Guerras carlistas

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Guerras carlistas
Cuadro -Calderote- Primera Guerra Carlistas by Ferrer Dalmau.jpg
Fecha 1833 - 1876
Lugar España
Conflicto
Resultado Victoria del régimen liberal
Beligerantes
Liberales
(también llamados cristinos, isabelinos, gubernamentales, amadeístas, republicanos o alfonsinos)
Carlistas
(también llamados absolutistas, facciosos, montemolinistas, legitimistas, tradicionalistas o católico-monárquicos)
Figuras políticas
Regente María Cristina
Isabel II
Gobierno Provisional
Amadeo de Saboya
Primera República
Alfonso XII
Carlos V
Carlos VI
Carlos VII

Las guerras carlistas fueron una serie de contiendas civiles que tuvieron lugar en España a lo largo del siglo XIX. Se debieron, por un lado, a una disputa por el trono, y, por el otro, a un enfrentamiento entre principios políticos opuestos. Los carlistas, que luchaban bajo el lema de «Dios, Patria y Rey», encarnaban una oposición reaccionaria al liberalismo, defendiendo la monarquía tradicional, los derechos de la Iglesia y los fueros, mientras que los liberales exigían hondas reformas políticas por medio de un gobierno constitucional y parlamentario.

Geográficamente, donde mayor apoyo popular tenía la causa de Don Carlos era en gran parte de Castilla la Vieja, la zona de Tortosa y la montaña de Cataluña,[1]​ y donde mejor organizados estaban sus partidarios era en Castilla la Vieja, Extremadura y Andalucía.[2]​ Sin embargo, donde finalmente triunfó con mayor fuerza el alzamiento carlista fue en la mayor parte de las Provincias Vascongadas y Navarra, ya que la legislación foral, que dejaba la subinspección de los cuerpos en manos de las respectivas diputaciones, había permitido que los Voluntarios Realistas no fueran purgados allí como en el resto de España.[3]

Así pues, donde lograron hacerse fuertes los defensores del pretendiente, sobre todo durante la primera y tercera guerras carlistas, fue en la mitad norte peninsular, especialmente en el País Vasco y Navarra —sus focos más importantes—, así como el norte de Cataluña y el Maestrazgo.[4]

Antecedentes[editar]

El Infante Carlos María Isidro de Borbón, Carlos V según sus partidarios.

El rey Fernando VII, previendo un gran problema sucesorio al no disponer de descendencia masculina directa, promulgó en 1830 la Pragmática Sanción, por la que derogó el Reglamento de sucesión de 1713, aprobado por Felipe V y comúnmente denominado «Ley Sálica», que impedía que las mujeres accedieran al trono. A los pocos meses, su cuarta esposa dio a luz a una niña, Isabel, que fue proclamada princesa de Asturias.

Cuando, en otoño de 1832, Fernando VII cayó gravemente enfermo, los seguidores de su hermano, Carlos María Isidro de Borbón, consiguieron que el rey firmara la derogación de la Pragmática, lo que supondría que este heredaría el trono. Pero, recuperado de la enfermedad, Fernando VII tuvo tiempo de restablecer la validez de la Pragmática Sanción antes de su muerte el 29 de septiembre de 1833.[4]​ Sin embargo, los partidarios del Infante Don Carlos consideraron que la Pragmática Sanción se había sancionado de forma despótica e ilegal al no haber sido convocadas las Cortes tradicionales y que, por tanto, la legislación sálica seguía en vigor.[5]

Como Isabel solo contaba en ese momento tres años de edad, su madre, María Cristina de Borbón, asumió la regencia, llegando a un acuerdo con los liberales para preservar el trono de su hija frente al alzamiento de los partidarios de Carlos María Isidro de Borbón.[4]​ Estos se denominaron carlistas o apostólicos, y eran favorables a la tradición política española, por lo que sus enemigos les tildaban de absolutistas. Entre ellos se encontraban pequeños propietarios y artesanos, sobre todo del mundo rural, que recelaban de las reformas y de las ideas ilustradas o «masónicas», pero también un tercio de la nobleza española y buena parte del clero, especialmente el regular. Los liberales, también llamados isabelinos o cristinos (por la regente María Cristina), apoyaron los derechos de Isabel, hija y heredera de Fernando VII, y encontraron seguidores entre la población urbana, la burguesía y dos terceras partes de la nobleza.

Los enfrentamientos entre carlistas y liberales tuvieron tres episodios destacados en el siglo XIX: las tres guerras carlistas. Estas contiendas civiles tenían como precedentes inmediatos la guerra de la Independencia (1808-1814), la guerra realista (1822-1823) y la guerra de los Agraviados (1827), en las que se habían definido ya los bandos en liza.

Las guerras carlistas[editar]

Primera guerra carlista (1833-1840)[editar]

Vista de una calle de Abrantes, ciudad portuguesa en la que Don Carlos firmó un manifiesto reclamando sus derechos al trono de España.

Fernando VII murió en septiembre de 1833 y el infante Carlos María Isidro de Borbón, desde Portugal, tomó la voz y dictado de monarca, dirigiéndose como tal a los secretarios del despacho, y a los primeros tribunales, magistrados y corporaciones del reino. Como al mismo tiempo rechazó todas las mediaciones y todas las ofertas, se decretó su exclusión y la de toda su línea del derecho a suceder en el trono.[6]​ De este modo estallaba la guerra civil —conocida mucho después como primera guerra carlista—, que sería la más reñida y sangrienta del siglo XIX.

En Portugal se unieron a Don Carlos la princesa de Beira, el general Cabañas, Abren y muchos otros españoles; y allí comenzó a organizarse alguna fuerza a las órdenes de Moreno y de Maroto.[6]

La guerra se inició tras el manifiesto de Abrantes, publicado por Don Carlos el 1 de octubre, nada más morir su hermano Fernando, en el que declaraba su ascensión al tono como rey. Diferentes puntos de la Península dieron el grito de insurrección a consecuencia de este documento, pero las tropas de la reina sofocaron estos levantamientos y el general Lorenzo obtuvo varias victorias contra las filas carlistas.[7]

Sin embargo, en las Provincias Vascongadas y Navarra, gracias a sus privilegios forales, los carlistas lograron hacerse fuertes. Pronto controlaron el medio rural, aunque ciudades como Bilbao, San Sebastián, Vitoria y Pamplona permanecieron fieles a la regente María Cristina. La vacilación del gobierno y el gran apoyo popular permitieron a los carlistas organizar la guerra con el método de guerrillas, hasta que el general Zumalacárregui logró organizar un auténtico ejército en territorio vasco-navarro, y el general Cabrera unificó las partidas aragonesas y catalanas.

Tomás de Zumalacárregui (1788-1835): su muerte supuso un importante revés para los carlistas.

Tras proclamación de Isabel II como reina el 25 de octubre de 1833, se publicó un decreto de desarme general de los realistas, y esto aumentó las filas de los partidarios de Don Carlos, a pesar de las derrotas que experimentaban. En función de sus ideas y principios, los españoles de la época estaban claramente divididos en dos bandos: el uno absolutista y el otro liberal. Francia, Inglaterra y Portugal, apoyaron la causa de la reina, pero las potencias del norte —Rusia, Austria y Prusia— no quisieron reconocer al gobierno.[7]

El general Rodil, comandante de la línea fronteriza, y ya avezado a este género de operaciones militares, como que las había practicado en tiempo del rey difunto, recibió del gobierno el encargo de apoderarse a toda costa de Don Carlos. Entonces se dijo que había alimentado algunas confidencias dirigidas a lograrlo, creyeron otros que apeló con el mismo objeto a diferentes medios en los cuales enlazaba la astucia con la fuerza; y no faltó quien asegurase que su antiguo reconocimiento por los individuos de la familia real fue causa de que no aprehendiese entonces a Don Carlos como podía haber hecho. Rodil, en combinación con las fuerzas del emperador Pedro, invadió Portugal; y el resultado de aquel paso fue que Don Carlos se acogió a bordo del buque de guerra inglés Donegal y se refugió en Londres.[6]

En 15 de febrero de 1834 se expidió el decreto que prescribía la formación de una milicia urbana, cuya creación se limitaba a donde se contasen más de 700 vecinos, pues como el estado de la guerra civil se presentaba cada día menos lisonjero a los ojos de los españoles, se hacía indispensable la extracción de tropas del ejército para combatir a los carlistas, y la milicia urbana resultó un auxilio muy poderoso para el gobierno en las capitales del reino.[7]

El frente en su momento álgido.

Poco tiempo permaneció Don Carlos en Inglaterra: merced a los manejos de Louis Xavier Auguet de Saint-Sylvain, conocido después por el título de barón de los Valles, y a la permisividad del gobierno de Gran Bretaña (pese a estar aliado con el gobierno español) logró fugarse, atravesar Francia y entrar en las Provincias Vascongadas la noche del 8 de julio de 1834. Poco después entró en Elizondo, donde Zumalacárregui, enterado ya de su llegada, le aguardaba con lo más escogido de sus escasas fuerzas; porque entonces comenzaba a dar consistencia y organización a aquellas partidas carlistas que más adelante habían de formar un temible y numeroso ejército.[8]

El general Valdés, encargado entonces del mando de las tropas de las provincias del Norte, con el objeto de exterminar la facción, empleó medios bastante rigurosos, que resultaron contraproducentes. El 10 de abril de 1834 se firmó en Aranjuez el Estatuto Real, que no satisfizo a muchos y generó numerosas quejas. El 22 de este mes quedó también terminado el pacto que se llamó tratado de la Cuádruple Alianza, cuyo convenio alentó a los liberales, que con la protección de las naciones extranjeras creyeron ver finalizada la sangrienta lucha española.[7]

Por entonces España padecía una epidemia de cólera, que llegó a Madrid. Se hizo creer al pueblo que los estragos de mortandad que ocurrían eran efecto de un veneno activo que habían arrojado a las fuentes los frailes, que eran conocidos por sus ideas absolutistas, lo que desencadenó la matanza de frailes del 17 de julio de 1834.[7]

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Infantería carlista de Navarra.

El día 24 del mismo mes se verificó la reunión de cortes generales del reino, cuya apertura se celebró en medio del más suntuoso ceremonial. Rodil, Córdova y Mina fueron los que sucesivamente tomaban el mando de las tropas de las provincias; pero los resultados nunca eran enteramente favorables a la causa de los liberales, a pesar de los diferentes generales que se nombraban.[9]

Con el objeto de evitar los terribles actos de inhumanidad con que ambos partidos beligerantes se distinguían en las provincias del Norte con respecto a las represalias, se procedió a un tratado llamado de Eliot, el cual quedó terminado en 27 de abril de 1835 y que concluyó con la subida al ministerio de Mendizábal y varias victorias obtenidas por las tropas isabelinas.[10]

Deseosa la corte de Don Carlos de comprobar el apoyo popular con que contaban, concibió el proyecto de mandar una expedición que recorriese todos aquellos puntos distantes del teatro de su dominio; pero este pensamiento, puesto en práctica, tuvo para los carlistas muy mal resultado.[10]

En 1836 los liberales fusilaron a la madre de Cabrera, lo que supuso un suceso trascendental para que su hijo desplegase contra las tropas de la reina una gran crueldad. La lucha entre ambos bandos era cada día más encarnizada, lo que hizo que el descontento popular fuese en aumento y en Valencia, Málaga y otros puntos los liberales más exaltados se alzaron contra el gobierno repetidas veces. Numerosos grupos recorrían las calles de Madrid dando vivas a la Constitución, cuyo código querían restablecer y, tras el motín de La Granja de San Ildefonso, el general Quesada fue asesinado por la plebe y se proclamó el texto constitucional de 1812.[10]

Entre tanto, la expedición del general carlista Gómez invadió varias provincias de España. En diciembre de 1836 el general Espartero logró romper el sitio de Bilbao tras la batalla de Luchana, lo que supuso un importante triunfo para las armas liberales y amilanó al partido carlista, que desde entonces comenzó a decaer visiblemente.[10]

Don Carlos, a pesar de sus anteriores descalabros, se encaminó con su ejército hacia la capital de España creyendo probable su triunfo; pero el pueblo de Madrid y su Milicia Nacional entusiasmada con la presencia de la misma reina gobernadora, tomó entonces una actitud imponente para la defensa. Espartero acudió con su ejército y los partidarios de Don Carlos tuvieron que desistir de su empeño, pese a haber dirigido las guerrillas de su ejército de vanguardia hacia la capital. Pero al finalizar el año 1837 las huestes de Don Carlos, no obstante los triunfos obtenidos por las armas de la reina, seguían recorriendo impunemente las provincias de Valencia, Aragón y Calaluña. Sin embargo, los fracasos del pretendiente se repetían con frecuencia, lo que acabaría generando la desunión y la mala fe en sus filas.[10]

Durante el transcurso de la guerra, asesoraron a Don Carlos Zumalacárregui, Eguía, Maroto, el infante Don Sebastián, el obispo de León, Erro, Tejeiro, el padre Cirilo y muchos otros.[8]

El último periodo del conflicto estuvo marcado por la iniciativa del ejército liberal al mando de Espartero. La indecisión del pretendiente introdujo la división entre sus partidarios; se suscitaron las intrigas y las ambiciones entre los mismos, lo que resultó en que, cansados unos y otros de la debilidad del pretendiente y de una guerra que se iba haciendo interminable y sin objeto, el general Maroto mandó fusilar en Estella a los generales Guergué, García y Sanz y después firmó con el general Espartero, en el verano de 1839, el célebre convenio de Vergara que sellaba la paz en España, acordándose mantener los fueros en las Provincias Vascongadas y Navarra e integrar a la oficialidad carlista en el ejército liberal. Los carlistas que permanecieron leales a Don Carlos considerarían este convenio como una traición a su causa y la razón de su derrota militar.

Retrato de Ramón Cabrera.

Al morir María Francisca, esposa de Don Carlos, este se casó en segundas nupcias el 2 de febrero de 1838 con la hija de Juan VI de Portugal, la princesa de Beira. Este matrimonio, contraído en Salzburgo y ratificado después en Azcoitia y en el palacio del Duque de Granada, se hizo público más adelante e inspiró aún a los carlistas esperanzas de triunfo, pues creían que la princesa traería al pretendiente poderosos auxilios de los soberanos del norte de Europa. Pero las ilusiones quedaron bien pronto desvanecidas; y aun la misma princesa, cuando se publicó el convenio, fue acusada de traidora por los carlistas sublevados en Vera, capitaneados por el cura Echevarría, y amenazada de muerte, riesgo del cual se libró por un gran arranque de valor personal.[8]

Don Carlos, después de seguir varios y muy diferentes pareceres de los que le rodeaban, sin decidirse enteramente por ninguno, se retiró hacia Elizondo y entró en Francia por Urdax con las fuerzas que le acompañaban y otro verdadero ejército de empleados que seguían su suerte. Se dijo que al poner el pie en el territorio francés, sereno y conforme como era costumbre en él, manifestó que estaba satisfecho de haber cumplido sus deberes como rey. El gobierno francés mandó alojar a Don Carlos con la vigilancia indispensable, primero en Ezpeleta y después en Bourges, brindándole con socorros que desdeñó; no así los que le facilitaron los soberanos de Austria, Prusia y Cerdeña, ni tampoco los que periódicamente y desde España le prodigaron sus más fieles adictos.[8]

Las partidas de los intransigentes dirigidas por Cabrera continuaron la guerra en la zona del Maestrazgo aragonés, hasta ser derrotadas en 1840 por Espartero, Zurbano y algunos otros generales isabelinos.[10]

Segunda guerra carlista (1846-1849)[editar]

Carlos Luis de Borbón y Braganza, Conde de Montemolín (Carlos VI).

La segunda guerra carlista (también conocida como guerra de los matiners o montemolinista) fue una insurrección que tuvo lugar durante la década moderada, tras el fracaso de los intentos de algunos moderados guiados por Jaime Balmes en casar a Isabel II con el conde de Montemolín, Carlos Luis de Borbón y Braganza, en quien Carlos María Isidro —su padre— había abdicado en 1845. Los carlistas, que tomaron también el nombre de montemolinistas, formaron partidas armadas principalmente en el interior de Cataluña. Esta insurrección comenzó con la inestabilidad política del Estado y la falta de solución a los numerosos conflictos políticos, económicos y sociales. Las transformaciones de los últimos años (la movilidad de las tropas favorecida por las nuevas vías de comunicación, la eficacia de las armas, etc.) la distinguían de la anterior.

Desacreditado el carlismo por la derrota en la primera guerra, abandonado por muchos de sus famosos defensores tras el convenio de Vergara y juzgado por muchos como incompatible con la civilización de la época, Carlos Luis pensó que era forzoso transigir con las circunstancias de la época, modificar algún tanto sus principios y admitir algunos de los progresos de la revolución liberal. Con este objeto había dirigido a los españoles un manifiesto el 23 de mayo de 1845, que fue el acicate a que respondió con entusiasmo todo el partido montemolinista.[11]

El conde pasó a Londres para organizar sus proyectos; los partidarios de más nombradía en la guerra anterior, incluso Cabrera, se lanzaron a las montañas de Cataluña, organizaron sus partidas y ardió de nuevo la tea de la guerra civil: la acción de más importancia de esta nueva campaña fue la sorpresa de Cervera hecha por Benito Tristany en la madrugada del 16 de febrero de 1847.[11]

Editorial del diario carlista La Esperanza tras constatarse la derrota de los montemolinistas en 1849.

La movilidad suma de las partidas montemolinistas y el apoyo que hallaban en el país, traían entretenidas sin fruto a numerosas tropas de la reina y frustraban los planes mejor combinados de los capitanes generales de Cataluña. Al general Pavía sucedió Concha, a él otra vez Pavía y a este Córdoba, sin que en todo este tiempo se pudiese adelantar gran cosa sobre los montemolinistas; al contrario, estos derrotaron la columna de Bofill, la del general Paredes y la del brigadier Manzano, a quien hirieron e hicieron prisionero. De resultas de este desastre fue separado el general Córdoba de la capitanía general y nombrado sucesor suyo Manuel de la Concha, marqués del Duero.[11]

El fuego de la insurrección había cundido en otras provincias de España y había partidas en Guipúzcoa, Navarra, Santander, Extremadura y Andalucía, atreviéndose Cabrera desde Cataluña a hacer incursiones en el Alto Aragón. Además, las partidas centralistas o republicanas que por entonces se formaban, favorecían indirectamente a los partidarios de Montemolín, y distraían a las tropas de la reina.[11]

Así se prolongó la guerra civil hasta el 26 y 27 de enero de 1849 en que ocurrió la acción del Pastoral, en la que fue derrotado y herido Cabrera; este golpe ya hizo declinar la guerra, que sufrió un golpe mortal con la prisión del conde de Montemolín verificada al entrar en España el 4 de abril. Y aunque el conde recobró luego su libertad, y aunque Cabrera volvió a campaña, ya los pueblos abandonaban a su suerte a los montemolinistas, a estos no les venían ya auxilios del extranjero, porque eran escasas las probabilidades de la victoria, la guerra no se podía hacer por falta de recursos materiales, y la insurrección montemolinista sucumbió por fin, como anunció el general Concha al pueblo español en su proclama de 19 de mayo del mismo año.[11]

Alzamiento carlista de 1855[editar]

El temor que produjo a la corte la revolución de 1854 y el subsiguiente Bienio Progresista la llevó a intentar nuevas negociaciones para la reconciliación de las dos ramas de la familia real, a fin de oponerse juntos a los revolucionarios, enemigo común de ambas ramas de la dinastía. Pero el proyecto no llegó a materializarse y los carlistas planearon en solitario un nuevo levantamiento contra la revolución. El alzamiento empezó de manera descoordinada y antes de tiempo debido a la impaciencia de algunos cabecillas carlistas.[12]

Como en la segunda guerra carlista, donde tuvo más importancia fue en Cataluña, en la que entraron Marsal, Borges, Rafael Tristany, Estartús y otros emigrados, levantándose partidas numerosas, como las de Boquica, Comas y Juvany. Marsal fue investido del cargo de comandante general interino y Tristany —a quien acompañaban sus hermanos— del de comandante general de la provincia de Barcelona. El primero cayó herido y prisionero en Orriols, siendo fusilado en Gerona el 8 de noviembre de 1855. Tristany, al frente de unos 200 hombres, logró sostenerse un año, teniendo que volver a emigrar.[13]

Alzamiento carlista de San Carlos de la Rápita (1860)[editar]

Aprovechando el descontento producido en el Ejército y el pueblo por las condiciones de paz de la guerra de África —que no entregaban a España Tánger ni Tetuán a pesar de la victoria— y el hecho de que las tropas siguiesen aún en África, Carlos Luis y sus partidarios planearon un nuevo alzamiento, que incluía todo un programa de gobierno para dar solución a los problemas de España.[14]​ El 1 de abril de 1860 el general Ortega, capitán general de Baleares, que se había hecho recientemente carlista, realizaba el pronunciamiento con el que pretendía destronar a Isabel II y proclamar a Carlos VI enviando una expedición militar a la península, cerca de la población de San Carlos de la Rápita. Fracasó debido a la negativa de sus propios oficiales a secundarlo.

El Conde de Montemolín, que desembarcó en España con esta intentona, se vio obligado a huir, pero el 21 de abril fue detenido junto a su hermano Fernando de Borbón y Braganza y trasladado a Tortosa, donde se le obligó tanto a él y como a su hermano a hacer una renuncia de sus derechos al trono, de la que una vez en libertad se desdijo.

Alzamiento carlista de 1869[editar]

Tras el destronamiento de Isabel II, numerosos políticos y militares moderados, que habían sido antes leales a la reina, fueron pasando a las filas carlistas. La promulgación de la Constitución española de 1869, que sancionaba la libertad de cultos —prohibida por la Iglesia—, motivó que los carlistas intentaran un alzamiento por la llamada unidad católica de España, pero, debido a su mala organización, fracasó rápidamente. En la provincia de León destacó la partida de Pedro Balanzátegui, que fue fusilado por la Guardia Civil.

Tercera guerra carlista (1872-1876)[editar]

Fotografía de Carlos VII al frente de sus tropas durante la última guerra carlista.

Ya en el Sexenio Democrático, beneficiados por la libertad ideológica para los partidos antidinásticos que trajo la revolución de 1868 y la adhesión de la mayoría de los llamados neocatólicos a Don Carlos, el carlismo había revivido como fuerza política. En las cortes de 1869, obtuvo una veintena de diputados y en las siguientes elecciones legislativas más de cincuenta. Pero la llegada de Amadeo de Saboya terminó por imponer la opción armada. Esta vez, el pretendiente era Carlos de Borbón y Austria-Este, Carlos VII.

La guerra empezaba en Cataluña en abril de 1872, al salir de Barcelona la partida mandada por el general Castells y se desarrolló desde el principio en Navarra y Vascongadas, donde los carlistas lograrían hacerse fuertes al igual que en la primera guerra. Allí se produjeron los combates de Mañaria y Arrigorriaga, y en la acción de Oñate fue herido el brigadier Ulibarri. Desde entonces empezó a decaer el alzamiento, que terminó en el convenio de Amorebieta entre el General amadeísta Francisco Serrano y la Diputación de Vizcaya. En Navarra, en la que debía mandar el general Díaz de Rada, también hubo muchas partidas. Tras cruzar Don Carlos la frontera, fue sorprendido en Oroquieta, y por consejo de los militares se retiró a Francia, hasta poder ponerse al frente de un Ejército regular. Hubo numerosas acciones, pero la guerra fue languideciendo ante los hechos ocurridos en Vascongadas.[15]

En Cataluña operaban, entre otros jefes, los generales Castells y Savalls, que obtuvieron varias victorias. El coronel Francesch murió al entrar por sorpresa en la ciudad de Reus. Pero Don Carlos animaba a sus partidarios catalanes, y éstos, a pesar de las persecuciones que sufrían, se mantenían en armas, por lo que, para recompensar sus méritos, Don Carlos devolvió a Cataluña, Aragón y Valencia sus fueros que había derogado Felipe V más de dos siglos antes en los decretos de Nueva Planta.[16]

El General Tristany al frente de tropas carlistas de Gerona.

En Valencia, el general Dorregaray fue herido en campaña y en diciembre de 1872 este mismo general ordenó un nuevo levantamiento en Navarra y Vascongadas. En enero de 1873 el infante Don Alfonso, hermano del pretendiente, entraba en Cataluña para tomar el mando de los carlistas catalanes acompañado de su esposa María de las Nieves de Braganza. La guerra entonces se generalizó en toda España: en mayo de 1873 entró Carlos VII, pero ya no para ponerse al frente de unas partidas mal armadas, sino de un Ejército regular, que mandaba Dorregaray, y en el que se distinguía Ollo. Algunas de las batallas más destacadas en que los carlistas salieron victoriosos fueron las de Eraul, ganada por Dorregaray; la de Udave, por Ollo; la famosa de Montejurra, por Carlos VII; la de Lamindano, por el general Martínez de Velasco.[16]

Durante esta guerra no hubo en realidad expediciones más que la mandada por Mendiry, que fue a Santander, fracasando, y la del coronel Lozano, que recorrió las provincias de Murcia y Almería, que fue fusilado en Albacete. También el cabecilla Santés realizó algunas correrías, llegando hasta Aranjuez.[17]

Siguieron produciéndose combates hasta que, habiendo sido proclamado Alfonso XII por el pronunciamiento de Sagunto, éste imitó a Carlos VII colocándose al frente de su Ejército del Norte, y en la batalla de Lácar, ganada por los carlistas, estuvo a punto de caer prisionero.[18]

Pero las fuerzas liberales eran tan numerosas, que los carlistas no podían hacerles frente. La restauración alfonsina había marcado el declive carlista en la guerra y restado apoyos a su causa. Contribuyó mucho a desalentar a los carlistas la defección de Cabrera, que reconoció públicamente a Alfonso desde Londres el 11 de marzo de 1875 y dirigió una proclama a sus antiguos correligionarios induciéndoles a hacer lo mismo.[19]

Los generales Martínez Campos y Fernando Primo de Rivera derrotaron a los carlistas en Cataluña —donde fue sitiada y tomada Seo de Urgel[18]​ y finalmente en las Provincias Vascongadas, Navarra y el resto de España. El 28 de febrero de 1876 los carlistas se vieron obligados a pasar a Francia, despidiéndose Don Carlos de sus voluntarios con un solemne “Volveré”.[20]

Insurrecciones carlistas posteriores[editar]

Después de 1876 los carlistas continuaron protagonizando ocasionalmente conspiraciones, altercados y levantamientos de partidas, como el producido en Badalona en 1900 (no ordenado por Don Carlos), hasta el año 1936, en que se produjo el levantamiento de los requetés durante la guerra civil española.

La cuestión foral[editar]

El tema foral tuvo mucha fuerza en el periodo de las guerras carlistas, ya que los fueros habían permitido que el carlismo triunfase en las provincias Vascongadas y Navarra, donde los Voluntarios Realistas no pudieron ser purgados del Ejército como en el resto de España, y cobraron significación política especialmente durante la tercera guerra carlista, cuando el pretendiente Carlos María de Borbón restauró los fueros de Cataluña. La llegada de los borbones y el triunfo de Felipe V había supuesto la supresión de los fueros de la corona de Aragón, aunque permanecían los vascos y navarros.

El sistema foral vasco-navarro otorgaba ciertos privilegios. En el ámbito económico, por ejemplo, las aduanas interiores permitían la libre importación de productos, y, en lo político, el pase foral conseguía o negaba validez a las disposiciones reales, limitando la autoridad del rey. Tras la primera guerra carlista el gobierno liberal no suprimió totalmente los fueros de las Vascongadas y Navarra, ya que el convenio de Vergara obligaba al estado liberal a respetarlos siempre que no entraran en conflicto con el nuevo orden constitucional. Serían finalmente suprimidos tras la tercera guerra carlista, obteniendo a cambio en 1878 las provincias vasco-navarras el llamado Concierto económico.

No obstante, en 1845 Juan Antonio de Zaratiegui, ayudante y secretario del general Zumalacárregui, dejó escrito que era un error afirmar que los navarros habían tomado las armas en la primera guerra carlista para defender sus fueros, ya que en 1833 estaban plenamente vigentes. En su obra «Vida y hechos de don Tomás de Zumalacárregui» Zaratiegui afirmaba poder demostrar que el alzamiento en Navarra no tuvo otro objeto que la defensa de los derechos a la corona de España del infante Carlos María Isidro y protestaba contra los que sostuviesen lo contrario.[21]

Pronunciamiento de Muñagorri en favor de la paz y los fueros en Berástegui (1838).

De acuerdo con el escritor fuerista José María Angulo y de la Hormaza, en las Provincias Vascongadas y Navarra fue precisamente el deseo de conservar los fueros lo que propició el fin de la primera guerra carlista. El escribano José Antonio Muñagorri popularizó para ello, con la cooperación del gobierno, el lema de «Paz y Fueros», que facilitaría la conclusión del conflicto mediante el Convenio de Vergara firmado por el general Maroto (considerado como el gran traidor de la causa carlista).[22]

Los fueros tampoco fueron, de hecho, la causa de que en las Provincias Vascongadas y Navarra triunfase el alzamiento carlista por segunda vez en 1872, sino los desórdenes y el anticlericalismo del Sexenio Democrático. Según Angulo y de la Hormaza, el deseo de conservar los fueros habría sido incluso un impedimento para ir a la guerra, hasta el punto que, al producirse el levantamiento, en una reunión de Zumárraga los representantes forales vascongados llegaron a exclamar: «¡Salvemos la Religión aunque perezcan los Fueros!».[23]

Según el liberal Fidel de Sagarminaga, vincular los fueros al carlismo era un error, ya que había sido la cuestión religiosa, y no los fueros, lo que habían producido este movimiento en la región vasco-navarra, donde a diferencia de otras regiones españolas, no había habido apenas insurrecciones carlistas entre 1839 y 1868, durante todo el reinado de Isabel II. En su obra Dos palabras sobre el carlismo vascongado (1875) manifestó al respecto:

Hoy nos basta haber procurado demostrar que el carlismo vascongado es un fenómeno con accidentes locales, pero cuya esencia no radica ni vive sola en aquella region; que los fueros no han sido en lo más mínimo parte para producirle, y que en ello no pueden encontrar apoyo los sediciosos y trastornadores, hasta el punto de que solo en el bando de los leales vascongados se encuentran la genuina representacion de aquellas instituciones; que la causa que tan dolorosamente ha fomentado la guerra civil, no es otra que la religiosa, esplotada á su vez por ambiciosos de profesion, abrazada con ardor por ánimos inflamables y predicada por ministros del altar con más fe que cordura; que la cuestion religiosa ha sido causa poderosísima de guerra por la forma en que se ha introducido, y las imprudencias de los que la promovieron; que castigar al pueblo vascongado con la pérdida de sus instituciones seria confundir, por primera vez, de una manera solemne y eficaz, á los fueros con el carlismo; que en ello se cometeria una grandiosísima injusticia con respecto á los buenos vascongados (y no son pocos), víctimas más que nadie de la alteracion y de la guerra carlista; y que es, en suma, contrario á toda justicia, á toda política previsora, buscar en las venganzas el castigo, y en la agravacion de los males su remedio.[24][25]

Referencias[editar]

Bibliografía[editar]