Occidente

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Países considerados generalmente como parte de la civilización occidental.

Occidente (del latín occĭdens, ‘puesta de Sol, oeste’),[1] además de referirse al punto cardinal oeste, se usa para denominar a una zona del mundo (los países occidentales o mundo occidental) y a una cultura o conjunto de culturas (cultura occidental) y una civilización (civilización occidental). Cada uno de esos conceptos tiene una extensión diferente según como se defina. En su acepción más restrictiva, se restringe a la Europa (Eurasia occidental) tal como se definió durante la Edad Media (la cristiandad latina). En su acepción más amplia, incluye a la práctica totalidad del mundo actual, homogeneizado por la globalización.

Historiográficamente, se suelen identificar las bases de la civilización occidental con el proceso del nacimiento de las sociedades históricas, a partir de las ciudades sumerias del IV milenio a. C., y su extensión al Próximo Oriente Antiguo, especialmente al Antiguo Egipto; culminando en la cultura grecorromana o clásica.

El concepto de Occidente como civilización se suele contraponer al concepto de Oriente (este) o civilizaciones orientales. La identificación de la cultura occidental con distintas religiones es un asunto problemático. Es usual identificarla con el cristianismo, aunque también con la denominada tradición judeo-cristiana. La inclusión del islam dentro de la civilización occidental es lógica desde el punto de vista historiográfico, pero es muy habitual establecer la oposición entre una “civilización musulmana” o islámica (o mundo islámico, identificado con “Oriente” y el “orientalismo” —su estereotipo—) y una “civilización cristiana” (identificada con “Occidente” y el “occidentalismo” —su estereotipo—).

La occidental como civilización autoconsciente[editar]

El Hombre de Vitruvio, uno de las máximas expresiones del concepto de la Civilización Occidental.

Hasta el siglo XVII, la narración de la historia universal se realizaba en Europa en términos eurocéntricos, del mismo modo que cada civilización lo había hecho en sus propios términos (por ejemplo, sinocéntricos en la civilización china). Así, cuando Cristóbal Cellarius propuso una periodización, consideró los hechos y procesos de la historia europea para establecer los hitos divisorios de las edades Antigua, Media y Moderna. Pero, simultáneamente a los descubrimientos geográficos y al establecimiento del primer y moderno sistema mundial, se desarrolló la introspección y la autoconciencia de la especificidad de la civilización europea frente a la alteridad del resto del mundo, tanto en sentido positivo como negativo: junto con el imperialismo y el racismo surgió la valoración e incluso la defensa de los colonizados y la crítica a la colonización por los propios colonizadores (“mito del buen salvaje”, “polémica de los naturales”).

Gobineau distinguía siete civilizaciones en la historia, incluyendo a la civilización occidental; no precisamente en pie de igualdad, puesto que consideraba explícitamente la “desigualdad de las razas humanas” (1853-1855). Las principales potencias europeas establecieron en el siglo XIX su indiscutible superioridad económica y militar (Revolución Industrial, Diplomacia de cañonero) sobre la totalidad del mundo; e incluso la independencia de las nuevas naciones del continente americano, protagonizada por las élites europeas locales, reforzaba la misma idea: La idea de progreso surgida con la Ilustración, e incluso la extensión de las teorías evolucionistas fuera de su ámbito biológico (el llamado darwinismo social), parecían identificarse con la imposición de la civilización occidental sobre las demás; más aún, con el triunfo del mismo concepto europeo de “civilización” sobre otros grados necesariamente menores de desarrollo social (el “salvajismo” y la “barbarie”). Esa imposición no era vista como un premio, sino como una responsabilidad (“la carga del hombre blanco”).

La época de optimismo tocó a su fin con la Belle Époque y la paz armada. El estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), inicialmente entre entusiastas movilizaciones nacionalistas que acallaron las minoritarias protestas pacifistas, dio en poco tiempo paso a la conciencia del desastre sin precedentes que trajo consigo: un aparente suicidio de la civilización. En este ambiente Oswald Spengler publicó La decadencia de Occidente (1918-1923),[2] donde concibe las civilizaciones como entes cerrados que nacen, crecen, luchan por la supervivencia y mueren, distinguiendo claramente al mundo occidental del mundo helénico. Sus ideas fueron adoptadas y perfeccionadas por Arnold J. Toynbee en su magno tratado Estudio de la Historia (12 tomos, 1933-1961, revisado en 1972).[3] en donde conceptualiza a Occidente como una civilización cristiana con su época de esplendor en la Edad Media.

El concepto decimonónico de civilización (que, en términos hegelianos, había llegado a la realización del “espíritu absoluto” en la historia: el Estado nacional o liberal -para Hegel, en su versión prusiana-) quedaba desafiado por los totalitarismos soviético y fascista, y se destruía por tanto ese pretendido “fin de la historia”. Para Ortega y Gasset era el tiempo de La rebelión de las masas (1929) y La deshumanización del arte (1925). La crisis de 1929, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y la Guerra Fría (1945-1989) pusieron sucesivamente al mundo entero en trances que se percibían como posibles catástrofes apocalípticas. La descolonización y el tercermundismo cuestionaron nuevamente la centralidad de Occidente en términos de civilización.

En 1989, el hundimiento del bloque comunista y el surgimiento de una nueva era de globalización, hizo resurgir el concepto hegeliano del “fin de la historia” en una única civilización mundial, reelaborado por Francis Fukuyama (El fin de la Historia y el último hombre, 1992). En respuesta a ello, la concepción toynbeana de un Occidente más o menos cerrado y unido por una tradición cultural cristiana y europea, fue reasumida por Samuel Huntington en su tesis del “choque de civilizaciones” (1993), que adquirirá una nueva popularidad después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 provocados por radicales islámicos.[4]

Seis son, según el profesor de Harvard (Niall Ferguson), las razones que instauraron aquel predominio (el de la cultura occidental): la competencia que atizó la fragmentación de Europa en tantos países independientes; la revolución científica, pues todos los grandes logros en matemáticas, astronomía, física, química y biología a partir del siglo XVII fueron europeos; el imperio de la ley y el gobierno representativo basado en el derecho de propiedad surgido en el mundo anglosajón; la medicina moderna y su prodigioso avance en Europa y Estados Unidos; la sociedad de consumo y la irresistible demanda de bienes que aceleró de manera vertiginosa el desarrollo industrial, y, sobre todo, la ética del trabajo que, tal como lo describió Max Weber, dio al capitalismo en el ámbito protestante unas normas severas, estables y eficientes que combinaban el tesón, la disciplina y la austeridad con el ahorro, la práctica religiosa y el ejercicio de la libertad.

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pero en el libro de Niall Ferguson (Civilización: Occidente y el resto, 2012) hay una ausencia que, me parece, contrarrestaría mucho su elegante pesimismo. Me refiero al espíritu crítico, que, en mi opinión, es el rasgo distintivo principal de la cultura occidental, la única que, a lo largo de su historia, ha tenido en su seno acaso tantos detractores e impugnadores como valedores, y entre aquellos, a buen número de sus pensadores y artistas más lúcidos y creativos. Gracias a esta capacidad de despellejarse a sí misma de manera continua e implacable, la cultura occidental ha sido capaz de renovarse sin tregua, de corregirse a sí misma cada vez que los errores y taras crecidos en su seno amenazaban con hundirla. A diferencia de los persas, los otomanos, los chinos, que, como muestra Ferguson, pese a haber alcanzado altísimas cuotas de progreso y poderío, entraron en decadencia irremediable por su ensimismamiento e impermeabilidad a la crítica, Occidente —mejor dicho, los espacios de libertad que su cultura permitía— tuvo siempre, en sus filósofos, en sus poetas, en sus científicos y, desde luego, en sus políticos, a feroces impugnadores de sus leyes y de sus instituciones, de sus creencias y de sus modas. Y esta contradicción permanente, en vez de debilitarla, ha sido el arma secreta que le permitía ganar batallas que parecían ya perdidas.

Mario Vargas Llosa, Apogeo y decadencia de Occidente.[5]

Países occidentales[editar]

El término civilización occidental es un concepto que, según el contexto en que se use, puede incluir o excluir a ciertos países por razones políticas, culturales o históricas, por lo cual existen distintas acepciones de qué países, naciones o zonas geográficas pertenecen a esta.

En la Antigua Grecia, el mundo estaba dividido entre los pueblos griegos y los bárbaros. Esta división se transformó en una definición geográfica según los territorios ubicados en la zona occidental (Grecia, las islas del mar Egeo y la Magna Grecia), en contraste al oriente de Egipto, Anatolia y Persia, por ejemplo. Las Guerras Médicas, por lo tanto, son consideradas como uno de los primeros hechos bélicos entre Occidente y el Oriente.

La cuenca del Mediterráneo, unificada por el Imperio romano, mantuvo una división este-oeste, entre los pueblos occidentales de predominancia latinas, contrapuesto al Mediterráneo oriental, donde predominaba la cultura griega. Diocleciano dividió el imperio en dos regiones en el 292. La parte oriental evolucionó posteriormente al Imperio bizantino, mientras el occidente se derrumbó por las invasiones bárbaras dando origen a diversos reinos bajo el poder del papado, principalmente.

La división que se produjo en el Cristianismo, mantuvo la división del Oriente con Occidente durante la Edad Media. Así, nació un sentimiento de cristiandad, que se afianzó durante las Cruzadas contra los árabes y turcos. Sin embargo, los bizantinos también fueron considerados como una cultura distinta por parte de los occidentales, a pesar de su origen común, debido a su ruptura con el patriarcado romano tras el Cisma de Oriente, distinción que se hace resaltar hasta nuestros días y de la cual su mayor expresión es la rama del cristianismo que predomina en estos países, la Iglesia ortodoxa (y sus diferentes patriarcados, habitualmente divididos por nación), a diferencia de la Europa católica-protestante, considerada parte de Occidente.

El descubrimiento y conquista de América o “Indias Occidentales”, como se las conocía durante y entre los siglos XV y XIX, integrándolas en la Cristiandad y en la civilización de los conquistadores y sobre todo los colonos europeos (sobrepuesta a las civilizaciones autóctonas), supuso su incorporación a los países occidentales, situación que a diferencia de África y Asia, no solo no cambió con la Independencia, sino que se agudizó, transformándose durante el siglo XIX las antiguas colonias en Estados-nación modernos, algunos de los cuales llegaron a ser grandes potencias que rivalizaban con las europeas, especialmente los vastos territorios de Canadá, Estados Unidos (colonias británicas, y en el primer caso, también francesa), México, Argentina (colonias españolas) y Brasil (colonia portuguesa).

Los mundos en la Guerra Fría: el primero en azul, el segundo en rojo y el tercero en verde.

Durante la llamada Guerra Fría surgió un nuevo concepto que representaba a la metafórica división del mundo en tres mundos: el primer mundo, compuesto por los estados miembro de la OTAN y los aliados de Estados Unidos; el segundo mundo, compuesto por los estados miembro del Pacto de Varsovia y los aliados de la Unión Soviética, como Cuba y Mongolia, más China y los estados socialistas asiáticos o sea Vietnam, la República Popular Democrática de Corea y otros más inestables como Camboya y Laos; y el tercer mundo, que hace referencia a los estados que no estaban alineados con ninguno de los dos bloques.

La partición del mundo de acuerdo con su alineación política, sin embargo, produjo muchas contradicciones. Así, Suiza, Suecia e Irlanda, considerados como parte del primer mundo, se mantuvieron neutrales durante todo el período. Finlandia, que limitaba al este con la Unión Soviética y por tanto pertenecía a su esfera de influencia, se mantuvo neutral. Nunca fue un Estado socialista ni perteneció al Pacto de Varsovia o al CAME. Austria también mantuvo una política de neutralidad a partir de 1955, encontrándose al oeste de la Cortina de Hierro y por tanto en la esfera de influencia estadounidense. Turquía, miembro de la OTAN, tampoco se podía establecer que era un país del Primer Mundo o de la civilización occidental. Así, se definió posteriormente al mundo occidental como al primer mundo incluyendo las excepciones de los países del Bloque capitalista y excluyendo a Turquía.

Tras el fin de la Guerra Fría, el uso del término segundo mundo cayó en desuso, mientras que los dos otros mundos evolucionaron a otros conceptos. El primer mundo continuó designando al mismo grupo de estados, pero según criterios económicos antes que políticos. En cambio, el tercer mundo se convirtió en sinónimo de países pobres y en vías de desarrollo.

Los Portadores de la Antorcha (A.H. Huntington, 1955), en Madrid. Homenaje a la civilización occidental.

En general, se consideran en la actualidad a la cultura occidental, o también llamada Euroatlántica, como aquella influenciada por las civilizaciones grecorromanas, el Cristianismo, el Renacimiento y la Ilustración, entre otros eventos históricos. Esto correspondería a las siguientes zonas geográficas:

Algunos historiadores consideran que en América Latina, las influencias de los pueblos indígenas la convertirían en otro tipo de mundo, diferente del occidental. Otros, sin embargo, la incluyen debido al desarrollo de la colonización e inmigración de europeos a lo largo de los últimos siglos. Diferencias de opinión similares se experimentan también con respecto a ciertos países de África (como el caso sudafricano) y el moderno estado de Israel.

Arte y cultura[editar]

Los trabajos que tradicionalmente se hacen sobre historia del arte normalmente tienen como objeto de estudio la evolución de la historia del arte occidental, fruto del eurocentrismo. Dichos trabajos suelen excluir incluso algunos periodos artísticos como bizantino o el árabe clásico aún cuando parte de estos se desarrollaron en territorio europeo. Este estudio, no obstante, al considerar la cultura occidental como elemento fundamental de la vida contemporánea, se hace necesario a fin de comprender el alcance del arte alrededor del mundo, recibiendo influencias y siendo influenciado por otros movimientos.

Los estudios sobre historia del arte, por otro lado, suelen centrarse en la pintura, la arquitectura y la escultura, dejando de lado otras ramas como la literatura, la música, la orfebrería, el ballet, el teatro, el cine, la artesanía y la fotografía, las cuales son estudiadas en trabajos más especializados.

Véase también[editar]

Referencias[editar]

  1. University of Notre Dame, Latin Word Look-up
  2. Der Untergang des Abendlandes. Umrisse einer Morphologie der Weltgeschichte. Edición en inglés: The Decline of the West, Arthur Helps y Helmut Werner (ed.), Charles F. Atkinson (trad), New York: Oxford UP, 1991, ISBN 0-19-506751-7.
  3. Edición en español: Edhasa, 1963. La publicación inicial de A Study of History se hizo en los siguientes volúmenes:
    • Vol I: Introduction; The Geneses of Civilizations, primera parte (Oxford University Press 1934)
    • Vol II: The Geneses of Civilizations, segunda parte (Oxford University Press 1934)
    • Vol III: The Growths of Civilizations (Oxford University Press 1934)
    • Vol IV: The Breakdowns of Civilizations (Oxford University Press 1939)
    • Vol V: The Disintegrations of Civilizations, primera parte (Oxford University Press 1939)
    • Vol VI: The Disintegrations of Civilizations, segunda parte (Oxford University Press 1939)
    • Vol VII: Universal States; Universal Churches (Oxford University Press 1954) ECHO POR AGUZZTINN [as two volumes in paperback]
    • Vol VIII: Heroic Ages; Contacts between Civilizations in Space (Encounters between Contemporaries) (Oxford University Press 1954)
    • Vol IX: Contacts between Civilizations in Time (Renaissances); Law and Freedom in History; The Prospects of the Western Civilization (Oxford University Press 1954)
    • Vol X: The Inspirations of Historians; A Note on Chronology (Oxford University Press 1954)
    • Vol XI: Historical Atlas and Gazetteer (Oxford University Press 1959)
    • Vol XII: Reconsiderations (Oxford University Press 1961)
    En un nuevo tratado, esta vez en un sólo volumen y con ilustraciones, titulado también Estudio de la Historia (A study of history, Oxford University Press, 1972), Toynbee, en colaboración con Jane Caplan introdujo una serie de correcciones a sus ideas, basándose fundamentalmente en los nuevos descubrimientos arqueológicos y en interpretaciones históricas novedosas. Estas correcciones fueron fundamentalmente a nivel de hechos y de detalle, sin alterar la base de su esquema.
  4. The clash of civilizations
  5. Artículo de Vargas Llosa en El País, 13 de enero de 2013. Libro de Ferguson, Debate, 2012, ISBN 8499921647.

Bibliografía[editar]