Advocación mariana

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Inmaculada Concepción, de Murillo.

En el catolicismo, una advocación mariana es una alusión mística relativa a apariciones, dones o atributos de la Virgen María. La Iglesia católica reconoce innumerables advocaciones que significan la figura de la madre de Jesús o alguna de sus cualidades, a las que se rinde culto de diversas maneras.

Existen dos tipos de advocaciones: las de carácter místico, relativas a dones, misterios, actos sobrenaturales o fenómenos taumatúrgicos de la Virgen, como la Anunciación, la Asunción, la Presentación, etc; y las apariciones terrenales, que en muchos casos han dado lugar a la construcción de santuarios dedicados a la Virgen, como el del Pilar (en Zaragoza, España), el de Covadonga (en Covadonga, Asturias),el de Lourdes (en Lourdes, Francia), el de Fátima (en Fátima, Portugal), el de Guadalupe (en Ciudad de México, México), el de la Divina Pastora (en Barquisimeto, Venezuela), el de la Virgen de Coromoto (en Guanare, Venezuela), etcétera. Estas advocaciones a menudo dan lugar a múltiples patrocinios (como "virgen protectora") de pueblos, ciudades o países, o de diversas entidades o cofradías.

Las advocaciones marianas se suelen nombrar con las fórmulas “Santa María de”, “Virgen de” o “Nuestra Señora de”. Igualmente, las advocaciones suelen dar lugar en muchos casos a nombres propios femeninos, compuestos del nombre María y su advocación: María del Carmen, María de los Dolores, María de Lourdes, etc. Aunque el nombre sea diferente en cuanto al atributo relativo a la Virgen María siempre se refiere únicamente a ésta, así se haga mención de varios nombres en un mismo momento, la instancia es la misma, la Virgen María.

Su celebración, en la mayoría de los casos, se hace de forma conjunta el día 8 de septiembre o primer domingo de septiembre, el día que la Iglesia celebra las “Apariciones de la Santísima Virgen en los más célebres santuarios”.

Buena parte de estas advocaciones marianas son fruto del proceso de cristianización de comunidades, comarcas o regiones que previamente adoraban a diosas o seres mitológicos femeninos de otra índole. En estos lugares, para facilitar la penetración de la doctrina católica, a veces bastante ajena a las estructuras simbólicas y rituales de los pueblos sometidos previamente por la fuerza, se optó por preservar el culto, como es normal, profundamente enraizado en esas culturas, a esas figuras transformándoles el nombre en algunos casos o en otros imponiendo relatos sobre su origen o justificación lo menos discordante con la doctrina católica que fuese posible. Este proceso no sólo desembocó en la aparición de advocaciones marianas, sino también en la incorporación de santos y santas de diversos orígenes y ninguna relación con las creencias cristianas ni en su más flexible caracterización.

Bibliografía[editar]

  • José Mª Montes: El libro de los santos, Alianza Editorial, Madrid, 2001, ISBN 84-206-7203-3.

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