Carlismo

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En los años 1930, el carlismo hizo suya la enseña de los ejércitos españoles durante los siglos XVI y XVII, la Cruz de Borgoña, considerada bandera representativa de la Monarquía católica de la Casa de Austria.
Dos típicos correligionarios carlistas del s. XIX. Francisco Solà i Madriguera, de Taradell (Osona), con su hijo, sobre el 1870.

El carlismo es un movimiento político español de carácter tradicionalista y legitimista surgido durante la primera mitad del siglo XIX como oposición al liberalismo, que pretende el establecimiento de una rama alternativa de la dinastía de los Borbones en el trono español, y que en sus orígenes propugnaba, no solo la vuelta al Antiguo Régimen, sino también una política de Cristiandad.[1]

El carlismo ha sido, a lo largo de su historia, conocido también como Partido Carlista, Comunión Católico-Monárquica, Partido Jaimista, Comunión Legitimista, Comunión Tradicionalista, entre otros nombres, y ha combatido el liberalismo e hizo bandera de la defensa de la religión católica, la patria y la monarquía tradicional resumida en su lema «Dios, Patria, Rey», con el añadido y aclaración postrera de «Fueros».[2]​ Como movimiento de extraordinaria prolongación en el tiempo, el carlismo fue una fuerza importante en la política y la prensa española desde 1833 hasta el final del régimen franquista en la década de 1970. Protagonizó numerosas guerras e intentonas en el siglo XIX (entre las que se destacan las guerras civiles de 1833-1840 y 1872-1876), participó en la política parlamentaria durante el Sexenio Revolucionario, la Restauración alfonsina y la Segunda República y tomó parte del bando sublevado en la Guerra Civil Española de 1936-1939.

A raíz de la expulsión de España de la familia Borbón-Parma en 1968 tras haber intentado ser reconocida como sucesora a la Corona de España por el General Franco,[3]​ el carlismo se fue dividiendo en dos sectores claramente diferenciados: uno de ellos, auspiciado por Carlos Hugo de Borbón-Parma (primogénito del pretendiente Don Javier), su hermana María Teresa y una parte de las juventudes carlistas, alegó una renovación del movimiento, reivindicando las libertades democráticas, el federalismo y el socialismo autogestionario, y tomó por nombre Partido Carlista; el otro, partidario de continuar con la doctrina tradicionalista, quedó atomizado en diversos grupos (algunos de los cuales se habían escindido anteriormente del javierismo): Unión Nacional Española, Comunión Tradicionalista, Comunión Católico Monárquica y Unión Carlista, entre otros.[4]​ Las divisiones de la década de 1970 y el fracaso electoral en las primeras elecciones democráticas supusieron la decadencia del carlismo.[5]​ En la fragmentación del carlismo fue especialmente decisiva la actitud de aceptación o de rechazo del Concilio Vaticano II, especialmente de la Declaración conciliar Dignitatis humanae a favor de la libertad religiosa.[6]

Introducción[editar]

Objetivamente considerado, el Carlismo aparece como un movimiento político. Surgió al amparo de una bandera dinástica que se proclamó a sí misma “legitimista”, y que se alzó a la muerte de Fernando VII, en el año 1833, con bastante eco y arraigo popular, [...] se distinguen en él esas tres bases cardinales que lo definen.
a) Una bandera dinástica:
b) Una continuidad histórica:
c) Y una doctrina jurídico-política:

¿Qué es el Carlismo?[7]

Doctrina[editar]

Los carlistas formaban el ala tradicional de la sociedad española de la época, englobando a los denominados «apostólicos», tradicionalistas y, sobre todo, a la reacción antiliberal. La lucha entre Isabel II de España, hija de Fernando VII, y Carlos María Isidro, hermano del rey, fue realmente una lucha entre dos concepciones políticas, sociales y de clase. De una parte los defensores del Antiguo Régimen (la Iglesia, la aristocracia, etc.) y de otra los partidarios de las reformas liberales-burguesas, surgidas como consecuencia de la Revolución francesa y de la Revolución industrial, que habían empezado a reorganizar la sociedad, tanto moral como materialmente, especialmente en las clases populares. Así, el carlismo tuvo escasa repercusión en las grandes ciudades, siendo un movimiento predominantemente rural.

Otro aspecto de la disputa transcurría en el terreno religioso, con el deseo de los carlistas de conservar la catolicidad de las leyes y las instituciones, propia de la tradición política española. Los liberales iniciaron un proceso de desamortizaciones (Madoz y Mendizábal) que privaban de terrenos de cultivo a los monasterios, para venderlos en subasta pública a las grandes fortunas, llenando las arcas públicas del estado y de algunos políticos del liberalismo. Iniciaron, también, la quema de conventos y el asesinato de religiosos de 1834 y privaron al campesinado de las tierras comunales de los Ayuntamientos, con las que mantenían una economía de subsistencia, obligándoles a engrosar las filas de un incipiente proletariado que, unos años más tarde, sirvió de fermento a las revoluciones socialistas y anarquistas. Así, España se vio reformada en el terreno político, religioso y social muy gravemente. Como consecuencia de ello, apareció la reacción de los sectores tradicionalistas, defensores del viejo orden gremial, y de la Iglesia, ante la política de los nuevos gobiernos liberales que, con la excusa de modernizar el país, estaban abriendo las puertas al capitalismo.

Además, los partidarios del reclamante Carlos alentaban la reinstauración de la totalidad de los fueros de los territorios de las zonas sublevadas (si bien existen discrepancias entre los historiadores respecto si la defensa de los fueros fue un rasgo característico del carlismo desde su origen o si se manifestó ya empezada la Primera Guerra Carlista), aunque, donde surgió por primera vez el carlismo fue en Castilla, y no en las regiones forales.

Así se conformó el ideario carlista: legitimidad dinástica, tradición católica, monarquía confederal y misionera, con derechos forales de las regiones no afectadas por el decreto de Nueva Planta. Su lema: «Dios, Patria, Rey».

Antecedentes[editar]

Tras la invasión francesa de 1808 y la ausencia del monarca crean un vacío de poder que es aprovechado por los liberales para tomar el poder en las Cortes de Cádiz y proclamar la Constitución de 1812. En las Indias esto tiene parecidas consecuencias pero se desencadena un levantamiento criollo en pro de la independencia. Aquí se podría catalogar como el primer enfrentamiento entre realistas, favorables al Antiguo Régimen, e independentistas, que influidos por nuevas ideas luchan por la independencia de los virreinatos como repúblicas liberales.[8][9]

Tras el golpe de estado que trae al Trienio Liberal (1820-1823) se consolida el movimiento de carácter antiliberal y contrarrevolucionario. Sin embargo, el movimiento hundía sus bases ideológicas en el pensamiento español antiilustrado y antiliberal de autores como Fernando de Ceballos, Lorenzo Hervás y Panduro o Francisco Alvarado, enmarcados en una corriente europea de reacción contra el enciclopedismo y la Revolución francesa. La intervención francesa de los Cien Mil Hijos de San Luis que hace por terminar la Guerra Realista donde se enfrentan por primera vez en la península las fuerzas de la tradición con el liberalismo.[10]

Retrato de Fernando VII a caballo. 1829

Durante la segunda restauración absolutista —conocida por los liberales como la «Década ominosa» (1823-1833) y que constituye el último periodo del reinado de Fernando VII— los absolutistas se dividieron entre absolutistas «reformistas» —partidarios de «suavizar» el absolutismo siguiendo las advertencias de la Santa Alianza, cuya intervención militar mediante los Cien Mil Hijos de San Luis había puesto fin en 1823 a la breve experiencia de monarquía constitucional del Trienio Liberal— y los absolutistas «apostólicos» o «tradicionalistas» que defendían la restauración completa de la monarquía católica tradicional, en la que el pueblo estaba representado por las cortes, y el poder del rey estaba por tanto limitado. Los tradicionalistas tenían en el hermano del rey, Carlos María Isidro —heredero al trono porque Fernando VII después de tres matrimonios no había conseguido tener descendencia— a su principal valedor, y por eso comenzaban a ser llamados «carlistas».[11]

Nacimiento[editar]

Tras la muerte de su tercera esposa, María Josefa Amalia de Sajonia, Fernando VII anunció en septiembre de 1829 que iba a casarse de nuevo. Según Juan Francisco Fuentes, «es muy posible que las prisas del rey por resolver el problema sucesorio tuvieran que ver con sus dudas sobre el papel que venía desempeñando en los últimos tiempos su hermano don Carlos... Sus continuos achaques de salud y su envejecimiento prematuro —en 1829 tenía tan sólo 45 años— debieron persuadirle de que se le estaba acabando el tiempo. Según su médico, Fernando hizo en privado esta confesión inequívoca: "Es menester que me case cuanto antes"».[12]

La elegida para ser su esposa fue la princesa napolitana María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, sobrina de Fernando y 22 años más joven que él. Se casaron el 10 de diciembre y pocos meses después Fernando VII hacía pública, por medio de la Pragmática Sanción de 1830, la Pragmática aprobada en 1789, al comienzo del reinado de su padre Carlos IV que abolía la Auto acordado de 1713, ley fundamental sucesoria que dispone:

[...] la sucesión de varón en varón en las líneas de Don Felipe V, anteponiendo siempre el varón más remoto a la hembra más próxima, pasando el derecho, una vez extinta la rama mayor de varones agnados, a cada una de las menores de agnados, que, sucesivamente, y a la desaparición de las precedentes, serán primogénitas, y una vez extinta la descendencia agnada de Felipe V, recae el derecho en la hembra más próxima al último varón reinante, hija o hermana, y faltando las hembras o varones de hembra por línea transversal, es decir, ascendiente por el árbol genealógico hasta la primera hembra o varón de hembra que se encuentre, y en defecto de éstos, se acudirá a las hijas de Felipe V y sus descendientes por su orden, suscitándose en la primera hembra que sucediese la agnación rigurosa, como en cabeza de línea y así sucesivamente, y acabadas todas las líneas masculinas y femeninas se llama a los varones de la Casa de Saboya,[nota 1]​ sin tener en cuenta a la de Austria.[13]

Fernando Polo, ¿Quién es el Rey?

De esta forma Fernando VII intentaba asegurarse que, si por fin tenía descendencia, su hijo o hija le sucederían. A principios de mayo de 1830, un mes después de la promulgación de la Pragmática, se anunció que la reina María Cristina estaba embarazada, y el 10 de octubre de 1830 nació una niña, Isabel, por lo que Carlos María Isidro quedó fuera de la sucesión al trono, para gran consternación de sus partidarios ultrabsolutistas.[14]

Según los carlistas, y la historiografía afín posterior, Fernando VII promulgó «ilegalmente» la Pragmática Sanción de 1789, la cual, aunque había sido aprobada por las Cortes el 30 de septiembre de 1789, en tiempos de Carlos IV, no se había hecho efectiva en aquella época por faltar el mandato imperativo y no figurar cuestión tan grave como el cambio de la ley de sucesión a la Corona en el Orden del Día de las Cortes. Siguiendo este razonamiento afirmaban que, aunque Carlos IV había intentado derogar la Ley Sálica mediante el citado acuerdo de Cortes, la disposición no había sido promulgada, por lo que no había entrado en vigor al faltarle un elemento fundamental para la validez jurídica. El hecho es que la posterior publicación de la «Novísima Recopilación» hacía necesario volver a convocar cortes a tal efecto para modificar la forma de suceder a la Corona, y hacía por tanto imposible «resucitar» el acuerdo de cortes de Carlos IV. Fue Fernando VII quien sancionó mediante Pragmática dicho acuerdo, vulnerando la legislación vigente y lo promulgó en beneficio de su hija, la futura reina Isabel II y en detrimento del que hasta entonces era su heredero, su hermano Carlos María Isidro.

Retrato de Francisco Tadeo Calomarde, por Luis de la Cruz y Ríos (copia de Vicente López).

Los «carlistas» no se resignaron a que la recién nacida Isabel fuera la futura reina e intentaron aprovechar su primera oportunidad con motivo de la enfermedad del rey Fernando, lo que dio lugar a los «sucesos de La Granja» del verano de 1832. El 16 de septiembre de 1832 se agravó la delicada salud del rey Fernando VII que se encontraba convaleciente en su palacio de La Granja (en Segovia) y la reina María Cristina, presionada y engañada por los ministros «ultraabsolutistas» encabezados por Francisco Tadeo Calomarde y por el embajador del Reino de Nápoles, que le aseguraron que el ejército no le apoyaría en su Regencia cuando muriera el rey (e intentando evitar una guerra civil, según su propio testimonio posterior), influyó en su esposo para que revocara la Pragmática promulgada el 29 de marzo de 1830 y que cerraba el acceso al trono a Carlos María Isidro. El día 18 el rey firmó la anulación de la Pragmática de la Ley Sálica, por lo que la ley que impedía que las mujeres pudieran reinar, volvía a estar en vigor. Pero inesperadamente Fernando VII recobró la salud y el 1 de octubre destituye a Calomarde y al resto de los ministros «carlistas» —partidarios de su hermano, y que han engañado a su esposa— y el 31 de diciembre anula el decreto derogatorio que jamás se había publicado (pues el rey lo había firmado con la condición de que no se publicase hasta después de su muerte), pero que los «carlistas» se habían encargado de divulgar. De esta forma Isabel, de dos años de edad, volvía a ser la heredera al trono.[15]

Sin embargo, los carlistas y la historiografía afín posterior narraron estos hechos dándoles completamente la vuelta al afirmar que había sido la esposa del rey María Cristina de Borbón quien había presionado al rey para que «vulnerara la ley», porque estaba «deseosa de coronar a su hija Reina de España». La enfermedad del Rey influyó en la Corte, donde unos y otros, partidarios de Isabel y de Carlos, trataron de que el monarca promulgase o no la norma. Fuera cierto o no que, muy poco antes de morir, había modificado el Rey de nuevo su criterio a instancias del Consejo de Ministros, y posiblemente influido por su hermano, lo cierto es que la reinstauración de la Ley Sálica no se produjo por faltar la obligada sanción y promulgación.

Los carlistas, además de denunciar la ilegitimidad de todo el proceso, sostenían la existencia de este último acto del monarca, y en cualquier caso la nulidad jurídica de la Pragmática, considerando que el Rey pudo haber sido presionado, o bien se ocultó la disposición para que nunca entrase en vigor. Los partidarios de la reina Isabel, por su parte, consideraron inexistente norma válida alguna posterior a la derogación de la Ley Sálica, en su parecer perfectamente válida y, por tanto, la heredera del trono era la hija del monarca, futura reina Isabel. Sea como fuere, alegaban los carlistas y la historiografía afín posterior, el rey había adoptado la decisión sin el concurso de las Cortes.

El nuevo gobierno encabezado como Secretario de Estado por el absolutista «reformista» Francisco Cea Bermúdez y del que han sido apartados los «ultras», inmediatamente toma una serie de medidas para propiciar un acercamiento a los liberales «moderados», iniciando así una transición política que tras la muerte del rey continuará la Regencia de María Cristina de Borbón. Se trata de la reapertura de las universidades, cerradas por el ministro Calomarde para evitar el «contagio» de la Revolución de julio de 1830 en Francia, y, sobre todo, la promulgación de una amnistía el mismo día de su constitución, el 1 de octubre de 1832, que permite la vuelta a España de la mayoría de los liberales exiliados. Además el 5 de noviembre crea el nuevo Ministerio de Fomento, un proyecto reformista boicoteado por los ministros «ultras».[16]

Tropas francas isabelinas llamadas «peseteros» o chapelgorris en
Miranda de Ebro (1835).

A partir de su apartamiento del poder, los «ultraabsolutistas», apoyándose en los Voluntarios realistas, se enfrentan al nuevo gobierno y el propio hermano del rey se niega a prestar juramento como princesa de Asturias y heredera al trono a Isabel —aduciendo que el rey Fernando VII no tenía potestad para promulgar la Pragmática Sanción y que, por tanto, seguía en vigor la Ley Sálica—, por lo que Fernando VII le obliga a que abandone España. Así el 16 de marzo de 1833, Carlos María Isidro y su familia se marchan a Portugal. Unos meses después, el 29 de septiembre de 1833, el rey Fernando VII muere, iniciándose una guerra civil por la sucesión a la Corona entre «isabelinos» —partidarios de Isabel II—, también llamados «cristinos» por su madre, que asume la regencia, y «carlistas» —partidarios de su tío Carlos.[16]

Guerras carlistas[editar]

El general carlista Tomás de Zumalacárregui.

En el siglo XIX se produjeron varias insurrecciones de los carlistas contra el gobierno de Isabel II y sucesivos, denominadas en aquella época guerras civiles. Al producirse una nueva insurrección en 1936, que llevó a una guerra más destructiva, se hizo habitual designar como «guerras carlistas» a las del siglo XIX, y reservar el término «Guerra Civil» para la de 1936–1939.

El infante Carlos María Isidro, autoproclamado rey con el nombre de Carlos V.

Primera Guerra Carlista (1833-1840)[editar]

Fue la más violenta y dramática, con casi 200.000 muertos. Los primeros levantamientos en apoyo de Carlos María de Isidro, proclamado rey por sus seguidores con el nombre de Carlos V, ocurrieron a los pocos días de la muerte de Fernando VII, pero fueron sofocados con facilidad en todas partes salvo en el País Vasco, Navarra, Aragón, Cataluña y la Comunidad Valenciana.

Se trataba sobre todo de una guerra civil, sin embargo tuvo su impacto en el exterior: los países absolutistas (Imperio austríaco, Imperio ruso y Prusia) y el Papado apoyaban aparentemente a los carlistas, mientras que el Reino Unido, Francia y Portugal apoyaban a Isabel II, lo que se tradujo en la firma del Tratado de la Cuádruple Alianza en 1834.

General carlista Ramón Cabrera, «el Tigre del Maestrazgo».
Cuadro "Calderote" (Primera Guerra Carlista) por Augusto Ferrer-Dalmau.

Ambos bandos contaron con grandes generales (Zumalacárregui y Ramón Cabrera en el bando carlista, y Espartero en el bando isabelino, lo que se tradujo en un conflicto arduo y prolongado). Pero el agotamiento carlista llevó a que una parte de ellos, los Moderados dirigidos por el general Rafael Maroto se dividieran y buscasen un acuerdo con el enemigo. Las negociaciones entre Maroto y Espartero culminaron en el Abrazo de Vergara en 1839 que marcaba el fin de la guerra en el norte del país. Sin embargo, Cabrera resistió en el Levante casi un año más.

Segunda Guerra Carlista (1846–1849)[editar]

Carlos VI, hijo de Carlos V, tomó el título de Conde de Montemolín.

No fue tan dramática como la primera y tuvo un impacto mucho menor. El conflicto se prolongó de forma discontinua entre 1849 y 1860. Su principal campo de batalla fueron las zonas rurales de Cataluña, aunque hubo algunos episodios en Aragón, Navarra y Guipúzcoa. En 1845 el Infante don Carlos había abdicado en favor de su hijo Carlos Luis de Borbón, conde de Montemolín, que toma el nombre de Carlos VI, como pretendiente a la corona. Al mando del general Cabrera, la contienda se caracteriza por acciones guerrilleras que no consiguen resultado, haciendo que Cabrera tenga que cruzar la frontera, si bien algunos focos resistieron hasta 1860 en acciones más propias del bandolerismo.

Tercera Guerra Carlista (1872–1876)[editar]

El pretendiente Carlos VII, en un dibujo de la revista británica Vanity Fair de 1876.

La tercera guerra carlista se inició con el levantamiento armado de los partidarios de Carlos VII (en 1868 el pretendiente publicó un manifiesto en el que exponía sus ideas, entre ellas la de constituir unas Cortes de estructura tradicional y promulgar una Constitución o carta otorgada, así como realizar una política económica proteccionista) sobre la monarquía de Amadeo I y después contra Alfonso XII, hijo de Isabel II, proclamado rey por el general Martínez Campos en Sagunto.

Los principales escenarios de conflicto de esta guerra fueron las zonas rurales de las Vascongadas, Navarra y Cataluña, y con menor repercusión en zonas como Aragón, Valencia y Castilla.

Este nuevo conflicto fue uno de los factores que desestabilizaron la monarquía constitucional de Amadeo I y la primera República.

La guerra finalizó en 1876 con la conquista de Estella, la capital carlista y la huida a Francia del pretendiente. Hubo algunos intentos posteriores de sublevación, aprovechando el descontento por la pérdida de las posesiones ultramarinas en 1898, pero no tuvieron éxito.

El carlismo durante el Sexenio Revolucionario[editar]

La Revolución de 1868 que destronó a Isabel II y el posterior Sexenio Revolucionario supusieron un gran resurgimiento del carlismo, que por primera vez participó en la política parlamentaria.[17]​ Por su defensa de la unidad católica y del sistema monárquico tradicional, los llamados neocatólicos, antiguos isabelinos, se integraron en el partido carlista, que se constituyó con el nombre de Comunión Católico-Monárquica.[18][19]​ Con este nombre, nocedalistas y carlistas ya habían unificado sus esfuerzos durante la década de 1860, incluso antes de la revolución.[20]​ La Junta Central católico-monárquica fue presidida por el marqués de Villadarias. En la mayoría de las provincias de España se crearon periódicos carlistas y en las elecciones generales de 1871 llegaron a obtener 51 diputados. En este contexto, en 1872 comienza la Tercera Guerra Carlista, que durará hasta 1876.

El carlismo durante la Restauración[editar]

Aunque la derrota militar de 1876 hizo que el carlismo perdiera buena parte de su potencial, no significó su desaparición. En marzo de 1876 Don Carlos publicó en Pau un manifiesto manteniendo su actitud combativa, por lo que tuvo que abandonar Francia, pasó a Inglaterra e hizo varios viajes por América, Europa, África y Asia. Finalmente se asentó en Venecia, en el palacio Loredan, que le fue regalado por su madre en 1881. Mientras tanto reorganizó su partido, y volvió a encargar la dirección del mismo a Cándido Nocedal como su delegado al terminar la guerra.[21]

En 1879 Cándido Nocedal, como representante del pretendiente en España, reorganizó el carlismo enfatizando su carácter de movimiento católico y apoyándose en una red de periódicos afines que efectuaron una política muy agresiva, lo cual le enfrentó con sectores carlistas partidarios de la Unión Católica, grupo dirigido por Alejandro Pidal, que acabó uniéndose a los conservadores de Antonio Cánovas del Castillo.

El rey Alfonso XII trató de atraer a las masas carlistas y conservadoras, afirmando que sería «católico como mis antepasados y liberal como mi siglo». Esta tendencia se encarnó en el pidalismo, formado por antiguos elementos moderados del carlismo que no quisieron entrar en el partido liberal-conservador, y que sostenían la unidad católica en el orden religioso. Este movimiento tuvo como órgano oficial el diario La Unión y fue liderado por los hermanos Luis y Alejandro Pidal, quien fundó la revista La España Católica.[21]

Desde el diario El Siglo Futuro, fundado por Cándido y Ramón Nocedal, los carlistas hicieron campaña contra la Constitución de 1876, afirmando que los católico-liberales (mestizos, como los llamaron) eran una aberración monstruosa, ya que el liberalismo era inconciliable con el catolicismo y constituía «la síntesis de todos los errores y herejías», por lo que los católicos sólo debían militar en el partido diametralmente opuesto, es decir, en el carlismo. Con este carácter de organización católica en lucha contra todos los errores liberales, tomaron como base el Syllabus del papa Pío IX, consiguiendo el apoyo de la gran mayoría del clero y de muchos católicos.[21]

El hijo de Pedro de la Hoz, Vicente de la Hoz y Liniers, y su cuñado Antonio Juan de Vildósola, fundaron el diario La Fé, continuador de La Esperanza. En 1881 La Fe vio con buenos ojos la posibilidad de colaborar con los católico-liberales en la Unión Católica, por lo que se enfrentó con El Siglo Futuro, que se opuso a la misma. Uno de los objetivos de La Unión era que Cándido Nocedal, como dirigente de un partido católico, aceptara la nueva organización y se sometiera a ella y a su Junta. La negativa de Nocedal desencadenó graves polémicas, que adquirieron carácter personal, entre los diarios El Siglo Futuro, La Fé, El Fénix y La Unión. La Fé llegó a decir que Nocedal representaba «el neocatolicismo ingerido en el viejo partido carlista para dominarlo y desnaturalizarlo». A principios de 1884 Alejandro Pidal fue nombrado ministro de Fomento en un gobierno presidido por Cánovas, lo que consolidó la posición de Nocedal y los carlistas intransigentes, que dijeron que este hecho suponía aceptación por parte de Pidal del liberalismo político.[21]

En 1885 murió Cándido Nocedal y se esperaba que su hijo Ramón fuera nombrado su sucesor, pero Don Carlos prefirió asumir él mismo la dirección del partido. Con motivo del nacimiento de Alfonso XIII en 1886, Don Carlos publicó un manifiesto a los españoles reivindicando los derechos a la Corona. Poco después hizo un segundo viaje a la América del Sur y dio una nueva organización en su partido, dividiendo España en cuatro grandes circunscripciones y nombrando un jefe para cada una, que fueron León Martínez Fortún, Juan María Maestre, Francisco Cavero y el marqués de Valdespina. La organización tomó de este modo un cierto aspecto militar, ya que todos los jefes lo eran. En esta época se organizó en Madrid la primera Juventud Carlista de España, presidida por Reynaldo Brea, y poco después se crearon muchas otras.[21]

Desde El Siglo Futuro, Ramón Nocedal, insatisfecho por su papel secundario, no dejaba de atacar a La Fé, que representaba la tendencia belicosa del partido carlista. Don Carlos pidió la paz entre sus partidarios, pero no fue escuchado. En 1888 el pretendiente indicó a Luis María de Llauder la publicación de su famoso escrito, El Pensamiento del Duque de Madrid. Nocedal se opuso al mismo, diciendo desde El Siglo Futuro que en la comunión tradicionalista lo primero era Dios, después la Patria y por último el Rey, de acuerdo con el orden del famoso lema carlista, dando a entender que Don Carlos mandaba o sostenía cosas contrarias a Dios y a la Patria.[22]

Indignado, Don Carlos expulsó del partido a Nocedal, quien llegó a decir que Don Carlos se había liberalizado. Félix Sardá y Salvany combatió punto por punto El Pensamiento y a finales de julio de 1888 El Siglo Futuro publicó un manifiesto, reproducido por muchos diarios de provincias, en el que presentaba el programa del nuevo partido integrista, que sostenía «la íntegra verdad católica».[22]​ En el llamado Manifiesto de Burgos los integristas defendían entre otras cosas el restablecimiento de la Inquisición.

Don Carlos, a fin de tener un órgano de prensa fiel, fundó en Madrid, por medio de Llauder, El Correo Español, y a principios de 1890 nombró delegado suyo para toda España al marqués de Cerralbo, que mejoró la organización del partido, nombrando jefes y juntas regionales y provinciales, y fundando numerosos círculos y juventudes. Su delegación coincidió con el comienzo de los congresos católicos y el nacimiento del catolicismo político militante, sin antidinastismo de ninguna clase, por lo que la posición de los carlistas al respecto fue más bien de abstención. No queriendo abdicar de su legitimismo, sostenían que el triunfo total de la Iglesia sólo podía obtenerse con el de Don Carlos, y a la doctrina del «mal menor» oponían la del «bien mayor», negándose a cualquier tipo de transigencias.[22]

Hasta entonces el carlismo era el único partido regionalista organizado en España, sin atacar su unidad nacional de acuerdo con las palabras de Don Carlos: «centralización política, descentralización administrativa». La descentralización administrativa suponía el reconocimiento de los fueros de las diferentes regiones españolas en los órdenes social, civil, financiero y administrativo. En Cataluña se fundó en 1891 la Unión Catalanista, no afiliada al carlismo e indiferente al principio religioso, que elaboró las Bases de Manresa. Esto suponía un autonomismo que iba más allá del defendido por los carlistas, en virtud del cual Cataluña debía convertirse en un Estado dentro del Estado español. Los carlistas se mantuvieron apartados de esta tendencia, que pugnaba con su programa españolista. No obstante, lideraron la campaña en favor de los fueros vasco-navarros.[22]

Miembros de la Junta Carlista de Igualada en la década de 1880

A partir de 1890 Enrique de Aguilera y Gamboa estuvo al frente del carlismo, reconstruyéndolo como un moderno partido de masas, centrado en asambleas locales, llamadas Círculos, que llegaron a ser cientos en toda España y con más de 30.000 asociados en 1896. Esas asambleas fueron copiadas por otras fuerzas políticas; además de la actividad política, realizaban acciones sociales, lo que llevó al carlismo a una participación activa de oposición al sistema político de la Restauración. El partido carlista conseguiría cinco diputados en 1891, siete en 1893, diez en 1896, seis en 1898, dos en 1899, participando en coaliciones como Solidaridad Catalana en 1907, junto con regionalistas, integristas y republicanos.

A partir de 1893 Juan Vázquez de Mella, director de El Correo Español, se convierte en el líder parlamentario y principal ideólogo del carlismo, teniendo una amplia influencia en el pensamiento tradicionalista español.

Cuando estalló la Guerra hispano-estadounidense en 1898, Don Carlos ordenó desde Bruselas a todos los carlistas que no hicieran nada que pudiera comprometer el éxito de la guerra y que ayudaran con todas sus fuerzas a los encargados de defender la integridad española en Cuba y Filipinas; y llegó a amenazar formalmente con una nueva guerra civil si no se luchaba por defender el honor nacional, diciendo que no podría asumir la responsabilidad ante la Historia de la pérdida de Cuba. Muchos creían que la pérdida de las colonias ocasionaría en España una revolución que produciría el derribo de la dinastía, de forma similar a lo ocurrido en Francia por la pérdida de Alsacia y Lorena en 1870. Por ello, tras firmarse el Tratado de París, considerado como una deshonra nacional, se generalizó la opinión de que los carlistas se lanzarían a una nueva guerra civil, aprovechando el descontento del Ejército y del pueblo.[22]

Se preparó el alzamiento y algunos generales y unidades militares tuvieron tratos con los carlistas, pero el gobierno supo de la conspiración, el general Weyler se retiró de la misma[23]​ y las potencias europeas mostraron su oposición al movimiento, por lo que fracasó. El marqués de Cerralbo salió de España y presentó su dimisión, siendo sustituido en diciembre de 1899 por Matías Barrio y Mier. Las juventudes carlistas atribuyeron el fracaso a la oposición de Doña Berta, segunda esposa de Don Carlos, de quien se dijo que había detenido a Don Carlos cuando éste había salido ya hacia España.[24]​ No obstante, algunos carlistas pensaron que aquella era la mejor ocasión para triunfar, e intentaron realizar el levantamiento sin autorización de los principales jefes carlistas. Salvador Soliva tramó una conspiración en Barcelona, que fracasó debido a la poca reserva y organización con que se llevó a cabo, y en octubre de 1900 se produjo la sublevación de Badalona, en la que 60 hombres atacaron sin éxito el cuartel de la Guardia Civil. También aparecieron partidas a Igualada, Berga y Piera, y fuera de Cataluña en Jijona y Jaén, que fueron deshechas rápidamente. Esta intentona llevó al carlismo a una crisis y motivó que el gobierno suspendiera durante unos meses todos los periódicos carlistas del país y clausurara todos sus círculos.[24]

Matías Barrio y Mier, catedrático de la Universidad Central y diputado por Cervera de Pisuerga, prefería el tacto político y logró la reconciliación del marqués de Cerralbo y Juan Vázquez de Mella con Don Carlos, que se materializó en la candidatura de Vázquez de Mella por Barcelona.

En las elecciones de 1901 el carlismo consiguió seis diputados, siete en 1903, cuatro en 1905 y catorce en 1907 gracias a la participación en Solidaridad Catalana. A partir de entonces comenzaron los aplecs carlistas, que movilizaron grandes masas, y muchos nuevos títulos de prensa carlista que propagaron la doctrina del partido.

La política anticlerical del gobierno, concretada en la persecución de las Ordenes religiosas, dio mayor incremento al carlismo, que se alió con el integrismo —desapareciendo el enfretamiento entre ambas formaciones tradicionalistas— e incluso con los silvelistas, para combatir los proyectos del gobierno defendidos por Canalejas, quien se había propuesto imitar a Waldeck-Rousseau, diciendo los diarios liberales que «no hay verdadero liberalismo sin anticlericalismo». Al mismo tiempo aumentaba el catalanismo y aparecía un nacionalismo vasco de naturaleza secesionista con el que los carlistas se enemistaron desde el principio.[24]

Cartel de los senadores de la Solidaridad Catalana

En Cataluña el republicanismo lerrouxista se presentaba, con el apoyo oficioso de los gobiernos, como el valladar contra el catalanismo; pero en oposición al mismo se constituyó la Solidaridad Catalana en 1906, que tuvo su origen en la llamada Ley de Jurisdicciones, represiva contra los delitos contra la Patria y el Ejército, que ponía bajo jurisdicción militar. [24]

Entre los carlistas catalanes hubo una gran divergencia de opiniones sobre si debían aliarse con los catalanistas. Una parte consideraba que esta unión era contraria a los principios, a la historia y al carácter del partido carlista, especialmente teniendo en cuenta la tendencia antirreligiosa de algunos de los partidos que debían integrar la coalición. Sin embargo, El Correo Catalán y algunos políticos carlistas, como Pedro Llosas, lograron que se dejara libertad a los carlistas para sumarse o no al movimiento según el acuerdo tomado por el jefe regional carlista de Cataluña, José Erasmo de Janer, después de consultarlo con Don Carlos, quien inicialmente había sido contrario a esta coalición.[24]

El éxito electoral de la Solidaridad supuso por los carlistas nueve diputados en el Congreso, lo que produjo un gran entusiasmo entre las masas tradicionalistas, que llegaron a creer que la Solidaridad acabaría con el régimen y facilitaría el triunfo de Don Carlos. Sin embargo, en el resto de España la opinión de los carlistas fue siempre contraria a la entrada y la permanencia del carlismo en la Solidaridad.[24]

El 17 de julio de 1909 murió Don Carlos en Varese y fue enterrado en Trieste. Su muerte coincidió con la Semana Trágica de Barcelona, que supuso la desaparición de la Solidaridad. En esta ocasión, los carlistas se pusieron de parte del gobierno de Maura, quien se oponía al triunfo de los proyectos anticlericales.[24]

El jaimismo[editar]

El 18 de julio de 1909 muere el pretendiente Carlos VII y le sucede como pretendiente legitimista su hijo, Jaime de Borbón y Borbón-Parma, conocido entre sus partidarios como Jaime I y en Cataluña y Valencia como Jaime III. Los carlistas pasaron a llamarse «jaimistas» o simplemente «tradicionalistas» o «legitimistas». Barrio y Mier también había muerto el mismo año y fue nombrado jefe delegado Bartolomé Feliu, a quien Don Jaime mantuvo en el cargo.[24]

Don Jaime encontraba su partido bien organizado en todas las regiones y provincias, con juntas en casi todos los distritos y con numerosos círculos, juventudes y requetés en toda España, así como muchos diarios, semanarios, revistas e incluso dos rotativos (adquirida la maquinaria por suscripción popular): El Correo Español y El Correo Catalán.[24]

Las elecciones de 1910 llevaron al Congreso a ocho diputados y al Senado a cuatro senadores jaimistas. Los representantes jaimistas se dedicaron principalmente a combatir el proyecto de la Ley del Candado, y la política contra las órdenes religiosas por parte del gobierno de Canalejas. Los tradicionalistas también organizaron manifestaciones y mítines en toda España, llegando en el Congreso a la sesión permanente, y se dedicaron a luchar contra el republicanismo, aliado del gobierno en la campaña anticlerical. Eran habituales los enfrentamientos entre republicanos y carlistas, sobre todo en Cataluña, donde destacó el enfrentamiento entre requetés y lerrouxistas en San Feliú de Llobregat del 28 de mayo de 1911, que se saldó con un muerto carlista y cuatro lerrouxistas, además de diecisiete heridos.[24]​ Por entonces comenzó a organizarse el Requeté como una organización juvenil del partido, bajo la dirección de Joaquín Llorens y Fernández de Córdoba.

A principios de 1913 Bartolomé Feliu fue sustituido como jefe delegado por el marqués de Cerralbo, constituyéndose, bajo su presidencia, una Junta Nacional tradicionalista, integrada por los jefes regionales y los representantes en las Cortes. En una reunión celebrada en Madrid los días 30 y 31 de enero del mismo año, se designaron diez comisiones (Propaganda, Organización, Círculos y Juventudes, Requetés, Tesoro de la Tradición, Prensa, Elecciones, Acción Social, Defensa del Clero y Defensa jurídica de los legitimistas perseguidos por delitos políticos) y se dictaron reglas para la reorganización del partido en toda España. Esto permitió la fundación de nuevos círculos tradicionalistas y un aumento de la propaganda.[24]

Sin embargo, el hecho de que Don Jaime no se casase producía intranquilidad entre sus adeptos, que empezaban a temer que si su caudillo no tenía un sucesor, el partido quedaría sin cabeza y los derechos de la corona española irían a parar a la rama reinante, por lo que se acabaría la cuestión de la legitimidad de origen.[24]

Salvador Minguijón, en una serie de artículos y conferencias, comenzó a sostener que era necesaria la unión de los jaimistas con los católicos independientes y con Maura para implantar un programa mínimo, sin derribar la dinastía reinante, y tratar de hacer cambiar el régimen liberal despacio, por vía de evolución. El Correo Catalán y otros periódicos apoyaron esta estrategia, pero muchos jaimistas protestaron contra la misma, ya que se prescindía de los derechos de Don Jaime y entendían que el programa mínimo y la alianza con los católico-liberales suponían una claudicación y el abandono del carácter militar del partido, viendo en lo que se llamó minguijonismo un nuevo nocedalismo, pero con una inclinación dinástica y liberal más acusada, que le aproximaba al pidalismo.[25]

Círculo Tradicionalista en Capellades (1915)

En 1914 Don Jaime declaró en una entrevista desde París que «no concebía nuevos partidos y que si bien podría el suyo reforzarse con elementos nuevos, nunca podría perder su carácter; que había heredado deberes y los deberes no eran renunciables». Sin embargo, El Correo Catalán continuó apoyando las tendencias de Minguijón, y en un Congreso de Juventudes celebrado en Barcelona llegó a presentarse un tema consistente en que Don Jaime tenía que renunciar a sus derechos, venir en España y constituirse en cabeza de un nuevo partido de acuerdo con las tendencias indicadas.[25]

En Cataluña, la alianza con el catalanismo provocaba un enfrentamiento interno en el partido. Según la Espasa, muchos tradicionalistas del resto de España y una parte de los catalanes se oponían al mismo. El director de El Correo Catalán, Miguel Junyent, mantenía una estrecha alianza con la Liga Regionalista, de tal manera que en las elecciones el diario seguía la línea marcada por la Lliga en materia regionalista. Los jaimistas catalanes contrarios a esta tendencia eran liderados por Dalmacio Iglesias. En 1915 enviaron un mensaje a Don Jaime, al que se adhirieron algunos círculos tradicionalistas de Barcelona (no el central) y de Cataluña, donde pedían la independencia política del partido. Para defender la tendencia del llamado «legitimismo puro», Iglesias fundó el diario El Legitimista Catalán.[25]​ Dalmacio Iglesias no tuvo éxito en su propósito, y el Marqués de Cerralbo lo desautorizó indirectamente enviando un telegrama a Junyent en el que declaraba rebeldes a todos aquellos que celebraran juntas no autorizadas por el jefe regional.[26]

Juan Vázquez de Mella durante un discurso en 1916.

La nueva orientación dada a las elecciones por parte de la junta nacional no fue acatada por la regional de Cataluña, lo que motivó el nombramiento de otra, que distanció el partido de la Lliga. En junio de 1916 Juan Vázquez de Mella pronunció un discurso en el Congreso en la que concretaba la diferencia entre el autonomismo de la Liga (nacionalismo regionalista) y la autarquía (regionalismo nacional) que sostenían los jaimistas. Como teórico del partido, los planteamientos de Mella eran incorporados al programa tradicionalista. Sin embargo, El Correo Catalán se opuso a la nueva dirección, y tratando de llegar a la concordia se nombró un comité de acción política que estableció como norma «ni siempre con la Lliga, ni siempre contra la Lliga », pero siempre con alianzas accidentales y partiendo de la base de un «regionalismo confesional, católico y español». La Asamblea de Parlamentarios catalanes de 1917 y la huelga general revolucionaria con la que coincidió en Barcelona en el mes de julio, terminaron de distanciar a buena parte de los jaimistas de la Lliga, no así a El Correo Catalán.[25]

En 1914 se editaban en España 38 periódicos jaimistas y 9 integristas.[27]​ La prensa tradicionalista y especialmente El Correo Español jugó un papel muy importante en la campaña germanófila española durante la Primera Guerra Mundial.

También en las provincias vascongadas y Navarra estallaron agitaciones de carácter nacionalista, por lo que el marqués de Cerralbo, en carta dirigida al marqués de Valdespina, jefe provincial legitimista de Guipúzcoa, dio la orientación de que, como partido foralista, el partido jaimista era regionalista, pero defendía la unidad de España y era «incompatible con los regionalismos liberales».[25]

En 1918 Dalmacio Iglesias combatió el proyecto de Estatuto catalán elaborado por los autonomistas que establecía para Cataluña un Estado, aduciendo su carácter liberal y aconfesional. La campaña contra el Estatuto fue autorizada por las autoridades y la prensa del partido, con excepción de El Correo Catalán y algún otro periódico. En noviembre del mismo año la Pastoral colectiva de los obispos de Cataluña declaraba que «Jesucristo tiene derecho absoluto sobre los pueblos en el orden político» y reprobaba las tendencias neutrales con respecto a la religión.[25]

Además de estas luchas internas del jaimismo, se produjo otra que terminó de dividir el partido. Con motivo de la Primera Guerra Mundial, los jaimistas, con Vázquez de Mella a la cabeza, se pusieron de parte de los Imperios Centrales, aduciendo que Inglaterra y Francia habían sido los promotores del liberalismo y los adversarios del poderío español. Así pues, realizaron una activa campaña para mantener la neutralidad de España en la guerra contra los que pretendían que el país se adhiriese a los aliados, amenazando con una guerra civil si el gobierno intervenía en el conflicto europeo.[28]

Sin embargo, durante la Gran Guerra Don Jaime vivió bajo arresto domiciliario en el Imperio austrohúngaro por su apoyo a Francia y a los aliados, sin casi comunicación con la dirección política jaimista en España, que seguía encabezando Vázquez de Mella, con un carácter germanófilo. Al terminar la guerra, Don Jaime hizo redactar desde París un manifiesto, fechado el 30 de enero de 1919, en el que afirmaba que no habían sido obedecidas sus órdenes y que en contra de su voluntad se había arrastrado a las masas a favor de los Imperios Centrales, por lo que era necesaria la completa reorganización del partido. Con este manifiesto desaprobaba de manera pública la conducta seguida por Mella, Cerralbo y toda la dirección del partido.[25]

Cuando la Junta Nacional tuvo conocimiento del manifiesto, acordó el 5 de febrero que debía suspender su publicación hasta que una comisión de la Junta se entrevistara con Don Jaime, pero esta comisión no pudo obtener el visado de los pasaportes y Don Jaime ordenó que se publicara el manifiesto. Todos los redactores de El Correo Español que simpatizaban con Mella fueron expulsados y el pretendiente añadió que en cuanto a los principios y a la conducta de los que lo reconocían como jefe, él «era el único juez competente», afirmación de que los mellistas vieron como un modelo de absolutismo cesarista, contrario a su modelo de monarquía tradicional. Ante estos hechos, la junta acordó por unanimidad que no podían aceptar la conducta y los principios de Don Jaime, por lo que decidieron continuar el partido prescindiendo del pretendiente. Mella publicaría aún en El Debate un artículo atacando a Don Jaime.[29]

Por su parte, Miguel Junyent y los elementos de El Correo Catalán se mostraron favorables a Don Jaime y contrarios a los mellistas y facilitaron la división definitiva del partido. En 1919 el aragonés Pascual Comín y Moya fue nombrado representante de Don Jaime[29]​ con el título de Secretario. Aunque el prestigio de Comín permitió que el partido no se desmoronara por completo y que fuertes núcleos se mantuvieran fieles, mantuvo su cargo por poco tiempo. Don Jaime necesitaba a alguien de menor edad para la ardua labor de reorganización, de manera que en 1919 fue designado Secretario General Luis Hernando de Larramendi, abogado, escritor y orador que se había destacado en la Juventud Tradicionalista de Madrid. Hernando de Larramendi comenzó a reorganizar el movimiento con grandes dificultades, ya que entre los mismos leales a Don Jaime había enfrentamientos.

Para reorganizar el partido, los jaimistas celebraron una gran Junta en Biarritz el 30 de noviembre de 1919, presidida por Don Jaime, donde tuvo una destacada intervención el doctor José Roca y Ponsa.[30]​ En Biarritz Larramendi pudo presentar la estructura reconstituida de la Comunión Tradicionalista y su actividad le permitió reunir a elementos disgregados, aunque el partido ya no tenía la fuerza de los años anteriores. Las minorías parlamentarias jaimistas quedaron reducidas a unos pocos diputados y senadores. Al finalizar la dirección de Hernando de Larramendi en 1922, el movimiento había disminuido su volumen, pero contaba con unas juventudes llenas de entusiasmo, particularmente en las regiones donde la escisión mellista había hecho menos estragos: Cataluña y Navarra.

Junta Magna de Biarritz de la Comunión Católico-Monárquica presidida por Don Jaime (1919)

Vázquez de Mella y sus partidarios fundaron en Madrid el diario El Pensamiento Español, continuador de la anterior línea editorial de El Correo Español, y crearon el Partido Católico Tradicionalista, que quiso reunir también los integristas y los católico-sociales. El Correo Español, que quedó en manos de los jaimistas, perdió buena parte de sus suscriptores y desapareció dos años después, en 1921.[29]

Los jaimistas, bajo el liderato directo del pretendiente, que mostraba gran interés por la cuestión social, defenderían posturas "sociedalistas", al modo de Charles Péguy o del distributismo inglés, inspirándose en la doctrina social de la Iglesia, y enfatizaron el carácter foralista del partido.

En las elecciones de 1919 fueron elegidos como diputados los jaimistas catalanes Bartolomé Trías y Narciso Batlle y el navarro Joaquín Baleztena, además de dos mellistas, Luis García Guijarro y José María de Juaristi, y un integrista, Manuel Senante. Como senadores fueron elegidos dos jaimistas, tres mellistas y dos integristas.[30]

Por su parte, los mellistas catalanes celebraron en Badalona una asamblea en mayo de 1920 en la que nombraron una junta regional y las provinciales, pero pronto comenzaron nuevas disidencias. La tardanza en celebrarse la asamblea nacional y en publicarse el programa motivó que algunos elementos intentaran celebrarla por sí mismos. Algunos tradicionalistas que se reunieron en Zaragoza prescindiendo de Mella, no hicieron nada práctico ni tuvieron autoridad suficiente para trazar una norma, ni elementos suficientes para lograr sus objetivos. Muchos tradicionalistas mellistas, viendo que se había perdido la ocasión para formar un gran partido, abandonaron la política, y poco a poco se produjo la desorganización total. Buena parte de los antiguos círculos y diarios jaimistas desaparecieron y la muerte de Vázquez de Mella acabó con el mellismo.[29]

En 1920 todavía sufre el carlismo la separación de un sector importante, dirigido por Minguijón, Severino Aznar e Inocencio Jiménez, que fundaron con Ángel Ossorio y Gallardo el Partido Social Popular, de ideas democristianas; y otro en torno al Diario de Valencia, antiguo defensor ferviente del jaimismo, capitaneado por Manuel Simó y Luis Lucia, que perdió pronto su carácter tradicionalista y reconoció primero la monarquía alfonsina y luego la Segunda República.[30]​ Este grupo fundaría la Derecha Regional Valenciana.

José Selva Mergelina, marqués de Villores

Coincidiendo con esta época de fragmentación del carlismo, en el Círculo Central Tradicionalista de Barcelona se constituyeron los primeros Sindicatos Libres, que se enfrentaron a los anarquistas de la Confederación Nacional del Trabajo empleando la llamada Ley del Talión y cometieron algunos asesinatos. Sus fundadores fueron obreros jaimistas, aunque después no todos los afiliados al Sindicato estuvieron vinculados al carlismo.[31]

En las elecciones de diciembre de 1920 resultaron elegidos para el Congreso tres diputados jaimistas, entre ellos Batlle, y el integrista Manuel Senante, además de a cinco senadores tradicionalistas, entre ellos el jaimista Trías y el mellista Ampuero.[31]

En 1922 Hernando de Larramendi renunció a su cargo y lo sucedió el valenciano José Selva Mergelina, marqués de Villores. La situación española inquietaba tanto a Don Jaime, que llamó a París destacados jaimistas con quienes mantuvo conversaciones. Asimismo, las juventudes jaimistas se reunieron en Zaragoza para llegar a acuerdos importantes.[32]​ El marqués de Villores, nuevo secretario de Don Jaime, centralizó la dirección de la Comunión desde Valencia, donde residía. Gracias a su labor logró hacer renacer el movimiento en la Región Valenciana, pero la Dictadura de Primo de Rivera, junto con el período prerrevolucionario que desembocó en la proclamación de la Segunda República en 1931, le proporcionaron nuevas dificultades. No obstante, la gran actividad del marqués de Villores permitió reorganizar el partido en Guipúzcoa, Vizcaya y la Rioja.

Don Jaime estaba informado de la preparación del golpe de Estado de 1923 mediante el coronel Arlegui, quien estaba implicado con el general Martínez Anido. Cuando se produjo el golpe, los jaimistas del Requeté y los Sindicatos Libres colaboraron con los militares en Barcelona. Algunos jaimistas creían que existía la posibilidad de que Alfonso XIII abandonase España, como le aconsejó Manuel García Prieto, y que Don Jaime entrase en el país y fuera reconocido rey con el golpe de Estado. Aunque Primo de Rivera era alfonsino, el general Sanjurjo y Arlegui eran partidarios de Don Jaime.[32]

Sin embargo, el Directorio Militar que se formó trató los tradicionalistas como cualquier otro partido y aunque inicialmente Don Jaume dio un voto de confianza al régimen, la mayoría de los jaimistas se mantuvieron apartados del mismo. En 1925 Don Jaime publicó un manifiesto crítico con la Dictadura, la cual comenzó a prohibir los actos y clausurar los círculos de los jaimistas, que pasaron a oponerse al régimen y vieron sus fuerzas muy mermadas.[33]

Por su parte, los mellistas se integraron en la Unión Patriótica,[33]​ considerando que con el reconocimiento de la libertad y protección de la Iglesia, y el restablecimiento de los principios de orden y de autoridad, se había reconocido buena parte del programa tradicionalista.[29]

El carlismo durante la Segunda República[editar]

El carlismo llegaba muy debilitado al comienzo del periodo republicano. Con la proclamación de la Segunda República Española, Don Jaime publicó un manifiesto en el que condicionaba su apoyo al régimen a la evolución que éste tomase,[34]​ afirmando que si la República tomaba un rumbo no moderado sino revolucionario, lucharía hasta la muerte «contra el comunismo antihumano al frente de todos los patriotas». Posteriormente los carlistas adoptarían una posición definida contra la República.

La situación de España permitió el acercamiento de jaimistas, mellistas e integristas, que empezaron a actuar conjuntamente. Sin embargo, en las elecciones constituyentes de 1931 aún se presentaron separados. Los jaimistas obtuvieron cuatro diputados, el conde de Rodezno, Joaquín Beunza, Julio de Urquijo y Marcelino Oreja, en una coalición vasco-navarra con el PNV. Los integristas obtuvieron tres diputados, José María Lamamié de Clairac, Ricardo Gómez Rojí y Francisco Estévanez Rodríguez, en coalición con los agrarios.[35]​ A esta minoría tradicionalista, una vez reunificadas ambas formaciones, se sumaría después el diputado electo por Álava José Luis Oriol.

Don Jaime murió en París el 2 de octubre de 1931, a consecuencia de una caída de caballo. Le sucedió al frente del carlismo su tío, Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este, hermano de Carlos VII. A pesar de tener 82 años, aceptó liderar el partido afirmando que lo hacía para cumplir con su deber.[36]

Mitin tradicionalista en el Teatro Bosque de Barcelona (1932)

Don Jaime había mantenido conversaciones con Alfonso XIII para la reunificación de sus ramas de la casa de Borbón, con la propuesta de establecer a Jaime como jefe de la casa de Borbón a cambio de que nombrara heredero al infante Don Juan, hijo de Alfonso XIII. Las negociaciones terminaron bruscamente con la muerte de Don Jaime, que había firmado con Alfonso XIII el pacto de Fontainebleau, pero Don Alfonso Carlos decidió no confirmarlo hasta a estar seguro de que el pacto salvaba los principios tradicionalistas. Finalmente no se llegó a ningún acuerdo definitivo con la dinastía alfonsina.[36]

Los integristas regresaron al carlismo a finales de 1931. En enero del año siguiente, Don Alfonso Carlos reorganizó la Comunión Tradicionalista con una Junta Suprema bajo la presidencia del marqués de Villores, de la que formaron parte el conde de Rodezno, Juan María Roma y Joaquín Beunza (antiguos jaimistas); Manuel Senante y José María Lamamié de Clairac (antiguos integristas) y José Luis Oriol (antiguo maurista).[37]​ En mayo de 1932 murió el marqués de Villores y fue sustituido por el conde de Rodezno como presidente de la Junta Central.[38]​ Durante este periodo, el carlismo, como movimiento contrarrevolucionario plenamente opuesto a la República, adquirió nuevamente una gran fuerza en toda España, muy superior a la que había tenido en los años anteriores.

Discurso de Joaquín Beunza en Bilbao (1932)

El ambiente de tensión y radicalización que se vivía desde el final de la Dictablanda y el comienzo de la Segunda República se constata en los continuos enfrentamientos callejeros. El 17 de enero de 1931 se celebró en Bilbao un mitin tradicionalista que terminó en una colisión contra socialistas y republicanos saldada con tres muertos socialistas. En Pamplona también se produjo un enfrentamiento en 1932 entre carlistas y socialistas en el que murieron dos socialistas y en agosto del mismo año hubo una pelea en Letux (Zaragoza) en la que resultaron muertos algunos republicanos, entre ellos el alcalde del pueblo. En 1933 también se produjeron incidentes en Madrid, Zaragoza y Fuencarral, donde resultó herida una joven tradicionalista, María Luisa Leoz.[39]

El Marqués de Villores falleció en 1932, cuando las campañas de propaganda tradicionalistas habían extendido la vitalidad de la Comunión por todas las regiones de España. El anticlericalismo del bienio azañista propiciaría que se afiliasen al tradicionalismo muchos católicos opuestos al laicismo y el marxismo. De esta forma, el carlismo entró en una fase de expansión, aumentando la actividad y el número de los círculos o creándose secciones femeninas (las «Margaritas»). La Comunión Tradicionalista tuvo un importante respaldo en el País Vasco, Navarra, Cataluña y también en Andalucía, donde destacó rápidamente el abogado Manuel Fal Conde, que provenía del integrismo.

Tomás Domínguez Arévalo, conde de Rodezno

El 10 de agosto de 1932 se produjo el intento de golpe de estado del general Sanjurjo en Sevilla y Madrid. Aunque el carlismo no estuvo comprometido oficialmente, muchos tradicionalistas participaron en el mismo y sus juventudes tuvieron serios enfrentamientos con los partidos de izquierda. En Madrid murieron en el tiroteo tres carlistas: el estudiante José María Triana y los militares Justo San Miguel y Castillo. Como consecuencia de los sucesos de agosto, el gobierno tomó importantes medidas contra los partidos de derecha, suspendió los periódicos carlistas y encarceló a un gran número de afiliados tradicionalistas.[38]​ Además, a pesar del tímido apoyo inicial de algunos carlistas al Estatuto de Cataluña, el partido acabó por oponerse a él. Los carlistas de Álava y Navarra también se opusieron al Estatuto Vasco-Navarro, rompiendo sus relaciones con el PNV.

Para las elecciones generales de 1933 los tradicionalistas se pusieron de acuerdo con el partido monárquico Renovación Española, dirigido por Antonio Goicoechea, y constituyeron un centro electoral a fin de concurrir juntos a las elecciones: Tradicionalistas y Renovación Española (TYRE). Salieron elegidos como diputados, integrados en las listas de la coalición de la derecha, veintiún candidatos tradicionalistas por quince provincias distintas: el conde de Rodezno, Esteban Bilbao, Luis Arellano y Javier Martínez de Morentín, por Navarra; José Luis Oriol, por Álava; Marcelino Oreja, por Vizcaya; Francisco Estévanez, por Burgos; Miguel Martínez de Pinillos y Juan José Palomino, por Cádiz; Miguel de Miranda, por Logroño; Romualdo de Toledo, por Madrid; José Luis Zamanillo, por Santander; el obrero Ginés Martínez Rubio y Domingo Tejera, por Sevilla; Lamamié de Clairac, por Salamanca; Jesús Comín y Javier Ramírez Sinués, por Zaragoza; el barón de Cárcer, por Valencia; Joaquín Bau, por Tarragona; Casimiro de Sangenís, por Lérida;[39]​ y Gonzalo Merás (militante tradicionalista y de Acción Popular al mismo tiempo), por Oviedo.[40]​ Todos ellos constituyeron la minoría tradicionalista en el Congreso. La alianza radical-cedista y la amenaza marxista empujó a la Comunión Tradicionalista a una posición de extrema derecha, provocando la radicalización de sus bases.

Tras un fallido intento de aproximación con el destronado rey Alfonso XIII,[41]​ y la divergencia de intereses con el conde de Rodezno, por su estrategia de aproximación a Alfonso XIII, Alfonso Carlos suprimió la Junta Suprema y designó en mayo de 1934 a Manuel Fal Conde como Secretario General de la Comunión Tradicionalista, más combativo y hostil al acercamiento a los alfonsinos. Su primera intervención pública importante se produciría en la concentración de Potes.[39]​ En abril de ese mismo año, Fal Conde ya había mostrado sus dotes de liderazgo como jefe tradicionalista de Andalucía Occidental, organizando la concentración y revista de los requetés sevillanos en la finca del Quintillo, donde desfilaron marcialmente y bien uniformados, lo que supuso una demostración de fuerza del carlismo andaluz frente a la denostada República. Los periódicos tradicionalistas, especialmente El Siglo Futuro lo compararon entonces con el caudillo carlista navarro Tomás de Zumalacárregui. Gracias a la labor de Fal Conde, el carlismo andaluz, sin tradición hasta entonces, había conseguido un enorme auge, llegando a ser conocida Andalucía como la "Navarra del Sur", con cuatro diputados tradicionalistas electos por la región.

A lo largo de 1934 Fal Conde organizó los aspectos referidos a juventud, prensa, propaganda, hacienda y requetés. Durante la revolución de octubre de 1934, los carlistas asturianos, catalanes y vascos se pusieron de parte del gobierno central y se enfrentaron a los revolucionarios. Como consecuencia, fueron asesinandos el diputado Oreja en Mondragón; el párroco de Nava, José Marta; el veterano de la Tercera Guerra Carlista Emilio Valenciano en Olloniego; César Gómez en Turón; Carlos Larrañaga, exalcalde de Azpeitia, en Eibar, y otros.[42]​ A partir de los sucesos revolucionarios de octubre, los carlistas pasarían a la conspiración y a la acción directa en contra de la República, considerando que la única salida posible al régimen republicano era la insurrección armada, lo que se manifestó en la reorganización del Requeté.[43]

El monárquico alfonsino José Calvo Sotelo, líder de Renovación Española, propuso a finales de 1934 a los tradicionalistas una colaboración más estrecha formando parte del llamado Bloque Nacional. Los carlistas aceptaron la colaboración, pero manteniendo la independencia del partido. Los más entusiastas partidarios del Bloque eran Víctor Pradera y el conde de Rodezno.[44]​ Ante el proceso de acercamiento con los alfonsinos, un sector del carlismo autodenominado «Núcleo de la Lealtad» o «cruzadista» cuyo periódico era El Cruzado Español, separado de la Comunión en octubre de 1932, propugnó que estando las demás ramas borbónicas inhábiles por su liberalismo, y de acuerdo a la pragmática de 1713, los derechos dinásticos corresponderían por vía femenina a la hija mayor de Carlos VII, lo que fue desautorizado por Alfonso Carlos.[45][46]​ Pero dada la elevada edad de Alfonso Carlos, el hecho de no tener descendencia y tras haber roto sus opciones con los alfonsinos, el pretendiente se reafirmó en su descarte de la dinastía alfonsina y en enero de 1936 designó como regente, hasta que se dilucidase la cuestión sucesoria, a su sobrino político Javier de Borbón-Parma.[47]

Como consecuencia de la enorme actividad tradicionalista durante este periodo, se formaron requetés en todas las regiones españolas bajo la dirección del diputado Zamanillo, y en 1935 se convocaron concentraciones carlistas en las que participó una multitud de personas.[44]​ En Poblet se juntaron 30.000 jóvenes catalanes, y en Montserrat, donde se concentraron 40.000 hombres, Fal Conde proclamó: «si la revolución quiere llevarnos a la guerra, habrá guerra». Poco después, 8.000 requetés navarros maniobraban en Villaba perfectamente organizados.[48]​ El 20 de diciembre de 1935 Don Alfonso Carlos elevó Fal Conde al cargo de Delegado Regio, con un consejo asesor compuesto por Bilbao, Senante, Lamamié de Clairac, Lorenzo María Alier y Luis Hernando de Larramendi.[48]

Aunque los carlistas estaban ya plenamente dedicados a la conspiración con los militares, participaron en las elecciones de febrero en las coaliciones de derechas (Frente Nacional Contrarrevolucionario y Frente Catalán de Orden) contra el Frente Popular y salieron elegidos como diputados el conde de Rodezno, Martínez de Morentín, Arellano, Oriol, Estévanez, Joaquín Bau, Lamamié de Clairac, Ginés Martínez, Sangenís, Jesús Comín, José Luis Gaytán de Ayala, José María Araúz de Robles, José María Valiente, Jesús Elizalde, y Jesús Requejo. Sin embargo, de los quince diputados tradicionalistas electos el nuevo gobierno anuló las actas de Granada, donde había sido sido elegido Arauz de Robles, e invalidó las de Lamamié de Clairac y Estévanez.[48]

Guerra civil española[editar]

El triunfo del Frente Popular aceleró la conspiración de los carlistas, que presagiaban una revolución comunista en España. Se constituyó un Estado Mayor carlista bajo la dirección del general Muslera, quedando a cargo de las milicias José Luis Zamanillo, delegado nacional del Requeté. Fal Conde y Don Javier, representante de Don Alfonso Carlos, organizaron los requetés y en mayo se reunieron en Lisboa con el general Sanjurjo,[49]​ a quien ofrecieron la dirección militar del alzamiento carlista en el Norte. Sanjurjo decidió que en caso de que el movimiento militar fracasara, él seguiría al frente de los requetés en Navarra, pero consideraba que era necesaria la participación del Ejército, por lo que convenía que se pusieran de acuerdo con el general Mola. En las conversaciones con Mola surgieron algunas diferencias, pero el asesinato de Calvo Sotelo el 13 de julio favoreció el acuerdo final.[50]

Tras largas negociaciones los tradicionalistas acabaron sumándose al levantamiento que preparaba el Ejército y que daría lugar a la Guerra Civil española, participando con unidades de voluntarios carlistas, agrupados en Tercios de Requetés, que tuvieron una actividad destacada. Así, el Requeté, se unió al pronunciamiento del 18 de julio de 1936 junto con las milicias de Falange Española de las JONS y combatió en la Guerra Civil, llegando a integrar a más de 60.000 combatientes voluntarios[51]​ repartidos en 67 tercios.[52]​. Bajo el mando del general Mola formaron una columna que trató de tomar Madrid, no siendo detenida hasta el puerto de Navacerrada. Sin embargo, ya desde el comienzo de la guerra los carlistas, y en especial su líder Manuel Fal Conde, tuvieron serias divergencias con la jefatura de la sublevación. Entretanto, a la muerte del pretendiente Alfonso Carlos el 29 de septiembre de 1936 Javier de Borbón-Parma asumió la regencia, tal como había dispuesto el pretendiente. La Comunión Tradicionalista desapareció formalmente en 1937 como consecuencia del Decreto de Unificación que fundió la Falange y Comunión Tradicionalista en un partido único denominado Falange Española Tradicionalista de las JONS, posteriormente conocido como Movimiento Nacional.

Variante del escudo vigente durante el periodo de la Restauración en el que se incorporó el Sagrado Corazón de Jesús. Este escudo fue muy utilizado por el Carlismo durante la Guerra Civil y los años inmediatamente posteriores a esta.[53]

Fal Conde tuvo que exiliarse a Portugal tras pretender crear una Real Academia Militar carlista, en la que formar política y militarmente a los oficiales del requeté. Desde su exilio portugués se opuso al Decreto de Unificación, sin resultados:

«... No se había olvidado de los carlistas. Franco en persona invitó a Fal Conde, el jefe carlista exiliado en Lisboa, a formar parte del Consejo Nacional de FET, en noviembre de 1937. Fal Conde no aceptó y el ofrecimiento fue retirado definitivamente el 6 de marzo de 1938. El conde de Rodezno, que seguía en importancia a Fal Conde entre los carlistas, fue nombrado, a pesar de todo, Ministro de Justicia...»[54]

El carlismo se mantuvo dividido, un grupo más intransigente liderado por Fal Conde, con respaldo del regente Javier de Borbón, y otro más identificado con los militares sublevados y falangistas, encabezado por el conde de Rodezno. La unificación impuesta por Franco en abril de 1937 con la Falange Española, en contra de la opinión de Fal Conde y del regente, contó con la aceptación de la mayor parte de los carlistas en el frente,[55]​ especialmente el apoyo del carlismo navarro y de parte del vasco, que apoyaba al conde de Rodezno.[56]​ El regente expulsó de la Comunión Tradicionalista a los que aceptaron puestos en el nuevo partido único, la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, y tras una entrevista con Francisco Franco, fue expulsado de España, estableciéndose en Francia.

La unificación terminó con el carlismo como partido legal, aunque no como fuerza política, y aunque perdió sus periódicos y edificios, mantuvo una cierta influencia en el gobierno franquista, a través del Ministro de Justicia, que era el conde de Rodezno, al tiempo que los carlistas manifestaban su disgusto con la ideología parafascista que predominaba en la FET y de las JONS. Con la ocupación alemana de Francia, los nazis detuvieron al regente Javier de Borbón-Parma y lo trasladaron al campo de concentración de Natzweiler y luego, ante el avance de los aliados, al de Dachau hasta su liberación.

El carlismo durante el franquismo[editar]

Escudo que establece Javier I de Borbón como símbolo de la causa carlista y la Familia Real incorporando en un escusón el Corazón Inmaculado de María en 1942.

Durante el franquismo, el carlismo que había sido oficialmente "integrado" en el Movimiento Nacional, quedó relegado frente a la Falange, y en la práctica perseguido, con detenciones, cierres de círculos y confiscación de publicaciones y rotativos. Al mismo tiempo, el carlismo tuvo su propia crisis dinástica interna.[57]​ Tras el regreso de Fal Conde a España, prohibió el alistamento de carlistas en la División Azul, lo que provocó que las autoridades le confinasen en Ferrerías (Menorca) durante unos meses.

En 1943 el grupo heredero del Núcleo de la Lealtad (o carlo-octavistas) encabezados por Jesús de Cora, y con cierto apoyo dentro del régimen franquista, reconoció al archiduque Carlos de Habsburgo-Lorena y Borbón como rey con el nombre de Carlos VIII, nieto de Carlos VII por vía femenina. La organización conocida como Comunión Carlista fue liderada por Jesús de Cora y Carlos VIII obtuvo el apoyo del régimen franquista para crear disidencias entre los monárquicos. Tras el fallecimiento del archiduque en 1953, sus partidarios intentaron revivir el movimiento con sus hermanos, pero en vano. En 1986, lo que quedaba de Comunión Carlista se integraría en la Comunión Tradicionalista Carlista.

Durante la posguerra, la Comunión Carlista tuvo una existencia marginal y falta de liderazgo efectivo. Javier de Borbón-Parma regresó en diversos momentos a España, siendo en todas ellas expulsado por las autoridades franquistas por su actividad política. Finalmente en 1952, don Javier asume formalmente la sucesión de Alfonso Carlos debido a las presiones de los dirigentes del carlismo para poner fin a la regencia, proclamándose rey con el nombre de Javier I. A partir del 11 de agosto de 1955, con el cese de Fal Conde y la asunción de la jefatura carlista por Javier, se nombra una junta presidida por José María Valiente, que realizó una política de colaboración con el régimen.[58]

La falta de liderazgo e indecisiones de Javier de Borbón produjo nuevas divisiones:

  • El 20 de diciembre de 1957 unos 50 dirigentes carlistas, dirigidos por Luis Arellano y José María Arauz de Robles, visitaron a Juan de Borbón en Estoril para reconocerlo como rey. Previamente en 1946, el conde de Rodezno ya había hecho una aproximación a Juan de Borbón del que salieron las Bases de Estoril.[59]​ Las facciones javieristas y juanistas se enfrentarían en Montejurra desde 1958.[57]
  • En 1958 Mauricio de Sivatte, expulsado del carlismo en 1950, estableció un grupo bajo el nombre de «Regencia Nacional y Carlista de Estella» (RENACE) de carácter antifranquista y tradicionalista. Sivatte consiguió arrastrar inicialmente a gran parte de los carlistas catalanes, pero casi todos sus partidarios lo abandonaron en 1964 para volver a reintegrarse en el carlismo que lideraban Don Javier y su hijo Carlos Hugo. En 1986, se integró en la Comunión Tradicionalista Carlista.

El carlismo ante el Concilio Vaticano Segundo[editar]

Al iniciarse el Concilio Vaticano Segundo y hacerse visibles las nuevas tendencias modernistas en el seno de la Iglesia que promovían el principio de libertad de cultos, el jefe delegado de la Comunión Tradicionalista José María Valiente, junto con la dirección del partido, redactaron en 1963 un manifiesto en defensa de la Unidad Católica de España en nombre del rey Javier.[60]

Manuel Fal Conde, predecesor de José María Valiente, también trató de evitar la declaración de libertad religiosa del Concilio, ya que la unidad católica de España constituía una de las principales reivindicaciones históricas del carlismo, iniciando una Cruzada de oraciones y de misas y convocando un concurso para premiar un libro sobre la unidad católica como fundamento político-social de España, que ganaría en 1965 Rafael Gambra.

La promulgación final el 7 de diciembre de 1965 de la declaración Dignitatis humanae por parte de la Iglesia supuso un fuerte revés para la dirección de la Comunión Tradicionalista, que se vio privada de parte de su sostén ideológico en la doctrina católica.

El carlismo socialista autogestionario y la división ideológica del movimiento[editar]

Después de 1965 comenzó la etapa de profundo cambio ideológico de una parte del carlismo, impulsado por sectores de la organización universitaria AET y la obrera MOT influidos por los cambios producidos en la Iglesia Católica a raíz del Concilio Vaticano II. Se gesta así un giro hacia la izquierda que se vio refrendado por el ascenso de José María de Zavala a la secretaria general del carlismo en 1966. Y este año, grupos carlistas apoyaron la convocatoria por parte de ETA del Aberri Eguna en Irún y en la celebración del tradicional acto de Vía Crucis de Montejurra el 8 de mayo, durante el acto político celebrado en la plaza de los Fueros de Estella, el procurador en Cortes y dirigente carlista, José Ángel Zubiaur, exigió la anulación del Decreto de Derogación del Concierto Económico de Vizcaya y Guipúzcoa siendo recibido con una atronadora ovación.[61]​ Estos planteamientos de claro apoyo al foralismo en todo el territorio nacional e incluso de acercamiento al nacionalismo vasco por ciertos sectores eran un claro desafío al régimen franquista, por lo que este poco a poco fue endureciendo su posición respecto a estos sectores del carlismo.

Ante la designación de Juan Carlos de Borbón como sucesor de Franco y la expulsión de España en 1968 de Carlos Hugo y Javier, una parte de la Comunión Tradicionalista, con Carlos Hugo a la cabeza, aceleró su cambio ideológico al socialismo autogestionario,[62][63]​ en medio de una profunda división entre la militancia entre tradicionalistas y partidarios del cambio, que culminaría con la expulsión de José María Valiente.[64]​ En 1971 la junta de gobierno carlohuguista reconoció abiertamente su oposición al régimen franquista y el en Congreso del Pueblo Carlista se cambió la denominación de Comunión Tradicionalista por la de Partido Carlista, abandonando el calificativo de tradicionalista que definía a los carlistas desde hacía un siglo. Incluso hubo intentos de lucha armada dentro del nuevo carlismo de izquierdas protagonizados por los Grupos de Acción Carlista (GAC), que atentaron contra el periódico carlista tradicionalista El Pensamiento Navarro. En el congreso federal de 1972, el Partido Carlista se definió como un partido de masas, de clase, democrático, socialista y monárquico federal.[65]​ El nuevo Partido Carlista se incorporó a la Junta Democrática de España y después de abandonarla a la Plataforma de Convergencia Democrática.

Poco después de que el pretendiente don Javier sufriera un accidente de automóvil, este otorgó plenos poderes a su hijo, Carlos Hugo de Borbón-Parma, para dirigir el partido, y el 20 de abril de 1975 abdicó en él. Durante estos años, el Secretario Federal de Organización del Partido Carlista fue el periodista Carlos Carnicero. Un sector del carlismo encabezado por Raimundo de Miguel, Juan Sáenz-Díez y José Arturo Márquez de Prado no reconoció a Carlos Hugo como rey por no aceptar este el ideario tradicional de Dios, Patria, Fueros y Rey, y en julio de 1975 se separó formalmente del Partido Carlista reactivando la Comunión Tradicionalista,[65]​ con fuerza en Sevilla, Valencia y otras zonas, pero que no pudo atraerse a los sectores tradicionalistas escindidos del carlismo con anterioridad, como la RENACE. Otra parte de los carlistas disconformes con la postura de Carlos Hugo habían formado partidos como la Unión Nacional Española, que reconoció a Juan Carlos como rey tradicionalista, Partido Social Regionalista (Unión Institucional) o se integraron en partidos franquistas como Fuerza Nueva.

El carlismo durante la Transición[editar]

El cambio ideológico de Carlos Hugo fue uno de los factores que produjo el retraimiento progresivo de la base popular carlista, que ya no sabía a qué atenerse.[66]​ Los carlistas de mayor edad y los excombatientes requetés, junto con los jóvenes tradicionalistas, dejaron de participar en la concentración anual de Montejurra (Vía Crucis instituido en memoria de los requetés muertos en la Guerra Civil),[67]​ como constata el gran descenso en el número de participantes (de casi 100.000 en la década de 1960 a unos 5.000 a inicios de los 70).[68]

Tras la muerte de Franco, un sector carlista partidario de continuar el ideario tradicionalista se reunió entorno a Sixto de Borbón, hermano de Carlos Hugo, e intentaron organizar un carlismo tradicionalista alternativo al nuevo Partido Carlista, con una fuerte colaboración de Fuerza Nueva, llegando sus seguidores a enfrentarse con los carlistas fieles a Carlos Hugo en la concentración anual del carlismo en Montejurra en 1976, en lo que comúnmente se denominó como los «Sucesos de Montejurra» y que se saldaron con la muerte a balazos de dos partidarios de Carlos Hugo (Ricardo García Pellejero y Aniano Jiménez Santos) y varios heridos. En sentencia de la Audiencia Nacional de 5 de noviembre de 2003 se reconoció a los dos asesinados como «víctimas del terrorismo», remitiéndose a la Sentencia dictada por el Tribunal Supremo de 3 de julio de 1978, siéndole entregada a una de sus viudas la Medalla de Oro de Navarra. Los responsables de estos hechos se beneficiaron de la amnistía de 1977 y quedó extinguida su responsabilidad penal.

Emblema del Partido Carlista.

Por su parte, el brazo armado del nuevo Partido Carlista liderado por Carlos Hugo, los llamados Grupos de Acción Carlista, fue desarticulado por la policía en 1972, algunos de cuyos miembros acabaron ingresando en ETA.[69]​ En 1978 ETA asesinó a José María Arrizabalaga, jefe de la Juventud de la Comunión Tradicionalista en Vizcaya, como represalia por los sucesos de Montejurra y con el objetivo de neutralizar al carlismo tradicionalista en el País Vasco y Navarra.

A la llegada de la Transición, el Partido Carlista, que tenía 8.500 militantes en 1977, no pudo participar en las primeras elecciones al parlamento español, por no llegarle el reconocimiento a tiempo, lo que no impidió que pidiera el voto positivo para la Constitución de 1978. Sin embargo, una parte importante de los militantes y simpatizantes del partido optaron por entrar en movimientos nacionalistas y regionalistas de izquierdas. Carlos Hugo dimitió de sus cargos y causó baja en el Partido Carlista en 1980, aunque sin renunciar a sus derechos dinásticos a la corona de España.

La Comunión Tradicionalista reconstituida fue legalizada en 1977 y se presentó a las elecciones generales de 1979 junto con Fuerza Nueva en la coalición Unión Nacional, obteniendo un diputado.

Víctimas tradicionalistas de ETA en la Transición[editar]

Las personas enumeradas a continuación son algunas de las víctimas carlistas de la banda terrorista ETA, asesinadas o heridas gravemente, durante la Transición:[70]

  • Víctor Legórburu Ibarreche: (+ 9 de febrero de 1976).

Alcalde de Galdácano, de ideas tradicionalistas.

  • Esteban Belderrain Madariaga: (+ 16 de marzo de 1978).

Exteniente de alcalde de Castillo y Elejabeitia (Artea, Vizcaya), era cobrador de la autopista Bilbao-Behobia. Dispuesto a organizar el carlismo en Arratia, colaboraba también con Fuerza Nueva.

  • Javier Jáuregui Bernaola: (+ 8 de julio de 1978).

Dueño de un bar y juez de paz de Lemona. Colaboraba con los tradicionalistas. En determinados días colocaba la bandera española en la puerta de su bar.

  • Elías Elexpe Astondoa: (+ 25 de noviembre de 1978).

Taxista de Amorebieta. Era tradicionalista.

  • José María Arrizabalaga Arcocha: (+ 27 de diciembre de 1978).

Jefe de las Juventudes Tradicionalistas de Vizcaya. Asesinado en Ondárroa.

  • Jesús Ulayar Liciaga: (+ 27 de enero de 1979).

Alcalde de Echarri-Aranaz (Navarra). Se le conocía por sus ideas tradicionalistas carlistas.[71]

  • Luis María Uriarte Alzáa: (+ 5 de octubre de 1979).

De conocida familia carlista de Durango. Fue alcalde de Vedia y por ello perteneció al Consejo Provincial del Movimiento. Carlista de convicción, era asiduo a los actos de Montejurra.[72]

  • Eloy Ruiz Cortadi: (herido grave el 16 de marzo de 1976).

Hijo del capitán del Tercio de Begoña, Eloy Ruiz Aramburu, era el cabeza de los carlistas vizcaínos que reconocieron a Don Juan. Lo tirotearon en Portugalete cuando iba a dejar a su novia en casa, en su coche Mini Morris. Se exilió a Galicia.

Formaciones carlistas en la actualidad[editar]

Carlistas tradicionalistas en el santuario Santa María del Collell, San Miguel de Campmajor (Gerona), 1986

Después de la Transición Española el carlismo, ya sin posibilidades reales de influencia en el gobierno o de establecer a corto o medio plazo una monarquía según sus principios, pasó de ser un movimiento de masas a un movimiento muy minoritario compuesto por "leales".

El carlismo de izquierdas continuó con el Partido Carlista al que está federado en Navarra y País Vasco el Partido Carlista de Euskalherria / Euskal-Herriko Karlista Alderdia (EKA), inscrito en el Registro de Asociaciones Políticas, del Ministerio del Interior, que aprobó sus Estatutos el 21 de julio de 2000 (Tomo IV, Folio 334), con el lema «Libertad, Socialismo, Federalismo y Autogestión». Inicialmente fue denominado por influencia de la terminología aranista Euskadiko Karlista Alderdia. Sigue celebrando todos los años el acto de Montejurra el primer domingo de mayo. En el año 2000 comenzó un proceso de reconstrucción del partido y se presentó a las elecciones municipales de 2003 en varios municipios navarros, obteniendo representación en muy pocos ayuntamientos.

En el «Congreso de la Unidad Carlista», celebrado en 1986 en San Lorenzo de El Escorial, se unificaron varios grupos tradicionalistas, entre ellos la reconstituida Comunión Tradicionalista, creando la Comunión Tradicionalista Carlista (CTC),[73]​ que se proclamó heredera y continuadora de la historia, doctrina y pensamiento monárquico y político del carlismo. Esta formación (CTC), que actualmente no reconoce a ningún pretendiente, concurrió a las elecciones al Parlamento Europeo de 1994, obteniendo en toda España 5.226 votos (0,03%), y obtuvo 25.000 votos en toda España en sus candidaturas al Senado en 2004 y 45.000 votos en sus candidaturas al Senado en las elecciones generales de 2008 también en toda España.

La deriva[cita requerida] de la Comunión Tradicionalista Carlista hizo que algunos elementos procedentes de la anterior Comunión Tradicionalista se desligaran de este conjunto y así, en enero de 2001, Sixto Enrique de Borbón, publicó un manifiesto llamando al reagrupamiento de los carlistas, a consecuencia del cual sus seguidores comenzaron a desarrollar cierta actividad, reactivando la Comunión Tradicionalista (CT), al margen de la Comunión Tradicionalista Carlista (CTC), y en torno a una Secretaría Política dirigida por Rafael Gambra Ciudad y, tras la muerte de éste, por Miguel Ayuso Torres. En 2010 asumió su Jefatura Delegada José Miguel Gambra.

En la actualidad, Sixto de Borbón y el hijo de Carlos Hugo, Carlos Javier, son los pretendientes al trono de España.

Caricatura del carlismo de La Flaca, con personajes e ideales: «Dios, Patria y Rey».

Pretendientes carlistas[editar]

Símbolos[editar]

Notas[editar]

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  2. Canal, Jordi (2005). «Dossier: El rompecabezas carlista. Carlismo y contrarrevolución». La Aventura de La Historia (77): 48. 
  3. Caspistegui, Francisco Javier (1997). El naufragio de las ortodoxias: el carlismo, 1962-1977. EUNSA. p. 189. 
  4. Caspistegui, Francisco Javier (1997). El naufragio de las ortodoxias: el carlismo, 1962-1977. EUNSA. p. XIV. 
  5. Caspistegui, Francisco Javier (1997). El naufragio de las ortodoxias: el carlismo, 1962-1977. EUNSA. p. XIII. 
  6. Santa Cruz, Manuel. «Apuntes y Documentos para la Historia del Tradicionalismo español 1939-1966». 
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  12. Fuentes, Juan Francisco (2007). ídem. p. 88. 
  13. Polo, Fernando (1968). «Capítulo VI el modo de suceder en la Corona, p. 60». ¿Quién es el rey?: la actual sucesión dinástica en la monarquía española. Sevilla: Editorial Tradicionalista. 
  14. Fuentes, Juan Francisco (2007). ídem. pp. 88-89. 
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Véase también[editar]

Bibliografía[editar]

Enlaces externos[editar]