Laicidad

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Puente entre religión y sociedad:


La laicidad es una cualidad de la sociedad, el Estado o las instituciones que actúan y funcionan de manera independiente de la influencia de la religión y de la Iglesia.[1]

Laicidad no es un término unívoco, pues si para muchos significa mutuo respeto entre Iglesia y Estado fundamentado en la autonomía de cada parte, para otros es Laicismo, con lo cual se vaciaría de contenido o se transformaría en un sinónimo.

La laicidad del Estado se fundamenta en la distinción entre los aspectos seculares y religioso, en la sociedad, en respeto a la autonomía del Estado en su plano de la sociedad, y de las confesiones religiosas, en su ámbito de libertad. El proyecto es de cooperación con todas las confesiones religiosas dentro de los principios de libertad religiosa y neutralidad del Estado.

Todo ha de sustentarse en el derecho humano de libertad religiosa no sólo a nivel privado sino también, dentro del marco constitucional de cada país, a nivel social, sabiendo aportar lo que le beneficia (es la opinión de Habermas).

Contenido

[editar] Desarrollo histórico de la laicidad

En el mundo de hoy la laicidad se entiende de varias maneras: no existe una sola laicidad, sino diversas, o, mejor dicho, existen múltiples maneras de entender y vivir la laicidad, maneras a veces opuestas e incluso contradictorias entre sí.

Para comprender el significado auténtico de la laicidad y explicar sus acepciones actuales, es preciso tener en cuenta el desarrollo histórico que ha tenido el concepto. La laicidad, nacida como indicación de la condición del simple fiel cristiano, no perteneciente ni al clero ni al estado religioso, durante la Edad Media revistió el significado de oposición entre los poderes civiles y las jerarquías eclesiásticas, y en los tiempos modernos ha asumido el de exclusión de la religión y de sus símbolos de la vida pública mediante su confinamiento al ámbito privado y a la conciencia individual. Así, ha sucedido que al término "laicidad" se le ha atribuido una acepción ideológica opuesta a la que tenía en su origen.

En realidad, hoy la laicidad se entiende por lo común como exclusión de la religión de los diversos ámbitos de la sociedad y como su confín en el ámbito de la conciencia individual. La laicidad se manifestaría en la total separación entre el Estado y la Iglesia, no teniendo esta última título alguno para intervenir sobre temas relativos a la vida y al comportamiento de los ciudadanos; la laicidad comportaría incluso la exclusión de los símbolos religiosos de los lugares públicos destinados al desempeño de las funciones propias de la comunidad política: oficinas, escuelas, tribunales, hospitales, cárceles, etc.

Basándose en estas múltiples maneras de concebir la laicidad, se habla hoy de pensamiento laico, de moral laica, de ciencia laica, de política laica. En efecto, en la base de esta concepción hay una visión a-religiosa de la vida, del pensamiento y de la moral, es decir, una visión en la que no hay lugar para Dios, para un Misterio que trascienda la pura razón, para una ley moral de valor absoluto, vigente en todo tiempo y en toda situación. Solamente dándose cuenta de esto se puede medir el peso de los problemas que entraña un término como laicidad, que parece haberse convertido en el emblema fundamental de la posmodernidad, en especial de la democracia moderna.[2]

[editar] Estado actual del debate sobre la "laicidad"

Está por elaborar un concepto de laicidad que, por una parte, reconozca a Dios y a su ley moral, a las confesiones religiosas, el lugar que les corresponde en la vida humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete "la legítima autonomía de las realidades terrenas", entendiendo con esta expresión -como afirma el concilio Vaticano II- que "las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente" (Gaudium et spes, 36).

La sociedad necesita la verdad y bondad propias de un orden, una racionalidad como lo que contemplan los Derechos humanos, "y leyes propias, que el hombre debe respetar reconociendo los métodos propios de cada ciencia o arte" (ibid.). Por tanto, la autonomía de las realidades terrenas no sería opuesto a reconocer un orden en las cosas, y a ese orden colaboran los creyentes que ven a un Dios creador que sustenta esa racionalidad.

Se trataría así de una autonomía efectiva (separación Iglesia-Estado), con tolerancia hacia muchas cosas incluso incorrectas que no tiene por qué regular el orden social porque se ocupa de la moralidad pública, pero estaría presente el orden moral, que sustenta la dignidad de la persona, etc. Por tanto, a las iglesias y distintas confesiones no les compete promover un ordenamiento político y social determinado (toda intervención de una institución religiosa en este campo sería una injerencia indebida), pero sí -como los demás miembros e instituciones de la sociedad- aportar referentes morales al pueblo, quien debe decidir libremente los modos mejores y más adecuados de organizar la vida política.

La "sana laicidad" haría que el Estado no considere la religión como un simple sentimiento individual, del ámbito exclusivamente privado. Se ha de reconocer como presencia comunitaria pública. Cada confesión religiosa, mientras respete las leyes civiles, garantiza la libertad religiosa de las personas, en el ejercicio de sus actividades de culto -espirituales, culturales, educativas y caritativas-.

La hostilidad contra cualquier forma de relevancia de la religión, por ejemplo en sus tareas educativas, sería un laicismo malo. Por ejemplo hoy tenemos el debate contra la presencia de todo símbolo religioso en las escuelas y otras instituciones públicas.

Muchos progresos de la humanidad han sido promovidos por las instituciones religiosas: en los campos del derecho ("derecho de gentes" de la Universidad de Salamanca, preludio del Derecho internacional), de la cultura (el comienzo de las Universidades, muchas escuelas), de los servicios (los hospitales y tantas otras cosas que ahora sustenta el Estado o entes privados), la comunicación, de la ciencia y de la tecnología. Algunos intentan excluir a Dios de estos y otros ámbitos de la vida, presentándolo como antagonista del hombre, cuando han sido, las distintas iglesias, promotoras de la libertad (que no existía como hoy entendemos en la antigua Grecia, por ejemplo).

Los promotores de esta "sana laicidad" afirman que históricamente en los regímenes "sin Dios", el hombre está perdido. De aquí que excluir la religión de la vida social es nefasto para la persona. Los bienes de la Ilustración y Revolución francesa: libertad, igualdad, fraternidad, son de raíz cristiana en gran parte, y sin referencia al padre, la fraternidad no se vive -sin padres, no hay hermanos-, sino que es una filantropía que muchas veces pisa a los demás, los ningunea a través de diversas formas de su corrupción.

[editar] Problemas del término

El término está en uso cada vez más, porque tiene un componente de secularidad (presencia en el mundo)y respeto a la libertad religiosa. Desde que la palabra "laicismo" se usa en el sentido negativo de negar la influencia religiosa en la vida pública (sobre todo está presente en la cultura francesa) se ha acuñado este término, que en algunos diccionarios tiene ese sentido negativo.[3]

El problema de esta palabra, "Laicidad", es que tiene para muchos connotaciones cristianas, como defensa frente a la ofensiva laicista.

Dejando aparte cuestiones ideológicas, el tema de fondo está en la división de planos: el religioso, para la vida religiosa, y el civil, para la vida en sociedad. Son dos planos independientes entre sí, pero no excluyentes. No hay confesionalismo por parte del Estado, pero sí libertad para que los miembros de la sociedad puedan aportar sus creencias al bien común.

"Laicidad" es superar el subordinacionismo de la sociedad civil ante la religión (clericalismo) sin caer en el control histórico que vuelve hoy a aparecer en algunos sitios[4] (cesaropapismo), es responder a la frase evangélica de "dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios", también una respuesta -¡por fin!- por parte de la Iglesia (Concilio Vaticano II, Decreto sobre la libertad religiosa) a la justa autonomía de la esfera civil, y de los laicos, en el orden político y social. Para los creyentes, en pocas palabras, se trataría de sustituir el sueño de la "teocracia" (gobierno con "censura" religiosa) a una aspiración de "teocentrismo": uno, libremente, puede albergar la luz de Dios en su interior, y con ella iluminar a su alrededor, sabiendo que la propia libertad acaba donde comienza la libertad de los demás.

Obstáculos a esta visión son:

a) sistemas teocráticos que no reconocen la dignidad de la persona, sino sólo leyes positivas reveladas (escuchar una "voz divina" que puede llevar a la guerra santa), como vemos en algunas facciones del Islam, y en la historia a algunas cristianas;

b) el ateísmo postcristiano tiene resentimiento, motivado por la negación de un orden superior objetivo como base de lo social. "Entonces, la religión, sin un Dios vivo realmente existente, no es más que una proyección de subjetividades personales –opiniones, sentimientos- que el Estado ‘respeta’ (es decir: procura no zaherir en exceso) como cuestión individual más o menos generalizada, pero que no puede admitir que interfiera, limite o vete su soberanía en la regulación social".[5]

Desde que el "derecho natural" ha entrado en discusión, se habla hoy día de la "racionalidad" establecida en el mundo natural (el polémico discurso de Ratzinger en Ratisbona [6] ). Este orden de la razón protege contra los dos obstáculos antes dichos. El tema es de actualidad en el debate político, social, filosófico y teológico, y los últimos Papas han entrado de lleno en él.[7] ; también los grandes pensadores como Habermas.[8]

[editar] Referencias

[editar] Véase también

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