Tabula rasa

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«Tabla rasa» es una traducción impropia de Tabula rasa, una expresión latina que significa literalmente «tablilla raspada», o sea una tablilla sin inscribir. Se aplica a algo que está exento de cuestiones o asuntos anteriores. También se utiliza la expresión «Hacer tabula rasa» para expresar la acción de no tener en cuenta hechos pasados.

En filosofía la tabla rasa hace referencia a la tesis epistemológica de que cada individuo nace con la mente «vacía», es decir, sin cualidades innatas, de modo que todos los conocimientos y habilidades de cada ser humano son exclusivamente fruto del aprendizaje, a través de sus experiencias y sus percepciones sensoriales.

La corriente filosófica que se deriva de este dogma es el empirismo, corriente que también proclama la creencia de que la experiencia es el primer constituyente de cualquier conocimiento que se produzca en el ser humano.

El concepto de tabula rasa fue popularizado por el filósofo inglés John Locke (1632-1704) y suele relacionarse con otros dos mitos en el debate intelectual moderno: el del buen salvaje y el de deus ex machina, pero en realidad tiene su origen en Santo Tomás de Aquino. En un pasaje de su Ensayo sobre el entendimiento humano, John Locke escribe:

"Supongamos que la mente es, como decimos, un papel en blanco, vacío de cualquier carácter, sin ninguna idea. ¿Cómo se rellena? ¿De dónde le llega toda esa enorme provisión que la fantasía desbordada y sin límites del hombre ha pintado sobre ella con una variedad casi infinita? ¿De dónde proceden todos los materiales de la razón y el conocimiento? Para responder con una sola palabra, de la experiencia."[1]

Locke apuntaba con sus dardos a las teorías de las ideas innatas, según las cuales las personas nacen con unos ideales matemáticos, unas verdades eternas y una noción de Dios. Su teoría alternativa, el empirismo, pretendía ser a la vez una teoría de la psicología (cómo funciona la mente) y una teoría de la epistemología (cómo llegamos a conocer la verdad). Ambos objetivos contribuyeron a motivar su filosofía política, a la que se suele conceder el honor de constituir el fundamento de la democracia liberal. Locke se oponía a las justificaciones dogmáticas del statu quo político, por ejemplo la autoridad de la Iglesia y el derecho divino de los monarcas, de las que se decía que eran verdades evidentes en sí mismas. Afirmaba que las disposiciones sociales se debían razonar de nuevo desde cero y debían ser acordadas por consenso, basándose en conocimientos que cualquier persona pudiera adquirir.

La Tabla Rasa ha servido también de sagrada escritura para creencias políticas y éticas. Según tal doctrina, cualquier diferencia que se observe entre las razas, los grupos étnicos, los sexos y los individuos procede no de una diferente constitución innata, sino de unas experiencias distintas. "Cambiemos las experiencias –con una reforma del ejercicio de la paternidad, la educación, los medios de comunicación y las recompensas sociales– y cambiaremos a la persona. La mediocridad, la pobreza y la conducta antisocial se pueden mejorar, y no hacerlo es una falta de responsabilidad. Y toda discriminación que se base en unos supuestos rasgos innatos de uno de los sexos o de un grupo étnico es sencillamente irracional.".[2]

También es una expresión típica de Aristóteles.

En urbanismo también se emplea la expresión hacer tabula rasa, en referencia a demoler o derribar todas las edificaciones preexistentes en un lugar, para desarrollar un barrio completamente nuevo.

Véase también[editar]

Referencias[editar]

  1. Locke, John (1960). «Capítulo 1». Ensayo sobre el entendimiento humano. p. 26. 
  2. Pinker, Steven (2003). «La teoría oficial». La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana. Barcelona: Paidós. p. 17-18. ISBN 84-493-1489-5.