Cultura de Costa Rica

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Saltar a: navegación, búsqueda
Teatro Nacional, San José,1897. Ícono popular del interés del costarricense por la cultura refinada y de rasgos internacionales.

La cultura de Costa Rica es rica, reconocible y variada al tener influencias inicialmente de la cultura indígena y europea, posteriormente de la cultura afrocaribeña y asiática. Existen en el país tecnologías tradicionales, prácticas agrícolas, culturales y religiosas, y creencias, que conectan en los campos genético y cultural a la población actual con sus antepasados indígenas, europeos y africanos. Costa Rica es un país mestizo,[1] multiétnico, multilingüe y pluricultural,[2] en la que coexisten sistemas de comunicación social muy diversos que van desde el creol limonense hasta usos y costumbres de origen ibérico, pasando por culturas y formas de pensamiento tan disímiles como la china, la indígena o la menonita.

Costa Rica recibió la imprenta en 1830. Su literatura ha dado, además de bellos trozos costumbristas, singulares ensayistas y prosistas en la primera mitad del siglo xx. Se destacan los novelistas Joaquín García Monge, Carmen Lyra, Carlos Luis Fallas, Joaquín Gutiérrez Mangel y Fabián Dobles, y los poetas Aquileo Echeverría, Roberto Brenes Mesén, Isaac Felipe Azofeifa, Julián Marchena, Eunice Odio, Jorge Debravo y Julieta Dobles.

Costa Rica tiene un estilo pictórico propio surgido en la década de 1930, basado en la idealización de la vida rural y el paisajismo. En el país, existen representantes de la mayor variedad de estilos y temáticas, desde la tradición académica hasta el impresionismo, el abstraccionismo, el expresionismo, la neofiguración y la pintura postmodernista. Entre los pintores más destacados de toda la historia de Costa Rica, pueden citarse a Tomás Povedano, Enrique Echandi, Francisco Amighetti, Teodorico Quirós, Fausto Pacheco, Margarita Bertheau, Manuel de la Cruz González, Rafael Ángel García, Jorge Gallardo, Rafa Fernández, Lola Fernández y Max Jiménez.

Cuenta con una fuerte tradición escultórica que tiene sus raíces ancestrales en las esferas de piedra, esculturas en piedra, jade y cerámicas precolombinas, legado que posteriormente ha sido cultivado y continuado por escultores como Francisco Zúñiga, Juan Rafael Chacón, Juan Manuel Sánchez, Domingo Ramos, José Sancho, Max Jiménez, Ibo Bonilla y Jorge Jiménez Deredia.

Con la formación de la Orquesta Sinfónica Juvenil las vocaciones afluyeron, y sobrevino la consolidación de la Orquesta Sinfónica Nacional. La danza parece ser una de las disciplinas más populares, y el teatro sigue su impulso de hace treinta años.

Sin embargo, Costa Rica presenta hoy en día una gran cantidad de venas artísticas entre las que se contempla la música, la danza y el baile, el teatro, el cine, la producción cinematográfica y televisiva, la plástica y las letras.

Desarrollo histórico[editar]

La rueda de carreta pintada, importante símbolo de identidad cultural de Costa Rica.

Desde sus orígenes hasta el mundo globalizado contemporáneo, los rasgos culturales de Costa Rica han sido marcados por su carácter ístmico como puente entre dos grandes masas continentales de gran poder biológico, económico y geopolítico, generando un punto de encuentro o una línea de paso de todo tipo de corrientes e influencias, generando el surrealista endemismo biológico y cultural que le caracteriza. No obstante, el istmo centroamericano en general y Costa Rica en lo particular, presentan áreas de desarrollo local muy antiguas, independientes del papel de receptor pasivo que el término de puente cultural puede invocar.[3]

A lo largo de su historia, Costa Rica ha experimentado hitos que han orientado sus rasgos culturales. El territorio de Costa Rica es una franja estrecha de tierra rodeada por dos océanos, en la cual sin embargo se suma a una gran biodiversidad natural una ocupación humana de gran antigüedad y complejidad, con más de diez mil años de historia precolombina.[1] Durante la época colonial, en el país se consolidó un mundo de campesinos, artesanos y comerciantes en la que se impuso una cultura criollo-mestiza que incorporaba elementos afroamericanos e indígenas,[4] en el cual, en vísperas de la independencia en 1821, coexistían dos sociedades, una de origen hispánico implantada en el Valle Central y con prolongaciones hacia la zona del Caribe y el Pacífico centrales, y la constituida por los indígenas que los conquistadores españoles no pudieron someter, ocupando territorios en las llanuras del norte y la Cordillera de Talamanca, lo que permitió la subsistencia de su cultura hasta nuestros días. El desarrollo del campesinado fue de gran importancia y tuvo trascendencia en la posterior evolución del Estado costarricense, cuya vocación agrícola influyó de manera determinante en la consolidación de una identidad cultural (cultura del cacao, cultura del café, cultura del banano).[5]

La independencia, obtenida prácticamente sin buscarla, significó un profundo reacomodo social donde el conflicto político fue la tónica, motivado principalmente por los localismos de las principales ciudades del Valle Central, que solo fueron totalmente superados con el inicio de la consolidación de una identidad nacional a partir de la orientación valiente, pacífica y laboriosa iniciada con la victoria sobre los filibusteros de Estados Unidos durante la Campaña Nacional de 1856-1857, que conllevó no solo la consolidación de la independencia, sino también al establecimiento de una economía cafetalera que fue motor y cimiento del Estado nacional durante gran parte de su historia.[5] Es trascendental el periodo de la historia nacional entre 1870 y 1914, con un Estado liberal y progresista que quiso ver reflejada su filosofía también en aspectos culturales del país como las artes plásticas, la educación y la literatura, donde el arribo de inmigrantes europeos, afroantillanos y asiáticos vino a enriquecer el universo cultural del país, y cuya crisis política y económica tras 1914 impulsó el fortalecimiento de la democracia, la defensa de la libertad electoral, los movimientos vanguardistas de reacción social, la abolición del ejército, la contribución decisiva a la pacificación de Centroamérica en varias oportunidades históricas, valiéndole incluso el Premio Nobel de la Paz, y más reciente, el reconocimiento universal a la vocación ecológica y de una economía basada en la producción de alta tecnología y el ecoturismo.

Identidad costarricense[editar]

Gastronomía tica donde destaca el café chorreado en la mesa, el elote tierno, la chorreada con natilla, sobre muebles rústicos

La identidad costarricense es el conjunto de signos y señas que a modo de tejido sinérgico definen la personalidad tica, el conjunto de rasgos singulares con que los costarricenses se sienten satisfechos y orgullosos que los caractericen, como sentimiento de empatía por su entorno natural, social y nacional. Los acontecimientos más notables de un pasado que se extiende por más de 10.000 años, acaban formando parte de la conciencia colectiva nacional.[6]

Además del factor histórico, Costa Rica tiene un conjunto de elementos que lo definen: sus tradiciones, idiomas, gastronomía, héroes, leyendas, mitos, símbolos y todo aquello que está presente en lo cotidiano y es considerado genuino de la nación.[6] Como dijo Jacques Le Goff "...en el punto de unión entre lo individual y lo colectivo, entre el tiempo de larga duración y el cotidiano, entre lo inconsciente y lo intencional, entre lo estructural y lo coyuntural, entre lo marginal y lo general."[7]

Artes plásticas[editar]

Arquitectura[editar]

Casa de adobe en San Pablo de Heredia. Por su volumetría, distribución funcional y bioclimática, la casa de adobe ha llegado a convertirse en una figura emblemática de la identidad y la arquitectura nacional, representada en diversas obras de arte. Parte fundamental del paisaje rural del país, se acostumbraba pintarlas de dos colores: el blanco, que se obtenía de la cal, y con el que se cubría la parte superior de las paredes, en tanto que, en la parte baja se usaba el azul prusia, color natural que se extraía de un arbusto denominado añil. Junto con el rojo del techo de tejas, se forma una composición de colores que recuerda a la bandera de Costa Rica.
Casa Jiménez Sancho, ejemplo de la arquitectura victoriana predominante en la época de finales del siglo xix y principios del siglo xx.

La arquitectura de Costa Rica se construye desde la perspectiva sincrónica a partir de sus particularidades bioclimáticas regionales, y desde el eje diacrónico, por las influencias propias de un puente ístmico que une dos masas continentales de gran fuerza cultural y geopolítica, por lo que resulta un sincretismo entre lo ancestral, la enorme biodiversidad y la novedad de estilos arquitectónicos de moda o materiales y tecnologías exóticas. [8] [9]

Su identidad tiene ancladas las raíces en las tipologías de urbanización ancestral como en la ingeniería de Guayabo, la cultura simbólica del Valle del Diquís y sus esferas de piedra o el misticismo cósmico de los ranchos habitacionales y ceremoniales de Baja Talamanca, que devinieron en una síntesis que oscila entre la importancia bioclimática, los estilos de moda y la creatividad local.

En un punto coinciden los estudiosos de la historia de la arquitectura de Costa Rica: el apreciado pero exigente clima tropical ha logrado que a través de los siglos, los estilos de diseño transnacionales hayan tenido que adaptarse al bioclimatismo local, porque si el arquitecto no lo prevé, el usuario lo hará de la mano de un operario. Y esto le ha dado a la arquitectura costarricense un hilo conductor dentro de tantas corrientes invitadas a través del tiempo.[8] [9]

Para su estudio, la arquitectura de Costa Rica se ha dividido en seis periodos:

  • el periodo antiguo, entre 10.000 y 2.000 a.C, de donde provienen los primeros vestigios de asentamientos urbanos;
  • el periodo de cacicazgos, entre 2.000 a.C y 1560, donde se da la conformación de unidades sociales en organizaciones políticas, militares y religiosas más complejas (cacicazgos), con la construcción de mayores asentamientos, como el del sitio del Monumento Nacional Guayabo, así como diferenciaciones en las construcciones de acuerdo a la región arqueológica donde se asentaron los núcleos de población (Gran Nicoya, Región Central y Atlántica, Diquís), siendo destacable la elaboración de esferas de piedra, manifestación artística que pasará al imaginario colectivo nacional y tendrá determinante influencia en la arquitectura de épocas posteriores;
  • el periodo colonial, iniciado luego de la conquista española en 1560 y hasta 1848, y caracterizado por construcciones de sencilla elaboración, generalmente de adobe (como la Iglesia de Orosi), con la conformación de dos tipos de población: los pueblos de indios y las villas coloniales, sin darse la construcción de grandes obras arquitectónicas;
  • el periodo republicano (1848-1920), donde se da la consolidación de la independencia y la formación de un estado y una identidad nacionales, así como la introducción de versiones criollas de las grandes tipologías arquitectónicas vigentes en Europa durante esta época (arquitectura neoclásica, arquitectura victoriana, arquitectura neogótica, etc), siendo esta época la de la construcción de importantes obras como el Teatro Nacional de Costa Rica;
  • el periodo moderno o del siglo xx, donde se da gran influencia de movimientos artísticos como el art nouveau, el art decó, la arquitectura modernista, y a partir de la segunda mitad del siglo, el estilo moderno internacional, utilizado en las grandes construcciones para albergar a las instituciones autónomas y gubernamentales creadas a partir de la Guerra Civil de Costa Rica, siendo hito importante la creación de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Costa Rica;
  • el periodo postmoderno o contemporáneo, donde el bioclimatismo, la construcción verde y la sustentabilidad marcan la pauta, con importante participación de la empresa privada.

Patrimonio histórico-arquitectónico[editar]

En cada provincia de Costa Rica existen varios edificios que han sido catalogados como parte del patrimonio arquitectónico de la nación, tanto por su particular arquitectura como por su importancia histórica. Muchos de estos inmuebles se han vuelto parte inherente del acervo cultural de la población en la que se ubican y del país, volviéndose en muchos casos puntos de referencia y signos de identidad cultural nacional y local. Entre ellos destacan escuelas, teatros, iglesias y antiguos edificios de gobierno.

Parques y plazas[editar]

Cada pueblo tiene sus parques urbanos, plazas y jardines con arraigo en la cultura popular, de relevancia histórico o referente social.

Otros parques y plazas:

Museos[editar]

Costa Rica cuenta con gran diversidad de museos especializados en todos los ámbitos: antropología, arqueología, artes, cultura popular, entomología, filatelia, historia, historia natural, numismática, etc. La principal institución es el Museo Nacional de Costa Rica, creado en 1887, que se encuentra actualmente en el Cuartel Bellavista, un antiguo edificio en forma de fortaleza que data de 1917, que luego de la abolición del ejército nacional en 1949 pasó a ser administrado por el museo y es su sede principal. El museo cuenta con varias salas de exhibición permanente, donde destacan la de historia precolombina, donde se exhiben más de 800 objetos prehispánicos provenientes de las tres grandes áreas culturales del país (Gran Nicoya, Central-Atlántica y Díquis), con una sala especial donde se exhiben piezas de oro precolombinas; la sala colonial, que es la reconstrucción de una antigua casa colonial guanacasteca que fue traslada al recinto del museo; la Casa de los Comandantes, que rescata la belleza arquitectónica del San José de finales del siglo XIX y principios del XX; también existe una sala de exhibición temporal, donde se han realizado exposiciones como la del festival Hinamatsuri de muñecas provenientes del Japón. El museo también cuenta en sus instalaciones con la Biblioteca Héctor Gamboa Paniagua y un mariposario.

En los bajos de la Plaza de la Cultura, se encuentran los museos del Banco Central de Costa Rica, localizados en un edificio subterráneo construido bajo esta plaza en la década de 1980. Este edificio fue construido por los arquitectos costarricenses Edgar Vargas, Jorge Bertheau y Jorge Borbón. Está construido en forma de pirámide invertida, cuenta con tres niveles y es el único edificio subterráneo del país. Cuenta con cinco galerías donde se exhiben exposiciones plásticas. En este edificio se encuentran el Museo del Oro Precolombino y el Museo de Numismática Jaime Solera Bennett. El Museo del Oro Precolombino alberga una colección de 1600 piezas de oro prehispánico que datan del 500 al 1500 a.C. Además de las piezas, se exhiben dioramas que reconstruyen la vida cotidiana de los indígenas costarricenses previo al contacto europeo, así como la reconstrucción de una tumba real de la zona del Díquis, exhibiciones que explican el uso y función de las piezas, la tecnología metalúrgica utilizada para elaborarlas y su función social, religiosa y cultural para los pueblos aborígenes. El Museo de Numismática, por su parte, presenta una muy completa exhibición de la historia monetaria del país desde la época prehispánica hasta la actualidad.

El Museo del Jade, anteriormente ubicado en la planta baja del Instituto Nacional de Seguros, posee la colección de piezas de jade más grande del mundo, con 2500 objetos. El jade precolombino de Costa Rica, cuya lapidaria data de 500 a.C a 700 d.C, fue un importante símbolo de rango y poder entre las sociedades autóctonas, y su elaboración se convirtió en una representación verdaderamente significativa del arte precolombino nacional. Además, el museo resguarda más de 3000 piezas de cerámica, donde destaca la cerámica nicoyana, patrimonio cultural del país. Desde el 2014 ocupa un moderno edificio de cinco pisos en las cercanías de la Plaza de la Democracia.

El Museo de Arte Costarricense se localiza en el Parque Metropolitano La Sabana, dentro de las instalaciones de la antigua terminal aeroportuaria de El Coco, en un inmueble de estilo neocolonial construido en la década de 1930. Esta institución lidera las principales actividades relacionadas con las artes plásticas de Costa Rica. Reúne y exhibe piezas artísticas de diversos artistas nacionales e internacionales, y cuenta con más de 6000 obras en su colección (pintura, escultura, fotografía, etc).

Otros museos importantes son el Museo Histórico Cultural Juan Santamaría en Alajuela, el Museo de la Cultura Popular en Barva de Heredia, el Centro Costarricense de la Ciencia y la Cultura, que alberga el Museo de los Niños, el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo, etc.

Escultura[editar]

Escultura en Costa Rica
Figura de guerrero precolombino hecha en piedra volcánica, originaria de Guápiles. Museo Walters.
«Los héroes de la miseria» (1908), obra escultórica en mármol, de Juan Ramón Bonilla, ubicada en el vestíbulo del Teatro Nacional de Costa Rica.
«Desnudo en cuclillas», obra de Francisco «Paco» Zúñiga en el Museo Ilana Goor en Jaffa, Israel.
Escultura en mármol de Carrara, obra de Jorge Jiménez Deredia, expuesta en el Foro Romano, Italia, en 2009.

El arte escultórico costarricense tiene sus inicios más tempranos en la época precolombina. Costa Rica como zona de transición, fue puente cultural de intercambio de bienes y servicios de las zonas de influencia mesoamericana y del sector de tradición suramericana, por lo que el arte posee características de estilos de otras zonas, pero no es imitación de estos, sino que se vio enriquecido por elementos, creencias y simbologías que lo dotaron de una fuerte personalidad, transformándolo en un estilo propio. Se advierte una nutrida expresión artística en la cerámica; la lapidaria en jade y piedra; la metalurgia, el vaciado y el fundido en oro; y el tallado en piedra. Destacan las esferas de piedra como un hito por su síntesis formal, es decir, que para una cultura en que lo común eran las formas altamente elaboradas y llenas de pictogramas, la conceptualización de la esfera como síntesis artística, simbólica y formal denota un grado de madurez plástico único. No obstante, su construcción y significado siguen siendo enigmáticos, pues si bien existen en otras culturas, nunca con el tamaño ni en las cantidades que se hallan en el país.

Durante el período colonial, este maravilloso arte se centra básicamente en temas religiosos, como por ejemplo la creación de estatuas de vírgenes, santos, ángeles o cruces. De los talleres de arte religioso surgirán importantes maestros escultores como Manuel Lico Rodríguez Cruz y Manuel María Zúñiga.. No es sino hasta finales del siglo XIX donde van a aparecer dos precursores de la escultura moderna: Fadrique Gutiérrez (1841-1897) y Juan Mora González (¿1860?-¿?), cuyo trabajo se destaca principalmente en la imaginería. Lo significativo de estos dos precursores es el hecho de que la escultura costarricense contemporánea nace en los talleres imagineros y no en la academia (la Escuela de Bellas Artes se había creado en 1897).

Maternidad, de Francisco Zúñiga.

Dos artistas, Juan Ramón Bonilla (1882-1944) y Juan Rafael Chacón (1894-1982), van a dar un gran impulso a la escultura costarricense con la llegada del siglo XX. Ellos, al viajar a Europa, entraron en contacto, el primero, con las técnicas de talla del mármol en Italia, y el segundo, con las obras escultóricas de diferentes artistas en España. Destacan en sus trabajos, la celebrada Los héroes de la miseria, en mármol, de Bonilla, obra creada en Italia en 1908 y luego traída a Costa Rica; se encuentra en el vestíbulo del Teatro Nacional de Costa Rica; y Desesperanza o Desesperada, talla directa en madera, de Chacón, una de sus piezas más reconocidas.

El sentimiento nacionalista que se empieza a desarrollar con la nueva intelectualidad de principios de siglo y las luchas sociales de la época ofrecen un marco idóneo a los jóvenes artistas que inician su trabajo en la década de 1930. Entre estos jóvenes se encuentran Max Jiménez (1900-1947), Juan Manuel Sánchez (1907-1990), Francisco Zúñiga (1912-1998) y Néstor Zeledón Varela (1903-2000), los cuales serían conocidos como La Nueva Sensibilidad o Generación de los Treinta. Este grupo se ha considerado fundamental en el impulso de la escultura costarricense: iniciados en los talleres de arte religioso, estos escultores se lanzaron a la búsqueda de nuevos lenguajes, inspirándose en el pasado prehispánico y la fauna nacional, y alejándose de la escultura académica, reinterpretando la estética precolombina en esculturas contemporáneas. En lo particular, Sánchez, escultor y grabador, intentó una continuación del pasado indígena proyectándolo en el presente sin perder su carácter americanista, mientras que el trabajo de Zeledón Varela se destacó por la escultura animalística en madera y la pervivencia del trabajo en piedra de la forma en lo que efectuaban las sociedades precolombinas. En el caso de Max Jiménez, hombre polifacético y artista de múltiples disciplinas, realizó obras escultóricas con descomposición de las formas humanas, en una búsqueda del abstraccionismo y el arte vanguardista.

De todos ellos, Francisco Zúñiga emerge como el escultor más definido y universal de Costa Rica en el siglo XX. Afincado en México, donde encontrará una atmósfera propicia para desarrollar todo su talento, tanto que hoy en ese país es considerado como uno de los grandes artistas del siglo XX, produjo una obra numerosa y de gran calidad estética en pequeño y gran formato. Entre las más destacadas esculturas de Zúñiga ubicadas en Costa Rica se encuentran: La Maternidad (1935, Hospital de la Mujer), Monumento al Agricultor y Mujeres caminando (1974, ambas en el Museo de Arte Costarricense), Yalalteca (1981, Edificio de Correos y Telégrafos en San José), Monumento al Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia (1974, Plaza de las Garantías Sociales frente a la Caja Costarricense del Seguro Social), Evelia con batón (1978, en el Centro Nacional de la Cultura) y La familia (1978, Instituto Nacional de Seguros). En lo que se refiere a sus principales obras en el exterior se encuentran: Alegoría de la Tierra y las Comunicaciones (piedra, friso de 7 metros de alto en el edificio de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas; SCOP, México D.F), Monumento a los Fundadores de Nuevo Laredo (bronce), Monumento al poeta Ramón López Velarde (bronce, Zacatecas, México), La riqueza del mar (grupo en concreto 9 × 3 m. Veracruz, México), Monumento a la Libertad (piedra, San Salvador, El Salvador), Física nuclear (bronce, bosque de Chapultepec, México, D.F.), Friso en el Banco de México (piedra), Mujer sentada (mármol negro), Mujer sentada con rebozo (bronce), Grupo de mujeres en pie (bronce), Mujer en la puerta (bronce), Frente al mar (bronce, grupo), Coloquio (bronce), y otras. En jardines y parques de México, Japón, El Salvador, Filipinas, Ecuador, Argentina, Estados Unidos y Costa Rica hay monumentos suyos. La obra de Francisco Zúñiga (quien también realizó grabado, dibujo, litografía y poesía), giró en torno al desnudo femenino, su indigenismo fue síntesis de la condición humana.

Monumento al Agricultor, de Francisco "Paco" Zúñiga. Bronce.
Madre Tierra, de Crisanto Badilla Argüello (1979). Talla directa en piedra.

Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y en sus años posteriores, las artes visuales acusaron un período de poca actividad. No es sino hasta los años 60 que, con la introducción del arte abstracto, surge el grupo de Los ocho, integrado por seis pintores (Luis Daell, Harold Fonseca, Rafael Ángel García, Manuel de la Cruz González, Guillermo Jiménez Sáenz y César Valverde Vega) y dos escultores, Néstor Zeledón Guzmán (1933) y Hernán González Gutiérrez (1918-1987). Este grupo fue fundamental para el despegue del arte nacional al introducir el arte abstracto, hasta ese momento desconocido en el país. Entre las obras de estos escultores destacan, de González Gutiérrez, El silbador, El búho hechicero (ambos en piedra, talla directa), Agonía, Mujer canoa (madera), entre otras, y de Zeledón Guzmán, Maternidad (granito), Monumento a Cleto González Víquez (granito), El Domingueño, IV Sueño: la tortuga, El caracol, Involución (madera) y otras. En este período aparece la obra de Olger Villegas (1934) dentro de la tradición figurativa con marcada influencia de Francisco Zúñiga y del realismo social mexicano: Maternidad, Madre indoamericana, Maternidad negra (talla en piedra), Monumento a las Garantías Sociales (grupo de bronce).

Luego de los años sesenta la escultura se abre a una serie de estilos, búsquedas, lenguajes y materiales. A pesar de ello, la tradición de la talla en madera y piedra va a mantener su predominio. En ese abanico se abren dos grandes campos en la creación escultórica de nuestros días: la naturalista/realista (Olger Villegas, Crisanto Badilla, Fernando Calvo, Mario Parra y Leda Astorga) ligada a la talla en madera y piedra, la cual se renueva constantemente tanto en su temática como en su estilo; y otra que concede mayor énfasis a la tendencia abstracta o simbólico/metafísica (Herbert Zamora, José Sancho, Aquiles Jiménez, Edgar Zúñiga, Marisel Jiménez, Franklin Zúñiga, Luis Arias, Emilio Argüello, Manuel Vargas, Domingo Ramos, Ibo Bonilla, Jorge Jiménez Deredia y Esteban Coto).

Es Jorge Jiménez Deredia el escultor costarricense más reconocido a nivel nacional e internacional en la actualidad. Jiménez Deredia es el primer escultor latinoamericano en colocar una obra en la Basílica de San Pedro: la Estatua de San Marcelino Champagnat, en mármol de Carrara. También es el primer artista contemporáneo en exponer sus obras en el Foro Romano, el más importante sitio arqueológico y patrimonial de la capital italiana. Educado en la escuela italiana, la obra de Jiménez Deredia gira en torno al tema de la maternidad, con la esfera como tema recurrente, inspiradas en las antiguas esferas de piedra precolombinas de la cultura del Valle de Díquis.

Pintura[editar]

Casa de adobes (1885), de Ezequiel Jiménez Rojas. Con esta pintura, la casa de adobes inicia un ciclo entre los jóvenes pintores de principios de siglo xx que terminará convirtiéndola en icono cultural del arte costarricense.

La pintura de Costa Rica posee un estilo propio y cuenta con distintas manifestaciones artísticas, con pintores representativos en variadas técnicas y estilos. A grandes trazos, la historia de la pintura costarricense se puede periodizar en cinco fases históricas, las cuales se utilizan para marcar sus diferencias, hacer énfasis en sus características, sus intereses, preocupaciones y momentos históricos: Tradición académica (1897-1930), Generación del Treinta o Nacionalista (1930-1960), Grupo Ocho (1960-1970), Nueva Figuración (1970-1980) y Postmodernista (1980 en adelante). En algunos casos, existirán pintores que cambiarán radicalmente sus estilos para probar nuevos, y que luego volverán sobre sus pasos para ajustarse a los nuevos tiempos y temáticas.

El arte pictórico costarricense va a surgir a finales del siglo xix de la mano de pintores extranjeros residentes en el país, como Santiago Páramo, Henry Etheridge, Emil Span, Tomás Povedano y Aquiles Bigot. El principal impulso para el desarrollo de la pintura nacional será el surgimiento de la Academia de Bellas Artes, fundada por Povedano en 1897, por lo que la pintura nacional tendrá una fuerte influencia europea y estilo académico. De esta época se destacan artistas como Enrique Echandi y Ezequiel Jiménez Rojas.

La llegada del siglo xx va a marcar un punto de inflexión en el desarrollo del arte costarricense, con la aparición de una nueva generación de pintores, escultores y escritores que va a revolucionar el ambiente artístico nacional, movimiento artístico que recibió el nombre de La Nueva Sensibilidad, la Generación Nacionalista o la Generación de los Treinta, y que incluyó a artistas como Francisco Amighetti, Francisco Zúñiga, Fausto Pacheco, Juan Manuel Sánchez Barrantes, Carlos Salazar Herrera, Luisa González, Néstor Zeledón Varela y Teodorico Quirós. Utilizando materiales autóctonos e innovando en motivos más nacionalistas, este grupo de artistas se rebela contra el estilo académico, probando nuevos estilos como el impresionismo y el surrealismo, técnicas como la acuarela y temas como la pintura paisajista rural y lo vernáculo. Este movimiento va a dar como resultado el surgimiento de una identidad nacional en el arte plástico costarricense, reflejado en la pintura, la escultura y la literatura. Surge una generación de artistas que va a impulsar el arte nacional ajeno al estilo académico, alejado de los cánones clásicos y la pintura de tono europeo.

Niña, por Tomás Povedano (sin fecha)

En las décadas de 1940 se dio un nuevo giro al arte nacional con el surgimiento de pintores influenciados por los movimientos vanguardistas latinoamericanos, destacándose en dicha área la pintura de Max Jiménez, utilizando como temas la figura femenina estilizada y/o deformada, y aspectos del mundo afrocubano. En la década de 1940 se fundó la Universidad de Costa Rica y se realizaron importantes modificaciones en los planes de estudio de la Escuela de Bellas Artes, incorporada a la Universidad. Se fortaleció la técnica de la acuarela con pintores como Margarita Bertheau, Luis Daell, Flora Luján y Ana Griselda Hine, creando una escuela tradicional y distintiva que goza de gran aceptación en el país. Aparecen las obras muralistas, en las cuales se destacarán artistas como Amighetti, Bertheau y Daell. Los frescos de estos artistas estarán presentes en muros de edificios de gobierno, clínicas e instituciones educativas. El muralismo costarricense, no obstante, y a diferencia del resto de Latinoamérica, no va a estar ligado a movimientos sociales o al indigenismo. También persistirá el retrato de factura académica con pintores como Gonzalo Morales Alvarado, Lolita Zeller de Peralta y Fabio Fournier.

Paisaje de Turrialba, por Emil Span (1912)

En 1950 surgen artistas importantes como José Francisco Alvarado Abella, Dinorah Bolandi y Jorge Gallardo. La década de 1960 marcó la introducción del arte abstracto en el país con la fundación del Grupo Ocho en 1961, formado por los pintores Rafael Ángel García, Harold Fonseca, Guillermo Jiménez Sáenz, César Valverde Vega, Luis Daell y Manuel de la Cruz González, y por los escultores Néstor Zeledón Guzmán y Hernán González Gutiérrez, a los cuales se unirán después la pintora colombiana Lola Fernández y los pintores Guillermo Combariza y Carlos Poveda. El Grupo Ocho organizó una serie de exposiciones al aire libre en la que el público costarricense tuvo por primera vez contacto con las manifestaciones plásticas del abstraccionismo, mostrándose obras que se encontraban dentro de la no figuración o utilizaban técnicas nuevas como el collage de materiales de desecho y de papel, rellenos de madera y dripping. Las obras de arte de esta generación se acercarán hacia el cubismo, el fovismo, la abstracción geométrica, la síntesis y la abstracción figurativa. En sus temáticas, se alejaron de la Costa Rica rural y campesina de sus antecesores y se enfocaron en adaptar el imaginario colectivo costarricense al ámbito urbano.

Nostalgia, por Marta Yglesias.

El acento expresionista surge en la década de 1970 de la mano de pintores como Francisco Amighetti, uno de los artistas más influyentes del arte costarricense, caracterizada su obra por su simplicidad y poder de síntesis. El arte figurativo y simbólico retomará un nuevo aire, apareciendo la pintura de denuncia social que retrata la pobreza, la marginalidad y la violencia, destacándose pintores como Rafa Fernández, Jorge Gallardo, Otto Apuy, Rafael Ottón Solís, José Miguel Rojas, Florencia Urbina, Luis Chacón, Pedro Arrieta, Fabio Herrera, Leonel González Chavarría y Fernando Carballo. Será emblemático de este periodo el Grupo Bocaracá. Algunos de estos pintores tendrán mucha influencia del neoexpresionismo alemán. El hiperrealismo de temática social tendrá a Gonzalo Morales Saurez como uno de sus principales representantes, mientras que la obra de Isidro Con Wong ha sido caracterizada dentro de la pintura instintiva.

A partir de la década de 1980, el arte nacional recibirá un nuevo impulso no solo en el ámbito público sino también en el privado, que va a repercutir decididamente en el rumbo de la plástica nacional durante las dos últimas décadas del siglo xx. La fundación de galerías de arte privadas permitirá al artista tener mayores posibilidades de expansión. Aparecerán los pintores postmodernistas, con una mezcla de técnicas y temas, inspirándose en aspectos de la modernidad como los medios de comunicación y el turismo. Destacarán pintores como Guillermo Trejos Cob, Joaquín Rodríguez del Paso, Adrián Arguedas, Emilia Villegas, Miguel Hernández y Rafael Sáenz Rodríguez.

Artes escénicas[editar]

Teatro[editar]

Vista del escenario y los palcos del Teatro Nacional de Costa Rica.

La actividad teatral del país es muy dinámica, posee una compañía estatal (la Compañía Nacional de Teatro) y la disciplina se enseña profesionalmente en dos universidades estatales, en varios institutos privados y en el Taller Nacional de Teatro. Funcionan 14 salas de teatro independiente, tres salas estatales y algunas regionales; en las que se puede ver desde teatro clásico hasta vodevil. Además, es frecuente que haya grupos de teatro de aficionados en algunas comunidades.

El teatro comenzó a manifestarse en Costa Rica durante la época de la colonización española, primeramente con obras traídas por los sacerdotes católicos, los cuales las utilizaron como método de evangelización. Tras la independencia en 1821, empezaron a arribar al país algunas compañías teatrales, provenientes de España, Italia y Francia, que presentaban sus obras en galerones y corrales de comedia al aire libre, como el teatro Villaseñor o el teatro Sifuentes. En 1850, bajo el gobierno de Juan Rafael Mora Porras, se construyó el Teatro Mora, que cambió su nombre a Teatro Municipal con la caída de Mora en 1860. Este teatro fue el lugar donde se presentaron las compañías teatrales entre 1860 y 1888, cuando el edificio fue destruido por un terremoto.

En 1891, fue inaugurado el Teatro Variedades, cuya importancia cultural en el desarrollo de la sociedad costarricense persiste hasta la actualidad, dado que permitió, a partir de ese momento, la presencia constante de compañías teatrales y otras sociedades artísticas (orquestas, prestidigitadores, circos, estudiantinas, etc), además de organizarse una compañía nacional de aficionados. Para finales del siglo XIX, y con la consolidación de una oligarquía de comerciantes y exportadores del café, principal motor de la economía nacional, el gobierno del presidente José Joaquín Rodríguez estableció un impuesto a la producción y exportación del café con el objetivo de construir un teatro, lo que finalmente permitió la inauguración, en 1897, del Teatro Nacional de Costa Rica, con la interpretación de la ópera Fausto de Charles Gounod, por parte de la Compañía de Ópera Francesa Aubry.

El Teatro Nacional de Costa Rica, de arquitectura neoclásica y decoraciones barrocas y de estilo rococó hechas en mármol de Carrara, una cúpula metálica fabricada en Bélgica, esculturas de Pietro Bulgarelli, Juan Ramón Bonilla, Pietro Capurro, Adriático Foli y Jorge Jiménez Deredia, y la pintura del italiano Aleardo Villa, "Alegoría del café y el banano", que decora el techo de la escalera principal, es considerado la joya arquitectónica de San José y ha sido declarado Monumento Nacional. En él se realizan presentaciones anuales de obras de teatro, danza, conciertos con orquestas sinfónicas, y reuniones y cenas de Estado. Además del Teatro Nacional y el Variedades, destacan el Teatro Popular Melico Salazar (1928), el Teatro Municipal de Alajuela, y un sinnúmero de teatros comerciales ubicados principalmente en San José.

La producción teatral ha conocido tres periodos importantes: a los primeros modelos de representación dramática a inicios del siglo xx, con obras de Ricardo Fernández Guardia (Magdalena, 1902), Carlos Gagini (Don Concepción, 1903) y Aquileo Echeverría (Pan francés, 1903), sumado a obras de dramaturgos como Ernesto Martén, José Fabio Garnier y Eduardo Casalmigia, siguió un periodo de producción importante en 1930 con la obra de Héctor Alfredo Castro Fernández (Espíritu de rebeldía, 1930; El vitral, 1937; Aguas negras, 1947), y luego una etapa entre 1960 y 1980, con dramaturgos como Alberto Cañas Escalante (La Segua, El luto robado, Uvieta, 1962), Daniel Gallegos (En el séptimo círculo, 1982; La casa, 1972; La colina, 1968, ésta última ganadora del Premio Aquileo J. Echeverría); y Samuel Rovinsky (Un modelo para Rosaura, 1974; Las fisgonas de Paso Ancho, 1971; El martirio del pastor, 1983), siendo considerada esta época la de mayor auge en la creación de obras de arte escénico. A partir de la década de 1990, el teatro entra en un periodo centrado en la creación de comedias de situación, muchas de ellas que a su vez sirven como crítica social o política, en lo general pintorescas y hasta sencillas, aunque otras carecen de introspección y son de simple proyección comercial, destacándose algunas obras de contenido social como 1856 (Juan Fernando Cerdas y Rubén Pagura), Pancha Carrasco reclama (Lupe Pérez y Leda Cavallini), Eva sol y sombra (Melvin Méndez), Reflejo de sombras (Arnoldo Ramos), Olimpia (Linda Berrón), La tertulia de los espantos (Jorge Arroyo) y Baby boom en el paraíso (Ana Istarú).

Literatura[editar]

Aquileo Echeverría, llamado "el Poeta de Costa Rica", autor de Concherías, entre otros.

La literatura costarricense, aunque joven, ha producido algunos escritores de proyección internacional, cuyos trabajos han sido traducidos a varios idiomas. Entre los géneros literarios, predominan la poesía, el cuento y el ensayo. Hacia finales del siglo XIX y principios del siglo XX, aparece la creación literaria propiamente dicha, siendo el costumbrismo el primer movimiento literario: El hojarasca (1894) de Ricardo Fernández Guardia; El Chamarasca (1898) de Carlos Gagini; La propia (1895) de Manuel González Zeledón y El Moto (1900) de Joaquín García Monge. La poesía aparece a partir de 1890, siguiendo el mismo estilo literario. Destacan las Concherías de Aquileo J. Echeverría, que rescatan el folclor costarricense y la vida bucólica del campo. Con la introducción del modernismo aparecieron destacados poetas como Roberto Brenes Mesén, Lisímaco Chavarría (Orquídeas, 1904; Nómadas, 1904; Añoranzas líricas, 1908), Rafael Ángel Troyo.

Entre 1900 y 1920 aparece el realismo, con tendencias más modernistas y menos idílicas que se contraponían al estilo de vida campesino tradicional. Destacan El árbol enfermo (1898) de Carlos Gagini y Cuentos de mi tía Panchita, de Carmen Lyra, colección de cuentos considerada obra magna de la literatura infantil costarricense.

La fundación de la revista Repertorio Americano por Joaquín García Monge estimuló la literatura vanguardista en Costa Rica. El estilo realista preparó el terreno para la llegada de la literatura socialista, relacionada con el periodo de reformas sociales en Costa Rica que se dio durante los años 40, periodo en el cual se produjeron muchas de las grandes obras de la literatura nacional, por lo que se considera una etapa fundamental de en la formación de la literatura contemporánea costarricense. Muchos de los autores de este época fueron activistas de los movimientos socialistas, comunistas y reformistas de este periodo de la historia costarricense. Autores como Carmen Lyra (En una silla de ruedas, Bananos y hombres) y Carlos Luis Fallas (Mamita Yunai, Gentes y gentecillas, Marcos Ramírez, Mi madrina), quien expone en sus obras los abusos hacia los trabajadores por parte de la compañía bananera United Fruit Company, se caracterizan por el eclecticismo y la mezcla de elementos disimiles, combinando el romanticismo, modernismo y la experimentación vanguardista.

La década del 40 es una época cumbre de la literatura costarricense, con autores cuyas obras hoy se consideran clásicos: Joaquín Gutiérrez Mangel (Cocorí, Puerto Limón, La hoja de aire, Murámonos Federico); Fabián Dobles, (Historias de Tata Mundo; Una burbuja en el limbo, 1946; y El sitio de las abras, 1950); José Marín Cañas, cuya obra Pedro Arnáez (1942) explora las tribulaciones de un trabajador de una compañía minera; Juan Varela (1939), de Adolfo Herrera García, expone como protagonista al campesino, pero ya no desde el punto de vista bucólico, sino en un estilo de vida austero que exige un cambio social; Carlos Luis Sáenz destaca por su obra infantil (Mulita mayor, El abuelo cuentacuentos) y los poetas Isaac Felipe Azofeifa (El viejo liceo, 1937; Trunca Unidad, 1958; Vigilia en pie de muerte, 1962; Canción, 1964), Julián Marchena (Alas en fuga, Romance de las carretas) y Eunice Odio.

Mamita Yunai, de Carlos Luis Fallas, es una de las novelas más importantes de la literatura costarricense.

Los años 1940 fueron una época de rica producción literaria. Se destacó también Luis Dobles Segreda, poeta, bibliófilo y escritor herediano; Yolanda Oreamuno, cuya literatura explora las dimensiones psicológicas y ocultas de la psique femenina (La ruta de su evasión, 1949); Carlos Salazar Herrera, conocido por sus Cuentos de angustias y paisajes (1947), que exploran historias desarrolladas en el ámbito rural pero con ámbitos psicológicos más profundos que las historias regionales. En los años 1960 surgieron autores muy importantes: el poeta turrialbeño Jorge Debravo (Nosotros los hombres), Laureano Albán y Alfonso Chase, cuyas obras no solo critican la realidad social sino que se esperanzan en la posibilidad del cambio. En la prosa, destacan Alberto Cañas Escalante (Oldemar y los coroneles, Los molinos de Dios), Carmen Naranjo (Más allá del Parismina), José León Sánchez (La isla de los hombres solos, Tenochtitlan: la última batalla de los aztecas) y en la poesía, Julieta Dobles (Costa Rica poema a poema).

La crisis económica de los años 1970 y 1980 impulsó del desarrollo de una literatura más dedicada a explorar la identidad nacional, con temática de crítica y denuncia social, desde un punto de vista de desencanto con el desgaste del modelo de desarrollo del Estado costarricense, con autores como Rafael Ángel Herra (La guerra prodigiosa, 1986), Fernando Contreras Castro (Única mirando al mar, 1983), Fernando Durán Ayanegui (Las estirpes de Montanchez, 1992), Tatiana Lobo (Asalto al Paraíso, 1992), Anacristina Rossi (La loca de Gandoca, Limón Blues, Limón Reggae).

Costa Rica también posee una basta producción de historiadores nacionales, donde destacan Cleto González Víquez, Rafael Obregón Loría, Ricardo Fernández Guardia, Luis Felipe González Flores, Victor Manuel Elizondo y Carlos Meléndez Chaverri. En lo que se refiere al teatro, destacan las obras de Samuel Rovinsky (Las fisgonas de Paso Ancho), Alberto Cañas (Uvieta, La Segua), Alfredo Castro Fernández (El punto muerto), la también poetisa y guionista de cine Ana Istarú (Hombres en escabeche, Baby Boom en el paraíso, Caribe).

Folclor[editar]

Costa Rica es una tierra rica en elementos culturales y folclor, con múltiples influencias culturales, mayormente de los indígenas, españoles, y después de las poblaciones negras provenientes de África y Jamaica. La tradición folclórica costarricense incluye diversas manifestaciones culturales que incluyen la música, la danza, las leyendas y tradiciones, las bombas y retahílas, los instrumentos coloniales y las canciones tradicionales, que generalmente son utilizadas durante las festividades populares y patronales, y que varían de acuerdo a cada región y pueblo del país.

Cultura del café[editar]

Fotografía de finales del siglo XIX que retrata a los recolectores de café en Costa Rica.

El café de Costa Rica fue, casi desde el nacimiento del país como nación independiente, la base de su economía y su principal motor de desarrollo. El cultivo del café a partir de mediados del siglo xix tuvo consecuencias sociales y culturales diferenciadas que funcionaron como parte de la construcción de la identidad nacional. La caficultura se ha prestado para la elaboración de símbolos, emblemas y estereotipos. En la actualidad, la temática del café es uno de los motivos más representados en las artes, las artesanías, el folclor y la cultura popular. Su presencia se halla presente en muchos de los símbolos que pretenden expresar identidad nacional: la carreta pintada, la casa de adobe, el paisaje rural del Valle Central, etc.

Para la época de la independencia, en 1821, Costa Rica ciertamente era la provincia más pobre y atrasada del Imperio Colonial Español. No obstante esto, para mediados de 1830 el país comenzó a mostrar signos de progreso y recuperación económica, debido principalmente a las ganancias que se obtenían de la economía del café, que se exportaba a Inglaterra. El café se convirtió en un agente civilizador, en el "grano de oro", dado que la prosperidad obtenida de su comercio se transformó en progreso económico y avances sociales, que luego fortalecieron el proceso de idealización y construcción de identidades. Se formó una clase de medianos y pequeños productores campesinos que ocuparon grandes territorios del Valle Central, aptos para el cultivo del café. Con el tiempo, se formó una élite social y política dominante enriquecida gracias a su cultivo. Esta oligarquía determinó los destinos políticos del país por muchos años, y en muchas ocasiones, de forma caprichosa y no siempre acertada.

Detalle de Alegoría del café y el banano, de Aleardo Villa, en el techo del Teatro Nacional de Costa Rica, representa campesinas costarricenses recogiendo el grano de oro.

Durante el siglo xix, el café fue tema principal de billetes y monedas. De hecho, su imagen aún se encuentra presente en el escudo nacional. La literatura costumbrista plasmó el arquetipo del campesino del Valle Central con su aire jovial, sencillo, bonachón y algo ingenuo. Las primeras manifestaciones del arte y la arquitectura nacionales tuvieron al café como motivo y principal impulsor. El Teatro Nacional de Costa Rica fue edificado en 1897 parcialmente financiado con un impuesto a la venta del café. Las decoraciones y obras de arte presentes en este edificio, considerado joya y patrimonio histórico de la nación, son en gran medida alusivas a esta bonanza obtenida por la exportación del grano. El café llegó a convertirse en un mito símbolo de un pasado exitoso y la promesa de un futuro asegurado. Surgió la idea de que en Costa Rica se produce "el mejor café del mundo".

Las carretas como arte están íntimamente vinculadas al café dentro de la "cultura del café" de Costa Rica y tienen una tradición que data de más de tres siglos.

Con el tiempo, esta imagen idealizada y estereotipada, no necesariamente real, de una Costa Rica democrática, igualitaria y semirrural fue quedando plasmada en el imaginario colectivo, principalmente de los habitantes del Valle Central, representados como labriegos sencillos, descendientes de españoles, católicos, de tez blanca, afanados en la "cogida de café" en medio de extensos cafetales rodeados de pacíficas montañas, imagen simbólica opuesta al Caribe habitado por la población negra, protestante, de habla inglesa, dedicada al cultivo del banano y sometida a las vejaciones de una naturaleza adversa. No es sino hasta recientemente, con la comprensión de la naturaleza pluricultural y multirracial del país, que esa oposición simbólica entre el Valle Central y el Caribe ha comenzado a diluirse, evidenciando que Costa Rica es una tierra de contrastes culturales.

Con el siglo xx y la urbanización del Valle Central, los cafetales fueron desapareciendo ante el avance de la ciudad, y poco a poco el café dejó de estar apegado a la imagen de nación democrática e igualitaria, para convertirse en un vínculo con el pasado. Esta relación es más fácil de entender conforme el cultivo del "grano de oro" ha dejado de pesar en la economía nacional, al punto de que la mayoría de las familias costarricenses ya no dependen de él. Las "cogidas de café" pasaron a manos de los inmigrantes nicaragüenses y los indígenas ngöbe provenientes de Panamá, sin cuyo trabajo la recolecta del grano no sería posible.

A pesar de esto, el café continúa siendo un recurso mediante el cual se idealiza el pasado, manifestado en nuevas formas de expresión como el cultivo del café orgánico, "ecológico y en armonía con el ambiente", la producción del café gourmet, los coffee tours que atraen al turista extranjero, las artesanías más diversas asociadas al cultivo del café: el chorreador, la cafetera y la taza de lata, la carreta pintada y su yunta de bueyes, cargada de granos de café, las casitas de adobe, la mujer campesina con su enagua de colores, los canastos para recolectar el grano, el pañuelo, el machete y el chonete del campesino, etc.

Cultura del banano[editar]

La producción bananera usó mano de obra afrocaribeña.

El Caribe costarricense, con su zona bananera y su dramática historia acaecida entre 1872 y 1985, con sus realidades y leyendas, ha tenido una contribución determinante en la mitología popular costarricense, y ha contribuido como tal a modelar una identidad cultural matizada con los sentimientos sociales solidarios consensuados, así como la percepción de la "hombría aventurera" del tico.

En oposición al Valle Central, el Caribe se presenta como una tierra exótica donde el dominio de la naturaleza y la injusticia social de la época exige la supervivencia del más fuerte. Con una visión más bien romántica, la "zona" se convirtió en una metáfora, un primer destino para el "sueño americano" de los costarricenses, un limbo sin Dios ni ley, una “tierra de hombres” (se ha calculado que, durante la época del auge bananero, había unos 1.000 hombres por cada 10 mujeres), una suerte de "Siberia misteriosa", donde había trabajo bien remunerado para cualquier hombre intrépido, o bien, prófugo de la justicia, cansado de una esposa inaguantable, con ganas de hacer dinero rápido, cambiar de vida o demostrar que era "muy macho", o simplemente la última alternativa para un necesitado de trabajo con el fin de mantener a sus hijos estudiando en el Valle Central.

Carrileras en una finca de banano en Costa Rica.

La zona bananera pues, es un lugar donde confluye un crisol de razas: negros, chinos, italianos, indígenas, nicaragüenses y "cartagos", como se les llamaba a los costarricenses provenientes del resto del país.

A partir de esta mitología, el cultivo del banano en la zona caribeña de Costa Rica, dimensionado especialmente en el conflicto social que surge a partir de la marginación de las clases sociales bajas, representadas en el trabajador del ferrocarril, el trabajador de la plantación bananera, la mujer o el pequeño propietario campesino, ha tenido repercusiones que se van a ver reflejadas en especial en la literatura costarricense, sobre todo en los autores y obras surgidas en la época entre 1920 y 1940. La marginación de estas mayorías populares, opuestas al papel liberal del Estado, aliado a la todopoderosa y multiforme United Fruit Company, figura de la entrega del capital nacional al extranjero, así como la aparición del ideal comunista como movimiento de vanguardia y reacción social, es temática central de obras como Bananos y hombres (Carmen Lyra, 1931), Juan Varela (Adolfo Herrera García, 1939), algunos Cuentos de angustias y paisajes (Carlos Salazar Herrera, 1940), Mamita Yunai (Carlos Luis Fallas, 1941, considerada obra cumbre sobre el tema), Puerto Limón (Joaquín Gutiérrez Mangel, 1950), varias de las Historias de Tata Mundo (Fabián Dobles, 1956), y Limón Blues (Anacristina Rossi, 2002), donde la zona bananera del Caribe es escenario de esta lucha social.

Cultura del cacao[editar]

Cacaotal alrededor del Usuré (rancho ceremonial Bribri) en la comunidad indígena de Yorkín, Talamanca, Costa Rica, 2014

Un tanto olvidada en el Valle Central ha quedado la influencia del cacao en la conformación de la cultura costarricense, pero su huella en el imaginario colectivo es imborrable, por ser el hilo socioeconómico conductor entre la cultura indígena ancestral y la historia posterior a Colón. Ha aparecido cíclicamente en momentos claves, normalmente asociado a la zona caribeña y sus culturas predominantes: la indígena y caribeña, ambas con una contribución indiscutible a la cultura nacional.

Durante milenios, cientos de generaciones han sobrevivido a la sombra del cacaotero, los niños han chupado sus semillas para limpiarlas a escondidas de sus padres, los jóvenes han esperado el sol de cada día para secarlas y allí han encontrado sus parejas, los mayores cuidan todos los detalles y ritos para obtener el primer “grano de oro” de Costa Rica.[10]

Antes de la colonización española y no se sabe desde cuándo, la semilla de cacao era usada por los indígenas como medio de cambio, como lo consignó en sus descripciones de la zona de Nicaragua y Costa Rica el conquistador Gonzalo Fernández de Oviedo a inicios del siglo XVI. El cacao fue uno de los primeros motores de la economía colonial de Costa Rica, estableciendo un ciclo económico entre 1727-1747, cultivándose principalmente en la zona de Matina.[11] Su uso como moneda continuó de hecho hasta finales del siglo XIX, cuatro siglos después de iniciada la colonización y casi un siglo después de la independencia nacional.

El consumo del cacao como parte de la cultura costarricense tiene sus raíces en la época precolombina. Para los bribris, Sibú había creado a las personas a base de semillas de cacao (ditsö). La esposa de Sibú, Tsuruh, era la personificación del cacao, y sus coloridos vestidos eran la flor de esta planta. Los indígenas de la Región Central y Atlántica de Costa Rica elaboraron jarrones que se utilizaban en festivales religiosos y funerarios, en los que calentaban chocolate y chicha para su consumo ritual.[12] Fernández de Oviedo, durante su visita al Reino de Nicoya, señala que en Nicoya y en la isla de Chira, el cacao se usaba también con fines medicinales, a partir de la elaboración de una manteca especial para curar heridas y mordeduras por serpientes.[13] Durante la época colonial, los colonos costarricenses acostumbraban tomar bebidas hechas a base de cacao durante tres tiempos del día: durante el desayuno, en el cual se consumía una bebida caliente entre las 5 y 6 de la mañana; a la tarde, cuando se tomaba el tibio, bebida de cacao generalmente sin azúcar, o el chilate (que todavía se prepara en lugares como Alajuela), hecho de maíz tostado y molido con cacao más chile y agua; y a las 7 de la noche, se tomaba el chocolate, espumoso y bien batido, para ir a dormir.[14]

El cacao, al igual que las esferas de piedra, continúa fuertemente arraigado en el inconsciente colectivo como una conexión viva con las raíces ancestrales. Para un tico, el sabor del cacao es el sabor de la historia.

Tradición del boyeo y la carreta típica[editar]

Desfile de boyeros en San Isidro de Heredia.

La fabricación de carretas de bueyes pintadas de forma característica es una de las tradiciones culturales más famosas de Costa Rica tanto a nivel nacional como internacional. La carreta fue el medio de transporte por excelencia durante la colonia y gran parte de los inicios de la vida independiente del país, en especial en lo que se refiere al transporte del grano de café desde el Valle Central hasta Puntarenas para su posterior exportación. El café fue, durante el siglo XIX y gran parte del siglo XX, impulso del desarrollo económico del país.

Rueda de carreta típica.

El arte de la carreta pintada se caracteriza por la coloración en formas geométricas, flores, rostros y paisajes en miniatura, además de las características puntas de estrella, todo lo cual se hace a mano. Generalmente, la carreta se pinta de color anaranjado, blanco o rojo, y encima se le pintan los diseños característicos, que en el pasado también se utilizaban para identificar la comunidad o lugar de procedencia del boyero. La elaboración de estas carretas es especialmente conservada en el distrito de Sarchí, en el cantón de Valverde Vega, aunque las celebraciones a los boyeros (el que cuida y guía los bueyes que jalan las carretas) se realizan en diversos cantones a lo largo y ancho del país, como Escazú, donde se celebra el Día Nacional del Boyero, los segundos domingos del mes de marzo en el distrito de San Antonio de Escazú, donde se realiza un colorido desfile de carretas que recorre las calles principales del cantón.

La tradición del boyeo y la carreta típica costarricense es Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad de la Unesco desde el 24 de noviembre de 2005. Además, la carreta es uno de los símbolos patrios de Costa Rica, pues simboliza la cultura de la paz y el trabajo del costarricense, la humildad, la paciencia, el sacrificio, y la constancia en el afán por alcanzar los objetivos trazados del pueblo costarricense.

Trajes típicos[editar]

La enagua de vuelos amplios es parte de la indumentaria del traje típico.

Los trajes típicos representan uno de los elementos más importantes del patrimonio histórico y cultural de Costa Rica. Cada región y provincia del país tiene su propio traje de gala o de trabajo, con folclor e historia detrás. Aunque el traje es de tipo tradicional, ha ido sufriendo cambios tanto en las áreas rurales como urbanas, debido a factores históricos. También existen varios factores que influyen en la manera de vestir: condiciones geográficas, climáticas, económicas y sociales. Los trajes típicos se basan en la funcionalidad y la comodidad para poder realizar las tareas diarias, o para protegerse del clima o las inclemencias naturales. En la actualidad, los trajes típicos son parte fundamental de las actividades cívicas y folclóricas de cada pueblo del país. Se utilizan en actos conmemorativos, fiestas patrias y actos culturales.

En el traje típico tradicional, predominan los colores patrios dedicados a la bandera nacional, que son utilizados principalmente en las actividades cívicas como las celebraciones de la Independencia, la Anexión del Partido de Nicoya o el 11 de abril. También existen trajes dedicados a las leyendas costarricenses, a la flor nacional, a tradiciones locales, a música y danzas de cada pueblo, fiestas populares y otras.

Jóvenes con trajes típicos.

El traje típico de Costa Rica se ha ido generalizando, de tal manera que los cambios se dan en la combinación de colores que se utilizan, con predominio de los colores vivos. La mujer generalmente utiliza una blusa blanca con vuelos, de color blanco, con ribetes de diferentes combinaciones de colores. Característica es la falda de vuelos amplios, larga hasta el tobillo, de elástico en la cintura y vivos colores, cuyo diseño recuerda a la rueda de carreta típica pintada. Durante los bailes folclóricos, las mujeres agitan esta falda dándole mucho colorido a la interpretación de la pieza. Se utilizan sandalias de cuero en los pies, aretes y se adornan la cabeza con trenzas, moños y flores, preferiblemente la guaria morada, flor nacional. En ocasiones cargan canastas llenas de flores o portan un delantal que hace juego con la blusa.

El hombre lleva sombrero de ala pequeña. Dependiendo del personaje que representa, el sombrero puede ser de tela blanca (comúnmente conocido como "chonete"), cuando representa al campesino, o bien, un sombrero de paja cuando se representa una persona de más recursos, como el gamonal. Mientras en la mujer destaca la falda, el elemento indispensable del hombre es el pañuelo, que puede ser rojo o azul, con decorados de figuras semejantes a los que se observan en las carretas típicas pintadas. El pañuelo puede ir anudado al cuello o en las manos, o atado a la cintura. La camisa es blanca o de color claro, con pantalón largo. Un fajón de tela hace de cinturón. El caite constituye el calzado. Pueden cargar alforjas o machete.

El primer traje típico costarricense que se conoce históricamente es el indígena, que empezó a ser utilizado en el país luego del descubrimiento y la conquista. Entre los trajes indígenas que sobreviven hasta la actualidad, el que usa la mujer de la etnia ngöbe, de la zona sur del país, es uno de los más conocidos, tejido de pequeños cuadros de tela de muchos colores.

Otro traje típico distintivo es el que corresponde a la provincia de Limón, que revela influencia afroantillana y británica y difiere del traje tradicional del Valle Central y Guanacaste. Era especialmente utilizado en los bailes de cuadrilla, incluyendo elementos como guantes blancos, chaleco, camisa de algodón y zapatos de charol en el hombre, y la enagua de colores estampados o el turbante africano en la mujer.

Música folclórica[editar]

Un marimbero costarricense. La marimba ha sido declarada instrumento nacional de Costa Rica.

La música costarricense, como es el caso de la mayoría de las manifestaciones culturales del país, es una mezcla de ritmos que llegaron de muchas partes. Dada la conformación etnológica de Costa Rica, una serie de ritmos han confluido y se han ido fusionando para dar origen a nuevas expresiones musicales, de carácter autóctono. Se reconocen en ella influencias españolas, antillanas e indígenas, y con el tiempo ha recibido también influencias de otras regiones de América Latina. La música folclórica costarricense se produce en cuatro zonas específicas del país: Guanacaste, Valle Central, Limón y Puntarenas. Sin embargo, cabe mencionar que cada provincia es autónoma por lo que cuenta con su propia idiosincrasia, además la música amerindia está presente en las diversas zonas y complementa la cultura nacional. Entre los instrumentos coloniales destaca la marimba, que fue declarada instrumento nacional de Costa Rica el 3 de septiembre de 1996, mediante el decreto Nº 25114-C publicado en el diario oficial La Gaceta Nº 167. Otros instrumentos son el quijongo, las ocarinas, el bajo de cajón, el sabak, las flautas de caña, el acordeón, las chirimías, los tambores, el güiro, la mandolina y la guitarra.

La música guanacasteca es el tipo de música folclórica más representativa de Costa Rica, cuenta con influencia española, nicaragüense, yucateca, cubana, panameña y colombiana, y se manifiesta en la forma de puntos, batambas, arranca terrones, floreos, tambitos, garabitos, parranderas, barranquitas y vals entre otros. El punto guanacasteco es considerado el baile típico nacional. No tiene letra, sino que es característico que se acompañe el baile y la música con la entonación de bombas, que son coplas cortas y alegres en forma de cuartetos, en las cuales los hombres y las mujeres se lanzan frases ingeniosas con fondo romántico o picaresco. Las canciones tratan acerca de las costumbres típicas de los pueblos, las familias campesinas y los quehaceres de la vida diaria, así como de las aventuras del sabanero, peón a caballo que cuida del ganado, describiéndolo como un personaje alegre, romántico, serenatero, bailador, montador de toros y domador de caballos. Canciones populares son El torito, Pasión, Amor de temporada, Pampa, Caballito nicoyano y otras. Entre los mayores exponentes musicales de esta región están Jesús Bonilla Chavarría (Pampa, Luna liberiana, esta última himno del cantón de Liberia), Héctor Zúñiga Rovira (Amor de temporada, La muerte del sabanero, Una noche en la hacienda), Medardo Guido Acevedo (Pasión, Espíritu guanacasteco) y el grupo Los de la Bajura.

La música y canciones folclóricas han sido conservadas en el país de la mano de folcloristas como María Mayela Padilla.

La música del Valle Central tiene formas musicales e instrumentos de influencia europea, como el acordeón, la trompeta, el bajo, el saxofón y los timbales. Entre los ritmos más antiguos resaltan el vals costarricense, la jota, la mazurca y la polka, introducidos por los españoles durante la colonia y que era representativo de las clases altas de Cartago y San José. Patriótica costarricense, considerada el segundo himno nacional de Costa Rica, es un ejemplo de vals costarricense. También destacan el floreo, el tambito, y las batambas, entre las que destaca el estilo "jorqueño" (por Vuelta de Jorco, pueblo de Aserrí), donde las canciones se caracterizan porque cada estrofa es más larga que la frase musical, por lo que la letra "no calza bien" con la música, y el cantor debe "echar una carrera" en ciertas partes para no perder el compás, diciendo la letra en forma "atropellada", lo que le da un matiz característico. Ejemplo de este estilo es la canción Maicerita mía, de Lorenzo Lencho Salazar. Otros géneros importantes son el tambito, el pasillo y los corridos. También existe otro género llamado aire nacional, más acompasado y similar al vals, en la que destacan las canciones Caña dulce y Guaria morada, ambas consideradas himnos musicales del país. Otras piezas musicales importantes son El tambito josefino (conocido también como Vamos a bailar), La botijuela, La tinaca, Café de Costa Rica, etc. Entre los principales autores de este género se encuentran José Daniel Zúñiga Zeledón (Caña dulce, el corrido Costa Rica), Lencho Salazar (El ángel, La serenata, La Segua, El Cadejos, El quijongo, Maicerita mía), María Mayela Padilla (El abuelo, Por eso nos llaman ticos), Hernán Elizondo Arce (Himno al guaro), Roberto Gutiérrez y Carlos López (Guaria morada) y Carlos Guzmán Bermúdez (Soy tico).

Las comparsas son parte esencial de los Carnavales de Puntarenas.

La música costeña puntarenense tiene sus orígenes en la mezcla de ritmos criollos como el tambito generaleño y la cumbia colombiana. Puntarenas, puerto y ciudad costera, recibió durante la Colonia influencia tanto del Virreinato de Nueva España como el Virreinato de Nueva Granada. Entre los ritmos, el más distintivo es la campera, ritmo alegre que se toca con guitarra. La provincia se caracteriza por la celebración de las tonadas, canciones inspiradas en las "fiestas de los novios", las "velas de los angelitos", el Carnaval de Puntarenas, o las leyendas propias de la región. Otros ritmos de Puntarenas son el pasillo, las comparsas, las parranderas y el bolero costarricense, cuyo mejor exponente es el himno de la provincia, Recordando mi puerto, de Orlando Zeledón y una de cuyas versiones más famosas han sido interpretada por el cantante puntarenense Gilberto Hernández. Representantes de la música puntarenense son Octaviano Solano (Tardes esparzanas), Carlos Luis Soto (El pescador artesanal, Paisajes puntarenenses, Te conocí en Puntarenas), Alexander Flores (Mi Puntarenas, Si me voy pa'l puerto), Freddy Camacho Luna (Canto a mi Puntarenas), Luis Jiménez (Boca del río Barranca), Everardo Saborío (Atardecer porteño) y otros.

El calypso limonense es patrimonio cultural de Costa Rica.

La música afrocaribeña limonense tiene dos influencias: la española y la afroantillana. El ritmo más importante es el calipso limonense, introducido en 1872 en el país de la mano de inmigrantes jamaiquinos, por lo que tiene influencias del mentó jamaiquino y el calipso trinitario, pero que a su vez ha desarrollado un estilo propio. De los ritmos costarricenses, es el más rítmico y actualmente es considerado patrimonio nacional. Utiliza instrumentos como el quijongo, el bajo de cajón, el ukulele, el sheky-sheky, las maracas, la guitarra, tambores, bongoes, tumbas y cencerro. Los autores de los calipsos suelen improvisarlos, abordando temas que relatan las situaciones económicas y culturales que acontecen. Generalmente, los cantan en inglés o en mekatelyu, aunque en ocasiones introduciendo frases en español, lo que le da un aire característico. Entre los principales calipsonians se encuentran Walter "Gavitt" Ferguson (Cabin in da Watta, Callaloo, Carnaval Day, Carolyne, Tacuma and Anancy, Landlady, Black man food), Cyril Sylvan (Stop doing what you doing, La canción de la langosta, Skelintan, Fire in the land, Zancudo con dengue), Manuel Monestel y el grupo Cantoamérica (Still burning around, Merry woman, One pant man), Herberth "Lenky" Glinton ( Mama come and take me home, Nowhere like Limón, este considerado himno de la provincia de Limón), Robert "Buda" Kirlew, Reynaldo "Shanty" Kenton, etc. Otros ritmos son el baile de cuadrilla, traído por los inmigrantes jamaiquinos, y que tiene influencias afroantillanas y británicas; el sinkit, más carnavalesco, las comparsas, de origen africano y llegadas a Limón en 1949; el son, melodioso y cadencioso; y la presencia del canto religioso tipo góspel, surgido de las iglesias bautistas de la provincia limonense.

La música amerindia era ante todo de carácter utilitario, es decir, que cumplía una función determinada, en su caso especialmente religiosa: se le utilizaba ante todo para acompañar los ceremoniales y las danzas dedicadas a tal o cual deidad, por ejemplo, «Sibö», máximo dios bribri, o «Cha Cónhe» para los maléku. Incluso la música para bailar, propia de festejos y celebraciones, se incluye en esa categoría porque dichas festividades por lo general estaban asociadas al culto religioso. Si bien no habían, por lo que se sabe, músicos "profesionales" (en el sentido de que su única ocupación fuera la música), sí había el oficio o gremio (en el sentido de un grupo selecto y formado especialmente para ello) de músico, en el cual había aprendices, maestros, y uno o dos músicos principales. La enseñanza era individual, con un maestro a cargo de un aprendiz, al cual le enseñaba básicamente el dominio de su instrumento y las melodías que habría de utilizar en las ceremonias. Se tiene mejor suerte con respecto a sus instrumentos, aunque aquí hay que decir que se conserva memoria histórica sobre todo de aquellos que por su propia constitución y materiales han conseguido sobrevivir a la carcoma del tiempo.

Tradiciones, costumbres, fiestas, bailes[editar]

Corrida de toros "a la tica" en las Fiestas de Zapote.

Entre las tradiciones costarricenses, se destacan festividades que combinan la influencia indígena con la española, festividades cívicas y festividades populares. Existen algunas celebraciones que reflejan la herencia indígena, siendo una de las más importantes el juego de los diablitos de Boruca en Rey Curré, que se celebra los fines de año en el cantón de Buenos Aires de Puntarenas. Algunas fiestas religiosas reflejan sincretismos entre las creencias indígenas y la tradición católica, como por ejemplo la Danza de la Yegüita en Nicoya, que se celebra en honor a la Virgen de Guadalupe y está basada en una leyenda local, o el baile de los indios promesanos durante la celebración del Cristo Negro de Esquipulas en Santa Cruz de Guanacaste.

Entre las celebraciones de índole folclórico y popular, destacan las fiestas de Zapote el fin de año. También son populares las fiestas de Palmares. Cada pueblo tiene también sus propias festividades locales, con algún factor distintivo propio de cada comunidad (por ejemplo, la Fiesta del Tamal en Aserrí, la Chicharronada en Puriscal, la Carrera de las Mulas en Parrita, la Fiesta del Boyero en Escazú,[15] los Carnavales de Puntarenas o de Limón, etc), todas ellas contando con denominadores comunes como la presentación de la mascarada tradicional costarricense a ritmo de cimarrona, los topes y cabalgatas, los carnavales, las corridas de toros "a la tica", la monta de toros, las carreras de cintas y los turnos. Existen particularidades como las de la localidad de Ortega de Bolsón (Guanacaste), donde se celebra la lagarteada (caza de un lagarto que luego se libera) el Viernes Santo.[16] Cada localidad tiene sus propias festividades patronales. Otras celebraciones de importancia a nivel nacional son la celebración del Día de la Madre el 15 de agosto; el desfile de los faroles el 14 de septiembre (víspera del Día de la Independencia); la decoración de carretas típicas, las pulperías de pueblo, etc.

Tradiciones religiosas[editar]

La romería a Cartago.

Costa Rica es un país con libertad religiosa, donde la religión cristiana católica, con sus celebraciones y festividades heredadas de la colonización española, sigue siendo la de mayor número de seguidores, aunque la nación ha experimentado a lo largo de los siglos XX y XXI un aumento de las denominaciones protestantes y del número de ateos y agnósticos, además de la presencia de creencias religiosas ligadas a etnias como el budismo, el judaísmo y el Islam, cada una con sus propias manifestaciones culturales.

Entre las celebraciones religiosas católicas más importantes, con impacto a nivel nacional, está la romería a Cartago para visitar a La Negrita y agradecer o pedir favores, el 2 de agosto, además de la tradicional pasada de La Negrita en el mes de septiembre. Esta creencia se basa en la aparición de la imagen de la Virgen, una pequeña escultura de una mujer con un niño en brazos esculpida en una aleación de jade, grafito y andesita, a una mujer indígena en el año de 1635, en las afueras de la Puebla de los Pardos, una aldea cerca de Cartago. En el sitio en que apareció la imagen se levantó la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles. Los fieles atribuyen a la Virgen numerosos milagros o viajan para solicitarle ayuda.

Se ha considerado el culto a la Virgen de los Ángeles como un sincretismo religioso que permitió satisfacer las necesidades espirituales de las masas campesinas mestizas, mulatas y españolas de la época, permitiendo de alguna manera una mayor integración de estos grupos sociales durante la Colonia y la posterior cohesión de estos grupos para desarrollar una idiosincrasia costarricense.

Para el pueblo que profesa la religión católica, es también importante la celebración del Cristo Negro de Esquipulas, sobre todo en el cantón de Santa Cruz y el cantón de Alajuelita, ubicado en el Valle Central. La reunión de Nochebuena el 24 de diciembre y las procesiones religiosas de Semana Santa son otras festividades con trasfondo religioso que se celebran tradicionalmente en el país.

Además, cada grupo religioso celebra sus festividades sagradas de acuerdo a su religión (Pascua, Hanuka, Ramadán, etc).

Cuentos, leyendas y supersticiones[editar]

Cuentos y leyendas de brujas, aparecidos, espantos y fantasmas abundan en distintas partes de Costa Rica.

Transmitidas originalmente por la tradición oral, las leyendas costarricenses pueden clasificarse en tres grupos: leyendas de la tierra, leyendas de la religión y leyendas de la magia.[17] Se consideran fragmentos de la cultura de antaño, generalmente son historias de origen derivadas de la cosmogonía indígena o bien, cuentos con moraleja para las cosas como se veían y juzgaban en los "tiempos de antes".

Las leyendas de la tierra son leyendas propias de alguna zona geográfica del país que narran hechos que ocurrieron en esos lugares y que influyeron para darle su estatus actual, y que se caracterizan por su fuerte influencia indígena. Dentro de ellas se citan las leyendas acerca del cerro Zurquí, del cerro Tapezco, del volcán Irazú, del volcán Turrialba, de la isla de los Negritos, del tesoro de la Isla del Coco, etc.

Las leyendas de la religión como su nombre lo indica, tienen una fuerte tradición religiosa, generalmente católica, que narra apariciones o manifestaciones de la voluntad divina en suelo costarricense, como lo pueden ser la aparición de la Virgen de los Ángeles en Cartago, los milagros del Cristo Negro de Esquipulas en Santa Cruz de Guanacaste y la aparición de la Virgen de Guadalupe en Nicoya en la forma de una yegua negra, que se celebra anualmente con la tradicional Danza de la Yegüita.

Las leyendas de la magia se encuentran dominadas por la presencia de los espantos, espectros fantasmagóricos que en general tienen una función moralizadora. Muchas de ellas surgen de la interacción de las creencias españolas con cuentos indígenas locales, propios de toda América Latina, que en Costa Rica tienen también su propia manifestación particular: la Llorona, la Cegua, el Cadejos, el Padre sin cabeza, la Carreta sin bueyes, la Tulevieja, el Viejo del monte, el Diablo Chingo, el fantasma del llano, el Cuijen (Pisuicas o Chamuko), la Bruja Zárate, las brujas de Escazú, los duendes, la Monja del Vaso, la Mona, el Micomalo, etc.

Existen supersticiones arraigadas en la cultura popular como la práctica de magia blanca y magia negra, los agüizotes, el mal de ojo, la creencia en las limpias y los curanderos, los santos seculares (como el culto al Dr. Ricardo Moreno Cañas, por ejemplo), etc.

Mascarada tradicional[editar]

Feria de la Mascarada en Barva de Heredia.

La mascarada tradicional costarricense tiene sus orígenes en la época colonial, relacionada con la tradición española de los gigantes y cabezudos, aunque incluye diversos elementos que se remiten al pasado precolombino, con influencias de comunidades indígenas autóctonas, lo que le da a su origen un carácter pluricultural y sincrético. Las máscaras, también conocidas como “mantudos” o “payasos”, son personajes elaborados de forma artesanal utilizando materias primas como madera de balsa, barro, yeso, papel y goma a base de harina y agua, las cuales una vez finalizadas se montan sobre una armazón de hierro, se les reviste de trajes coloridos (mantas, de allí el nombre “mantudo”) y se les lleva a desfilar por las calles de las comunidades durante las celebraciones cívicas o religiosas, bailando al son de música de cimarrona y persiguiendo a los asistentes.

La elaboración artesanal de los mantudos es una tradición que se mantiene muy vigente en la actualidad, especialmente en cantones como Escazú, Barva, Cartago, Aserrí, Oreamuno, Desamparados y otros, con destacados artesanos mascareros que se han distinguido a través de la historia por la calidad de sus trabajos y por la herencia de su arte de padres a hijos. A través de los años, se han creado personajes icónicos como la Giganta, el Diablo, la Muerte, la Segua, la Minifalda, las brujas, etc, que se consideran básicos en cualquier mascarada, aunque en la actualidad también se incluyen máscaras que representan personajes de la cultura popular, celebridades o políticos. Desde 1996, se celebra en el país el Día Nacional de la Mascarada Tradicional Costarricense, el 31 de octubre, con la finalidad de rescatar esta antigua tradición y a la vez combatir la influencia cultural de celebraciones ajenas a la cultura nacional, como el Halloween.

Expresiones populares[editar]

Identidad "Pura Vida" que nace de la casi infinita diversidad biológica y cultural de un istmo-puente entre dos masas continentales.

Las expresiones que el pueblo usa reiterada y cotidianamente vienen a ser una declaración de principios de un pueblo, que refleja su cosmovisión, ambiente y estado de ánimo, son una especie de mantra, cuyo significado se filtra en el subconsciente de la población que constantemente la repite y se refleja en la caracterización de la cultura y dinámica social permitiendo perfilara la costarriqueñidad, tal como lo explica el investigador Dionisio Cabal en sus libros "Refranero de uso costarricense" (2010),[18] "Aguizotes: raíces mágicas de Costarrica" (2011)[19] y otros artículos periodísticos. [20] [21] [22]

El origen y/o etimología de cada una son muy discutidos y no parece que haya certeza de encontrarlos, pero algunas de las expresiones más arraigadas entre los ticos, que las hacen suyas y que los extranjeros los reconocen a través de ellas son:

Pura vida
¡Pura vida!

"Pura vida" es la frase más reconocible vinculada a los costarricenses y que refleja la forma de vida de Costa Rica. A menudo cuando la gente camina por las calles o en las tiendas saludan diciendo "pura vida". Puede darse como una pregunta o como un reconocimiento de su presencia o ser utilizado tanto como un saludo o despedida. Las guías para turistas suelen decir: “Una respuesta recomendable para "¿Cómo estás?" sería "Pura vida"”. Y usarla es el primer consejo de los asesores de imagen de artistas y otros personajes públicos que visitarán el país para crear empatía con el público costarricense.

El “pura vida” simboliza la simplicidad del buen vivir, el apego a la humildad, el bienestar, la satisfacción, la felicidad, y el optimismo, asociadas al arte de apreciar la apostura en lo sencillo y natural.[21]

Esta frase está íntimamente vinculada a la espontánea y enorme biodiversidad del país, como expresan en la otra frase: “si te quedas parado, te pueden nacer plantas en la cabeza”. Y tiene tal arraigo que programas internacionales de primer orden apoyados oficialmente se suelen denominar como el caso del evento de tecnología y diseño “ TEDx Pura Vida”. [23] [24]

Ticos
Ticos.

Tico es un gentilicio coloquial sinónimo de costarricense, que los nacionales usan como auto confirmación de sencillez, paz y laboriosidad en frases como “tico de pura cepa” y los extranjeros lo usan para dar a entender que están informados sobre la idiosincrasia tica.

Su origen no se conoce bien, pero se dice que al inicio de los cultivos bananeros (1880) en la Baja Talamanca a las indígenas las llamaban “tisingas” (en referencia a la Ciudad de Ticingal - El Dorado - descrita por Juan Vásquez de Coronado en 1662) y los afro caribeños, venidos a las obras del ferrocarril, en un mal inglés jamaiquino les decían “she are tico” y como eran de notoria baja estatura, otros trasladaron el vocablo a “chirrisquitico” usándolo asociado a todo lo pequeño, y en particular la terminación agregada a otros adjetivos como “chiquitico” o “chocolatico”, por lo que los extranjeros empezaron a llamarles “ticos” a los originarios de la zona. [25]

Otra versión indica que ya durante la Campaña Nacional de 1856-1857, cuando los costarricenses fueron a Nicaragua a derrotar a los filibusteros de EEUU que tenían como objetivo hacer de Centroamérica un Estado esclavista, durante la estadía los costarricenses fueron bautizados "ticos" por los nicaragüenses, ya que era común escucharlos llamarse entre ellos "hermaniticos", asumiéndolo con orgullo por su valentía en la gran gesta.

Tuanis

Dicho de una cosa de excelente calidad, según la definición de la Real Academia Española. Pero se extiende a una expresión de optimismo y aprobación, utilizada como catalizador de múltiples acciones y conector comunicacional.

Hay quienes aducen que la palabra “tuanis” viene de una derivación de la expresión en inglés “too nice” (muy bien), pero parece que viene del malespín, un código militar ideado por el general salvadoreño Francisco Malespín, con el cual se cambiaba el sonido de las letras. ‘Tuanis’, por ejemplo, significa ‘bueno’, en este caso se cambió la ‘b’ por la ‘t’; la ‘e’ por la ‘a’ y la ‘o’ por la ‘i’.[20]

Mae

“Mae” tiene actualmente una connotación de confraternidad, compañerismo, tolerancia, sugerencia de amistad o complicidad y otras acepciones condicionales o contextuales. También como catalizador de múltiples acciones y conector comunicacional.

En Costa Rica se usa para llamar a cualquiera (mujer o hombre entre mujeres y hombres) se utiliza indistintamente "mae": "Esa mae", "Ese mae", "ay mae!!" (= ay hombre!, ay mujer!. En otros contextos coloquiales, también tiene una connotación de "tonto": "No te hagás el maje" (no te hagás el tonto, aunque también suele decirse "qué mae más tonto!" [26]

Una versión dice que proviene como derivación de "maje" que posiblemente tenga su origen en "majo" o "maja" traído por los primeros inmigrantes provenientes de España desde la colonia y en ese sentido alude a elegante, guapo, simpático o alegre. (majo > maje > mae)

El Himno Nacional como declaración de principios del pueblo.

Otros sostienen que allá por los años de 1920, cada zapatero tenía su aprendiz, el cual se dedicaba, principalmente, a majar suela sobre una plancha de hierro. Al estrujar la suela, esta se endurecía y se volvía más resistente. Pero a los nuevos en el oficio les jugaban la broma de ponerlos a martillar un tacón de hule, y el ingenuo se pasaba todo el día “maje que te maje”, y nada que estiraba. Al rato lo hacían caer en cuenta de la burla y le decían “te cogieron de maje y maje”.

Lo que sí es consensuado es que “mae” deriva de “maje” que originalmente tuvo una orientación picaresca y diversa.[20]

Con el paso del tiempo, la expresión se ha convertido en un símbolo de la idiosincrasia costarricense y es usado en situaciones de confianza en todos los círculos económicos, culturales y sociales del país, representando una expresión que hace reconocible a cualquier costarricense en cualquier parte del mundo.

En la lucha tenaz, de fecunda labor

Ante la pregunta cotidiana y multiuso de ¿Cómo estás? (o cualquier variante), es común escuchar como respuesta:

-En la lucha tenaz, de fecunda labor

en clara referencia al Himno Nacional de Costa Rica como declaratoria de principios, que comparten, promueven e identifican a los naturales de este país.[20]

Indica también que en la cotidianidad hay un conjunto de valores compartidos y que sintetiza el Himno Nacional. De hecho, tal respuesta es literal el primer verso de la segunda estrofa, como puede verse:

En la lucha tenaz, de fecunda labor,
que enrojece del hombre la faz;
conquistaron tus hijos - labriegos sencillos -
eterno prestigio, estima y honor,

Áreas culturales específicas[editar]

Culturas indígenas[editar]

Las poblaciones autóctonas indígenas de Costa Rica están conformadas por alrededor de 104 000 habitantes nativos americanos u originarios del territorio nacional. Están divididos en 9 grupos étnicos y cada uno tiene un territorio reservado. Muchos aspectos de su cultura, incluido el idioma en algunos casos, han logrado persistir hasta el siglo XXI a pesar del proceso de transculturación iniciado durante la conquista española y persistente en la actualidad. Los pueblos indígenas han sufrido, a lo largo de su historia, una continua reducción de su territorio, el desmembramiento de su población, y la desintegración de muchos de sus elementos culturales.

Bribri y cabécar[editar]

Joven de etnia bribri.

Los bribri son el grupo étnico indígena más numeroso de Costa Rica. Habitan en la región del Atlántico Sur de Costa Rica, en las montañas de la Cordillera de Talamanca, junto a los cabécares, otro grupo étnico con el que han desarrollado vínculos culturales y sociales desde la época prehispánica. El relativo aislamiento en el que ambos pueblos han vivido desde la conquista española ayudó a conservar gran parte de su acervo cultural hasta nuestros días. Bribris y cabécares han logrado incorporarse exitosamente e integrarse a la vida nacional conservando su propia cultura, aunque igual que otros pueblos sufren de discriminación, acceso a oportunidades y disputas por sus territorios y recursos con los no indígenas.

Celebración del Día del Indígena en Talamanca.

Los bribri y cabécares conforman los pueblos con mayor diversidad cultural en Costa Rica, pues practican casi todas sus formas tradicionales de vivencia: poseen medicina natural, danzas, cacería, pesca, tradiciones, cultura, religión e idioma propios. Comparten parte de su cosmovisión, historia y sistema organizativo, registrado así por cronistas desde la conquista. Creen en Sibú, dios creador y héroe cultural, del cual el curandero, llamado awapa o sukia entre los bribri, y jawá entre los cabécares, es intermediario entre el mundo de los vivos y el de los espíritus. Estos sacerdotes entonan cantos y se valen de elementos como piedras con características mágicas, para alejar seres que causan eventos desafortunados, tales como enfermedades, y convocar fuerzas que atraen el bienestar.

Según su religión, Sibú creó a ambos pueblos a partir de las semillas del cacao, que juega un rol importante en la economía, la dieta y los rituales religiosos de estos pueblos. Varios cuentos y tradiciones bribris y cabécares han pasado por un proceso de sincretismo cultural con las creencias españolas. Las versiones locales de las leyendas de la Llorona o la Tulevieja contienen fuertes referencias de estas culturas. Uno de los aspectos importantes de sus creencias es el Usuré o Casa Cósmica, templo cónico que representa el Universo.

Casa cónica cabécar.

Los idiomas bribri y cabécar pertenecen a las familias lingüísticas chibchenses y ambas han sido objeto de estudio y aprendizaje durante el siglo xx. En los territorios indígenas hay presencia del bilingüismo con el español. En los territorios indígenas existe una radio que transmite en bribri, así como un periódico local en ese idioma. Jerárquicamente, el líder de ambos pueblos era el bLu, generalmente de etnia bribri, que cumplía papel tanto político como militar, y que se acompañaba del uséköL o usécar, generalmente de etnia cabécar, personaje con poderes mágico-religiosos. Los bribris y cabécares están divididos en clanes, cuya herencia es matrilineal y en cuyo sistema de parentesco las funciones y responsabilidades del padre corresponden a los hermanos de la madre. Una interpretación que se ha dado a la presencia de la animalística en los objetos de oro precolombinos es la pertenencia a un clan específico (de las ranas, de las mariposas, del jaguar, etc).

Ambos pueblos practican una agricultura de subsistencia basada en el cultivo de granos, cacao, maíz, frijoles y tubérculos, además de la crianza de cerdos y la caza de aves. La artesanía de los pueblos bribri y cabécar se basa en la creación de collares y brazaletes con semillas y madera o de coco. Un aspecto destacado es la elaboración de máscaras Siböwak, manufacturadas en piedras de roca amalgamada moldeable, que se caracterizan por sus diversas expresiones faciales.

Chorotegas[editar]

La tradición de la cerámica nicoyana se remonta a entre 2.000 y 3.000 años de antigüedad.

Los chorotegas, pueblo de origen mesoamericano, arribaron a Costa Rica en el año 800 d.C, y se asentaron en la actual provincia de Guanacaste, donde fundaron varios reinos, siendo el más importante el Reino de Nicoya. La cultura de la Gran Nicoya fue una de las más adelantadas entre las que ocuparon el territorio de Costa Rica. Su principal representación artística fue la cerámica nicoyana, importante bien de intercambio cultural cuyas piezas han llegado a encontrarse en diversos sitios arqueológicos de Mesoamérica y Suramérica.

El pueblo chorotega fue de los primeros en caer bajo el dominio español, y mucho de su conocimiento y adelantos en medicina, astronomía, escritura y arte se han perdido, incluido su idioma, la lengua mangue. Actualmente, su territorio se reduce a un pequeño asentamiento en Matambú, península de Nicoya. Algunos aspectos culturales sobreviven, como lo es la elaboración de cerámica, principalmente en los pueblos de Guaitil de Santa Cruz y San Vicente de Nicoya. La confección de cerámica es una tradición próspera y fuente de orgullo local y nacional, al punto que ha sido declarada patrimonio cultural del país. Esta cerámica se realiza usando las mismas técnicas y pigmentos usados por los ancestros nicoyanos, con la salvedad de que se utiliza el torno, que los indígenas nicoyanos no conocían.

Los chorotegas actuales mantienen sus rasgos físicos, aunque han sido absorbidos por el entorno campesino rural. Aun así, mantienen su identidad étnica. Muchos aspectos de la cultura guanacasteca son producto de la herencia chorotega, en conjunción con influencias africanas y españolas coloniales. Otro aspecto que sobrevive hasta la actualidad es la gastronomía a base de productos de maíz, muy gustada por el costarricense: chicha, chorreadas, cosposas, atoles, tortillas, pozol, etc.

Huetares[editar]

Canasto de mimbre, hecho con la técnica tradicional de la etnia huetar. Costa Rica.

Los huetares fueron el grupo indígena más numeroso de Costa Rica durante la época precolombina. Durante el siglo XVI, poseyeron dos cacicazgos o reinos, que ocupaban la región central del país y dominaban grandes territorios en la región caribeña central, el Pacífico central y la región norte. Su cultura perteneció al Área Intermedia de América. Tras la conquista española, su número se redujo significativamente, quedando en la actualidad unas pocas reservas en los cantones de Quepos, Mora y Puriscal.

Los huetares son una de las etnias de indígenas costarricenses que más se han aculturizado, precisamente porque sus reservas se encuentran muy cercanas a las poblaciones no indígenas. Su idioma, de origen chibcha y alguna vez lengua franca del país, ha desaparecido, quedando algunos vestigios del mismo en muchos topónimos del país. Nombres de localidades como Barva, Aserrí, Tarrazú, Escazú, Turrialba, Ujarrás, Quircot, Cot y Tucurrique son de origen huetar, así como el nombre de algunas palabras de uso común (chirraca, yigüirro, turruja, curré, etc). Se ha especulado incluso que el origen del nombre de Costa Rica es una deformación de una palabra huetar (Cotaquerrique o Coquerrique).

En la actualidad, subsisten algunas tradiciones huetares principalmente en la elaboración de artesanías y tejidos. Los huetares realizan trabajos con hojas y bejucos de tule, estococa y paja, que se utilizan principalmente en la confección de canastos y sombreros. También realizan elaboración de ollas de barro, en la que almacenan granos y chicha, así como recipientes de jícaro. Uno de los aspectos más sobresalientes es la confección de telas de mastate (corteza de un árbol) e hilos, las cuales decoran con tintes artesanales como tinta morada obtenida de la púrpura de los caracoles, tinta con yuquilla y tinta con chirrite. Otras artesanías que realizan son la elaboración de escobas tradicionales a base de millo, piedras para moler cacao, maíz y yuca, candelas y hamacas con burío y cabuya.

Borucas y térrabas[editar]

Máscara boruca.

Los borucas y térrabas ocupan dos reservas en el Pacífico sur de Costa Rica: Boruca-Térraba y Curré. Se consideran los herederos de la cultura de Diquís, que elaboró las esferas de piedra. Su cultura está unida al Valle del río Grande de Térraba, también llamado Diquís, agua grande en idioma brunka. Tres elementos significativos de la cultura boruca persisten hasta la actualidad: la producción de artesanías con métodos tradicionales, la festividad del juego de los diablitos y la creencia en un personaje mítico llamado Cuasrán, legendario héroe cultural y jefe indígena todopoderoso.

Los trabajos artesanales se dan en un entorno familiar y vecinal, y se considera un elemento fundamental en el concepto de identidad boruca. Mantienen la elaboración de textiles con técnicas y materiales tradicionales, a base de algodón seco y tintes naturales, empleando también tres tipos de puntadas tradicionales. Los tambores, arcos y flechas también forma parte de la artesanía boruca, así como la cestería a base de fibras naturales como bejuco negro, cabuya y pita, destacándose la típica canasta boruca denominada jaba, usada para almacenar granos y objetos pequeños. Tanto borucas como térrabas elaboran calabazos a base de Crescentia cujete, en los que elaboran delineados y dibujos mediante una cuchilla, con diseños de alta complejidad. La talla de máscaras con madera de balsa es una de las tradiciones más arraigadas y representativas de este pueblo. Éstas se realizan con gubias y lijas, y aunque la máscara tradicional no se pinta, en la actualidad se le agregan pigmentos acrílicos por motivos de comercio y turismo.

Las máscaras borucas se utilizan en la festividad denominada juego de los diablitos, importante celebración que se realiza entre final y principio de cada año y que rememora la lucha de los borucas por permanecer independientes durante la época de la conquista española. En la actualidad, la lengua boruca se ha extinto, mientras que el idioma térraba persiste aunque su cantidad de hablantes es muy reducido.

Maléku[editar]

Casa tradicional maléku usada para ceremonias.

Los maléku, también llamados guatusos, habitan una reserva en la zona norte del país. Es una de las comunidades indígenas más pequeñas del país, que sin embargo conserva gran cantidad de sus costumbres tradicionales, incluido el idioma, el maléku ihaíca. Se les cree descendientes de la unión de los indígenas rama que habitaron el cauce del río San Juan con los chorotegas y corobicíes que abandonaron el territorio de Guanacaste y cruzaron la cordillera del mismo nombre hacia las llanuras del norte del país.


Además del idioma, los maléku conservan muchos otros aspectos de su cultura. Sus creencias religiosas se basan en tabúes alimenticios y ceremonias especiales que incluyen la bebida de chicha, danzas y cantos. Dos danzas tradicionales son el napuratengeo y la nakikonarajari, donde hombres y mujeres, tomados de las manos, bailan al sonido de flautas, tambores, maracas y cánticos, con un cantor principal que lleva la tonada y el resto pronuncia un estribillo. Su religión cuenta con muchos dioses, llamados Tócu maráma, los cuales están relacionados con la gran cantidad de ríos que surcan su territorio.

Cuentan con una importante tradición artesanal, donde destaca la elaboración y decoración de máscaras y tambores, generalmente con motivos de animales. La mayoría de los integrantes de las comunidades (incluidos los niños) hacen algún tipo de artesanía o ayudan a fabricarla cortando y preparando la madera y los frutos necesarios. Su dieta tradicional consiste de varias plantas y animales de los bosques tropicales. Los animales incluyen una gran variedad de peces, tortugas e iguanas. La caza tradicional maléku con arcos y flechas es la única permitida en Costa Rica en la actualidad. El maléku todavía caza iguanas por su carne y usa su piel para fabricar sus tambores tradicionales. Algunas plantas, aunque son levemente tóxicas, siguen siendo parte de una dieta tradicional maléku. La vivienda tradicional maléku, palenques cubiertos de palma o corozo, se elabora actualmente únicamente para ceremonias como atracción turística.

Miskito[editar]

Máscara limonense con elementos africanos

Varias familias de indígenas miskitos y sumos habitan desde hace cientos de años las costas caribeñas del país, sobre todo en la frontera de Costa Rica con Nicaragua, en las zonas de Tortuguero, Barra del Colorado y Parismina. Tienen una forma de vida seminómada, y sobreviven de la pesca y el cultivo de arroz y tubérculos. Conservan su propio idioma, el miskito, al igual que las costumbres y los hábitos alimenticios. Su tradición cultural está muy influenciada por aspectos afrocaribeños.

Durante la época colonial, los miskitos se mezclaron con esclavos africanos huidos de los barcos ingleses, dando lugar a la etnia de los zambos mosquitos, que llegaron a conformar un protectorado británico, el Reino de la Mosquitia, en la costa atlántica de Honduras y Nicaragua. Estos zambos mosquitos realizaron incursiones belicosas con piratas ingleses en las costas y el interior del territorio atlántico de Costa Rica durante la era colonial.

Algunas tradiciones y cuentos misquitos han pasado al acervo cultural costarricense, como lo es la leyenda del Sisimiqui (del misquito Sisimihski), un gigante con cara de hombre y cuerpo de mono, recubierto de vello, que solía raptar a las mujeres el día de su boda.

Ngäbe[editar]

Separados por las fronteras, los ngäbe de Panamá y Costa Rica se consideran un mismo pueblo.

Los ngäbe, conocidos en el país como guaymíes, habitan en varias reservas de la zona sur de Costa Rica, especialmente en la frontera con Panamá. Forman una unidad cultural con los indígenas de la Comarca Ngäbe-Buglé en Panamá. Aunque la población costarricense asciende a unas 3.000 personas, durante la época de la recolecta de café se da un fenómeno de migración desde Panamá que eleva su número hasta 15.000 personas, siendo frecuente observarlos en regiones de importancia cafetalera como la Zona de los Santos.

Uno de los aspectos más destacados es la vestimenta, que se conserva especialmente en la mujer, y que consiste en coloridas batas largas decoradas con motivos geométricos ("naguas"). Otras artesanías son las bolsas tejidas de fibra vegetal (llamadas "kra"), y pulseras y collares de cuentas y chaquiras, antes usados como adornos para la guerra. Los hombres tejen sombreros de fibra vegetal para uso cotidiano o para vender. En la actualidad, también elaboran muñecas que visten con trajes tradicionales, que venden a los turistas.

Esta etnia conserva muchos aspectos de su cultura, incluido el idioma, el ngäbere. Además del ngäbere, otro idioma que conserva este pueblo es el bocotá o buglé, hablado por habitantes que viven en la reserva indígena Conteburica, en la vertiente sur del Pacífico cerca de la frontera con Panamá, y otros en la zona de Coto Brus. Ambos son idiomas de la familia chibcha y forman el grupo guaymí. En 2014, Mirna Román se convirtió en la primera indígena ngäbe costarricense graduada de Medicina, noticia que fue destacada por la prensa nacional.[27]

Cultura de Guanacaste[editar]

Artículo principal: Cultura de Guanacaste
Trajes típicos guanacastecos.

Guanacaste es una de las regiones más llamativas del país por su folclor y colorido, con diversos aspectos culturales que han resultado de la mezcla de tradiciones provenientes de los indígenas de cultura mesoamericana que poblaron la zona, sumado a la herencia cultural de españoles, criollos y africanos desde la época colonial, lo que en su conjunto ha dado lugar a la cultura de Guanacaste, también llamada cultura sabanera, en alusión al sabanero, versión costarricense del vaquero o llanero. En la zona estuvo asentada la cultura de Nicoya, cuyo epicentro floreció por 2.000 años y logró alcanzar una compleja organización social y un elevado grado de desarrollo cultural. La cerámica policromada de influencia mesoamericana ha sido heredada por artesanos guanacastecos hasta nuestros días, es patrimonio cultural y es uno de los tipos de artesanía más refinados y reconocidos de la provincia y el país.

Tras la conquista se sumó el aporte cultural europeo. La cocina guanacasteca ha recibido esta influencia precolombina y colonial, manifestada en la forma de diversos platillos elaborados a base de maíz, alimento que en Costa Rica ha sido declarado patrimonio cultural. Tortillas, chorreadas, mazamorra, bizcochos, pan casero, pozol, cosposas, son ejemplos de platillos típicos a base de maíz que Guanacaste ha legado a la gastronomía costarricense. A esto se suman alimentos propios de un pueblo con una herencia basada en la vida de la granja, el cuido del ganado y la agricultura. Los guisos, tamales, pisques, rosquillas, chicheme, rompope y vino criollo de coyol son otros ejemplos de la rica gastronomía guanacasteca.

Vasija de cerámica nicoyana.

La mentalidad religiosa y devocional también refleja el carácter sincrético de la cultura guanacasteca, donde se combinan creencias religiosas católicas con cultos aborígenes prehispánicos, como lo es el caso de festividades religiosas como la veneración del Cristo Negro de Esquipulas en Santa Cruz y las fiestas de la Virgen de Guadalupe en Nicoya. Tradiciones como la peregrinación, rosarios y velas se registran en distintos distritos y poblados de la provincia.[28]

Expresiones tales como danzas, gestos, música, sones, pasillos, contradanzas, valsecillos, bombas, retahílas, refranes, adivinanzas, creencias, cuentos y leyendas, así como la medicina popular, las comidas tradicionales y la vestimenta, forman parte de la cultura popular guanacasteca. La música folclórica guanacasteca sintetiza esta mezcla española, criolla, indígena y africana, y es quizá la más reconocida del país, con el punto guanacasteco como baile folclórico nacional. La entonación de bombas y el típico grito guanacasteco "güipipía", interjección que denota alegría,[29] son elementos esenciales en la ejecución de las danzas típicas costarricenses.

Las corridas de toros, herencia española, tiene su propia variante cultural en Guanacaste. Se realizan en redondeles de madera. Resalta la monta rústica al estilo guanacasteco, considerada la expresión autóctona más representativa de las tradiciones en Guanacaste, que se practica en los diferentes cantones de la provincia. La monta de toros al estilo guanacasteco se diferencia de otras montas porque se utiliza una espuela corrediza, así como la técnica utilizada para colocar la correa que rodea el pecho del toro. Los topes y las carreras de cintas son también expresión cultural propia de esta provincia.

A diferencia de la carreta típica costarricense, que es pintada con un estilo particular y es de mayor influencia en el Valle Central, Guanacaste también posee su propia carreta típica, la cual exhibe el color natural de la madera, que le da un toque más rústico y humilde, pero de gran belleza artesanal. Se distingue también por su ausencia de paredes, ya que a diferencia de la carreta típica costarricense, usada para transportar granos (café principalmente), la carreta guanacasteca se usa para el transporte de maderas, troncos y ramas. La pica'e leña es un tradicional desfile de carretas guanacastecas que se realiza anualmente en la ciudad de Nicoya, que marca el inicio de las festividades en honor a la Virgen de Guadalupe.[30] Algunas de las más famosas fiestas de la provincia de Guanacaste son las fiestas populares de la ciudad de Santa Cruz, en el mes de enero, las fiestas populares de Playas del Coco, en el mes de febrero y las fiestas cívicas de Liberia en los meses de febrero y julio.

Cultura afrolimonense[editar]

Artículo principal: Cultura afrolimonense
Con la construcción del ferrocarril al Atlántico a finales del siglo XIX, la diversidad cultural de Costa Rica se enriqueció con la llegada de trabajadores afroantillanos, provenientes principalmente de Jamaica. Con ellos arribó no solamente la cultura afrocaribeña sino también un mundo que tenía a Inglaterra como referente idiomático y educativo.

La presencia de la población afrocostarricense en el país ha enriquecido la historia de Costa Rica, dotándola de una diversidad cultural que se manifiesta en diversos elementos: idioma, alimentos, música, danzas, artes y artesanías, arquitectura, festividades, religión, etc. La influencia de las costumbres heredadas del África Occidental y las Antillas ha marcado definitivamente la cultura afrocostarricense, tanto en la arquitectura, la gastronomía y la música, como en sus tradiciones. No obstante, la cultura afrocostarricense no es una mera imitación de la tradición africana, sino que tiene sus propias particularidades agregadas por los afrocostarricenses dentro de su propia dimensión territorial, social y cultural. Su máxima expresión se da en la provincia de Limón, en la costa del Caribe.

Limón destaca por ser bilingüe, pues en la provincia se habla español, inglés y mekatelyu. En la arquitectura se puede notar la clara influencia afrobritánica de estilo victoriano, proveniente de las Antillas y de Jamaica. La cocina del Caribe costarricense es rica y peculiar. En la gastronomía destacan los platos cocinados en leche de coco, como el rice and beans o el rondón, o salsas con curry y otras especias que acompañan a los pescados y mariscos. Se usan especies como la pimienta o poderosos chiles picantes, como el llamado chile panameño, y que forman parte indispensable de platos como el pati. Entre los postres, destacan el dulce plantintá (plantain tart), relleno de piña o banano, y el pambón (pan negro con especias).[31]

Comparsa caribeña al ritmo de calipso.

El ritmo del Caribe lo marca el calipso, un género musical que está presente en la vida cotidiana de esta región, y se le considera la principal expresión de la identidad cultural limonense, la cual se considera una cultura rítmica.[32] El calipso es originario de Trinidad y Tobago, pero el calipso limonense tiene fuerte influencia del mentó jamaiquino.[33] Penetró en Costa Rica por el puerto de Limón en 1872, de la mano de los trabajadores jamaicanos contratados para la construcción del ferrocarril. Música para la clase obrera, de pequeñas bandas reunidas alrededor del cantante, que componía de una manera espontánea poco tiempo antes del concierto, que solía ser en playas, bares, cantinas y fiestas callejeras. Las letras de los calipsos se caracterizan por su crítica social salpicada de humor, además de que rescatan otros aspectos culturales como la comida, las tradiciones, los cuentos y la relación de los afrodescendientes con el resto del mundo.

Un dicho en Costa Rica afirma que "lo mejor de Limón es su gente".

En el aspecto religioso, Limón posee un crisol religioso donde destacan los protestantes (anglicanos, bautistas, metodistas), los cultos sincréticos, y el catolicismo. La fe bautista fue introducida en 1887 por Joshua Heath Sobey y ha sido fundamental a lo largo de la historia limonense en la lucha por preservar las costumbres y valores a través de las generaciones, ya que durante años cumplió una función además de religiosa, educativa. De las iglesias bautistas surgieron expresiones artísticas importantes como los cantos religiosos como expresión de la fe y la nostalgia, y el impulso al teatro al asumir roles para las dramatizaciones escolares y de la congregación. Entre los cultos sincréticos, se menciona la existencia de logias (hermandades), así como la pocomía (similar al vudú, ya extinta) y la creencia en el Obeah (hombre con poderes sobrenaturales que hace las veces del chamán, brujo o curandero).[34] En la tradición oral, destacan los cuentos del astuto Hermano Araña, héroe cultural y embaucador de la mitología africana occidental y caribeña identificado con el dios Anancy.

Los Carnavales de Limón se realizan del 8 al 16 de octubre. Se destacan por bailes de disfraces, máscaras y comparsas, desfiles de vistosas carrozas por las calles, así como banquetes. El carnaval tiene su origen en el sincretismo de las fiestas españolas con las festividades indígenas precolombinas y las fiestas africanas. Los carnavales son importantes por la unión cultural que promueven entre los pueblos y las familias de la zona, además de promover el turismo. El 31 de agosto de cada año, se celebra el Día del Negro y la Cultura Afrocostarricense.

Cultura sinocostarricense[editar]

Celebración del Año Nuevo Chino en Puntarenas. Destaca el uso de vestimenta tradicional china y la Danza del león.

Los primeros inmigrantes chinos, provenientes de Cantón, arribaron a Costa Rica en 1855, a través de la costa pacífica del país, asentándose las primeras familias en algunas fincas del Valle Central. En 1873, en la ciudad costera de Puntarenas, se conformó la primera colonia china en Costa Rica, organizada por parte de José Chen Apuy, originario de Zhongshan, Guangdong, por lo que la presencia de descendientes de inmigrantes chinos es numerosa en esta ciudad. De Puntarenas, algunas familias viajaron hacia el norte y se asentaron en la región de Nicoya, formando otra colonia en la provincia de Guanacaste. Otra oleada de inmigrantes chinos se dio con los inicios de los trabajos para la construcción del ferrocarril al Atlántico, lo que originó una numerosa comunidad de etnia china en la provincia de Limón.

El astronauta costarricense Franklin Chang Díaz, descendiente de inmigrantes cantoneses.

A partir de la década de 1970, se empezó a dar un aumento de inmigrantes provenientes de Taiwán, aunque la mayoría de estos se quedaron transitoriamente pues buscaban pasar a los Estados Unidos y Canadá. Luego de oficilizar relaciones diplomáticas con China en 2008, una nueva ola de inmigrantes de origen chino mandarín se ha establecido en el país. Muchos de los primeros inmigrantes chinos que llegaron a Costa Rica eran hombres solteros en busca de trabajo, que terminaron casándose con mujeres costarricenses, de modo que muchos de los descendientes de estos inmigrantes ya no hablan el idioma cantonés y se sienten más identificados como costarricenses, mientras que los inmigrantes más recientes provenientes de Taiwán y China continental conservan mucho de su idioma y costumbres originarias de China.

Uno de los aspectos de la cultura china más apreciados por el costarricense es la gastronomía.

La gastronomía china es muy apreciada por el costarricense, destacándose especialmente el chop suey y el arroz cantonés. Éste último es una variante del arroz tradicional chino cocinado al vapor, modificado para convertirlo en un arroz frito al que se le agrega huevo, lechón, pollo, jamón, camarón y verduras, además de especias como el cebollín, apio, frijoles nacidos y chile dulce, para finalmente mezclarlo con salsa de soya o salsa china. Estos dos platos se han hecho tan populares que se preparan incluso en forma casera por familias costarricenses no chinas. La abundancia de restaurantes de comida china en el país permite, además, que el costarricense pueda degustar platillos más apegados a la gastronomía china tradicional.

En Costa Rica se celebran distintas festividades culturales chinas, siendo la más importante el Año Nuevo Chino, el Día de la Cultura China el 6 de octubre, y la celebración de la Semana China en el mes de mayo. Estas fiestas muestran una mezcla de las tradiciones chinas con las costumbres costarricenses, mediante representaciones artísticas, artes marciales, la tradicional danza del dragón y desfiles de vestidos típicos.

Algunas importantes obras de infraestructura en Costa Rica surgieron gracias a las relaciones diplomáticas con Taiwán primeramente, y a partir de 2008, con la República Popular China. Entre estas obras, pueden citarse el Puente La Amistad de Taiwán, en Guanacaste; el Barrio chino de San José, el primero de su clase en Centroamérica; y el Estadio Nacional de Costa Rica, que fue construido enteramente por trabajadores chinos.

En la actualidad, la etnia se encuentra distribuida en todo el país, siendo especialmente notables las comunidades chinas de Puntarenas, Nicoya, Limón y San José, y se dedican especialmente al comercio, como tiendas, almacenes, pequeños supermercados y restaurantes. Hay también un numeroso grupo de profesionales de origen chino en todos los campos y disciplinas que se realizan en el país. La etnia china ha aportado importantes personajes a la cultura nacional, como el astronauta Franklin Chang Díaz, el pintor Isidro Con Wong e Hilda Chen Apuy, quien ganó el Premio Magón, máximo galardón de la cultura costarricense.

Galería[editar]

Véase también[editar]

Enlaces externos[editar]

Referencias[editar]

  1. a b Botey Sobrado, 2002, p. 25
  2. Murillo, Álvaro (25 de agosto de 2015). «Constitución Política ya reconoce que Costa Rica tiene muchas etnias». La nación. Consultado el 26 de agosto de 2015. 
  3. Botey Sobrado, 2002, p. 26
  4. Botey Sobrado, 2002, p. 165
  5. a b Botey Sobrado, 2002, p. 167 Error en la cita: Etiqueta <ref> no válida; el nombre "cultura4" está definido varias veces con contenidos diferentes
  6. a b Definición de identidad regional por Ibo Bonilla en Conferencia del Congreso de Arquitectura Loja, Ecuador, 2010
  7. Citado en "Reflexiones en torno a la identidad nacional costarricense", Ericka Golcher
  8. a b Elena Troyo y otros (1998). Historia de la arquitectura en Costa Rica. Fundación Museos del Banco Central. ISBN 9968-9795-4-6. 
  9. a b [1] |Junta de Andalucía: Guía de arquitectura y paisaje de Costa Rica. id=ISBN 978-84-7595-283-3
  10. Bozzoli de Willie, María E. Continuidad del simbolismo del cacao, del siglo XVI al siglo XX. San José, Costa Rica, Editorial Texto, 1980
  11. Molina, Iván; Palmer, Steven (2011). Historia de Costa Rica: breve, actualizada y con ilustraciones. San José, Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica. p. 222. ISBN 978-9968-46-024-8. 
  12. Snarskis, 1978, p. 237
  13. Tous Mata, 2002, p. 168-171
  14. Botey Sobrado, 2002, p. 190-191
  15. Solano, Gabriela. Un domingo para el folclor. Escazú vivió ayer el Día Nacional del Boyero. Diario Al día. 13 de marzo de 2005. Consultado el 19 de setiembre de 2011.
  16. Peña, Julio. La "lagarteada" fue un éxito. Diario Al día. 12 de abril de 2009. Consultado el 19 de setiembre de 2011.
  17. Zeledón Cartín, 1998, p. 9-11
  18. Solano B, Andrea (6 de febrero de 2009). «Libro de refranes rescata sabiduría popular de los costarricenses». La Nación. Consultado el 18 de julio de 2015. .
  19. redcultura.com.
  20. a b c d [2] |La Nación,Revista Proa: Dichos pura vida de origen muy tuanis
  21. a b [3] |La Nación, Federico Apestegui: La muerte del pura vida?
  22. [4] |Costarriqueñismos
  23. [5] |TEDx Pura Vida 2012
  24. http://tedxprauvida.org/
  25. [6] |Origen de palabra ticos asociada a El Dorado
  26. [7] |Así Hablamos
  27. Doctora indígena inició su carrera gracias a su curiosidad por la medicina natural
  28. Acevedo, 1987, p. 112-117
  29. Quesada Pacheco, 2007, p. 214
  30. Ross, 2001, p. 150
  31. Meléndez y Duncan, 2011, p. 108-109
  32. Meléndez y Duncan, 2011, p. 110-111
  33. Meléndez y Duncan, 2011, p. 110
  34. Meléndez y Duncan, 2011, p. 115-117

Bibliografía[editar]

  • Alvarado Venegas, Ileana; Hernández Villalobos, Efraín (2015). Diversidad e hibridación: arte costarricense en la colección del Museo de Arte Costarricense. www.musarco.go.cr. 
  • Meléndez, Carlos; Duncan, Quince (2011). El negro en Costa Rica (12.ª edición). San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica. 
  • Quesada Soto, Álvaro (2008). Breve historia de la literatura costarricense. Editorial Costa Rica. pp. 148 páginas. ISBN 9977-23-893-6. 
  • Ross, Marjorie (2001). Entre el comal y la olla: fundamentos de gastronomía costarricense. EUNED. pp. 270 páginas. ISBN 9968-31-128-6. 
  • Snarskis, Michael (1978). The Archaeology of the Central Atlantic Watershed of Costa Rica (en inglés). New York City: Department of Anthropology, Columbia University. 
  • Zavaleta Ochoa, Eugenia (2013). Las exposiciones de artes plásticas (1928-1937) (1° edición). Editorial Universidad Nacional de Costa Rica. ISBN 9789977653822. 
  • Zeledón Cartín, Elías (2013). Biografías de costarricenses (1° edición). Editorial Universidad Nacional de Costa Rica. p. 268. ISBN 9789977678870. 
  • Zeledón Cartín, Elías (1998). Leyendas costarricenses (4ª edición). Heredia, Costa Rica: Editorial de la Universidad Nacional. pp. 286 páginas. ISBN 9977-65-133-7. Consultado el 14 de octubre de 2011. 
  • Zeledón Cartín, Elías (2012). Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia. Editorial Costa Rica. p. 294. ISBN 978-9977-23-984-2.