Hermanos Pincheira

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Los hermanos Pincheira fueron los líderes de una famosa guerrilla montonera realista, llevando a cabo a su vez prácticas de asaltantes y cuatreros actuando entre 1817 y 1832 en Chile y la Argentina. Durante la guerra de Independencia de Chile lucharon contra los independentistas. Saquearon exitosamente Chillán (1820), Linares (1823), San Fernando, Curicó y San Carlos (1824), Parral (1825), Talca y Mendoza (1828) y el Cajón del Maipo (1829).[1] En su época de mayor poder lograron dominar un territorio que se extendía por la precordillera chilena, el sur de la moderna provincia de Mendoza y las cuencas de los ríos Neuquén y Colorado.

La guerrilla inicialmente se mantuvo operativa en la zona de Chillán y Parral hasta finales de 1822, cuando paso a hacer sentir su presencia al norte del Maule, particularmente gracias a la insurrección producida contra el gobierno de Santiago.[2] En 1825 empezaron a lanzar campañas de saqueo al este de los Andes, principalmente Cuyo aunque continuaron operando en Chile.[3] Tras una exitosa ofensiva del ejército chileno a principios de 1827 tuvieron que dedicarse por dos años a saltear las provincias rioplatenses distraídas por guerras intestinas, luego, aprovechando el conflicto interno en Chile llegaron hasta el Cachapoal e incluso el Maipo.[4] Pocos meses después serían definitivamente derrotados.

Composición[editar]

La familia Pincheira estaba compuesta por cuatro hermanos y dos hermanas, nacidos en Chile, todos hijos de Martín Pincheira:

  1. Antonio (f. 1823);[nota 1]
  2. Santos (f. 1823);
  3. Pablo (f. 1832);
  4. José Antonio (1804-1884);
  5. Rosa;
  6. Teresa.

El mando de la guerrilla siempre estuvo bajo el comando de los hermanos. Estos, a medida que iban muriendo, se sucedían del mayor a menor: inicialmente estuvo al mando el primogénito Antonio, tras morir en combate le sucedió el segundo, Santos, pero a los meses se ahogo en un río, luego vino el tercero, Pablo, pero en 1826 sus hombres se sublevaron y entregaron el mando al menor, José Antonio.[5] Las dos mujeres colaboraron constantemente con sus hermanos, fueron capturadas por tropas chilenas en 1827 y fueron indultadas, desapareciendo de los registros.[6]

Historia[editar]

Orígenes[editar]

En el periodo inmediatamente posterior a la batalla de Chacabuco (12 de febrero de 1817), mientras el gobierno independentista trataba de consolidarse y hacerse con el control del centro del país para avanzar al sur, numerosas zonas nominalmente bajo control realista quedaron en realidad sin autoridades, produciéndose un estallido de violencia social y anarquía en la provincia de Concepción que duraría hasta inicios de 1819, tiempo en que los republicanos ocuparon la región. Durante dicho periodo prácticamente cada persona y comunidad se vio obligada a defenderse a sí misma de los numerosos asaltantes que en nombre de uno u otro bando aprovechaban de saquear,[7] puesto que desde Chacabuco numerosas personas tomaron las armas por iniciativa propia para defender la causa del rey, uniéndose a los soldados realistas fugitivos dispersos en el área.[8] Estas actividades ya se habían dado durante la llamada Guerra de Zapa (1815-1817) partidas de guerrilleros patriotas habían emprendido robos y saqueos contra las propiedades de los que consideraban realistas, algunos incluso, como José Miguel Neira (1775-1817), quisieron continuar sus actividades tras Chacabuco pero las nuevas autoridades independientes lo consideraron inconveniente, finalmente se darán casos como la ejecución del mismo Neira.[1]

Las primeras guerrillas realistas surgieron en Chile tras la derrota de Antonio Pareja (1757-1813) en intentar avanzar más al norte de Linares, el ejército realista se refugió en Chillán, donde fue asediado por José Miguel Carrera (1785-1821) en pleno invierno, lo que fue devastador para el ejército santiaguino. Durante esos meses las tropas de la Junta de Santiago recuperaron la mayor parte de la provincia de Concepción, excepto Chillán y Talcahuano. Durante esa campaña, los revolucionarios cometieron numerosos abusos contra la población civil sureña, ganándose su odio. Quemaron cosechas, saquearon pueblos y fusilaron prisioneros, se iniciaba así una larga y violenta guerra civil.[9] Las tropas de Carrera hacían esto con la venia de sus oficiales desde finales de 1811, cuando se inició el conflicto entre las juntas de gobierno de Santiago y Concepción.[10] Las acciones de Carrera serían una de las causas del fuerte sentimiento realista en el campesinado del sur chileno.[11]

En respuesta a esto empezaron a formarse partidas guerrilleras proclives al monarca encabezadas por terratenientes locales, como el coronel Clemente Lantaño (1774-1846), comandante de las milicias chillanejas, y su hermano Ramón habían sido partidarios de Bernardo O'Higgins (1778-1842) y la Junta de Concepción, pero al caer está bajo el dominio de Carrera se pasaron al bando monárquico, ya que veían a éste como el símbolo de una más acentuada hegemonía centralista de los ilustrados "señoritos" aristócratas de Santiago por sobre la clase dominante sureña.[12] Otros, en cambio, habían sido perseguidos la junta penquista y se sumaron a los realistas en cuanto llegaron, como a los terratenientes penquistas de la familia Urréjola: Estaban Alejandro de Urréjola y Peñaloza (1743-1815), alcalde de Concepción entre 1797 y 1808 y padre del coronel Luis de Urréjola Leclerc (1780-1845).[13] Ellos formaron sus propias guerrillas, principalmente inquilinos de sus fundos, Cucha-Cucha los Urréjola[14] y El Roble los Lantaño.[15] A los aldeanos les forzaban lazos de lealtad con sus patrones, de negarse había un serio riesgo de quedarse sin lugar donde vivir, lo que significaba el vagabundaje, el hambre y la muerte,[16] En la América española gran parte de las tierras estaban concentradas en manos de poderosos terratenientes, eclesiásticos o laicos, o bien, reservados para las comunidades indígenas,[17] Por eso, la mayoría de los combatientes de los primeros ejércitos rebeldes huasos movilizados a la fuerza por sus patrones, que a la primera oportunidad se rendían y pasaban de bando.[18] Solo la represión indiscriminada que ejercieron los Talavera durante la Reconquista en la provincia de Santiago puso a los pueblerinos definitivamente del lado de sus patrones insurrectos.[19] Los Lantaño movilizaran una milicia propia, con uniforme distintivo que será conocida como Los Lanudos de Lantaño, una unidad de 400 fusileros.[20] El mismo tamaño tuvo la partida guerrillera de Ildefonso Elorreaga (1782-1817), que llegó a servir de vanguardia de Pareja y a ocupar Talca en 1813.[21] Apoyando a las tropas del ejército real regular atrincheradas en Chillán (que hacían frecuentes salidas para acosar a sus enemigos), las guerrillas de los Lantaño y los Urréjola se juntaron a dichas partidas y sumaron un total de 1.200 hombres con 4 cañones que sorprendieron a los revolucionarios en El Roble, siendo pírricamente vencidas por O'Higgins.[22] En esa acción destacaron los 200[22] a 500[23] partisanos que al mando de Luis de Urréjola y el guerrillero Juan Antonio Olate atacaron a los patriotas en la madrugada. Las diversas guerrillas se sumarían luego al avance al norte que realizó el ejército de Mariano Osorio (1777-1819) a mediados del año siguiente, siendo reconocidos los rangos de sus comandantes.[24] Sin embargo, el sucesor de Osorio, Casimiro Marcó del Pont (1770-1819), no se fiaba de los veteranos comandantes criollos y termino por desplazarlos del mando, lo que le significo la pérdida del apoyo de la élite sureña.[25]

El populacho se sentía más identificado con la causa realista por motivaciones tales como la defensa de la religión y la tradición, a pesar que muchos aristócratas fueran proclives a la revolución.[26] Vital para esto fue la propaganda que hicieron los franciscanos en Chillán, Concepción, Talcahuano, Valdivia, Chiloé y La Frontera, además de los fuertes lazos de varias de estas con el Virreinato del Perú.[27] También estuvo presente la defensa de su tradicional autonomía que gozaban y, en el caso de las comunidades indígenas, de sistemas jurídicos de protección que tenían para defenderse de los terratenientes criollos recibidos de parte de la Corona española.[28] Por otra parte, aprovechando el caos y debilidad institucional surgieron numerosas partidas de bandoleros, muchos de ellos nunca tomaron bando o lo cambiaron constantemente, dedicándose al pillaje.[29] Precisamente estos últimos, los que no eran más que delincuentes que sacaban partidos al caos, hacían daño tanto en territorio patriota como realista.[30]

El fenómeno del bandolerismo era muy frecuente en el Chile rural desde finales del siglo XVIII, cuando se inició un exceso de población flotante (peones) que vagaba permanentemente sin hogar ni trabajo.[31] Se debía en esencia que las haciendas se habían visto superadas por la oferta de mano de obra y la falta de tierras y oportunidades.[32] Aunque la situación de los inquilinos no era mucho mejor, vivían en miseria, subordinación y constante riesgo de ser expulsados por el hacendado.[33] Estos grupos delictuales brotaron como una epidemia eterna que amenazaba los caminos entre Colchagua y Concepción durante dicha centuria, las regiones de los valles de Colchagua, el Maule y Chillán eran los más afectados, sus montañas ofrecían perfectos escondites inaccesibles en gran número para irse moviendo de uno a otro.[34]

Para 1817 estas guerrillas fidelistas se reactivaron, sobre todo gracias al apoyo de la masa rural sureña y varios hacendados:

Los comandantes de las guerrillas autónomas eran hacendados y jueces territoriales, o bien pequeños propietarios, inquilinos, arrieros, capataces, como también bandoleros de renombre. Los integrantes eran campesinos, soldados, desertores, vagabundos, delincuentes y prisioneros fugados de cárceles y presidios.[35]

Los guerrilleros y comandantes eran muy heterogéneos, se puede encontrar a rico Lantaño, aun resistiendo al avance republicano en 1818,[36] o José María Zapata, anteriormente un arriero del Itata y capataz de la hacienda de Cucha-Cucha, quien cayó en combate en diciembre de 1820.[37] Había desembarcado a mediados de 1817 con Pablo Mendoza cerca de Tomé y pronto armaron una guerrilla de doscientos efectivos.[38] Al igual que ellos, muchos fueron los oficiales realistas que desembarcaron secretamente a lo largo de la costa del Maule y el Itata para entrenar a las partidas irregulares.[39] También estaba Cipriano Palma, que en los alrededores de Chillán fundo una montonera de cien dragones y otros tantos indios.[40] Hábilmente, los líderes realistas refugiados en Talcahuano supieron hacerse con el favor y auxilio de los guerrilleros que pululaban por el centro y sur del país.[39] Se iniciaba así la famosa Guerra a Muerte, considerada por historiadores como la única insurrección masiva que ha habido en Chile, teniendo como protagonistas principales a peones sin tierra (personajes que trabajaban por el día para cualquier patrón, viviendo en constante vagabundaje),[7] «había entre ellos generales, hacendados, curas y miles de indios con jefes inteligentes y valientes».[41] Así, al desaparecer toda autoridad, el descontento social de la masa de pobres campesinos explotados estallo unido al sentir de defensa de los valores tradicionales de su sociedad frente al proyecto ilustrado de los independentistas. Para esto contaran con el apoyo vital de la mayoría de las tribus araucanas:[42] arribanos (wenteches), boroanos, pehuenches y costinos (lafquenches), sólo los abajinos (nagches o lelfunches) combatirán del bando sublevado.[43] La población araucana se dividía desde la conquista en cuatro vutalmapu: el Lafkenmapu de los costinos (entre Nahuelbuta y la costa); el Lelfünmapu de los abajinos o llanistas (en el valle central); el Inapiremapu o Wentemapu de los arribanos (primeros valles de la precordillera) y el Piremapu o Pewenmapu de los pehuenches (interior de la precordillera).[11] Las guerrillas realistas se caracterizaron por su respeto de la autonomía de las comunidades indígenas y los acuerdos logrados en décadas de parlamentos.[44] Rebeliones campesinas e indígenas de carácter fidelista similares se desarrollaron en la costa caribeña de Venezuela y Colombia, Pasto o la Sierra peruana.[45]

Paulatinamente, la guerra civil entre monarquistas y republicanos adquiría el perfil de una guerra social entre plebeyos y patricios. (...)
De una parte, la gente de fortuna respaldaba la causa republicana, mientras un segmento del populacho se sumaba a la guerra, facilitando la causa monárquica. Lo que militarmente podía ser un acierto, tan sólo profundizaba un error político, pues se hizo más evidente la identificación del nuevo régimen con el patriciado. Empero, con el apoyo de los terratenientes, el gobierno obtuvo algunas victorias militares.[46]

Por eso, una vez que los terratenientes vieron que sus intereses y propiedades no serían amenazados por el nuevo orden republicano abandonaron mayoritariamente la causa legitimista.[47] Aunque no todos, el cabildo chillanejo siguió cooperando por años con los realistas. La aristrocracia que ya tenía el monopolio del poder socio-económico, tras la desaparición de todo el aparato de administración español, había ganado el político sin contrapeso alguno.[48] El coste fue, sin embargo, un derrumbe del orden social rural que solamente a partir de la década de 1830 comenzó a reconstruirse.[49] No debe tenerse una visión simplista de las guerrillas y partidas de bandoleros, su arquetipo no era el del ladrón noble «que roba al rico para dar al pobre», gente de todos los estamentos y condiciones económicas se vieron afectados por el accionar de estos grupos.[50] El novelista y diplomático Alberto Blest Gana (1830-1920) en su novela Durante la Reconquista (1897) describirá al roto chileno, armado con su corvo, participando masivamente en la lucha contra la monarquía.[51] Posición muy similar a la asumida por historiadores como Diego Barros Arana (1830-1907) y Francisco Antonio Encina (1874-1965) «que hacen del pueblo nacionalistas activos, mientras que la realidad fue definitivamente otra».[52]

Otro grupo importante que se sumo a las filas de las guerrillas fueron los desertores tanto del ejército chileno como las «milicias villanas», cuyas tropas estaban formadas por campesinos reclutados a la fuerza, cuyos sueldos rara vez llegaban a tiempo, con raciones mínimas o inexistentes y en riesgo de morir por una causa que no era la suya.[53] Además, algunas milicias republicanas llegaban incluso a carecer de lanzas y cualquier tipo de armas para darles.[54] El unirse a los realistas significaba, en cambio, todo lo contrario: seguridad, alimentos y sueldo permanente. No es sorprendente que entre 1819 y 1820 las fuerzas en La Frontera a cargo de Ramón Freire (1787-1851) cayeran de 1.500 regulares y otro tanto de irregulares a menos de mil atrincherados en ciudades aisladas.[55] El campo por el contrario, era totalmente hostil.[56] En 1825 casi todos las guarniciones sureñas habían sufrido la deserción de los soldados reclutados entre el peonaje, llevando a instituir recompensas a quien entregara a los desertores, siendo estos últimos usualmente ejecutados. Solo las levas constantes de «vagabundos y malhechores» pudieron compensar estas bajas.[57] La mayoría de la atención y recursos del Estado chileno se destinaban a la Expedición Libertadora del Perú, de igual modo con muchos de los apresados y reclutados contra su voluntad. Otra fracción de estos era enviado al sur donde precisamente el gobierno parecía subestimar la amenaza de las guerrillas.[58] El Estado estaba al límite de sus capacidades tanto económicas como militares, endeudándose o exigiendo contribuciones forzosas el gobierno de O'Higgins mantenía más de seis mil hombres entre expedicionarios y contingente naval en el Perú, tres veces los hombres que tenían en la frontera del Biobío luchando contra realistas e indios.[59]

Estas levas forzadas sumadas a las constantes deserciones y fugas de hombres para evitar la movilización redujeron a la miseria a numerosas familias de campesinos, viéndose muchas esposas solas perseguidas por las autoridades como sospechosas de colaborar con sus parientes ocultos en los montes.[60]

Primeras acciones[editar]

Los hermanos Pincheira comenzaron a hacerse conocidos a partir de 1817. Eran originarios de la zona de Parral, al norte de Chillán. En un principio trabajaron como inquilinos en la hacienda del realista Manuel de Zañartu. Antonio, el mayor, llegó a ser cabo del ejército realista y combatió en la batalla de Maipú, encuentro decisivo, pues ahí el ejército monárquico perdió su capacidad de combatir en grandes batallas en campo abierto y toda iniciativa bélica.[7]

La guerra con los hombres del rey terminó en los llanos de Maipú en abril de 1818. Ese fue el momento más glorioso para los republicanos, pero también marcó el comienzo de una nueva guerra de la plebe fronteriza, encabezada por el propio Pincheira y engrosada por caudillos de la talla de Vicente Benavides, los hermanos Prieto, el cura Ferrebú, el coronel Francisco Sánchez y el comerciante Manuel Pico. A ellos se sumaron miles de renegados y fugitivos monarquistas, además de poderosos contingentes de mapuches provenientes de las tribus nagche (abajinos), nguluche (arribanos) y lafquenches (costinos), además de los pehuenches, quienes, globalmente, siguieron su estrategia autonomista y aprovecharon la debilidad de los criollos para restablecer su señorío en la frontera.[61]

Después de esa derrota algunos sobrevivientes del ejército realista se dispersaron por los montes del Valle Central, confundiéndose con el campesinado; otros se unieron a las guerrillas que operaban en La Frontera.[62] Entre estos últimos estuvo, Antonio volvió a sus tierras y se unió a las correrías de Santos y Pablo, sin dejar de ser un convencido de la causa de la Corona española, de manera que es controvertida la calificación de bandidos puros. Como muestra la historia de estos insurrectos, los sobrevivientes de Maipú nutrieron a las guerrillas ya activas o formaron nuevas. Estas -ya se ha dicho- venían actuando desde la campaña de San Martín contra los bastiones realistas del sur posterior a Chacabuco.[63] Contaban con el apoyo de sectores de la Iglesia católica y de muchos hacendados realistas como Clemente Lantaño, además el Cabildo de Chillán los apoyaba en sus correrías, motivo por el cual todos sus miembros llegarán a ser acusados de traición por las nuevas autoridades en 1827.[8] [47] Un fuerte elemento de religiosidad católica estaba siempre presente, llegando a contar en sus escondites con sacerdotes que oficiaban misa.[7] El apoyo de los párrocos locales Ángel Gatica de Chillán, Juan de Dios Bulnes de Arauco, Luis José Brañas de Yumbel y Juan Antonio Ferrebú y Escobar de Rere o el obispo penquista Diego Antonio Navarro Martín de Villodres (1759-1832) será vital para el arraigo popular de la guerrilla.[11]

Su primera acción conocida es un intento de asaltar Chillán el 3 de agosto de 1817 acompañados de Zapata.[64] Poco después intentaron nuevamente en septiembre junto al cacique Martín Toriano (o Toriani) que, según se decía, capaz de levantar hasta 4.000 lanzas pehuenches y huilliches principalmente.[65] Siguieron luego sus acciones en los bosques montañosos parralinos y chillanejos con el apoyo de los indios, españoles y criollos de las cercanías.[66] No todas sus acciones resultaron victoriosas. A finales de octubre perdieron en un combate más de 40 muertos, 64 prisioneros y 2 fusilados, en esos momentos tenían alrededor de dos centenares de seguidores.[67] Poco después su situación empeoraba, 171 sobrevivientes desertaban, dejando por el suelo la cohesión y moral del grupo (la otra gran deserción que vivió la banda fue el abandono de 70 hombres en 1824).[68] Las autoridades cometieron el error de darlos por finiquitados pero se recuperarían para sorpresa y terror de sus adversarios. No eran los únicos en organizar grandes ataques en esos álgidos tiempos. En venganza por una matanza perpetrada por los republicanos contra indios costinos dos mil montoneros y guerreros asaltaron Nacimiento y Santa Juana a finales de ese año.[69] El 18 de septiembre de 1818 Vicente Antonio Bocardo y Santa María, Juan Francisco Mariluán (c.1736-1836), Juan Mangin Hueno (c.1790-1862) y 3.000 indios atacaron el fuerte de Concepción.[70] Durante esta fase del conflicto surgirán milicias paramilitares que acompañaran a los regulares en sus incursiones, las patrullas volantes cometerán numerosas masacres auspiciadas por el ejército.[71]

La partida irregular de los hermanos iniciara sus acciones con apenas doscientos combatientes,[72] más tarde la banda realista llegara a contar con uno o dos millares de miembros según las fuentes más alcistas en su apogeo, en torno a 1823, una gran tropa aunque principalmente de «vagabundos sin disciplina»,[73] y algunos informes llegaran a hablar de diez mil montoneros en torno a 1825, incluido gran número de araucanos,[74] aunque la mayoría de las fuentes hablan de quinientos a mil efectivos que compensaban su pobre equipamiento con una vasta experiencia militar que les daba disciplina pues muchos habían servido en unidades regulares u otras guerrillas antes,[75] aunque si se considera el aporte que siempre daban los indios amigos sus huestes bien podían alcanzar los dos mil efectivos.[76] Es muy probable que la mayoría de los montoneros fueron indígenas pero no excluye el importante aporte de campesinos mestizos del sur chileno.[67] En febrero de 1819 Benavides afirmaba que las tribus de los pehuenches, huilliches, pulchanes, chacaicos, angolinos y araucanos aportaban a los guerrilleros chilenos más de diez millares de lanzas.[77] Un apoyo así de fuerte se debía no sólo por el deseo de defender sus tierras y la paz conseguida con la monarquía madrileña, sino también por la expectativa de hurtar armas y ganado.

Por ejemplo, en 1820 las guerrillas de Zapata y los Pincheira sumaban entre 2.000 y 2.500 combatientes, de los que 1.500 a 2.000 seguían a estos últimos.[78] En ese entonces el levantamiento de campesinos chilenos e indios araucanos controlaba los campos del sur chileno.[67] Los informes de la época hablan de solo algunos pocos centenares: 200 en octubre de 1817 y nuevamente en diciembre de 1819; 500 en octubre de 1820; 400 en diciembre de 1823 y marzo de 1824; 900 en abril de 1825 pero solo 600 en junio del mismo año; 450 a 500 durante el año siguiente; y finalmente 600 en los últimos días de 1830.[79] Usualmente las fuentes gubernamentales o del ejército tendían a reducir las cifras para minimizar el poder de este verdadero ejército irregular, dificultando el cálculo de cifras más exactas. Aparentemente otros comandantes, como Zapata, Fuentes, Tomás Godes y Baeza lideraban partidas propias que se fueron sumando a los hermanos.[80] En efecto, continuamente contingentes de guerrillas ajenas se fueron sumando como los de Benavides, Ferrebú y Senosiaín en el momento en que sus líderes eran capturados o muertos.[81]

Otros comandantes guerrilleros importantes fueron: Juan Bautista Espinoza, capitán chileno de los Dragones del Rey; los humildes artesanos Agustín y Francisco Rojas, el primero fue capturado en Las Vegas de Saldías y fusilado, el segundo fue comandante en Talcahuano pero termino por unirse a los Pincheira para luego desmovilizarse; los hermanos Dionisio y Juan de Dios Seguel, hacendados de Yumbel, en el Laja, quienes armaron una pequeña partida en la primavera de 1819; Manuel Contreras, jefe de una guerrilla de treinta a sesenta hombres que, a pesar de los relatos de historiadores decimonónicos, prohibía a sus seguidores saquear y asesinar a placer, fue muerto en 1820;[82] [83] Gervasio Alarcón, capitán de Zapata a quien lo sucedió tras su muerte, aliado de Benavides;[84] y Manuel Pinuer Molina (1789-1839), oficial valdiviano activo en campaña desde 1813 con el Batallón Valdivia, en 1817 fue enviado de Talcahuano a formar una partida guerrilla, consiguió reunir 1.000 indios bajo su mando, todos armados con lanzas y a caballo causaron terror en la zona de Arauco, se unió a Benavides en el ataque a Concepción en 1820.[85]

La guerrilla pincheirina, siempre superior a los 200 hombres, rara vez concentraba al grueso de sus efectivos, estos usualmente actuaban en partidas autónomas, solo en caso de una gran operación conjunta o resistir una ofensiva del gobierno republicano se juntaban en un mismo lugar.[86] Eran auténticas «guerrillas montadas» que combinaban tácticas irregulares con móviles, aprovechando lo aprendido durante la Guerra de Arauco.[87] Los montoneros, por el pasado de cuatreros que tenía la mayoría, tendían a usar armas blancas como cuchillos, dagas, puñales, sables, espadas, garrotes y lanzas y también en mucho menor medida armas de fuego, dígase trabucos, fusiles y tercerola.[88]

Guerra a muerte[editar]

Chile a comienzos del siglo XIX comprendía los valles del Norte Chico, un área central, principal núcleo político-económico del país, entre el Aconcagua y el Maule, y una zona de frontera desde este último río y el Biobío. Valdivia y Chiloé eran enclaves semiautónomos.[89] Precisamente, la fronteriza provincia de Concepción fue la zona más afectada por la guerra constante, convirtiéndose su capital homónima, ciudad de larga tradición militar, en un cuartel militar que cambio varias veces de mano.[90] La devastación causo, por ejemplo, hambrunas feroces que afectaron la región durante toda la década de 1820, pero con mayor intensidad entre 1821 y 1825, cuando fallecieron millares de campesinos, incluyendo a muchos que buscaron comida y refugio en Concepción y Talcahuano.[91]

A pesar de que muchas veces los historiadores decimonónicos consideraran los hermanos como un meros bandoleros por su falta de claridad política y, en particular, porque el caudillo Vicente Benavides (1777-1822) supuestamente no los consideraba como sus lugartenientes, éstos se sumaran al personaje en su última y fracasada ofensiva contra Chillán de 1821.[92] Además, Benavides consiguió unificar las guerrillas autónomas de La Frontera sólo momentáneamente desde 1820 hasta su derrota en las Vegas de Saldías conformando un «ejército semiregular».[93] Hábil y carismático, supo imponerse como el líder realista por sobre generales, hacendados, curas y caciques, a pesar que estos últimos eran quienes aportaban más hombres y recursos a la causa.[94] También supo incorporar a miles de campesinos chilenos a su causa como combatientes o sostenedores.[95] En la cumbre de su poder, el comandante monárquico podía contar con unos 1.751 hombres de las «tropas de línea», entre 2.400 y 3.000 milicianos y al menos 2.000 indios.[96] Efectivamente y en contra de la historiografía tradicional enseñada en escuelas o las creencias populares, la independencia chilena no fue la lucha entre un «ejército de ocupación» español y un «una reacción popular en contra de “las cadenas”».[97] La vasta mayoría de los soldados realistas en suelo patrio eran chilenos, seguidos muy de lejos por españoles y peruanos.[98] Unos treinta mil habrían servido en el Ejército Real entre 1813 y 1826, otros cinco u ocho millares desde la caída de Chiloé hasta la rendición de José Antonio. También estaban los contingentes aportados por los caciques araucanos, posiblemente unas diez mil lanzas.[99] Había empezado su carrera como líder guerrillero en 1818 en Curriqueo, pero gracias a la influencia ganada como comandante en jefe y el apoyo de las autoridades realistas, en 1820-1821 había realizado reuniones con los caciques Juan Neculmán, Chinca y los pehuenches de Mendoza y Neuquén. También se había aliado con los Pincheira.[65] Sus derrotas en Talcahuano y Concepción significaron el aniquilamiento de sus fuerzas «regulares»[100] (los hermanos participaron con los suyos de ambas batallas).[101] Para recuperarse se reunió en Yumbel con Maguin, Mariluán y Toriano.[65] Después Benavides propuso a Freire un armisticio,[102] pero aprovecho la tregua para reunirse con Picó en Santa Juana y ordenarle arrasar las tierras entre San Pedro y Chillán con 2.000 lanzas prestadas por Toriano, quien «llevado de su curiosidad por conocer a Benavides i ofrecerle las lanzas de la Montaña contra los huincas de los Llanos». Debía unirse con Zapata en Nacimiento y con Bocardo en Yumbel.[103] Freire solicito como refuerzos milicianos del Itata y Cauquenes pero Prieto se los negó.[104] El resultado de la ofensiva fue el incendio de San Pedro, Santa Juana, Nacimiento, Talcamávida, San Carlos de Purén, Santa Barbara, Yumbel y Tucapel Nuevo pero fracasaron en su intento de devastar Chillán[105] el 24 de diciembre de 1820.[106] Durante el combate Zapata -montado a caballo y armado con una lanza- recibió un balazo que le llevo a la muerte.[107]

Anteriormente, a principios de octubre, Zapata estaba a orillas del Itata, su tierra natal, habiendo reunido 1.500 hombres por «la licencia desenfrenada que permitía a sus tropas, otorgándosela más amplia a sí mismo, hacia qué día por día viniesen a reunírsele todos los parciales del rey y del robo por aquella parte».[108] Poco después avanzaba aún más hacia el norte, llegando hasta San Carlos y Parral hasta que lo forzaron a retroceder.[109] En ese entonces las fuerzas de la zona capitaneadas por el comandante Viel eran menos de mil hombres.[110] Al final, un 27 de noviembre de 1820 había retrocedido a la comarca de Chillán, ciudad que amenazaba con su banda reforzada «la turba de montoneros y malhechores que en número de más de mil se habían incorporado al escuadrón aguerrido de Zapata» pero fue vencido por Arriagada en Cocharcas. Se salvo él y su segundo Alarcón por sus buenos caballos. Murieron 200 realistas en el combate e igual número –o mayor– se ahogo intentando escapar cruzando el Ñuble. Los patriotas tuvieron apenas 10 muertos.[111] En esos momentos las fuerzas de Freire en la provincia de Concepción bordeaban el millar de hombres.[112]

Después logro reorganizar nuevamente sus fuerzas, organizando 3.000 a 4.000 irregulares e indios pero fue vencido definitivamente en las Vegas de Saldías.[113] Tras la caída del caudillo, las partidas volvieron a la situación anterior, autónomas pero colaborando entre sí.[114] Sin embargo, estas debieron refugiarse al sur del Biobío o en la zona cordillerana de Chillán, sus tradicionales bastiones.[56] El 23 de febrero de 1822 Benavides, capturado mientras intentaba escapar a Perú por mar, era fusilado en Santiago y su cuerpo descuartizado. Freire creía que la guerra estaba acabada, pero como esperaba Prieto, las guerrillas volverían a la ofensiva con nuevos aires.[115] Los Pincheira asolaban Parral y San Carlos en mayo, en octubre Ferrebú y el sargento mayor Antonio Carrero reunían 800 costinos y atacaban los fuertes de Arauco, Colcura y San Pedro sin éxito.[115]

El virrey del Perú, Joaquín de la Pezuela (1761-1830) apoyo y encargó al caudillo chileno Benavides, un antiguo sargento y desertor de los Húsares de la Gran Guardia,[41] para sostener la resistencia armada en las posesiones del sur, enviándole refuerzos[41] y aprovechando el apoyo de los grupos indígenas.[42] El caudillo hábilmente convirtió las regiones de Arauco y Chillán en los centros de resistencia realista.[41] Benavides controló los territorios fronterizos al sur del río Biobío dividido en tres frentes. Los llanos centrales estaban a cargo de Benavides, el cura de Rere, Juan Antonio Ferrebú, comandó el sector costero y los hermanos Pincheira se dedicaron al área cordillerana.

Uno de los datos que sostienen que era una «guerrilla campesina tradicionalista» y no una simple banda de ladrones fue su reconocimiento, al menos nominal, de la autoridad del coronel Juan Manuel Picó (1784-1824[116] ) como sucesor de Benavides.[117] Algo similar sucedió en el litoral.[118]

Asaltaban, saqueaban y raptaban mujeres a cambio de recompensa, como fue el caso de Trinidad Salcedo, por cuya libertad exigieron «una carga de vino, dos cargas de harina y 200 pesos en Plata» (según consta en el archivo del Ministerio de Guerra). Trinidad era hermana de 16 años de Francisco Salcedo, dueño de la hacienda «El Astillero», ubicada en la precordillera de Talca.[119] La muchacha fue secuestrada con otras mujeres tras el ataque de los Pincheiras y pehuenches a la hacienda en que murieron muchos inquilinos y el ganado fue robado, pero consiguió escapar de sus captores tras sufrir varios abusos. Encontrada por un arriero termino por recluirse en el Convento de las Trinitarias de Concepción, corría febrero del año de 1826. Posteriormente el coronel José María Benavente (1785-1833) organizó una expedición de caballería que consiguió rescatar a numerosas cautivas.[120] Posteriormente en 1850 el periodista y político Benjamín Vicuña Mackenna (1831-1886) entrevisto a Trinidad en su claustro.[121] Cinco años antes Juan Mauricio Rugendas (1802-1858) había pintado un cuadro llamado El rapto de Doña Trinidad Salcedo, inspirado en el famoso episodio. Algunos cuentos locales dicen que se caso con el menor de los Pincheira, y que negoció con el gobernador de Curicó Isidro de la Peña en 1832 la rendición de la banda, cruzando la cordillera con algunos acompañantes por un boquete que se llamaría Paso de las Damas.[122]

El 18 de septiembre de 1819 asaltaron Chillán, pero no consiguieron ocupar la ciudad, defendida por el gobernador Pedro Nolasco Victoriano (1775-1828). Su sucesor en el gobierno de Chillán, coronel Pedro Ramón de Arriagada (1779-1835), cruzó la cordillera con 200 soldados en 1820 y arrasó el campamento de Epulafquen (36°50′40″S 71°01′43″O / -36.84444, -71.02861).

En 1821 Lantaño se une al Ejército de Chile y es enviado a negociar la rendición de la guarnición de Chiloé con el gobernador Antonio de Quintanilla (1787-1863), fracaso y llegaron informes a Valdivia que Quintanilla invadiría la ciudad desde el sur. El gobernador Cayetano Letelier empezó a construir defensas en el puerto y envió al grueso de sus hombres a Osorno lo que causo una revuelta de los partidarios del rey que aun habían en la ciudad, la situación volvió a la calma semanas más tarde.[123] Luego, en 1823, a Lantaño se le encomendó marchar contra la banda. Al mando de un millar de soldados, se desprendió de 200 que envió a Antuco y subiendo por el río Laja para atacar Pichachén, Lantaño mismo intento atravesar el Boquete de Alico, pero cuanto más avanzaba su tropa más devastación encontraba, los realistas retrocedieron con una táctica de tierra quemada. Por otro lado, le era imposible recibir refuerzos, el cura Ferrebú y sus indios estaban más activos. Los Pincheira, en cambio, se hacían más fuertes, sumando constantemente nuevos reclutas. Al final, Lantaño no pudo llegar a Epulafquen y tuvo que contentarse guarneciendo la cordillera de Ñuble.[124]

En abril de 1823 Antonio Pincheira atacó Linares con 100 bandidos, aprovechándose de la debilidad del gobierno central, más preocupado de la crisis política entre conservadores y liberales, asesinando al gobernador Dionisio Sotomayor y secuestrando a su bella hija Clara pero al retornar con el botín logrado, el capitán José Santos Astete lo sorprendió con 350 soldados cerca de Alico, matando a Antonio, Clara no fue rescatada y fue desposada por otro bandolero.[125] Le sucedió su hermano Santos, pero pocos meses después éste murió ahogado al intentar cruzar el río Los Sauces.[126]

Las guerrillas cosecharon numerosos éxitos, llegando a tomar Concepción brevemente a finales de 1820, sin embargo, las autoridades republicanas gozaban ya de todo el aparato del naciente Estado chileno para respaldarse. Un año después, Benavides, principal caudillo realista, es vencido y capturado cuando intentaba llegar al Perú por mar. A finales de 1822, tras la muerte de Benavides, el oficial Bulnes lanzo una serie de ofensivas a la región del Mulchén donde libero a más de veinte mil personas que estaban bajo el cautiverio de los indios.[127] Sin embargo, debe tenerse en cuenta que estas cifras posiblemente sean una exageración y que muchos de los cautivos sean, de hecho, miembros del contingente realista refugiado con sus familias al sur de La Frontera. Sobre todo porque las campañas de Bulnes en 1822 fueron contra Quilapalo, Mulchén y el estero de Pile.[127] Todos estos eran escondites de los guerrilleros y sus familias, pero es cierto que allí también había gran cantidad de cautivos, principalmente mujeres y niños capturados durante los ataques a haciendas y villas, integrados después al orden social de esos refugios.[128]

Tras estos éxitos el gobierno independiente empezó a lanzar más ofensivas con el objetivo de acabar con las cada vez más debilitadas guerrillas, logrando someter el territorio huilliche en 1823, hacer a Marilúan iniciar correspondencia para negociar la paz con las autoridades republicanas en agosto de 1824,[116] eliminar a coronel Picó, sucesor de Benavides, el 29 de octubre de ese año en Bureo y al cura Ferrebú, fusilado el 2 de septiembre del mismo año, dos días después de su captura, en Colcura. Algunos de sus hombres intentaron rescatarlo al mando de Candelario Cruz pero durante el camino se enteraron de su muerte, cuatro meses más tarde fueron derrotados en Caycupil; los veinticinco sobrevivientes se unieron a los Pincheira.[129] Al momento de su muerte Picó contaba con 400 «cristianos» y 1.200 lanzas que aún podía juntar Marilúan. También intentaba convencer de desertar a Bocardo y otros oficiales españoles hechos patriotas aprovechando de la debilidad del ejército republicano, con muy pocos hombres ya que muchos seguían en Perú.[130] Picó estaba acampado en Bureo y Mulchén.[131] Ante la muerte de ambos cabecillas realistas por traición de sus antiguos compañeros los caciques se mostraron más renuentes a confiar nuevamente en ellos, llevándolos a negociar, incluido a Marilúan.[132] El 10 de enero de 1825 se convocaba un parlamento para lograr la paz con los indios.[133] A la última guerrilla fidelista terminaron por unirse numerosos perseguidos por O'Higgins, sospechosos de ser monárquicos.[134] Por su parte, en marzo de 1824 Pablo Pincheira, aprovechando su conocimiento de las faldas cordilleranas, avanzo sobre la región sur del Maule y la devasto a conciencia.[115]

Alianza con los pehuenches[editar]

Desde 1822 entraron en alianza con caciques pehuenches que les permitieron asentarse a ambos lados de la cordillera de los Andes, utilizando su territorio como base de operaciones aunque solo resultaron parcialmente beneficiados por los botines de los malones.[135] Los indios también nutrieron las guerrillas realistas con numerosos guerreros para sus incursiones; las autoridades mendocinas hablan de hasta 2.000 lanzas.[136] Los caciques Neculmán, El Mulato, Canumilla y Toriano fueron aliados de los Pincheira, mientras que Luis Melipán y Venancio Coñoepán fueron sus enemigos. Pero su presencia fue prontamente descubierta. El mismo año Victoriano cruzó con 600 lanzas la cordillera de los Andes hacia la Argentina en compañía de 22 hombres enviados por Picó. Victoriano luego cautivó a los soldados, algunos de los cuales lograron escapar, entre ellos Miguel Miranda quien se presentó en Luján y brindó informes sobre los movimientos pincheirinos.

Los principales asentamientos de los Pincheira en Chile estaban en las cercanías de Chillán, donde tenían la actualmente denominada «Cueva de los Bandidos Pincheira», cerca de la Laguna Huemul, lugar donde se refugiaron hasta un millar de personas;[137] también en «Los Maitenes», cerca de Limache y Curicó, pudiendo atacar hasta el Cachapoal;[138] y cerca de la cordillera a «Roble Huacho» o «Guacho», fundo ubicado en medio de un tupido bosque sobre el río Ñuble (en su orilla izquierda y enfrente de la desembocadura del arroyo Chure),[139] propiedad del anciano realista Manuel Vallejo, posiblemente padre de un alférez del mismo nombre que se había unido a la guerrilla,[140] y al parecer refugio preferido de Antonio hasta su muerte.[141]

En el territorio nominalmente rioplatense, se establecieron específicamente en los valles de Varvarco —en donde crearon la aldea homónima con 6.000 habitantes entre cautivos, desertores, bandoleros, perseguidos políticos e indios amigos bien organizados,[128] y el asentamiento de «Matancilla», ubicado a 6 km al norte del anterior— y en las lagunas de Epulafquen que llegaron a establecer un fortín, ya que a través del paso cordillerano «Boquete de Alico» se podía pasar rápidamente a Roble Huacho, ahí llegaron a vivir entre 2.000 y 3.000 personas;[142] además, se ubicaron en la zona del arroyo Malal Caballo —afluente izquierdo del curso superior del río Neuquén— en donde tenían los asentamientos de «Butalón» ubicado en la orilla norte de aquel arroyo y a 7 km de su desembocadura, el de «Raja Palos» y el de «Guañacos», todos del actual territorio noroccidental neuquino, alcanzando por el sur al río Agrio. Según el fray José Javier de Guzmán y Lecaros (1754-1847) Varvarco fue fundada en 1825 y llego a tener dos mil habitantes, acabando quemada dos años después por ordenes de Beauchef.[143] En territorio nominal mendocino también tenían un asentamiento llamado «Atuel» o «Latué», que se ubicaba en las juntas del homónimo y el río Salado, cerca de Malargüe, zona donde estaban los llamados «Castillos de Pincheira», terreno rocoso que les sirvió de refugio. Otros asentamientos menores estuvieron en el norte de Neuquén (Colomichicó), al sur de Mendoza (Jirones, Payén Matru y El Manzanillo) y en La Pampa (Chical Có, Limay, Mahuida y Chadileo o «Isla de los Pincheira»).

El refugio de Varvarco se convirtió con el tiempo en una verdadera villa bien organizada,[128] poblada por familias enteras, un cura que oficiaba misa y una economía basada en el pillaje.[8] Por sus dimensiones era enorme, superando aun a «Quilapalo», el principal campamento de Benavides, ubicado cerca de las actuales Huinquén y Quilaco, al oriente de Santa Bárbara y al sur del río Biobío, que al momento de rendirse Bocardo el 27 de marzo de 1822 se encontraron tres a cuatro mil personas, es decir, más de seiscientas o setecientas familias.[144] Cuando Bocardo se rindió le quedaban sólo los húsares de la muerte, que no eran «sino una turba de campesinos, imberbes o ancianos los más» reclutados usualmente a la fuerza entre los emigrados y pésimamente armados.[145] En comparación, hacia 1810 Santiago tenía treinta mil habitantes y Concepción, Talca y La Serena no pasaban de los seis mil.[146] Diez años después la capital de Chile alcanzaba los cuarenta ó cuarenta y cinco mil, veinte años después llegaba a sesenta y cinco millares de residentes.[147] Buenos Aires, por otra parte, llegaba a cincuenta y cinco mil pobladores en 1820.[148]

Una región preferida como refugio de los realistas era conocida como «La Montaña de Chillán»,[149] que desde 1818 empezó a recibir realistas y forajidos en número de tres o cuatro mil, alta cifra «aunque menor al de los emigrados de ultra-Bíobío».[150] Todos venían de los valles desde Talca a Chillán,[151] «familias de los Partidos de ultra-Maule»,[152] «tanto de los honrados y sinceros como de los forajidos que poblaban los campos i las villas».[153] La preferían por sus hondos, estrechos y habitables valles.[154] Estos «emigrados» eran el más cercano e incondicional apoyo de la guerrilla.[155] Este flujo constante de desplazados terminara por sumarse masivamente a los hermanos.[156] Se decía que «La Montaña enviaba por cada hombre que caía en las filas o era ajusticiado, diez veces mayor número de (realistas) vengadores».[157]

La Montaña fue una gran guarida de salteadores y de montoneros, que se sentían alentados en su acción por la presencia allí de los llamados "emigrados de la montaña", más de cuatro mil personas pertenecientes a familias de hacendados de la región que se obstinaban en no reconocer el nuevo estado de cosas y no perdían la esperanza de ver restablecido al antiguo régimen.[11]

Entre ellos estaba el escondite del hacendado chillanejo Pablo San Martín en las quebradas del Diguillin. Descrito como un hombre físicamente muy gordo, bondadoso y sinceramente realista, llegó a liderar una aldea de mil seguidores secundado por el penquista Camilo Lermanda.[158] Sus partidas se enfrentaron repetidamente a Victoriano en enero de 1820, destacando en las acciones el guerrillero Francisco el Macheteado Rodríguez. Al parecer nunca se llevo bien con los Pincheira, según Vicuña Mackenna por considerarlos demasiado sanguinarios. Enemistado con Picó y Bocardo, llegó a informar a Prieto sobre los planes del primero para atacar Chillán en 1821, contribuyendo sólo a la deserción de varios bandoleros, como Alejo Lagos, activo en el Itata desde 1819.[159] A pesar de las deserciones y las campañas de Prieto, la comarca chillaneja aun era considerada «eternamente goda».[160]

El número de los emigrados «ultra-Biobío» no era menor. A comienzos de 1819 un ejército republicano de 3.000 hombres capitaneado por Antonio González Balcarce (1774-1819) avanzó sobre Chillán, Concepción, Talcahuano y el resto de la comarca,[161] lo que provoco la retirada de los últimos 2.000 combatientes realistas que quedaban en la provincia de Concepción al sur del Biobío, buscando refugio en Valdivia.[162] En la capital provincial se le sumaron «no menos de seis mil de sus vecinos», incluyendo las octogenarias monjas de la Trinidad, para refugiarse en Los Ángeles;[163] desde esa ciudad «otros dos mil» refugiados cruzaron el río, acamparon en San Pedro y se asilaron en Arauco, Tucapel y toda la costa hasta Valdivia;[164] sucesos similares sucedían en Yumbel, Los Ángeles, Santa Bárbara y otras plazas fronterizas.[165] De aquellos que permanecieron en Los Ángeles, la mayoría no se quedó mucho ahí; para cuando se produjo el combate de Tarpellanca la localidad tenía menos de 1.000 civiles dentro.[166] De la marea humana que siguió a Sánchez muchos se instalaron en Valdivia.[167]

Miles de familias habían despoblado la provincia para escapar al sur del Biobío, instalándose en Quilapalo bajo la protección de Vicente Bocardo y Vicente de Elizondo, en el estero de Pile con la ayuda del lenguaraz Rafa Burgos para protegerse de los indios y en el río Bureo con permiso de Mariluán.[168] Ocultos en los bosques australes constituyeron una «población nómade y aguerrida», no menor a las 10.000 almas «según un cálculo prudente», instaladas al sur del Biobío y sus afluentes.[169] Concepción había quedado desierta. O'Higgins ya se había llevado, con mucha reticencia, 4.000 personas al retirarse al norte a finales de 1817 siguiendo su política de tierra quemada ante el avance de Osorio. Pero esa gente, al contrario de los que siguieron a los realistas según Vicuña Mackenna, «encontraron un asilo en la noble y probada fraternidad de Santiago».[170] Ya fuera por negociaciones o por las armas las autoridades nuevas querían que esos migrantes volvieran a repoblar la provincia penquista, cuyas comarcas antes pobladas y ricas estaban por entonces prácticamente desiertas.[171] A esto se deberán las campañas de Bulnes en 1822, donde afirmaba haber “rescatado” 20.000 personas cautivas.[127] Con los años algunos refugiados volverían al norte y llegarían al sur otros nuevos, pero sólo con la lenta bajaba de la intensidad del conflicto, a partir de finales de los años 1820, el grueso de los refugiados volverán a sus hogares.[172] Ambos grupos de emigrados amenazaban al unísono Chillán, Los Ángeles y Concepción.[11]

Un viajero que visitó a Concepción, la capital de las fronteras, a mediados de 1820, cuando las furias desencadenadas de la guerra se agitaban con vertiginoso frenesí, compárala a las ruinas de Palmira. Los soldados de aquende el Maule que la habían conquistado acampaban en sus calles y dentro de los muros de sus incendiados caseríos. Pero ¿dónde estaban sus legítimos y antiguos moradores? Unos pocos (apenas cuatro mil en toda la provincia) habían seguido al general O’Higgins en su retirada de 1818; pero la totalidad había huido a las montañas, a las cordilleras, a las tolderías de los gentiles. El empecinamiento de la fidelidad improvisó ciudades en el centro de los bosques y levantó claustros en medio de las relaciones de bárbaros idólatras.[173]

A este fenómeno demográfico se debe sumar el elemento araucano que escapó a las Pampas masivamente entre 1819 y 1824,[174] en varios grupos independientes,[175] pero especialmente la migración de los vorogas.[176] A esta última, el profesor Roberto Edelmiro Porcel (n. 1928) la cifrara hasta en cuarenta mil indios de lanza y chusma (guerreros y no combatientes, respectivamente),[177] pero probablemente apenas eran seis o siete millares.[178] [nota 2]

Estos cinco reductos pincheiristas —Roble Huacho, Epulafquen, Varvarco, Malal Caballo y Atuel— eran utilizados como campos de engorde del ganado robado en las provincias de Mendoza, San Luis, Córdoba y Buenos Aires —que ya se había anexado la Comandancia de Patagones a su jurisdicción, en 1822— antes de pasarlos a través de la cordillera, hacia Chile.

De todos los refugios de estos «montoneros fronterizos», los ubicados en el actual Neuquén, es decir, Varvarco y Epulafquen, fueron los más seguros y estables gracias a sus defensas naturales y la fertilidad de sus valles.[179] Permitirían a los hermanos y seguidores continuar operando una vez que Prieto consiguiera la aparente pacificación de la provincia de Concepción,[180] trasladando sus operaciones a las pampas trasandinas, llegando a malonear puntos tan lejanos como Carmen de Patagones y Bahía Blanca.[181] Por muchos años seguirían siendo los núcleos con un tipo de vida autónomo, adaptado a su medio y circunstancias históricas; refugios de desertores y perseguidos por razones políticas o delictivas y zona de recepción de cautivos.[182] Desde allí los realistas podían atacar varios frentes simultáneamente, causando el temor en las fronteras y la dispersión de las fuerzas enemigas.

Muchas veces la guerrilla se traslado de escenario y con ella grandes contingentes de población. Por ejemplo, debido a la presión que ejercían las fuerzas del Estado chileno sobre los realistas a mediados de la década los habitantes de «La Montaña» y otros escondites habían buscado refugio al otro lado de los Andes.[156] A comienzos de 1827 Varvarco, lugar de concentración de los hombres que vivían por diferentes motivos fuera de la ley, fue saqueado y miles de sus habitantes trasladados a la fuerza. Finalmente, cinco años más tarde, el último campamento de lo que quedaba de la guerrilla, Epulafquén, fue asaltado y se realizó el traslado y dispersión forzada de sus habitantes.[183]

Su alianza con las tribus pehuenches, ranqueles y vorogas se mostrara vital para la amplia extensión territorial y larga duración de la guerrilla,[184] en especial, cuando expulsados a las Pampas, los hermanos hegemonicen el trafico de ganado robado, viéndose involucrados en guerras inter-tribales.[185] [nota 3] Los primeros bien pudieron sumar unos diez millares según padrones de la época, aunque estudios modernos hablan de quince.[186] Los segundos migraron desde Boroa en número de trece mil, incluidos dos millares de guerreros.[187]

En 1825 se produjo un conflicto interno entre los pehuenches de Malalhue (o Malal Hué) que resultó en la muerte del cacique gobernador Ñeicún, siendo suplantado por Antical, uno de los vencedores. Los derrotados solicitaron el auxilio de caciques de Chile, quienes enviaron fuerzas junto con 200 soldados al mando del oficial pincheirino Julián Hermosilla, logrando derrotar a Antical.[188] El oficial reunió su tropa con los indios concentrados a orillas del arroyo de Mocum (río Agrio). La hueste de los caciques Toriano, Neculmán, Pavalaf, Yanquetrúz y Anteñir sumaba unas 5.000 lanzas.[189] Juntos tomaran las tolderías de Malal Hué y mataran a Antical.[190] Durante esa campaña los caciques pincheirinos ofrecerán clemencia a los pehuenches de Antical si se presentaba sin armas a su campamento, pero cuando lo hagan les masacraran sin piedad. Más de un millar de pehuenches hombres, mujeres, niños y ancianos son asesinados.[191] También se produjo un ataque exitoso en Parral. Ese año el gobierno chileno comisionó al capitán Barnechea para intentar convencer a los Pincheira de que se integraran al Ejército de Chile, además de ofrecer un tratado de paz a los jefes pehuenches. Estos caciques se reunieron en Cayanta y decidieron aceptar la propuesta, pero sólo la cumplieron los caciques Manquel (del Reñi Leuvú) y Lancamilla (de Malargüe), Caripil (del Nahueve) se mantuvo neutral y Juan Neculmán siguió aliado a los Pincheira. Este último fue el más fiel e importante aliado de los hermanos,[192] participo en malones en 1829 cerca de Carmen de Patagones y en el sur de Mendoza, desde Aguanta a Chacay.[193] Murió en 1832 enfrentando a las tropas de Bulnes.

Expulsión a las Pampas[editar]

Entre 1825 y 1827 lanzaron varias incursiones apoyadas por el toqui arribano Mariluán y el teniente coronel vizcaíno Miguel de Senosiaín y Ochotorena, pero en 1826 empezaron a sufrir una serie de incursiones del ejército republicano.[194] Comandaba el escuadrón de Guías y rápidamente gano el apoyo de «los emigrados de la costa».[195] En febrero de ese año, el capitán Pedro Barnechea intentó atacar con dos columnas al comandante pincheirista Senosiaín ubicado al norte de Neuquén,[127] pero debió retroceder porque las partidas realistas juntaron fuerzas para enfrentarlo. Senosiaín había reunido 100 combatientes en Vilucura con Francisco y Tiburcio Sánchez, el chilote Melchor Mansilla (quien murió poco después ahogándose en el Biobío tras volver de un malón) y Manuel Ascencio, su rival personal y nombrado comandante en la costa por Picó tras la muerte de Ferrebú.[118] Todos acudieron cuando Mariluán pidió su auxilio ante las incursiones de Barnechea en sus tierras. Anteriormente Ascencio y Senosiaín habían tenido disputas con el cacique pero ninguno de los dos podía combatir sin su ayuda por lo que jamás se enfrentaron y en cuanto éste necesitaba ayuda iban.[196] Tras recibir el indulto Senosaín volvió a España en 1827, un año después el cacique Toriano y el capitán Antonio Zúñiga, jefe de una partida de 100 monárquicos, se presentaron en Bahía Blanca para firmar la paz.[65] [197]

Al no encontrar a quién combatir, Beauchef y Bulnes se dirigen hacia el Valle de las Damas y de allí, encontrándose en Pichachén con el coronel Carrero, que no había intervenido con sus fuerzas, se reúnen en Antuco con las reservas de Borgoño a fines de marzo. Sin embargo, el 4 de febrero de 1827 Senosiaín se rindió a cambio del indulto y el cacique dejo las armas en Yumbel con el guerrillero Tiburcio Sánchez. Sus guerrillas incluían 40 españoles que volvieron a su país, se quedaron en Chile o se negaron a deponer las armas y siguieron combatiendo, esta vez con los hermanos.[198]

Los Pincheira juntaron los restos de la guerrilla del peninsular más sus propias fuerzas y consiguieron armar 400 jinetes, la mitad soldados de línea procedentes de los Cazadores de Chillán u otros desertores, el resto indios y campesinos.[199] Otras fuentes elevan la fuerza realista a 500 «españoles» y más de 1.000 indios.[184] El 11 de septiembre de 1826 se produjo la batalla de los Toldos Viejos, siendo derrotado el teniente coronel Andrés Morel por una fuerza de 700 indígenas del cacique Mulato y fusileros pincheirinos al mando de Godé.

Al mando de Manuel José Borgoño (1792-1848) una fuerza especialmente entrenada de 2.000 efectivos[200] forzó a los hermanos a cruzar la cordillera a Neuquén con 300 hombres armados con fusiles y carabinas y 1.500 ó 2.000 lanceros pehuenches terminado por refugiarse con los vorogas.[201]

Por orden del presidente chileno Agustín de Eyzaguirre (1768-1837), el 27 de octubre de 1826 inició operaciones una fuerza al mando del brigadier Borgoño compuesta de tres columnas:

  1. La primera columna partió de Talca atravesando la cordillera por Barrancas con 540 soldados al mando del coronel Jorge Beauchef.
  2. La segunda columna partió de Chillán a través de Epulafquen con 291 soldados al mando del coronel Manuel Bulnes.
  3. La tercera columna partió de Los Ángeles por el paso Pichachén con 322 soldados al mando del coronel Antonio Carrero.
  • La reserva con 1.157 soldados al mando de Borgoño partió de Chillán rumbo a Antuco.

La primera columna tomó por sorpresa a las hermanas Rosario y Teresa Pincheira que custodiaban 300 cautivas en Matancilla -ahí se dice que funcionaba un burdel donde las obligaban a prostituirse-, llevándolas luego a Chillán, las Pincheira fueron forzadas a capitular y recibieron un indulto al no considerárselas sediciosas.[202] Las otras dos columnas lograron destruir el refugio de «Butalón» —en el arroyo Malal Caballo, al este del curso superior del río Neuquén— pero los hermanos Pincheira lograron refugiarse en «Atuel» del valle homónimo, en territorio nominal mendocino. El cacique Neculmán es apresado (noviembre).

Finalmente, tras las ofensivas fallidas de Lantaño y Barnechea el general Borgoño conseguía tomar Varvarco.[203] Siguiendo el río homónimo la columna de Beauchef entró en el campamento realista describiendo «que las casas de paja de los jefes principales eran grandes y cómodas y que estaban rodeadas de numerosas casuchas de cuero fácilmente transportables que eran ocupadas por una población de familiares y cautivos que seguía a los montoneros».[204]

Las fuerzas chilenas obligaron a todos los habitantes de los valles dominados por los Pincheira a emigrar a Chile, llevándose cerca de 3.000 personas entre cautivas, indígenas indultados, prisioneros e indígenas neutrales con el fin de limpiar la región y repoblar con ellos Antuco.[205] Como táctica de guerra, las fuerzas chilenas llevan a cabo una «limpieza total» de la región, única y desconocida en la historia de las guerras de la Independencia. Bulnes se lleva también: «900 caballos, 500 vacas y 6.000 cabezas de ganado lanar». A raíz de estos hechos, desde 1827 los caudillos realistas centraron sus operaciones principalmente en el oriente de los Andes.[206]

Borgoño, al ser incapaz de darles alcance, en julio envió 500 a 1.200 conas de Coñoepán al otro lado de los Andes en su persecución.[207] [208] Su incursión duró hasta el año siguiente, causando gran temor entre los vorogas, quienes llegaron a negarse a ayudar a la banda para evitar el castigo de Coñoepán.[209] Posteriormente, los vorogas volverían a unírseles en sus campañas de saqueos contra Buenos Aires. Debido a su aparente derrota, Jorge Beauchef (1787-1840) les ofrecerá la amnistía a los hermanos, siendo rechazado.[8] Con Coñoepán iba también una compañía de 30 soldados chilenos del regimiento de cazadores a caballo al mando del teniente Juan de Dios Montero quienes se pasaron a los bandidos pero a los pocos meses desertaron y se presentaron en Carmen de Patagones.[207] Montero se hizo sargento mayor en Bahía Blanca pero sería fusilado por orden del porteño Rosas en febrero de 1830, acusado de conspirar con los indios de la zona contra el gobernador provincial.[210]

“Febrero 10 de 1827: Señor Coronel Buchefe. De lo que prebiene del indulto no podemos porque no somos solos que peliamos pues ustedes saben que el portugues aliado se halla peliando en Buenos ayres i si ustedes gustan invernar invernen que no les hace ningun perjuicio. Bien bedo yo del que no tengo fuerzas para contra Restar con ustedes i aci si V. Me busca si me esta a cuenta atacare i de no me andare por los campos. José Antonio Pincheira.”.

Repuesta de José Antonio Pincheira al ultimátum de rendición enviado por el Coronel Beaucheff.[211]

En 1827 le pidieron ayuda al cacique arribano Mangin Hueno que se negó, pero dos años después cambio de opinión y envió guerreros que se unieron a pehuenches y vorogas en sus ataques en ambos lados de los Andes.[212] Por el mes de septiembre Pablo Pincheira azolaban Colchagua, San Fernando y Talca.[127] Poco después atacó las cercanías de San Luis. El mando de las fuerzas chilenas lo asumió Manuel Bulnes (1799-1866), quien lanzará una serie de golpes decisivos que acabaran con la banda guerrillera. Llevaba años combatiendo a las guerrillas y conocía sus tácticas. Primeramente, en el verano de 1827-1828 y fue mucho más exitosa consiguiendo recuperar ganado y cautivos además de tomar prisioneros a 2.000 indios amigos de los bandoleros.[127]

Los forajidos llegaron a crear todo un sistema económico donde la principal fuente de ingresos era el ganado vacuno robado de las haciendas a ambos lados de la cordillera, sobre todo en las estancias rioplatenses, donde alentaban a vorogas y ranqueles a hacer malones.[213] Luego los engordaban en los prados donde ubicaban sus campamentos y finalmente eran vendidos en las comarcas de Valdivia y Llanquihue donde llegaban siguiendo el «camino de los chilenos», recibiendo por contrabando armas y alcohol que distribuían entre los indios.[214] El apogeo de sus campañas contra el sur de las provincias de Mendoza, San Luis, Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires fue de 1826 a 1828, en especial Bahía Blanca y la Sierra de la Ventana, después los vorogas, apodados la Vanguardia de la Banda, liderados por Canuillán, que habían cruzado el macizo cordillerano en 1827 empujados por la derrota de sus aliados monárquicos e instalados en Salinas Grandes, Leuvucó, Carhué, Caleufú, Chadi Leuvú y Cashuati en 1828, en número de seis o siete mil gentes (dos millares de lanzas).[178]

Tras años de guerras con los querandíes y ranqueles, finalmente pudieron asentarse en Grandes Salinas e hicieron la paz con sus enemigos gracias a la intervención de Juan Manuel de Rosas (1793-1877), gobernador de la provincia de Buenos Aires, a través del emisario Eugenio del Busto (1811-1899) en 1829. El tratado también incluyó el cese de los ataques a las estancias de Córdoba y Santa Fe. Así, abandonaron a los chilenos y se negaron a sumar sus 1.500 lanzas a sus malones.[215] Viendo la amenaza que representaban estos malones Rosas ya había convocado a un parlamento en Guanaco, cerca de Córdoba, que se celebro el 20 de diciembre de 1825 y al que asistieron cincuenta caciques –entre ellos Toriano- con mil lanzas, consiguiendo la paz con varias tribus.[216] Los Pincheira debieron buscar refugio con Chuica, un cacique pehuenche del norte de Neuquén, su último aliado y reducto.[217] Aun a pesar de esta debilidad intentaran asaltar nuevamente Chillán, pidieron ayuda a Mariluán, pero éste tras mostrarse inicialmente de acuerdo se negó a auxiliarlos.[218]

En abril de 1828 atacaron el Fuerte San Rafael, saqueando e incendiando las estancias cercanas. Arrearon 3.000 vacas, 5.000 caballos y mulas y 6.000 ovejas.[86] [219] El 25 de agosto del citado año, Pablo Pincheira y sus aliados indígenas atacaron la Fortaleza Protectora Argentina (Bahía Blanca), participando en la defensa Venancio Coñoepán y Juan de Dios Montero:

En la madrugada del 25 del actual vinieron los bárbaros a estrellarse contra la Fortaleza, en numero de 400 a 450 hombres, entre ellos como 100 de tercerola; teníamos avisos anticipados y los esperamos desde medianoche; hice formar fuera a caballo la tropa disponible, en su totalidad 130 hombres y con los indios amigos del cacique Venancio y el capitán Montero, salimos a encontrarlos; ellos aguardaban y resistieron la carga pero el fuego de una pieza de que sacamos con nosotros los hizo retirarse, después de haber dejado en el campo 8 a 10 hombres.

Parte de Estomba

A fines de 1828 grupos indígenas acompañados por hombres de Pincheira atacaron las estancias de San Carlos, Tunuyán y Tupungato. En 1829 José Antonio se presentó ante el Fuerte de Carmen de Patagones con un centenar de blancos y otro centenar de indígenas, pidiendo parlamentar con el gobierno de Buenos Aires, pero el comandante José Gabriel de Oyuela puso en prisión y luego ejecutó a los dos parlamentarios enviados por Pincheira, atacando éste insfructuosamente el fuerte. En enero del corriente, los ranqueles fueron reforzados por fuerzas pincheirinas y atacaron Punilla, Estanzuela y las Pulgas en San Luis. Ese año Rosas, gracias a una hábil diplomacia, acaba con la alianza entre vorogas y realistas, forzando a estos últimos en el norte de Neuquén a pesar de los intentos del capitán Zúñiga y otros oficiales habían sido los representantes de Pincheira en el campamento voroga de evitar el pacto con Buenos Aires. Por otra parte, aprovechando el caos producido por la guerra civil chilena, la banda lanzo ataques contra Colcura, la provincia de Talca y San José de Maipo durante ese año.[220]

Durante esa temporada la banda y sus indios aliados (pehuenches, vorogas de Guaminí y ranqueles de Yanquetruz o Llanquetruz) realizaron una serie de audaces malones contra Buenos Aires y el Cuyo aprovechando el caos de la guerra civil.[221] Aunque sus ataques de 1828 a inicios de 1830 fueron contra Mendoza, Melincué, Pergamino, Bahía Blanca y Carmen de Patagones, su objetivo principal era debilitar a Buenos Aires.[222] Esto motivará la hábil maniobra diplomática de Rosas. Sin embargo, debe reconocerse que sus ataques contribuyeron decididamente a debilitar al gobierno de Juan Lavalle (1797-1841) en Buenos Aires, contribuyendo a su caída.[206] A comienzos de 1830 se preparaban para atacar Salto y Tandil, exigiendo las cabezas de los caciques Catriel, Cachul y Benancio Coyhuepán para empezar a negociar. Durante esos años habían atacado a las tribus que se negaban a auxiliarlos. Empezaron por los indios que vivían alrededor de Carmen, luego los de Melincué, después los pehuenches aliados de Mendoza, los pampas y vorogas de la comarca de Bahía Blanca y terminaron con los ranqueles aliados con Rosas.[223] Conocedor de que los hermanos planeaban a la larga atacar Buenos Aires, tras la llegada de noticias provenientes de Córdoba o Mendoza de que avanzaban contra el puerto se decidió a ganarse al poderoso cacique abajino Coñoepán (a la larga las informaciones se demostraron erróneas). También busco el apoyo de Santiago de Chile para una ofensiva conjunta pero las guerras civiles en ambos países la impedirán. También busco apartar a Toriano, como había hecho con los vorogas, de los monárquicos, pero no lo consiguió.[224] Exploto una división en la banda para convencer a los caciques ranqueles Currutripay, Catrilén, Faustino Millapán, Yanquetruz y a la banda de Pablo Pincheira de avanzar sobre Río Cuarto en agosto de 1831, urbe en ese entonces en poder unitario. Estos hechos dieron a Rosas una justificación para iniciar sus planes de atacar a los indios de las Pampas, finalizando así la importante alianza entre el gobernador y Yanquetruz.[225] Durante dicha división el gobernador porteño había creado un cinturón defensivo alrededor de sus fronteras provinciales y había cercado a los monárquicos quitándoles aliados, y había cruzado la cordillera Coñoepán con uno o dos millares de lanzas abajinas y vorogas más una treintena soldados chilenos, estableciéndose en Bahía Blanca, desde donde lanzo ataques contra los Pincheira, Rosas hábilmente también había buscado aliados en la Araucanía.[226] Sin embargo, debido al incumplimiento de parte del pacto estos terminaran asaltando también la frontera de Buenos Aires.[225] Poco después se aliarán al unitario José Videla Castillo (1792-1832), pero serán derrotados por Quiroga y volverán a ponerse bajo las órdenes de José Antonio a mediados de 1831.[227]

En la misma época José Antonio Pincheira firmó el Tratado de San Juan (también llamado de los Carrizos o de Carrizal) con el gobernador de Mendoza Juan Reje Corvalán (1787-1830), por medio del cual a cambio de la paz debía recibir ropa, pertrechos, dinero y el grado de coronel y cargo de «Comandante General de la Frontera del Sur».[228] Pincheira debía abandonar la provincia de Mendoza, custodiar la frontera y cumplir órdenes del gobernador informando además su paradero.[229] La guerrilla era rica en oro, gracias a sus robos.[228] Hábilmente, José Antonio había aprovechado que Corvalán había enviado numerosas tropas a luchar contra los cordobeses, desguarneciendo su frontera sur, para avanzar sobre la capital provincial, en la que entró el 10 de julio de 1829, forzando al gobernador a firmar el tratado cinco días más tarde.[8] [230] El tratado también incluía que en caso de conflictos con un tercer agente, ambas partes estarían obligadas a dar su apoyo militar a la otra. De esta forma, José Antonio esperaba contar con la ayuda de Mendoza en una guerra defensiva contra Chile. Se conseguía un aliado y se cerraba un frente para centrarse en las operaciones bélicas contra Santiago.[231]

Pablo Pincheira y Hermosilla no aceptaron depender del gobernador de Mendoza y eso provoco el quiebre temporal en la banda, ya mencionado.[232] El tratado será clave, pues no sólo debilitara el liderazgo de José Antonio y la cohesión interna del grupo, también lo alejará de los vorogas y ranqueles, lo que permitirá a Rosas separarlos definitivamente.[233] De esta manera, el porteño conseguiría desmembrar a los realistas y acorralarlos al sur de Mendoza, volviéndolos incapaces de intervenir nuevamente en la guerra civil librada en la actual Argentina.[234]

Debido a que la Liga Unitaria liderada por José María Paz (1791-1854) se había hecho fuerte en Córdoba en 1829, al año siguiente José Antonio se inmiscuyó en las luchas internas de Mendoza tomando partido por el gobernador Corvalán, que era federal, quien se había refugiado en su territorio siguiendo lo estipulado en el Tratado de San Juan.[227] Rompiendo el tratado, los indígenas aliados de Pincheira al mando de los caciques Coleto y Mulato, realizaron la matanza de El Chacay (conocida como «Tragedia de El Chacay») el 11 de junio de 1830 asesinando a de Corvalán y su comitiva de 30 miembros,[235] entre los que estaba Juan Agustín Maza (1784-1830), y acercándose a sólo 8 leguas de la Ciudad de Mendoza. La matanza tuvo terribles consecuencias para José Antonio, ponía fin a su alianza con Mendoza y lo volvía objetivo de los caudillos federales Estanislao López (1786-1838) y Facundo Quiroga (1788-1835).[234] En respuesta, tanto los unitarios (1830) como los federales (1831) lanzaron campañas de castigo contra los pehuenches desde el Fuerte San Carlos, logrando apoderarse a la larga del fértil Valle de Uco. Otra consecuencia decisiva fue que llevó a Rosas a iniciar los preparativos para una expedición a la Pampa, buscando el apoyo conjunto del gobierno chileno, que también empezaba a dimensionar el nivel de la amenaza que representaban los Pincheira.[236]

Tal como había sido en 1825, entre 1829 y 1830 los Pincheira lanzaron incursiones muy al norte de sus terrenos habituales de operaciones. En ambas ocasiones habían aprovechado el colapso del gobierno central y la guerra civil para atacar las provincias chilenas que además de autogobernarse debían autodefenderse.[237]

Los Pincheira se mantenían como el último bastión realista de Sudamérica.

Batalla final[editar]

Aprovechando que el caudillo riojano Facundo Quiroga (1788-1835) estaba en la provincia de Mendoza, el gobierno de Chile lo invito a eliminar a la banda, éste inicio una serie de maniobras que consiguieron distraer a los cuatreros del verdadero peligro al otro lado de la cordillera.[238]

Decidido a eliminar definitivamente a la banda, el general Bulnes atacó por sorpresa el campamento de Roble Huacho con el batallón Carampangue el 13 de enero de 1832, atrapando y fusilando a Pablo Pincheira y a sus subordinados Hermosilla, Fuentes y Loayza.[239] Cruzó la cordillera de los Andes hacia el territorio del Neuquén por Alico con 1.000 hombres[240] (algunos hablan de hasta 2.000)[241] y en una emboscada arrasó con ellos en la batalla de las lagunas de Epulafquen 36°50′40″S 71°01′43″O / -36.84444, -71.02861 en la madrugada del 14 de enero, en el lugar en donde tenían su campamento. A la banda solo le quedaban 200 guerrilleros armados con fusiles, carabinas y escopetas capturadas principalmente y 150 lanceros pehuenches más sus familias y rehenes.[242] La mayoría de los pincheiristas murieron en el ataque, entre ellos los caciques Neculmán, Coleto y Trenquemán. En total, tuvieron 200 muertos,[243] 600 hombres capturados[244] y uno ó dos millares de cautivas con varios miles de niños.[245] [246] Unas dos a tres mil personas fueron enviadas a repoblar Antuco y el Laja.[142] Inicialmente se había planificado fundar una villa con ese contingente humano cerca del Biobío como barrera contra ataques mapuches, pero se asumió que dejarlos todos reunidos y cerca de los indígenas era demasiado peligroso.[183]

José Antonio escapó hacia el Atuel, siendo perseguido por el capitán Zañartu con 80 soldados, pero no lograron alcanzarlo. Bulnes ordenó al ex pincheirista José Antonio Zúñiga dirigirse al Atuel con 100 hombres y luego se retiró hacia Chillán con 40.000 cabezas de ganado.[247] José Antonio finalmente se entregó y recibió un indulto del presidente Prieto. Zúñiga logró que José Antonio Pincheira se dirijera con sus fuerzas a Chillán para entregarse el 11 de marzo.[248] Será indultado gracias a las peticiones de numerosas de sus rehenes. Contratado como empleado en la hacienda del presidente José Joaquín Prieto (1786-1854), el último de los Pincheira, José Antonio murió como un legendario anciano.[249]

Consecuencias[editar]

Según el historiador Gabriel Salazar (n. 1936) durante el siglo XIX, tras la independencia, se vivió un periodo donde gran parte de la tierra cultivable quedo en manos de grandes propietarios (hacendados). Los pequeños campesinos dueños de sus propios terrenos se convirtieron en inquilinos dependientes o peones vagos. Solamente la región al sur de Talca, particularmente el territorio chillanejo, se libro de este proceso. Su propia condición de territorio bélico imposibilito durante esa centuria el desarrollo de haciendas.[250]

Su aliado, Chocorí (Chokorí), ocupaba Choele Choel desde donde lanzaba ataques contra las estancias porteñas con una banda de 2.000 indios y blancos renegados.[251] Rosas lanzo contra él una expedición de 2.000 soldados, principalmente a caballo, y 140 oficiales[252] entre 1833 y 1834, logrando pacificar hasta mediados de siglo la frontera sur (la campaña había sido planificada para 1831 contra los Pincheira y Chocorí junto a las fuerzas chilenas pero las guerras civiles rioplatenses la retrasaron).[253] Fuentes decimonónicas hablan de hasta 6.000 indios muertos y 4.000 capturados por las campañas de Bulnes, Quiroga y Rosas.[254] En el caso específico de este último se habla de 4.000 muertos, 1.500 prisioneros y 1.000 cautivos rescatados.[255] En aquellas fechas las tribus principales de la región eran los nómadas tehuelches (unos 1.000), ranqueles (unos 8.000, de los que 1.200 eran guerreros), vorogas (13.000, 2.000 guerreros) y manzaneros (10.000, 1.500 guerreros).[187] [nota 2]

Chocorí resulto muerto y fue sucedido por su hijo Valentín Sayhueque (1818-1903), jefe de una confederación tribal apodada los puelches o manzaneros, hombre que aprendió la lección. Durante las décadas siguientes, aunque otros caciques le inviten a malonear las fronteras rioplatenses éste permanentemente se negará.[256] Gracias a la paz y la fertilidad de las tierras donde se instalaron, los manzaneros alcanzaron rápidamente los quince mil indios de diversos orígenes, una décima parte de ellos de lanza.[257]

Los vorogas, tras años de guerra contra Buenos Aires junto a los Pincheira, se sometieron a la expedición de mala gana, presionados por las guarniciones que quedaron en Bahía Blanca y Patagones capitaneadas por el coronel Martiniano Rodríguez (1794-1841). Cuando la expedición de Rosas partió de Grandes Salinas los vorogas de alzaron y Rodríguez los sometió.[258] Dejo entre ellos un escuadrón de doscientos dragones a cargo del coronel Manuel Delgado (1790-1857) para vigilar sus movimientos y contratar indios para espiar las intenciones de sus caciques.[259] [260] Desde entonces los indios de las Salinas se mantuvieron en una tensa paz con el gobernador porteño; después de todo tenían tres mil lanzas para amenazar la frontera y se negaron a devolver a los cautivos de sus anteriores malones.[261]

Los pehuenches, por su parte, quedaron derrotados. Se mantendrán apartados de los conflictos con los nacientes Estados hasta finales del siglo, aunque no de las guerras endémicas entre las tribus, siendo permanentes aliados de los salineros y los arribanos.[262] Su principal cacique, Toriano, cruzó en 1830 los Andes con 1.500 ó 2.000 guerreros pehuenches y huilliches, incluido Juan Calfucurá (c.1790-1873). Su objetivo era acabar con los vorogas que habían vencido a los pampas, tehuelches y huilliches, amenazando con unificar el territorio con un poder hostil.[263] En noviembre de ese año devasto las tolderías de los vorogas con un feroz malón.[264] Finalmente, en 1832 fue vencido y muerto por los ranqueles y vorogas de Cañiuquir y Yanquetruz.[263] De sus 2.000 seguidores tres cuartos volvieron inmediatamente al oeste de los Andes tras saber que se estaban atacando sus hogares, Calfucura y unos pocos se refugiaron en tierras de los manzaneros, pero los vorogas seguían temerosos que los invadieran.[265] Final sorpresivo, pues nadie se esperaba la derrota de un contingente tan poderoso en una Pampa azotada por la sequía y el hambre.[nota 4] Calfucurá ya había liderado con sus hermanos una expedición en 1827, con 2.000 guerreros azoto las Pampas.[266]

El gran ganador de la guerra aparentemente fue Coñoepán, se había vuelto el cacique más poderoso de Arauco con un ejército de 4.000 combatientes, aliado de las nacientes repúblicas, con los ejércitos de sus enemigos diezmados y poseedor de una gran influencia al otro lado de la cordillera, sometiéndosele aun sus rivales entre los abajinos, la familia Colipí,[267] encabezada por Lorenzo Colipí (1770/1780-1838), que en teoría podía mover mil lanzas.[268] Sin embargo, su final estaba cerca. Calfucurá había quedado al mando de una pequeña banda de cien guerreros con los que vago por años en la región, los últimos restos del ejército de Toriano que se dispersó tras la muerte del jefe.[269] Dando muestras de una despiadada astucia invito a los jefes vorogas a una reunión comercial en Masallé (cerca de la laguna Epecuén) el 9 de septiembre de 1834, estos fueron desarmados y ahí los ataco de improviso. Resultaron muertos los jefes Rondeau, Melin (Melingueo), Alun y Callvuquirque (Caefuiquir), salvándose Ignacio Coliqueo (1786-1871) que se refugió con los ranqueles de Yanquetruz para luego volver a Boroa aunque iba constantemente a las Pampas a reunirse con los ranqueles que enfrentaban de manera autónoma a Calfucurá a los ejércitos provincianos hasta que en 1861 por un pacto con los unitarios traslado a su clan a las Pampas donde ayudaría en la Conquista del Desierto a los argentinos. Calfucurá, por su parte, tomo de un solo golpe el poder de una numerosa tribu.[270] Contó en ello con el permiso de Rosas, temeroso del poder alcanzado por los vorogas.[271] Los vorogas de las Pampas pasaran a ser llamados chadiches o salineros, uniéndoseles numerosos contingentes de araucanos, huilliches y tehuelches hasta formar una heterogénea confederación de quince mil personas, dos mil seiscientas de ellas guerreros.[272] Poco después de la matanza el reticente Yanquetruz se alió con Calfucurá casándose con una de sus hijas, aunque no cesaron los roces entre ambos.[273]

Coñoepán marchará contra él en 1836, pero ya no contaba con el favor de Buenos Aires, las tropas de esta ciudad lo arrestaron y murió en prisión ese mismo año. En agosto de 1837 vorogas que habían permanecido en Boroa lanzaron una expedición contra Calfucurá, liderada por Juan Railef.[274] El huilliche reunió 1.000 lanzas y emboscó a Railef cuando éste volvía de malonear Bahía Blanca. El cacique y 500 de sus 1.600 ó 2.000 guerreros perdieron la vida.[275] Hábilmente el porteño negoció con el cacique, consiguiendo la paz con las tribus no sometidas por la campaña de 1833.[276] Éste permanecerá como aliado de Rosas hasta su caída en 1852, momento en que se vea involucrado en las guerras civiles argentinas, apoyando usualmente a los federales y azolando constantemente la frontera sur de la Confederación por un cuarto de siglo.[277]

Tras la derrota de los Pincheira y sus aliados, la situación en las Pampas era de un progresivo debilitamiento de las autonomías tradicionales de las tribus indígenas a uno de alianzas y dependencias entre ellas donde la cabeza era Calfucurá,[278] personaje que a fines de la década siguiente había vencido a todos sus rivales y conseguido numerosos aliados, unificando toda la región.[279]

Referencias culturales[editar]

La historia de los Hermanos Pincheira ha sido la base para una serie de obras artísticas; entre ellas vale destacar la novela Los Pincheira (1949), de la escritora chilena Magdalena Petit,[280] y la telenovela de 2004, Los Pincheira, producida y emitida por Televisión Nacional de Chile.

Véase también[editar]

Referencias[editar]

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  105. Vicuña, 1868b: 265
  106. Vicuña, 1868b: 267. Los defensores republicanos eran 80 cazadores, 150 dragones y 80 granaderos a caballo.
  107. Vicuña, 1868b: 268
  108. Vicuña, 1868b: 227
  109. Vicuña, 1868b: 231
  110. Vicuña, 1868b: 227-228. Unos 104 granaderos en un escuadrón, 80 fusileros en una columna, 84 guerrilleros en tres partidas y las milicias de Talca (80 hombres), Quirihue (270), Linares (112) y Parral (90).
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Notas[editar]

  1. Según Contador, acorde a una carta datada del 9 de agosto de 1820, el mayor de los Pincheira pudo llamarse Juan Antonio (1998: 146).
  2. a b Porcel, 2007: 41. La cifra de 13.000, a veces citada respecto del número de salineros o vorogas, se refiere a la población de su tribu en 1852, cuando cayó Rosas. El crecimiento se debe a un crecimiento demográfico natural más la llegada de contingentes de cautivos, exiliados y sobre todo otros indios migrantes, en especial, huilliches.
  3. El proceso de araucanización de la Pampa se refiere a la migración masiva de tribus araucanas al oriente andino, conquistando y mestizándose con grupos indígenas locales, en especial, los puelches y tehuelches. Estas migraciones serán comenzadas en la segunda mitad del siglo XVIII como expediciones de abigeato o malones a la frontera sur del Río de la Plata realizadas especialmente por huilliches y llaneros, y que afectaran en sobremanera al Cuyo (León, 1990: 68). Será precisamente un grupo de huilliches procedentes de Valdivia el primero en instalarse masivamente en Grandes Salinas, cerca de 1810 (Bechis, 2008: 42).
    Sin embargo, el auge de este movimiento demográfico se producirá durante la Independencia, particularmente desde 1818. La guerra civil había debilitado las defensas meridionales de las provincias rioplatenses, lo que será aprovechado por los ranqueles (mezcla de puelches, tehuelches y pehuenches) para malonear estancias y pueblos (Ibíd.). Inmediatamente después se les sumaran contingentes venidos del lado occidental de la cordillera bajo el mando de numerosos caciques. Algunos se involucraran en la política local, en 1821 una expedición de 2.000 guerreros llega a las Pampas y se alía con el exiliado chileno Carrera, asaltando pueblos bajo su bandera (Porcel, 2007: 22).
    Todos ellos estaban presionados por la violencia ejercida durante la Guerra a Muerte, especialmente entre 1817 y 1823 (Ras, 2006: 169). El grupo más numeroso terminara siendo el de los vorogas, indios realistas vencidos que escaparan rumbo a Carhué en 1819, estarán en conflicto con Buenos Aires por seis largos años (Cardamone, 2000: 188-189; Porcel, 2007: 32; Ras, 2006: 212). Por último, en 1826 se producirá la expulsión de los Pincheira y numerosos aliados pehuenches y vorogas a las Pampas, seguidos pocos años después por los abajinos pro-patriotas de Coñoepán, su tradicional persecutor (Bechis, 2008: 42).
    Para 1823 las tribus nativas de las Pampas estaban sometidas a una feroz presión demográfica, tanto por los araucanos recién llegados como por el avance de la frontera de los blancos, esto desataría una feroz lucha por las tierras de pastoreo, expresado también por el aumento de los malones (Bandieri, 2001: 49). Las guerras intertribales costaron la vida de millares de indios «de lanza» y «de chusma» (Porcel, 2007: 28-29).
  4. Entre 1827 y 1832 las Pampas se vieron afectadas por una terrible sequia conocida como la Gran Seca. Afecto en sobremanera a los ganaderos, que perdieron manadas enteras de sed y hambre, muchas familias terminaron migrando con sus animales a orillas del río Paraná, que redujo tanto su caudal que creo un extenso lodazal donde miles de cabezas de ganado encontraron ahí su muerte atrapados. Los gobiernos de Santa Fe y Buenos Aires se vieron obligados a tomar medidas contra la sequia en plena guerra civil. El fenómeno alcanzo tal nivel que la mayoría de las plantas murieron, convirtiendo la fértil región en un auténtico desierto con tormentas de polvo y numerosos caudales de arroyos secos. Un año después de su final se iniciaron fuertes lluvias que provocaron violentas inundaciones, arrastrando río abajo a numerosos cadáveres de animales.
    La sequia afecto más a los indios de la Pampa húmeda que de la seca dedicados a una vida nómade o transhumante, esto llevo a numerosas tribus, como los vorogas, a ir a las fronteras de Buenos Aires para ponerse al servicio de sus autoridades a cambio de alimentos y agua.

Bibliografía[editar]

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Véase también[editar]