Jaime de Borbón y Borbón-Parma

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Jaime III de Borbón
Duque de Madrid, Pretendiente carlista al trono de España
Don Jaime de Borbón.jpg
Información personal
Nombre secular Jaime Pío Juan Carlos Bienvenido Sansón Pelayo Hermenegildo Recaredo Álvaro Fernando Gonzalo Alfonso María de los Dolores Enrique Luis Roberto Francisco Ramiro José Joaquín Isidro Leandro Miguel Gabriel Rafael Pedro Benito Felipe de Borbón y Borbón-Parma
Otros títulos Duque de Anjou
Reinado 1909 - 1931
Nacimiento 27 de junio de 1870
Vevey, Flag of Switzerland (Pantone).svg  Suiza
Fallecimiento 2 de octubre de 1931 (61 años)
París, Bandera de Francia Francia
Himno real Marcha real
Predecesor Carlos María de Borbón y Austria-Este (como pretendiente Carlos VII de España)
Sucesor Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este (como pretendiente Alfonso Carlos I de España)
Familia
Casa real Casa de Borbón
Dinastía Dinastía Capeta
Padre Carlos María de Borbón y Austria-Este (como pretendiente Carlos VII de España)
Madre Margarita de Borbón-Parma
Carrera militar
Lealtad Flag of Russia.svg Imperio ruso
Unidad Regimiento de Húsares de la Guardia de Grodno
Conflictos
Coat of Arms used by the supporters of the Carlist Claimants to the Spanish Throne (adopted c.1890).svg
Escudo de Jaime III de Borbón
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Jaime III de Borbón y Borbón-Parma, II duque de Madrid, (Vevey, 27 de junio de 1870 – París, 2 de octubre de 1931), fue pretendiente carlista al trono de España con el nombre de Jaime III (1909–1931). También fue denominado por sus seguidores como Jaime I de Castilla y III de Aragón. Al igual que su padre Carlos VII fue Jefe de la Casa de Borbón y pretendiente legitimista al trono de Francia, utilizando en ese sentido los títulos de duque de Anjou y de Chalvet.

Biografía[editar]

Bautizado como Jaime Pío Juan Carlos Bienvenido Sansón Pelayo Hermenegildo Recaredo Álvaro Fernando Gonzalo Alfonso María de los Dolores Enrique Luis Roberto Francisco Ramiro José Joaquín Isidro Leandro Miguel Gabriel Rafael Pedro Benito Felipe, era hijo de Carlos María de Borbón y Margarita de Borbón-Parma. Sirvió en el ejército ruso y luchó contra los bóxers en China (1900), participando en la campaña de Manchuria (1904). A la muerte de su padre Carlos María en 1909 asumió la jefatura del carlismo, por lo que su «reinado» se conoció como jaimismo.

Dirigió su primer Manifiesto a los carlistas como "Rey legítimo de las Españas" el día 4 noviembre de 1909. Por entonces sus seguidores le regalaron una magnífica espada de honor. Encargó a Juan Vázquez de Mella la secretaría política[cita requerida] del carlismo en España, aunque mantuvo como representante del pretendiente a Bartolomé Feliú, nombrado por su padre unos días antes de morir. Sin embargo, las relaciones entre Vázquez de Mella y Jaime nunca fueron buenas. En octubre de 1912 Don Jaime publicó un escrito en el nuevo semanario jaimista Monarquía Federal, de Barcelona, en el que recomendaba: «No hagáis de un semanario político un púlpito, pero hablad siempre en católico dentro de los principios de nuestra Bandera. Los asuntos religiosos dejadlos para las revistas católicas propiamente tales (...) Educad y enseñad al pueblo nuestros principios y preparadlo para las luchas modernas de la vida y del trabajo, única manera de salvar la Patria y la Legitimidad». Vázquez de Mella, por entonces, acusó a Don Jaime de "cesarista" en una carta privada a Francisco Melgar, afirmando: «¡Cuando la prensa sectaria arrecia más, callarse nuestra prensa! (...) ¿Debemos esconder a Jesuscristo en un rincón, el primer lema de la bandera e las sombras para que el público no se entere de que la representa un impío?».[1]

Durante la Primera Guerra Mundial, Jaime vivió bajo arresto domiciliario en Austria por su apoyo a Francia y a los aliados, sin casi comunicación con la dirección política carlista en España. Tras la guerra se trasladó a Francia y asumió personalmente la dirección del Partido Jaimista, disolviendo su junta de gobierno y provocando la salida de Vázquez de Mella y los mellistas del carlismo en 1919, tras la publicación de un manifiesto en el que acusaba a una parte de la prensa carlista de mentir sobre sus «simpatías prusianas».[2]

El 30 de noviembre de 1919 presidió una Junta Magna legitimista en Biarritz. En esta reunión se sentaron las bases de la reorganización del partido después del cisma mellista, en la cual jugaron un destacado papel los diarios El Pensamiento Navarro y El Correo Catalán, especialmente a partir de la desaparición de El Correo Español en 1921. Entre los días 13 y 16 de octubre de 1921 sus partidarios celebraron una Asamblea General en la ciudad de Zaragoza. En 1923 creo la Orden de la Legitimidad Proscripta. El escritor gallego Ramón María del Valle-Inclán sería uno de los primeros carlistas en ser incluidos en la misma.

En un primer momento dio un voto de confianza a la dictadura de Primo de Rivera en espera de acontecimientos. Sin embargo, a partir de 1925 se opuso firmemente a ella, participando en varias conspiraciones en colaboración con sectores republicanos[3] . En ese mismo año de 1925 publicó en París su primer manifiesto a los españoles, en el que se mostraba crítico con la política centralista de Primo de Rivera, que había disuelto la Mancomunidad de Cataluña:

Desde hace dieciocho meses, los que hemos seguido atenta y dolorosamente el desarrollo de los acontecimientos españoles, hemos visto que poco a poco la vida nacional iba quedando paralizada. Un problema nos interesaba especialmente, y en él fundábamos las mejores esperanzas en el nuevo Gobierno: el de las aspiraciones de orden regional, aspiraciones que yo siempre he defendido en su sentido más amplio por juzgarlas legítimas y porque en su solución creo que se halla la fórmula para constituir una fuerte nacionalidad. Tampoco este problema, a pesar de las terminantes promesas, fue resuelto, y aún podríamos decir que se ha agudizado en virtud de una lista de agravios y de medidas tan injustificadas como violentas para los sentimientos regionalistas españoles, y muy especialmente para los sentimientos de Cataluña.

Tras la proclamación de la República en España en 1931, publicó un manifiesto el 23 de abril exponiendo sus criterios políticos ante la nueva situación, solicitando a los jaimistas que apoyasen la actuación del Gobierno provisional en todo lo que no fuese contrario a sus tradicionales doctrinas para evitar desórdenes. En el mismo manifiesto deploraba la perdida de la bandera bicolor como símbolo de España, afirmaba su voluntad de aunar a todos los tradicionalistas y monárquicos en un único «gran partido monárquico, federativo, anticomunista, defensor de las grandezas patrias, intensamente progresivo, amigo de las reformas sociales y que coloque a la Iglesia y al Ejército en su verdadero lugar, lejos de toda política», y pedía unas elecciones constituyentes plebiscitarias, además de advertir del peligro comunista y declararse contrario al separatismo:[4]

Mi amor sin limites a España, reavivado constantemente por la amargura de un destierro injusto, me inspira hondas preocupaciones en estos momentos solemnes de la historia patria, en que el voto popular ha puesto termino a un régimen cuyo fin preveía y contra cuyos desaciertos proteste en reiteradas ocasiones. Quiero recordar en este instante a todos los españoles que estoy en mi puesto de siempre, dispuesto a ser el primero a impedir que España se precipite en el desorden y en la anarquía.

Antes de nada he de decir cuán profundamente deploro los proyectados cambios en los colores de la bandera nacional. La vieja bandera española ha cobijado todas nuestras glorias, ha sido la compañera fiel de las tristezas y de los esplendores de España, y para mí, desterrado de toda la vida, era la amiga que consuela, la que me hacía latir más fuerte el corazón y me arrasaba los ojos en lágrimas cuando la veía asomarse a la popa de algún navío parado en los mares lejanos. Unicamente un plebiscito de la nación entera puede decidir un pleito que afecta al alma de todos los españoles. Lanzo desde el fondo del pecho un llamamiento a todos para que exijan que sólo las futuras Cortes decidan sobre este punto.

He visto que el Gobierno provisional, que hoy asume el mando supremo, hace cuantos esfuerzos puede para garantizar el orden, y deseo que los míos apoyen su actuación en todo lo que no sea contrario a sus tradicionales doctrinas, recomendando a todos los españoles que conserven su sangre fría para seguir evitando la funesta explosión de desórdenes callejeros.

Sólo en la cooperación eficaz de los elementos de orden puede llegar el Gobierno, respetando las libertades esenciales, a la convocatoria de una Cortes Generales constituyentes, que son hoy día una necesidad imprescindible.

Uno de los principios esenciales de nuestra actuación en los últimos años ha sido precisamente reclamar la convocatoria de estas Cortes libremente elegidas, así como ha sido siempre el fundamental objeto de nuestra política realizar la federación de las distintas nacionalidades ibéricas.

Mi intención es que nuestros elementos presidan ahora la organización de un gran partido monárquico, federativo, anticomunista, defensor de las grandezas patrias, intensamente progresivo, amigo de las reformas sociales y que coloque a la Iglesia y al Ejército en su verdadero lugar, lejos de toda política.

Desde hoy, después del fallo de la nación entera, no puede haber más que un sólo partido monárquico en España. Y ese partido, genuinamente español, dispuesto a sacrificarse en todo momento por la grandeza y la unidad de la Patria inmortal, es el partido legitimista. Invito a todos los monárquicos y a todos los amantes del orden a darle su adhesión, si no quieren ir en busca de un nuevo fracaso.

Hemos llegado a unos momentos en que todas las fuerzas de orden deben entrar en acción. Han de acudir con ánimo decidido a las elecciones generales constituyentes, que deben ser un verdadero plebiscito nacional, y para las que pido al Gobierno provisional que adopte el único sistema de escrutinio que permite aprovechar hasta el último voto de todos los ciudadanos: la representación proporcional íntegra, usada en las grandes naciones europeas.

En estas elecciones deben pronunciarse de un modo definitivo, sea por la República, sea por una Monarquía renovada, progresista, ampliamente descentralizadora, que no ofrecería ningún punto de contacto con el antiguo sistema, precisamente a causa de la creación de las grandes administraciones federales en las distintas regiones hispanas. Mi anhelo sincerísimo es que a la cabeza de esa federación esté un Rey que represente, por encima de todos los partidos, las aspiraciones de cada español. Gran parte de nuestro pueblo sigue siendo monárquico; no lo niegan los mismos republicanos. No es justo que por desafección a un Rey que no supo hacerse querer del pueblo se anulen las fuerzas monárquicas, que son una reserva necesaria para el equilibrio del país, una garantía de unidad y la defensa más certera contra el bolcheviquismo.

Si la voluntad nacional, libremente expresada, se pronunciara en favor de la República, yo pediría a los monárquicos que colaborasen en la obra inmensa que es construir la federación de la nueva España, dispuesto siempre a renovar, en los momentos críticos, el ofrecimiento de mi persona que hago a España en estas circunstancias en que digo públicamente que todas las amenazas del separatismo, declarado o encubierto, encontrarán en mí el más resuelto adversario.

Diré más. Desgraciadamente mi experiencia política y los largos años pasados en Rusia, me han enseñado que una República patriótica, moderada, bien intencionada puede muy fácilmente y en un espacio de tiempo brevísimo, ser arrollada por la avalancha del comunismo internacionalista, destructor de la religión, de la patria, de la familia y de la propiedad.

Y eso sí, lo juro: sacrificaría hasta la última gota de mi sangre en la lucha contra el comunismo antihumano, poniéndome al frente de todos los patriotas para oponerme a la implantación de una tiranía de origen extranjero.

Procuró el retorno de los integristas y mellistas[cita requerida] a la Comunión Tradicionalista[4] y mantuvo conversaciones con Alfonso XIII para unificar las dos ramas de la dinastía borbónica,[cita requerida] pero su muerte impidió que prosperasen. Le sucedió como pretendiente carlista y legitimista su tío Alfonso Carlos.

Ancestros[editar]

Sucesión[editar]


Predecesor:
Carlos María de Borbón y Austria-Este
(como Carlos VII)
Pretendiente carlista al trono de España
19091931
Sucesor:
Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este
(como Alfonso Carlos I)
Predecesor:
Carlos María de Borbón y Austria-Este
(como Carlos XI)
Pretendiente legitimista al trono de Francia
(como Jaime I)

19091931
Sucesor:
Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este
(como Carlos XII)

Referencias[editar]

  1. de Andrés Martín, Juan Ramón (1997). «El caso Feliú y el dominio de Mella en el partido carlista en el período 1909-1912». Espacio, tiempo y forma. Serie V, Historia contemporánea (10): 107. 
  2. Oyarzun, Román. Historia del Carlismo. p. 446. 
  3. López Antón, José Javier (1991). «Trayectoria ideológica del carlismo bajo don Jaime III». Aportes. Revista de Historia Contemporánea (15): 41. 
  4. a b Clemente, José Carlos (1993). El carlismo en el novecientos español (1876-1936). p. 116. 

Enlaces externos[editar]