Leyendas de Costa Rica

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Las leyendas de Costa Rica son un conjunto de relatos y tradiciones folclóricas de Costa Rica, ubicadas dentro del folclor narrativo popular, referidas a algún suceso maravilloso irreal, pero con huellas de realidad, donde se determinan temas heroicos, de la historia patria, de seres mitológicos, de almas en pena, de seres sobrenaturales o sobre los orígenes de hechos o lugares, los cuales se considera que realmente sucedieron y en los cuales se cree.[1] Las leyendas costarricenses se componen en su mayoría por relatos de almas en pena, magia o cultura indígena, unidos por la presencia constante de la religiosidad que caracteriza al pueblo costarricense, en su mayoría católico.

Las leyendas costarricenses han sido agrupadas en:

  • Leyendas de la tierra: éstas leyendas narran sucesos específicos de un lugar, los cuales a veces se consideran encantados. Su propósito es dar explicación a fenómenos o justificar el nombre de una región, un río, una montaña, etc. Una gran mayoría de ellas tienen trasfondo indígena o colonial. Estas leyendas cuentan con una fuerte tradición oral autóctona propia del país. Ejemplos de estas leyendas son la leyenda de Tapezco, la leyenda del volcán Irazú o la leyenda de la cascada de los novios.
  • Leyendas de la religión: éstas leyendas narran manifestaciones de la voluntad o la presencia divina en suelo costarricense, y tienen un trasfondo religioso, con el propósito de difundir o fortalecer la fe católica entre la población. Narran historias de apariciones marianas (como la aparición de la Virgen de los Ángeles o de la Virgen de Ujarrás), de santos (como la leyenda de la aparición de San José o del Cristo Negro de Esquipulas en Santa Cruz de Guanacaste), de milagros (como el de la Virgen de la Candelaria o la leyenda del Divino Navegante), etc.
  • Leyendas de la magia: ésta leyendas se centran principalmente en la aparición de espectros (que en Costa Rica reciben el nombre de «espantos»), y su propósito es fundamentalmente moral. Los «aparecidos» eran seres sobrenaturales que se manifestaban para dar una lección a los que traspasaban los límites de las buenas costumbres. En general, estas leyendas son compartidas con la mayoría de los otros países hispanoamericanos, con variaciones dependiendo del país o la región. Ejemplo de esto son las populares leyendas del Cadejos, la Cegua y la Llorona, el Padre sin cabeza, la carreta sin bueyes, la Tulevieja, los duendes, etc, aunque también hay leyendas únicas del país (como la leyenda de la Bruja Zárate), de un cantón o región (como la leyenda del tesoro de la Isla del Coco), o incluso de un sitio específico (la leyenda de la monja del vaso del hospital San Juan de Dios, la leyenda de los fantasmas del Sanatorio Durán, etc).

Leyendas de la magia[editar]

Los espectros forman parte importante del folclore de todos los pueblos del mundo, y Costa Rica no es la excepción. Los costarricenses los denominan principalmente como «espantos»,[2] en alusión al terror que producen. Muchos de estos espectros, según la leyenda, se originaron debido a que desafiaron a Dios y a las leyes de Dios, y por eso son condenados a penar. Ejemplos claro de ello son el Cadejos y la Llorona.

El Cadejos[editar]

«Porque han de saber ustedes que el Cadejos se llamaba Lisardo y que jué en su tiempo un hombre muy alegre y parrandero, a quien Dios, por una maldición que le echaron los tatas, condenó a penar así hasta que descuente sus culpas y se gane su perdón...»

El Cadejos es un animal fantástico,[4] descrito como un espectro con forma de perro grande, de espesa pelambre negra, muy larga, ojos rojos encendidos,[5] a veces descrito con dientes de jaguar y patas de cabra,[6] que se aparece a deshora por los caminos arrastrando unas ruidosas cadenas.[5] Acompaña a los noctámbulos que andan en malos pasos,[7] generalmente en estado de ebriedad, para advertirles que cambien su forma de ser.[8] No es de carácter bravo o sanguinario y jamás ataca a ningún hombre.[9] En otras versiones se narra que, cuando los niños se desvelan, puede ser invocado, y al poco tiempo se escucharán las uñas en las baldosas o las paredes de la casa, con su aliento resoplando por una hendija de la ventana, sin marcharse hasta que halla silencio y el niño caiga en profundo sueño.[8] Es característico de las historias que se cuente que, en vez de verlo, solamente se haya escuchado el sonido de las cadenas arrastradas sobre las baldosas o el pavimento del camino.[8]

La versión más popular relata que se trató de un hijo menor que vivía en un total libertinaje, y sufrió la maldición de su padre; o bien, un sacerdote corrupto que fue castigado por Dios. Otra versión narra que se trataba de un joven hijo de un alcohólico, el cual recibía, junto a su madre, el maltrato por parte de su padre, y que, intentando corregir los malos pasos de éste, se disfrazó de un animal negro y peludo, saliéndole al paso una noche en que el hombre venía totalmente ebrio. Tras el susto, éste se dio cuenta de que era su hijo, por lo que, maldiciéndolo, lo condenó a vagar en forma de perro espectral que sigue, pero no daña, a los bebedores que trasnochan.

Se cuenta que, tras cien años de penar, el Cadejos se transformó nuevamente en un ser humano, y posteriormente se suicidó arrojándose al cráter del volcán Poás. Pese a esto, no murió, y es él quien provoca los estremecimientos del coloso.

La Cegua[editar]

«El rostro a sus espaldas ya no era el de una hermosa mujer sino que semejaba el cráneo de un caballo de cuyos ojos salían rojos haces de fuego y cuyo abierto hocico cavernoso mostraba dos hileras de enormes dientes averiados.»
—Tico Tales.
«Carlos y la Cegua».[10]

La Cegua, Segua o Tzegua es un espectro popular que se aparece a los hombres que viajan en solitario por veredas desiertas, en la forma de una mujer muy bella. Particularmente, el varón debe ir en un medio de transporte, un caballo, comúnmente, aunque en relatos modernos se puede dar también en automóviles. Luego de que la víctima acepta llevar a la mujer, la cara de ésta se transforma en una calavera de caballo con la carne podrida, ojos fulgurantes, enormes dientes averiados y aliento con hedor a descomposición.[10]

Lo que le ocurre a la víctima varía según las versiones. Se dice, por ejemplo, que ella los mata con un beso, o bien que estos mueren de terror, que escapan y quedan raquíticos, o que ella les muerde la mejilla para marcarlos como adúlteros o lujuriosos.[11] De cualquier manera, en la Costa Rica de antaño se consideraba a la Cegua uno de los espantos más aterradores con el que podían encontrarse los trasnochadores.[12]

Sobre el origen del personaje, se creía que la Cegua era una joven libertina que había sido maldecida por su madre cuando la chica había intentado pegarle, al negarle ésta el permiso para ir a un fiesta.[13]

Existen, también, un par de versiones del cuento de la Cegua donde éste personaje toma la forma de un niño que llora por las veredas y, una vez que los jinetes lo han recogido y subido al caballo, se convierte en el monstruo de cabeza de caballo.[14] [15]

La Llorona[editar]

«Desde entonces acá, oye el viajero a la orilla de los ríos, cuando en callada noche atraviesa el bosque, ayes quejumbrosos, desgarradores y terribles que paralizan la sangre.»
—Margarita Castro Rowson.
«La Llorona.»

La leyenda de la Llorona tiene raíces prehispánicas y cuenta con diversas versiones en cada país hispanoamericano, pues mezcla elementos de mitos precolombinos con tradiciones españolas. Entre los indígenas bribris de Costa Rica existen leyendas previas a la llegada de los españoles, como la de Sakabiali, donde se habla de espíritus que habitan en los ríos y cascadas, que emiten grandes lamentos cuando un niño va a morir, y que reciben el nombre de itsas, palabra que en el idioma bribri significa tanto llorona como tulevieja.

La leyenda costarricense de la Llorona habla de una joven campesina que deja su pueblo y viaja a la ciudad. Allí, comenzó a imitar las extravagantes maneras de la aristocracia josefina, y al poco tiempo, quedó embarazada. Cerca de nacer el niño (o niña, según algunas versiones) lo abortó y lo lanzó a un río, o bien, fue un parto prematuro con el mismo desenlace. Arrepentida, pena la muerte de su hijo vagando por todo el cauce del río, en busca del niño que abandonó, al que nunca encontrará. Se dice no sabe que ya murió. Va errante y llorando a lo largo de ríos, lagos, lagunas o incluso charcos, por cualquier lugar donde hay agua, persiguiendo al alma de su hijo, pero cuando lo va a rescatar de las aguas, este desaparece.

Otra versión conocida habla de una mujer indígena de gran belleza, llamada Tulirá, hija de un cacique huetar llamado Quezaro, rey de Pacacua. Con la llegada de Juan Vázquez de Coronado, y estando prometida al cacique Garabito, el más poderoso rey huetar, esta mujer se enamoró de un soldado español de ese gobernador, al que se unió a espaldas de su padre, pero éste, enterándose del idilio, los sorprendió a ambos, entrando en combate a muerte con el español al enterarse que su hija había tenido un niño. Ella, desesperada, habría arrojado el niño a un río, o en otra versión, su padre lo habría lanzado, lo que la hace enloquecer y, tras ser maldecida por su padre, vaga por los ríos como el espíritu en pena de la Llorona.

Existen otras versiones de la leyendas, pero todas coinciden con la causa del lamento de la Llorona. Unas dicen que fue violada, otras no la sitúan en la ciudad, si no en un poblado, aunque el trasfondo siempre es el mismo: se trata del alma en pena de una mujer que llora, vagando a la vera de los ríos, buscando al hijo que perdió.

La carreta sin bueyes[editar]

«Por el camino sonaron chirrido de rueda y eje, tumbos de llantas sonoros flotados en desniveles. "¡Alguien, si no el boyero que por el camino viene!" Los ojos y los oídos eran clavos resistentes. En vilo por el asombro, ya que nada la sostiene, en la noche desolada, ¡vio la Carreta sin Bueyes!»
Carlos Luis Sáenz.
«La Carreta sin Bueyes».

Se trata del fantasma de una carreta que deambula por las noches las callejuelas de alguna ciudad, especialmente aquellas dónde viven jóvenes libertinos o matrimonios que pelean constantemente. También se comenta que aparece cerca de la casa de alguna persona que se ha vuelto muy codiciosa o un avaro que acaba de morir. En ambos casos, la presencia del espectro es una advertencia a los pobladores que corrijan su forma de vivir y busquen el buen sendero.

Tradicionalmente se asocia con la avaricia y la codicia. La leyenda cuenta que, a deshoras o en pleno día, se oye a una carreta pasar cerca de la vivienda de alguna persona que se está volviendo muy avara, o de un avaro que acaba de morir, advirtiendo que cambien su pensar. Se caracteriza porque, de repente, se oye en algún lugar, luego en otro, ora en uno diferente, ahora en un lugar más apartado, pero en base a un punto de 'órbita', el lugar del avaro. Es un espectro con el don de la ubicuidad.

Se dice que aparece como una carreta (la costarricense está pintada de múltiples colores) que tiene la yunta (en donde se enganchan los bueyes) alta y vacía. A veces se menciona que quien la ve muere a los ocho días de contemplar la aparición.

Sobre el origen de tal fantasma se narra lo siguiente: un labrador codicioso y avaro decidió construir una carreta, pero para no comprar la madera necesaria robó la que estaba consagrada para construir el templo del lugar. Al terminar la carreta, enganchó los bueyes y se subió al vehículo para guiarlos, pero los animales se desengancharon y él cayó muerto. Desde ese día, guía la carreta sin necesidad de tracción animal (una versión de la leyenda escribe "¿Porqué condenar a unos inocentes bueyes?") y va como advertencia por los caminos y yermos, para aquellos que solamente conocen la palabra riqueza. Los que no hacen caso de su errar, al morir van y se unen al espectral boyero para conducir la carreta maldita por sendas inciertas.

Otra versión, recogida por Elías Zeledón en su Leyendas costarricenses, indica que el hombre de la carreta era el amante de una bruja, y que al morir pidió que fuera enterrado como cristiano. La bruja intentó entrar con todo y carreta al templo, pero el sacerdote la reprendió por su incredulidad, y desde entonces la carreta va anunciando desgracias, conducida sin bueyes por el Diablo.

Según el filósofo Constantino Láscaris, el origen de la leyenda de la carreta sin bueyes se encuentra en la peste del cólera que azotó el país durante la Campaña Nacional de 1856-1857, la cual cobró la vida de cerca de 10.000 personas, cuyos cadáveres eran transportados en carreta para ser cremados o enterrados.

El Padre sin Cabeza[editar]

«Se hincó y se dispuso a oír misa. Todo fue muy bien, mientras el sacerdote no volvió la cara, para cantar el "Dominus Vobiscum" y se dio cuenta de que al Padre le faltaba la cabeza.»
—Francisco María Núñez.
«El padre sin cabeza».[16]

El padre sin cabeza es un personaje perteneciente a una leyenda colonial del folclor latinoamericano, el cual es descrito como el fantasma de un sacerdote sin su cabeza.

La leyenda costarricense narra,[16] en una de sus versiones, que el padre sin cabeza fue un sacerdote que emigró al Perú, que fue decapitado por la Inquisición por mujeriego, avaro y descarado, por lo que todavía anda buscando la cabeza. El origen de esta versión estaría en el cantón de Escazú, la llamada "Ciudad de las Brujas", por la abundancia de mitos y leyendas de fantasmas y seres sobrenaturales que caracterizan esta ciudad costarricense.

Una de las versiones más populares, sin embargo, de la leyenda, dice que el fantasma del padre sin cabeza se aparece en el distrito de Patarrá, en una ermita localizada en una calle conocida como "La Calle del Cura del Cabeza", donde el espectro se materializa dando misa a los pecadores, pasando todo el rito religioso de espaldas, sin dar la cara, oculto entre las sombras, hasta que a la hora de dar la eucaristía, cuando el testigo se acerca, el cura se da vuelta y la persona nota, horrorizada, que le falta la cabeza.[17]

En el cantón de San Ramón, existe otra versión donde el padre sin cabeza es el espíritu de un sacerdote al que le gustaba mucho el juego. Este sacerdote logró amasar una gran fortuna, la cual ocultó bajo un frondoso árbol de esta ciudad, luego de lo cual hizo un viaje a Nicaragua, país donde por alguna razón fue decapitado. Su fantasma se aparece a los pies del árbol cuidando que nadie le robe su tesoro.[18]

En la ciudad de Cartago, capital colonial del país, también corre la leyenda de que el padre sin cabeza se aparece en las ruinas de la antigua Parroquia de Santiago Apóstol, destruida por los sucesivos terremotos de 1841 y 1910. La causa sería un horrible sacrilegio, cuando un furioso enamorado, por amor a una mujer bellísima, dio muerte, sobre las gradas del altar, al sacerdote en el momento en que éste consagraba la hostia.[19] En otra versión de esta misma leyenda, el cura y el enamorado son hermanos, enamorados de la misma mujer, y es el cura el que da muerte a su hermano en el momento de casarlo con su amada, razón por la cual le cortan la cabeza. Por haberse derramado sangre de hermanos sobre tierra sagrada, es la razón por la cual se trata de explicar por qué no se puede reconstruir la antigua catedral de Cartago, destruida varias veces por los terremotos.

En Costa Rica, también, se narra la leyenda del pirata sin cabeza, el cual cuidaría un tesoro producto de la piratería en la playa de Tivives, en el pacífico costarricense.[20] También, en el libro «Leyendas ticas», Elías Zeledón recopila una leyenda escrita por Mario Cañas Ruiz acerca de un jinete sin cabeza que se pasea por la pampa guanacasteca.[21]

La Tulevieja[editar]

«Y voy mirando una mujercilla, apenas de vara y tercia e grande, ancha, con sombrero de alas caidas y trayendo por delante, a la altura del pecho, dos bolsas asina como vijigas de manteca, pero tan regrandes que casi le bajaban e la centura.»
—José J. Sánchez.
«La Tule Vieja».

La Tulevieja es un fantasma femenino que, cubierta la cabeza por una especie de sombrero llamado tule (con forma de plátano), y con los senos hinchados y erectos (unas veces chorreando leche, según la versión), va errante por los diferentes caminos y despoblados. El pueblo generalmente la imaginaba como una criatura sucia y despeinada, mitad mujer y mitad ave (lechuza, gallina o ave de rapiña), que se colaba en los gallineros de las casas para comer estiércol o cuitas de gallina.[22] El nombre surge a partir de su tocado: Tulevieja, un tule viejo o una vieja con tule (el significado del nombre varía según la versión de la leyenda).

El origen de la leyenda de la Tulevieja parece estar en la mitología bribri, en unos genios llamados itsö que lloraban en los ríos o cascadas cuando un niño iba a morir (o incluso que robaban y comían niños) y que tenían la forma de una vieja con cuerpo de ave de rapiña, que los indígenas llamaban Wíkela (abuela).

Existen varias versiones acerca del origen del fantasma. La más frecuente dice que se trataba de una joven que tuvo un embarazo no deseado y que, una vez hubo parido su hijo, lo mató de hambre negándole el pecho, razón por la cual quedó maldita y se transformó en este monstruo, que anda errante por los caminos buscando amamantar al bebé que perdió, con el pecho rebozando de leche, tanta, que deja un rastro que van siguiendo las hormigas. Otra variante de esta historia dice que fue una joven que siempre usaba un tule, la cual tuvo un embarazo no deseado (en Costa Rica antiguamente se denominaba en forma coloquial como pata e'banco - pata de banco - ). La muchacha huyó a Puntarenas, en la costa pacífica, y luego de parir dejó al niño en un río, luego se arrepintió pero ya el bebé se había ido, desde entonces se dice deambula por los ríos, llorando y buscando a su bebé con la esperanza de algún día encontrarlo.

En otras versiones de la historia, se cuenta que simplemente fue una mujer que siempre tenía puesto el tule, hasta para dormir. Un día, el viento le arrancó el sombrero y lo dejó caer en el río. La mujer fue tras él y murió ahogada. Desde ese día, se aparece por la vera de los ríos lanzando un lastimero gemido que dice Tulevieja... Tulevieja...

Otra versión dice que fue transformada en un demonio que se le aparece a los hombres lujuriosos con los senos descubiertos, invitándolo a acariciarlos mientras bailan. Pero la fiera tiene un hormiguero entre su pecho, y las zompopos pican al hombre, anestesiándolo. Luego, la Tulevieja alza vuelo con el incauto para devorarlo. En esto se parece a las bellas sirenas griegas

También existe otra versión en el cual la Tulevieja cuando no está deambulando en los caminos, viviría en las aldeas disfrazada de una señora de edad avanzada y aspecto aterrador, con un rostro marcado por profundas arrugas y cicatrices, con una mirada fría y penetrante, y siempre vestida de negro; casi siempre acarreando una carga de leña. Se dice que a lo largo de los años, los niños de los poblados desaparecen inexplicablemente después de habérseles visto jugar cerca de la casa de una vieja con sombrero de tule; principalmente cuando la insultan con el apodo de Tulevieja, sin saber que es la verdadera. Posteriormente cuando por diversos motivos desaparece de una aldea para dirigirse a otra, en ocasiones se observaría al verdadero monstruo acarreando una carga de leña hacia su nuevo hogar.

El Dueño del Monte[editar]

«En las montañas de la Hacienda El Viejo, existe un gigante de los que habla la historia antigua, que le llaman "El Viejo del Monte". Y me presentó un fantasma de alta estatura, corpulento, cubierto de pelo largo de la cabeza a los pies; enseña nada más que un ojo, grande, redondo, brillante como el lucero que sale a las tres de la mañana...»
—C. Carmona Badilla.
«Los misterios que encierran las lóbregas montañas, como los de la oscuridad de la noche».[23]

El Dueño del Monte, también conocido como el Viejo del Monte, es un gigantesco fantasma, muy corpulento, con el cuerpo cubierto completamente de pelo largo, que recorre los bosques y las montañas lanzando grandes alaridos que estremecen a los viajeros.

Este personaje es el alma en pena de un cazador a quien nada ni nadie detenía en su pasión desmedida de cavernario criminal, matando cuanto animal encontraba en la montaña por el simple placer de matar. Cuando murió, Dios no podía perdonarle, pero a ruego de San Francisco de Asís, le dio una nueva oportunidad enviándole de nuevo al mundo como un espíritu que defiende a los animales de los excesos desmedidos de los hombres. Tiene el poder de transformar a los animales, por ejemplo, cuando un cazador está a punto de matar a un venado que defiende a sus cervatillos, el Dueño del Monte lo convierte en un tigre que hace temblar y huir al cazador. También se cuenta que, cuando los cazadores pernoctan en la montaña, al despertar al día siguiente, descubren que sus rifles tienen un nudo en el cañón, doblados como si estuvieran hechos de cuerda y no de metal. Para librarse de este ser, los campesinos recomendaban que, al internarse en la montaña, se llevara pedazos de tabaco, que gusta mucho al Dueño del Monte, de modo que estos se fueran dejando desperdigados por el camino, de modo que el Dueño del Monte los fuera recogiendo y no perturbara la cacería.

En la región de la sabana guanacasteca y el pacífico costarricense, el Viejo del monte aparece por los potreros en la figura de un sabanero montado a caballo, de barbas largas y enmarañadas, cabello largo hasta el hombro, agitando una larga soga al aire, espantando al ganado con gritos de «¡Hey... arre... hey! ¡Arree... ee... ganado!».

Sobre el origen del fantasma, en la región de Guanacaste se asocia al Viejo del Monte con la leyenda del Sisimico, mientras que en el Valle Central se habla de que el fantasma tendría un origen común con el mito bribri que da lugar a la leyenda de la Tulevieja, en la forma de un ser mítico que habita en los montes que recibe el nombre de Wöke (abuelo).

El Micomalo[editar]

«Y onde le puso la mano en la espalda sintió que aquello era cosa del otro mundo y se le grifó el pellejo, y más cuando oyó el aullido que pegó al caer entre el agua... ¡Era el Mico Malo...!»
Carlos Luis Fallas.
«Marcos Ramírez».

Se le describe como una bestia infernal de apariencia cambiante. En Leyendas costarricenses de Elías Zeledón, se le presenta como un león (puma) con solamente pelo en torno a la cintura, que es guiado por un pájaro demoníaco, la Ju del León.

En «Marcos Ramírez», de Carlos Luis Fallas, se le describe como una especie de gorila, con ojos como cerillas y manos candentes que dejan huellas de quemaduras.

Igualmente se le describe como un monito pequeño, blanco, con cuernos y cola terminada en punta, que cuando los matrimonios pelean demasiado, se abalanza sobre los cónyuges y los despedaza.

En Guanacaste y en la ciudad de Puntarenas, este mismo fantasma recibe el nombre de «La Mona», y se trataría de una bruja que tiene la capacidad de transformarse en un mono al expulsar su alma dentro de un guacal. En el Valle Central, sobre todo en los cantones de Escazú y Acosta es popular la leyenda de la Chancha, una bruja que puede transformarse en cerdo o danta.

La Monja del Vaso, o la Monja del San Juan de Dios[editar]

«El anciano suplicaba en su lenguaje incoherente por agua. Pero ella se la negó.»
—Daniel González Chávez.
«La Sed».

La Monja del vaso es un fantasma que, según la leyenda, se aparece en el Hospital San Juan de Dios de la ciudad de San José, uno de los hospitales más antiguos de Costa Rica, que en el pasado era atendido por religiosas pertenecientes a la Orden de las Hermanas de la Caridad. Éstas vestían de blanco y usaban una toca alta con forma de barco de papel.

La leyenda narra que una religiosa, bastante malhumorada, negaba el agua a todo aquel que se lo pedía o desatendió el último deseo de un moribundo (un vaso de agua), dejando que éste muriera sin haber bebido. La monja, arrepentida, pena ahora por los pasillos del hospital ofreciendo un vaso a los enfermos. Muchos dicen que al beberlo sanan milagrosamente.

Existe una segunda versión de la leyenda donde se dice que el fantasma vaga por los pasillos del nosocomio sin poder descansar hasta que un moribundo le acepte el vaso con agua. Nadie lo hace por el terror que la aparición produce. Se dice que el fantasma, cuyos pies nunca tocan el suelo, provoca a veces una sensación de paz y curación a los enfermos cuando los visita en sus lechos, pero que a veces, los que se la topan por los oscuros pasillos del hospital por las noches, sienten una sensación de escalofrío y espanto mientras desaparece sin dejar rastro.

En versiones más recientes, se narra de la aparición de una monja del vaso también en el Sanatorio Durán.

El Espantajo azul[editar]

«...volví a ver qué pasaba, cuando vi detrás de mí a un hombre altísimo, de color azul y echando fuego por todas partes.»
—Haydee Coto Rodríguez.
«El Espantajo Azul.»[24]

Se dice que por el lado de Cartago, en el camino que lleva a Paraíso, se suele aparecer un hombre alto de color azul que arroja fuego por todo lado. Se cuenta que se trataba de un hombre muy malo que le gustaba torturar a las personas, y que cuando murió fue a parar al infierno, pero logró escapar y aún continua ardiendo el fuego del infierno en su interior. Asusta a las personas que hacen mal a otros y tiene la capacidad de quemar los malos espíritus.

El Sisimiqui[editar]

«- Ahí viene Sisimiqui, que se acaba de despertar; oigan, oigan. De veras se oía una quebrazón de ramas como de huracán en el monte...»
Carlos Luis Sáenz.
«El gigante Sisimiqui».

Conocido en otras regiones de Centroamérica como Sisimite, Sisimike o Sisimico, se trata de una leyenda de origen indígena, difundida en el país principalmente por los maléku, acerca de una criatura (o raza de criaturas) de forma humanoide, de gran tamaño, con cara de hombre y cuerpo de mono cubierto de espeso vello, que habita en las oscuras y profundas cavernas de las montañas, y que se caracteriza por tener solamente cuatro dedos en las extremidades, destacándose que tienen los pies invertidos, por lo que dejan huellas al revés, de modo que nadie pueda seguirlos. Estos seres tendrían particular debilidad por raptar a las mujeres en su noche de bodas y llevárselas a sus cuevas.

En la región de Matambú, en Guanacaste, existe la creencia de la existencia de Sisimicas, es decir, versiones femeninas de esta criatura, en la forma de mujeres viejas y desgreñadas. También en esta zona se cree que la Sisimica es la esposa del Viejo del Monte, cuya apariencia recuerda mucho al Sisimiqui.

La forma y leyenda del Sisimiqui recuerda en cierto modo a otros seres humanoides como el Pie Grande o el Yeti.

Los duendes[editar]

«Uno de los chicos, que solía hacer aguas menores, varias veces en la noche, porque no andaba bien de los riñones, exclamó:

- Dejamos el bacín...

No había terminado de repasar las caras de los presentes, como interrogándolos, cuando una vocecita muy dulce, decía:

- Aquí lo tiene... y se oyó el ruido de un trasto de madera que golpeaba contra el suelo.»
—Francisco María Núñez.
«El duende servicial».[25]

Probablemente derivados de la mezcla de los trasgos españoles con los espíritus guardianes de la tierra indígenas, los duendes folclóricos costarricenses se describen como criaturitas con vestidos de colores, de treinta centímetros de altura, que parecen niños barbados, y sus huellas tienen la forma de las de un ave, un gallo.

Traviesos y juguetones, una leyenda indígena dice que en la primera batalla entre el Diablo y Dios, los duendes no siguieron a Dios ni apoyaron al Diablo. Esa apatía da origen a su condición de seres neutros, ni buenos ni malos.

Las creencias folclóricas de los campesinos dan fe de que, en su afán por actividades lúdicas, si se ensañan con una familia ponen de cabeza la casa. Vierten cenizas o heces en los alimentos, dejan caer los comales, rompen platos, vasos, etc. Pero si se encariñan con los habitantes de la casa son excesivamente complacientes: hacen la comida, alimentan a los animales, limpian los utensilios culinarios, desgranan el maíz, hacen los quehaceres domésticos, etc. La más popular de las leyendas sobre duendes en Costa Rica, habla de una familia que decidió mudarse por los continuos asaltos de los duendes a su vivienda. Ya de camino, en la carreta, la esposa sintió deseos de hacer sus necesidades, y descubrió que habían olvidado el bacín de madera, y al comentarle a su marido lo sucedido una vocecilla dijo: "Aquí está", y se oyó cuando el duende puso el recipiente en el piso de la carreta.

Su conducta con los niños varía. En lo común, las leyendas narran que los secuestran, tentándolos con juguetes y confites (dulces), para jugar con ellos y devolverlos, o para hacerles maldades (pellizcos, coscorrones). Pero, siempre según el folclore, cuando nace el hijo o hija de una familia bienamada por ellos, se encariñan con un infante por su inocencia, pasan a ser una especie de segundo ángel de la guarda.

Como todo duende legendario, los duendes costarricenses poseen poderes mágicos. Muchas veces los usan para gastar bromas pesadas, como hacer que los viajeros apurados se extravíen o, en un relato, llenar a una mujer de vello.

La bruja Zárate y la piedra de Aserrí[editar]

«La Zárate jamás volvió, pero suele aparecer entre las alturas de la Piedra Blanca, en forma de niebla, de un gallo que canta a media noche, de voces, viento y en el ruido de chapaleo, como si existiera un lago en la cumbre de la montaña.»
—M. Acevedo Arrastry.
«La bruja Zara o Echandia».

La bruja Zárate, personaje autóctono del folclor costarricense, posee varias leyendas, las principales de ellas ligadas a un sitio conocido como la piedra de Aserrí, un promontorio rocoso que se asoma en los cerros de Bustamante, en el cantón de Aserrí, al sur de San José. Zárate era bruja con gran cantidad de poderes: podía transmutar vegetales en oro, transformar a las personas en animales, curar a los enfermos, lanzar maleficios o el mal de ojo, hablar con los muertos y echar conjuros para cambiar la suerte. Debido a esto la gente le temía, pero a la vez la amaba, porque podía ser compasiva y caritativa si la persona demostraba que lo merecía.

La principal leyenda sobre Zárate cuenta que en el sitio que hoy ocupa la piedra de Aserrí se encontraba emplazado, durante la época colonial, el poblado original de Aserrí. En una cueva bajo esa piedra vivía doña Zárate (coloquialmente llamada ña Zárate, la Vieja Zárate o Mamá Zárate), una bruja a veces descrita como fea y gorda, amante del tabaco, la cual se enamoró del gobernador español de la ciudad. Éste la rechazó, y ella por despecho convirtió la villa en piedra, los habitantes en animales y al gobernador en un pavo real que lleva siempre atado a su lado con una cadena de oro. Con el paso del tiempo comenzaron a circular rumores de cómo Zárate, cuando le pedían ayuda por los problemas económicos, regalaba unas verduras (vegetales) con la instrucción de no mirarlos por el camino. Al llegar a la casa, el beneficiado se encontraba con que eran totalmente de oro.

Otras leyendas mencionan que la bruja Zárate poseía varios encantos, además de la Piedra de Aserrí, donde solía residir o guardar tesoros: la piedra de San Miguel, en Escazú; el cerro del Tablazo o de la Vieja, en Acosta, y el cerro del Espíritu Santo, en Naranjo. El origen de la leyenda de la bruja Zárate es colonial, pero incluye muchos elementos indígenas, como el gusto de Zárate por el tabaco, que está relacionado con el uso ritual que hacían los chamanes aborígenes precolombinos de esta sustancia, lo que los distinguía como individuos poderosos dentro de la sociedad indígena. Otro ejemplo es la capacidad de Zárate de transformarse a sí misma o a los demás en animales, vinculado con la capacidad de metamorfosis que se atribuía a los chamanes como parte de su función mágico-religiosa, así como el hecho de comunicarse con los difuntos, reflejo de la función del chamán como intermediario entre el mundo de los vivos y el de los espíritus. La inclusión de la figura del pavo real en la leyenda denota, por otra parte, la influencia europea en la conformación de la figura de este personaje, dado que este animal no es originario de América.

Las brujas de Escazú[editar]

«De las leyendas de Escazú se cuentan cosas muy raras y extrañas, que se haría largo contarlas en esta reseña.»
—Alvar Macís Guerrero.
«Escazú, tierra de leyendas».

La ciudad de Escazú, ubicada en el Valle Central, es famosa en Costa Rica por ser un pueblo prolífico en la producción de mitos y leyendas, de modo que es conocida en Costa Rica como «La Ciudad de las Brujas». La población existía ya antes de la llegada de los españoles (con el nombre de «Itzkatzu»), y fue una de las primeras villas en poblarse durante la colonia (alrededor de 1600).

El origen de la leyenda de la existencia de brujas en Escazú es antiguo. El Acta de la Independencia Centroamericana, aceptada en Costa Rica el 29 de octubre de 1821, estipula que en la autonomía se deben de dar una serie de condiciones, entre ellas, tener como única aceptada en el país la religión cristiana católica. Los judíos escazuceños, entonces, empezaron a reunirse a escondidas en el subsuelo de Escazú, así como en sinagogas ocultas en el interior de edificios. Ya que en esos ritos la mayoría de las invocaciones a Dios y ruegos se dan en idioma hebreo, y como los rabinos vestían de negro, la gente comenzó a creer que eran brujas, realizando hechizos o aquelarres.

Otra versión más popular afirma que la leyenda proviene del hecho de que en Escazú existían (y aún existen) gran cantidad de curanderas, a las que a veces se les llamaba brujas.

Entre las leyendas de brujas más conocidas de Escazú están: la leyenda de la Bruja Zárate, quien tendría un encanto en la piedra de San Miguel de Escazú en la cual pasaba el invierno (el verano lo pasaba en el encanto de la piedra de Aserrí); la Tulevieja, a quien la tradición escazuceña sitúa como «comadre» y compañera de la bruja Zárate y que vive con ella en la piedra de San Miguel; la leyenda de la bruja doña Fustes (coloquialmente, ña Fustes), quien lanzaba maleficios sobre los retratos de la gente para matarla a alfilerazos poco a poco (similar a algunos rituales vudú), sin que valieran rezos o médicos, y por cuya causa se recomendaba no regalar retratos a nadie; el «negro Zara», un individuo que tenía pacto con el diablo y que se decía que conversaba con el Micomalo en un viejo higuerón que existía antes en lo que hoy es la plaza de Escazú; leyendas de brujas que se quitaban la piel y adquirían formas de animales, la más conocida de estas, la de una bruja llamada «María La Negra», que se podía transformar en un enorme y peligroso cerdo, y que evitaba el paso de las carretas de café por la única vía que durante el siglo XIX comunicaba Escazú con San José.

Los agüizotes y los agüizoteros[editar]

Estatuilla de una nigüenta.

Con el término de agüizote se designa el uso de un amuleto para atraer la buena suerte, o bien, en un término más mágico, una hechicería o brujería. Así, se da también la figura de las brujas, que en la mayoría de los casos castigan a los soberbios y ayudan a los humildes, pero a veces abusan de su poder con graves consecuencias.

Algunos agüizotes populares para atraer la buena suerte son:

  • La nigüenta, una estatua de una muchachita desnuda, sentada en el pasto, hurgándose las hendijas de los pies. El origen de esta estatuilla fue el parásito conocido como nigua, que se metía en los pies de la gente. Los infantes que se iban a bañar al río a menudo se sentaban a la vera del camino para hurgarse los pies en busca de niguas o piedrecillas estorbosas.
  • Poner una estampa de San Antonio de Padua al revés, diciendo: De cabeza, San Antonio, para que me repares novio. Con el mismo fin, el día de San Rafael Arcángel, se acaricia el pescado que sostiene la imagen. Esta última costumbre es originaria del libro deuterocanónico de Tobías, ubicado en la Biblia católica, en la que el muchacho que da nombre al documento se casa después de viajar con el ángel.
  • Ponerse ropa amarilla para inicio de año (existe la variación de que de ese color sea la ropa interior), o bien, recibirlo con los calzones y calzoncillos vueltos al revés.
  • También para fin de año, si se desea viajar en el nuevo que empieza, llenar una valija de ropa, llevarla a las doce arrastrando por toda la casa, para finalmente terminar en la calle o camino.

El Cuijen[editar]

Cuijen (del náhuatl, cuixin, gavilán),[26] Pisuicas o Chamuko, es el nombre coloquial que los costarricenses dan al Diablo, el cual es protagonista de algunas leyendas locales donde se mezclan las tradicionales creencias católicas con los espíritus astutos e ingeniosos de los cuentos indígenas. En estas leyendas, el folclor reviste al demonio con fisonomía campesina, pocas veces terrorífica, pero conservando las intenciones perversas y malintencionadas de este ser, buscando la corrupción de la humanidad, alejar al hombre de la divinidad y robar el alma de los incautos.[27] La palabra cuijen significa gavilán, de allí la expresión "se lo llevó el cuijen", en alusión a los gavilanes que se roban a los pollos. Cuijen también hace alusión a las aves con plumajes de color blanco y ceniciento.

Entre las leyendas más conocidas donde el Cuijen interviene directamente, están la del Puente de Piedra en Grecia (véase más adelante),[28] donde un indígena engaña al Pisuicas para que éste construya un puente de piedra sobre un río. Otra leyenda, popular en Guanacaste, presenta al diablo como un jinete que se aparece en las encrucijadas de los caminos y reta a los más recios sabaneros (llanero o vaquero que cuida del ganado), a un duelo de machetes en un paraje solitario.[29] Otra leyenda lo describe como un caballero muy apuesto que viste lujosamente, siempre de negro, con la particularidad de que tiene la dentadura enchapada en oro, el cual engaña a las muchachas libertinas que no hacen caso de sus padres, para luego llevárselas o dejarlas locas, enfermizas e inútiles para el resto de la vida.

El fantasma de los llanos[editar]

«Dicen que es el alma de don Alfonso que arrepentido vaga por los siglos de los siglos.»
—Jesús Bonilla.
«El fantasma de los llanos.»

Se trata del alma en pena de un caballero montado a caballo, que se aparece en la pampa guanacasteca las noches de luna llena. La leyenda cuenta que se trata del hijo de un administrador de una hacienda de Guanacaste, un muchacho apuesto pero de mal carácter que quería conseguirlo todo a su manera aunque fuera por las malas. Se enamoró de una hermosa joven que era sobrina suya, la cual no correspondía su amor, por el carácter de él y por ser familiares. Además, ella estaba enamorada de un humilde sabanero que trabajaba en aquella hacienda, con quién se veía a escondidas a la sombra de un pequeño árbol de guanacaste. Allí les sorprendió el amante quien, despechado, quiso matar de un tiro a la muchacha, pero interponiéndose el enamorado sabanero, la bala ultimó la vida de ambos. Enterado el padre de la joven de lo sucedido, con el dolor de su alma maldijo al asesino, condenándole a vagar por los llanos sin descanso por todos los siglos de los siglos.

El fantasma de la sabana[editar]

Confundido algunas veces con el fantasma de los llanos, esta leyenda guanacasteca habla de un espectro que es el alma en pena de un valiente sabanero - aquel que arrea el ganado a caballo, la versión costarricense del vaquero o gaucho - que murió tratando de lazar un aguerrido e indomable toro, y cuyo fantasma se aparece por los potreros espantando al ganado, que rápidamente busca el amparo de los corrales.

El Diablo Chingo[editar]

«...todos vieron un toro negro, enorme, chingo, cuyos ojos parecían brasas...»
—Saray Centeno Ruiz.
«El mandador y el Chingo Negro».

Esta leyenda, oriunda de Guanacaste, es una de las más conocidas en todo el país. Se trata de un enorme toro negro, «chingo» (con cola corta o sin ella), con ojos ardientes como brasas y una enorme cornamenta, que causa espanto por los potreros de la llanura guanacasteca. Se dice que se trata del mismo Diablo en persona.

La leyenda más conocida narra la historia de un capataz (o mandador) que un Viernes Santo intentó lazar al Diablo Chingo, pero el animal, huyendo por la montaña, arrastró al mandador en una terrible persecución, para no volver a ser visto. Desde eso se asegura que los Viernes Santo, en el llano de Mata Redonda, a los pies del volcán Orosí, a las tres de la tarde pasan corriendo dos sombras, una detrás de la otra, que se internan en la montaña, oyéndose el grito de un sabanero que corre ganado y el mugido de un toro. En torno a esta leyenda, existe en Guanacaste una danza folclórica conocida como la Danza del Diablo Chingo.

En la provincia de Puntarenas, en especial en la zona de Chomes, existe una variante de esta leyenda, donde el Diablo Chingo no es un toro sino un gran venado astado que pierde a los cazadores en la montaña.

El rey Orontes[editar]

"Por eso aparecen algunas veces por estos lugares luces de colores: amarillas, rojas, verdes, azules, en forma de faroles que suben y bajan en el aire. Es el alma del cacique Orontes que sigue vigilante cuidando sin cesar su valioso tesoro".
—José Bustamante
"Orontes".

Esta es una leyenda natural del cantón de Orotina, que habla de un poderoso rey indígena llamado Orontes, que habitó ese lugar antes de la llegada de los españoles. Orontes era muy rico y además, un gran guerrero y cazador, por lo cual, cuando su primo el rey Garabito le solicitó ayuda contra los españoles, Orontes fue a la guerra, no sin antes ocultar su fabuloso tesoro de piezas de oro en el cauce de un río cercano. De vuelta en su pueblo, tras ser herido, murió al poco tiempo, cubierto de gloria. El tesoro nunca fue encontrado y se dice en el pueblo que cerca de la Quebrada Zúñiga se pueden ver luces de colores que flotan en el aire: es el alma de Orontes, que cuida de su tesoro. Se supone que el nombre del cantón surge a partir de este personaje, quizás remotamente basado en el histórico rey chorotega Gurutina.

Nosara y Curime[editar]

"En las noches silenciosas de enero, me contaba ñor Laureano, se oían en Nosara quejas y ruidos extraños. Pero no es la Llorona: es el tesoro que enterró hace quinientos años la hija del cacique de Nicoya".
—Miguel Ángel Vidaurre.
El tesoro de Nosara.

Esta leyenda de amor proveniente de Guanacaste narra la historia de Nosara, una joven y hermosa princesa nicoyana, que se enamora de Curime, un valiente guerrero tarasco que había venido allende las fronteras de la gran nación chorotega. Nacaome, un poderoso hechicero y gran guerrero de la isla de Chira, deseaba casarse con la princesa por su hermosura y también porque al casarse con ella podría apoderarse del reino de Nicoya. Nosara despreciaba el amor que Nacaome le profesaba y correspondía solo a los amores de Curime, por lo que Nacaome desafió a éste a un juego de pelota por la mano de la princesa. Curime logró vencerlo gracias a sus mejores habilidades. El día de la boda, no obstante, Nacaome atacó Nicoya con un gran ejército, tomando por sorpresa al pueblo nicoyano. Nosara y Curime lograron escapar de Nacaome, quien los persiguió sin misericordia, hasta que por fin logró alcanzarlos en la playa que lleva el nombre de la princesa, donde los mató a flechazos. La leyenda cuenta que, antes de huir de Nicoya, Nosara logró llevarse las tinajas donde se ocultaba el magnífico tesoro de su padre, que escondió en los playones donde fue mortalmente herida. Se dice que el alma en pena de Nosara, desde entonces, se pasea por la playa por las noches cuidando del tesoro, que nunca fue encontrado, y que en realidad es la misma belleza natural de la zona.[30] [31]

La procesión de las ánimas[editar]

La procesión de las ánimas es conocida en todo el país, pero es especialmente popular en Cartago y Puntarenas. Se trata de la aparición, a la medianoche, de una procesión de personas vestidas de negro, con capuchones sobre la cabeza, que van rezando, llevando en cada mano una vela de cebo encendida y una pequeña cruz. Se supone que estas personas son almas de difuntos (ánimas) que se encuentran en el Purgatorio. En otras versiones, la procesión se aparece en el interior de alguna iglesia, siempre a medianoche, cuando se supone que el edificio está cerrado.[32]

Esta leyenda se encuentra relacionada con la leyenda española de la Santa Compaña, y se encuentra también presente en otros países de América Latina.

Leyendas religiosas[editar]

El pueblo costarricense es en su mayoría católico, y esto se refleja en sus leyendas. Muchas explican el origen de los santos patronos de localidades o del país entero, otras hablan de milagros realizados por Dios a través de estos santos.

Leyenda de la Aparición de la Virgen de los Ángeles[editar]

Hallazgo de la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles por la mulata Juana Pereira. Mosaico en el Parque España, San José de Costa Rica.

La leyenda de la Aparición de la Virgen de los Ángeles data de 1635, durante la época colonial de Costa Rica, y su reconocimiento como Patrona de Costa Rica viene de 1824, durante el primer gobierno de Juan Mora Fernández, primer Jefe de Estado. La leyenda gira en torno a una joven mulata (parda) de nombre Juana Pereira, quien un día se encontraba recogiendo trozos de leña junto un arroyo de la ciudad de Cartago, en el centro de Costa Rica, cuando divisó la pequeña estatua posada en una roca, que recogió y llevó a su casa.

Al buscarla al día siguiente, no logró encontrarla donde la había dejado: milagrosamente, la imagen había vuelto a la roca donde apareció por primera vez. Este suceso ocurrió luego en repetidas ocasiones, incluso el cura párroco la guardó en el sagrario, cerrándolo con llave, y el fenómeno volvió a ocurrir. La voz de la aparición corrió como pólvora por la pequeña ciudad colonial y con el tiempo fue erigida una ermita en el sitio de la aparición.

Actualmente se encuentra en ese lugar la Basílica de los Ángeles, sitio de devoción y peregrinación para el pueblo católico costarricense y centroamericano.

A la imagen se le conoce también como La Negrita, debido a su coloración y a sus rasgos físicos indígenas. Aproximadamente de la altura de una mano enhiesta, se puede apreciar a la Virgen María con el Niño Jesús en el brazo izquierdo. La escultura no está pintada, y el color de los materiales con los que está hecha (jade, grafito y piedra volcánica) destaca como un verde musgo oscuro-azulado.

Leyendas de la Virgen de Ujarrás[editar]

Ruinas de la iglesia de la Inmaculada Concepción en Ujarrás.

La advocación mariana de la Inmaculada Concepción, conocida en Costa Rica como la Virgen del Rescate o Virgen de Ujarrás, fue la primera patrona de Costa Rica, y acerca de ella existen varias leyendas.

Leyenda de la Aparición de la Virgen de Ujarrás[editar]

Dice la leyenda que un indígena estaba pescando a la vera del río secundario Madre de Dios. En tal actividad se encontraba, cuando se distrajo por una caja de madera que flotaba y que contenía una imagen de la Virgen María.

El aborigen, al ver tal cosa, la sacó de la caja y se cargó con ella para llevarla a los frailes de la ciudad de Cartago. En el camino pasó por la misión de Ujarrás, en donde dejó la imagen en el piso para descansar un rato. Cuando intentó levantarla no pudo, ni lo lograron ocho indígenas más que lo ayudaron.

Llamando a los frailes, éstos llegaron y abrieron la caja exclamando "¡La Madre de Dios!", dando así nombre al río donde se encontró la imagen. Tampoco la pudieron llevar ellos, y creyendo que deseaba la Virgen ser llevada en procesión, mandaron a traer los instrumentos. Tampoco así la pudieron llevar, así que admitieron que la Madre de Dios quería quedarse en Ujarrás, construyéndole allí una ermita.

Luego de que un terremoto destruyó Ujarrás, la imagen pasó a Paraíso. Sin embargo, cada año llevan la imagen hasta su antiguo emplazamiento. Algunos historiadores sugieren que la imagen fue un regalo de la corona española, quizá de Felipe II, pero esto también resulta extraño ya que en los tiempos de la Colonia Costa Rica era la provincia más pobre y olvidada de la Capitanía General de Guatemala.

Leyenda de la Virgen de Ujarrás y la incursión pirata[editar]

La historia costarricense narra como alrededor del año de 1665 los piratas ingleses y franceses comerciaban con los indígenas de Talamanca, comprando cacao y oro a cambio de implementos de guerra. La historia señala que, cuando los piratas Henry Morgan y Eduard Mansvelt desembarcaron en Bocas del Toro, hoy territorio panameño, fueron invitados por los indígenas a un banquete o chichada, fiesta en la que se consumía la chicha, licor de maíz. Los piratas, impulsados por la embriaguez, raptaron a las mujeres y asesinaron a muchos de sus maridos, con lo cual huyeron.

Posteriormente, los bucaneros, faltos de recursos, intentaron renovar la alianza con los indígenas, pero éstos rechazaron la oferta, y se adhirieron a los españoles, instalados en la entonces capital, Cartago, y se prepararon para dar caza a los piratas.

Mansfield, entonces, con ayuda de varios desertores, preparó una incursión al territorio nacional, desembarcando en Portete, cerca de Limón, y obtuviendo pequeñas victorias en Matina y Turrialba. Empero, los bucaneros fueron derrotados por la unión de españoles e indígenas, cerca de Ujarrás.

La tradición popular cuenta que los piratas capturados en esa contienda narraron que lo crudo del combate no fue la causa de la huida, sino que en el cielo habían visto a la Virgen de la Inmaculada Concepción, la Virgen de Ujarrás, indicándoles que desanduvieran el camino.

La Yegüita[editar]

La leyenda de la Yegüita explica el origen de una danza tradicional que se realiza en la ciudad de Nicoya durante las celebraciones a la Virgen de Guadalupe, Patrona de América. Según la leyenda, que se remonta a la época de la Conquista de Costa Rica, dos indígenas comenzaron a pelear por razones no especificadas (varían en las diferentes versiones) y estaban a punto de matarse cuando los vio una mujer indígena, que pidió a la Virgen de Guadalupe que terminara con el pleito. De repente, de entre la espesura del Cerro de las Cruces salió una yegua negra que separó a los contrincantes, para luego desaparecer.

A partir de esta leyenda, los días 11 de diciembre, se realiza en Nicoya una danza conocida como el Baile de la Yegüita, en la cual, siguiendo la música de una flauta y de tambores, una persona se disfraza con un traje que representa una yegua y baila delante de la imagen de la Virgen de Guadalupe, que es llevada en hombros en una procesión. La danza es un sincretismo de la tradición católica e indígena chorotega, pues la yegüita danza delante de una imagen sagrada del catolicismo al son de la música de instrumentos aborígenes.

Leyenda de San José El Viejo[editar]

Esta leyenda cuenta que, cuando las tropas costarricenses peleaban contra los filibusteros por el dominio del río San Juan, durante la Campaña Nacional de 1856-1857, de entre las filas nacionales emergió un hombre singular, de espesa barba, manso, afable y humilde, que les infundía valor y entusiasmo, los aconsejaba, cuidaba de los enfermos y les consolaba. Luchando al lado de este hombre, los costarricenses siempre triunfaban. Al finalizar las batallas de la guerra, el misterioso benefactor desapareció para no volver a ser visto.

Cuando el Ejército Expedicionario volvió vencedor de la guerra, los soldados que vivían en la capital San José, fueron a la iglesia de este santo a darle las gracias por haber vuelto sanos y salvos del conflicto, asombrándose al descubrir en una imagen, la de San José El Viejo, llamada así en contraposición con otra imagen vestida de gala que domina el altar principal, las mismas facciones del extraordinario hombre que les había acompañado en la guerra.

Leyenda de San José Cabécar y de la iglesia colonial de Orosi[editar]

Iglesia de Orosi.JPG
Altar mayor. Orosi. Cartago. Costa Rica.JPG
Iglesia colonial de Orosi y altar mayor de San José dentro de la misma.

En el distrito de Orosi, ubicado en el cantón cartaginés de Paraíso, se levanta una de las iglesias más antiguas del país, una pequeña ermita dedicada a San José, que data de la época colonial, edificada entre 1746 y 1767. Construida en adobes por frailes franciscanos, con una torre blanca distintiva adosada al costado noroeste del edificio principal, cuenta con la particularidad de tener la fachada mirando hacia el oriente, es decir, a la inversa de como usualmente suelen construirse las iglesias. Alrededor de este hecho, existe una leyenda que narra que, luego de la rebelión de los indígenas de Talamanca en el año de 1709, los frailes franciscanos que huyeron de aquella región se trajeron la imagen de San José, que hasta ese momento había permanecido en una humilde ermita de techo pajizo en el poblado de Cabécar, hasta el valle del río Orosi, y que cuando pasaron por una fuente termal que se encuentra a unos mil metros de donde está ubicada la iglesia, la imagen se hizo tan pesada que no pudieron seguir avanzando. Comprendiendo que el santo quería allí su templo, edificaron una primera ermita que terminó siendo destruida por una correntada del río Reventazón. Volvieron a levantar una segunda, pero ésta también volvió a ser derribada por una inundación del mismo río. Decidieron entonces construir la iglesia a la inversa, con la fachada hacia el poniente, de modo que la imagen de San José, colocada en el altar mayor, mirase hacia las montañas de Talamanca, hacia "su amado Cabécar". Desde entonces, el río no ha vuelto a tener crecidas y la ermita ha resistido el paso del tiempo y las sacudidas de los terremotos hasta la actualidad.

Leyendas del Cristo Negro de Esquipulas[editar]

La devoción por el Cristo Negro de Esquipulas en Costa Rica fue introducida por los frailes franciscanos durante el siglo XIX, proveniente de Guatemala. El culto a la imagen hecha de madera de naranjo, de color amarillo pálido oscuro, con fama de milagroso, cobró especial importancia y trascendencia en las poblaciones del cantón de Santa Cruz, en la provincia de Guanacaste, en el cantón de Alajuelita, en la provincia de San José, en la localidad de Dulce Nombre, provincia de Cartago, y en Esquipulas del cantón de Palmares, en la provincia de Alajuela, siendo las celebraciones más importantes las realizadas en Santa Cruz y Alajuelita. Alrededor del Cristo Negro existen varias leyendas.

En Santa Cruz hay varias versiones acerca de la aparición de la imagen. Una de ellas dice que una réplica de la imagen fue substraída en Guatemala, siendo utilizada para pedir limosnas. La persona que la substrajo, un viajero guatemalteco, vino a Costa Rica, donde recaló en Santa Cruz. Advertidas las autoridades locales, el hombre tuvo que dar cuentas a la autoridad eclesiástica de Nicoya, por lo que ocultó al Cristo Negro en un árbol en la propiedad de una señora llamada Bernabela Campos, en lo que hoy es el parque de Santa Cruz. Uno de los vecinos, un indígena chorotega, recogió la imagen y la guardó en su casa, pero al día siguiente descubrió que ésta había desaparecido, encontrándola de nuevo en el árbol donde estaba el día anterior. Este mismo hecho se repitió un par de veces, hasta que los pobladores entendieron que el Cristo quería un templo en aquel lugar, donde hoy se ubica la iglesia de Santa Cruz. La imagen, conocida como el Aparecido, el Original, el Patrón o simplemente, el Negrito, se distingue porque le faltan dos dedos en una mano. Otra versión dice que la imagen simplemente fue comprada por Bernabela Campos al guatemalteco y que la donó a la población, junto con el terreno, para que se le construyera una ermita.

En 1818, los franciscanos introdujeron el culto al Cristo Negro en la población de Alajuelita, donde una partida de vecinos de la localidad contrataron a un escultor cartaginés para que tallara una imagen. Ésta fue colocada en los predios de la localidad, donde la gente que pasaba la pudiera ver, de modo que se arrodillaban y se persignaban, creyendo en la milagrosa aparición de la imagen. Pronto se le construyó una ermita de adobes, que luego fue derribada y substituida por el templo actual, el denominado Santuario Nacional al Santo Crucificado de Esquipulas, que es el segundo templo católico más importante del país luego de la Basílica de los Ángeles. Vale mencionar que la imagen original fue substituida en 1884 por otra de mayor tamaño, y ésta a su vez por una nueva en 2009, que es la que persiste en la actualidad, ambas talladas en Guatemala.

Leyendas topográficas[editar]

En Costa Rica, como en todo el mundo, el folclore ha intentado explicar el origen de diversos accidentes geográficos. En esta sección se analizarán algunas de esas leyendas.

El tesoro de la isla del Coco[editar]

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La isla del Coco, famosa por su belleza escénica y biodiversidad, posee una leyenda acerca de un fabuloso tesoro enterrado en su territorio.

La isla del Coco, ubicada a 500 km de la costa pacífica de Costa Rica, es famosa a nivel mundial por su gran belleza y la enorme biodiversidad que la caracteriza, por lo que ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. La isla también es conocida por una leyenda que dice que en algún punto de su territorio se encuentra oculto el fabuloso tesoro de Lima.

Según la leyenda, durante las guerras de independencia americana, cuando las tropas de Simón Bolívar se aproximaban a la ciudad de Lima, capital del Virreinato del Perú, las autoridades eclesiásticas y políticas españolas le solicitaron al capitán inglés William Thompson que se llevara en su barco, el Mary Dear, un tesoro de inmensas proporciones que había sido acumulado en el transcurso de tres siglos de ocupación española en el antiguo Imperio Inca. Este tesoro estaba conformado por toneladas de lingotes y monedas de oro y plata, láminas de oro que cubrían las cúpulas de las iglesias, utensilios e imágenes del mismo material, incluida una imagen de la Virgen María y el Niño Jesús hechas en oro macizo, de tamaño natural. Thompson zarpó de Lima el 19 de octubre de 1820 y se dice que, una vez en altamar, la codicia pudo más y acordó con su tripulación ocultar el tesoro en la isla del Coco, en ese momento, una isla solitaria y sin dueño. Allí, escondió el grueso del botín en una cueva y repartió el resto entre sus hombres. Los españoles, sin embargo, desconfiando del inglés, habían enviado una fragata para seguir al Mary Dear, el cual interceptaron en Panamá, donde fusilaron a toda la tripulación, excepto a Thompson y a otro marinero, con la esperanza que les revelara el destino del tesoro. Ambos lograron escapar, pero el marinero murió pronto, dejando a Thompson como la única persona que sabía la localización exacta del mismo.

Desde esa época, más de 300 exploraciones se han realizado a la isla para hallar el tesoro, la última en 1994, cuando el gobierno de José María Figueres Olsen prohibió las expediciones a la isla para buscarlo, con el fin de salvaguardar la ecología de la isla. Según otras versiones, en la isla del Coco no solamente estaría oculto el tesoro de Lima, sino también otro tesoro robado del puerto mexicano de Acapulco por el pirata portugués Benito Bonito, y otro tesoro más oculto por el corsario inglés Sir Francis Drake. De ninguno de los tres tesoros se tiene noticia hasta la fecha.

La laguna del volcán Barva[editar]

Hay dos leyendas que explican el nacimiento de la laguna del volcán Barva.

La primera, de origen español, indica que en el volcán fue descubierto un inmenso tesoro indígena, oculto por años. Tras la repartición del botín, uno de los expedicionarios murió poco después, encargando a un amigo que con su parte levantara en ese lugar una ermita a la Virgen del Pilar, la patrona de los españoles.

El hombre, muy taimado, planeó quedarse con todo el oro y partió, para dormir en descampado. Al despertar se encontró en el mismo lugar de donde había salido, al lado de la tumba de su amigo, y frente a una muchacha llorando, quien dijo se llamaba Pilar. El ofrecimiento de construir la ermita fue rechazado por la doliente, quien desapareció, dejando una laguna de lágrimas. Poco después el hombre murió.

La otra versión habla de una incursión azteca en territorios huetares, en el que recogieron tributos y dejaron una serpiente. Pero cada lugar donde se posaba la serpiente se llenaba de agua, así que los huetares rechazaron al animal. Los mexicas emprendieron el regreso con el animal, que dejaron en el volcán Barva, donde hizo brotar la laguna.

Leyendas del volcán Irazú[editar]

El volcán Irazú, el más alto de Costa Rica, se ubica en la provincia de Cartago. Alrededor de este macizo volcánico se cuentan varias leyendas que explican el origen de su nombre.

La leyenda de Irazú narra que, años antes de que los españoles arribaran a Costa Rica, la región hoy conocida como el Valle del Guarco se encontraba asolada por una guerra entre dos reyes indígenas: Coo, quien gobernaba la parte norte, y El Guarco, quien gobernaba el sur y había invadido la tierra de Coo. Tras una dura lucha y posterior a la muerte de Coo, Aquitaba, su hijo, fuerte y enérgico guerrero, viendo que iba a ser derrotado por su enemigo, tomó a su hija Iztarú y la llevó al monte más alto de la región, donde la sacrificó a sus dioses implorando su ayuda en la guerra. Estando en la batalla contra Guarco, Aquitaba imploró la ayuda de Iztarú sacrificada, fue cuando, del monte, brotó fuego, ceniza y piedra, que cayeron sobre los guerreros de Guarco, los cuales huyeron. Del costado del monte salió un riachuelo de agua caliente que destruyó los palenques de Guarco. Una maldición cundió y se decía que los habitantes del Guarco trabajarían la tierra, haciendo con ella su propia techo (teja); el pueblo luego se llamó Tejar de Cartago, la región norte Cot, y el monte más alto, Irazú.

La segunda leyenda versa acerca de una tribu indígena que habitaba la región de Cartago. Esta tribu, gobernada por un cacique que tenía una hermosa hija, rendía culto al dios Sol. La hija del cacique, en secreto, estaba en amoríos con un guerrero, príncipe de otra tribu enemiga de su padre. El sacerdote de la tribu, al darse cuenta de esto, dio noticia de los hechos a su señor, quien enfurecido, reclamó venganza a su dios. El Sol, escuchando su clamor, tomó a la princesa y la convirtió en una blanca nube, incrustándola con furia en el cielo azul. El guerrero, absorto por el prodigio, murió luego de soledad jurando luchar por alcanzar a su amada. Fue enterrado con toda ceremonia en la llanura, pero esa misma noche, la tumba comenzó a crecer, convirtiéndose primero en un túmulo, luego una loma y finalmente, una montaña: el imponente volcán Irazú. En las mañanas frías, la nube blanca, vaporosa y femenina, cariñosamente envuelve al gigantesco Irazú, guerrero viril, disfrutando eternamente de su amor.

Leyenda del volcán Turrialba[editar]

El macizo del volcán Turrialba, ubicado en el cantón del mismo nombre, en la provincia de Cartago, alberga una leyenda acerca de su origen. La leyenda cuenta que en esas tierras habitó una tribu indígena cuyo cacique tenía una hermosa hija llamada Cira, de quince años, cuerpo esbelto y provocativo. Cierto día que Cira se internó en la selva, se topó con un guerrero errante, de otra tribu y raza desconocida, quien se enamoró de ella al instante y la raptó, llevándosela a la cumbre de la montaña, donde le declaró su amor. Al avanzar el día, la tribu, confusa, se lanzó en búsqueda de la princesa. Fue el cacique quien la encontró abrazada a su enamorado, y cuando los guerreros de la tribu quisieron tomar venganza de la afrenta, la selva se agitó y ocultó a los dos amantes en su inmenso vientre, dejando una columna de humo blanco como prueba de su amor. Años después, a la llegada de los conquistadores españoles, estos divisaron aquel humo sagrado que emanaba del cráter de la montaña, y le dieron el nombre de Torre Alba, que luego al paso de los años, los pobladores de esas tierras cambiaron por el de Turrialba.

Leyenda del volcán Rincón de la Vieja[editar]

El volcán Rincón de la Vieja, ubicado en la provincia de Guanacaste, cuenta con una leyenda que explica el origen de su nombre. Según esta leyenda chorotega, durante la época precolombina, habitó dentro del cráter una Dabaiba, es decir, una camac (bruja) muy vieja que tenía su escondite en las entrañas del volcán, en un lugar que los indios llamaban el Rincón de la Dabaiba. Este ser fantástico era temible, pues sus ojos despedían fuego y tenía en su boca enormes dientes de cótcolat (jaguar). Los chorotegas le temían y la obedecían, y le llevaban ofrendas de alimento en ollas de cerámica. La leyenda cuenta que un sacerdote venido de Granada (Nicaragua), durante la época colonial, le echó una maldición, y que desde entonces la Dabaiba está enterrada dentro del volcán, bajo un barro plomizo, espeso y caliente, que son las fumarolas que caracterizan a este coloso, echando de cuando en cuando mucho humo con fuego cuando se enfurece.[33]

Leyenda del volcán Tenorio[editar]

Esta leyenda explica el origen del nombre del volcán Tenorio. Se trata de una leyenda prehispánica chorotega en la cual Tenorí, un guerrero de la tribu de Avancari, se enfrenta a un terrible monstruo que habita en una laguna ubicada en las faldas del volcán. Dicho monstruo había previamente atacado a su prometida, la bella Eskameca. Tenorí logra abatir a la criatura, pero desaparece entre las ondas de la laguna, quedando nada más el recuerdo de su hazaña en el nombre del volcán.[34]

El Puente de Piedra[editar]

Camino a un pueblo llamado Grecia existe una puente natural de piedra. Los científicos explican que fue formado por la erosión de la piedra pero los pobladores creen que tiene un origen más sobrenatural.

Se cuenta que en el tiempo de las carretas, un campesino de la zona tenía su casa al otro lado del cañón, la profundidad de éste era tal que el hombre estaba obligado a recorrer más de medio día río abajo para poder cruzarlo y llegar al pueblo. Una noche que se devolvía del pueblo a su casa, se paró frente al cañón e invocó al Pisuicas (el Diablo), le prometió que le daría su alma a cambio de que le construyera un puente antes de que cantara el gallo. El Pisuicas estuvo de acuerdo y estrechándose las manos comenzó a trabajar, trabajaba tan rápido que casi no se veía, cuando sólo le faltaba una piedra que colocar, el campesino sacó de la carreta un saco que contenía una gallo dentro, pateó el saco y el gallo cantó, así salvo su alma. Si se para debajo del puente se puede ver cómo tiene un hueco donde le falta una enorme piedra.

Leyenda de Cuasrán[editar]

Cuasrán es un personaje mítico y héroe cultural de los boruca, pueblo aborigen del sureste de Costa Rica. Es un jefe indígena todopoderoso que habita en el Cerro Volcán (llamado por los locales Casa de Cuasrán), ubicado cerca de la localidad de Boruca, en el cantón de Buenos Aires de Puntarenas. Durante la época de la conquista de Costa Rica, Cuasrán se ocultó allí con su familia para escapar de los conquistadores y evitar ser bautizado a la nueva religión. Los boruca creen que Cuasrán está pendiente de sus éxitos y desventuras, y cuida de que su pueblo y sus costumbres no desaparezcan. También creen que de vez en cuando, Cuasrán los visita y se mezcla entre ellos, sin ser reconocido, para compartir con su pueblo y conocer sus problemas de primera mano. A veces, también puede castigarlos para corregirlos, y cuando alguna persona desaparece misteriosamente, se dice que se lo llevó Cuasrán. Junto con la artesanía tradicional boruca y la festividad conocida como juego de los diablitos, la creencia en la existencia de Cuasrán es uno de los tres elementos más importantes de la identidad del pueblo boruca.[35]

Leyendas del Cerro de las Cruces[editar]

El Cerro de las Cruces es un monte ubicado en la parte sur de la ciudad de Nicoya, en la provincia de Guanacaste, y es un lugar rico en mitos y leyendas que se remontan a la época prehispánica, de la conquista y de la colonia española. Una de las leyendas dice que en la época colonial, en la cumbre de este cerro había una laguna donde habitaba una enorme serpiente, cuyos violentos movimientos producen los terremotos que sacuden a la región de Nicoya, y que por tal razón, existen en lo alto de la cumbre tres grandes cruces. Todos los años, el 3 de mayo, el sacerdote y los vecinos de la comunidad deben subir al cerro para bendecirlo, para que la serpiente que habita en su interior se mantenga presa y no escape para destruir la ciudad. Como dato adicional, en el Cerro de las Cruces pueden encontrarse gran cantidad de nidos de serpientes venenosas, haciendo más peligrosa la peregrinación.

Otras leyendas narran que la quebrada que mana del cerro y los bosques aledaños se encuentran encantados, que en ellos se pueden encontrar guacales llenos de plata, cacao o carne, que en el cerro existe una puerta que lleva a un sitio donde pueden encontrarse tesoros, que de vez en cuando se puede escuchar el rugido de un león o el silbido de la serpiente que emanan de lo alto del cerro, que entre la espesura de los árboles vagan los espíritus de los difuntos o que se encuentra habitado por hechiceros nahuales que pueden convertirse en animales. Del Cerro de las Cruces, también, emergió la yegüita de la leyenda que representa a la Virgen de Guadalupe.

La cascada de la novia[editar]

La cascada de la novia es una catarata de 600 pies de altura, ubicada en las afueras de la ciudad de Paraíso, en la provincia de Cartago. Recibe este nombre por una leyenda que narra que, a principios del siglo XX, una popular pareja de novios recién casados de esa localidad organizaron una cabalgata al Valle de Orosi, donde se encuentra la catarata, con el motivo de celebrar sus nupcias. Luego del paseo, durante el regreso, cuando pasaban cerca de la cascada, el caballo que llevaba a la novia, una mujer muy hermosa, por motivos desconocidos se encabritó, volviéndose loco y saltando hacia el abismo, llevándose a la joven con él. Algunas versiones de esta leyenda añaden que, por las noches, el fantasma de una mujer vestida de novia se aparece en las cercanías de la catarata.[36]

Leyenda del cerro Tapezco[editar]

El cerro Tapezco es un monte ubicado en la provincia de Alajuela, entre los cantones de Zarcero y San Carlos. Según la leyenda, su nombre deriva de un cacique indígena de la etnia de los botos o de los huetares, que habitó en el territorio que hoy conforman las llanuras del río San Carlos, en la época previa a la conquista española. Dice esta historia que Tapezco estaba en guerra con los toris, otro pueblo indígena que habitaba en las llanuras del río San Juan. Un día, Tapezco subió a la cima del volcán Poás, donde habitaba una dabaiba, para consultarla, pero cuando volvió, encontró a su pueblo desolado, con mucha gente muerta. Entonces, Tapezco subió a una colina, desde la cual divisó a los enemigos que huían, por lo que llamó a gran voz a la dabaiba para que le ayudase a vengarlo. La bruja hizo que el volcán entrara en erupción, destruyendo todo a su paso hasta llegar a la corriente del río San Juan, donde formó el delta donde está la desembocadura del río San Carlos. En el proceso, tanto Tapezco como sus enemigos perecieron, pero la colina donde el cacique invocó a la bruja quedó bautizada con su nombre.[37]

Leyenda de Tucurrique[editar]

Tucurrique es una comunidad del cantón de Jiménez, en la provincia de Cartago. Su origen parece ser antiguo, ya que la región donde se encuentra la población ya estaba ocupada por indígenas huetares a la llegada de los españoles. En el año 1600, luego de la conquista, Tucurrique se convirtió en la sede de la corte del cacique Correque, señor del Valle del Guarco. En este lugar, existe la leyenda acerca de un fuerte y apuesto rey indígena, igualmente llamado Tucurrique, cuya tribu vivía en este valle, donde la caza era buena y la vida tranquila. Nayib, una bella mujer, estaba enamorada de él, pero el cacique también atendía los amores de otras mujeres, y ella quería que la amara solamente a ella. Para vengarse, en un día oscuro que amenazaba tormenta, lo convenció de salir de cacería a la montaña. Tucurrique accedió, pero entonces se desató un torrencial aguacero, que hizo que el cacique buscase refugio en una cueva. La oquedad, sin embargo, se cerró tras él, dejándolo encerrado para siempre en la montaña. No obstante, no murió, puesto que el monte quedó encantado. Se cuenta que las tormentas y huracanes que se desatan en la región, son producto de la ira del cacique, y que de vez en cuando, se pueden escuchar tañidos de campanas que emergen de lo profundo del monte, razón por la cual los locales llaman a este monte, cerro Campano.[38]

Leyendas del cerro Zurquí[editar]

Vista del Túnel Zurquí con dirección a San José.

El cerro Zurquí (2010 msnm) es un monte ubicado en el cantón de Vázquez de Coronado. Es muy conocido en Costa Rica ya que a través de él se construyó un túnel que permite la comunicación del Valle Central con la región Atlántica del país, por medio de la ruta 32. El monte y la zona montañosa que le rodea son parte del Parque Nacional Braulio Carrillo, caracterizado por su tupido y exuberante bosque tropical nuboso. La región es de difícil acceso, se caracteriza por su clima lluvioso y la ruta es temida porque es propensa a derrumbes.

Acerca de este cerro, existen varias leyendas, unas muy antiguas que datan de los tiempos prehispánicos, y otras más modernas, que se refieren a la presencia de espíritus y fantasmas de personas que han muerto en el sitio. Una leyenda indígena narra que en las cercanías del cerro habitó una princesa de la tribu térraba, llamada Turi Uha. Un guerrero de una tribu enemiga estaba enamorado de ella, por lo que cruzó los bosques del Zurquí para encontrarla. Al hacerlo, huyó con ella y un grupo reducido de sus amigas, pero el padre de Turi Uha los descubrió y persiguió, hasta darle muerte al guerrero, cuya alma subió a la cima del cerro, donde los indígenas creían que residían los muertos, en la morada del dios Sibú. La princesa y su séquito continuaron huyendo a través de la montaña, pero Sibú, compadecido, las transformó en mariposas (en otra versión, en jilgueros), para que tuvieran alas para alcanzar la cima donde residía su amado. Desde ese día, estos animales abundan en las cumbres del Zurquí.[39]

La asociación del cerro Zurquí con el lugar donde habitan los muertos permanece hasta nuestros días, pero en este caso, por causa de leyendas que aseguran que esta zona se aparecen los espíritus y fantasmas de personas que han fallecido en el lugar, ya sea por accidentes de tránsito, que son frecuentes debido a las condiciones climatológicas de la región, como por individuos que han sido asesinados en el sitio y otros cuyos cuerpos han sido arrojados en sus profundos y oscuros precipicios. Entre las historias más populares, está la de la novia fantasma, en la cual muchos conductores aseguran haber visto el fantasma de una mujer vestida de novia que deambula cerca del túnel, en medio de la neblina y la oscuridad. Se mira la figura de una mujer vestida de blanco, que corre al lado de la carretera, desorientada y con el cabello largo y suelto, que repentinamente se cruza en la vía, pero que desaparece una vez el conductor trata de observarla por el espejo retrovisor. Otras historias hablan de una ambulancia fantasma que llega a rescatar personas, pero que en realidad no existe, y otros conductores que se han detenido a descansar en los márgenes de la carretera, aseguran que los automóviles son movidos o golpeados por fuerzas invisibles.[40]

Referencias[editar]

  1. Zeledón Cartín, 2000, p. 15-16
  2. Zeledón Cartín, 2000, p. 146
  3. Fallas, 2008, p. 52
  4. Fallas, 2008, p. 313
  5. a b Padilla, 2013, p. 26
  6. Zeledón Cartín, 2000, p. 203
  7. Zeledón Cartín, 2012, p. 208
  8. a b c Zeledón Cartín, 2000, p. 141
  9. Zeledón Cartín, 2000, p. 200
  10. a b Zeledón Cartín, 2000, p. 213
  11. Zeledón Cartín, 2000, p. 210-211
  12. Zeledón Cartín, 2012, p. 208
  13. Zeledón Cartín, 2012, p. 226
  14. Zeledón Cartín, 2012, p. 209
  15. Zeledón Cartín, 2000, p. 149
  16. a b Zeledón Cartín, 2000, p. 156
  17. Zeledón Cartín, 2000, p. 153-156
  18. Quesada Alvarado, Ángela. Recordando la historia de mi pueblo San Ramón. EUNED, 1995. p.224. ISBN 9977-64-847-6
  19. Chacón Trejos, Gonzalo. Tradiciones costarricenses. Editorial Costa Rica. 1982. p.86
  20. Zeledón Cartín, 2000, p. 157-158
  21. Zeledón Cartín, 2012, p. 150
  22. Padilla, 2013, p. 25
  23. Zeledón Cartín, 2012, p. 260
  24. Zeledón Cartín, 2000, p. 258
  25. Zeledón Cartín, 2000, p. 186
  26. Ferrero, 2002, p. 58-59
  27. Sierra Quintero, 2011, p. 7
  28. Zeledón Cartín, 1998, p. 66-68
  29. Sierra Quintero, 2011, p. 8-14
  30. Arauz, 2010, p. 9-12
  31. Zeledón Cartín, 2000, p. 234-236
  32. Zeledón Cartín, 2012, p. 170
  33. Zeledón Cartín, 2012, p. 70
  34. Zeledón Cartín, 2000, p. 65-69
  35. Zeledón Cartín, 2012, p. 49-52
  36. Zeledón Cartín, 2002, p. 45
  37. Zeledón Cartín, 2000, p. 23
  38. Zeledón Cartín, 2012, p. 62-63
  39. Zeledón Cartín, 2000, p. 21
  40. «La novia que se pasea cerca del túnel Zurquí» (en español). Página web de la Vicerrectoría de Acción Social de la Universidad de Costa Rica (2008). Consultado el 11 de abril de 2014.

Bibliografía[editar]

  • Zeledón Cartín, Elías (2000). Leyendas costarricenses (4ª edición). Heredia, Costa Rica: Editorial de la Universidad Nacional. pp. 286 páginas. ISBN 9977-65-133-7. Consultado el 14 de octubre de 2011. 
  • Zeledón Cartín, Elías (2012). Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia. Editorial Costa Rica. p. 294. ISBN 978-9977-23-984-2. 
  • Fallas, Carlos Luis (2008). Marcos Ramírez. Editorial Costa Rica. p. 320. ISBN 978-9977-23-291-1. 
  • Arauz, Carlos (2010). Historias y leyendas de mi tierra. Impresiones dinámicas. p. 120. ISBN 978-9968-9573-5-9. 
  • Padilla, María Mayela (2013). Dichos y refranes de los ticos. San José de Costa Rica: Jadine. p. 112. ISBN 978-9968-502-51-1. 

Enlaces externos[editar]