Indígenas de Argentina

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Distribución de los distintos tipos de aborígenes en Argentina.

Los indígenas de Argentina son el conjunto de etnias o pueblos amerindios autóctonos que habitaban el actual territorio argentino a la llegada, en 1516, del primer europeo, Juan Díaz de Solís -con quien comenzó el descubrimiento y posterior conquista española-[1] en el que se incluyen también a otras etnias amerindias que migraron hacia dicho territorio a partir de ese momento y asimismo a los descendientes de ambos, que -en 2004- sumaban 600 000 personas que se consideraban a sí mismas parte de una etnia indígena, constituyendo alrededor del 1,49 % de la población total del país y que se encontraban -la mayor parte de ellos- transculturizados, desconociendo sus tradiciones y costumbres ancestrales.

Introducción[editar]

El poblamiento humano del actual territorio de Argentina tiene una variedad de años,de gran variedad 13 000 y 10 100 años a. C., de acuerdo a los hallazgos de Piedra Museo, en la región patagónica.[2] Con posterioridad se conformaron tres regiones indígenas muy marcadas: en el cuadrante del noroeste andino se establecieron culturas agroalfareras emparentadas con la civilización andina y una parte de ellas llegó a integrar el Imperio inca; en el cuadrante nordeste se establecieron culturas agroalfareras emparentadas con la familia tupí-guaraní; en la pampa y la Patagonia se establecieron culturas nómades.

Durante la conquista europea las culturas indígenas que habitaban el actual territorio argentino corrieron suerte diversa. Por un lado las culturas pampeanas y patagónicas así como las que habitaban el Gran Chaco resistieron exitosamente la conquista española y nunca estuvieron bajo su dominación. Distinta fue la situación que se dio en el cuadrante noroeste ya que la colonización española estableció sus principales centros de población y producción sobre la base de trabajo encomendado de los indios, en tanto que las naciones indígenas protagonizaron grandes guerras e insurrecciones contra los españoles. El cuadrante noreste se caracterizó por el establecimiento de las misiones jesuíticas de los pueblos guaraníes que conformaron un tipo completamente original de sociedades indígena-cristiana autónomas de la Monarquía Hispánica que se enfrentaron incluso a las tropas conjuntas de España y Portugal en la llamada Guerra Guaranítica, y que fueron finalmente disueltas por la Corona Española en 1767.

Todas las naciones indígenas sufrieron también el colapso demográfico que afectó a todos los pueblos indígenas americanos, y que fue en gran medida consecuencia de las enfermedades introducidas por los europeos. Se estima que a la llegada de los españoles, había entre 0,4 y 2 millones de aborígenes argentinos, asentados y agrupados en los valles más fértiles del Noroeste argentino y, en menor grado, en las orillas de los grandes ríos del Litoral argentino. El resto del extenso territorio tuvo una densidad demográfica inferior a menos de 1 hab/km² (un habitante por kilómetro cuadrado).[3] Las fuentes más alcistas llegan a 1,5 millones y las más bajas a 0,3 millones de personas.[4]

Una vez que las Provincias Unidas en Sud América se constituyeron como estado independiente en 1816 y después su continuadora, la República Argentina, en 1826, se inició un proceso de conquista de los territorios ocupados por los pueblos originarios que no habían sido dominados por el Imperio español, especialmente en la pampa, la Patagonia y el Gran Chaco. Estas guerras contra el indio, tuvieron su punto más alto en la llamada Conquista del Desierto de 1880 en la que fueron derrotadas las etnias Mapuche y Ranquel, y le permitieron a la Argentina controlar efectivamente amplios territorios.

Los datos definitivos de la Encuesta Complementaria de Pueblos Indígenas (ECPI) realizada en 2004-2005 destacan la existencia de 35 pueblos indígenas en la Argentina, integrados por 600 329 individuos (457 363 que se autorreconocen pertenecientes a algún pueblo aborigen más 142 966 que no pertenecen pero son descendientes en primera generación de un pueblo aborigen) equivalente a aproximadamente el 1,6% de la población total.[5] Ello sin perjuicio de que poco más de la mitad de la población tiene al menos un antepasado indígena, aunque en la mayoría de los casos se ha perdido la memoria familiar de esa pertenencia. Todas las culturas indígenas han sido afectadas por un proceso deliberado de invisibilización, promovido desde el Estado, desde la segunda mitad del siglo XIX.[6]

Historia[editar]

Denominaciones: Indio, indígena, amerindio, aborigen u originario[editar]

La palabra «indígena» procede del latín indigĕna, que significa ‘gente de allí’ (siendo inde: ‘de allí’, y gens: ‘gente, población’) [2], de manera tal que un español es un indígena de España, y ―pese a la parofonía― ella nada tiene que ver con la India -porque no significa ‘generado en la India’- ni con el forzado pero extendido y aceptado gentilicio de «indio» o natural de la India, que los europeos impusieron a los nativos precolombinos porque pensaron, en un principio -y desacertadamente- que habían llegado a las ansiadas Indias Orientales sin darse cuenta que las tierras por ellos alcanzadas eran parte de un nuevo continente, el Nuevo Mundo, después llamado América.

La palabra «amerindio» es una derivación de la locución ‘indio americano’. Su uso y alcance semántico difiere ligeramente entre los autores ya que algunos designan con ese término a todos los pueblos originarios de América y a sus descendientes modernos no mestizados; en cambio, otros autores incluyen tanto a los indígenas del continente americano antes del inicio del proceso de mestizaje con poblaciones europeas y africanas, como a sus descendientes modernos.

En cuanto a la palabra «aborigen», también es un exacto latinismo usado en las ciencias sociales formado a partir del plural aborigĭnes o ab-origĭna es decir ‘quienes están en un territorio desde el origen’. En 1993, la RAE aceptó una segunda acepción bastardeada ya que connotaría a los «primitivos» habitantes de un territorio, de suyo la palabra «primitivo» es perfectamente neutra en cuanto es prácticamente sinónima de primeros pero el uso vulgar suele darle un matiz peyorativo a «primitivo», en todo caso es completamente falaz la pseudoetimología que se ha difundido sugiriendo que aborígenes tiene por significado ‘sin orígenes’ (pseudoetimología a partir de un macarronismo inventado en la segunda mitad del siglo XX como «a-orígenes» que pretendidamente significaría «sin orígenes» (siendo a una partícula negativa griega, + orígenes).

Como reacción a esto se ha divulgado desde fines del siglo XX una palabra "políticamente correcta" pero totalmente confusa: «originarios», o «pueblos originarios». Pero todos los seres humanos son originarios, y en muchos países con orígenes multiculturales como Argentina el adjetivo «originario» es tan válido para el pueblo de origen prehispánico como para el gaucho, o el «negro» (traído a la fuerza como esclavo durante la colonia), o el el inmigrante europeo, etc. que son originarios, es decir, han sido y son originarios de gran parte de la cultura y genética argentina a partir de la segunda mitad de siglo XIX, o incluso antes).

Los aborígenes en la región pampeana y la Patagonia[editar]

La Patagonia posee los registros más antiguos de la presencia humana en el territorio argentino, en la localdad de Piedra Museo, Provincia de Santa Cruz, 13 000 años a. C..,[2] aparentemente relacionada también con la posible presencia humana mucho más antigua aún detectada en el sur chileno, en el área de Monte Verde, 33 000 años a. C..[7] Estos descubrimientos no solo han puesto en crisis la teoría del poblamiento tardío y la llegada por Beringia, sino que sugieren una corriente pobladora de entrada al actual territorio argentino a través de la Patagonia y el extremo sur chileno.

Otro remoto asentamiento fue ubicado en Los Toldos, también en la provincia de Santa Cruz], con restos que datan de 10 500 años adC. Hace 9000 años surgió la industria Toldense, caracterizada por puntas de proyectil subtriangulares bifaciales y raspadores laterales y terminales, cuchillos bifaciales y herramientas de hueso.

Estos primeros habitantes del territorio argentino cazaban milodones (con el cuerpo parecido a un gran oso aunque con cabeza semejante a la de un camello ya que el milodón era un herbívoro ya extinguido) e hippidioneses[8] (caballos sudamericanos que desaparecieron hace 10.000 años), además de guanacos, llamas y ñandúes.

Cueva de las Manos, Río Pinturas, Santa Cruz, Argentina, 7300 a. C. El arte más antiguo de Sudamérica.

En la misma zona, la Cueva de las Manos (un alero a orillas del cañón del Río Pinturas en la provincia de Santa Cruz, se han hallado pinturas rupestres de 7300 años adC: impresiones de palmas de manos previamente teñidas con pintura fresca a partir de tintes naturales; «negativos» de manos obtenidos con pinturas en aerosol -se soplaba la pintura a través del canal medular de un hueso- sobre las paredes rocosas interponiendo las manos entre el medio (la pintura en aerosol) y el soporte (la pared natural de roca); e imágenes de guanacos muy elegantemente y estilizadamente figuradas. Se trata de una de las expresiones artísticas más antiguas de los pueblos sudamericanos y ha sido declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco. Como en el arte Magdaleniense europeo, es muy probable que estas representaciones estuvieran asociadas a un pensamiento mágico (especialmente a la llamada magia simpática) en la cual el rito de dibujar lo deseado se suponía atraía lo deseado (en estos casos el alimento a partir de la caza).

Para el año 9000 a. C. ya había comenzado el poblamiento de la pampa. Más tarde, entre los 7000 y 4000 años A.P., aparece la industria Casapedrense, caracterizada por una mayor proporción de instrumentos líticos confeccionados sobre láminas, probablemente como una muestra de la especialización en la caza del guanaco, lo cual también esta presente en los desarrollos culturales posteriores de los patagones o tehuelches.[9]

Desde ese momento y hasta la llegada de los europeos (inicios del siglo XVI) los tehuelches poseían un modo de vida cazador-recolector en el que hacían uso de una movilidad estacional, desplazándose en pos de las manadas de guanacos; durante los inviernos se encontraban en las zonas bajas (vegas, mallines, costas, orillas de los lagos, etc.) y durante el verano ascendían a las mesetas centrales de la Patagonia o a la Cordillera de los Andes en donde tenían entre otros sitios sagrados el cerro Chaltén.

Hacia el siglo XIV d. C., una rama de los tehuelches; los Selk'nam, invadió la Isla Grande de Tierra del Fuego, forzando a los Yámana y Kawéskar, que se encontraban allí al menos desde el siglo X, a desplazarse hacia las costas meridionales y occidentales.

Las culturas pampeanas y patagónicas, debido a razones que Marvin Harris califica como emic,[10] no pudieron sedentarizarse ni especializarse en la agricultura ni la consecuente agroalfarería: la ecología de los territorios que habitaban y el índice demográfico de los pueblos pámpidos hacía que su economía más sustentable fuera la basada en un sistema «primitivo» y por estos motivos se organizaron sobre la que había sido durante milenios una exitosa base de sistemas de caza y recolección. Aproximadamente a partir de mediados del s. XVII, merced a la captura y domesticación de los caballos importados por los españoles, devinieron los pámpidos (como los pámpidos «guaycurúes» de la ragión chaqueña) en complejos ecuestres que, literalmente, cazaban ganado cimarrón ya que la alta movilidad y dispersión que la ecología (o mejor dicho la mesología -por ejemplo grandes temporadas de sequía-) le había impuesto tradicionalmente a estas etnias les hacía a las mismas antieconómica e incluso impráctica de la ganadería. Solo desde la segunda mitad de siglo XIX se aprecia un incipiente cambio de estrategia en el modo de producción de la mayoría de los pámpidos (desde la Tierra del Fuego hasta el Chaco Boreal inclusive): las diversas etnias y parcialidades de los pampidos, al ver mermar los recursos de caza y recolección y al tener un aumento demográfico que implicaba mayor presión sobre los recursos naturales no cultivados se vieron obligados a refundar su economía en una incipiente agricultura de subsistencia casi siempre reducida a horticultura, aunque la falta de técnicas para contrarrestar las sequías en zonas que recién dejarían de ser consideradas «desierto» tras el cultivo dry farming hicieron que sus intentos no fueran todo lo exitosos que requerían.

El Litoral y el noreste[editar]

El cacique Pucurú, en Chaco (hacia 1900).
Erke, instrumento de viento utilizado por originarios del noroeste argentino (similar a la Trompa de los Alpes).

Como en la región pampeana y patagónica, los originarios del Litoral argentino y del NEA tuvieron sus modos de producción casi exclusivamente basados en la caza y la recolección: vivían en una zona naturalmente selvática de grandes sistemas hídricos formados por el río Paraná, el río Paraguay, el río Uruguay, el río Salado del Norte, el río Bermejo y el río Pilcomayo que posibilitaban relativamente fáciles flujos culturales pero así también una fuerte inestabilidad política debido a que los mismos cursos de aguas se transformaban en fáciles rutas de invasiones.

La naturaleza del territorio al ser pródiga en pesca, caza y frutos hizo que resultara mucho más económico un modo de vida cazador recolector que la agricultura o la ganadería, por otra parte el clima muchas veces perhúmedo no facilitaba una incipiente agricultura ni menos una ganadería. En tal situación se encontraban entonces los pueblos a los que los invasores guaraníes llamaron peyorativamente guaycurúes -los pámpidos qom o tobas (‘frentudos’)―, mokoit (mocovíes), abipones, malbalas, nivakles (o chulupíes o chunupíes), pilagás y charrúas.

Quizás devenidos de andidos, pampidos y amazónidos se cuentan a los que los invasores quechuas apodaron peyorativamente matacos -los wichis-, vilelas, kaigangs, mocoretás, timbúes, chanáes y querandíes -estos últimos también pampidos aunque con nombre más conocido por el que le dieron los guaraníes-.

Hacia fines del s. XV la región se conmovió por la invasión de un pueblo amazónido que se expandía debido a su intrínseca fuerte presión demográfica facilitada por la incipiente e intensiva horticultura de la mandioca y el cazabe o maíz. Esta etnia era la de los avá, más conocida como guaraníes.

Así como los quechuas transculturaron mucho a las etnias del noroeste y los mapuches a los del sur de la región pampeana y norpatagónica lo mismo hicieron en todo la mesopotamia y gran parte del NEA los avá o guaraníes. Lograron invadir zonas del Chaco Boreal sometiendo a los de origen arawaco) chanés y chorotís (los segundos, autodenominados yofuasha) entre otras naciones preexistentes a la invasión guaranítica y en pleno Chaco Boreal, por mixogénesis forzada, forjaron la etnia de los chiriguanos (la palabra chiriguano es un insulto con el cual los quechuas y hablantes de quechua motejaban a los guaraníes, desde el presente siglo los mixogénicos chiriguanos prefieren llamarse avá-guaraní aunque tal nombre no es exacto históricamente ya que todos los guaraníes «puros» se autodenominan avá u "hombre").

Como otros pueblos indígenas sedentarizados; desde la llegada de los españoles en el siglo XVI las zonas de cultivos con malocas y buenas comunicaciones fluviales fueron fácilmente conquistadas por los europeos y fue rápido el mestizaje, en cambio las zonas menos ricas agrícolamente y más alejadas pudieron resistir a la penetración europea hasta fines del siglo XIX.
Por otra parte en esta zona se dio muy tempranamente una fuerte síncresis por causa de la intensa actividad misional de jesuitas y franciscanos, los primeros especialmente entre los siglos XVI y casi mediados del s. XVIII.

Oeste, noroeste y norte andino

La zona del norte comenzó a ser habitada hacia el año 7000 a C.

Los distintos grupos étnicos que habitaron la región andina (sin contar los Andes patagónicos) fueron los omaguacas, atacamas, diaguitas y huarpes; en cuanto a los calchaquíes son descendientes de una de las parcialidades de los diaguitas. Estos pueblos fueron dominados entre circa 1480 a 1533 por el imperio inca de los invasores quechuas aliados con los aimaras procedentes del Perú y de la cuenca del lago Titicaca en el sur de Perú y el norte de Bolivia. La palabra «diaguita» fue un mote dado por los aimaras ya que en el idioma aimara thiakita significa ‘alejado’, ‘foráneo’. Si bien la duración del Incario o imperio inca fue relativamente breve dejó notorios influjos (principalmente en la toponimia) ya que aún luego de la conquista española a partir de 1535 el idioma quechua (o runa simi) era la lengua vehicular de gran parte de la región andina. Como los otros habitantes de la región andina, tenían conocimientos muy avanzados de la agricultura, la construcción de terrazas y el riego artificial. También criaban animales como la llama que les servían para comerciar con otros grupos indígenas.

Las poblaciones originarias en la Argentina han disminuido mucho con relación a la población en general. Esto se debe a diferentes causas interrelacionadas, como las enfermedades, el mestizaje, las campañas de exterminio (siglos XVIII y XIX), la brusca interrupción de sus culturas y la inmigración considerable de Europa. Aunque en la provincias de Jujuy y el provincia de Salta se conservan las costumbres indígenas en celebraciones, bailes, comidas y también es la zona del país que más indígenas tiene. Cuenta con más de 970.000 indios. Entre ellos los kollas, que son un grupo étnico en el cual se han fundido gran parte de los atacamas, omaguacas, diaguitas y chichas y que ha recibido un fuerte influjo quechua. En cuanto a los aimaras y quechuas que actualmente hay en esa zona en su inmensa mayoría son inmigrantes recientes (a partir de las últimas décadas del siglo XX) procedentes de distintas zonas de Bolivia: los aimara proceden de la cuenca del lago Titicaca en el norte de Bolivia y el sur de Perú mientras que los quechuas proceden del Altiplano boliviano aunque su núcleo de origen sea la región andina central de Perú Y bolivia

Lista de pueblos indígenas[editar]

Etnias actuales[editar]

Entre los pueblos indígenas actualmente existentes en Argentina, incluyendo a descendientes mixogenizados de pueblos cuyos componentes puros se han extinguido, se encuentran:[11]

Etnias extintas[editar]

Además de los grupos mencionados, hay otras etnias que han desaparecido como pueblos, incorporándose a través del mestizaje a la población genéricamente argentina.

Regiones del Litoral y del Chaco[editar]

Regiones del Noroeste, Centro, Cuyo y Patagonia[editar]

Siglo XX y XXI[editar]

Indigenismo[editar]

En la década de 1960 del siglo XX, tomó fuerza en toda América Latina el movimiento indigenista, teniendo como objetivo prioritario incorporar a la vida nacional de sus países, grandes núcleos de población indígena que había permanecido al margen de los avances de la vida moderna. La nueva etapa abierta en Argentina con el gobierno peronista en 1946, tuvo su correlato en un simbólico malón de la paz colla, debido a que algunos de sus participantes, impondrían con el correr de los años una nueva perspectiva en las luchas reivindicativas indígenas y sus formas de organización.

Eulogio Frites, integrante de la etnia colla que había peregrinado hasta Buenos Aires en 1946 junto a su padre, sería designado presidente del "Centro Indígena" creado hacia 1968. Hacia 1970/71 se convertiría en Comisión Coordinadora de Institutos Indígenas (CIIRA), la que aspiraba a constituir un congreso deliberativo y revitalizar la conciencia étnica de los aborígenes de Argentina, levantando banderas por la autogestión y contra las prácticas que consideraban genocidio y etnocidio.

Estas posiciones más combativas, se habían afirmado en 1969 en los congresos indigenistas de Tartagal y Zapala. Desde entonces se delinearon claramente dos vertientes, la combativa y la burocrática.

En Neuquén, desde 1964 se habían creado condiciones para la consolidación de las comunidades mapuches, algunas de las cuales fueron oficialmente reconocidas como propietarias de tierras en reserva, surgiendo una capa de dirigentes indígenas vinculados a los organismos provinciales. En 1970 se constituyó la "Confederación Indígena Neuquina", con apoyo del gobierno provincial, terratenientes y fuerzas armadas. Se desplazó a los dirigentes más combativos y la conducción quedó en manos de una burocracia local que respaldaba el gobierno de Felipe Sapag.

Como reacción, se organizó en 1972 el Primer Parlamento Indígena Nacional, en el que contrariando el control gubernamental se aprovecharon las condiciones existentes para el desarrollo de una tendencia combativa vinculada a la CIIRA. A pesar del abierto boicot de algunos gobiernos provinciales y los delegados neuquinos oficialistas, los combativos provocaorn un vuelco en las resoluciones.

Sobre las tierras pidieron prioridad para el indígena en los regímenes de colonización, la ampliación de las reservas existentes y apoyo crediticio para los indígenas. La presión de los combativos condujo a que en las conclusiones de la comisión de tierras, se remarcase la urgencia por obtener títulos de propiedad comunales legalizados que evitase la expropiación o el desalojo por parte de los terratenientes, los gobiernos provinciales o nacional. Se hizo énfasis en la necesidad de una educación bilingüe, la construcción de viviendas, la creación de hospitales en zonas marginales, la exigencia de participación indígena en los organismos oficiales afectados a zonas aborígenes.

Paralelamente, hacia fines de 1969 se había iniciado en la población mataca de Nueva Pompeya (Chaco), una experiencia cooperativa orientada hacia la explotación forestal, que al generar una atmósfera de movilización desembocó en la concreción del "Congreso Regional de Cabañaro" (1973), donde la reclamación de tierras asumiría nuevamente el rol protagónico. Se reunieron representantes de comunidades tobas y matacas de Chaco y tobas de Formosa, poniéndose la piedra fundamental de la "Federación Indígena del Chaco", al unírseles la comunidad mocoví.

Igualmente, se fundó a fines de 1973, la Federación Indígena de Tucumán, con el auspicio de la CIIRA, que rápidamente encontró apoyo en los trabajadores rurales de los valles calchaquíes. Esa entidad desplegó durante 1974 una serie de movilizaciones en demanda de la recuperación de las tierras comunales, enfrentándose abiertamente a las autoridades provinciales, que desencadenaron una violenta represión policial.

En Buenos Aires, el "Servicio Nacional de Asuntos Indígenas", dependiente del Ministerio de Bienestar Social, se encontraba en manos del sector más derechista del gobierno peronista. Los reiterados intentos de parte de ese sector de manipulación de la CIIRA, condujo a la concreción del Segundo Congreso Indígena Nacional. Como el congreso estaba controlado por la derecha, fue boicoteado por la mayoría de dirigentes indígenas de las comunidades presentes, a impulsos de los miembros de la CIIRA.

La CIIRA se autodisolvió, constituyéndose en su reemplazo la Federación Indígena de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, con el apoyo de indígenas de las villas miserias capitalinas, de federaciones del interior y de sectores estudiantiles y profesionales de la Universidad de Buenos Aires. Uno de sus objetivos era conformar una "Confederación Indígena Nacional", que expresara los intereses de las etnias de todo el país y pudiese influir en la elaboración de una política indigenista nacional.

Hacia fines de 1974, las contradicciones internas del gobierno de Isabel Perón crearon condiciones para un incremento de la represión a las organizaciones populares. Los dirigentes indígenas más combativos fueron perseguidos y encarcelados, mientras se disolvían sus organizaciones. En 1975 se produjo un repliegue general del movimiento indígena nacional, que afectó inclusive las experiencias cooperativas comunales. Se iniciaron desalojos ilegales de comunidades y despojo fraudulento de sus tierras.

Bajo la dictadura militar de 1976, siendo posibles únicamente las reivindicaciones culturalistas, surgió la Asociación Indígena de la República Argentina (AIRA). Subrayando su carácter apolítico, acusó a partidos y grupos políticos hegemónicos de manipular al movimiento indígnea con concepciones hispanistas y economicistas. Sus objetivos eran: 1) Respeto por la persona y personalidad cultural india; 2) Tierra al indio; 3) Personería jurídica para las comunidades; y 4) Libre empleo para los indios. La AIRA fue manejada desde sus comienzos por la etnia colla.

En 1986 ganaría la conducción de AIRA una fracción encabezada por Rogelio Guanuco, autodefinida como diaguito-calchaquí para diferenciarse étnicamente, que anteriormente había integrado el Movimiento Indio Nacional Justicialista (MINJU).

Guanuco me manifestó en 1989, que a diferencia de la fracción anterior no son sectarios, recibiendo en la AIRA a todos los indígenas que necesitan ayuda o quieren colaborar. Planteaba como base de su gestión a los indios del interior, porque los que habitan en la Capital Federal están integrados a la cultura dominante.

Por su parte, Fausto Durán, secretario general del Movimiento Indio Peronista (MIPRA), me manifestó en 1989, que la AIRA ya no servía como organismo porque era irrepresentativo, un sello, aunque contradictoriamente reivindicaba su trayectoria primera de lucha. El mayor error de AIRA sería su rol de organismo multipartidario que se le imprimía, demasiado amplio y poco representativo.[12]

Preservación y recuperación de la memoria indígena[editar]

A través de la historia se ha denunciado reiteradamente la marginación, discriminación e invisibilización de las culturas indígenas. Pese a ello persisten muchas de sus costumbres y valores, han sobrevivido varias de sus lenguas, y existe un movimiento social creciente dedicado a preservar y recuperar la memoria indígena.

Una probable muestra de esta actitud de invisibilización de parte del Estado Argentino frente a los indígenas y otros grupos étnicos, se puede encontrar en el sitio web de la oficina de turismo perteneciente al gobierno, donde se anunciaba en 2006, que la población indígena era la mitad de la dada por el organismo oficial de estadísticas y censos de la Nación Argentina (INDEC), que había realizado oficialmente una encuesta indígena complementaria del Censo de 2001:

El 95% de los argentinos son de raza blanca, descendientes principalmente de italianos y españoles. Con la llegada de la masiva inmigración europea, el mestizo -cruce entre blanco e indio- se fue diluyendo poco a poco, y hoy sólo supone el 4,5% de la población racial argentina. La población indígena pura -mapuches, collas, tobas, matacos y chiriguanos- representa el 0,5% de los habitantes.[13]

Esta actitud de una invisibilización de los componentes culturales indígenas mediante la desvalorización de su porción en el total de los argentinos, la cual era habitual en el pasado, ha sido desacreditada por estudios del año 2005 que indican que la población mestizada en la Argentina —con por lo menos un antepasado amerindio— rondaría el 56 %,[14] mientras que otro del año 2011 señala que, de la población argentina, el componente conformado por genes amerindios es del orden del 30 %.[15] Estos estudios se presentaron en un marco de una gradual revalorización del componente cultural indígena del país, al igual que el apoyo a la restitución de sus derechos.

Representación en los medios de comunicación[editar]

Los indígenas tienen una baja representación en los medios de comunicación. Las telenovelas, publicidades y películas latinoamericanas, están acusados de ocultar a los descendientes de indígenas o «negros» para hacer parecer a sus poblaciones como compuestas casi enteramente por «blancos». Los actores indígenas generalmente deben seguir los estereotipos, por lo general en funciones subordinadas y sumisas, como conductores, funcionarios, guardaespaldas, empleadas domésticas, y los pobres en general.[16]

Encuesta de Pueblos Indígenas 2004-2005[editar]

En Argentina, según la Encuesta Complementaria de Pueblos Indígenas (ECPI) 2004-2005,[17] basada en el Censo Nacional de Población 2001 del INDEC, 600 329 personas se reconocen y/o descienden en primera generación de pueblos indígenas. El total del cuadro siguiente supera en 0,6 % a esta cifra debido a que la población que no se reconoce perteneciente a ningún pueblo específicamente y tiene ascendencia indígena mixta está contada en uno y otro pueblo indígena simultáneamente.

Además, el organismo sostiene que, según los resultados, un 2,8 % de los hogares argentinos tiene al menos un integrante que se reconoce perteneciente a un pueblo indígena.

Población indígena por pueblo de pertenencia
Pueblo indígena Población
Atacama 3044
Ava guaraní 21 807
Aimara 4104
Chané 4376
Charrúa 4511
Chorote 2613
Chulupí 553
Comechingón 10 863
Diaguita/ diaguita calchaquí 31 753
Guaraní 22 059
Huarpe 14 633
Kolla 70 505
Lule 854
Mapuche 113 680
Mbyá guaraní 8223
Mocoví 15 837
Omaguaca 1553
Ona 696
Pampa 1585
Pilagá 4465
Quechua 6739
Querandí 736
Rankulche 10 149
Sanavirón 563
Tapiete 524
Tehuelche 10 590
Toba 69 452
Tonocote 4779
Tupí guaraní 16 365
Wichí 40 036
Otros pueblos declarados (**). 3864
Pueblo no especificado (***). 92 876
Sin respuesta 9371

(**) Incluye, entre otros, los casos registrados con las siguientes denominaciones: abaucán, abipón, ansilta, chaná, inca, maimará, minuán, ocloya, olongasta, pituil, pular, shagan, tape, tilcara, tilián y vilela. No se brindan datos por separado para cada denominación debido a que la escasa cantidad de casos muestrales no permite dar una estimación de cada total con la suficiente precisión.

(***) Incluye los casos en que la respuesta relativa al pueblo indígena de pertenencia y/o ascendencia en primera generación fue «ignorado» u «otro pueblo indígena». Fuente: INDEC. Encuesta Complementaria de Pueblos Indígenas (ECPI) 2004-2005 - Complementaria del Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2001.

Pueblos que viven en comunidades[editar]

La ECPI 2004-2005 reveló la cantidad de personas que viven en comunidades indígenas en la Argentina: 179.501 personas, mientras que 420.401 indígenas están integrados a la población general.[18]

  • avá guaraní/ guaraní/ tupí guaraní: 10 806 / 1301 / 6060 = 18 167
  • chané: 2016
  • chorote: 2028
  • chulupí: 392
  • diaguita/ diaguita calchaquí: 8180
  • huarpe: 2620
  • kolla: 33 629
  • mapuche: 13 430
  • mbyá guaraní: 4322
  • mocoví: 6619
  • pilagá: 3867
  • tapieté: 478
  • toba: 42 870
  • wichí: 34 561

Pueblos que hablan lenguas indígenas[editar]

La ECPI 2004-2005 reveló la cantidad de indígenas de más de 5 años de edad que hablan habitualmente en su hogar una lengua indígena:[18]

  • avá guaraní/ guaraní/ tupí guaraní (incluyendo a los mal llamados por los quechuas como chiriguano) : 1950 / 1397 / 1976 = 5323
  • chané: 393
  • chorote: 1204
  • chulupí: 125
  • kolla: 1217
  • mapuche («araucano»): 2305
  • mbyá guaraní: 2269
  • mocoví: 1440
  • qom («toba») : 19 867
  • pilagá: 3403
  • tapieté: 130
  • wichí («mataco»): 24 127

Véase también[editar]

Referencias[editar]

Notas[editar]

  1. Rex González, A. Pérez, J. (1990) Argentina indígena, Vísperas de la conquista. Col. Historia argentina 1. Buenos Aires: Paidós. ISBN: 9501277011
  2. a b L. Miotti, M. Salemme y J. Rabassa (2000): «Secuencia radiocarbónica de Piedra Museo», en: Guía de campo de la visita a las localidades arqueológicas. Taller internacional "La colonización del sur de América durante la transición Pleistoceno/Holoceno", págs. 83-87. Editores: L. Miotti et al. Imprenta Servicoop, 2000.
    Mauricio MASSONE, y Alfredo PRIETO: [http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0717-73562004000300033&lng=es&nrm=iso «Evaluación de la modalidad cultural Fell 1 en Magallanes». Simposio "Ocupaciones Iniciales de Cazadores Recolectores en el Sur de Chile (Fuego, Patagonia y Araucanía)". Chungará (Chile), vol. 36 supl., págs. 303-315, septiembre de 2004. ISSN 0717-7356. Consultado el 9 abril de 2007.
  3. «Etnias precolombinas de Argentina».
  4. «Los guaraníes. Tierra argentina. Los dueños de la tierra».
  5. El número exacto de pueblos depende de si se consideran como tales o no, a parcialidades integrantes de algunas culturas con características propias y a los grupos mestizados resultantes del renacimiento de su identidad cultural autóctona
  6. Miguel Alberto Bartolomé: «Los pobladores del “desierto”», en Amérique Latine Histoire et Mémoire, numéro 10, 2004. Consultado el 9 de septiembre de 2006.
    Pedro NAVARRO FLORIA: «Un país sin indios: la imagen de la Pampa y la Patagonia en la geografía naciente del Estado Argentino», en Scripta Nova Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales de la Universidad de Barcelona, n.º 51, noviembre de 1999. ISSN 1138-9788.
  7. Tom D. Dillehay (2004): Monte Verde: un asentamiento humano del pleistoceno tardío en el sur de Chile. Santiago de Chile: Lom Ediciones, 2004. ISBN 956-282-659-7
  8. hippidions
  9. Ninguno de los dos etnónimos anteriores les es propio. Se autodenominan tsonk o chonk, y a comienzos del siglo XXI subsiste una pequeña comunidad que no supera las mil personas. Entre los siglos XVI y XIX, sus territorios ancestrales fueron ocupados por pueblos mapuches que migraron desde el sur del actual Chile, quienes se impusieron por ser más numerosos y por haber desarrollado tácticas de combate a partir de su larga resistencia contra los invasores españoles y, previamente, contra los intentos de invasión del Imperio incaico.
  10. Harris, inspirándose muy acertadamente en la lingüística distingue dos niveles indispensables para el estudio de una cultura el «etic» que como la fonética es el evidente y el «emic» -de fonémica- que es aquel nivel en el cual se encuentra el origen real no directamente simbolizado de las concresiones culturales; para ser más minucioso Harris distingue luego tres niveles antropológicos culturales de estudio: el infraestructural (lo originante fuera de toda representación), el estructural (de un modo parecido al freudiano «preconsciente» aquello que media entre lo que no es consciente y lo que es consciente y que por tanto -casi como un iceberg emergiendo del agua- tiene partes en el conjunto de la conciencia y el superestructural que muy bien Harris refiere al conjunto ideológico; como se puede apreciar el más famoso de los antropólogos estructuralistas- Claude Lévi-Strauss- coincidía en muchas cosas con Harris y esto no era por causalidad sino por lo real, pero ambos estaban enemistados por sus pequeñas diferencias de perspectiva atinentes a la realidad de modo que aunque la «subestructura» de C.L.S. coincidiera en gran parte con la de Harris, el detalle de diferenciar una estructura y una superestructura les generó una especie de querella epistemológica, en todo caso queda siempre rescatable lo emic en cuanto algo real, no consciente aunque muy concreto que genera los fenómenos culturales.
  11. Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI).
  12. José Oscar Frigerio, El indio también es argentino, Todo es Historia, N° 261, Bs. As., marzo de 1989.
  13. Argentina Turismo, Información, Información general consultado 30-Ago-2006
  14. Heguy, Silvina (16 de enero de 2005). «El 56% de los argentinos tiene antepasados indígenas» (en español). Buenos Aires: Clarín.com. Consultado el 3 de junio de 2012.
  15. Navarra, Gabriela (4 de septiembre de 2011). «Al final...,¿Llegamos de los barcos?» (en español). Diario La Nación, edición impresa. Consultado el 3 de junio de 2012.
  16. [1]
  17. INDEC: Encuesta Complementaria de Pueblos Indígenas (ECPI) 2004 - 2005
  18. a b Datos del Indec.

Enlaces externos[editar]