Novela histórica

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La novela histórica es un subgénero narrativo propio de romanticismo en el siglo XIX, pero que aún continúa desarrollándose con vitalidad en los siglos XX y XXI. Su argumento está basado, como su nombre lo indica, en hechos o personajes históricos.

Características[editar]

Según György Lukács, toma por propósito principal ofrecer una visión verosímil de una época histórica preferiblemente lejana, de forma que aparezca una cosmovisión realista e incluso costumbrista de su sistema de valores y creencias. En este tipo de novelas han de utilizarse hechos verídicos aunque los personajes principales sean inventados.

la novela pseudohistórica del siglo XVIII, de fin meramente moralizante, la novela histórica exige del autor una gran preparación documental y erudita, ya que de lo contrario ésta pasaría a ser otra cosa, una novela de aventuras, subgénero en la que la historia se convierte solamente en un pretexto para la acción, como sucede, por ejemplo, en la mayor parte de las novelas de Alexandre Dumas padre. Por el otro extremo se llega también a desnaturalizar el género con lo que se llama historia novelada, en la que los hechos históricos predominan claramente sobre los hechos inventados, que es lo que ocurre por ejemplo con Hernán Pérez del Pulgar, el de las Hazañas, presunta novela histórica de Francisco Martínez de la Rosa.

Evolución del género[editar]

la novela histórica sólo llega a configurarse definitivamente como género literario en el siglo XIX a través de la veintena de novelas del erudito escocés Walter Scott (1771-1832) sobre la Edad Media inglesa, la primera de las cuales fue Waverley (1814); en realidad, Scott, que fue un gran propagador del romanticismo alemán en Inglaterra, se inspiraba en una autora alemana poco conocida, Benedikte Naubert (1752-1819), que escribía narraciones históricas protagonizadas por personajes secundarios. Como señala Lukacs, Scott era un noble escocés empobrecido que mitificó sus orígenes sociales como una especie de don Quijote de la Mancha, algo que no se escapaba a las consideraciones del propio Scott. La novela histórica nace, pues, como expresión artística del nacionalismo de los románticos y de su nostalgia ante los cambios brutales en las costumbres y los valores que impone la transformación burguesa del mundo. El pasado se configura así como una especie de refugio o evasión, pero, por otra parte, permite leer en sí mismo una crítica a la historia del presente, por lo que es frecuente en las novelas históricas encontrar una doble lectura o interpretación no sólo de una época pasada, sino de la época actual.

Durante el siglo XVIII, sin embargo, se escribieron novelas pseudohistóricas cuya cosmovisión y escala de valores eran rigurosamente contemporáneos y también de muy discutible verosimilitud, de forma que uno indios norteamericanos podían expresarse como unos auténticos senadores romanos; por otra parte, su propósito último, abiertamente moral y educativo, su cosmovisión asentada en valores contemporáneos y su lenguaje, poco respetuoso con la época reflejada, impedían considerarlas estrictamente novelas históricas, como por ejemplo Les incas de Jean-François Marmontel, en Francia, o El Rodrigo de Pedro de Montengón.

La fórmula literaria de Walter Scott alcanzó un éxito inmenso y su influjo se extendió con el Romanticismo como uno de los autores y símbolos principales de la nueva estética. Discípulos de Walter Scott fueron, en la propia Escocia, Robert Louis Stevenson con La flecha negra, El señor de Ballantrae, Secuestrado o su segunda parte, David Balfour; escribió novela histórica el decadentista Walter Pater (Mario, el epicúreo) y otros escritores del movimiento en Europa. En Estados Unidos de América, James Fenimore Cooper (1789-1851), quien escribió El último mohicano en 1826 y continuó con otras novelas históricas sobre pioneros.

En Francia, siguieron el ejemplo de Scott Alfred de Vigny (1797-1863), autor de la primera novela histórica francesa, Cinq-mars (1826), y después Víctor Hugo Nuestra Señora de París y Alexandre Dumas (padre) y sus colaboradores, a los que les importaba sobre todo la amenidad de la narración en obras como Los tres mosqueteros. Posteriormente cultivaron el género Gustave Flaubert (Salambó), Erckmann-Chatrian y Anatole France (Thaïs, entre otras)

En Italia surgió una auténtica obra maestra del género, I promessi sposi (o Los novios, editada primeramente en 1823 y refundida después en dos entregas (1840 y 1842) por su mismo autor, Alessandro Manzoni. En ella se narra la vida en Milán bajo la tiránica dominación española durante el siglo XVII, aunque este argumento encubre una crítica de la dominación austriaca sobre Italia en su época.

En Alemania, tras el importante precursor que fue Benedikte Naubert (1752-1819), destaca especialmente Theodor Fontane, quien escribió su monumental Antes de la tormenta (1878).

En Rusia, el romántico Aleksandr Pushkin compuso notables novelas históricas en verso y la más ortodoxa La hija del capitán (1836). Allí se escribió también otra cima del género, la monumental Guerra y paz de León o Lev Tolstói (1828-1910), epopeya de dos emperadores, Napoleón y Alejandro, donde aparecen estrechamente entrelazados los grandes epifenómenos históricos y la intrahistoria cotidiana de cientos de personajes. El simbolista Dmitri Merezhkovski (1861-1945), por otra parte, indagó en los orígenes conflictivos del Cristianismo en La muerte de los dioses (1896), sobre el emperador Juliano el Apóstata.

En Polonia la novela histórica fue un género muy popular; lo cultivó en el Romanticismo Józef Ignacy Kraszewski y después Aleksander Glowacki (Faraón, en 1897), aunque sobre todo se conoce internacionalmente al premio Nóbel Henryk Sienkiewicz, quien compuso una trilogía sobre el siglo XVII formada por A sangre y fuego (1884) El diluvio (1886) y El señor Wolodyjowski (1888). Continuó luego con Los caballeros teutones (1900), ambientada en el siglo XV, y con la algo anterior y considerada su obra maestra, Quo vadis? (1896) en que se evocan los comienzos del cristianismo en la Roma pagana y la primera persecución del Cristianismo, animada por el emperador Nerón.

Los escritores del Realismo no se dejaron influir por el origen romántico del género y lo utilizaron, como Charles Dickens en Barnaby Rudge (1841) o Historia de dos ciudades (1859), esta última sobre la Revolución Francesa y sus repercusiones en París y Londres. También lo ejercieron Gustave Flaubert (Salambô, 1862, sobre Cartago) o Benito Pérez Galdós con un ciclo de 47 novelas históricas que denominó Episodios nacionales y abarcan casi toda la historia del siglo XIX español.

En el siglo XX el éxito de la novela histórica se prolongó. Sintieron predilección por el género escritores como el finés Mika Waltari (Sinuhé, el egipcio o Marco, el romano); Robert Graves, (Yo, Claudio, Claudio, el dios, y su esposa Mesalina, Belisario, Rey Jesús...); Winston Graham, quien compuso una docena de novelas sobre Cornualles a finales del siglo XVIII; Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano); Noah Gordon, (El último judío); Naguib Mahfouz (Ajenatón el hereje), Umberto Eco (El nombre de la rosa, Baudolino), Valerio Massimo Manfredi, los españoles Juan Eslava Galán y Arturo Pérez-Reverte y muchos otros que han cultivado el género de forma más ocasional.

Puede hablarse asimismo de una novela histórica hispanoamericana que —con los precedentes de Enrique Rodríguez Larreta (La gloria de don Ramiro, 1908) y el argentino Manuel Gálvez— se halla representada por el cubano Alejo Carpentier (El siglo de las luces o El reino de este mundo, entre otras), el argentino Manuel Mújica Láinez con Bomarzo, El unicornio y El escarabajo, el colombiano Gabriel García Márquez (El general en su laberinto, acerca de Simón Bolívar), el peruano-español Mario Vargas Llosa (El paraíso en la otra esquina, sobre la escritora peruana del siglo XIX Flora Tristán), la chilena Isabel Allende (La casa de los espíritus, sobre el golpe de estado del general Augusto Pinochet), los puertorriqueños Luis López Nieves El corazón de Voltaire y Mayra Santos-Febres Nuestra Señora de la Noche, etc.

Una clase particular de obras dentro de la novela histórica hispanoamericana la constituye la novela de dictadores, inspirada por el precedente de Tirano Banderas del escritor gallego de la generación del 98 Ramón María del Valle-Inclán. Abre el grupo El señor presidente, del premio Nóbel guatemalteco Miguel Ángel Asturias, y los siguen El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, Yo, el supremo, de Augusto Roa Bastos (sobre el dictador paraguayo Gaspar Rodríguez de Francia), La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa (sobre el dictador de la República Dominicana Rafael Leónidas Trujillo) y la del escritor méxico-guatemalteco Óscar René Cruz O. El presidente olvidado. Rafael Carrera (2009).

La novela histórica en España e Hispanoamérica[editar]

Fuera de la pretensión de Miguel de Cervantes de escribir una novela histórica sobre Bernardo del Carpio, El Bernardo, que la muerte frustró, y de las novelas pseudohistóricas de intención didáctica y moral de Pedro de Montengón (1745-1824): El Rodrigo (acerca de la pérdida de España por los visigodos) y Eudoxia, puede decirse que la primera novela histórica escrita en español fue escrita por Rafael Húmara y se tituló Ramiro, conde de Lucena publicada en París en 1823 y con un importante prólogo sobre el género.

En América la primera novela histórica publicada en castellano fue la anónima publicada en Filadelfia en 1826, Jicotencal, sobre la sujeción de Tlaxcala por Hernán Cortés para conquistar a los aztecas. Esta obra ha sido atribuida a los cubanos Félix Varela y José María de Heredia y al español Félix Mejía y hasta ha sido atribuida a un triunvirato de exiliados hispanoamericanos en el que Heredia habría redactado el texto original, el ecuatoriano Vicente Rocafuerte lo revisó y Varela lo entregó para su publicación.

Existía una novela histórica un poco anterior escrita en inglés por españoles emigrados: Vargas (1822), atribuida a José María Blanco White; Don Esteban y Sandoval or the Freemason (ambas de 1826), de Valentín Llanos; o Gomez Arias or the Moors of the Alpujarras (1826) y 'The Castilian' (1829) de Telesforo de Trueba y Cossío.

Mucho más recordadas son las aportaciones de Mariano José de Larra (1809-1837, El doncel don Enrique el Doliente) y José de Espronceda (1808-1842, Sancho Saldaña o el castellano de Cuéllar). Con El señor de Bembibre (1844), de Enrique Gil y Carrasco, donde se narran los amores de Álvaro y Beatriz sobre el telón de fondo de la extinción de la Orden del Temple, se recrea un mundo onírico y legendario. Amaya o Los vascos en el siglo VIII, del escritor carlista Francisco Navarro Villoslada obedece igualmente a un nacionalismo típicamente romántico, mientras que las obras anteriores obedecen más bien a la nostalgia burguesa por la desaparición del pasado, vinculable al nacimiento de otros géneros del Romanticismo como el artículo de costumbres.

Sin embargo, la novela histórica más popular fue la escrita por entregas por el fecundo literato Manuel Fernández y González (1821-1888), quien, a caballo entre el Romanticismo y el Realismo, se hizo famoso por obras consagradas a un público más amante del sensacionalismo como El cocinero de Su Majestad, La muerte de Cisneros o Miguel de Mañara.

El novelista del Realismo Luis Coloma sintió una especial inclinación al género, al cual ofreció las obras Pequeñeces (1891), sobre la sociedad madrileña de la Restauración, Retratos de antaño (1895), La reina mártir (1902), El marqués de Mora (1903) y Jeromín (1909), esta última sobre don Juan de Austria.

La cima indudable de la novela histórica española la representa una larga serie de 46 novelas, los Episodios nacionales del novelista del Realismo Benito Pérez Galdós, que cubren gran parte del siglo XIX extendiéndose desde la Batalla de Trafalgar y la Guerra de la Independencia española hasta la Restauración y ofrecen una versión didáctica de la historia de España de ese siglo contraponiendo personajes liberales y reaccionarios.

Un periodo casi semejante, pero que hace mayor hincapié en las luchas entre liberales y carlistas y contemplado desde un punto de vista más sombrío y pesimista, es el cubierto por las Memorias de un hombre de acción de Pío Baroja, centradas en la trayectoria de un antepasado suyo, el conspirador Eugenio de Aviraneta.

También Ramón María del Valle-Inclán se aproximó al género a través de dos trilogías: La guerra carlista, compuesta por Los cruzados de la causa (1908), El resplandor de la hoguera (1909) y Gerifaltes de antaño (1909). Sobre el reinado de su aborrecida reina Isabel II compuso una segunda trilogía, El ruedo ibérico, formada por La corte de los milagros (1927), Viva mi dueño (1928) y Baza de espadas, que apareció póstuma.

Durante la dictadura franquista la novela histórica española se limitó de forma casi monomaniaca al tema de la Guerra civil española. Quizá la mejor de estas obras por lo que toca al bando de los vencedores sea la de Agustín de Foxá, Madrid, de corte a checa, aunque fue más popular José María Gironella con su trilogía Los cipreses creen en Dios, Un millón de muertos y Ha estallado la paz, entre otras obras, donde examina la contienda a través de las vicisitudes en ella de una familia, los Alvear. Este tema fue obsesivo incluso entre los escritores exiliados (Ramón J. Sender, con su gran enealogía Crónica del alba, inspirada en sus propios recuerdos, pero que solo aborda la Guerra Civil en las últimas tres novelas. Ambientó también en la Guerra Civil sus obras maestras Réquiem por un campesino español y Los siete libros de Ariadna y cultivó también asiduamente la novela histórica sobre asunto más lejano en el tiempo (Mister Witt en el cantón, Bizancio, La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, El bandido adolescente etc.) Arturo Barea cultiva una prosa llena de fuerza y amenidad en su trilogía La forja de un rebelde, formadas por tres novelas que se desarrollan durante la infancia del autor en Madrid antes de la Guerra Civil, la Guerra de Marruecos y la Guerra Civil; Max Aub con las seis novelas del ciclo El laberinto mágico: Campo cerrado (1943), Campo de sangre, (1945), Campo abierto, (1951), Campo del moro (1963), Campo francés (1965) y Campo de los almendros (1968), o Manuel Andújar, con su trilogía Vísperas y Lares y penares). Ricardo Fernández de la Reguera y Susana March, publicaron varios Episodios Nacionales Contemporáneos, siguiendo la idea de Pérez Galdós y centrándose en el primer tercio del siglo XX. Sin embargo, fuera de esta temática, la posguerra española ofreció un testimonio excepcional de novela histórica sobre el mestizaje de españoles e indios en El corazón de piedra verde (1942) de Salvador de Madariaga.

La restauración democrática supuso una revitalización del género, que se enriqueció con una temática más diversa. Iniciaron esta corriente autores como Jesús Fernández Santos con Extramuros (1978) o Cabrera, sobre los prisioneros franceses de la Guerra de la Independencia o El griego, sobre el famoso pintor cretense afincado en Toledo Doménikos Theotokópulos "El Greco", o como José Esteban, que en El himno de Riego (1984) refleja las meditaciones del autor de la revolución española de 1820, Rafael del Riego, horas antes de ser ejecutado y en La España peregrina (1988) escribe el diario del general José María de Torrijos y pasa revista a los otros emigrados liberales españoles en Londres bajo el punto de vista de José María Blanco White.

José María Merino, por otra parte, escribió una trilogía de novelas históricas destinadas al público juvenil entre los años 1986 y 1989 formada por El oro de los sueños, La tierra del tiempo perdido y Las lágrimas del sol, en que desarrolla la historia del adolescente mestizo Miguel Villacel Yölotl, hijo de un compañero de Cortés y una india mexicana. Posteriormente, algunos autores se consagraron especialmente al género, como Juan Eslava Galán, Terenci Moix, Arturo Pérez-Reverte, Antonio Gala o Francisco Umbral. La aportación de Fernando Savater fue una novela epistolar sobre una de sus aficiones, Voltaire, titulada El jardín de las dudas. Incluso autores más veteranos echaron su cuarto a espadas, como Miguel Delibes, que se acercó a la Inquisición y al protestantismo español en el siglo XVI con la novela El hereje, o Gonzalo Torrente Ballester, que con Crónica del rey pasmado ofreció una visión humorística de la España del joven rey Felipe IV. Entre la nueva generación de autores de novela histórica españoles podríamos destacar, también, las incursiones en el género de aventuras de León Arsenal, o la extensa biografía dedicada al héroe germano Arminio y a su Batalla del bosque de Teutoburgo, de Artur Balder, reconstrucción con no pocas influencias de Robert Graves y los inevitables anecdotarios de los historiadores romanos como Tácito. Jesús Sánchez Adalid aporta una original y realista visión de la era califal cordobesa en El Mozárabe y después va desarrollando toda una saga de novelas en la Edad Media: Alcazaba, El alma de la ciudad, El camino mozárabe. Sus novelas presentan una realidad llena de descripciones de la vida cotidiana de las gentes del pasado. También destacan Santiago Posteguillo, cuyas novelas se basan (en su mayoría) en la época romana como son las trilogías sobre Publio Cornelio Escipión el Africano y sobre Trajano o Luis Delgado Bañón, con su saga de novelas sobre la historia de la Armada española.

Véase también[editar]

Bibliografía[editar]

  • Álvarez Rodríguez, Román, Origen y evolución de la novela histórica inglesa, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1983.
  • Ferraz Martínez, Antonio, La novela histórica contemporánea del siglo XIX anterior a Galdós, Madrid, UCM, 1922, 2 vols.
  • Ferreras, Juan Ignacio, Los orígenes de la novela decimonónica (1800-1833), Madrid, Taurus, 1973.
  • Ferreras, Juan Ignacio, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976.
  • Karimi, Kian-Harald, "Die Historie als Vorratskammer der Kostüme. Der zeitgenössische spanische Roman und die Auseinandersetzung mit der Geschichte vor dem Bürgerkrieg", en: Iberoamericana, 1999, No. 3-4, pp. 5-37.
  • Lukács, György, La novela histórica, (1936).
  • Renzo Rafael Pereira Serena, "Novela Histórica",(124e56)

Enlaces externos[editar]