Carlismo

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En los años 1930, el carlismo hizo suya la enseña de los ejércitos españoles durante los siglos XVI y XVII, la Cruz de Borgoña, considerada bandera representativa de la Monarquía católica de la Casa de Austria.
Dos típicos correligionarios carlistas del s. XIX. Francisco Solà i Madriguera, de Taradell (Osona), con su hijo, sobre el 1870.

El carlismo (también conocido a lo largo de su historia como Partido Carlista, Comunión Católico-Monárquica, Partido Jaimista, Comunión Legitimista, Comunión Tradicionalista, entre otros nombres) es un movimiento político español de carácter tradicionalista y legitimista surgido durante la primera mitad del siglo XIX como oposición al liberalismo, que pretende el establecimiento de una rama alternativa de la dinastía de los Borbones en el trono español, y que en sus orígenes propugnaba, no sólo la vuelta al Antiguo Régimen, sino también una política de Cristiandad.[1]

El carlismo combatió el liberalismo e hizo bandera de la defensa de la religión católica, la patria y la monarquía tradicional resumida en su lema «Dios, Patria, Rey», con el añadido tardío de «Fueros».[2] Como movimiento de extraordinaria prolongación en el tiempo, el carlismo fue una fuerza importante en la política y la prensa española desde 1833 hasta el final del régimen franquista en la década de 1970. Protagonizó numerosas guerras e intentonas en el siglo XIX (entre las que se destacan las guerras civiles de 1833-1840 y 1872-1876), participó en la política parlamentaria durante el Sexenio Revolucionario, la Restauración alfonsina y la Segunda República y tomó parte del bando sublevado en la Guerra Civil Española de 1936-1939.

A raíz de la expulsión de España de la familia Borbón-Parma en 1968 tras haber intentado ser reconocida como sucesora a la Corona de España por el General Franco,[3] el carlismo se fue dividiendo en dos sectores claramente diferenciados: uno de ellos, auspiciado por Carlos Hugo de Borbón-Parma (primogénito del pretendiente Don Javier), su hermana María Teresa y una parte de las juventudes carlistas, alegó una renovación del movimiento, reivindicando las libertades democráticas, el federalismo y el socialismo autogestionario, y tomó por nombre Partido Carlista; el otro, partidario de continuar con la doctrina tradicionalista, quedó atomizado en diversos grupos (algunos de los cuales se habían escindido anteriormente del javierismo): Unión Nacional Española, Comunión Tradicionalista, Comunión Católico Monárquica y Unión Carlista, entre otros.[4] Las divisiones de la década de 1970 y el fracaso electoral en las primeras elecciones democráticas supuso la decadencia del carlismo.[5]

En la fragmentación del carlismo fue especialmente decisiva la actitud de aceptación o de rechazo del Concilio Vaticano II, especialmente de la Declaración conciliar Dignitatis humanae a favor de la libertad religiosa[6] .

Introducción

Objetivamente considerado, el Carlismo aparece como un movimiento político. Surgió al amparo de una bandera dinástica que se proclamó a sí misma “legitimista”, y que se alzó a la muerte de Femando VII, en el año 1833, con bastante eco y arraigo popular, [...] se distinguen en él esas tres bases cardinales que lo definen.
a) Una bandera dinástica:
b) Una continuidad histórica:
c) Y una doctrina jurídico-política:

¿QUE ES EL CARLISMO?[7]

Doctrina

Los carlistas formaban el ala tradicional de la sociedad española de la época, englobando a los denominados «apostólicos», tradicionalistas y, sobre todo, a la reacción antiliberal. La lucha entre Isabel II de España, hija de Fernando VII, y Carlos María Isidro, hermano del rey, fue realmente una lucha entre dos concepciones políticas, sociales y de clase. De una parte los defensores del Antiguo Régimen (la Iglesia, la aristocracia, etc.) y de otra los partidarios de las reformas liberales-burguesas, surgidas como consecuencia de la Revolución francesa y de la Revolución industrial, que habían empezado a reorganizar la sociedad, tanto moral como materialmente, especialmente en las clases populares. Así, el carlismo tuvo escasa repercusión en las grandes ciudades, siendo un movimiento predominantemente rural.

Otro aspecto de la disputa transcurría en el terreno religioso, con el deseo de los carlistas de conservar la catolicidad de las leyes y las instituciones, propia de la tradición política española. Los liberales iniciaron un proceso de desamortizaciones (Madoz y Mendizábal) que privaban de terrenos de cultivo a los monasterios, para venderlos en subasta pública a las grandes fortunas, llenando las arcas públicas del estado y de algunos políticos del liberalismo. Iniciaron, también, la quema de conventos y el asesinato de religiosos (1834) y privaron al campesinado de las tierras comunales de los Ayuntamientos, con las que mantenían una economía de subsistencia, obligándoles a engrosar las filas de un incipiente proletariado que, unos años más tarde, sirvió de fermento a las revoluciones socialistas y anarquistas. Así, España se vio reformada en el terreno político, religioso y social muy gravemente. Como consecuencia de ello, apareció la reacción de los sectores tradicionalistas, defensores del viejo orden gremial, y de la Iglesia, ante la política de los nuevos gobiernos liberales que, con la excusa de modernizar el país, estaban abriendo las puertas al capitalismo.

Además, los partidarios del reclamante Carlos alentaban la reinstauración de la totalidad de los fueros de los territorios de las zonas sublevadas (si bien existen discrepancias entre los historiadores respecto si la defensa de los fueros fue un rasgo característico del carlismo desde su origen o si se manifestó ya empezada la Primera Guerra Carlista), aunque, donde surgió por primera vez el carlismo fue en Castilla, y no en las regiones forales.

Así se conformó el ideario carlista: legitimidad dinástica, tradición católica, monarquía confederal y misionera, con derechos forales de las regiones no afectadas por el decreto de Nueva Planta. Su lema: «Dios, Patria, Rey».

Antecedentes

Tras la invasión francesa de 1808 y la ausencia del monarca crean un vacío de poder que es aprovechado por los liberales para tomar el poder en las Cortes de Cádiz y proclamar la Constitución de 1812. En las Indias esto tiene parecidas consecuencias pero se desencadena un levantamiento criollo en pro de la independencia. Aquí se podría catalogar como el primer enfrentamiento entre realistas, favorables al Antiguo Régimen, e independentistas, que influidos por nuevas ideas luchan por la independencia de los virreinatos como repúblicas liberales.[8] [9]

Tras el golpe de estado que trae al Trienio Liberal (1820–1823) se consolida el movimiento de carácter antiliberal y contrarrevolucionario. Sin embargo, el movimiento hundía sus bases ideológicas en el pensamiento español antiilustrado y antiliberal de autores como Fernando de Ceballos, Lorenzo Hervás y Panduro o Francisco Alvarado, enmarcados en una corriente europea de reacción contra el enciclopedismo y la Revolución francesa. La intervención francesa de los Cien Mil Hijos de San Luis que hace por terminar la Guerra Realista donde se enfrentan por primera vez en la península las fuerzas de la tradición con el liberalismo.[10]

Retrato de Fernando VII a caballo. 1829

Durante la segunda restauración absolutista -conocida por los liberales como la "Década ominosa" (1823-1833) y que constituye el último periodo del reinado de Fernando VII- los absolutistas se dividieron entre absolutistas "reformistas" -partidarios de "suavizar" el absolutismo siguiendo las advertencias de la Santa Alianza, cuya intervención militar mediante los Cien Mil Hijos de San Luis había puesto fin en 1823 a la breve experiencia de monarquía constitucional del Trienio Liberal- y los absolutistas "apostólicos" o "tradicionalistas" que defendían la restauración completa de la monarquía católica tradicional, en la que el pueblo estaba representado por las cortes, y el poder del rey estaba por tanto limitado. Los tradicionalistas tenían en el hermano del rey, Carlos María Isidro -heredero al trono porque Fernando VII después de tres matrimonios no había conseguido tener descendencia- a su principal valedor, y por eso comenzaban a ser llamados "carlistas".[11]

Nacimiento

Tras la muerte de su tercera esposa, María Josefa Amalia de Sajonia, Fernando VII anunció en septiembre de 1829 que iba a casarse de nuevo. Según Juan Francisco Fuentes, "es muy posible que las prisas del rey por resolver el problema sucesorio tuvieran que ver con sus dudas sobre el papel que venía desempeñando en los últimos tiempos su hermano don Carlos... Sus continuos achaques de salud y su envejecimiento prematuro -en 1829 tenía tan sólo 45 años- debieron persuadirle de que se le estaba acabando el tiempo. Según su médico, Fernando hizo en privado esta confesión inequívoca: «Es menester que me case cuanto antes»".[12]

La elegida para ser su esposa fue la princesa napolitana María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, sobrina de Fernando y 22 años más joven que él. Se casaron el 10 de diciembre y pocos meses después Fernando VII hacía pública, por medio de la Pragmática Sanción de 1830, la Pragmática aprobada en 1789, al comienzo del reinado de su padre Carlos IV que abolía la Auto acordado de 1713, ley fundamental sucesoria que dispone:

[...] la sucesión de varón en varón en las líneas de Don Felipe V, anteponiendo siempre el varón más remoto a la hembra más próxima, pasando el derecho, una vez extinta la rama mayor de varones agnados, a cada una de las menores de agnados, que, sucesivamente, y a la desaparición de las precedentes, serán primogénitas, y una vez extinta la descendencia agnada de Felipe V, recae el derecho en la hembra más próxima al último varón reinante, hija o hermana, y faltando las hembras o varones de hembra por línea transversal, es decir, ascendiente por el árbol genealógico hasta la primera hembra o varón de hembra que se encuentre, y en defecto de éstos, se acudirá a las hijas de Felipe V y sus descendientes por su orden, suscitándose en la primer hembra que sucediese la agnación rigurosa, como en cabeza de línea y así sucesivamente, y acabadas todas las líneas masculinas y femeninas se llama a los varones de la Casa de Saboya,[nota 1] sin tener en cuenta a la de Austria[13] .

Fernando Polo, ¿Quién es el Rey?

De esta forma Fernando VII intentaba asegurarse que, si por fin tenía descendencia, su hijo o hija le sucederían. A principios de mayo de 1830, un mes después de la promulgación de la Pragmática, se anunció que la reina María Cristina estaba embarazada, y el 10 de octubre de 1830 nació una niña, Isabel, por lo que Carlos María Isidro quedó fuera de la sucesión al trono, para gran consternación de sus partidarios ultrabsolutistas.[14]

Según los carlistas, y la historiografía afín posterior, Fernando VII promulgó "ilegalmente" la Pragmática Sanción de 1789, la cual, aunque había sido aprobada por las Cortes el 30 de septiembre de 1789, en tiempos de Carlos IV, no se había hecho efectiva en aquella época por faltar el mandato imperativo y no figurar cuestión tan grave como el cambio de la ley de sucesión a la Corona en el Orden del Día de las Cortes. Siguiendo este razonamiento afirmaban que, aunque Carlos IV había intentado derogar la Ley Sálica mediante el citado acuerdo de Cortes, la disposición no había sido promulgada, por lo que no había entrado en vigor al faltarle un elemento fundamental para la validez jurídica. El hecho es que la posterior publicación de la "Novísima Recopilación" hacía necesario volver a convocar cortes a tal efecto para modificar la forma de suceder a la Corona, y hacía por tanto imposible "resucitar" el acuerdo de cortes de Carlos IV. Fue Fernando VII quien sancionó mediante Pragmática dicho acuerdo, vulnerando la legislación vigente y lo promulgó en beneficio de su hija, la futura reina Isabel II y en detrimento del que hasta entonces era su heredero, su hermano Carlos María Isidro.

Retrato de Francisco Tadeo Calomarde, por Luis de la Cruz y Ríos (copia de Vicente López).

Los "carlistas" no se resignaron a que la recién nacida Isabel fuera la futura reina e intentaron aprovechar su primera oportunidad con motivo de la enfermedad del rey Fernando, lo que dio lugar a los "sucesos de La Granja" del verano de 1832. El 16 de septiembre de 1832 se agravó la delicada salud del rey Fernando VII que se encontraba convaleciente en su palacio de La Granja (en Segovia) y la reina María Cristina, presionada y engañada por los ministros "ultraabsolutistas” encabezados por Francisco Tadeo Calomarde y por el embajador del Reino de Nápoles, que le aseguraron que el ejército no le apoyaría en su Regencia cuando muriera el rey (e intentando evitar una guerra civil, según su propio testimonio posterior), influyó en su esposo para que revocara la Pragmática promulgada el 29 de marzo de 1830 y que cerraba el acceso al trono a Carlos María Isidro. El día 18 el rey firmó la anulación de la Pragmática de la Ley Sálica, por lo que la ley que impedía que las mujeres pudieran reinar, volvía a estar en vigor. Pero inesperadamente Fernando VII recobró la salud y el 1 de octubre destituye a Calomarde y al resto de los ministros "carlistas" -partidarios de su hermano, y que han engañado a su esposa- y el 31 de diciembre anula el decreto derogatorio que jamás se había publicado (pues el rey lo había firmado con la condición de que no se publicase hasta después de su muerte), pero que los "carlistas" se habían encargado de divulgar. De esta forma Isabel, de dos años de edad, volvía a ser la heredera al trono.[15]

Sin embargo, los carlistas y la historiografía afín posterior narraron estos hechos dándoles completamente la vuelta al afirmar que había sido la esposa del rey María Cristina de Borbón quien había presionado al rey para que "vulnerara la ley", porque estaba "deseosa de coronar a su hija Reina de España". La enfermedad del Rey influyó en la Corte, donde unos y otros, partidarios de Isabel y de Carlos, trataron de que el monarca promulgase o no la norma. Fuera cierto o no que, muy poco antes de morir, había modificado el Rey de nuevo su criterio a instancias del Consejo de Ministros, y posiblemente influido por su hermano, lo cierto es que la reinstauración de la Ley Sálica no se produjo por faltar la obligada sanción y promulgación.

Los carlistas, además de denunciar la ilegitimidad de todo el proceso, sostenían la existencia de este último acto del monarca, y en cualquier caso la nulidad jurídica de la Pragmática, considerando que el Rey pudo haber sido presionado, o bien se ocultó la disposición para que nunca entrase en vigor. Los partidarios de la reina Isabel, por su parte, consideraron inexistente norma válida alguna posterior a la derogación de la Ley Sálica, en su parecer perfectamente válida y, por tanto, la heredera del trono era la hija del monarca, futura reina Isabel. Sea como fuere, alegaban los carlistas y la historiografía afín posterior, el rey había adoptado la decisión sin el concurso de las Cortes.

El nuevo gobierno encabezado como Secretario de Estado por el absolutista "reformista" Francisco Cea Bermúdez y del que han sido apartados los "ultras", inmediatamente toma una serie de medidas para propiciar un acercamiento a los liberales "moderados", iniciando así una transición política que tras la muerte del rey continuará la Regencia de María Cristina de Borbón. Se trata de la reapertura de las universidades, cerradas por el ministro Calomarde para evitar el "contagio" de la Revolución de julio de 1830 en Francia, y, sobre todo, la promulgación de una amnistía el mismo día de su constitución, el 1 de octubre de 1832, que permite la vuelta a España de la mayoría de los liberales exiliados. Además el 5 de noviembre crea el nuevo Ministerio de Fomento, un proyecto reformista boicoteado por los ministros "ultras".[16]

Tropas francas isabelinas llamadas «peseteros» o chapelgorris en
Miranda de Ebro (1835).

A partir de su apartamiento del poder, los "ultraabsolutistas", apoyándose en los Voluntarios realistas, se enfrentan al nuevo gobierno y el propio hermano del rey se niega a prestar juramento como princesa de Asturias y heredera al trono a Isabel -aduciendo que el rey Fernando VII no tenía potestad para promulgar la Pragmática Sanción y que, por tanto, seguía en vigor la Ley Sálica-, por lo que Fernando VII le obliga a que abandone España. Así el 16 de marzo de 1833, Carlos María Isidro y su familia se marchan a Portugal. Unos meses después, el 29 de septiembre de 1833, el rey Fernando VII muere, iniciándose una guerra civil por la sucesión a la Corona entre "isabelinos" -partidarios de Isabel II-, también llamados "cristinos" por su madre, que asume la regencia, y "carlistas" -partidarios de su tío Carlos.[16]

Guerras carlistas

El general carlista Tomás de Zumalacárregui.

En el siglo XIX se produjeron varias insurrecciones de los carlistas contra el gobierno de Isabel II y sucesivos, denominadas en aquella época guerras civiles. Al producirse una nueva insurrección en 1936, que llevó a una guerra más destructiva, se hizo habitual designar como «guerras carlistas» a las del siglo XIX, y reservar el término «Guerra Civil» para la de 1936–1939.

El infante Carlos María Isidro, autoproclamado rey con el
nombre de Carlos V.

Primera Guerra Carlista (1833-1840)

Fue la más violenta y dramática, con casi 200.000 muertos. Los primeros levantamientos en apoyo de Carlos María de Isidro, proclamado rey por sus seguidores con el nombre de Carlos V, ocurrieron a los pocos días de la muerte de Fernando VII, pero fueron sofocados con facilidad en todas partes salvo en el País Vasco, Navarra, Aragón, Cataluña y la Comunidad Valenciana.

Se trataba sobre todo de una guerra civil, sin embargo tuvo su impacto en el exterior: los países absolutistas (Imperio austríaco, Imperio ruso y Prusia) y el Papado apoyaban aparentemente a los carlistas, mientras que el Reino Unido, Francia y Portugal apoyaban a Isabel II, lo que se tradujo en la firma del Tratado de la Cuádruple Alianza en 1834.

General carlista Ramón Cabrera, «el Tigre del Maestrazgo».
Cuadro "Calderote" (Primera Guerra Carlista) por Augusto Ferrer-Dalmau.

Ambos bandos contaron con grandes generales (Zumalacárregui y Ramón Cabrera en el bando carlista, y Espartero en el bando isabelino, lo que se tradujo en un conflicto arduo y prolongado). Pero el agotamiento carlista llevó a que una parte de ellos, los Moderados dirigidos por el general Rafael Maroto se dividieran y buscasen un acuerdo con el enemigo. Las negociaciones entre Maroto y Espartero culminaron en el Abrazo de Vergara en 1839 que marcaba el fin de la guerra en el norte del país. Sin embargo, Cabrera resistió en el Levante casi un año más.

Segunda Guerra Carlista (1846–1849)

Carlos VI, hijo de Carlos V y padre de Carlos VII, fue pretendiente carlista tras
su padre al trono español.

No fue tan dramática como la primera y tuvo un impacto mucho menor. El conflicto se prolongó de forma discontinua entre 1849 y 1860. Su principal campo de batalla fueron las zonas rurales de Cataluña, aunque hubo algunos episodios en Aragón, Navarra y Guipúzcoa. En 1845 el Infante don Carlos había abdicado en favor de su hijo Carlos Luis de Borbón, conde de Montemolín, que toma el nombre de Carlos VI, como pretendiente a la corona. Al mando del general Cabrera, la contienda se caracteriza por acciones guerrilleras que no consiguen resultado, haciendo que Cabrera tenga que cruzar la frontera, si bien algunos focos resistieron hasta 1860 en acciones más propias del bandolerismo.

Tercera Guerra Carlista (1872–1876)

La tercera guerra carlista se inició con el levantamiento armado de los partidarios de Carlos VII (en 1868 el pretendiente publicó un manifiesto en el que exponía sus ideas, entre ellas la de constituir unas Cortes de estructura tradicional y promulgar una Constitución o carta otorgada, así como realizar una política económica proteccionista) sobre la monarquía de Amadeo I y después contra Alfonso XII, hijo de Isabel II, proclamado rey por el general Martínez Campos en Sagunto.

Los principales escenarios de conflicto de esta guerra fueron las zonas rurales de las Vascongadas, Navarra y Cataluña, y con menor repercusión en zonas como Aragón, Valencia y Castilla.

Este nuevo conflicto fue uno de los factores que desestabilizaron la monarquía constitucional de Amadeo I y la primera República.

La guerra finalizó en 1876 con la conquista de Estella, la capital carlista y la huida a Francia del pretendiente. Hubo algunos intentos posteriores de sublevación, aprovechando el descontento por la pérdida de las posesiones ultramarinas en 1898, pero no tuvieron éxito.

Del fin de las guerras carlistas a la guerra civil de 1936

Carlos VII

El pretendiente Carlos VII, en un dibujo de la revista británica Vanity Fair de 1876.

En 1879 Cándido Nocedal, como representante del pretendiente en España, reorganizó el carlismo enfatizando su carácter de movimiento católico y apoyándose en una red de periódicos afines que efectuaron una política muy agresiva, lo cual le enfrentó con sectores carlistas que formaron la Unión Católica, grupo dirigido por Alejandro Pidal, que acabó uniéndose con los conservadores de Antonio Cánovas del Castillo.

Tras la muerte de Cándido Nocedal el pretendiente asumió la dirección del partido para evitar enfrentamientos, pero en 1888 acabó expulsando a Ramón Nocedal, hijo de Cándido y heredero de su pensamiento, que creó un partido integrista, de pequeño tamaño pero con mucha influencia en círculos radicales, el Partido Católico Nacional.

A partir de 1890 Enrique de Aguilera y Gamboa estuvo al frente del carlismo, reconstruyéndolo como un moderno partido de masas, centrado en asambleas locales, llamadas Círculos, que llegaron a ser cientos en toda España y con más de 30.000 asociados en 1896. Esas asambleas fueron copiadas por otras fuerzas políticas; además de la actividad política, realizaban acciones sociales, lo que llevó al carlismo a una participación activa de oposición al sistema político de la Restauración. Esta formación conseguiría 5 diputados en 1891, 7 en 1893, 10 en 1896, 6 en 1898, 2 en 1899, participando en coaliciones como Solidaridad Catalana en 1907, junto con regionalistas, integristas y republicanos.

A partir de 1893 Juan Vázquez de Mella se convierte en el líder parlamentario y principal ideólogo del carlismo, teniendo una amplia influencia en el pensamiento tradicionalista español.

En 1895, Sabino Arana y su hermano, evolucionan desde el carlismo hasta el nacionalismo vasco, reclamando los fueros de los territorios vascos, fundando el Partido Nacionalista Vasco (PNV), que acusaría al Partido Carlista de "españolista"..

Con la pérdida de las colonias en 1898 los carlistas sopesan una acción insurreccional que no llegó a producirse debido a la defección del General Weyler,[17] y en 1899 el Marqués de Cerralbo tuvo que dimitir y expatriarse, aunque en octubre de 1900 se levantaron algunas partidas en la Sublevación Carlista del 1900 en Badalona sin autorización de los jefes carlistas. Ello llevó al carlismo a una crisis y al cierre de círculos y publicaciones por parte de las autoridades.

Don Carlos había designado como delegado en 1899 a Matías Barrio y Mier, Catedrático de la Universidad Central y diputado por Cervera de Pisuerga. Barrio prefería el tacto político y logró la reconciliación del Marqués de Cerralbo y Juan Vázquez de Mella con Don Carlos, que se materializó en la candidatura de Vázquez de Mella por Barcelona.

En las elecciones de 1901 el carlismo consiguió 6 diputados, 7 en 1903, 4 en 1905 y 14 en 1907 gracias a la participación en Solidaridad Catalana. A partir de entonces comenzaron los aplecs carlistas, que movilizaron grandes masas, y muchos nuevos títulos de prensa carlista que propagaron la doctrina del partido. También empezó a haber buenas relaciones entre el líder del Partido Integrista, Ramón Nocedal, y Vázquez de Mella, desapareciendo el enfrentamiento entre las dos formaciones tradicionalistas.

Jaime III

El 18 de julio de 1909 muere el pretendiente Carlos VII y será su hijo Jaime de Borbón, con el nombre de Jaime III, quien asume el puesto de pretendiente legitimista. A partir de entonces, el movimiento abandona oficialmente el apelativo de carlista y empieza a llamarse jaimista o simplemente tradicionalista o legitimista. Ese mismo año había fallecido también el delegado Barrio y Mier, que fue sustituido por el diputado navarro Bartolomé Feliu, a quien Don Jaime mantuvo en el cargo.

En 1910 los jaimistas ocuparon 4 escaños y en 1914 quedaron reducidos a tan sólo 2. Entre 1912 y 1918 una junta presidida por el Marqués de Cerralbo ostentó la jefatura del partido. Por entonces comenzó a organizarse el requeté como una organización juvenil del partido, bajo la dirección de Joaquín Llorens y Fernández de Córdoba.

Durante la Primera Guerra Mundial Jaime vivió bajo arresto domiciliario en el Imperio austrohúngaro por su apoyo a Francia y a los aliados, sin casi comunicación con la dirección política jaimista en España, que seguía encabezando Vázquez de Mella, con un carácter germanófilo. Tras la derrota de los imperios centrales, Vázquez de Mella, Cerralbo, Pradera y otros líderes jaimistas, conocidos como mellistas, dejaron el partido en 1919 y se organizaron en el Partido Católico Tradicionalista.

Los jaimistas bajo el liderato directo del pretendiente evolucionaron hacia posturas "sociedalistas", al modo de Péguy o el distributismo inglés. Incluso Jaime III llegó a definirse como socialista, inspirándose en la doctrina social de la Iglesia Católica, y renovando su foralismo en clave confederal. En 1919 los jaimistas consiguieron 3 escaños en el Congreso. En 1919 el carlismo tuvo un importante papel en la fundación de los Sindicatos Libres (sindicalismo católico).

En 1919 el aragonés Pascual Comín y Moya fue nombrado representante de Don Jaime con el título de Secretario. Aunque el prestigio de Comín permitió que el partido no se desmoronara por completo y que fuertes núcleos se mantuvieran fieles, mantuvo su cargo por poco tiempo. Don Jaime necesitaba a alguien de menor edad para la ardua labor de reorganización, de manera que en 1919 fue designado Secretario General Luis Hernando de Larramendi, abogado, escritor y orador que se había destacado en la Juventud Tradicionalista de Madrid. Hernando de Larramendi comenzó a reorganizar el movimiento con grandes dificultades, ya que entre los mismos leales a Don Jaime había enfrentamientos. En la Junta de Biarritz, pudo presentar la estructura reconstituida de la Comunión Tradicionalista y su actividad le permitió reunir a elementos disgregados, aunque el partido ya no tenía la fuerza de los años anteriores. Las minorías parlamentarias jaimistas quedaron reducidas a unos pocos diputados y senadores. Al finalizar la dirección de Hernando de Larramendi en 1922, el movimiento había disminuido su volumen, pero contaba con unas juventudes llenas de entusiasmo, particularmente en las regiones donde la escisión mellista había hecho menos estragos, Cataluña y Navarra.

José Selva y Mergelina, Marqués de Villores, nuevo secretario de Don Jaime en 1922, centralizó la dirección de la Comunión desde Valencia, donde residía. Gracias a su labor logró hacer renacer el movimiento en la Región Valenciana, pero la Dictadura de Primo de Rivera, junto con el período prerrevolucionario que desembocó en la proclamación de la Segunda República en 1931, le proporcionaron nuevas dificultades. No obstante, la gran actividad del Marqués de Villores permitió reorganizar el partido en Guipúzcoa, Vizcaya y la Rioja.

El carlismo llegaba muy debilitado al comienzo del periodo republicano. Desde 1931 adoptó una posición definida contra la Segunda República, formando una alianza electoral con el PNV, la Lliga Regionalista y pequeños partidos de la derecha, consiguiendo 7 diputados en las Cortes Constituyentes. El pretendiente Jaime celebró conversaciones con Alfonso XIII para la reunificación de sus ramas de la casa de Borbón, con la propuesta de establecer a Jaime como jefe de la casa de Borbón a cambio de que nombrara heredero al infante Juan, hijo de Alfonso XIII. Las negociaciones terminaron bruscamente con la muerte de Jaime a consecuencia de una caída de caballo el 2 de octubre de 1931.

Alfonso Carlos I

Alfonso Carlos de Borbón, que tomó el nombre de Alfonso Carlos I, rechazando ser Alfonso XII

El único heredero directo era Alfonso Carlos de Borbón, hermano de Carlos VII, de 82 años, que tomó el nombre de Alfonso Carlos I en memoria de su hermano y reorganizó el 11 de enero de 1932 el movimiento carlista como Comunión Tradicionalista –nombre que venía usándose junto con otros desde finales del siglo XIX–, de modo que se acercaron las tres ramas del carlismo: la rama jaimista del Conde de Rodezno, la rama integrista de Juan de Olazábal Ramery y la rama mellista de Víctor Pradera.[18] [19] El anticlericalismo de la Segunda República Española propició la reunificación con los mellistas y los integristas en un sólo partido tradicionalista, al que se unieron otros movimientos católicos que temían una república laicista. Alfonso Carlos creó la Junta Suprema de la Comunión Tradicionalista en la que había representación de origen jaimista, integrista y mellista.

El Marqués de Villores falleció en 1932, cuando las campañas de propaganda tradicionalistas habían extendido la vitalidad de la Comunión por todas las regiones de España. Los diputados de la minoría parlamentaria alcanzada ese año por la Comunión Tradicionalista fueron Joaquín Beunza, el Conde de Rodezno, José María Lamamié de Clairac, Julio de Urquijo, Ricardo Gómez Rojí, Francisco Estévanez Rodríguez, Marcelino Oreja Elósegui y José Luis Oriol, una minoría solamente comparable a la de 1869.

Tras el fallecimiento del marqués de Villores, le sucede el conde de Rodezno.[20] De esta forma, el carlismo entró en una fase de expansión, aumentando la actividad y el número de los círculos o creándose secciones femeninas (las «Margaritas»). La Comunión Tradicionalista tuvo un importante respaldo en el País Vasco, Navarra, Cataluña y también en Andalucía, donde destacó rápidamente el abogado Manuel Fal Conde, que provenía del integrismo.

Los carlistas apoyaron el intento de golpe de estado del general Sanjurjo, -quien también venía de familia carlista- el 10 de agosto de 1932 y sus juventudes tuvieron serios enfrentamientos con los partidos de izquierda. Además, a pesar del apoyo inicial de algunos carlistas al Estatuto de Cataluña, el partido acabó por oponerse a él. Los carlistas del Álava y Navarra también se opusieron al estatuto vasco, rompiendo sus relaciones con el PNV.

En las elecciones legislativas de 1933 participaron dentro de las candidaturas de derechas, consiguiendo 21 diputados, pero la alianza radical-cedista y la amenaza marxista empujó a la Comunión Tradicionalista a una posición de extrema derecha, provocando la radicalización de sus bases.

Tras un fallido intento de aproximación con el destronado rey Alfonso XIII,[21] y la divergencia de intereses con el conde de Rodezno, por su estrategia de aproximación a Alfonso XIII, Alfonso Carlos suprimió la Junta y designó en mayo de 1934 al abogado Manuel Fal Conde como Secretario General de la Comunión Tradicionalista, más combativo y hostil al acercamiento a los alfonsinos. Ese mismo año, Fal Conde organizó el Acto del Quintillo, demostración de fuerza del carlismo andaluz, frente a la denostada República. Los periódicos tradicionalistas, especialmente El Siglo Futuro lo compararon entonces con el caudillo carlista navarro Tomás de Zumalacárregui. Gracias a la labor de Fal Conde, el carlismo andaluz, sin tradición hasta entonces, consiguió un enorme auge, llegando a ser conocida Andalucía como la "Navarra del Sur", con cuatro diputados tradicionalistas electos por la región: Miguel Martínez de Pinillos Sáenz, Juan José Palomino Jiménez, Domingo Tejera de Quesada y el obrero Ginés Martínez Rubio.

Durante 1934 Fal Conde organizó los aspectos referidos a juventud, prensa, propaganda, hacienda y Requeté. A partir de los sucesos revolucionarios de octubre de 1934, los carlistas pasaron a la conspiración y a la acción directa en contra de la República. El hecho que la única salida posible al régimen republicano era la insurrección armada lo que se manifestó en la reorganización del Requeté.[22]

Ante el proceso de acercamiento con los alfonsinos, un sector del carlismo denominado Núcleo de la Lealtad cuyo periódico era El Cruzado Español propugnó que estando las demás ramas borbónicas inhábiles de acuerdo al tradicionalismo, y de acuerdo a la pragmática de 1713 los derechos dinásticos corresponderían por vía femenina a la hija mayor de Carlos VII, lo que fue desautorizado por Alfonso Carlos.[23] [24] Pero dada la elevada edad de Alfonso Carlos, no tener decendencia y tras haber roto sus opciones con los alfonsinos, el pretendiente se reafirmó en sus posiciones antiliberales y designó para ser regente a su sobrino político Javier de Borbón-Parma en enero de 1936,[25] falleciendo por un accidente el 29 de septiembre de 1936.

Guerra civil española

Variante del escudo vigente durante el periodo de la Restauración en el que se incorporó el Sagrado Corazón de Jesús. Este escudo fue muy utilizado por el Carlismo durante la Guerra Civil y los años inmediatamente posteriores a esta.[26]

En las elecciones de 1936 los tradicionalistas participaron en coaliciones de derecha con partidos como la CEDA y la Lliga Catalana en el Frente Nacional Contrarrevolucionario y el Frente Catalán de Orden y obtuvieron 15 escaños. Los carlistas rompieron con los alfonsinos en abril de 1936 y prepararon su propio levantamiento armado contra la República, bajo la dirección de Manuel Fal Conde, que había conseguido aumentar espectacularmente la influencia del carlismo en Andalucía, y de José Luis Zamanillo, delegado nacional del Requeté (milicias armadas del carlismo), que habían formado la Junta Suprema Militar Carlista.

Sin embargo, tras largas negociaciones acabaron sumándose al que preparaba el ejército y que daría lugar a la Guerra Civil española, en la que participaron unidades de voluntarios carlistas, agrupados en Tercios de Requetés, los cuáles tuvieron una actividad destacada. Así el Requeté, se unió al pronunciamiento del 18 de julio de 1936 junto con las milicias de Falange Española de las JONS y combatió en la Guerra Civil, llegando a integrar a más de 60.000 combatientes voluntarios[27] repartidos en 67 tercios.[28] . Bajo el mando del general Mola formaron una columna que trató de tomar Madrid, no siendo detenida hasta el puerto de Navacerrada. Sin embargo, ya desde el comienzo de la guerra los carlistas, y en especial su líder Manuel Fal Conde, tuvieron serias divergencias con la jefatura de la sublevación. Entretanto, a la muerte del pretendiente Alfonso Carlos el 29 de septiembre de 1936 Javier de Borbón-Parma asumió la regencia, tal como había dispuesto el pretendiente. La Comunión Tradicionalista desapareció formalmente en 1937 como consecuencia del Decreto de Unificación que fundió la Falange y Comunión Tradicionalista en un partido único denominado Falange Española Tradicionalista de las JONS, posteriormente conocido como Movimiento Nacional.

Fal Conde tuvo que exiliarse a Portugal tras pretender crear una Real Academia Militar carlista, en la que formar política y militarmente a los oficiales del requeté. Desde su exilio portugués se opuso al Decreto de Unificación, sin resultados:

«... No se había olvidado de los carlistas. Franco en persona invitó a Fal Conde, el jefe carlista exiliado en Lisboa, a formar parte del Consejo Nacional de FET, en noviembre de 1937. Fal Conde no aceptó y el ofrecimiento fue retirado definitivamente el 6 de marzo de 1938. El conde de Rodezno, que seguía en importancia a Fal Conde entre los carlistas, fue nombrado, a pesar de todo, Ministro de Justicia...»[29]

El carlismo se mantuvo dividido, un grupo más intransigente liderado por Fal Conde, con respaldo del regente Javier de Borbón, y otro más identificado con los militares sublevados y falangistas, encabezado por el conde de Rodezno. La unificación impuesta por Franco en abril de 1937 con la Falange Española, en contra de la opinión de Fal Conde y del regente, contó con la aceptación de la mayor parte de los carlistas en el frente,[30] especialmente el apoyo del carlismo navarro y de parte del vasco, que apoyaba al conde de Rodezno.[31] El regente expulsó de la Comunión Tradicionalista a los que aceptaron puestos en el nuevo partido único, la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, y tras una entrevista con Francisco Franco, fue expulsado de España, estableciéndose en Francia.

La unificación terminó con el carlismo como partido legal, aunque no como fuerza política, y aunque perdió sus periódicos y edificios, mantuvo una cierta influencia en el gobierno franquista, a través del Ministro de Justicia, que era el conde de Rodezno, al tiempo que los carlistas manifestaban su disgusto con la ideología parafascista que predominaba en la FET y de las JONS. Con la ocupación alemana de Francia, los nazis detuvieron al regente Javier de Borbón-Parma y lo trasladaron al campo de concentración de Natzweiler y luego, ante el avance de los aliados, al de Dachau hasta su liberación.

El carlismo durante el franquismo

Escudo que establece Javier I de Borbón como símbolo de la causa carlista y la Familia Real incorporando en un escusón el Corazón Inmaculado de María en 1942.

Durante el franquismo, el carlismo que había sido oficialmente "integrado" en el Movimiento Nacional, quedó relegado frente a la Falange, y en la práctica perseguido, con detenciones, cierres de círculos y confiscación de publicaciones y rotativos. Al mismo tiempo, el carlismo tuvo su propia crisis dinástica interna.[32] Tras el regreso de Fal Conde a España, prohibió el alistamento de carlistas en la División Azul, lo que provocó que las autoridades le confinasen en Ferrerías (Menorca) durante unos meses.

En 1943 el grupo heredero del Núcleo de la Lealtad (o carlo-octavistas) encabezados por Jesús de Cora, y con cierto apoyo dentro del régimen franquista, reconoció al archiduque Carlos de Habsburgo-Lorena y Borbón como rey con el nombre de Carlos VIII, nieto de Carlos VII por vía femenina. La organización conocida como Comunión Carlista fue liderada por Jesús de Cora y Carlos VIII obtuvo el apoyo del régimen franquista para crear disidencias entre los monárquicos. Tras el fallecimiento del archiduque en 1953, sus partidarios intentaron revivir el movimiento con sus hermanos, pero en vano. En 1986, lo que quedaba de Comunión Carlista se integraría en la Comunión Tradicionalista Carlista.

Durante la posguerra, la Comunión Carlista tuvo una existencia marginal y falta de liderazgo efectivo. Javier de Borbón-Parma regresó en diversos momentos a España, siendo en todas ellas expulsado por las autoridades franquistas por su actividad política. Finalmente en 1952, don Javier asume formalmente la sucesión de Alfonso Carlos debido a las presiones de los dirigentes del carlismo para poner fin a la regencia, proclamándose rey con el nombre de Javier I. A partir del 11 de agosto de 1955, con el cese de Fal Conde y la asunción de la jefatura carlista por Javier, se nombra una junta presidida por José María Valiente, que realizó una política de colaboración con el régimen.[33]

La falta de liderazgo e indecisiones de Javier de Borbón produjo nuevas divisiones:

  • El 20 de diciembre de 1957 unos 50 dirigentes carlistas, dirigidos por Luis Arellano y José María Arauz de Robles, visitaron a Juan de Borbón en Estoril para reconocerlo como rey. Previamente en 1946, el conde de Rodezno ya había hecho una aproximación a Juan de Borbón del que salieron las Bases de Estoril.[34] Las facciones javieristas y juanistas se enfrentarían en Montejurra desde 1958.[32]
  • En 1958 Mauricio de Sivatte, expulsado del carlismo en 1950, estableció un grupo bajo el nombre de «Regencia Nacional y Carlista de Estella» (RENACE) de carácter antifranquista y tradicionalista. Sivatte consiguió arrastrar inicialmente a gran parte de los carlistas catalanes, pero casi todos sus partidarios lo abandonaron en 1964 para volver a reintegrarse en el carlismo que lideraban Don Javier y su hijo Carlos Hugo. En 1986, se integró en la Comunión Tradicionalista Carlista.

El carlismo ante el Concilio Vaticano Segundo

Al iniciarse el Concilio Vaticano Segundo y hacerse visibles las nuevas tendencias modernistas en el seno de la Iglesia que promovían el principio de libertad de cultos, el jefe delegado de la Comunión Tradicionalista José María Valiente, junto con la dirección del partido, redactaron en 1963 un manifiesto en defensa de la Unidad Católica de España en nombre del rey Javier.[35]

Manuel Fal Conde, predecesor de José María Valiente, también trató de evitar la declaración de libertad religiosa del Concilio, ya que la unidad católica de España constituía una de las principales reivindicaciones históricas del carlismo, iniciando una Cruzada de oraciones y de misas y convocando un concurso para premiar un libro sobre la unidad católica como fundamento político-social de España, que ganaría en 1965 Rafael Gambra.

La promulgación final el 7 de diciembre de 1965 de la declaración Dignitatis humanae por parte de la Iglesia supuso un fuerte revés para la dirección de la Comunión Tradicionalista, que se vio privada de parte de su sostén ideológico en la doctrina católica.

El carlismo socialista autogestionario y la división ideológica del movimiento

Después de 1965 comenzó la etapa de profundo cambio ideológico de una parte del carlismo, impulsado por sectores de la organización universitaria AET y la obrera MOT influidos por los cambios producidos en la Iglesia Católica a raíz del Concilio Vaticano II. Se gesta así un giro hacia la izquierda que se vio refrendado por el ascenso de José María de Zavala a la secretaria general del carlismo en 1966. Y este año, grupos carlistas apoyaron la convocatoria por parte de ETA del Aberri Eguna en Irún y en la celebración del tradicional acto de Vía Crucis de Montejurra el 8 de mayo, durante el acto político celebrado en la plaza de los Fueros de Estella, el procurador en Cortes y dirigente carlista, José Ángel Zubiaur, exigió la anulación del Decreto de Derogación del Concierto Económico de Vizcaya y Guipúzcoa siendo recibido con una atronadora ovación.[36] Estos planteamientos de claro apoyo al foralismo en todo el territorio nacional e incluso de acercamiento al nacionalismo vasco por ciertos sectores eran un claro desafío al régimen franquista, por lo que este poco a poco fue endureciendo su posición respecto a estos sectores del carlismo.

Ante la designación de Juan Carlos de Borbón como sucesor de Franco y la expulsión de España en 1968 de Carlos Hugo y Javier, una parte de la Comunión Tradicionalista, con Carlos Hugo a la cabeza, aceleró su cambio ideológico al socialismo autogestionario,[37] [38] en medio de una profunda división entre la militancia entre tradicionalistas y partidarios del cambio, que culminaría con la expulsión de José María Valiente.[39] En 1971 la junta de gobierno carlohuguista reconoció abiertamente su oposición al régimen franquista y el en Congreso del Pueblo Carlista se cambió la denominación de Comunión Tradicionalista por la de Partido Carlista, abandonando el calificativo de tradicionalista que definía a los carlistas desde hacía un siglo. Incluso hubo intentos de lucha armada dentro del nuevo carlismo de izquierdas protagonizados por los Grupos de Acción Carlista (GAC), que atentaron contra el periódico carlista tradicionalista El Pensamiento Navarro. En el congreso federal de 1972, el Partido Carlista se definió como un partido de masas, de clase, democrático, socialista y monárquico federal.[40] El nuevo Partido Carlista se incorporó a la Junta Democrática de España y después de abandonarla a la Plataforma de Convergencia Democrática.

Poco después de que el pretendiente don Javier sufriera un accidente de automóvil, este otorgó plenos poderes a su hijo, Carlos Hugo de Borbón-Parma, para dirigir el partido, y el 20 de abril de 1975 abdicó en él. Durante estos años, el Secretario Federal de Organización del Partido Carlista fue el periodista Carlos Carnicero. Un sector del carlismo encabezado por Raimundo de Miguel, Juan Sáenz-Díez y José Arturo Márquez de Prado no reconoció a Carlos Hugo como rey por no aceptar este el ideario tradicional de Dios, Patria, Fueros y Rey, y en julio de 1975 se separó formalmente del Partido Carlista reactivando la Comunión Tradicionalista,[40] con fuerza en Sevilla, Valencia y otras zonas, pero que no pudo atraerse a los sectores tradicionalistas escindidos del carlismo con anterioridad, como la RENACE. Otra parte de los carlistas disconformes con la postura de Carlos Hugo habían formado partidos como la Unión Nacional Española, que reconoció a Juan Carlos como rey tradicionalista, Partido Social Regionalista (Unión Institucional) o se integraron en partidos franquistas como Fuerza Nueva.

El carlismo durante la Transición

El cambio ideológico de Carlos Hugo fue uno de los factores que produjo el retraimiento progresivo de la base popular carlista, que ya no sabía a qué atenerse.[41] Los carlistas de mayor edad y los excombatientes requetés, junto con los jóvenes tradicionalistas, dejaron de participar en la concentración anual de Montejurra (Vía Crucis instituido en memoria de los requetés muertos en la Guerra Civil),[42] como constata el gran descenso en el número de participantes (de casi 100.000 en la década de 1960 a unos 5.000 a inicios de los 70).[43]

Tras la muerte de Franco, un sector carlista partidario de continuar el ideario tradicionalista se reunió entorno a Sixto de Borbón, hermano de Carlos Hugo, e intentaron organizar un carlismo tradicionalista alternativo al nuevo Partido Carlista, con una fuerte colaboración de Fuerza Nueva, llegando sus seguidores a enfrentarse con los carlistas fieles a Carlos Hugo en la concentración anual del carlismo en Montejurra en 1976, en lo que comúnmente se denominó como los «Sucesos de Montejurra» y que se saldaron con la muerte a balazos de dos partidarios de Carlos Hugo (Ricardo García Pellejero y Aniano Jiménez Santos) y varios heridos. En sentencia de la Audiencia Nacional de 5 de noviembre de 2003 se reconoció a los dos asesinados como «víctimas del terrorismo», remitiéndose a la Sentencia dictada por el Tribunal Supremo de 3 de julio de 1978, siéndole entregada a una de sus viudas la Medalla de Oro de Navarra. Los responsables de estos hechos se beneficiaron de la amnistía de 1977 y quedó extinguida su responsabilidad penal.

Emblema del Partido Carlista.

Por su parte, el brazo armado del nuevo Partido Carlista liderado por Carlos Hugo, los llamados Grupos de Acción Carlista, fue desarticulado por la policía en 1972, algunos de cuyos miembros acabaron ingresando en ETA.[44] En 1978 ETA asesinó a José María Arrizabalaga, jefe de la Juventud de la Comunión Tradicionalista en Vizcaya, como represalia por los sucesos de Montejurra y con el objetivo de neutralizar al carlismo tradicionalista en el País Vasco y Navarra.

A la llegada de la Transición, el Partido Carlista, que tenía 8.500 militantes en 1977, no pudo participar en las primeras elecciones al parlamento español, por no llegarle el reconocimiento a tiempo, lo que no impidió que pidiera el voto positivo para la Constitución de 1978. Sin embargo, una parte importante de los militantes y simpatizantes del partido optaron por entrar en movimientos nacionalistas y regionalistas de izquierdas. Carlos Hugo dimitió de sus cargos y causó baja en el Partido Carlista en 1980, aunque sin renunciar a sus derechos dinásticos a la corona de España.

La Comunión Tradicionalista reconstituida fue legalizada en 1977 y se presentó a las elecciones generales de 1979 junto con Fuerza Nueva en la coalición Unión Nacional, obteniendo un diputado.

Víctimas tradicionalistas de ETA en la Transición

Las personas enumeradas a continuación son algunas de las víctimas carlistas de la banda terrorista ETA, asesinadas o heridas gravemente, durante la Transición:[45]

  • Víctor Legórburu Ibarreche: (+ 9 de febrero de 1976).

Alcalde de Galdácano, de ideas tradicionalistas.

  • Esteban Belderrain Madariaga: (+ 16 de marzo de 1978).

Exteniente de alcalde de Castillo y Elejabeitia (Artea, Vizcaya), era cobrador de la autopista Bilbao-Behobia. Dispuesto a organizar el carlismo en Arratia, colaboraba también con Fuerza Nueva.

  • Javier Jáuregui Bernaola: (+ 8 de julio de 1978).

Dueño de un bar y juez de paz de Lemona. Colaboraba con los tradicionalistas. En determinados días colocaba la bandera española en la puerta de su bar.

  • Elías Elexpe Astondoa: (+ 25 de noviembre de 1978).

Taxista de Amorebieta. Era tradicionalista.

  • José María Arrizabalaga Arcocha: (+ 27 de diciembre de 1978).

Jefe de las Juventudes Tradicionalistas de Vizcaya. Asesinado en Ondárroa.

  • Jesús Ulayar Liciaga: (+ 27 de enero de 1979).

Alcalde de Echarri-Aranaz (Navarra) de raíces tradicionalistas.

  • Luis María Uriarte Alzáa: (+ 5 de octubre de 1979).

De conocida familia carlista de Durango. Fue alcalde de Vedia y por ello perteneció al Consejo Provincial del Movimiento.

  • Eloy Ruiz Cortadi: (herido grave el 16 de marzo de 1976).

Hijo del capitán del Tercio de Begoña, Eloy Ruiz Aramburu, era el cabeza de los carlistas vizcaínos que reconocieron a Don Juan. Lo tirotearon en Portugalete cuando iba a dejar a su novia en casa, en su coche Mini Morris. Se exilió a Galicia.

Formaciones carlistas en la actualidad

Carlistas tradicionalistas en el santuario Santa María del Collell, San Miguel de Campmajor (Gerona), 1986

Después de la Transición Española el carlismo, ya sin posibilidades reales de influencia en el gobierno o de establecer a corto o medio plazo una monarquía según sus principios, pasó de ser un movimiento de masas a un movimiento muy minoritario compuesto por "leales".

El carlismo de izquierdas continuó con el Partido Carlista al que está federado en Navarra y País Vasco el Partido Carlista de Euskalherria / Euskal-Herriko Karlista Alderdia (EKA), inscrito en el Registro de Asociaciones Políticas, del Ministerio del Interior, que aprobó sus Estatutos el 21 de julio de 2000 (Tomo IV, Folio 334), con el lema «Libertad, Socialismo, Federalismo y Autogestión». Inicialmente fue denominado por influencia de la terminología aranista Euskadiko Karlista Alderdia. Sigue celebrando todos los años el acto de Montejurra el primer domingo de mayo. En el año 2000 comenzó un proceso de reconstrucción del partido y se presentó a las elecciones municipales de 2003 en varios municipios navarros, obteniendo representación en muy pocos ayuntamientos.

En el «Congreso de la Unidad Carlista», celebrado en 1986 en San Lorenzo de El Escorial, se unificaron varios grupos tradicionalistas, entre ellos la reconstituida Comunión Tradicionalista, creando la Comunión Tradicionalista Carlista (CTC),[46] que se proclamó heredera y continuadora de la historia, doctrina y pensamiento monárquico y político del carlismo. Esta formación (CTC), que actualmente no reconoce a ningún pretendiente, concurrió a las elecciones al Parlamento Europeo de 1994, obteniendo en toda España 5.226 votos (0,03%), y obtuvo 25.000 votos en toda España en sus candidaturas al Senado en 2004 y 45.000 votos en sus candidaturas al Senado en las elecciones generales de 2008 también en toda España.

La deriva[cita requerida] de la Comunión Tradicionalista Carlista hizo que algunos elementos procedentes de la anterior Comunión Tradicionalista se desligaran de este conjunto y así, en enero de 2001, Sixto Enrique de Borbón, publicó un manifiesto llamando al reagrupamiento de los carlistas, a consecuencia del cual sus seguidores comenzaron a desarrollar cierta actividad, reactivando la Comunión Tradicionalista (CT), al margen de la Comunión Tradicionalista Carlista (CTC), y en torno a una Secretaría Política dirigida por Rafael Gambra Ciudad y, tras la muerte de éste, por Miguel Ayuso Torres. En 2010 asumió su Jefatura Delegada José Miguel Gambra.

En la actualidad, Sixto de Borbón y el hijo de Carlos Hugo, Carlos Javier, son los pretendientes al trono de España.

Caricatura del carlismo de La Flaca, con personajes e ideales: «Dios, Patria y Rey».

Pretendientes carlistas

Símbolos

  • Lema tradicional: Dios, Patria y Rey

(el Partido Carlista (1971) utiliza el eslogan de Libertad, Socialismo, Autogestión, Federalismo).

Notas

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  2. Canal, Jordi (2005). «Dossier: El rompecabezas carlista. Carlismo y contrarrevolución». La Aventura de La Historia (77): 48. 
  3. Caspistegui, Francisco Javier (1997). El naufragio de las ortodoxias: el carlismo, 1962-1977. EUNSA. p. 189. 
  4. Caspistegui, Francisco Javier (1997). El naufragio de las ortodoxias: el carlismo, 1962-1977. EUNSA. p. XIV. 
  5. Caspistegui, Francisco Javier (1997). El naufragio de las ortodoxias: el carlismo, 1962-1977. EUNSA. p. XIII. 
  6. Santa Cruz, Manuel. «Apuntes y Documentos para la Historia del Tradicionalismo español 1939-1966». 
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  10. Gambra Ciudad, Rafael (2006). La primera guerra civil de España (1821-1823): historia y meditación de una lucha olvidada (en castellano). Buenos Aires: Nueva Hispanidad, Ediciones. p. 153. ISBN 9789871036400. 
  11. Fuentes, Juan Francisco (2007). El fin del Antiguo Régimen (1808-1868). pp. 81-87. 
  12. Fuentes, Juan Francisco (2007). ídem. p. 88. 
  13. Polo, Fernando (1968). «Capítulo VI el modo de suceder en la Corona, p. 60». ¿Quién es el rey?: la actual sucesión dinástica en la monarquía española (en castellano). Sevilla: Editorial Tradicionalista. 
  14. Fuentes, Juan Francisco (2007). ídem. pp. 88-89. 
  15. Fuentes, Juan Francisco (2007). ídem. pp. 89-90. 
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  25. Redondo, Gonzalo (1993). Historia de la Iglesia en España, 1931-1939: La Segunda República, 1931-1936. Ediciones Rialp. p. 305. ISBN 84-321-2984-4. 
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Véase también

Bibliografía

Enlaces externos