Guerras Carlistas

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Las guerras carlistas fueron una serie de contiendas civiles que tuvieron lugar en España a lo largo del siglo XIX. Aunque la principal razón de la lucha fue la disputa por el trono, también representaron el choque de ideologías políticas de la época. Los carlistas —que luchaban bajo el lema Dios, Patria, Rey— encarnaron la oposición más reaccionaria al liberalismo, defendiendo la monarquía tradicional absolutista, el catolicismo conservador y el foralismo. Geográficamente, sus partidarios predominaron en la mitad norte de España, especialmente en el País Vasco y Navarra —sus focos más importantes—, el norte de Cataluña y el Maestrazgo, entre Teruel y Castellón.[1]

Antecedentes[editar]

El rey Fernando VII, previendo un problema sucesorio al no disponer de descendencia masculina directa, promulgó la Pragmática Sanción de 1830, por la que derogó el Reglamento de sucesión de 1713, aprobado por Felipe V y comúnmente denominado «Ley Sálica», que impedía que las mujeres accedieran al trono. A los pocos meses, su cuarta esposa dio a luz a una niña, Isabel, que fue proclamada princesa de Asturias.

Cuando, en otoño de 1832, Fernando VII cayó gravemente enfermo, los seguidores de su hermano, Carlos María Isidro, consiguieron que el rey firmara la derogación de la Pragmática, lo que supondría que éste heredaría el trono. Pero, recuperado de la enfermedad, Fernando tuvo tiempo de restablecer la validez de la Pragmática Sanción antes de su muerte el 29 de septiembre de 1833.[1]

Como Isabel sólo contaba en ese momento tres años de edad, su madre, María Cristina de Borbón, asumió la regencia, llegando a un acuerdo con los liberales para preservar el trono de su hija frente al alzamiento de los partidarios de Carlos María Isidro.[1]​ Estos se denominaron carlistas o apostólicos, y eran favorables al absolutismo y defensores de las tradiciones. Entre ellos se encontraban pequeños propietarios empobrecidos y artesanos arruinados, sobre todo del mundo rural, que recelaban de las reformas, pero también miembros de la pequeña nobleza y parte del clero. Los liberales fueron partidarios de Isabel, hija y legítima heredera de Fernando VII, también llamados isabelinos o cristinos (por la regente Cristina) y encontraron seguidores entre la población urbana, la burguesía y amplios sectores de la nobleza.

Los enfrentamientos entre carlistas y liberales tendrán tres episodios destacados en el siglo XIX: las tres guerras carlistas.

Las Guerras Carlistas[editar]

Primera guerra carlista (1833-1839)[editar]

La primera guerra carlista se inició con el levantamiento de partidas carlistas en el País Vasco y Navarra. Pronto controlaron el medio rural, aunque ciudades como Bilbao, San Sebastián, Vitoria y Pamplona permanecieron fieles a Isabel II y al liberalismo. La vacilación del gobierno y el gran apoyo popular permitieron a los carlistas organizar la guerra con el método de guerrillas, hasta que el general Zumalacárregui organiza un ejército en territorio vasco-navarro, y el general Cabrera unifica las partidas aragonesas y catalanas. La primera guerra carlista tiene un trasfondo político que se materializa en dos personas con derecho al trono, según su partidarios.

Fernando VII (1784-1833), rey de España, casó en 1802 con María Victoria de Nápoles, que murió sin descendencia después de dos abortos. El rey desposó en segundas nupcias a Isabel de Bragaza, sobrina que dio a luz a una niña que murió a los cuatro meses, falleciendo al poco tiempo la reina. Vuelto a casar por tercera vez en 1819, su esposa fue María Josefa Amalia de Sajonia, que tampoco le dio hijos al trono español. Finalmente, en 1829, se casó con otra de sus sobrinas, María Cristina de Borbón – dos Sicilias, teniendo por fin descendencia: Isabel (1830-1904) y Luisa Fernanda (1832-1897). Antes del nacimiento de Isabel, el heredero del trono era Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, pero todo cambió cuando el rey tuvo descendencia femenina. Entonces se publicó la pragmática sanción de Carlos IV que cambiaba la ley en vigor, permitiendo a una mujer heredar el trono de España, contraviniendo una norma con siglos de historia.

Don Carlos entró en España y se puso al frente del ejército dirigiéndose hacia Madrid, objetivo que no consiguió. Recibió el apoyo de armas de Rusia, Austria y Prusia, aunque Isabel II contó con el de Inglaterra, Francia y Portugal, favorables a la implantación de un liberalismo moderado en España. La muerte de Zumalacárregui en 1835 durante el sitio a Bilbao inició una reacción liberal. El general Espartero venció a las tropas carlistas en Luchana en 1836 y el último periodo del conflicto estuvo marcado por la iniciativa del ejército liberal al mando de Espartero y la división de los carlistas entre los partidarios de llegar a un acuerdo con los liberales. Mediante el Convenio de Vergara de 1839, los generales Maroto y Espartero firmaron la paz, y acordaron mantener los fueros en las provincias vascas y Navarra e integrar a la oficialidad carlista en el ejército liberal. Las partidas de los intransigentes dirigidas por Cabrera continuaron la guerra en la zona del Maestrazgo aragonés, hasta su derrota en 1840.

Segunda guerra carlista (1846-1849)[editar]

La segunda guerra carlista, más que una guerra civil, fue una insurrección durante la Década moderada, pues los carlistas seguían siendo la menor fuerza opositora al liberalismo. Se centró en la zona de los Granada, en Cataluña, «guerra dels matiners», y fue fácilmente sofocada. Su origen, al menos teórico, fue el fracaso de los intentos de casar a Isabel II con el pretendiente carlista, Carlos Luis de Borbón, objetivo de distintos sectores moderados de Isabel. Sin embargo, Isabel II terminó casándose con su primo Francisco de Asís de Borbón. La segunda guerra carlista (1846-1849) comenzó con la inestabilidad política del estado y la falta de solución a los numerosos conflictos políticos, económicos y sociales. Las transformaciones de los últimos años (la movilidad de las tropas favorecida por las nuevas vías de comunicación, la eficacia de las armas, etc.) la distinguirán de la última.

Alzamiento carlista de 1855[editar]

El temor que produjo a la corte la Revolución de 1854 la llevó a intentar nuevas negociaciones para la reconciliación de las dos ramas de la familia real, a fin de oponerse juntos a los revolucionarios, enemigo común de ambas ramas de la dinastía. El fracaso del proyecto resultó en un nuevo levantamiento carlista.[2]

Como en la Segunda Guerra Carlista, donde tuvo más importancia fue en Cataluña, en la que entraron Marsal, Borges, Rafael Tristany, Estartús y otros emigrados, levantándose partidas numerosas, como las de Boquica, Comas y Juvany. Marsal fue investido del cargo de comandante general interino y Tristany —a quien acompañaban sus hermanos— del de comandante general de la provincia de Barcelona. El primero cayó herido y prisionero en Orriols, siendo fusilado en Gerona el 8 de noviembre de 1855. Tristany, al frente de unos 200 hombres, logró sostenerse un año, teniendo que volver a emigrar.[3]

Alzamiento carlista de San Carlos de la Rápita (1860)[editar]

El 1 de abril de 1860 el general Jaime Ortega y Olleta, capitán general de Baleares, realizó un pronunciamiento a favor de Carlos Luis de Borbón, con el que pretendía destronar a la reina Isabel II, mediante el envío de una expedición militar a la península, cerca de la población de San Carlos de la Rápita. Fracasó debido a la negativa de sus propios oficiales a secundarlo.

Alzamiento carlista de 1869[editar]

Tras el destronamiento de Isabel II y el paso de numerosos militares isabelinos a las filas carlistas, estos intentaron un alzamiento mal organizado que fracasó, y en el que se destacó en la provincia de León la partida de Pedro Balanzátegui, quien sería fusilado.

Tercera guerra carlista (1872-1876)[editar]

Ya en el Sexenio Revolucionario, beneficiados por el clima de libertad que introdujo la revolución de «La Gloriosa», el carlismo había revivido como fuerza política. En las cortes de 1869, obtuvo una veintena de diputados y en las posteriores legislativas sus resultados fueron aún mejores. Pero la llegada de Amadeo de Saboya provocó la insurrección armada de una parte de los carlistas, mientras que otra facción constituyó una pequeña fuerza política opuesta a la nueva monarquía y con posiciones enormemente conservadoras. La subida al trono español de la casa de Saboya terminaría por imponer la opción armada. Esta vez, el pretendiente era Carlos María de Borbón. La restauración borbónica en la figura de Alfonso XII marcaría el declive carlista en la guerra. El conflicto acabará en 1876 con la definitiva derrota militar del carlismo, durante los primeros años del reinado de Alfonso XII. Los generales Martínez Campos y Fernando Primo de Rivera derrotaron a los carlistas en Cataluña, Navarra, País Vasco y el resto de España.

El 28 de febrero de 1876 finalizan las guerras carlistas. Don Carlos cruzaba la frontera al grito de “Volveré”. Su liderazgo había sentado las bases del carlismo levantisco. En 1888, las dos corrientes se separarían para siempre: el carlismo integrista se escindiría de la corriente levantisca para formar una opción política alternativa al liberalismo.

La cuestión foral[editar]

El tema foral tuvo mucha fuerza en el periodo de las guerras carlistas, ya que los fueros habían permitido que el carlismo triunfase en las provincias Vascongadas y Navarra, y cobraron significación política especialmente durante la Tercera Guerra Carlista, cuando el pretendiente Carlos María de Borbón restauró los fueros de Cataluña. La llegada de los borbones y el triunfo de Felipe V había supuesto la supresión de los fueros de la corona de Aragón, aunque permanecían los vascos y navarros. El sistema foral otorgaba ciertos privilegios. En el ámbito económico, lo más importante eran las aduanas interiores que permitían la libre importación de productos. Lo más importante era el pase foral que conseguía o negaba validez a las disposiciones reales, limitando la autoridad del rey. En Navarra las cortes examinaban las órdenes del rey para ser ejecutadas. Las guerras carlistas supusieron un doble conflicto: por un lado, entre las provincias forales y la corona; y por otro, entre los campesinos y la pequeña nobleza frente a la burguesía.

Pese a todo, tras la Primera Guerra Carlista el gobierno liberal no pudo suprimir los fueros de las Vascongadas y Navarra, ya que el convenio de Vergara obligaba al estado liberal a respetarlos siempre que no entraran en conflicto con el nuevo orden constitucional. Serían finalmente suprimidos tras la Tercera Guerra Carlista, obteniendo a cambio en 1878 las provincias vasco-navarras el llamado Concierto económico.

Referencias[editar]

  1. a b c García Parody, Manuel Ángel; Lama Romero, Eduardo; Olmedo Cobo, Francisco; Pros Mani, Rosa María (2009). Historia de España. Zaragoza: Editorial Luis Vives. pp. 153-154;164. ISBN 978-84-263-6969-7. 
  2. «Tradicionalismo». Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana. Tomo 63 (Espasa-Calpe). 1928. p. 466. 
  3. «Tradicionalismo». Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana. Tomo 63 (Espasa-Calpe). 1928. p. 467.