Cine político

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El cine político es aquel que trata temas políticos, unas veces para suscitar la reflexión o para denunciar injusticias sobre problemas políticos o sociales y otras veces para adoctrinar, en cuyo caso más puede hablarse de propaganda o de cine revolucionario que de cine político.

El género[editar]

Se encuentra entre el drama y el cine documental, géneros que pretende unir, aunque también puede orientarse a la sátira y volverse cómico; suministra interpretaciones de la historia y reflexiones éticas y estéticas sobre el pasado y el espectador; el más digno no solo defiende los derechos del hombre, sino que reclama también sus deberes. En realidad, cualquier película es susceptible de una interpretación o lectura política, sobre todo las históricas y las que tratan de dramas colectivos. Para que sea legítimo el espectador ha de tener la oportunidad de apropiarse de este cine o de rechazarlo, algo que, sea por lo que fuere, no suelen facilitar las Majors y los mecanismos de la distribución cinematográfica y televisiva, que ejercen precisamente su abuso de poder por medio de la silenciosa censura del mainstream y la mercadotecnia.[1]​ Resulta esto tanto más grave en cuanto que el cine tiene un destinatario colectivo, por lo que a duras penas puede ser clandestino e insurgente. De modo que la televisión independiente se ha mostrado un nuevo cauce para el análisis político con series como The wire o Chernobyl

Los temas[editar]

Fuera del diseño y crítica de utopías o distopías, el cine político trata a menudo sobre distintos tipos reales de conflictos en la sociedad, generalmente relacionados con el poder, la violencia y la falta de libertad: la tiranía, la guerra, los genocidios, las huelgas, las revoluciones, el colonialismo, la discriminación étnica, sexual o política, la violencia política, tortura o terrorismo, las crisis económicas, la corrupción política, judicial y financiera, la brutalidad policial... También todo cuanto se reduce a un abuso del poder sobre la condición humana: la esclavitud, la pobreza, la burocracia, la injusticia, la exclusión social, la castración por "eugenesia", la pederastia etcétera. Genera, asimismo, varias clases de cine específicamente consagrado a los marginados (por ejemplo, el cine quinqui), al subproletariado, al feminismo y al grupo LGBT, aunque ya en este caso se trata de un género de cine todavía más abierto, el cine social.

Historia[editar]

Durante el periodo mudo surge el cine político con El nacimiento de una nación (1915) del estadounidense David W. Griffith, de inspiración racista y supremacista; sigue con El acorazado Potemkim (1925) y Octubre del ruso Serguéi Eisenstein, que pretendían "educar políticamente a las masas" en el comunismo, y El triunfo de la voluntad (1935), de la alemana Leni Riefenstahl, que glorifica al nazismo.

Tras la II Guerra Mundial, el neorrealismo italiano ofrece Roma, ciudad abierta (1945), de Roberto Rossellini, una denuncia de la tortura y el fascismo; otras películas de este movimiento expresan la pobreza (Ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica), la corrupción política, las actividades mafiosas y, en el caso de Pier Paolo Pasolini, la marginalidad. El cine político del estadounidense Frank Capra trata de preservar los valores democráticos y las libertades cívicas con un humanismo que puede parecer ingenuo. La nouvelle vague francesa, ya antes del mayo francés y californiano de 1968, también ofrece a veces ribetes sociales (Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard, muestra por ejemplo como la marginalidad no se ajusta a la burguesía; Los cuatrocientos golpes, de François Truffaut, denuncia, como en otras obras, la educación coercitiva; más general es Fahrenheit 451, una distopía donde se ataca el poder de los medios de comunicación de masas y el sistema totalitario que dirigen más que son dirigidos. El free cinema británico denuncia el conflicto generacional en su país (por ejemplo, La soledad del corredor de fondo, de Tony Richardson); Michelangelo Antonioni, la incomunicación que impide la realización de cualquier forma de ideal humano.

En el Tercer Mundo el cine refleja la lucha anticolonial en Argelia y contra la pobreza secular, así como los modelos revolucionarios de Cuba y de la guerrilla campesina en Latinoamérica. El padre de este cine político latinoamericano es el argentino Fernando Birri con Tire die (1959), creando la escuela posterior de los también argentinos Gerardo Vallejo, Leonardo Favio, Raymundo Gleyzer, Luis Puenzo, Héctor Olivera, Marco Bechis y Fernando Ezequiel Solanas.

El boliviano Jorge Sanjinés, en Yawar Mallku, de 1969, trata sobre el programa de esterilización realizado con medios norteamericanos a mujeres indígenas de la altiplanicie boliviana; también destaca su El coraje del pueblo (1972).

En Cuba La primera carga al machete (1969) de Octavio Gómez transcurre durante la guerra de la independencia de Cuba contra España; refleja la situación de la mujer Lucía (1968) del cubano Humberto Solás, De cierta manera (1974), de Sara Yera Gómez y Retrato de Teresa (1979), de Pastor Vega, también cubanos.

El chileno Patricio Guzmán denuncia para el futuro la dictadura de Pinochet en su documental La batalla de Chile (1975-79), a duras penas montado en el exilio; también lo hace Miguel Littin en La tierra prometida (1973) y, en otro sentido, Aldo Francia en Valparaíso, mi amor (1970), donde muestra los absurdos de la maquinaria judicial.

Sobre todo destaca el griego-francés Konstantinos Costa-Gavras, por entero consagrado al género, y que se acerca a la dictadura de los coroneles (Z), al estalinismo checo (La confesión) y a la violencia estatal en América Latina (Estado de sitio y Desaparecido), entre otros filmes no menos notables, como Mad City (1997), Amen (2001), Arcadia (2004) o El Capital (2012) entre otras.

Películas emblemáticas son La batalla de Argel (1966), Queimada (1969) y Operación ogro (1979) de Gillo Pontecorvo, quien a veces se atreve a tratar el tema del terrorismo, como asimismo el alemán Uli Edel en Der Baader Meinhof Komplex (2008) y, entre otros italianos, ya fuera del neorrealismo, Elio Petri (La classe operaia va in paradiso, 1971) y Francesco Rosi (Il caso Mattei, 1971) así como La commare seca y Novecento (1976) de Bernardo Bertolucci.[2]

El cine político tras el llamado Telón de acero es mucho más críptico, y con frecuencia se disfraza de farsa o comedia; entre otros cabe mencionar Rojos y blancos (1967), que es del húngaro Miklós Jancsó.

En Estados Unidos, de algún modo se oponen las obras políticas de Frank Capra, John Ford (Las uvas de la ira) y Elia Kazan (Viva Zapata, América, América) a las de Dalton Trumbo (Johnny cogió su fusil, Espartaco), Martin Ritt, Sidney Pollack, Adam McKay y Steven Spielberg, que se acercó al género con El color púrpura, Amistad, La lista de Schindler y Munich, donde trata el tema del terrorismo. Más perseverantes en el género son Lionel Rogosin, Oliver Stone, Spike Lee, Michael Moore y Davis Guggenheim. Pero en Estados Unidos la verdadera censura la ejerce el ejército: por ejemplo, no se pudo tratar el tema de la guerra de Vietnam sino a toro pasado, cuando ya había concluido. La Gran recesión de 2008 inspiró películas como Assault on Wall Street (2012) de Uwe Boll y El lobo de Wall Street (2013) de Martin Scorsese, entre otras.

En España puede citarse a Luis Buñuel (Los olvidados, Las Hurdes, tierra sin pan, El ángel exterminador, El discreto encanto de la burguesía), y luego, domeñando a duras penas la censura franquista, a José Antonio Nieves Conde (Surcos, 1951); Luis García Berlanga (Bienvenido, Mister Marshall, 1953); Fernando Fernán Gómez (El mundo sigue, 1962) y Carlos Saura con La caza (1966). Política (o más bien de propaganda o revolucionaria fascista) es también un filme cuyo guion compuso bajo pseudónimo el propio dictador: Raza, y que cuenta con dos versiones, la de 1941, y la posterior más atenuada. La democracia trajo filmes como El crimen de Cuenca 1979 de Pilar Miró, denuncia de la tortura por la Guardia civil a principios del siglo XX y de la torpeza del sistema judicial español, que algunos quisieron ver en relación al terrorismo de ETA; Siete días de Enero (1979), de Bardem, sobre la matanza de Atocha por parte de los terroristas de la ultraderecha española, y La verdad sobre el caso Savolta (1978) de Antonio Drove, sobre las luchas entre anarquistas y empresarios a principios del siglo XX; o La muerte de Mikel (1984), de Imanol Uribe.[3]​ En la actualidad pueden citarse los hermanos Taviani, el británico Ken Loach, quien, al igual que Costa-Gavras está por entero dedicado al género, y, en el mundo árabe, Marjane Satrapi con su Persépolis y el iraní Kiarostami.

Referencias[editar]

  1. Llaneras, Kiko (abril de 2014). «Economía Cine y política: una indagación numérica». JotDown. 
  2. Martínez Salanova, Enrique (2019). «El cine político y revolucionario». 
  3. Freire, Héctor J. (julio de 2002). «Cine político: la reivindicación de la memoria». Topía. 

Véase también[editar]