Ejército realista en América

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Estandarte de Fernando VII de Borbón, «Hispaniarum et Indiarum Rex» durante el absolutismo, y rey constitucional de «las Españas» bajo el régimen liberal.

Ejército Realista o Realistas son términos empleados para referirse a las fuerzas armadas formadas principalmente por españoles europeos y americanos, y empleadas para la defensa de la monarquía española frente a la revolución independentista hispanoamericana en el primer tercio del siglo XIX.[1]

Los diccionarios de la Real Academia los definen desde 1803 como regiarum partium sectator, el que en las guerras civiles sigue el partido de los reyes. En 1822 se añadió potestatis regia defensor, que defiende regalías y derechos de los reyes. En 1832 se suprimió guerra civil, y el año 1869 se añadió a los partidarios de la monarquía absoluta.[2]

El uso del término realistas puede extenderse a la población no beligerante o al partido realista.[3] En España, también se denominó realistas a los defensores de la monarquía absolutista, llamados generalmente carlistas.

Situación de la monarquía española[editar]

La monarquía española y sus defensores se vieron afectados por la revolución liberal a través de dos procesos paralelos y simultáneos, el constituyente español y la independencia hispanoamericana, y ambos procesos dieron origen a los nuevos estados nacionales que señalaron el final del absolutismo en todo el mundo hispánico.

El sentido patrimonial de la reunión de distintos Reinos (en plural) de Europa y Ultramar en una misma corona, bajo una dinastía absolutista, y que pretendía mantenerse en apariencia bajo un estado liberal títere en el estatuto de Bayona de 1808 con el nombre de Reinos de las Españas y de Indias, desapareció con el establecimiento del estado nacional español denominándose reino (en singular) por las Cortes de Cádiz en 1810, con un retroceso transitorio durante la restauración absolutista que suprimió la Constitución de Cádiz.[4]

La Junta Suprema Central, había sido obedecida por las juntas formadas desde 1808 en España y América, pero ante los avances de Napoleón en 1810, termina refugiada en Cádiz, y se disuelve, dando paso a la formación de la Regencia de España e Indias y la formación de las Cortes de Cádiz en 1810. La legitimidad de la Regencia ya no fue reconocida por las juntas americanas, y viceversa, las juntas tratadas de insurgentes. Las Cortes procedieron a la abolición de los antiguos reinos, y pretendían tener la soberanía de la península y de los territorios americanos, y nombraba en Cádiz, sitiada por Napoleón, diputados suplentes para América. En sentido contrario las juntas americanas rechazaban la soberanía de la España europea, y la obediencia frente a cualquier gobierno español o francés, y fundamentaban su propio autogobierno en base la retroversión de la soberanía y las leyes tradicionales de Siete Partidas, justificándolas en la renuncia del rey en Bayona 1808. La radicalización de posturas resultó en un conflicto militar que derivó en las declaraciones de independencia y el triunfo en el seno del juntismo americano de las ideas republicanas venidas de las revoluciones francesa y estadounidense.

Efectos de la revolución hispanoamericana en la monarquía[editar]

Constitución de Cádiz, La promulgación de la Constitución de 1812 obra de Salvador Viniegra (Museo de las Cortes de Cádiz).

Inicialmente, casi todas las juntas americanas proclamaron su lealtad a la dinastía Borbón de Fernando VII, prisionero de Napoleón, pero bajo proyectos de monarquías americanas independientes, como la llevada a la práctica en el Primer Imperio Mexicano. También hubo propuestas de monarquías bajo otras dinastías en el caso de Perú,[5] o de una monarquía incaica, como en Argentina. En todas ellas se trató en todo caso de formas monárquicas que además de liberales tampoco renunciaban a la independencia, el eje del conflicto. También hubo proyectos americanos no concretados para apoyar el régimen monárquico liberal establecido en España, con el objetivo de detener el proyecto monárquico absolutista de las potencias de la Santa Alianza. En todos los casos manteniendo la independencia de las nuevas naciones hispanoamericanas.

Desde el año 1808, geográficamente, por su enorme amplitud, las campañas terrestres tuvieron por escenario las zonas continentales de los dominios americanos de la monarquía, inclusive Florida española, y las islas próximas al continente, como Isla de Margarita o Chiloé. En la logística y combates navales se vieron involucradas las islas de Cuba, Puerto Rico, las islas Canarias, y puertos de la península ibérica. No se vieron afectadas la Luisiana cedida a Estados Unidos ni Filipinas.

Políticamente el conflicto tuvo a la vez, un marcado carácter civil e internacional, pero siempre doméstico, sin intervención directa de otras potencias europeas. La intervención oficial de las potencias europeas se limitó a la defensa de España contra la invasión de Napoleón y la restauración en España de Fernando VII en el trono absoluto, manteniendo respecto a los dominios americanos de la monarquía una neutralidad en el conflicto, aunque permisiva con las empresas privadas de contratación de contingentes militares o voluntarios para los ejércitos independientes.

Socialmente ambas posiciones enfrentadas, realista y patriota, tuvieron una trascendencia incierta para los súbditos de la monarquía. En España se empleó el reclutamiento indiscriminado para las expediciones, en general forzoso por leva o quinta (sorteo).[6] [7] Para la movilización americana se apeló al fidelismo de comunidades nativas americanas enfrentadas a los estados nacientes,[8] a las mejoras sociales o promesas de ellas, por parte de unos y otros, a los indígenas y las diferentes castas coloniales mestizas, como mulatos («pardos»), cholos, etc., y hasta la leva de esclavos africanos.[9] Los potentados criollos de origen europeo dieron su apoyo a la causa realista, o independentista, en relación al posicionamiento comercial de cada región, y que podía estar circunscrita a ciudades pobladas o intendencias, o incluir globalmente un virreinato. La Iglesia estaba dividida, el bajo clero era el motor de una verdadera revolución social en el primer movimiento insurgente de México, mientras que la mayoría de los obispos «permanecieron más partidarios del rey que de los nuevos gobiernos» debido al patronato en cabeza del Rey de España.[10]

Liberales y absolutistas[editar]

Rebelión del ejército de ultramar en la Revolución de 1820.

En España la monarquía española que gobernaba a través de un régimen de absolutismo fue abatida en 1808 por Napoleón, y desde 1812 controlada por los españoles partidarios de establecer una monarquía constitucional. La defensa de la monarquía española en América había quedado casi a sus propios medios locales, con auxilios esporádicos de Europa, hasta que Fernando VII y los partidarios del absolutismo, tras recuperar el gobierno en 1815, llevaron adelante acciones de verdadera envergadura, pero aisladas, como la primera expedición de ultramar de unos diez mil españoles, que bajo el mando de Pablo Morillo tenían como objetivo reprimir la insurrección hispanoamericana y alejar el peligro de los propios militares liberales de España.

Sin embargo en 1820, una segunda expedición a ultramar de unos veinte mil españoles que había sido organizada en Cádiz por el antiguo virrey de Nueva España, don Félix María Calleja del Rey, nunca llegó a partir porque fue sublevada contra el propio Fernando VII y en favor del Trienio liberal. Seguidamente, el gobierno del Trienio liberal suprimió cualquier auxilio a los realistas, paralizó las operaciones militares de forma unilateral, y envió negociadores a los independentistas americanos sin ningún resultado, convirtiéndose de facto en una renuncia a los territorios de ultramar en conflicto. El año 1820 marcó el declive de los realistas.

El ejército realista[editar]

Ejército Realista
Cultura e historia
Honores de batalla

Nueva España y Guatemala

Nueva Granada, Venezuela, Quito

Río de la Plata y Paraguay

Chile, Alto y Bajo Perú

El ejército realista no era el ejército colonial del Imperio español; no tuvo la misma misión ni la organización que tenía el ejército colonial durante la época colonial, que iba dirigida a la defensa frente a potencias enemigas del exterior. Sin embargo el ejército colonial tenía un fuerte caracter doméstico, americano, formado por tropas locales de la ciudad en un 80%, y por oficiales afincados en el país, comprometidos con la élite del lugar.

El ejército borbónico desapareció en España en el año 1808, construyéndose durante la guerra peninsular una fuerza totalmente nueva para enfrentarse a Napoleón en España y servir en ultramar. Al iniciarse la revolución hispanoamericana el ejército colonial español se desintegró y grandes sectores del mismo se integraron a los ejércitos independentistas y dependieron de las juntas de gobierno americanas. Los batallones coloniales se comportaron en función del apoyo de las élites locales a favor de una Junta o del Virrey.[11]

El ejército realista en América fue una organización improvisada, surgida de la reacción de los defensores de la monarquía española, que sólo reconocían la autoridad del rey español a través de los virreyes y las autoridades instaladas en España, y tuvo como fin intentar detener el proceso de independencia de las colonias americanas. La mayor parte de las agrupaciones militares realistas fueron entonces de nueva creación y se formaron por unidades americanas nuevas en su mayoría, por unidades recicladas del desarticulado ejército colonial americano que permanecían leales y por unidades expedicionarias formadas en España ad hoc, que a su vez mantendrán su continuidad únicamente por reemplazos de americanos.

En el año 1820 el número de españoles peninsulares combatiendo en América llegaba a 9.954 hombres[12] y a partir de 1820 el gobierno español no envió más expedicionarios desde Europa para reforzar el ejército realista. Morillo en Costa Firme tenía 2.000 europeos bajo su mando. En diciembre de 1821 se reembarcaban desde México hacía la península ibérica 492 oficiales y 3.699 sargentos cabos y soldados europeos que habían formado parte del desmembrado el Ejército Realista en Nueva España.

El virreinato del Perú contaba en 1820 con una fuerza de 7.000 hombres -de varios países- en su mayoría movilizados sobre el Alto Perú.[13] Para diciembre de 1824, punto culminante de las guerras de independencia en Sudamérica, un diezmado componente europeo de apenas 1500 hombres se repartía para toda la extensión del virreinato,[14] que comprendía los escenarios de Charcas, Chiloé y Perú.

Sargento del Regimiento Saboya en 1761. El regimiento de Saboya partcipó en distintas expediciones al Virreinato de Nueva España en 1768 y 1813, al Virreinato de Nueva Granada en 1770 y su II batallón al Virreinato del Río de la Plata en 1776.

Tabla con las fuerzas coloniales de América del ejército borbónico de España a principios del siglo XIX (antes de la independencia hispanoamericana):

Provincia Regulares Milicias Total fuerzas
Capitanía General de Puerto Rico
Florida española
1.500 2.400 3.900
Capitanía General de Cuba 2.000 3.700 5.700
Virreinato de Nueva España 7.200 20.800 28.000
Capitanía General de Yucatán 900 2.600 3.500
Capitanía General de Guatemala 1.000 4.100 5.100
Virreinato de Nueva Granada 2.000 9.000 11.000
Provincia de Venezuela 1.500 9.000 10.500
Virreinato del Perú 2.600 43.800 46.400
Capitanía General de Chile 1.550 4.500 6.050
Virreinato del Río de la Plata 3.000 17.000 20.000
Capitanía General de las Filipinas 1.500 11.000 12.500
Total de Mario Pereyra[15] 24.750 127.900 152.650
Virrenato de Nueva España 10.000 20.000 30.000
Isla de Cuba 2.680 21.831 24.511
Virreinato de Nueva Granada 3.600 8.400 12.000
Capitanía General de Venezuela 11.900
Virreinato del Perú 12.000 49.000 61.000
Total de Alexander von Humboldt[16] 139.411
Nueva España 9.500 24.000 33.500
Guatemala 1.083 7.560 8.643
Yucatán 2.000
Cuba 1.560
Florida 2.000
Puerto Rico 4.400
Venezuela 9.000
Nueva Granada 11.000
Perú 11.200
Chile 3.550
Río de la Plata 21.000
Filipinas 12.000
Total del Niles' Register[17] 129.053

Componentes americanos y europeos[editar]

Por su origen se puede clasificar dos grandes clases de unidades dentro del ejército realista, las unidades creadas en América y las unidades creadas en España. Por su número los americanos formaron la inmensa mayoría del conjunto del ejército realista, en palabras de estudiosos del ejército realista, superando el noventa por cien de las tropas como porcentaje,[18] [19] pero su proporción en los mandos superiores se deducía, según el origen de la unidad, siendo españoles peninsulares casi el cien por ciento de los virreyes, exceptuando a D.Francisco Montalvo, virrey de Nueva Granada, y D. Pío Tristán, el último jefe de gobierno del virreinato del Perú. La población de españoles peninsulares en las colonias americanas a fines del siglo XVIII, era de 150.000 personas, cifra inferior al 1% de la población total.[20] Sin embargo, ya desde la introducción de las reformas borbónicas, la proporción de sus componentes europeo y americano no varió, y se estabilizó en torno a un 80-85% de americanos en los regimientos veteranos.[21] [22]

Unidades creadas en América[editar]

Infantería realista del Alto Perú con uniformidad clásica azul oscuro, para chaquetón largo invernal o chaqueta corta —[23]

Las unidades creadas en América se formaban por tropas originarias americanas, y su componente social y étnico era el reflejo de su población local. Así por ejemplo, en el Virreinato del Perú, los oficiales y suboficales del Ejército Real del Perú hablaban en la lengua quechua o aimara para dirigir a las tropas amerindias ya que «La inmensa mayoría sólo hablaban su lengua nativa por lo cual los oficiales debían conocerla para poder dirigirlos».[24] Estas tropas "del país" se movilizaron para sus respectivos teatros de guerra locales, y con raras excepciones partieron fuera de sus lugares de origen. De esta forma, y también para los independentistas, las personas identificadas con las múltiples castas de amerindios mestizos (cholos), o de negros mestizos (mulatos o pardos), junto con negros esclavos liberados fueron el grueso de la tropa realista dependiendo del predominio étnico en la población. De otra parte, por su movilidad geográfica y por su instrucción, las tropas americanas se podían dividir en unidades de milicias y unidades veteranas. Los batallones de milicias que para su mejora recibían un núcleo de instructores veteranos, a veces europeos, pasaban a denominarse milicias disciplinadas.

Unidades creadas en España[editar]

Infantería de la batalla de Maipu con uniformidad color brin (lino), repartida a los expedicionarios europeos y americanos, empleada en trópicos o climas desérticos[25]

Las unidades creadas en España eran las llamadas expedicionarias, pero desde su llegada al continente americano recibían un flujo continuo de tropas americanas que suplantaba sus bajas europeas, es decir, a más tiempo de llegada más americanizada se quedaba la teórica unidad expedicionaria. Por ejemplo, una conocida unidad expedicionaria, el batallón Burgos, tras el trayecto naval desde la Península Ibérica tuvo que completar sus filas a su llegada a puertos con un tercio de americanos, sin siquiera haber trabado combate alguno. De esta forma únicamente un cuarto del ejército real en la batalla de Maipú era europeo. A partir del año 1817 no llegaría ningún refuerzo europeo para los realistas del Perú, y desde el año 1820 para ningún lugar de América. Durante la totalidad de la guerra un número de entre cuarenta y cincuenta mil españoles europeos se embarcaron para América en varias expediciones a lo largo del conflicto, y de ellos no eran más de 30.000 los soldados que combatieron en suelo continental americano.[26] Una parte importante de ellos, 15.000 o 20.000, permanecieron guarneciendo la estratégica isla de Cuba.[27] En el año 1820, el número españoles peninsulares combatientes en toda América no alcanzaba la cifra de diez mil hombres. En ese mismo año las unidades expedicionarias contaban, en general, con una proporción de 50% de europeos, y Pablo Morillo afirma que en esa fecha tenía unos 2.000 europeos bajo su mando. En el año 1824 únicamente 500 españoles peninsulares formaron parte del ejército realista que combatió en la batalla de Ayacucho.[28]

La característica que se atribuye a los soldados expedicionarios europeos es una teórica mayor lealtad que sirviera de cohesión para las unidades regulares (expedicionarias y del país). Pero por el contrario esta tropa europea era más susceptible a enfermar, y sin disciplinar eran más insubordinados que los americanos. Lo cual era extensible también para los miles de mercenarios británicos y de otras naciones europeas contratados por los independentistas para sus ejércitos.

Sobre el desempeño de las fuerzas peninsulares en el teatro de guerra en el Alto Perú en la campaña de 1817, el general realista Andrés García Camba señalaba:

Los cuerpos peninsulares ostentaron en todos los lances de esta activísima campaña, constante y decidido valor, mas la falta de conocimientos en esta clase de guerra enteramente nueva para ellos y el desventajoso concepto que ligeramente habían formado del enemigo varios de sus individuos, fueron la causa de algunas temeridades tan sensibles como costosas. Las tropas del país (americanas) llevaban algunas ventajas a las europeas, por la práctica que habían adquirido, por la menor impresión que les hacia la frecuente variación de temperaturas y aun por su imponderable sobriedad.

Andrés García Camba.[29]
Evolución de la estructura del ejército realista.

Jefes del movimiento realista[editar]

La procedencia de la oficialidad también era diversa. Los españoles peninsulares ocuparon generalmente los puestos de jefes de gobierno, y también los puestos de alto rango, sobre todo de los cuerpos expedicionarios llegados de España. Los oficiales americanos que se incorporaban en América alcanzan un tercio en los mandos expedicionarios:"de los oficiales reseñados en las unidades expedicionarias, si bien la mayoría -64%- es peninsular,el resto,un tercio-35%- son americanos,[30] lo que facilitó la continuidad de estas formaciones militares en base a tropas americanas, pero implicó una pérdida de la identidad ibérica de los batallones expedicionarios.

La oficialidad patriota estaba formada en un 10% por el ejército borbónico, igualmente las Juntas de España desplazaron también a la mayoría de la oficialidad borbónica. Los oficiales del ejército colonial era en un 60% americanos y los que eran peninsulares llevaban más de 30 años residiendo en América. Así, la oficialidad peninsular combatiendo en América en 1820 estaba formada en un 15% por hombres del ejército borbónico y un 85% se trataba de gente que se había formado en la guerra napoleonica.

La proporción de mandos del país en las unidades americanas era mayor, ya fuesen unidades veteranas o de milicias. Se calcula que la cifra de oficiales americanos estaba en torno a unos dos tercios en los cuerpos veteranos, y casi el total de jefes era americano en los cuerpos de milicias. Tampoco faltaban americanos en el mando de ejércitos enteros, o de un teatro de guerra, como en cada caso obtuvieron Agustín de Iturbide o José Manuel de Goyeneche.[31]


Banderas, condecoraciones y música[editar]

Estandartes tipo de regimiento y de batallón de la infantería realista.Lemas:«Por la Religión, la Patria y el Rey», «Viva Fernando VII».[36]
Estandarte real de la caballería realista

Las banderas de los ejércitos de la monarquía española, tanto para los batallones de infantería de línea como para los batallones ligeros, estaban representadas por la bandera Coronela, que mostraba el estandarte real y se entregaba una para cada regimiento, siendo portada por el primer batallón, y por las banderas de Ordenanza o Batallona, que mostraban la Cruz de Borgoña que portaban el segundo y tercer batallón. Todas se acompañaban de cuatro coronas con cuatro pequeños escudetes de la ciudad de origen de la unidad. A las banderas se añadían adornos y lemas. Los estandartes de caballería mostraban el escudo real en fondo carmesí.

Estas banderas fueron usadas tanto por unidades españolas como por unidades americanas. Para conservar los símbolos, cuando por cualquier razón los batallones se fundían en un único batallón del regimiento, las unidades peninsulares superponían ambas banderas una sobre la otra, mientras que las unidades americanas las ponían también en la misma bandera pero una en el anverso y otra en el reverso.

Además de lemas en las banderas, existían distintivos como colores en cintas atadas al vestido o las armas, en rojo y negro que significaban «No dar tregua», moda traída de la guerra en la Península Ibérica contra Napoleón, o rojo y blanco que significaban «La unión» de españoles y americanos. Se entregaban condecoraciones y medallas a los jefes y tropas realistas por los hechos notables, tanto en acciones del ejército, como de guerrilla o civiles.[37]

Los ejércitos realistas, tanto europeos como americanos, veteranos o milicias tocaban la misma música de las reales ordenanzas (archivo mp3[38] ), y no existían toques particulares ni marchas especiales, pero las unidades expedicionarias también cantaban las canciones traídas de la Guerra de Independencia española (archivo mp3[39] ). Los cuerpos de infantería tenían plazas de pífanos y tambores. En los de infantería ligera figuraban cornetas desde 1815 en la moda traída por las unidades de Pablo Morillo. Los de caballería llevaban cornetas y tambores montados, como timbales.

Equipo y uniforme del soldado realista[editar]

Cuerpos veteranos — Alto Perú[40]

Desde finales del siglo XVIII la corona intentó unificar los uniformes del ejército colonial de América pero siempre con variantes locales. Pese a ello el ejército virreinal a principios del siglo XIX tenía un vestuario generalizado. Desde 1795 el estilo con uniforme de color azul era el mayoritario. La diferenciación de unidades venía dada por el distinto color de cuellos, mangas, chalecos, botones, bordados, etc.

Así, por Real Orden del año 1796 las milicias (disciplinadas y urbanas) se uniformaron «mandando que el de todas las milicias disciplinadas de Indias sea casaca (larga) azul con la vuelta, solapa y collarín (cuello) encarnado, chupa (chaqueta corta) y calzón blanco, distinguiéndose los cuerpos de infantería de los de caballería y dragones en que los primeros llevan galón de oro en el collarín y los segundos de plata. Y el de las milicias urbanas en los mismos términos y con las propias diferencias para infantería caballería y dragones con la sola distinción entre disciplinadas y urbanas de no llevar estas solapas».[41]

Hacía 1810 todas las unidades de milicias llevaban el reglamento vigente en las guías de forasteros de Madrid. El estilo inglés que se reglamentó en España en el año 1811 pudo haber sido adoptado por unidades expedicionarias enviadas en auxilio de Montevideo o de Costa firme. Está documentado que el Talavera arribó a Chile en 1813 con la uniformidad del año 1811. Desde el año 1814 se generalizó el uso de shakó para todas las unidades, en reemplazo de los bicornios. Aunque el azul siguió siendo el color mayoritario, algunas unidades especiales, sobre todo en caballería usaron estilos más modernos y coloristas.

Escarapela de los ejércitos realistas.

Con la llegada del ejército expedicionario en 1815 llegó el estilo de uniformidad basado en reglamentación española de 1815 y que se trasladó al resto de unidades por real orden del año 1818. Se señala que únicamente los granaderos de regimientos de línea usaron el característico gorro con piel de oso. En el año 1816 y 1817 aparecen los uniformes de color brin (lino) para las campañas de verano en ultramar, modalidad no usada por el ejército español, y característica de la campaña de Maipú.

A partir del año 1818 y 1819 debido al agotamiento y escasez por la prolongación de la guerra proliferan en el ejército real los vestuarios de chaquetones y chaquetas de color gris plomo y pardo sin solapas, mucho más baratos que el teñido de azul. También se recortaron los faldones de los chaquetones y se generalizó la chaquetilla corta. Algunas unidades como los voluntarios de Chiloé llevaron uniforme verde de cazadores.

Desde 1821 las cortes liberales fijaron reglamentos con uniformidad azul, pantalón gris de invierno y blanco de verano y las unidades ligeras en verde oscuro y pantalón gris. Esto solo se consiguió desde el año 1823 y 1824 debido a las carencias de los años finales de la guerra.

El distintivo español y realista más socorrido era la escarapela roja, la que lucían los soldados en el chakó o en el bicornio. En el ejército la presilla de sujeción de la cucarda roja iba a juego con el color de los botones de la casaca de la unidad militar en cuestión, luego las presillas de la cucarda podían ser blancas o amarillas. Las corbatas de la moharra (cintas) de las banderas del ejército español de la época también eran rojas.[42]

Armamento, táctica y sanidad[editar]

Las magnitudes de los llamados ejércitos regulares enfrentados en las guerras hispanoamericanas no superaban las agrupaciones militares de entidad de División de las Guerras Napoleónicas durante la Guerra de Independencia española. La estrategia estaba fuertemente influida por la lealtad y la geografía de las provincias americanas. Y la operatividad de las unidades dependía según la concepción de hacer una guerra regular o irregular.

Infantería en orden cerrado: en línea o batalla.
Infantería en orden abierto: en guerrilla.

Durante las batallas, la táctica de las formaciones regulares venía determinada por las armas blancas y las limitaciones de las armas de fuego napoleónicas (principalmente mosquetes) que podían ser de montaje local o producción importada. La infantería empleaba las clásicas formaciones en orden cerrado, una llamada en línea o batalla, formada por dos o tres líneas (escalones) de fusileros que descargaban simultáneamente por escalones, o las muy instruidas por secciones de cada una de los tres líneas, aunque todas finalmente terminaban con una carga de bayonetas. La otra formación cerrada, en cuadro, se tomaba únicamente como medida defensiva urgente frente a las cargas de caballería. La formación en orden abierto, llamada guerrilla, no se refiere a los guerrilleros, sino a la formación de combate de unidades de élite como voltígeros, tiradores o cazadores que se desplegaban para tirar a discreción, especialmente en terrenos boscosos o de montaña. La caballería tenía una misión fundamental de choque o persecución, y su uso en la exploración era menos sistemático. La artillería de la época, de tiro directo, era ineficaz en selvas o terrenos montañosos. Finalmente en estas grandes concentraciones humanas, las bajas por enfermedades y falta de alimento, especialmente durante los asedios, eran una preocupación constante en el mando.

Guerrillas realistas[editar]

Fueron agrupaciones organizadas de forma permanente para la guerra irregular, aunque otras, las llamadas «montoneras», eran fuerzas reunidas espontáneamente tras el resultado de un alzamiento abandonaban las luchas. Se pueden distinguir en primer lugar los tipos de guerrillas que se componen de habitantes autóctonos de su propia área de actuación. Estas eran las más numerosas y estaban formadas generalmente por indígenas generalmente, cuyas poblaciones estaban integradas dentro de los territorios virreinales, como en el caso de los pastusos de Nueva Granada, o estaban integrados por indígenas de zonas periféricas de los virreinatos, como el caso de los araucanos del sur de Chile o los indios guajira del Caribe neogranadino. En segundo lugar estaban algunas formaciones guerrilleras que tenían su origen en agrupaciones militares realistas que se habían dispersado, del país, pero no autóctonos.

Por su localización todas las guerrillas realistas se situaron en América del Sur. No hubo guerrillas realistas donde su ejército regular se impuso sobre el territorio. En América del norte, debido al carácter social de la revolución de Hidalgo y Morelos, la insurgencia mexicana era reprimida por fuerzas regulares del Ejército Realista en Nueva España. No se formaron guerrillas realistas en el Alto Perú, ni Jujuy o Salta donde el ejército regular sostuvo una lucha contra guerrilla por el control del territorio. Tampoco donde se perdió completamente el control del territorio al principio del proceso de emancipación, como en Córdoba, Buenos Aires, Uruguay o Paraguay.

En Venezuela, tras el triunfo inicial independentista, las guerrillas de Siquisique en la provincia de Coro, al mando de Juan de los Reyes Vargas, apoyaron la llegada de una compañía de marines españoles al mando de Monteverde, y tras su desaparición, los restos de las milicias realistas de esclavos y de llaneros se consolidaron en el territorio de los Llanos para formar un verdadero ejército irregular que al mando de José Tomás Boves destruyó los ejércitos independentistas dominando toda Venezuela, antes y sin ningún apoyo de la expedición española de Morillo de 1815. Tras la caída de Puerto Cabello en 1823, las guerrillas siguieron actuando hasta el año 1829, y apoyaron una última tentativa de organizarlas por el coronel José Arizábalo.

En la región de Pasto, al sur de Nueva Granada, y tras la capitulación de las tropas regulares del coronel Basilio García en octubre de 1822, el fidelismo a la monarquía española mantuvo la permanencia de guerrillas y montoneras. Las guerrillas fueron dirigidas por el caudillo Agustín Agualongo hasta junio de 1824, cuando fue tomado prisionero y ajusticiado. Las guerrillas combatieron hasta 1830.

En Chile, las guerrillas bajo los caudillos Vicente Benavides, Juan Manuel Picó, el coronel Miguel Senosiaín y los hermanos Pincheira, con el apoyo de grupos mapuches y pehuenches prosiguieron la llamada guerra a muerte contra las autoridades de Santiago en territorio continental y en el norte de la Patagonia argentina. Fueron derrotados en la batalla de las lagunas de Epulafquen el 14 de enero de 1832 en territorio de la actual Provincia de Neuquén (Argentina).

En Perú, las guerrillas realistas de Ica, Huamanga y Huancavélica, se desarrollaron tras el repliege del ejército de la Serna a su bastión de la Sierra. En 1823, la creciente reputación de las armas reales logró la adhesión de los pobladores de Tarma, Huancavelica, Acobamba, Palcamayo, Chupaca, Sicaya y muchos otras ciudades y villas de la sierra central. El mismo virrey intervino en la organización de fuerzas irregulares que brindaron importantes servicios combatiendo a las guerrillas independentistas, informando de los movimientos enemigos y cubriendo las bajas que tan prolongada campaña causaba en el ejército real. Las guerrillas de Iquichanos continuaron su beligerancia contra el proyecto republicano más allá de la capitulación del virrey, bajo la dirección de Antonio Huachaca, caudillo indígena que empezó su lucha como combatiente contra la rebelión del Cuzco de 1814.[43]

Extinción del movimiento y capitulación de sus fuerzas[editar]

La Gran Expedición de Ultramar[editar]

La desarticulación de los realistas puede fecharse el 1 de enero de 1820 con la sublevación de los 14.000[44] a 22.000[45] españoles reclutados para formar la llamada Gran Expedición[45] o Gran Expedición de Ultramar,[46] ocurrida en Las Cabezas de San Juan en contra del monarca Fernando VII. Tenía por objetivo anunciado tomar Montevideo y seguidamente someter a la ciudad de Buenos Aires.[45] A partir de entonces se suceden hechos en América y España que desmontan el movimiento realista desde sus propias filas a partir de ese mismo año.

Previamente durante años se había pensado en una ofensiva contra Buenos Aires, el núcleo rebelde más apartado de la reconquista o pacificación. Durante 1814 se propuso enviar a la Expedición Pacificadora de Pablo Morillo, sin embargo, la caída de Montevideo (única plaza fuerte de los realistas en el Río de la Plata) y el estado de alarma por los avances de la revolución de Colombia y Venezuela justificaron el destino de la expedición hacía Costa Firme con el propósito de tomar la fortaleza de Cartagena de Indias.[47] Los éxitos de las tropas virreinales en la Batalla de Rancagua en Chile y contra las Expediciones Auxiliadoras al Alto Perú hicieron creer en la posibilidad de que los independentistas porteños pudieran caer por la acción de las tropas del virreinato peruano.[48]

El gobierno español venía planificando una gran expedición desde mediados de 1816. El Rey había encargado su organización al ministro de marina José Vásquez Figueroa. La independencia de Chile tras la batalla de Maipú puso en grave peligro el virreinato peruano y Fernando VII ordeno reunirse a su consejo privado para tomar medidas. Uno de sus miembros, Joaquín Gómez de Liaño, expuso la idea de enviar a lo menos 16.000 hombres al Río de la Plata.[49] Sin embargo, la falta de recursos y la acción de diversos grupos de influencia retraso su envió. Otro factor político negativo que se sumó fue la Invasión luso-brasileña de la Banda Oriental. Como medidas inmediatas se dio prioridad al envió de refuerzos a La Habana y Nueva España y naves de guerra a Lima, La Habana, Veracruz y Venezuela.[50] A todo esto debe sumársele el factor económico, la importancia del Río de la Plata para España, en comparación con el Perú o Nueva España, era bastante secundaria y los comerciantes ejercieron mucha presión para que se priorizara directamente el refuerzo de los más antiguos virreinatos.

En 1817 fueron destinadas a Perú y Chile únicamente unidades de refuerzo que partieron en el año siguiente en barcos de la polémica flota comprada a Rusia. Los refuerzos venidos a este medio precario, con barcos haciendo aguas que vuelven a Cádiz y otros que finalmente se hundieron, motivaron la sublevación de la tropa en el trayecto pasándose a Buenos Aires y proporcionando la información para la Captura de la Expedición de Cádiz. Además la derrota de Mariano Osorio en la Batalla de Maipú hizo ver que no podría producirse la reconquista del Río de la Plata con las tropas del virreinato peruano y que había quedado desguarnecido la costa del Pacífico hasta México.[48] España comprendió tras el Congreso de Aquisgrán que no tendría el apoyo de las demás potencias europeas para mantener su imperio, de hecho, estos estaban más interesados en verlo colapsar.

La Gran Expedición, que nunca llegó a partir, había sido organizada en Cádiz por el antiguo virrey de Nueva España, don Félix María Calleja del Rey (entonces capitán general de Andalucía)[44] con el propósito contrario de decidir la contienda americana a favor de España definitivamente, y sería comandada por conde de La Bisbal (quien fue encarcelado por los alzados), estaba formada por una flota improvisada de los restos de la armada destruida en 1805 y por los mencinados barcos comprados por la camarilla del rey al Imperio ruso sin el conocimiento de la Armada española (y que luego fueron catalogados a su llegada a España como anticuados, ineficientes y con malas condiciones sanitarias y de navegación).[45] Factores claves en el fracaso de la expedición fueron la falta de compromiso de los liberales en la reconquista de las provincias de ultramar[51] y la actividad de los agentes enviados por el gobierno porteño.[52] Destacan en esto las acciones de Tomás Antonio Lezica y Andrés Arguibel en Cádiz desde 1818 y la amplia información que llegaba a Buenos Aires.[51] Enterado de la venida de la expedición a finales de 1818[53] el gobierno bonaerense intento negociar la paz con José Gervasio Artigas,[53] pidió auxilio a José de San Martín[53] y reclutó mil quinientos hombres en Córdoba como refuerzos.[51]

La tropa de la expedición sumaba más de 20.000 hombres, incluidos en ellos a catorce escuadrones de caballería[54] y a 6.000 marinos[55] junto a 35 naves de guerra.[55] El plan expedicionario era desembarcar cerca de Montevideo y apoderarse de la ciudad,[56] donde probablemente aún hubiera un fuerte apoyo a la causa realista (a pesar que los prisioneros hechos por los republicanos tras su capitulación fueron trasladados a distintas zonas del Virreinato).[48] Contarían así con una base estable en el Río de la Plata desde donde iniciar operaciones y conseguir el apoyo de realistas locales.[53] Posteriormente una tropa se dirigiría contra Buenos Aires.[56] Una vez pacificado el Río de la Plata la Gran Expedición avanzaría hacia Chile para luego auxiliar al Perú, que se hallaba asediado al norte por Bolívar y al sur por San Martín. La amenaza de la llegada de esta tropa realista había sido uno de los motivos de que San Martín desembarcara en el Perú en septiembre de 1820 y no durante 1819 a pesar de que podía materialmente hablando.[57]

Numerosas expediciones habían sido enviadas a pesar del caos político y la ruina económica, ya durante las Cortes de Cádiz se organizo la Comisión de Reemplazos, que entre 1812 y 1817 acopió más de 300 millones de reales para enviar 30 expediciones con un total de 47.000 hombres para someter las revueltas americanas (la más grande y costosa fue la de Morillo).[58] Cinco expediciones fueron enviadas con 6.000 efectivos a apoyar al Perú, la región más favorable a la causa real, y otras cinco fueron a reforzar los puertos de La Habana y San Juan con 7.000 soldados, principales apostaderos de la marina de guerra española en el Caribe y encrucijada de los caminos entre la metrópolis y las Indias.[59] Sin embargo, la actitud cambio en los años siguientes, a partir de 1817 los esfuerzos de las autoridades se centrarían en preparar la expedición que se alzo encabezada por Riego.[60] Posteriormente, entre 1818 y 1820 las autoridades de Madrid se dedicaron principalmente a mantener financieramente a los ejércitos y escuadras realistas criollas que combatían en las Indias. La monarquía española tenía bastante experiencia coordinando y financiando operaciones militares para mantener su dominio ultramarino, lo había hecho con diversa suerte en la Guerra de los Siete Años, la Guerra de Independencia de Estados Unidos, la Guerra del Rosellón, la Guerra Anglo-Española y la Guerra de la Independencia Española.[61]

El Trienio liberal[editar]

Pero la rebelión de Rafael de Riego y del ejército que condujo España al llamado Trienio liberal. El alzamiento fue apoyado por grupos tan dispares como logias masónicas, liberales gaditanos de 1812 (doceañitas), radicales extremos (exaltados), afrancesados exiliados, antiguos colaboradores del régimen francés de 1808-1812 y demás, cuya única insignia unificadora era el restablecimiento de la constitución de 1812. El rey, sin apoyo militar, tuvo que renunciar a su absolutismo despótico y quedar bajo el poder de la antigua constitución y de las Cortes liberales. El nuevo gobierno español constitucional no resuelve llegar a la paz sin embargo, pero interrumpe unilateralmente las operaciones militares en apoyo de los realistas en América, generando el abatimiento y desafección de los que permanecían leales a España. La ausencia de la expedición y de nuevos refuerzos en un momento tan decisivo garantizó la independencia de América. José de La Serna previó la caída del virreinato peruano.[44] [62]

Así en Nueva Granada y Venezuela, en diciembre de 1820 fue concedido el retorno a España del experimentado militar liberal Pablo Morillo, solicitado en 16 ocasiones anteriormente, abandonando el mando del ejército expedicionario de Costa firme. También se puede objetivar la descomposición de las fuerzas del ejército en Costa Firme por las nóminas de la secretaría real del estado mayor y las listas de desertores. Al margen del cuerpo expedicionario, que siguió siendo el más operativo y cohesionado, y que duplicaba su número con tropas americanas como antes, se distingue que hubo una deserción masiva de tropas del país desde principios de 1821, por lo que en consecuencia se disolvieron sin combatir batallones americanos al completo que abiertamente arrojan las armas: Clarines, Barinas, La Reina y Cumaná.

Unidades americanas. Composición del ejército expedicionario de Costa firme, febrero de 1821[63] Infantería Caballería Total
Blancos del país 633 210 843
Castas (mestizos y morenos) 3.169 2.209 5.378
Nativos indios 935 45 980

El problema era más acuciante en los criollos de origen europeo: solo durante aquel mes de abril de 1821 abandonaron las armas 230 soldados, y en los listados de desertores de esas fechas, con nombre y apellido y unidad perteneciente, de 1.600 americanos quedaron solamente seis. El abandono del combate alcanzó al mismo despliegue de unidades en el campo de Batalla de Carabobo, y así la caballería de milicias americana que agrupaba 1.372 Llaneros en el regimiento llamado Lanceros del rey, desertó en su totalidad sin combatir. La resistencia española en Venezuela terminó en la fortaleza de Puerto Cabello en noviembre de 1823. La desarticulación del ejército realista desde finales del año 1820 no afectó únicamente a las unidades combatientes de Nueva Granada y Venezuela. En todos los frentes de lucha se producían sucesos similares.

La desarticulación de los realistas no se puede achacar a una sola causa, pero en Nueva España destacan las que originaron el abandono novohispano de las filas realistas, ya que al tratarse de un territorio pacificado casi en su totalidad, fue el más drástico y notable. Las luchas de absolutistas y liberales que polarizaban España, también dividieron en América a los defensores de la monarquía española. Los militares españoles, en su mayoría partidarios de la monarquía constitucional, fueron abandonados a su vez por los caudillos criollos, quienes renunciaban a la defensa de la monarquía española por su oposición al Trienio liberal. De esta forma los criollos realistas de Nueva España, a pesar de haber reducido a los insurgentes, resolvieron atraer a los insurrectos, y negociar con ellos en 1821 la independencia del Imperio Mexicano con el Plan de Iguala y el pacto trigarante. La inestabilidad del gobierno virreinal novohispano dio lugar a que la oficialidad y las tropas europeas se reembarcasen en Veracruz permaneciendo sólo en el bastión de San Juan de Ulúa.

La situación de España dio otro vuelco más en el año 1823, cuando los partidarios españoles del absolutismo recurrieron a las potencias europeas triunfadoras de Napoleón, la llamada Santa Alianza, y obtuvieron el auxilio de un ejército de 132.000 franceses para invadir España y reprimir el Trienio liberal, suprimir la Constitución española y restaurar a Fernando VII en el gobierno absoluto de España. El 1 de octubre de 1823, Fernando VII, ya reinstaurado en el gobierno, decretó la abolición de todo lo aprobado durante el Trienio liberal; lo que también incluía los nombramientos de jefes militares que comandaban ejércitos en América, y que desató una ola de insubordinación y nuevas insurrecciones, que como la de Pedro Antonio Olañeta y su rebelión, obstaculizaron y dividieron a los últimos defensores de la monarquía española.

Rafael del Riego, caudillo de los sublevados de Cádiz, murió ahorcado el 7 de noviembre de 1823, y los propulsores del movimiento liberal fueron ajusticiados, marginados o exiliados de España. El ejército de la Santa Alianza permaneció ocupando España varios años más hasta 1830 en la llamada década Ominosa para sostener la monarquía absoluta de Fernando VII que reprimió a los caudillos liberales, como Juan Martín Díez "el Empecinado". Definitivamente ya no se formó ninguna expedición en España, y el colapso en América ya era irreversible. Los jefes realistas supervivientes y sus ejércitos, relegados por el desgobierno de España, y fracturados ellos mismos por las discordias de liberales y absolutistas, capitularon finalmente tras la batalla de Ayacucho, aunque todavía se sostuvieron contra todo pronóstico en el archipiélago de Chiloé y la Fortaleza del Real Felipe de El Callao, hasta finalizar su resistencia en enero del año 1826, quedando bajo soberanía de España sólo las islas de Cuba y Puerto Rico en América.

Operaciones navales y los últimos reductos[editar]

Bandera militar de la flota y de fortalezas navales españolas.

Las flotas de aquella época se componían de:

  • Barcos mayores o de tres mástiles, que como los navíos tenían de dos o tres baterías de cañones en sus costados, las fragatas con una o dos baterías y hasta 60 cañones, y las corbetas de menos de 16 cañones.
  • Barcos menores o de dos mástiles, como bergantines, goletas y pailebotes, con menos de ocho cañones.
  • A esto se sumaban las embarcaciones más pequeñas costeras y fluviales (fuerzas sutiles) denominadas como balandras, faluchos, flecheras y bongos de un solo cañón.

En el año 1800 la flota española estaba formada por más de 50 navíos más otros 50 barcos entre fragatas y embarcaciones menores. Además la mayor parte de la flota española había sobrevivido sin daños a la Batalla de Trafalgar donde sólo siete de los barcos hundidos fueron españoles, pero la invasión de España por Napoleón Bonaparte llevó a la paralización completa en los astilleros españoles de toda la actividad de reparación y construcción naval, y en consecuencia los más de 40 navíos y fragatas de la flota en los puertos españoles se arruinaron por falta de mantenimiento.

De la antaño respetable flota española para el momento final de la Guerra de Independencia española, en el año 1814, únicamente restaban cinco navíos y diez fragatas en condiciones. En 1818, incluida una controvertida compra hecha a Rusia, se contaba con un navío y diez fragatas, de las que cuatro estaban fuera de uso. Para el año 1822 el número de fragatas se había reducido ya a ocho.