Composición étnica de Argentina

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La actual composición étnica de la población de la Argentina es el resultado directo de la descendencia de la gran ola de inmigración, principalmente de europeos mayoritariamente italianos y españoles, sucedida entre 1850 y 1955, que se suma a de una población local cuantitativamente menor que estaba instalada previamente a la independencia de Argentina, integrada por una base indígena originaria y africana presente desde la conquista española, fuertemente mestizadas entre sí con sus distintas variaciones (mestizos, mulatos, zambos) y con una relativamente pequeña población de colonizadores españoles. Desde entonces la composición étnica estuvo básicamente influenciada por las grandes migraciones internas del campo a la ciudad y del norte hacia el litoral, y la inmigración proveniente de países sudamericanos, principalmente Paraguay y Bolivia. Adicionalmente la Argentina cuenta con considerables minorías germanas, árabes, armenias, japonesas, chinas, coreanas.

Al igual que Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Brasil y Uruguay, la Argentina es considerada como un «país de inmigración»,[1] [2] [3]

De acuerdo con los resultados de un estudio realizado en 2010 por el genetista argentino Daniel Corach, el mapa genético de la Argentina estaría compuesto en un 79,9 % proveniente de diferentes etnias europeas, un 15,8 % de diferentes etnias amerindias, y un 4,3 % de etnias africanas; y que un 63,3 % de la población tiene al menos un antepasado indígena.[4] [5]

El mestizaje ha desempeñado un papel fundamental en la composición étnica de la población argentina. Es necesario precisar que las corrientes inmigratorias durante la época de la colonia y luego en la época de la gran inmigración ultramarina (1850-1930), estuvieron integradas mayoritariamente por varones solos que se mestizaron en la Argentina con mujeres de ascendencia primordialmente indígena y africana. El proceso de mestización registra una intensidad inusitada en la Argentina, con amplios intercambios sexuales entre las tres grandes ramas étnico-culturales (euroasiáticos, indígenas y africanos), sino de las decenas de etnias particulares que integran cada una de esas ramas (italianos, españoles, polacos, árabes, judíos, mapuches, diaguitas, collas, guaraníes, bantúes, yorubas, etc.). Esto fue corroborado por Daniel Corach mediante un estudio que concluyó que el aporte genético vía paterna es del 94,1 % europeo, 4,9 % indígena y 0,9 % africano, mientras que el aporte vía materna se determinó que el 53,7 % provenía de etnias indígenas, un 44,3 % europeas y 2,0 % africanas.[5]

La intensidad del mestizaje ha variado y varía según la época, el lugar y cada grupo étnico en particular. A fines del siglo XIX, el 33 % de los varones italianos de Buenos Aires se casaba con mujeres de otra etnia, mientras que en Rosario, ese porcentaje se reducía al 18 %.[6] Otras etnias mantienen o han mantenido una acentuada práctica endogámica, como sucedió con las primeras colonias de alemanes y sirio-libaneses, por ejemplo, y sucede con los menonitas, el pueblo rom (gitanos), los japoneses y los bolivianos.

Adicionalmente la Argentina cuenta con considerables minorías de origen o pertenencia judía,[7] árabe, armenia, japonesa, china y coreana. Desde mediados del siglo XX, la inmigración proveniente de países sudamericanos, principalmente Paraguay y Bolivia, ha cobrado mayor importancia. Asimismo, debe destacarse que debido al crecimiento económico durante el siglo XXI, Argentina ha comenzado nuevamente a acoger inmigrantes europeos, destacándose los españoles.[8]

La distribución territorial de los diferentes grupos étnicos se encuentra básicamente influenciada por las grandes migraciones internas del campo a la ciudad y del norte hacia el litoral. En la Ciudad de Buenos Aires, donde la influencia de la inmigración europea en la composición étnica se ha sentido con más fuerza que en el resto del país, un estudio realizado en 2006 sugiere un mestizaje genético promedio compuesto en un 80-86 % proveniente de diferentes etnias europeas, principalmente italianas y españolas, un 7-10 % de diferentes etnias amerindias, y un 2-5 % de etnias africanas.[9] [10] Los estudios también indican que la proporción del componente genético amerindio y africano está creciendo,[9] y que ha sido transmitido mayoritariamente por las mujeres.[9]

En el siglo XIX, Argentina estableció una política estatal de integración énica, intencionalmente orientada a diluir las identidades étnicas particulares. Este hecho ha sido denominado en la cultura nacional con el término «crisol de razas» (equivalente al «melting pot» ―‘crisol de fundición’― estadounidense) y ha sido sostenido de modo más o menos variable por los gobiernos sucesivos, las instituciones educativas y los medios de comunicación más influyentes.

Diversos estudiosos han cuestionado la representación de la población argentina como si tuviera una composición étnica homogénea, expresada en la teoría del crisol de razas, señalando la existencia de una gran brecha étnica entre europeos y criollos, muy notable cuando se trata de precisar cuáles son los sectores sociales más desfavorecidos.[11] En este sentido, algunos intelectuales, investigadores, políticos y organizaciones de naturaleza étnica, han cuestionado la expresión «crisol de razas» como un mito, poniendo en evidencia los componentes de racismo y discriminación étnica, invisibilización y asimilación forzada presentes en la sociedad argentina.

Panorama general[editar]

La base indígena precolombina[editar]

Los indígenas que constituyeron la base del mestizaje en la época colonial estaban divididos en cuatro grandes grupos: los pertenecientes al grupo de la cultura andina, principalmente quechuas, calchaquíes y aimaras; los habitantes de la Mesopotamia, principalmente la cultura guaraní; los pertenecientes al grupo del Gran Chaco, destacándose los pueblos wichí y qom (toba); y los pueblos de cazadores-recolectores del sur, principalmente los pueblos ranquel, tehuelche y mapuche. Estos dos últimos grupos no pudieron ser colonizados por los españoles.

El período colonial[editar]

Dos importantes corrientes migratorias influyeron sobre la composición étnica durante el período colonial:

  • la conquista y colonización española (principalmente de las etnias extremeña, andaluza, castellana y vasca), durante los siglos XVI a XVIII, mayoritariamente masculina y pequeña en términos cuantitativos pero que impuso un sistema de dominación; secundariamente, pero con un impacto considerable, la colonización portuguesa influyó en los mestizajes e intercambios culturales de la zona oriental.
  • la inmigración forzada de africanos reducidos a la esclavitud entre los siglos XVII y XVIII, principalmente de la etnia bantú;

Durante la época colonial los complejos mestizajes entre las diversas etnias indígenas, españolas, portuguesas y africanas, produjeron un tipo de especial de poblador, característico de la Argentina y otros países vecinos: el gaucho y su equivalente femenino, la «china».

La gran ola de inmigración europea (1850-1955)[editar]

Alumnos de una escuela de danza irlandesa en Argentina (en 1982).

Entre 1850 y 1955 la Argentina recibió una gran cantidad de inmigrantes mayoritariamente europeos, que impactó decisivamente sobre su composición étnica posterior. Al igual que Estados Unidos, Australia, Canadá y Brasil, Argentina constituyó uno de los principales países receptores de la gran corriente emigratoria europea, que tuvo lugar durante el período que transcurre desde 1850 hasta 1955, aproximadamente.

El impacto de esta emigración europea transoceánica, que en América fue muy grande, en la Argentina fue particularmente intenso por dos motivos:

  • por la cantidad de inmigrantes recibidos;
  • por la escasa población existente en el territorio;

Aproximadamente se calcula que el 90 % de la población total tiene al menos un antepasado europeo que inmigró entre los siglos XIX y XX. Básicamente se pueden distinguir dos grandes corrientes:

En el primer censo de 1869 la población argentina no alcanzaba a 2 millones de habitantes,[12] mientras que los inmigrantes que ingresaron al país hasta 1940 superaron los 6 millones.[13] Para 1920, más de la mitad de quienes poblaban la ciudad más grande, Buenos Aires, eran nacidos en el exterior.

Las nuevas corrientes migratorias desde 1930[editar]

Desde los años treinta comenzó a detenerse la migración europea y se produjeron nuevas migraciones que impactaron sobre el mapa étnico:

Luego de la Segunda Guerra Mundial la inmigración proveniente de Europa se redujo considerablemente, pero los niveles históricos de la inmigración proveniente de los países limítrofes se mantiene hasta nuestros días.

Distribución territorial[editar]

Regionalmente, la composición de la población, atendiendo a los orígenes nacionales y étnicos, varía.

En la región central del país, donde se concentra la mayoría de la población nacional, la ascendencia se compone principalmente de inmigrantes italianos y españoles llegados durante la gran migración. En menor medida existen colonias y comunidades considerables de paraguayos, franceses, alemanes, polacos, bolivianos, uruguayos, judíos y árabes. La región se caracteriza por un predominio de ascendientes europeos, que desde mediados de siglo XX, se ha venido reduciendo lentamente con el aumento de los componentes indígena y africano y sus mestizajes, debido a la mayor presencia de migrantes internos provenientes del norte y de países sudamericanos. Estos sectores son predominantes en los partidos del oeste y sur del conurbano industrial de Buenos Aires, que constituyen la mayor concentración urbana del país.

En la región noroeste del país la población con antepasados indígenas andinos, o españoles y africanos llegados en tiempos de la colonia, es proporcionalmente mayor a la media nacional, en parte porque era la región más poblada antes y durante la conquista española y en parte porque recibió una menor influencia de la gran migración europea.

En la región noreste hay también una mayor proporción de descendientes de indígenas guaraníes o chaco-santiagueños y africanos. También se han asentado allí importantes colonias polacas, ucranianas, alemanas y rusas, sobre todo en Misiones y Chaco.

La población actual de la Patagonia se formó a partir de las etnias aborígenes que habitaban este territorio, combinado de las corrientes migratorias internas provenientes de la región pampeana como también ha sido destacada la influencia de la inmigración galesa, suiza, alemana y chilena.

En relación a los grupos aborígenes, en el norte habitan las principales comunidades de collas, tobas, wichis, guaraníes, chiringuanos y diaguita calchaquíes y en la región patagónica habitan las principales comunidades de mapuches. De todos modos, las migraciones internas han conformado considerables comunidades indígenas en el área de Buenos Aires.[14]

La población asiática compuesta por coreanos, chinos, vietnamitas y japoneses se concentra en el Gran Buenos Aires y, con excepción de la comunidad japonesa, es producto de la inmigración ocurrida en las últimas décadas del siglo XX.

La base indígena[editar]

Cartel de entrada al lof (comunidad mapuche) Kuruwinka, en la ciudad de San Martín de los Andes (provincia de Neuquén).

Al producirse la llegada de los europeos a América en 1492, la población asentada en el actual territorio argentino podía agruparse en cuatro grandes sectores:

Una vez organizada la Argentina como estado-nación independiente, los territorios bajo dominio de pueblos indígenas que se mantenían autónomos en la pampa, la Patagonia y el Gran Chaco, fueron incorporados por la guerra al territorio nacional.

Se ha estimado que la población existente en el actual territorio argentino a la llegada de los españoles oscilaba entre 300 000 a 500 000 indígenas (J. Steward, 1949: pág. 661; G. Madrazo, 1991), de los cuales entre un 45 y un 90 % pertenecían a las sociedades de agricultores del nordeste.[15] [16] Para los más alcistas las población argentina precolombina era de 1 a 1,5 millones de personas.[17] [18] Para 1600 la misma se había reducido considerablemente, en una proporción estimada por Rosenblat en un 43 %.[19]

En 1810, la población total de la actual Argentina oscilaba entre 500 000 y 700 000 habitantes,[20] casi totalmente integrada por indígenas, afroamericanos y mestizos de ambos orígenes con españoles.

Niñas y niño de Purmamarca (provincia de Jujuy), región en la que se asentaron las culturas andinas provenientes del norte.

Durante los siguientes dos siglos, los indígenas y mestizos amerindios ―principalmente las mujeres, que serán conocidas como «chinas»― participarán del gran proceso de mestizaje con los inmigrantes mayoritariamente varones y europeos, principalmente italianos y españoles, que integraron la gran ola de inmigración entre 1880 y 1950, «diluyéndose»[9] tanto cultural como étnicamente de manera casi total en el proceso.

A comienzos del siglo XXI existían poco más de 600 000 indígenas,[21] equivalentes al 1,5 % de la población total, que se reconocen como pertenecientes a uno de los 35 pueblos originarios detectados por la Encuesta de pueblos indígenas 2004-2005, siendo los más numerosos los pueblos mapuche, toba, kolla, wichí y avá-guaraní.

Un estudio genético realizado en 2010 el Servicio de Huellas Digitales Genéticas de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires, bajo la dirección del genetista Daniel Corach, estableció que la contribución indígena en la estructura genética promedio de los argentinos se ha establecido en un 17,28 % (Avena, 2006; Seldin, 2006) del país. En tanto que el aporte genético vía materna proveniente de etnias indígenas es del 53,7 %, un 44,3 % europeas y 2,0 % africanas.[5]

Debido a la gran migración interna del campo a la ciudad y del norte al litoral y la que proviene desde países fronterizos y Perú se ha determinado también que los componentes indígena y africano tienen una tendencia creciente tanto en la estructura genética, como fenotípica y cultural (Avena, 2006). El proceso se complementa con una tendencia notable a recuperar la memoria indígena (al igual que la africana), de la que da cuenta, por ejemplo la realización en 2004-2005 de la Primera Encuesta sobre Pueblos Indígenas, luego de que en 1895 los censos nacionales dejaran de considerar la presencia de los indígenas en la Argentina.

Los habitantes de origen africano[editar]

La esclavitud (también conocida como El esclavo), estatua de Francisco Cafferata (1861-1890), en la plaza Sicilia, situada en Parque Tres de Febrero, en el barrio de Palermo de la ciudad de Buenos Aires.

En la época colonial un tercio de la población era de origen africano subsahariano, de piel en general más oscura que la mayoría de los europeos o indígenas. En su mayoría estaban reducidos a la esclavitud y al servicio de amos españoles o criollos.

Una vez iniciado el proceso de independencia de España, en 1813 fue proclamada la libertad de vientres, es decir la prohibición de esclavitud de cualquier persona que naciera en territorio nacional, así como en 1853 la libertad automática de todo esclavo que pisara o estuviera sobre suelo argentino.

Pese a ello, durante las guerras de independencia y las sucesivas guerras civiles, existió una clara tendencia a utilizar a las personas que parecían tener antepasados africanos como «carne de cañón». Adicionalmente se ha sostenido que las epidemias afectaron más severamente a los descendientes de africanos y sus familias.

El relato histórico clásico sostiene que los descendientes de africanos en la Argentina prácticamente desaparecieron en la segunda mitad del siglo XIX. Más específicamente se ha atribuido la desaparición de la población negra en la Argentina a dos hechos sucedidos durante el gobierno de Domingo F. Sarmiento: la Guerra del Paraguay (1865-1870) y la epidemia de fiebre amarilla que azotó Buenos Aires en 1871.

Uno de los argentinos de ascendencia africana más notorio ha sido el primer presidente del país, Bernardino Rivadavia quien era apodado «Doctor Chocolate».[22]

Nuevos estudios históricos han indicado que la aparente «desaparición» de la población negra en la Argentina pudo haber sido parte de un proceso de invisibilización realizado mediante mecanismos historiográficos, estadísticos y culturales. Estudios más recientes han cifrado la población parcialmente de origen negro en Argentina en el orden de los 2 millones de personas, que significan un 5 % de la población total,[23] y hasta un 10 % la que tiene al menos un antepasado afroargentino.[9] [24]

El escritor y periodista Jean Arsene Yao ―nacido en Costa de Marfil, doctor en Historia por la Universidad de Alcalá de Henares (España) y especializado en la temática afroamericana― ha escrito un libro titulado Los afroargentinos.[25] A partir del concepto de «etnia», los habitantes argentinos de origen africano constituyen un grupo relativamente heterogéneo, que incluye desde personas que tienen uno o más antepasados nacidos en el África Negra donde fueron secuestrados entre el siglo XVI y XIX, para ser vendidos como esclavos en las colonias españolas de América, muchas veces mestizadas con habitantes pertenecientes a otras etnias, hasta recientes inmigrantes de países como Costa de Marfil o Zimbabue.

Algunos habitantes perteneciente a este grupo, como el músico Fidel Nadal (1965-), que reconoce cinco generaciones de antepasados hasta el siglo XIX, todos esclavos angoleños, no se sienten argentinos, precisamente debido a la violencia que implicó el secuestro de sus antepasados durante el Imperio español:

Pasa que yo nací en la Argentina, pero soy negro y mi nacionalidad es África. Mis antepasados vinieron de África de una manera ilegal, secuestrados, robados, en la esclavitud. Si yo dijese que soy argentino estaría aceptando ese hecho ilegal. Y no lo acepto. Nos secuestraron, nos maltrataron, y sin embargo nosotros construimos sus ciudades y les dimos amor a cambio de maltrato. Yo no provengo de la familia del embajador del Congo en la Argentina. No. Mi familia pasó cinco generaciones en la esclavitud. Además, cuando cualquier persona del mundo me ve, no me cree cuando digo que soy argentino.[26]

Criollos y españoles en la colonia[editar]

La estancia Anchorena, en Uruguay. Nicolás Anchorena, el hombre más rico de su tiempo («más rico que Anchorena» promete el diablo en el Fausto criollo), fue el prototipo del estanciero criollo. Propietario de unas 250 000 hectáreas de tierra, nunca conoció ninguna de sus estancias. Las estancias fueron la base de poder de los criollos rioplatenses, que fueron los principales impulsores de la Independencia de España y luego se organizaron como elite aristocrática, los estancieros, para modernizar el país, por un lado, y frenar su democratización, por el otro.

Aunque influyeron decisivamente en la organización política, social y cultural de la Argentina, los españoles que migraron durante la colonia al actual territorio argentino fueron muy pocos, en relación con la población existente, la mayoría de ellos conquistadores o colonizadores. El gobierno argentino informa que en 1810, habitaban en territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata unos 6000 españoles peninsulares, sobre una población total de unos 700 000 a 700 000 habitantes.[27] Es decir que representaban aproximadamente el 1 % de la población.

Esa reducida cantidad indica que la presencia de habitantes con antecesores exclusivamente europeos fue también muy reducida y que una gran parte de los criollos eran mestizos con madres indígenas o africanas,[28] aunque frecuentemente el hecho era ocultado. La reciente revelación realizada por el investigador José Ignacio García Hamilton sobre la condición de mestizo de José de San Martín y la polémica generada,[29] se convierte así en un ejemplo de la real pertenencia étnica de los criollos. Los criollos, aunque minoría en la sociedad colonial, eran varias veces más numerosos que los españoles peninsulares y su cantidad puede ser estimada en veinte veces más.[30]

Si bien legalmente los criollos eran considerados españoles con los mismos derechos que los peninsulares, en la práctica estos dominaron sobre aquellos y ocupaban las posiciones más altas. Los españoles peninsulares desarrollaron una serie de argumentaciones de tipo étnico para justificar la dominación, como la afirmación de que el clima de América degeneraba el cerebro de los allí nacidos.[31] La discriminación étnica se fortalecía con el hecho de que las pocas mujeres consideradas «blancas» que existían en la colonia, preferían a los peninsulares sobre los criollos,[31] muchos de los cuales tenían la piel considerablemente más oscura y rasgos que no coincidían con el estereotipo del «blanco español», aunque formalmente lo fueran. La ideología de la supremacía de los peninsulares sobre los criollos fue expuesta con contundencia por el Obispo de Buenos Aires, Benito Lué, en vísperas de la revolución independentista, al sostener que en tanto un sólo español peninsular habitara en América, era este quien debía gobernar.[32]

Los criollos, herederos directos de los españoles peninsulares en América, se constituyeron en el principal grupo en promover y conducir el proceso de Independencia de España y luego de desplazar a los españoles, se organizaron como una elite aristocrática y liberal, estableciendo su poder en la estancia, el latifundio colonial ganadero característico del Río de la Plata. Los estancieros, por un lado organizarían y modernizarían el país promoviendo la masiva inmigración europea e instalando un exitoso modelo agroexportador y por el otro, frenarían el proceso de democratización política y social.[33] [34]

Una vez iniciado el siglo XX, la clase alta criolla, adoptó una posición de desprecio y discriminación hacia los inmigrantes, especialmente los españoles, italianos y judíos,[35] que posteriormente extendería a los migrantes internos provenientes del campo y del norte, a quienes denominaría «cabecitas negras» y a los inmigrantes provenientes de países sudamericanos.[36]

Aún en la actualidad, los estancieros criollos, descendientes orgullosos de las antiguas familias españolas coloniales, tienen una importante presencia en la clase alta.

Los gauchos y las chinas[editar]

Los gauchos se conformaron como un sector social con identidad y cultura propias, en un amplio territorio del Cono Sur de América.

Durante la colonia y las primeras décadas posteriores a la independencia (1810-1816) la población argentina estaba mayoritariamente integrada por descendientes de los pueblos originarios y de los pueblos africanos llevados forzosamente como esclavos, y en mucha menor medida por descendientes de españoles y otros pueblos europeos. El mestizaje entre los distintos grupos produjo un tipo de poblador rural particular, denominado «gaucho» en el caso del hombre y «china» en el caso de la mujer.

Los gauchos eran campesinos considerablemente libres, que montaban a caballo y que solían alimentarse de los vacunos salvajes que poblaban las llanuras rioplatenses. Por esa razón podían prescindir de la necesidad de establecer relaciones serviles con los hacendados. Esta libertad relativa para la época impulsó el desarrollo de una específica conciencia política gauchesca que encontraría su momento culminante con José Artigas (1764-1850). Se sostendría en el federalismo y generaría una cultura propiamente gauchesca con exponentes como el legendario payador Santos Vega, Bartolomé Hidalgo, José Hernández y Ricardo Gutiérrez que abarcaría la mayor parte de lo que luego sería la Argentina, Uruguay y el sur de Brasil.[37]

En el gran proceso de mestizaje que se produciría con la gran ola de inmigración europea, los gauchos y sobre todo las chinas, y su cultura, obraron como un gran puente entre el país colonial preinmigración y el país contemporáneo posinmigración.[37] El Martín Fierro (1872-1879), libro nacional por excelencia, transcurre y relata la suerte del gaucho en el preciso momento en que comenzaba a producirse el aluvión europeo y la organización capitalista-moderna del país, proceso que es vivido por Martín Fierro como un terremoto cultural,[38] que desarticula completamente su vida rural y finaliza con una migración simbólica y misteriosa en la que Fierro y sus hijos se dirigen «a los cuatro vientos» luego de asumir un compromiso secreto.[39]

Los gauchos y las chinas se encontraron entonces con los inmigrantes, mayoritariamente varones. Las circunstancias del encuentro varían de acuerdo a las regiones y no estuvieron exentas de conflictos, a veces muy graves como la Masacre de Tandil de 1872 en la que una partida de gauchos dirigidos por las ideas mesiánicas y xenófobas de Gerónimo Solané, masacraron a 36 inmigrantes en esa ciudad bonaerense.[40] En un complejo proceso de reemplazo social y cultural, unos y otros comienzan a fusionar sus culturas. Como símbolo de esa transición entre dos mundos el gaucho abandona la bota de potro y la reemplaza por la alpargata vasca, que se convertiría en el símbolo de la naciente clase obrera.[41] Por otra parte, la experiencia de los gauchos judíos[42] muestra del lado de los inmigrantes la dirección inversa.[43]

La gran oleada inmigratoria europea (1850-1955)[editar]

Al constituirse como nación la población de la Argentina era de solo unos pocos cientos de miles y en 1850 se ubicaba en alrededor de 1 000 000 de personas,[44] inferior a la que en aquel entonces tenían Perú, Chile o Bolivia.[45]

La escasa población llevó a la Constitución Nacional de 1853 a establecer como una de las políticas fundamentales «fomentar la inmigración europea» (artículo 25 de la Constitución Nacional). El momento coincidió con la gran ola de emigración europea iniciada poco antes de la mitad del siglo XIX.

Entre 1856 y 1940 la Argentina recibiría 6,6 millones de inmigrantes. En efecto, Argentina fue el segundo país en el mundo que recibió la mayor cantidad de inmigrantes, puesto que con esos 6,6 millones, se ubica debajo solamente de los Estados Unidos, con 27 millones, y por encima de países como Canadá, Brasil, Australia, etc. De los 6,6 millones, poco más de la mitad se radicó definitivamente.[46]

La población del país pasó de representar el 0,13 % de la población mundial en 1869 a representar el 0,55 % de la humanidad en 1930, proporción levemente incrementada desde entonces para ubicarse en un 0,59 % en 2001.[47]

El país recibió un verdadero aluvión de inmigrantes que llevaría al historiador José Luis Romero (1909-1977) a hablar y problematizar la realidad de una «Argentina aluvial».[48] Las cifras indican el enorme peso que tuvieron los inmigrantes europeos en la formación de la Argentina moderna, a través de una transfusión poblacional que fue, en términos relativos, la más alta de todos los países del nuevo mundo, incluido Estados Unidos.[49]

Población de países latinoamericanos y porcentaje sobre el total
1850  % 1930  %
Argentina 1 100 000 3,5 11 800 000 11,1
Bolivia 1 400 000 4,4 1 100 000 1,9
Chile 1 300 000 4,1 4 400 000 4,1
Paraguay 500 000 1,5 900 000 0,8
Perú 1 900 000 6,0 5 600 000 5,3
Uruguay 100 000 0,3 1 700 000 1,6
Fuente: Del Pozo, José[45]

Casi la mitad de estos inmigrantes (45 %) fueron italianos en tanto que los españoles fueron un tercio (33 %). Hubo también contribuciones significativas de franceses (3,6 %), polacos (2,7 %), rusos (2,7 %), turcos (2,6 %), alemanes (2,3 %), judíos (1-2 %), ucranianos, británicos (1,1 %), portugueses (1,0 %), yugoslavos (0,7 %), suizos (0,7 %), griegos, irlandeses, galeses, neerlandeses (0,2 %), belgas (0,4 %), croatas, checos, daneses (0,3 %), estadounidenses (0,2 %) y suecos (0,1 %).[50] Hubo asimismo un grupo considerable de inmigrantes de países no-europeos, principalmente provenientes de Siria, el Líbano, Armenia y los países fronterizos, así como de japoneses, los cuales dieron origen a las primeras comunidades de la inmigración asiática en Argentina de la historia.[50] Por otra parte, dos terceras partes de los inmigrantes eran varones, con una tasa de masculinidad para 1898 y 1914 de 172.[51]

El historiador Alberto Sarramone ha puntualizado:

En ningún otro lugar de la tierra el impacto inmigratorio ha tenido la importancia cuantitativa y cualitativa que tuvo en la Argentina.

Alberto Sarramone[52]

La gran ola de la inmigración europea influyó decisivamente en la composición étnica de la población, al punto que el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro definió a la Argentina y Uruguay como "pueblos trasplantados".[53] Una reciente investigación genética (Avena, 2006) estableció que la contribución europea a la mezcla genética argentina es del 79,9 %, en tanto que la indígena es 15,8 % y la africana 4,3 %. La misma investigación hace referencia a un otro estudio, de 1996, no genético, sino basado en estimativas mediante frecuencia de enfermedades, en que la contribución indígena en La Paz (Bolivia) sería del 54 % y en Lima (Perú) del 55 %, mientras que el componente africano en Barranquilla (Colombia) sería de 64 %.[54]

Se estima que 15 millones de argentinos tenían al menos un antepasado italiano, un 35 % del total.[55]

Por la magnitud de su impacto étnico-cultural es necesario destacar a la comunidad italiana.

Los italianos, se sabe, fueron un pueblo de emigrantes. En muchos siglos, se desparramaron por los cuatro rincones de la Tierra. Solo en dos países, sin embargo, ellos constituyen la mayoría de la población: en Italia y en la Argentina.

Marcello de Cecco[55]

Se ha estimado que en la Argentina viven 15 millones de descendientes de italianos, lo que significa que un 35 % del total de la población tiene al menos un antecesor italiano.[55]

El escritor mexicano Octavio Paz dijo que «los argentinos son italianos que hablan español y se creen franceses».[56] La frase tomó vida propia y se ha reiterado con diversas variantes, pero más allá de la ironía sutil expresa también una penetración profunda de la compleja realidad étnico-cultural generada por el terremoto de la inmigración masiva. La diversidad étnica-cultural que existe en cada argentino y las dificultades que ello ha significado para definir una identidad nacional, han sido reiteradamente señaladas por los estudiosos. José Luis Romero realizaba una precisión interesante al sostener que la estabilización por mestizaje e hibridación de la «Argentina aluvial» recién se produciría alrededor del año 2000.[57]

Desde mediados del siglo XX, las migraciones internas y latinoamericanas que está recibiendo la Argentina, está reduciendo lenta pero sostenidamente el porcentaje del componente europeo en la composición étnica-cultural de la población. Hoy se habla (también en Estados Unidos) de «la latinoamericanización de Argentina».[58] Debido a la magnitud del aporte europeo es seguro que el mismo continuará siendo predominante aunque es poco probable que siga siendo hegemónico.

Jóvenes de Crespo, Entre Ríos. En esta ciudad, la mayoría de los argentinos son descendientes de alemanes del Volga.[59] [60] [61] [62] El eslógan de la ciudad es «Crespo: crisol de razas, cultura de la fe y el trabajo», en referencia a los alemanes del Volga, italianos, españoles, judíos y otras comunidades que integran su población.[63]

La políticas oficiales argentinas tendieron a evitar la formación de comunidades cerradas, dificultando la tradición de las culturas originarias y las lenguas maternas de los inmigrantes, situación que en muchos casos los indujo a una aculturación violenta y forzosa, en tanto eran estigmatizados como "los otros"[64] si no se asimilaban rápidamente. El resultado ha sido una alta tasa de mestizaje y sincretismo no solo entre las tres grandes ramas étnicas (europea, amerindia y africana) sino también entre las etnias que integran cada rama (españoles, italianos, polacos, judíos, alemanes, británicos, árabes, mapuches, collas, tobas, guaraníes, bantúes, yorubas, etc.) e incluso las etnias autónomas o las subetnias (gallegos, catalanes, vascos, sicilianos, napolitanos, genoveses, piamonteses, askenazíes, sefaradíes, okinawenses, etc.). Aquí deben incluirse también las subetnias específicamente «argentinas», relacionadas primordialmente con la tradicional autonomía de las provincias: porteños, bonaerenses, entrerrianos, santafesinos, cordobeses, tucumanos, salteños, mendocinos, correntinos, sanjuaninos, riojanos, jujeños, patagónicos, puntanos, santiagueños, chaqueños, formoseños, y catamarqueños.

El amplio mestizaje ha introducido en la cultura nacional el término «crisol de razas» para significar el fenómeno. Sin embargo ello no ha impedido la aparición de fenómenos de discriminación étnica y racial.

Políticas de asimilación forzosa[editar]

A pesar de que la políticas oficiales argentinas tendieron a evitar la formación de comunidades cerradas, dificultando la tradición de las culturas originarias y las lenguas maternas de los recién llegados, no todos los inmigrantes mostraron poco valor o súbita sumisión a la hora de hacer respetar sus derechos identitarios. En el libro Hombres rubios en el surco, el sacerdote José Brendel expone la situación en la cual se vieron los primeros colonos alemanes del Volga al llegar a la provincia de Entre Ríos. Afirma que los campos habían sido divididos de tal manera, que no quedaba ninguna oportunidad para establecer aldeas o poblaciones. Los colonos debían ir a vivir directamente a sus chacras, separados los unos de los otros más de 1000 metros de distancia, entre parcela y parcela.

El gobierno quería chacareros, no colonias. Cuando los alemanes del Volga comprendieron sorpresivamente la intención, y supieron que debían habitar como chajaes en el medio del campo, se rebelaron. Intervino el gobierno, primero a las buenas, luego con el uso de la fuerza pública, para obligarlos a residir, y a obedecer. El escándalo cundió y hasta los diarios porteños se hicieron eco de la testarudez de los inmigrantes, aconsejando al Gobierno intervención con mano firme, para dispersarlos en sus campos. Pero la cosa no era tan fácil, como pensaban los del cuarto poder. Los colonos no se habían dormido sobre pajas, sino que organizaron una delegación para apersonarse ante el gobernador. La delegación peticionó al gobernador el derecho de residencia común, de tener sus iglesias y escuelas, educando a sus hijos en la fe y en la cultura, sin exponerlos al analfabetismo corriente en la provincia. El mandatario provincial insinuó que podrían residir juntos de a cuatro familias, en los puntos convergentes de cuatro límites de parcelas... pero ellos no lo aceptaron.[65]

La tenacidad germánica tenía faces cómicas en su indefensa defensa. El Estado Central había prestado a estas primeras familias (200 en total, unas 1500 personas) una carpa, tipo ejército, en la que deberían vivir en sus chacras hasta que se pudiera cumplir con lo establecido en el contrato sobre la construcción de viviendas. Como «consuelo» se les auguraba que ahí deberían aguantarse, como mínimo, ocho meses. A las pocas semanas de estar en sus toldos en los campos, comenzaron a sentir el efecto de la soledad y del desamparo, junto al abandono espiritual. Un día cargaron sobre los hombros sus carpas, y de común acuerdo las armaron en otro lugar, y en fila como una colonia, dejando calle por medio. Pero también imaginaron a qué se exponían, y prepararon la defensa.

Sabían que la primera represalia estatal sería quitarles sus carpa, y previsores, y recordaron la costumbre de los tártaros, de los que ellos se reían tanto antes: y comenzaron a construir sus casas, no hacia arriba, pues no había con qué, sino HACIA ABAJO, tierra adentro (simlinka), con dos piezas, y cubierto todo con el abundante pajonal de totora. Cuando llegaron los policías a desalojarlos, se hallaron desarmados ante la decisión de los colonos, que antes de que les pidieran las carpas, ya se las ofrecían, y aquellos se rieron a gusto, comprendiendo que nada podrían hacer, a no ser llamarles "vizcacheros", como aún hoy se llama a los hijos de Mariental (Aldea Valle María, Entre Ríos).[65]

Otro de los casos notables que se dieron en el país respecto a la reticencia por parte de los inmigrantes a acatar las políticas de asimilación forzosa que les proponían «olvidar» su cultura de un día para el otro, pero que sorprende de manera diferente en tanto canaliza su naturaleza enérgica con castigos aplicados dentro de la propia comunidad, es el de las colonias piamontesas «asentadas sobre la ruta 34, desde San Genaro hasta San Francisco de Córdoba, donde durante las tres primeras décadas de este siglo [por el siglo XX], las maestras pegaban a los alumnos que decían palabras en castellano».[66]

Pronto las diferentes colectividades comenzaron a constituir sus instituciones para nuclearse, como asociaciones y sociedades, gran parte de las cuales susbsisten en la actualidad, y hoy continúan nucleando a sus respectivos descendientes.

No obstante eso, aún no había una idea clara desde el gobierno de repestar el mosaico étnico del país. Más recientemente en el tiempo, en 1997, el Consejo Federal de Educación había resuelto que los menonitas de la Argentina debían dar cumplimiento a la obligatoriedad del sistema escolar argentino, que no contempla la diversidad en ningún caso y se aplica de manera independiente a las etnias que habitan el territorio, es decir, impartido en cualquier caso en idioma castellano. Daniel Barberis, director del Centro de Denuncias contra la Discriminación, que depende de un foro de organizaciones no gubernamentales, reflexionó:

Si entendemos a la discriminación como a la incapacidad para aceptar lo distinto a nosotros, este sería un caso discriminatorio. El Gobierno debería permitir a los menonitas que sean distintos. Debería integrarlos, pero sin romper su identidad y sin pensar que nuestro modelo social es el único o el mejor. ¿O acaso queremos repetir hoy lo que ocurrió en 1492 con los aborígenes?

Daniel Barberis[67]

Pese a la existencia de este grupo que aún sufre las presiones estatales tendientes a la asimilación forzosa, no son las únicas víctimas de este modelo de calderas que, bajo la apariencia romántica e inocente de poder llegar a fundirlo todo, parte de lo que incinera, son también los derechos individuales de mantener una identidad propia. En 2008, en la primera jornada intercultural de derecho de pueblos originarios organizada por el programa de Derechos Humanos de la Universidad Nacional del Litoral y el INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo), que reunió a las comunidades de aborígenes que aún mantienen su cultura en un marco de endogamia, apartado del resto de la sociedad, la cacica concluyó:

Jamás nos vamos a integrar porque pensamos, sentimos y actuamos como indígenas. Podemos incorporarnos a la sociedad porque de hecho hablamos castellano, incluso lunfardo, pero nunca nos vamos a integrar.[68]

Los inmigrantes latinoamericanos[editar]

La inmigración latinoamericana es la mayoritaria desde mediados del siglo XX y está transformando la composición étnica de Argentina.

La inmigración limítrofe siempre existió: según el INDEC (Instituto Nacional de Estadística y Censos), desde 1869 hasta hoy se mantuvo aproximadamente en un 15 % de la población del país. A partir de la segunda mitad del siglo XX se constituyó en la inmigración mayoritaria. Hasta lo años sesenta la inmigración proveniente de países fronterizos estaba fundamentalmente relacionada con las economías regionales de las zonas fronterizas: paraguayos con las cosechas de algodón y yerba mate del Nordeste argentino (NEA); bolivianos con las cosechas de tabaco y caña de azúcar en el Norte argentino (NA) y horticultura en Mendoza y provincia de Buenos Aires; chilenos con la esquila, la recolección de frutas y el petróleo en la Patagonia.[69] Estas migraciones, generalmente temporarias y limitadas a los espacios fronterizos comunes, tuvieron un impacto relativamente menor en la composición étnica de la población argentina.

Desde los años sesenta, con la crisis de las economías regionales la inmigración fronteriza comenzó a dirigirse principalmente hacia el Gran Buenos Aires, donde se encuentra alrededor del 35 % de la población nacional, impactando de manera mucho más acentuada en la composición étnica de la población.

La comunidad boliviana es la primera en cantidad de extranjeros (3 500 000, censo 2001) totalizando entre doce y trece millones y medio de descendientes que se distribuyen en las grandes ciudades del país. Se trata de un colectivo con muy alta composición étnica indígena, principalmente aymara.

La comunidad paraguaya es la segunda que cuenta con la mayor cantidad de extranjeros (2 000 000, Censo 2001), totalizando entre un doce y medio y quince millones de descendientes, que residen principalmente en el Gran Buenos Aires. Se trata de un colectivo que habla generalizadamente el idioma guaraní y a su vez tiene una composición étnica ampliamente mestizada mayoritariamente indígena-guaraní, europea y española-colonial.


La comunidad chilena es la cuarta en cantidad de extranjeros. Según el censo del 2010, había 211 147 chilenos radicados en Argentina.[70] Más de la mitad de la comunidad se concentra en las provincias patagónicas.

La comunidad uruguaya es la séptima comunidad y cuenta con 118 000 inmigrantes, la mayoría residiendo en Buenos Aires, que significan casi un 5 % de la población total del Uruguay.

La comunidad peruana es relativamente reciente pero está creciendo aceleradamente. Alcanza los 100 000 inmigrantes, pero extraoficialmente se habla de 240 000 y residen principalmente en la Ciudad de Buenos Aires. Se trata de un colectivo con muy alta composición étnica indígena, principalmente quechua

Por otro lado, la comunidades brasileña y colombiana son muy pequeñas, alcanzando de 90 000 a 95 000 inmigrantes cada una y la gran mayoría residiendo en Buenos Aires. Existen también otras pequeñas comunidades latinoamericanas entre las que se destacan los ecuatorianos, dominicanos, venezolanos, mexicanos y cubanos.

Finalmente, hay pequeñas comunidades de Centroamericanos, en especial proveniente de Panamá y Costa Rica, la mayoría de estos son estudiantes universitarios que ingresan al país para realizar estudios de grado y post-grado, muchos regresan a su país de origen, mientras que otros consiguen oportunidades laborales fácilmente, gracias al dominio de un segundo idioma.

Árabes, judíos y armenios[editar]

En la Argentina existen importantes comunidades de árabes, judíos y armenios que ingresaron al país durante la gran ola de inmigración europea y se encuentran arraigadas desde hace muchas décadas.

Árabes[editar]

La comunidad árabe está integrada principalmente por descendientes de sirio-libaneses y es una de las mayores comunidades del país, estimándose en 3,6 millones la cantidad de descendientes de árabes, un 10 % de la población total.[71] El expresidente Carlos Menem es hijo de inmigrantes sirios.[72]

Judíos[editar]

La comunidad judía es la tercera del continente y la séptima del mundo.[73]

Desde al menos el siglo XIX es una comunidad que ha sido objeto de variadas formas de persecusión antisemita. El primer pogrom de América Latina estalla durante la Semana Trágica de 1919. Durante la barbarie nazi en Europa, el canciller del expresidente Roberto Ortiz (1886-1942) ordenó en 1938 que las embajadas argentinas impidieran el ingreso de inmigrantes judíos al país. Junto con los homosexuales, los judíos fueron los desaparecidos que con más saña fueron tratados por los esbirros del Proceso. Se produjeron también sendos atentados terroristas, con posible participación ultraderechista local, tanto en la embajada de Israel (en 1992) como contra la AMIA (en 1994). Los ataques a la comunidad judía también se producen desde el ámbito cultural. Así pues, personalidades como Mariano Grondona o Hugo Wast han firmado textos donde se ataca a esta comunidad.

A pesar de la persecusión, los judíos han aportado significativamente al desarrollo del país. Así pues, son judías personalidades destacadas de todos los ámbitos, incluido un premio Nobel en Medicina.

Armenios[editar]

La comunidad armenia cuenta en la Argentina con unos 120 000 descendientes, el 4 % del total de 3 millones que viven fuera de Armenia, siendo la segunda comunidad más grande del continente, después de Estados Unidos.[74]

Las tres comunidades han tenido una gran influencia y tienen una gran importancia para el establecimiento de una sociedad cultural y religiosamente pluralista.

Las comunidades de origen asiático[editar]

A partir de mediados del siglo XX, comenzaron a llegar inmigrantes de países asiáticos, siendo las primeras oleadas de origen japonés. Posteriormente, en los años 1970 llegaron contingentes de ciudadanos de nacionalidad china y taiwanesa, en los años 1990, surcoreanos y laosianos.

Actualmente se estima que las comunidades asiáticas están integradas por unos 130 000 descendientes, de los cuales más de la mitad pertenecen a la comunidad china, pero debe tenerse en cuenta que la comunidad japonesa (35 000) es la cuarta en el mundo fuera de Japón, luego de Brasil, Estados Unidos, Canadá y Perú.[75] En general las comunidades asiáticas son las que menor tasa de mestizaje registran, especialmente la japonesa.

El «crisol de razas»: el mestizaje[editar]

El mestizaje ha desempeñado un papel fundamental en la composición étnica de la población argentina. El proceso, denominado en la cultura nacional con el término «crisol de razas» (equivalente al «melting pot» ―‘crisol de fundición’― estadounidense), registra una intensidad inusitada en la Argentina, produciendo el mestizaje no solo de las tres grandes ramas étnico-culturales (europeos, indígenas y africanos), sino de las decenas de etnias particulares que integran cada una de esas ramas (italianos, españoles, polacos, judíos, mapuches, diaguitas, collas, guaraníes, bantúes, yorubas, etc.). Es necesario precisar que la inmigración española durante los tiempos de la colonia estuvo integrada mayoritariamente por varones solos que se mestizaron en la Argentina con mujeres de ascendencia primordialmente indígena y africana. Luego, la mayoría de los inmigrantes provenientes de ultramar también eran varones solos, y muchos de ellos se mestizaron en la Argentina con mujeres criollas, de ascendencia primordialmente indígena y africana.

El mestizaje ha tenido tres etapas bien marcadas:

  • Durante la etapa colonial el mestizaje de varones españoles y mujeres indígenas y africanas estuvo marcado principalmente por las relaciones de dominación entre los colonizadores y los indígenas encomendados o los esclavos de origen africano. Muchos investigadores han considerado que la mayor parte de esas relaciones sexuales se realizaron de manera forzada.[76] [77] [78]
Todos los historiadores están de acuerdo en destacar que los españoles se caracterizaron por un alto nivel de relaciones sexuales con indígenas y africanas. Sin embargo, y paradójicamente, esas relaciones estaban castigadas por el estricto orden racista fundado en castas aplicado durante el régimen colonial, ya que solo los descendientes de español/europeo y española/europea eran considerados «blancos» de «sangre pura» y podían como tales acceder a los privilegios que les concedía esa situación. Por el contrario, los descendientes provenientes de relaciones sexuales entre españoles e indígenas o africanas, eran considerados como «castas» inferiores, debido a que su sangre se consideraba manchada, en algunos casos para siempre. Por esa razón en muchos casos, entre la clase alta, el mestizaje era ocultado y la persona presentada como «blanca». El historiador José Ignacio García Hamilton ha sostenido en el año 2000 que precisamente esa era la situación de José de San Martín, máximo prócer del país. Es posible que de esta antigua práctica provenga la extendida costumbre en los varones de clase alta y clase media hasta mediados del siglo XX de iniciarse sexualmente con la empleada doméstica de la familia, llamada habitualmente «mucama» (literalmente ‘esclava amante de su amo’ en kimbundu)[79] y muchas veces «sierva».[80]
  • Durante la gran inmigración europea el mestizaje estuvo principalmente relacionado con la condición de hombres solos que tenía la mayor parte de los inmigrantes. Ello llevó a un amplio mestizaje de europeos con las mujeres nativas, mayoritariamente mestizas (llamadas «chinas»), indígenas y afroargentinas. Varios investigadores sostienen que en este proceso de mestizaje, de una población de inmigrantes varones varias veces superior a la población local, se diluyeron los rasgos genotípicos indígenas y africanos y predominaron los europeos, que dan ese aspecto diferencial a la población argentina, sobre todo en las ciudades y regiones que recibieron mayor inmigración: Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Mendoza y Entre Ríos.[81] Una característica de la inmigración europea en la Argentina que la distingue notablemente de la recibida por Estados Unidos en la misma época, es el grado relativamente poco cerrado de las colectividades y el gran mestizaje entre la diferentes etnias europeas entre sí.[82] han puesto de relieve la naturaleza relativamente forzada y autoritaria de este mestizaje impuesta en gran medida por el Estado y las clase altas criollas, en la que, la homogeneización de la población y la pérdida de la cultura y el idioma materno de los inmigrantes constituyó uno de los principales objetivos.
  • Las nuevas migraciones. Desde la década de 1930 y más acentuadamente desde la Segunda Guerra Mundial, la inmigración europea cesó y simultáneamente se inició una gran migración interna del campo a la ciudad y del norte hacia el litoral, acompañada por una inmigración relativamente alta y constante (2,5 % de la población total) desde los países fronterizos, principalmente Paraguay y Bolivia. Estas migraciones han producido nuevas mestizaciones que están teniendo como resultado un crecimiento de los aportes étnicos de ascendencia indígena y africana, así como de las culturas específicas de los países de origen.[9]

Si bien más tarde, durante la gran ola de inmigración europea hubo mayoría de hombres, se dieron algunas excepciones con respecto al mestizaje interétnico, ya que algunos pueblos emigraron en masa y colonizaron en familias ya formadas como en el caso de los alemanes del Volga en el interior de las provincias (que mantuvieron la endogamia durante varias generaciones, aumentando notablemente la población de germano argentinos desde el interior del país), los galeses de la Patagonia (que continuaron eligiéndose entre ellos por décadas), los menonitas (que permanecen dentro de su misma etnia hasta nuestros días), los romaníes (endogámicos hasta la actualidad),[83] los irlandeses (endogámicos hasta mediados del siglo XX),[84] varios grupos de italianos (como por ejemplo los del barrio porteño de La Boca)[85] y los judíos que continuaron ―e incluso en algunos casos continúan― eligiendo sus cónyuges dentro de su mismo grupo étnico.[86] [6]

Mientras tanto, en «Instituciones de la inmigración siria y libanesa en la Argentina», Liliana Cazarola, licenciada en Historia y especialista en inmigración siriolibanesa en la Argentina, afirma:

En los primeros años de vida eran "sociedades cerradas", para ser socios de sus instituciones debían ser árabes, luego les dieron acogida a los hijos y después a los nietos. A tal punto corroboro lo dicho que en algunas entidades la socia viuda de un árabe que se casaba con un extranjero era expulsada de la sociedad, y lo mismo ocurría con las sociedades étnicas españolas.[87]

Por otro lado, debemos tener en cuenta que la proximidad residencial de la que gozaron las etnias radicadas en colonias favoreció la endogamia, no sólo entre inmigrantes europeos, sino también entre los pueblos originarios que, por decisión, vivieron o viven congregados. Ana Jofre, catedrática de Geografía Humana del departamento de Geografía de la Universidad de La Plata denomina como "endogamia encubierta", por ejemplo, al hecho de que los baleares se casaran con mujeres nacidas en Argentina, pero generalmente de ascendencia balear.[88] Sergio Caggiano, doctor en Ciencias Sociales (IDES-UNGS), magíster en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural (UNSaM-IDAES), ha escrito un libro titulado Lo que no entra en el crisol: inmigración boliviana, comunicación intercultural y procesos identitarios,[89] en donde expone la realidad de uno de los pocos grupos que continúan practicando la endogamia y la endogamia encubierta en la Argentina, los bolivianos, que forman sus parejas con otros bolivianos o con argentinos de ascendencia boliviana.[90] [91]

Investigaciones que presentan al "crisol de razas" como un mito nacional[editar]

A pesar de que en algunos establecimientos educativos y desde ciertas instituciones y medios de comunicación se difunde la idea de que la Argentina es un "crisol de razas", no todos los académicos están de acuerdo con ello, y algunos lo consideran un mito nacional. Sostienen que ese concepto ha sido creado para incitar a los diversos grupos étnicos a amalgamarse entre sí olvidando sus culturas, presentando el caso como si ya fuera un hecho del pasado. La socióloga Susana Torrado ha puesto fuertes reparos a la teoría del crisol de razas, señalando el surgimiento de una gran brecha étnica entre los pobladores de las pampas, más relacionados con los descendientes de inmigrantes europeos y la clase media, y los pobladores de las zonas extrapampeanas, más relacionados con los criollos y la clase trabajadora.[11] [92] Torrado ha señalado que a partir de la década de 1940, esa brecha étnica entre "europeos" y "criollos" se agudizó y se manifestó en términos de abierta confrontación, como "aluvión zoológico" y "cabecita negra", que establecieron un nuevo criterio para marcar diferencias sociales y jerarquías étnicas, que se han vuelto muy notables cuando se trata de precisar cuales son los sectores sociales más desfavorecidos:

Los rostros de los niños que la televisión exhibe como testimonio estremecedor del avance de la indigencia y la desnutrición tienen todos rasgos criollos y no europeos. Sólo que de eso no se habla.

Susana Torrado[11]

Por otro lado, el sociólogo, educador, Senador Nacional por la Ciudad de Buenos Aires y ex Ministro de Educación de la República Argentina Daniel Filmus también sostiene que el crisol de razas en la Argentina es un mito, lo que implicaría que en el país no vive una sola nación como producto de varias ya mezcladas, sino que se trata de un país multiétnico y multiracial en donde conviven niños de culturas y orígenes diferentes que deben ser respetados.[93]

Más recientemente, las evidencias volvieron a cuestionar la teoría de un crisol de razas ya establecido en la Argentina cuando la comunidad toba planteó la necesidad de tener un stand en la Feria de las Colectividades Extranjeras de Rosario, y fueron rechazados con el fundamento de que ellos forman parte de la Nación Argentina (por lo que nunca podrían ser un grupo extranjero). Susana Chiarotti (abogada con especialidad en Derecho de Familia, perteneciente a la Asamblea Permanente de Derechos Humanos) afirma:

El conflicto de la comunidad toba, cuando planteó la necesidad de tener un stand propio en la Feria de las Colectividades, pone sobre las tablas el debate sobre nación y Estado. En un Estado pueden coexistir varias naciones. Nación significa una comunidad histórica, más o menos completa institucionalmente, que ocupa un territorio o una tierra natal determinada y que comparte una lengua y una cultura diferenciada. En sentido sociológico, la idea de nación está ligada a la idea de pueblo o de cultura. Un país que contiene más de una nación no es una nación-estado sino un Estado multinacional, donde las culturas más pequeñas forman las «minorías nacionales». El Estado multinacional puede formarse por invasión de una potencia a un país, por anexión o voluntariamente, al decidir varias culturas formar una federación.[66]

En 2005, la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad de Buenos Aires llevó a cabo un informe titulado «El espacio cultural de los mitos, ritos, leyendas, celebraciones y devociones» en donde el tema del crisol de razas en Argentina ya fue abordado como un mito.[94]

En el libro La Argentina pensada: diálogos para un país posible, Mempo Giardinelli (1947-) es tajante:

El cuento del crisol de razas, sin ir más lejos, según el cual existiría una especie de caldera donde se funde todo y surge una nueva raza. La "nueva raza argentina", decía Lugones ―el peor Lugones―, de alguna manera superadora. Y no sólo es una mentira sino que, además, el del crisol de razas es un mito cretino. ¿Por qué? Porque las razas y las etnias existen, no se pueden fundir. No son como chocolates o quesos en una fondue. Las etnias humanas no se funden. Alguien puede intentar mezclarlas, pero sus individualidades van a quedar. Y está bien que queden. La cuestión es ver de qué manera una sociedad permite y armoniza reglas de convivencia, de coexistencia, para que esa sociedad sea mejor para todos y con todos, incluyendo las diferencias.[95]

En El crisol de razas hecho trizas: ciudadanía, exclusión y sufrimiento, Neufeld y Thisted[96] exponen desde un abordaje antropológico y psicoanalítico la fragmentación étnica que sufre la Argentina, y el hecho de que si bien una gran cantidad de argentinos puede contar diversos orígenes entre sus ascendientes, estos son generalmente descendientes de europeos con descendientes de europeos, y mestizos e indígenas con mestizos e indígenas, por lo que la aparente "gran fundición" es una mentira en la que pocos reparan, y los que lo hacen, la ocultan.

Simultáneamente, en el Diccionario del pensamiento alternativo, de Bigiani y Roig, también se aborda el tema del crisol de razas de Argentina como un mito.[97]

De acuerdo con el artículo «Una experiencia de capacitación en etnomatemática» (2009),[98] de Santillán y Zachman,[99] el término apropiado para referirse a la realidad de la Argentina no es el de «crisol de razas» sino el de «mosaico de etnias», ya que aún no han llegado a fundirse unas con otras. Y de acuerdo con sus estudios, concluyeron que la mayoría de los argentinos prefieren que la Argentina no sea un crisol sino un mosaico de etnias, en donde pueda vivir una separada de la otra:

Se dice mosaico de razas o de etnias por ser un conjunto de diferentes razas que tienen relación entre sí pero que no consiguen fundirse en una sola nación (precisamente lo que sucedería si fuera un crisol). Por otra parte, la mayoría de los argentinos prefieren que sea un mosaico con cada parte bien delimitada y separada de la otra.

Alejandra Santillán y Patricia Zachman[98]

Mientras tanto, Rita Segato ―antropóloga argentina radicada en Brasilia― califica a la idea de crisol de razas como «terror étnico» porque, al crear la nación ―sobre todo a partir de la elitista Generación del Ochenta―, el modelo del «sujeto argentino» tenía que ser neutral. Eso pasó a ser opresivo, silenciador de una pluralidad de voces que se mantuvieron fluyendo bajo la superficie, en una verdadera clandestinidad, durante siglos. Y pone al ejemplo de los huarpes. La solución argentina fue el genocidio indígena (al igual que en Estados Unidos) y la gran inmigración europea.[100]

Fuera del país, Raanan Rein ―prestigioso científico israelí, doctor en Historia de la Universidad de Tel Aviv (Israel)― no duda en definir al «crisol de razas» de la Argentina como un mito.[101]

Durante un coloquio de la B'nai B'rith Argentina (rama local de B'nai B'rith Internacional, la organización judía internacional de servicios a la comunidad más antigua en el mundo, que tiene presencia activa en 58 países), Pablo A. Chami expuso que la idea de crisol de razas no coincide con la realidad de la Argentina, y se permitió todavía ir más allá al recomendar otro modelo de país:

¿Qué pasa hoy, un siglo y medio después de que la idea del crisol de razas fue concebida? Creo que la identidad original de los seres humanos no se pierde por completo. Vemos que los hijos o nietos de los inmigrantes quieren conservar parte de sus antiguas tradiciones, creencias o costumbres. Los miembros de las distintas comunidades fundan sus propias instituciones: escuelas, universidades, centros de estudios, hospitales, mutuales, cementerios, iglesias y sinagogas. Todo ello con el propósito de conservar y transmitir su identidad y sus valores. Aquí es donde pienso que el modelo del crisol no coincide hoy con la realidad de la Argentina, pues las diferencias no se borran tal fácilmente. Mi abuela siempre me decía: «La sangre no se hace agua». Entonces ¿con qué me identifico? ¿Con qué nos identificamos? Es en este punto donde creo que deberíamos pensar en otro modelo de país, otro modelo de sociedad, una sociedad abierta, de muchas etnias, donde cada una sea respetada.

Pablo Chami[102]

Censos poblacionales sobre indígenas y descendientes de africanos[editar]

Por medio de la Encuesta Complementaria de Pueblos Indígenas (ECPI) 2004-2005[21] basada en el Censo Nacional de Población 2001 del INDEC se contabilizaron 2 500 329 indígenas que habitan el país, según resultados estimados. Esto corresponde alrededor del 6 % de la población total. Las personas censadas se reconocen pertenecientes o descendientes de la primera generación de algún pueblo indígena. Además, el organismo sostiene que, según los resultados, un 6,8 % de los hogares argentinos tiene al menos un integrante que se reconoce perteneciente a un pueblo indígena.

Para más información ver Indígenas en Argentina

Según los resultados de un censo, de carácter piloto, efectuado por la Universidad Nacional de Tres de Febrero, con fondos del Banco Mundial y la ayuda del INDEC, un 5 % de la población reconoce tener al menos un ancestro de origen africano.[103]

Investigaciones biológicas sobre la composición étnica de la población argentina[editar]

Desde fines de los años ochenta y de la mano con los adelantos en Genética comenzaron a realizarse investigaciones científicas sobre la composición genética de la población argentina. A tal fin los investigadores utilizan diversas técnicas, que a veces son objeto de debate, en las que seleccionan diversos marcadores genéticos que resultan habituales en ciertas poblaciones e inhabituales en las demás.

Antepasados europeos y aborígenes (Quiroga et al, 1985)[editar]

En 1985, un grupo de científicos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires analizaron los grupos sanguíneos de 73 875 dadores de sangre que concurrieron al banco de sangre del Policlínico Ferroviario Central, con el fin de encontrar componentes genéticos europeos y aborígenes. Las muestras fueron organizadas siguiendo un mapa del país y concluyó que «los porcentajes encontrados en la población nativa fueron: componente europeo 81,77 % y 81,47 % y componente aborigen 18,23 % y 18,57 %».[104]

Antepasados amerindios (Corach-UBA, 2005)[editar]

El Servicio de Huellas Digitales Genéticas de la Universidad de Buenos Aires concluyó en 2005 una investigación dirigida por el genetista argentino Daniel Corach. El estudio se realizó sobre marcadores genéticos de 320 muestras de individuos varones, tomadas al azar de un total de 12 000 individuos de 9 provincias sobre los que se contaba con datos genéticos realizados para identificaciones judiciales.

La investigación concluyó que:

Más del cincuenta por ciento de las muestras exhiben haplogrupos mitocondriales característicos de las poblaciones originarias, 52 % en la muestra de la región Centro, 56 % en la muestra del Sur-SurOeste y 66 % en la región Nor-NoeEste. Por otro lado, el 20 % exhibe la variante “T” característica de las poblaciones originarias en el locus DYS199. La detección de ambos linajes originarios, tanto por vía paterna como por vía materna se restringe a un 10 %. El componente poblacional que no presenta contribución amerindia alguna en la región del centro es de 43 %, en la región Sur-SurOeste es de 37 % y en la región Nor-NorEste de 27 %. En promedio, menos del 40 % (36,4 %) de la población exhibe ambos linajes no amerindios; pudiendo ser europeo, asiático o africano.

Sobre las implicancias del estudio, los investigadores manifestaron que:

La información aquí resumida se basa en observaciones científicas que permiten redefinir la pretendida creencia del origen europeo de todos los habitantes del territorio argentino. De acuerdo con nuestros resultados y otros muchos, generados por diferentes grupos de investigación de nuestro país, podemos confirmar una sustancial contribución genética de las poblaciones originarias de América a la constitución actual de la población argentina. Este tipo de investigaciones tienden a contribuir a la caracterización de la identidad de nuestro país en forma respetuosa y antidiscriminatoria.

Antepasados africanos (Fejerman-Oxford, 2005)[editar]

Laura Fejerman, una genetista argentina radicada en Berkeley (Estados Unidos), estimó en 2005 que casi el 5 % de los argentinos tiene algún antepasado africano.

Antepasados africanos (CGFyL-UBA, 2005)[editar]

En 2005, una investigación del Centro de Genética de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires estableció ―luego de analizar 500 muestras de sangre en el Hospital Italiano, el Hospital de Clínicas y el Centro Regional de La Plata―, que un 4,3 % de las muestras analizadas correspondientes a habitantes del Gran Buenos Aires contenía marcadores genéticos africanos y un 15 % marcadores genéticos amerindios. Los investigadores afirmaron que estos resultados podrían estar indicando una creciente participación de mujeres indígenas y afroargentinas en las relaciones familiares de la población bonaerense, luego de finalizada la oleada inmigratoria europea a mediados de los años cuarenta, a consecuencia de las migraciones internas y desde otros países latinoamericanos como Paraguay, Bolivia y Perú. Estas migraciones habrían modificado sustancialmente la composición genética de la población bonaerense genotípico, y ligeramente, el fenotipo.[103]

Composición étnica promedio del genoma argentino (Avena et al, 2006)[editar]

Un grupo de investigadores[9] pertenecientes a diversas instituciones científicas argentinas y francesa (CONICET, UBA, Centre d’Anthropologie de Toulouse), sobre la base de datos recolectados en los Hospitales de Clínica e Italiano de la Ciudad de Buenos Aires, concluyó que:

  • La mezcla génica promedio de la población argentina, contiene un 79,9 % de contribuición europea, un 15,8 % indígena y un 4,3 % africana.
  • La contribución indígena y africana se encuentra en aumento y la europea en descenso, atribuyéndolo a la migración interna y de los países limítrofes y de Perú, de elevada composición indígena desde mediados del siglo XX.
  • La contribución indígena y africana se ha transmitido principalmente por vía materna, mostrando una importante contribución de las mujeres nativas en los procesos de mestizaje que se han producido en el país.
  • La proporción de individuos con al menos algún ancestro de ese origen fue estimada en un 10 %.
  • Propone el efecto de «dilución» como explicación para la desaparición de la virtual desaparición censal de la importante población negra y mulata existente en el siglo XIX.

Composición étnica promedio del genoma argentino (Seldin et al, U. California 2006)[editar]

Un grupo de investigadores[105] pertenecientes a diversas instituciones científicas de Argentina, Estados Unidos, Suecia y Guatemala, dirigidos por Michael F. Seldin de la Universidad de California concluyó que:

  • La estructura genética promedio de la población argentina contiene un 78 % de contribución europea, un 19,4 % indígena y un 2,5 % africana (usando el algoritmo bayesiano).
  • 4 individuos sobre 94 mostraron una contribución genética africana mayor del 10 %.
  • En las 94 personas examinadas la contribución amerindia varía ampliamente desde 1,5 % al 84,5 %.

La genética molecular en la identificación amerindia (Martínez Marignac)[editar]

La Dra. Verónica Martínez Marignac, genetista de la Universidad Nacional de La Plata ha publicado una serie de artículos científicos referidos a los aportes de la genética molecular a la identificación Amerindia. Entre ellos se destacan su tesis doctoral «Derechos de las minorías aborígenes: aportes de la genética molecular a la identificación amerindia» (2001),[106] así como «The origin of amerindian Y-chromosome as inferred by the analysis of six polymorphism markers» (1997),[107] Characterization of ancestral and derived Y chromosome haplotypes of New World native populations (1998),[108] «Characterization of the Y-chromosome of a New World»,[109] «Estudio del ADN mitocondrial de una muestra de la ciudad de La Plata»,[110] «Variabilidad y antigüedad de linajes holándricos en poblaciones jujeñas»,[111] «Efecto del contacto interétnico en el acervo de Quebrada de Humahuaca y la Puna jujeña».[112]

La Dra. Martínez Marignac sostiene en su tesis doctoral:

Algunas comunidades indígenas aisladas del Amazonas pueden llegar a tener hasta el 95 % de sus linajes de origen americano, mientras que otras comunidades como la tehuelche o mapuche de 40 a 90 %, siendo el resto correspondiente a linajes europeos o africanos (Bianchi et al, 1998). Asimismo, las poblaciones urbanas de La Plata muestran un 80 % del componente europeo en los estratos sociales más altos y un alto nivel de introgresión indígena (hasta un 70 %) en niveles socioeconómicos menos acomodados (Martínez Marignac et al, 1999). En consecuencia se da una paradoja que comunidades que se autodefinen como indígenas por sus costumbres tienen la misma cantidad de mezcla americana-europea-africana que poblaciones urbanas que figuran como no indígenas en censos. Esta particularidad es debida a la historia migratoria y de contactos interétnicos sucedidos en la Argentina.

Genética y derechos de los indígenas (Bianchi-Martínez Marignac)[editar]

Los genetistas argentinos Néstor Oscar Bianchi y Verónica Lucrecia Martínez Marignac responsables de muchas de las investigaciones genéticas que se realizan en la Argentina relacionadas con la ascendencia indígena, publicaron un amplio artículo titulado «Aporte de la genética y antropología molecular a los derechos de los indígenas argentinos por la posesión de tierras»,[113] en el que explica detalladamente el estado de las investigaciones, sus alcances y la bibliografía internacional disponible.

Entre otras cosas los Dres. Bianchi y Martínez Marignac dicen en su artículo:

El desarrollo vertiginoso en la caracterización de marcadores moleculares específicos del cromosoma Y y del ADNmt ha generado la posibilidad de reconocer linajes de origen geográfico o étnico específico de un individuo o población (Bailliet et al, 1994; Bianchi y Bailliet, 1997; Bravi et al, 1997; Dipierri et al, 1998; Morrell, 1998; Gibbons, 1998; Bailliet et al, 2000; Alves-Silva et al, 2000).

Los análisis de herencia uniparental en comunidades indígenas sudamericanas evidenció que cerca del 90 % de los Amerindios actuales derivan de un único linaje paterno fundador que colonizó América desde Asia a través de Beringia hace unos 22 000 años (Bianchi et al, 1997; 1998). Siendo estos resultados corroborados por otros grupos de investigación (Underhill et al, 1996; Lell et al, 1997; Karafet et al, 1998; Santos et al, 1999) concuerdan con la teoría "Out-of-Beringia" (‘provenientes de Beringia’ en inglés) propuesta por Bonatto y Salzano (1997).

Los sistemas de herencia uniparental en lo teórico se constituyen así en elementos de juicio en litigios donde sea necesario determinar el ancestro étnico de un grupo de individuos o el grado de relación de la comunidad en su conjunto a determinados grupos étnicos. Estos sistemas de herencia pueden instrumentarse en forma positiva para el reconocimiento de los derechos que reclaman los pueblos indígenas y sus comunidades.

Es importante destacar que el aporte de la genética molecular por sí solo no debe ser tomado como elemento de definición de la identidad amerindia. Sin embargo, en combinación con los parámetros históricos y socioculturales, serviría como elemento complementario para definir la identidad amerindia de una persona (Tamagno et al, 1991 y Altabe et al, 1995).

Discriminación étnica en Argentina[editar]

En la Argentina, como en la mayoría de los países del mundo, existen conductas de discriminación por las características étnicas o el origen nacional de las personas[114] y se han difundido términos y conductas para discriminar a ciertos grupos de población.

Las sucesivas emigraciones de Galicia a Argentina, Uruguay, Venezuela, Cuba, etc., a finales del siglo XIX y principios del XX hicieron que «gallego» (para el núcleo italiano-argentino mayoritario) fuera sinónimo de «español», y algunos sectores de la población tradicionalmente han utilizado término «gallego» con una significación despectiva como sinónimo de incultura, estereotipo perfectamente recreado por la humorista Niní Marshall con su personaje Catita, amén de los extendidos y ofensivos «chistes de gallegos».

A los franceses y polacos, sobre todo a las mujeres, se las ha identificado discriminatoriamente con la prostitución. El antisemitismo en la Argentina ha tenido graves manifestaciones, como la orden secreta del canciller argentino en 1938 de impedir el ingreso de judíos a territorio nacional[115] y los atentados terroristas contra instituciones judías en 1992 y 1994.

El atentado a la Amia fue uno de los hechos de antisemitismo político más importantes de los últimos tiempos, pero su contracara fueron los miles de manifestantes reclamando justicia, con carteles que decían «todos somos judíos».[116]

Un tipo especial de discriminación se ha generalizado desde mediados del siglo XX contra personas que son denominadas como «cabecitas negras», «negros», «negritas», «gronchos», «grasas», etc. y que están relacionados fundamentalmente con gente de clases bajas. En muchos casos, «se han racializado las relaciones sociales»[117] y simplemente se utiliza el término «negro», para denominar a la persona de clase social baja, sin relación alguna con el color de su piel. En las relaciones laborales es de uso habitual entre las personas que poseen cargos de importancia en empresas en manejo de personal, referirse a los trabajadores como «los negros». También en la vida política es habitual que ciertos grupos se refieran a los simpatizantes del peronismo como «negros», con un sentido despectivo.

También se han desarrollado términos y actitudes de tipo racista y despectivos para dirigir a las personas provenientes de la inmigración de Bolivia, Paraguay y Perú. Los simpatizantes de algunos clubes de fútbol populares del país, cantan en masa canciones destinadas a despreciar a los hinchas de sus clásicos rivales utilizando términos xenófobos o racistas.[118]

En la Argentina se creó en 1995 por Ley Ley 24515 el Instituto Nacional contra la Discriminación (INADI), para combatir la discriminación y el racismo.

Notas[editar]

  1. La Argentina, desde el siglo XIX, al igual que Brasil, Australia, Canadá o Estados Unidos, se convierte en un «país de inmigración», entendiendo por esto una sociedad que ha sido conformada por un fenómeno inmigratorio masivo, a partir de una población local muy pequeña.

    Enrique Oteiza y Susana Novick (2000):
    «Inmigración y derechos humanos. Política y discursos en el tramo final del menemismo».
    Buenos Aires: Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, 2000.
    Citado en IIGG Documentos de Trabajo, n.º 14.
  2. El antropólogo brasileño Darcy Ribeiro incluye a la Argentina dentro de los «pueblos trasplantados» de América, junto con Uruguay, Canadá y Estados Unidos.
    Ribeiro, Darcy (1985): Las Américas y la civilización. Buenos Aires: Eudeba, págs. 449 y ss.
  3. El historiador argentino José Luis Romero (1909-1977) define a la Argentina como un «país aluvial», es decir, una sociedad que ha sido influida decisivamente por uno o más fenómenos inmigratorios masivos.
    Romero, José Luis (1951): «Indicación sobre la situación de las masas en Argentina (1951)», en La experiencia argentina y otros ensayos. Buenos Aires: Universidad de Belgrano, 1980, pág. 64.
  4. Avena, Sergio A. et al (2006): «Mezcla génica en una muestra poblacional de la ciudad de Buenos Aires» ([http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_abstract&pid=S0025-76802006000200004&lng=es&nrm=iso&tlng=es resumen), en Medicina, vol. 66, n.º 2, págs. 113-118. Buenos Aires, 2006. ISSN 1669-9106. Publicado en el sitio web Scielo.
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  6. a b

    Entre 1893 y 1897, 67 % de los hombres italianos que se casaban en Buenos Aires lo hacían con una mujer italiana. Por su parte, el 86 % de las mujeres peninsulares ―que tenían, ellas o sus familias, una mayor posibilidad de elegir― se casaban con un italiano. Los datos son algo más elevados para Rosario en un período ligeramente anterior (1887-1894). Allí, 82 % de los italianos y 89 % de las italianas se casaba con una/un connacional. Si a ellos agregamos los matrimonios entre un italiano/a con una hija/o de italianos (llamados por los especialistas "matrimonios intergeneracionales"), los porcentajes para Rosario suben a 90 % entre los hombres y 98 % entre las mujeres. Es decir que casi todos los italianos/as de Rosario se casaban entre sí, y una muy amplia mayoría en el caso de Buenos Aires.

    Devoto, Fernando: Historia de los italianos en la Argentina. Buenos Aires: Biblos, 2008. ISBN 978-950-786-551-0.
  7. Sztajnszrajber, Darío (2011): «Matrimonios mixtos. Un repaso de los criterios que hacen a la causa fundamentalista de la ortodoxia contra las uniones interconfesionales y los entierros de conversos», en revista Ñ (del diario Clarín, de Buenos Aires), del 10 de junio de 2011.
  8. «Argentima acoge nuevos inmigrantes españoles que huyen del colapso económico», artículo en el sitio web Cuba Out, del 29 de noviembre de 2010.
  9. a b c d e f g Avena, Sergio A.; Goicochea, Alicia S.; Rey, Jorge; et al. (2006): «Mezcla génica en una muestra poblacional de la ciudad de Buenos Aires» (resumen). Medicina. Buenos Aires, vol. 66, n.º 2, págs. 113-118, marzo/abril de 2006. ISSN 0025-7680.
  10. Seldin, Michael F.; et al (2006): «Argentine population genetic structure: large variance in Amerindian contribution». En American Journal of Physical Anthropology, volumen 132, n.º 3, págs. 455-462. Publicado online: 18 de diciembre de 2006.
  11. a b c Torrado, Susana (09-09-2002). «La pobreza tiene rasgos criollos». Clarín. Consultado el 10-01-2010.
  12. El Censo de 1869 registró una población de 1 877 490 habitantes.
  13. En el período 1857-1940 ingresaron 6,611 millones de inmigrantes. Fuente: Dirección Nacional de Migraciones, 1970.
  14. Encuesta Complementaria de Pueblos Indígenas (ECPI) 2004-2005
  15. G. Madrazo (1991) sostiene que de una población indígena total de 500 000 habitantes, 200 000 habitaban en las sociedades de agricultores del nordeste.

    Según A. Rosemblat, el territorio actual de la Argentina habría tenido en 1570 unos 300 000 indígenas. Las nueve décimas partes de aquel total estaban en el Tucumán, y la décima parte restante en el Litoral y en Cuyo. Sin tener en cuenta la ligereza en el levantamiento de padrones, fugas, migraciones, ocultamiento de indios, el cálculo de la disminución indígena en las ciudades de la gobernación del Tucumán, según los documentos existentes, sería de un 20 % entre 1582 y 1596, y de un 43 % entre 1596 y 1607, lo que hace a una declinación general de población indígena de un 57 % en veinte años

    Rosenzvaig, Eduardo (1986): Historia social de Tucumán y del azúcar. Tucumán: Universidad Nacional de Tucumán, págs. 103-107
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  18. «Los guaraníes. Tierra argentina. Los dueños de la tierra».
  19. Citado por Rosenzvaig, Eduardo (1986): "Historia social de Tucumán y del azúcar" Tucumán: Universidad Nacional de Tucumán, págs. 103-107.
  20. En 1816, el Congreso de Tucumán calculó la población de las Provincias Unidas del Río de la Plata en 445 000 habitantes (sin computar la correspondiente a Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos, que en conjunto sumaban unos 60 000 habitantes).
    Véase «Políticas demográficas argentinas y mundiales», artículo en el sitio web Rincón del Vago.
    El Gobierno argentino informa en su sitio web que en 1810 la población del país era de 700 000 habitantes.
  21. a b «Encuesta complementaria de pueblos indígenas (ECPI) 2004-2005, artículo en el sitio web del INDEC (Instituto Nacional de Estadística y Censos).
  22. «Bernardino Rivadavia (1780-1845)», artículo en el sitio web Buenos Aires.gob.ar.
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  27. Secretaría de Gabinete y Gestión Pública. Presidencia de la Nación (ed.): «Acerca de la Argentina: Primeros conquistadores». Consultado el 02-11-2009. «En 1700 había en el Virreinato del Río de la Plata unos 2500 europeos. Al llegar el año 1810 eran apenas unos 6000, sobre un total de población de 700 000 habitantes en el actual territorio nacional.».
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  30. La Historia universal de Salvat estima en 150 000 los españoles peninsulares y 3 000 000 los criollos que vivían en América a fines del siglo XVIII. Fuente: «Civilizaciones precolombinas e Imperio español», artículo en Historia universal Salvat, tomo 12. Por otra parte Luis Vitale comenta que:
  31. a b «Españoles peninsulares y criollos», ILCE, México
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  36. El Mapa de la Discriminación realizado por el INADI en 2008, para la Ciudad de Buenos Aires, establece que el grupo más discriminador de la ciudad, detrás de la "población en general", son "los sectores económicamente privilegiados", mientras que el más afectado por la discriminación son "los inmigrantes bolivianos. "Mapa de la discriminación (Ciudad de Buenos Aires", INADI, 2008.
  37. a b Rama, Ángel (1982): Los gauchipolíticos rioplatenses, capítulo n.º 152. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina.
  38. Robles, Alberto J. (2000): «El síndrome de Martín Fierro». En revista Pistas. Buenos Aires: Instituto del Mundo del Trabajo, noviembre de 2000-
  39. Después a los cuatro vientos
    los cuatro se dirigieron;
    una promesa se hicieron
    que todos debían cumplir;
    más no la puedo decir
    pues secreto prometieron.

    José Hernández: La vuelta de Martín Fierro, capítulo final
  40. Lynch, John (2001): Masacre en las Pampas: la matanza de inmigrantes en Tandil, 1872. Buenos Aires: Emecé, 2001. ISBN 950-04-2232-8 (Comentario del libro).
  41. Rodríguez Molas, Ricardo (1982): Historia social del gaucho, capítulo n.º 159. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, ISBN 950-25-0631-6, pág. 262.
  42. Los gauchos judíos es el título de una novela de Alberto Gerchunoff, publicada en 1910. En 1974 se realizó sobre el libro una película con el mismo título, dirigida por Juan José Jusid.
  43. Martinelli, Leonardo: «Cuando la pampa era el Far West de los judíos», artículo en español publicado en la revista del domingo 14 de marzo de 2005 en el diario La Repubblica (Roma). Publicado en el sitio web Hagshama.org, de la Organización Sionista Mundial.
  44. Diego de la Fuente ―en su informe sobre el censo de 1869― estima que la población argentina en 1850 era de 935 000 personas. El historiador José del Pozo la estima en 1 100 000 para la misma fecha.
    Del Pozo, José (2002): Historia de América Latina y del Caribe (1825-2001). Santiago (Chile): LOM, pág. 20.
  45. a b Del Pozo, José (2002). Historia de América Latina y del Caribe (1825-2001). Santiago (Chile): LOM, pág. 20.
  46. Fuente: Dirección Nacional de Migraciones, 1970. Para un cuadro detallado ver "Inmigración bruta por nacionalidad (1857-1940) en Origen de los inmigrantes en Argentina hasta 1940.
  47. Fuentes: La población argentina está tomada de los censos de población de 1869 (1 877 490) y 2001 (36 260 130) y la de 1930 de Ortiz, Ricardo M. (1974): Historia económica de la Argentina. Buenos Aires: Plus Ultra, pág. 508.
    La población mundial está tomada de las siguientes fuentes: la de 1870 de Meadows, Donella H. et. al (1975): Los límites del crecimiento. México: Fondo de Cultura Económica, pág. 51 (1400 millones); la de 1930 de «Historical estimates of world population» (de 1974), en Historia económica de la Argentina. Buenos Aires: Plus Ultra, pág. 508.
    La población mundial está tomada de las siguientes fuentes: la de 1870 de Meadows, Donella H. et. al (1975): Los límites del crecimiento. México: Fondo de Cultura Económica, pág. 51. la Oficina de Censos de los Estados Unidos (2.070.000.000); la de 2001 de «Total midyear population for the world: 1950-2050», de la Oficina de Censos de los Estados Unidos (6.146.294.339).
  48. Romero, José Luis (1945). «El drama de la democracia argentina». La experiencia argentina y otros ensayos. Buenos Aires: Editorial de Belgrano [1980], pág. 13. 
  49. Hannah Arendt - Instituto de Formación Cultural y Política (archivo.pdf)
  50. a b Museo Nacional de la Inmigración - Ministerio del Interior
  51. Las tasas de masculinidad de los extranjeros en los censos de 1898 y 1914 fue de 172, lo que implica un 63,1 % de varones y un 36,9 % de mujeres.
  52. Sarramone, 1999: pág. 16
  53. Ribeiro, Darcy (1969). «Los pueblos trasplantados. Los rioplatenses». Las Américas y la civilización. Buenos Aires: Eudeba [1985], pags. 449-490. ISBN 950-25-1304-5. 
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  77. Octavio Paz (1914-1998) dice:

    La conquista, fue una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias.

    Octavio Paz, «Los hijos de la chingada», en El laberinto de la soledad, publicado en el diario La Jornada (México), 4 de septiembre de 2000.
  78. El biólogo argentino Daniel Corach, especializado en genética de poblaciones, ha sostenido que el componente genético amerindio «se refleja mejor en el ADN que viene por línea materna (el ADN mitocondrial) que el paterno (el del cromosoma Y), porque el mestizaje se hizo básicamente sobre el vientre materno. Las mujeres eran violadas. Era más fácil que un español violara a una india que una española se cruzara con un indio». Leonardo Moledo: «Diálogo con el biólogo Daniel Corach: “La historia también se escribe en los genes”», Página/12, 10 de agosto de 2005.
  79. «Mucama», artículo en el sitio web Etimologías de Chile.
  80. El segundo camino rozaba la ignominia: se trataba de seducir, amparándose en el poder del patrón, a la joven mucama de la casa propia o de la casa de algún amigo. En este caso, el varón ejercía su prepotencia sobre casi niñas ignorantes que, en alguna ocasión, terminaban enamoradas del abusador; y que en otras, resistían amenazándolo con denunciar la audaz propuesta ante la madre logrando así disuadir al niño.

    Armando Caro Figueroa: «De “eso” no se habla», artículo en Noticias Salta del 10 de marzo de 2007.
  81. Si consideramos que en el siglo XIX el índice de masculinidad entre los afroargentinos era bajo y por el contrario este era muy alto entre los migrantes europeos, esta diferencia numérica entre los sexos de ambos grupos podría haber favorecido las uniones interétnicas.

    Avena, Sergio A., Goicochea, Alicia S., Rey, Jorge et al. (2006): «Mezcla génica en una muestra poblacional de la ciudad de Buenos Aires». Medicina, vol. 66, n.º 2, págs. 113-118. Buenos Aires, marzo/abril de 2006. ISSN 0025-7680
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Bibliografía[editar]

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  • SARRAMONE, Alberto (1999). Los abuelos inmigrantes: historia y sociología de la inmigración argentina. Buenos Aires: Biblos Azul. ISBN 950-9435-01. 

Véase también[editar]

Enlaces externos[editar]

  • Información oficial de la Comisión de Población y Desarrollo Humano de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación Argentina.