue Luis Barragán, cuya casa-estudio fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 2004.[7] También de mediados del siglo XX es la Ciudad Universitaria, en donde es notable el edificio de la Biblioteca Central, cubierto por completo por un mosaico de Juan O'Gorman.

Tras el terremoto de 1985, muchas construcciones de todas las épocas quedaron gravemente dañadas. Algunos edificios emblemáticos como el Multifamiliar Juárez, el edificio Nuevo León en Nonoalco-Tlatelolco y el Hospital Juárez de México se vinieron abajo, provocando millares de muertes. En las últimas décadas del siglo XX y los primeros años del siglo XXI, en la Ciudad de México se han desarrollado grandes proyectos arquitectónicos, como la construcción de Ciudad Santa Fe, la Torre Mayor, la Torre Pemex, Torre Libertad y la Plaza Juárez.

Museos[editar]

La Ciudad de México es una de las capitales con más museos en el mundo con alrededor de 110 espacios:[8]

Centro Chapultepec Coyoacán San Ángel Otras Zonas
Antiguo Colegio de San Ildefonso Casa del Lago Museo Frida Kahlo Museo de Arte Carrillo Gil Museo Cabeza de Juárez en Iztapalapa
Centro de la Imagen Museo de Arte Moderno de México Museo del Automóvil Museo de El Carmen Archivo General de la Nación en Venustiano Carranza
Museo de la SHCP (Antiguo Palacio del Arzobispado) Papalote Museo del Niño Museo Nacional de Culturas Populares Museo Estudio Diego Rivera Museo de los Ferrocarrileros en Gustavo A. Madero
Ex Teresa Arte Actual Museo Nacional de Antropología Museo Nacional de las Intervenciones Museo Soumaya Museo de la Basílica de Guadalupe en Gustavo A. Madero
Museo de Cera de la Ciudad de México Museo Nacional de Historia "Castillo de Chapultepec" Museo Anahuacalli Museo Universitario de Ciencias y Artes Campus Museo Arqueológico de Xochimilco
Museo de la Ciudad de México Museo Tamayo Arte Contemporáneo Museo León Trotsky Universum, Museo de Ciencias Museo Dolores Olmedo Patiño en Xochimilco
Museo de la Luz Museo de Historia Natural y Cultura Ambiental Museo Cultural de las Artes Gráficas Museo Universitario Arte Contemporáneo Museo de Sitio de Cuicuilco en Tlalpan
Museo del Templo Mayor Sala de Arte Público Siqueiros Museo de Fuego Nuevo en Iztapalapa
Museo Franz Mayer Museo Tecnológico de la Comisión Federal de Electricidad Centro Comunitario Culhuacán en Iztapalapa
Museo Mural Diego Rivera Casa Luis Barragán Museo de Geología en la colonia Santa María la Rivera
Museo Nacional de La Revolución Museo del Caracol Museo Tezozómoc en Azcapotzalco
Museo Nacional de las Culturas Museo Nacional de la Cartografía Museo Histórico Judío y del Holocausto Tuvie Maizel en la colonia Condesa
Museo Universitario del Chopo Museo Casa de la Bola Museo Arqueológico de Azcapotzalco Príncipe Tlaltecatzin en Azcapotzalco
Museo del Palacio de Bellas Artes Museo de Sitio del Ex Convento del Desierto de los Leones en Cuajimalpa
Museo de la Caricatura Museo de Arte Tridimensional en Azcapotzalco
Museo del Calzado El Borceguí Museo Comunitario San Miguel Teotongo en Iztapalapa
Museo de Instrumentos Musicales Museo Vivo Lago de los Reyes Aztecas en Tlahuac
Museo Nacional de la Estampa Museo Legislativo Los Sentimientos de la Nación en Venustiano Carranza
Museo Numismático Museo de Transportes Eléctricos del Distrito Federal, en Iztapalapa.
Museo Postal[9] Museo Cuartel Zapatista, en Milpa Alta
Galería José María Velasco
Museo de la Indumentaria Mexicana
Laboratorio Arte Alameda
Museo José Luis Cuevas
Museo Nacional de Arte
Museo Nacional de San Carlos
Museo Panteón de San Fernando
Museo Archivo de la Fotografía[10]
Centro Cultural de España en México
Centro Cultural Estación Indianilla
Museo del Estanquillo[11]
Museo Interactivo de Economía
Museo Casa Carranza
Museo Universitario de Ciencias y Artes Roma
Museo Experimental El Eco
Salón de la Plástica Mexicana
Museo de Arte Popular
Museo Ripley's Believe it or not!
Casa del Poeta López Velarde
Recinto de Homenaje a Benito Juárez
Museo de la Medicina Mexicana
Museo de la Policía Preventiva de la Ciudad de México
Museo de Odontología Dr. Samuel Fastlicht
Palacio de Cultura Banamex[12]

Artes plásticas[editar]

Escultura de Coatlicue. Cultura mexica.
El Caballito, escultura de Carlos IV realizada por Tolsá.
Barranca del Muerto (1909), óleo de Velasco.
La Catrina, grabado de Posada.
Escultura en la Plaza Juárez.

El Distrito Federal cuenta también con un rico acervo de escultura y pintura, cuya antigüedad se remonta a más de tres mil años. Desde el Período Preclásico los pueblos que vivieron en las inmediaciones del lago de Texcoco produjeron numerosas obras de arte, algunas de las cuales son resguardadas en instalaciones como el Museo Nacional de Antropología, el Museo del Templo Mayor y varios museos comunitarios que se localizan en varias partes de la capital. Predominan las piezas de alfarería y lapidaria, pues desafortunadamente muchos ejemplos de la iconografía precolombina fueron destruidos por los españoles.

Después de la conquista tuvo lugar en el valle de México y en muchos otros sitios de la Nueva España un mestizaje fabuloso que hizo perdurar ciertos rasgos de la iconografía indígena, aunque ya fusionada con otros que fueron traídos de Europa por los españoles. Ejemplo de ello son manuscritos como la Tira de la Peregrinación, el Códice Badiano o el Códice Florentino, ilustrados por maestros indígenas que fueron educados en instituciones cristianas como el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco. En muchos edificios del primer siglo de la Colonia que aún se conservan en el Distrito Federal es posible observar ciertos rasgos que hablan del proceso de mestizaje cultural nacido con el encuentro de América y Europa. Así, por ejemplo, en templos como la Catedral de Xochimilco, la parroquia de San Pedro de Tláhuac y otros, es posible advertir glifos indígenas entreverados en los relieves que decoran los muros de esos sitios.

Durante la Colonia, el arte religioso fue la vertiente dominante en la creación plástica de la Ciudad de México. Ejemplos de ello abundan en los muchos edificios coloniales que existen la ciudad, siendo de especial importancia la Catedral Metropolitana, que resguarda excelentes retablos obra de Juan de Rojas, Juan Correa e incluso un óleo atribuido a Murillo. Desafortunadamente, la Catedral de México ha sido objeto de saqueo y destrucción. Lamentable fue el incendio de 1967, que dañó gravemente el Retablo de los Reyes, el Altar del Perdón y cuarenta y siete sillas del coro catedralicio.[13] Además del arte religioso, de la Colonia proceden otras piezas de escultura y pintura de índole secular. Entre ellos hay que señalar la escultura ecuestre de Carlos IV de España, mejor conocida por los capitalinos como El Caballito. La pieza fue realizada en bronce por Manuel Tolsá y se encuentra actualmente frente al Palacio de Minería, en la plaza que lleva el nombre del escultor y arquitecto valenciano.[14] También de la Colonia son los numerosos ejemplos de pinturas de castas cuadros retrataban los estereotipos de los diversos estamentos en que se dividía la sociedad de aquellos años.

Durante el siglo XIX sobresale la obra de la antigua Academia de San Carlos, centro formador de artistas plásticos de la Ciudad de México. La Academia de San Carlos —fundada en el virreinato y antecedente de la actual Escuela Nacional de Artes Plásticas— formaba a arquitectos, escultores y pintores. Varias obras de los estudiantes del establecimiento forman en la actualidad parte del acervo de la Academia y el Museo Nacional de San Carlos. Entre ellos se encuentran bocetos de proyectos pictóricos, escultóricos o académicos, casi siempre de influencia neoclásica.[15] Algunas reproducciones en yeso de esculturas griegas y romanas se encuentran en los patios del viejo edificio de la Academia. Mención aparte merece José María Velasco, mexiquense egresado de la Academia de San Carlos y considerado uno de los grandes paisajistas mexicanos del XIX. Velasco produjo una serie de ocho cuadros sobre el Valle de México que registran el paisaje de la ciudad de México y sus alrededores durante la segunda mitad del siglo XIX.

Durante el Porfiriato, la actividad plástica había recibido una fuerte influencia francesa. Pero a despecho de ese estilo favorecido el dictador Díaz, se popularizaban géneros menos académicos como la caricatura y la ilustración de folletos y libros. En ese sentido, hay que señalar que ya desde el gobierno de Benito Juárez habían surgido periódicos notables por sus sátiras iconográficas, que a pesar de ser bastante mordaces, fueron tolerados por el gobierno federal. No corrieron la misma suerte los periódicos críticos del porfiriato, perseguidos hasta su extinción. Entre los más notables estaban El hijo de El Ahuizote, sucesor de aquél Ahuizote que tanto criticó el gobierno juarista.[16] Además hay que llamar la atención a la obra de grabadores como Manuel Manilla y desde luego, José Guadalupe Posada, que se hizo famoso por sus personajes calavéricos, entre los que La Catrina quizá sea uno de los más conocidos.

Después de concluida la Revolución, floreció en la Ciudad de México un estilo picrtórico conocido como Muralismo. Entre sus máximos exponentes están José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera. La obra de los muralistas estaba imbuida de la necesidad de crear un arte público que sirviera para educar al pueblo de México —que por aquel tiempo era ampliamente analfabeto—, pero también se acusa en ellos una fuerte inclinación hacia el marxismo y la crítica hacia el oficialismo que les valió —con la excepción de Rivera— ser despedidos por José Vasconcelos (titular de la secretaría de Educación Pública que fungía como mecenas de los muralistas) luego de la terminación de los murales del Palacio Nacional[17] Relacionada con Rivera está la figura de la coyoacanense Frida Kahlo, pintora autodidacta cuya obra tiene una fuerte vocación nacionalista. A finales de la década de 1930, el muralismo mexicano se encontraba en una época de apogeo, y a ellos se sumó la obra de otros artistas de vocación también socialista como Leopoldo Méndez, grabador veracruzano que apoyó en el Distrito Federal la formación del Taller de Gráfica Popular, diseñado para que la gente de las clases trabajadoras pudiera adquirir formación artística.[18] A los pintores mexicanos se sumaría en 1941 la catalana Remedios Varo, que con otros españoles inmigrados por aquella época enriqueció la cultura del Distrito Federal y de todo México.

En la segunda mitad del siglo XX hubo un rompimiento con la plástica asociada al triunfo de la Revolución. Encabezaron esta ruptura figuras como José Luis Cuevas, quien optó por un estilo modernista, desapasionado de la política en oposición a sus colegas muralistas. La obra de Cuevas abarca la escultura, el dibujo, la pintura y el grabado. Asimismo incursionó en la teoría del arte, con la publicación de La cortina de nopal: carta abierta sobre la conformidad en el arte mexicano en el que resume su crítica contra el arte nacionalista. Al mismo tiempo, la escultura —que había quedado relativamente a la sombra en comparación con la pintura— recobró nuevos bríos, alejándose del hieratismo de obras como el Monumento a la Madre, de Monasterio; para inclinarse primero por la abstracción geométrica —como en El Caballito, de Sebastián— y luego por formas más libres y conceptuales.

Literatura[editar]

Poesía náhuatl
¿Zan yuhqui nonyaz in compohualli xóchitl ah?
¿Antle notleyp yez yn quenmanian?
¿Antle nitauhca yez yn tlaltipac?
¡Ma nel xóchitl, ma nel cuícatl!
¿Quen conchihuas noyohllo, yehuaya?
¡On nen toquizaco yn tlaltipac!
Anónimo[19]

Hogar de muchos escritores de las más variadas procedencias, el Distrito Federal posee una larga tradición literaria. Aunque de la época prehispánica fueron pocas las obras que lograron registrarse en caracteres latinos después de la conquista, lo que ha quedado es testimonio de la actividad lírica de los habitantes del valle de México. Varias investigaciones modernas, llevadas a cabo principalmente por Miguel León-Portilla o Ángel María Garibay K. han permitido conocer algunas de las formas literarias de los antiguos mexicas. Del primer autor son recopilaciones como Huehuetlahtolli y Visión de los vencidos, en tanto que Garibay produjo Poesía indígena de la Altiplanicie y Panorama literario de los pueblos nahuas. La base de estos trabajos son los manuscritos producidos por los indígenas o los misioneros franciscanos después de la consuista de Tenochtitlan. En ese sentido, hay que mencionar especialmente el trabajo de Bernardino de Sahagún y los alumnos del Colegio de la Santa Cruz —como el xochimilca Juan Badiano, el texcocano Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, y posiblemente el mexicano Hernando de Alvarado Tezozómoc, entre otros—, gracias a los cuales quedó un registro aunque sea mínimo de la literatura, las creencias y los conocimientos de los mexicas.

Respuesta a Sor Filotea (frag.)
El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena; que les pudiera decir con verdad: Vos me coegistis. Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio a todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones --que he tenido muchas--, ni propias reflejas --que he hecho no pocas--, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí...
Sor Juana Inés de la Cruz[20]

Notables también por su información sobre la conquista son las Cartas de relación de Hernán Cortés, datadas en la segunda década del siglo XVI.[21] Estas epístolas, dirigidas al rey de España, tenían por objeto el relato de las hazañas hispanas en la conquista de la capital tenochca, poniendo especial énfasis en resaltar el papel jugado por él. Por lo que respecta a la lírica indiana, es notable que esta haya quedado relegada por los escritores del siglo XVI, entre los que cabe destacar a Bernardo de Balbuena y su poema Grandeza mexicana, dedicado a ensalzar las virtudes de la tierra conquistada.[22] en el siglo XVII, sobresale la figura de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), religiosa jerónima que escribió poemas de amor y se enfrentó a las autoridades religiosas de su tiempo. Obras suyas son Amor es más laberinto, Los empeños de una casa y Respuesta a Sor Filotea,[23] carta en que responde a los llamamientos del obispo de Puebla para que la religiosa abandonara todo cuanto fuera profano. Por la calidad de su obra, fue llamada La Décima Musa —aun cuando este título le correpondió primero a Safo— y El Fénix de México.[24] Contemporáneo de Sor Juana fue Carlos de Sigüenza y Góngora —pariente de Luis de Góngora y Argote—, cuya obra fue principalmente histórica — entre la que destacan las Relacions históricas (1690)—, aunque cultivó también la poesía en textos como Primavera indiana (1662) y Triunfo parténico.

El Periquillo Sarniento
¡Qué instable es la fortuna en esta vida! Apenas nos muestra un día su rostro favorable para mirarnos con ceño muchos meses. ¡Válgame Dios, y cómo conocí esta verdad en la mudanza de mi escuela! En un instante me vi pasar de un paraíso a un infierno, y del poder de un ángel al de un diablo atormentador. El mundo se me volvió de arriba abajo.
José Joaquín Fernández de Lizardi[25]

Del siglo XIX es José Joaquín Fernández de Lizardi, que se ganó la cárcel por su actividad periodística crítica al gobierno virreinal. Su obra más conocida es El Periquillo Sarniento, (1818) novela picaresca inspirada en los modelos españoles del siglo XIX. También suya es Don Catrín de la Fachenda, novela que es considerada como una de las sátiras mejor logradas de la literatura de principios del siglo XIX en México. Alrededor de cuarenta años más atrde apareció en la capital el libro de costumbres Los mexicanos pintados por sí mismos (1854), que es una colección de retratos de tipos populares escrita por autores como Hilarión Frías y Soto, Juan de Dios Arias, José María Rivera y Pantaleón Tovar. De la segunda mitad del siglo XIX es Juan de Dios Peza, alumno de Ignacio Ramírez El Nigromante —periodista liberal— en su paso por la Escuela Nacional Preparatoria. Juan de Dios Peza es identificado con la poesía modernista, al igual que otros autores de su tiempo como Manuel Gutiérrez Nájera —al que se considera precursor de este movimiento en México— y Amado Nervo. Tanto Peza como Nervo fueron, además, diplomáticos al servicio del gobierno porfirista. En la novela, Manuel Payno escribió la extensa novela de entregas Los bandidos de Río Frío y otra menos conocida intitulada El fistol del diablo, libros de tendencia romántica a pesar de ser contemporáneo de los poetas modernistas.

Piedra de sol (frag.)
Madrid, 1937,
en la plaza del Ángel las mujeres
cosían y cantaban con sus hijos,
después sonó la alarma y hubo gritos,
casas arrodilladas en el polvo,
torres hendidas, frentes escupidas
y el huracán de los motores, fijo:
los dos se desnudaron y se amaron
por defender nuestra porción eterna,
nuestra ración de tiempo y paraíso,
tocar nuestra raíz y recobrarnos,
Octavio Paz[26]

El tema de las luchas revolucionarias apareció con frecuencia en la literatura capitalina de la primera mitad del siglo XX. Entre los numerosos autores de este tiempo, hay que llamar la atención a Rodolfo Usigli, autor de la pieza teatral El gesticulador donde denuncia el abuso de poder por parte de las élites instaladas en el poder después del asesinato de Villa y Zapata. Autores como Manuel Maples Arce se mostraban más partidarios de tendencias renovadoras, que se resumen en la corriente conocida como estridentismo, cuyo fundador fue Arqueles Vela. Otro género que gozó de notable vitalidad fue el de la crónica periodística, con personajes como Salvador Novo y Renato Leduc, ambos columnistas de periódicos como Excélsior y Hoy. Novo, además, fue cofundador de las revistas Ulises y Contemporáneos, que fue un espacio en que se dieron a conocer poetas de la talla de Xavier Villaurrutia, de quien se dice, fue una de las principales influencias en la obra de Octavio Paz. Este autor, único Premio Nobel de Literatura mexicano, es ampliamente conocido por su obra ensayística; género al que pertenece El laberinto de la soledad, una pieza clave en el pensamiento sobre la identidad mexicana. Otras obras suyas son el poema Piedra de sol, compuesto por 584 versos endecasílabos; y Postdata, obra en que complementa los pensamientos planteados en El laberinto de la soledad.

La destrucción de todas las cosas (frag.)
El bastón disparó, si eso puede decirse de emitir unos ruiditos rítmicos y cristalinos, como de caja de música. El que suplicaba empezó a teñirse de un color amarillo plátano, todo él, la ropa, la piel, los cabellos, no muy intenso y como mate, sin brillantez, y ante nuestros ojos asombrados se hizo totalmente plano y enmarcado, como una gigantesca tarjeta postal con matasellos en la esquina superior derecha y toda la cosa...
Hugo Hiriart[27]

La Ciudad de México aparece con frecuencia como tema de los escritores que en ella radican o nacieron en ella. Así, por ejemplo, mientras José Emilio Pacheco ofrece en Las batallas en el desierto la vivencia amorosa de un niño de clase media baja de la Colonia Roma, en una sociedad cuya industrialización apenas comenzaba; los autores de la La Onda —movimiento literario de la década de 1970— intentan capturar en su obra el lenguaje de los jóvenes de la ciudad. La ciudad es convertida en escenario de inverosímiles aventuras policíacas como en El complot mongol, de Rafael Bernal o en la larga serie de novelas protagonizadas por Belascoarán Shayne, detective capitalino hijo de una irlandesa y un vasco republicano creado por Paco Ignacio Taibo II. En La destrucción de todas las cosas, Hugo Hiriart convierte a la ciudad en el escenario de la invasión de Los Otros, seres de los que nadie supo nunca nada y vienen a salvar a los habitantes de México mediante la imposición de una cultura completamente desconocida. Otro escritor indispensable dentro de la cultura del Distrito Federal es Carlos Fuentes quien con su libro La región más transparente realiza un retrato por demás poético de las transformaciones que ha sufrido esta bella ciudad de gran legado histórico y que es ante los ojos de propios y extraños lugar mítico que no deja de causar admiración.

Festivales de Cine[editar]

En la ciudad de México se llevan a cabo una gran cantidad de festivales de cine,[28] donde podemos encontrar cortometrajes y largometrajes nacionales e internacionales. Algunos de los más importantes o que han tenido mayor difusión son:

  • El Festival Internacional de Cine Contemporáneo de la Ciudad de México (FICCO) que se lleva a cabo cada año, teniendo siempre en cada edición un país diferente como invitado. Siendo en el 2009 su sexta edición.
  • El KINOKI Festival Internacional de Cine Universitario, creado y organizado por estudiantes de la Universidad Iberoamericana, se realiza cada año durante la segunda semana de Marzo a través del Departamento de Comunicación y el área de Cinematografía.
  • El Festival Internacional de Cine para Niños (...y no tan Niños) es un proyecto cultural independiente que tiene como objetivo principal programar y exhibir un cine de calidad de otras regiones del mundo para fomentar entre el público infantil el gusto por el cine y retro alimentar a las niñas y niños con la recreación de costumbres, inquietudes y cotidianidad de los niños en otras partes del mundo.
  • Short Shorts Film Festival (SSFF). México tiene como objetivos principales, por un lado, promover y difundir el cortometraje iberoamericano dando, desde luego, énfasis a la producción de cortos mexicanos y, por otro, dar un panorama de la producción de cortometraje del continente asiático con especial atención a Japón, país donde se creó el festival. Entre otros.

Otros Festivales[editar]

  • Festival de México en el Centro Histórico
  • Festival Tirerías
  • Encuentro Hispanoamericano de Cine y Video
  • Festival Ollin Kan
  • Festival Internacional de Música y Escena
  • Festival Diego Rivera y Feria de las Disqueras Independientes
  • Festival de Jazz de la Unión Europea

Costumbres gastronómicas[editar]

El Distrito Federal es tal vez el complejo gastronómico más grande del mundo. La mancha urbana no comprende solamente la capital del país, a ella se le unen territorios del Estado de México, entre ellos Ciudad Satélite y Ciudad Nezahualcóyotl, más conocidos simplemente como Satélite y Neza. Con estas grandes ciudades se forma la zona conurbada más grande del mundo, que rebasa los 22 millones de habitantes.

Los capitalinos de origen en realidad son la minoría de la gran urbe, pero esa minoría dicta el ritmo al que la ciudad se mueve y come. Los provincianos que llegan a vivir a la Ciudad de México tarde o temprano caen seducidos por las formas y costumbres alimenticias de los naturales de la capital.

Hay muchas formas de empezar el día en la Ciudad de México. Para los que trabajan y tienen que salir muy temprano de su casa, siempre habrá un lugar donde comprar algo para el desayuno: por las mañanas, desde muy temprano, casi de madrugada se instalan puestos ambulantes que venden tamales, atoles, café de olla y antojitos como los guajolotes. En algunos puestos también se vende gelatina y pan de dulce. Estos puestos se ubican principalmente en las salidas de las estaciones del metro y las paradas de autobuses concurridas, o cerca de las panaderías y de la entrada de oficinas y fábricas.

Otros capitalinos toman simplemente un vaso grande de jugo de naranja, betabel o zanahoria o un licuado de leche: el de fresa y el de mamey son muy populares y se venden en las juguerías callejeras que se encuentran por toda la ciudad.En esta categoría están los puestos que venden cócteles de frutas con miel o granola. No se puede olvidar las loncherías, especializadas en vender tostadas, tacos fritos y tortas.

Aún otra forma muy popular de desayunar son las quesadillas, que en ninguna parte del país son tan variadas como en la Ciudad de México. La quesadilla típica es la de comal, aunque también son muy buscadas las quesadillas fritas. Los tacos sudados , de canasta y de carne asada son grandes favoritos, además de ser económicos.

Los cafés de chinos son especiales para tomar café con leche, huevos preparados de cualquier manera, chilaquiles y especialmente pan de dulce.

Para los capitalinos con más tiempo y tal vez con más recursos económicos, el día puede empezar en una cafetería en la que sirven desayunos de paquete con platos a base de huevo o chilaquiles. Los de altos recursos económicos asisten a restaurantes de lujo que sirven desayunos similares, aunque mejor presentados y preparados. Otros acuden a los mercados a comer barbacoa, consomé, tacos de carnitas o gorditas. También para el almuerzo se acostumbran caldos de gallina y de pollo sopa de médula y pancita.

Todavía no da la una de la tarde y ya empieza la gente a llegar a las fondas. Entonces comienza la comida del mediodía, que es el alimento más importante de la jornada. Las fondas se encargan de dar a comer a quienes sólo cuentan con una o dos horas para alimentarse; su especialidad es la comida corrida. En los restaurantes la comida empieza con una cuba, un whisky con agua mineral o refresco de cola, una cerveza o un tequila. El contenido de la comida varía según el gusto del comensal, quién elige su propio menú. Aunque el restaurante sea de comida japonesa, italiana, china o francesa cada establecimiento tiene salsa picante o chiles toreados para satisfacer a su clientela que gusta del picante.

La comida en las cantinas es un verdadero paraíso de los amantes de la cocina mexicana, pues en ella se sirve todo tipo de botanas. Afuera de los restaurantes de comida típica, cantinas y coctelerías suele haber un vendedor de dulces, pues mucha gente no come postre y se espera a comprar un higo, acitrón, limones rellenos de coco, pepitorias, obleas o chilacayote confitado.

Las cenas tradicionales caseras consisten en algún alimento derivado de la comida del mediodía, algún antojito o chilaquiles. Una de las formas de terminar el día es con café y pan de dulce. Afuera de las panaderías se venden esquites, elotes, tamales, sopes y quesadillas. Por las noches se escucha asimismo el ruido melancólico que deja escapar el vapor del carrito de camotes asados.

Así transcurre la vida gastronómica de la ciudad de lunes a viernes. Pero los fines de semana las costumbres alimenticias cambian, especialmente los domingos, cuando la familia tiene tiempo de reunirse a comer y va a algún restaurante o compra carnitas, barbacoa o pozole para comer en casa.

Aunque en todo el país existen mercados sorprendentes, muchos mercados en la Ciudad de México lo son en especial. Hay que mencionar los de la Merced, cuyo tamaño y variedad de productos deja sin habla a propios y extraños; de Jamaica, rebosante de flores y elotes; de Xochimilco, en donde todavía se encuentran muchos alimentos y comidas de origen prehispánico; de la Viga, especializado en la venta de pescados y mariscos; de Sonora, donde se pueden comprar animales vivos y artilugios supuestamente mágicos; de San Juan, considerado el paraíso de los cocineros; de Medellín, en el que existen muchos productos para preparar comida Yucateca y Tabasqueña; de San Pedro de los Pinos y de Mixcoac, por sus puestos de pescados y mariscos; de Argentina, donde hay muchos puestos de barbacoa y de Coyoacán, con sus famosas tostadas. Y no se puede dejar de mencionar la Central de Abastos, que casi sin excepción surte a todos los anteriores.

En la Ciudad de México existen barrios y delegaciones conocidos por sus particularidades gastronómicas: Coyoacán es famosa por sus nieves y helados, Milpa Alta por sus nopales y los moles de San Pedro Actopan, Azcapotzalco por sus petroleras. El Centro Histórico es la parte más antigua de la ciudad, donde existen incontables cantinas, taquerías, torterías fondas, pulquerías y dulcerías tradicionales. En la calle de Dolores está el Barrio Chino. Los restaurantes de cocina española son tal vez la especialidad del centro. Sobreviven el Café de Tacuba, el original y antiguo Sanborn´s, donde se inventaron las enchiladas suizas; la legendaria churrería El Moro; la Hostería de Santo Domingo; La Ópera, bar cuya decoración se ha filmado en muchas películas y programas de televisión; la panadería Ideal; la dulcería Celaya.

Como parte de una nueva tradición en Iztacalco cada año se lleva a cabo la Feria latinoamericana del tamal'.

Además de la "Feria de la Torta" la cual se lleva a cabo en la Delegación Iztapalapa. En la cual se puede degustar de una gran variedad y tamaños de este "Exquisito" alimento.

En Coyoacán también es famosa por disfrutar de su café uno de los lugares más famosos para hacerlo son algunas de las sucursales del Jarocho, su chocolate y sus churros, así como sus esquites y hot cakes.

La colonia Condesa en los últimos años se ha vuelto un lugar interesante para ir a cenar. Sobre las calles de Tamaulipas y sus alrededores, se han abierto un sinnúmero de pequeños restaurantes de características singulares. Los locales son muy pequeños y a veces incómodos, y la preparación de la comida muchas veces no es seria, pero es un lugar agradable para cenar algo y tomar una cerveza o un vino barato.

La avenida de los Insurgentes es una de las más largas de la Ciudad de México, y su parte sur ha sido escogida para establecer todo tipo de restaurantes. A lo largo de varios kilómetros se puede ver infinidad de establecimientos de comida como cafeterías, restaurantes, bares y cantinas, para diferentes gustos y presupuestos.

Como toda gran metrópoli, existen áreas privilegadas donde se establecen comercios y restaurantes de lujo con toda clase de comidas, como Polanco, San Ángel y Santa Fe. En estos lugares hay pocos restaurantes de cocina mexicana, y los que hay ostentan el título de "cocina mexicana contemporánea", concepto que aún está siendo moldeado por chefs y gastrónomos. Según a quién se le pregunte, puede tratarse de cocina tradicional en porciones más pequeñas, en las que se ha sustituido la manteca de cerdo por aceite, o comida acomodada en los platos de diferente forma. Puede ser comida mexicana afrancesada o comida europea preparada con ingredientes mexicanos, como el strudel de tejocotes. O puede ser comida mexicana con nombres largos y términos gastronómicos pretenciosos, en donde la pechuga de pollo sin piel se convierte en pechuga magra, las costillas de cerdo en costillar, y el caldillo de jitomate en coulis de jitomate. Para otros la cocina contemporánea mexicana es cocina preparada con las técnicas de la llamada cocina saludable o nutricional, de la cual en México no muchos parecen estar enamorados.

La cultura también se expresa a través de la comida y el entretenimiento. Existen una gran variedad de lugares en dónde se fusionan las tradiciones nacionales y las internacionales, ésta es una pequeña muestra de lo que, en gastronomía y entretenimiento nocturno nos puede ofrecer la gran Ciudad de México como parte de la gran variedad cultural.

Referencias[editar]

  1. Fideicomiso, en la página en internet del Fideicomiso del Centro Histórico de la Ciudad de México, consultada el 27 de enero de 2007.
  2. Centre historique de Mexico et Xochimilco, en la página en internet del Patrimonio Mundial de la UNESCO (en francés), consultada el 27 de enero de 2007.
  3. José Luis Lara (s/f): [http'¿Donde quedó la locura?, een el bañoo deliudocumental que rescata medio siglo de historia del Manicomio General de La Castañeda], en Sala de Prensa, consultada el 27 de enero de 2007.
  4. Lotería Nacional (s/f): Historia, en la página en internet de la Lotería Nacional, consultada el 27 de enero de 2007.
  5. Torre Latinoamericana, en Ciudademexico.com.mx, consultada el 27 de enero de 2007.
  6. " Documentan el origen, esplendor y ocaso arquitectónico del Pedregal", en La Jornada, 10 de agosto de 2006.
  7. Maison-atelier de Luis Barragán, en la página del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO (en francés), consultada el 27 de enero de 2007.
  8. Periódico La Jornada
  9. DGSCA - UNAM
  10. Cultura del D.F.
  11. Museos de México
  12. Cultura en México de CONACULTA
  13. Conjunto de la catedral Metropolitana. Centro Histórico de la Ciudad de México, en la página en internet del Instituto de Administración y Avalúos de Bienes Nacionales (México), consultada el 28 de enero de 2007.
  14. "El Caballito". Historia y sitios que ocupó la estatua ecuestre de Carlos IV, en la página Méxicomaxico.org, consultada el 28 de enero de 2007.
  15. Datos sobre la historia de la Academia de San Carlos, en la página en internet de la Academia de San Carlos-UNAM, consultada el 27 de enero de 2007.
  16. Barajas, Rafael (2000): La historia de un país en caricatura. Caricatura mexicana de combate 1829-1872 Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
  17. Ovando, Claudia (s/f): "El Movimiento Muralista Mexicano", en Contactomagazine.com, consultada el 28 de enero de 2007.
  18. Leopoldo Méndez, en la página en internet de Sepiensa.org.mx, consultada el 28 de enero de 2007.
  19. ¿Conque he de irme como las flores que fueron pereciendo?
    ¿Nada será mi gloria alguna vez?
    ¿Nada mi fama será sobre la tierra?
    ¡Siquiera flores, siquiera cantos!
    Ah, ¿cómo habrá de obrar mi corazón?
    ¡En vano hemos venido a pasar sobre la tierra!
    , poema náhuatl traducido por Ángel María Garibay K. (1992): 134; el texto en náhuatl aparece en Bernal, 1994: 99.
  20. Sor Juana Inés de la Cruz: Respuesta a Sor Filotea de la Cruz.
  21. Bernal, 1994: 128
  22. Bernal, 1994: 208.
  23. Glantz, Margo: "Avatares de su obra y de su fama", en el portal de Sor Juana en la Biblioteca Virtual del Instituto Cervantes, consultada el 30 de enero de 2007.
  24. Cordero, Florián: "Sor Juana Inés de la Cruz, la Décima Musa.", en Humanitas de la Pontificia Universidad Católica de Chile, consultada el 30 de enero de 2007.
  25. Fernández de Lizardi, Joaquín: El Periquillo Sarniento, en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, consultada el 30 de enero de 2007.
  26. Paz, Octavio (1998) [1957]: Piedra de sol, Instituto de Cultura de la Ciudad de México-Editorial Clío.
  27. Hiriart, Hugo: La destrucción de todas las cosas, Editorial Era.
  28. "Academia Mexicana de Cine"

28. ↑ Fuentes, Carlos: La región mas transparente, Editorial FCE.

Véase también[editar]

El papel que jugaron las mujeres en la ciudad de México en el movimiento revolucionario de 1910, no sólo se circunscribió al de soldaderas acompañantes de los hombres, sino al de importantes y destacadas organizadoras y formadoras de otras mujeres y hombres que tenían como tarea difundir los ideales revolucionarios y oponerse a la reelección de Porfirio Díaz. Estas mujeres escribieron y distribuyeron toda clase de propaganda, formaron clubes y uno de los más importantes y destacados fue el "Club hijas de Cuauhtémoc" dirigido por Dolores Jiménez.

Enlaces externos[editar]