España en la Primera Guerra Mundial

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Como se puede observar en este mapa, España estaba alejado de los principales campos de batalla situados en la frontera franco-alemana, el norte de Italia, Rusia y el imperio Otomano.

España en la Primera Guerra Mundial se mantuvo neutral durante todo el conflicto, pero éste tuvo importantes consecuencias económicas, sociales y políticas para el país, hasta tal punto que se suelen situar en los años de la guerra el inicio de la crisis del sistema de la Restauración que en 1923 se intentaría resolver mediante la instauración de la Dictadura de Primo de Rivera.

La guerra ha trastornado de tal manera la situación económica del país que hoy es imposible la vida. Muchas fábricas han cerrado, otras tienen a sus obreros a medio trabajo, hay fábricas que están haciendo un sobervio agosto y, sin embargo, éstas no han aumentado sus jornales, a pesar de saber sus dueños que todo ha encarecido

Periódico El Liberal de Sevilla. 27 de noviembre de 1916.[1]

Antecedentes[editar]

Cuando se inició el conflicto europeo el 28 de julio de 1914, España era un país económicamente atrasado, con solo el País Vasco y Cataluña con una industria importante, un país que tras el Desastre del 98 y el posterior tratado con Alemania en 1899 se había quedado sin colonias, estaba moralmente destrozado, con el sistema de gobiernos del «turno» cuestionado, con un ejército que se encontraba anticuado, casi sin armada naval, y con el problema de Marruecos que desembocaron en crisis y huelgas como la Semana Trágica en 1909.

Además, España no pertenecía ni a la Entente Cordiale ni a la Triple Alianza. En 1906, tras la Conferencia de Algeciras, a España se le asignó un territorio del norte de Marruecos, que se convirtió en una fuente de problemas militares continuos y que tras el inicio de la ocupación española en 1909, no se consiguió pacificar hasta pasados quince años.

Marruecos y el Reparto de África fue escenario de dos graves crisis políticas y militares entre las principales potencias (Reino Unido, Alemania y Francia principalmente), que estuvieron a punto de desencadenar la Primera Guerra Mundial, con unos pocos años de antelación: la Primera Crisis Marroquí ocurrió en 1904 y se solucionó con la Conferencia Internacional de Algeciras de 1906 y la Segunda Crisis Marroquí, en 1911 resuelta tras un acuerdo franco-alemán en ese mismo año.

Neutralidad española[editar]

El 7 de agosto de 1914, la Gaceta de Madrid publicaba un real decreto por el que el gobierno del conservador Eduardo Dato se creía en el «deber de ordenar la más estricta neutralidad a los súbditos españoles con arreglo a las leyes vigentes y a los principios del Derecho Público Internacional».

Espectro político

     Liberalismo progresista      Liberalismo conservador

Inicio presidencia Fin presidencia Presidente Partido Comentarios
27 de octubre de 1913 9 de diciembre de 1915 Eduardo Dato EDato.jpg Partido Liberal-Conservador
9 de diciembre de 1915 19 de abril de 1917 Álvaro de Figueroa Romanones.jpg Partido Liberal
19 de abril de 1917 11 de junio de 1917 Manuel García Prieto Manuel García Prieto.jpg Partido Liberal Demócrata
11 de junio de 1917 3 de noviembre de 1917 Eduardo Dato EDato.jpg Partido Liberal-Conservador
3 de noviembre de 1917 22 de marzo de 1918 Manuel García Prieto Manuel García Prieto.jpg Partido Liberal Demócrata
22 de marzo de 1918 9 de noviembre de 1918 Antonio Maura D. Antonio Maura.jpg Partido Maurista
9 de noviembre de 1918 5 de diciembre de 1918 Manuel García Prieto Manuel García Prieto.jpg Partido Liberal Demócrata
5 de diciembre de 1918 15 de abril de 1919 Álvaro de Figueroa y Torres Romanones.jpg Partido Liberal
  • Amalio Gimeno nombrado interino durante su ausencia (18–24 de diciembre).
15 de abril de 1919 20 de julio de 1919 Antonio Maura D. Antonio Maura.jpg Partido Maurista

Obsérvese cómo durante los tres primeros años de la contienda (mediados 1914 - mediados 1917) sólo hubo dos gobiernos, algo normal teniendo en cuenta que en el sistema de alternancia bipartidista de la Restauración la duración media en el poder de cualquiera de esos dos partidos era entre uno y tres años. Pero a partir de 1917, debido a la grave crisis que atravesaba el país, se sucedieron en cascada gobiernos que apenas duraban meses debido a la gran inestabilidad institucional.

Causas de la neutralidad española[editar]

Alfonso XIII de visita en París en 1913, un año antes del inicio de la Primera Guerra Mundial. Sentado a su lado el presidente de la Tercera República Francesa Raymond Poincaré.

El gobierno conservador de Eduardo Dato decidió mantener a España neutral, porque en su opinión, compartida por la mayoría de la clase dirigente, [2] carecía de motivos y de recursos para entrar en el conflicto. [3] El rey Alfonso XIII también estuvo de acuerdo, aunque según confesó al embajador francés le habría gustado que España entrara en la guerra del lado aliado a cambio de «alguna satisfacción tangible» —probablemente Tánger y también manos libres en Portugal— pero que se encontraba rodeado de «cerebros de gallina» —es decir, acusaba a los políticos de pensar como cobardes— y que él «estaba en una posición muy difícil».[4]

Muy pocos se opusieron a la neutralidad. El caso más notorio fue el Diario Universal, órgano del liberal conde de Romanones, que publicó un artículo sin firma —aunque todo el mundo lo atribuyó a Romanones a pesar de que éste negó haberlo escrito— titulado Neutralidades que matan en el que defendía la participación de España en la guerra del lado de los aliados, en coherencia con la política exterior española alineada con Francia y Gran Bretaña desde 1900. «Es necesario que tengamos el valor de hacer saber a Inglaterra y a Francia que con ellas estamos, que consideramos su triunfo como el nuestro y su vencimiento como propio», se decía en el artículo. Pero «la más estricta neutralidad» se impuso, respaldada por el rey.[5]

Densidades de población en España por provincias en 1900. Obsérvese que era un país con poca densidad en comparación con otros países europeos y que la mayoría de la población se encontraba en Madrid y las regiones costeras.

España era un Estado de segundo rango, que carecía de la potencia económica y militar suficiente como para presentarse como un aliado deseable a cualquiera de las grandes potencias europeas en conflicto (Alemania y Austria-Hungría, por un lado; Gran Bretaña, Francia y Rusia, por otro).[6] Por eso ninguno de los países beligerantes protestó por la neutralidad española. "No dejaba de ser una declaración de impotencia… puesto que se basaba en lo que todo el mundo admitía con mayor o menor sonrojo: que España carecía de los medios militares necesarios para afrontar una guerra moderna", afirma Javier Moreno Luzón. Así lo reconoció el primer ministro Dato en una nota dirigida al rey, en la que añadió otra consideración (las tensiones sociales que provocaría): «Con sólo intentarla [una actitud belicosa] arrunaríamos a la nación, encenderíamos la guerra civil y pondríamos en evidencia nuestra falta de recursos y de fuerzas para toda la campaña. Si la de Marruecos está representando un gran esfuerzo y no logra llegar al alma del pueblo, ¿cómo íbamos a emprender otra de mayores riesgos y de gastos iniciales para nosotros fabulosos?».[7]

El estado precario del ejército fue fundamental para decidir la neutralidad. Se acababa de meter en la aventura del protectorado del norte de Marruecos. Se trataba de un ejército de tierra anticuado, mal armado y que, debido al número excesivo de oficiales que tenía, gran parte del dinero destinado al ejército se redistribuía entre la nómina de los oficiales, con lo que el país se había visto incapacitado para librar una carrera armamentística a principios del siglo XX como habían hecho gran cantidad de países e imperios europeos. Por otro lado, la armada había sido considerada una de las principales culpables de la derrota del 98 y había perdido dos escuadras enteras en esa guerra. Fue olvidada hasta 1908, cuando durante el gobierno largo de Antonio Maura se aprobó la construcción de los acorazados Clase España y otros buques menores en el denominado Plan Ferrandiz.

El estallido de conflictos sociales, debido a la cada vez mayor conciencia de clase de los obreros, y el desarrollo y crecimiento de sindicatos y partidos de izquierda, sobre todo republicanos, ajenos al «turno» característico de esta época política del país, cobraba mayor importancia debido a episodios como la Semana Trágica de Barcelona de 1909 o el asalto de miembros del ejército a periódicos catalanes en 1905. Si España intervenía en la guerra y el desarrollo de la guerra no era favorable, se podría producir una revolución como la Revolución Bolchevique que afectó a Rusia.

Aliadófilos y germanófilos[editar]

El Conde de Romanones fue presidente del gobierno. Siguió la política de neutralidad, aunque debido a los ataques de los submarinos alemanes, se fue volviendo más pro-Entente.

Desde el punto de vista político, la Gran Guerra acentuó el enfrentamiento entre las derechas («germanófilos» que veían en Alemania y en Austria-Hungría los representantes del orden y de la autoridad) y las izquierdas («aliadófilos», que veían en Gran Bretaña y en Francia, «el derecho, la libertad, la razón y el proceso contra la barbarie», en palabras del republicano Lerroux).[8] Como ha señalado Manuel Suárez Cortina, "las principales voces germanófilas del país eran las del clero, el ejército, la aristocracia, las élites terratenientes, la alta burguesía, la corte, los carlistas y los mauristas. Por el contrario, los partidarios de los aliados eran los regionalistas, los republicanos, los socialistas, los profesionales de clase media y los intelectuales, que vieron en la guerra un instrumento para forzar en España una transición hacia una verdadera democracia".[9]

En Cataluña se formó un contingente de voluntarios que combatió en las filas del ejército francés. [10] Por otro lado, los dos bandos contendientes desplegaron durante toda la guerra una intensa campaña diplomática y propagandística que incluyó la financiación de periódicos para garantizar el apoyo español a su causa.[9] Además los imperios centrales enviaron agentes al protectorado español de Marruecos para alentar levantamientos antifranceses de las cabilas y boicotear el suministro de materias primas y manufacturas a los aliados.[11] La neutralidad sólo estuvo en peligro cuando los submarinos alemanes comenzaron a hundir barcos mercantes españoles.

La prensa española[editar]

Aunque el gobierno impulsó la neutralidad existía gran interés por saber lo que pasaba en Europa, sobre todo en la primera parte del conflicto. Posteriormente el interés por la guerra disminuyó, registrandose un mayor interés por él exclusivamente en los grandes acontecimientos. La disminución de interés también se debió a que la gente estaba ya más centrada en la crisis social que estaba teniendo lugar y que desembocó en un periodo de movilizaciones de trabajadores conocido como Trienio Bolchevique.[1]

Hasta entonces era frecuente el modelo de prensa decimonónica de partido y, durante la guerra, se actualiza hacia un periodismo empresarial, que había sido ya adoptado por Estados Unidos y Gran Bretaña. En el periodismo empresarial el periódico se entiende como un negocio, dando más cabida a la publicidad, lo que les permitía independencia de lo político a costa de ser atractivos a clientes. Los periódicos, sostenidos por empresas periodísticas, aumentaron la información frente a la opinión y mejoraron la tipografía de los titulares y añadieron más fotografías, lo que llevó a comprar nuevas rotativas para las imprentas.[1]

No es posible continuar así. No es posible que sigan los periódicos vendiéndose al precio que se vendían cuando su presupuesto de gastos no alcanzaba ni la cuarta parte del actual. Muchos periódicos han aumentado su precio y se venden a diez céntimos. Tal aumento no constituye un negocio ni mucho menos. A pesar del aumento, es decir, vendiéndose el periódico a diez céntimos, seguirán perdiendo dinero las empresas

El Noticiero Sevillano. 4 de febrero de 1918[1]

Se crearon nuevas empresas periodísticas y periódicos, sobresaliendo El Sol en Madrid. Se dio más importancia a la figura del corresponsal. Grandes figuras periodísticas, literarias y políticas trabajaron de corresponsales en la I Guerra Mundial, como Salvador de Madariaga, Ramiro de Maeztu o Julio Camba.[1]

El gobierno aprobó la Real Orden del 4 de agosto de 1914 que imponía la obligación de no atacar en la prensa a ninguno de los contendientes y el Real Decreto del 29 de marzo de 1917, tras haberse producido la Revolución Rusa, suspendió las garantías constitucionales y autorizó la censura previa. El 7 de agosto de 1918 se aprueba la Ley de Represión del Espionaje que también hablaba de censura previa y que establecía duras penas para los periódicos que la incumplieran.[1]

La información de lo que ocurría en la guerra, además de los corresponsales, provenía de información pasada a la agencia Fabra, que a su vez la obtenía de la agencia francesa Havas. También se obtenía información de los partes de guerra de las embajadas, los despachos telegráficos y las conferencias telefónicas.

Para contener el precio de la subida del papel se promulgó un decreto el 19 de octubre de 1916 por el que la Hacienda Pública adelantaba a la Central Papelera el dinero suficiente para cubrir la diferencia entre el precio que tenía el papel en 1914 y el precio que se fuera fijando. Este anticipo se fijó para los periódicos que tuvieran más de 5 años de antigüedad y más de 2000 ejemplares de tirada y luego se extendió a algunas revistas. El anticipo se mantuvo hasta 1921. Tardó muchos años en pagarse. De hecho Prensa Española (editora de ABC) todavía debía más de 9 millones de pesetas en 1975.[1]

A pesar de la neutralidad procurada por el Estado, los periódicos fueron tomando su propia postura. Como ejemplo, en la ciudad de Sevilla El Correo de Andalucía era activamente germanófilo, El Liberal era aliadófilo y El Noticiero Sevillano neutral.[1]

Estado del ejército en los inicios de la contienda[editar]

Armada[editar]

La armada apenas era una sombra de lo que había llegado a ser. Sus mejores unidades era los acorazados Alfonso XIII, España, Pelayo y, en construcción, el Jaime I. La armada contaba asimismo con los cruceros Carlos V, Río de la Plata, Extremadura, Princesa de Asturias, Cataluña, Reina Regente y, en construcción, el Victoria Eugenia, además de siete destructores: cuatro de Furor y tres de nueva factura de clase Bustamante, a los que se unían los cuatro cañoneros de clase Recalde y de la clase Álvaro de Bazán, además de otros más antiguos como el Mac-Mahón, el Infanta Isabel o el Temerario. Por último, se inició la construcción masiva de torpederos de la clase T-1, de los que ya se habían enlistado seis, junto con los más viejos torpederos Orión, Habana y Halcón. En definitiva, la armada estaba formada por los buques que no fueron hundidos en Cuba y Filipinas bien porque sobrevivieron al los combates navales o bien debido a que formaban parte de la flota del Almirante Cámara, que finalmente no intervino en el conflicto y por eso se libraron de su casi segura pérdida. Otros buques eran de reciente construcción gracias al Plan Ferrandiz.

Ejército[editar]

Por su parte el ejército terrestre era anticuado respecto a los modernos ejércitos europeos. Su composición era la siguiente:

  • 8 Cuerpos de Ejército.
  • 16 Divisiones de Infantería.
  • 1 División de Caballería.
  • 7 Brigadas de Caballería.
  • 3 Brigadas de Cazadores de Montaña.
  • Comandancias de Canarias y Baleares.
  • También existían regimientos de Artillería e Ingenieros.

El fusil principal del ejército español en esta época es una versión del Mauser fabricado en Oviedo en calibre 7x57 mm conocido como fusil Mauser español modelo 1893. A eso se añadía una pequeña cantidad de ametralladoras como las Maxim Nordenfelt, Hotchkiss e incluso la Colt. Pero el número de ametralladoras por compañía o división era muy inferior al del resto de los países europeos. La mayoría se estaban utilizando en el conflicto de Melilla. La artillería la componían cañones fabricados por Krupp o varias versiones del cañón Schneider fabricadas en Trubia y Sevilla.

Aeronáutica[editar]

La Aeronáutica Militar acaba de ser creada en 1913, por lo que contaba con pocas unidades. Todos los aviones eran bombarderos, ya que los cazas no aparecieron hasta bien entrada la guerra. De biplanos contaba con Farman MF.7, Farman MF.11, Lohner B-1 Pfeil; y de monoplanos con varios Morane Saulnier G y Nieuport II, que en su conjunto formaban la Aeronáutica Militar, a la que posteriormente se añadirían unos pocos más biplanos y los primeros hidroaviones de la Aeronáutica Naval. La neutralidad española dejó al país al margen de los avances tecnológicos derivados de las necesidades bélicas, por lo que, al terminar la contienda a finales de 1918, la Aviación Militar Española se encontraba en una situación de clara inferioridad de medios respecto a las de los demás países de su entorno.

Los territorios en África[editar]

Territorios españoles en África durante el siglo XX (incluyendo Canarias)

En comparación con las colonias de otras potencias europeas, España poseía pequeños territorios en África, tanto en el continente o en islas cercanas, debido al Reparto de África y al deseo de querer colonias para compensar las pérdidas ultramarinas tras el Desastre del 98.

Protectorado español de Marruecos[editar]

Tras la Conferencia de Algeciras, Francia cedió el norte del actual Marruecos, un territorio montañoso de unos 20.000 km² que fue escenario de una guerra en 1909 (Guerra de Melilla). En 1912 se convirtió en el Protectorado español de Marruecos, que consistía en dos territorios, los cuales ocupaban la zona norte conocida como el Rif y la zona sur conocida como Cabo Juby que tenía frontera con el Sáhara español. El conflicto no se solucionó del todo y se convirtió en una guerra de desgaste (Guerra del Rif). No se pacificaría totalmente hasta mediados de la década de los años 20.

En el centro del Protectorado francés de Marruecos se le había asignado a España la pequeña colonia de Ifni, emplazada alrededor de la ciudad de Santa Cruz de la Mar Pequeña (Sidi Ifni), si bien este territorio no sería ocupado hasta 1934.

Río de Oro[editar]

Tras delimitarse las fronteras con Francia en el 1900, el territorio fue colonizado y dividido en dos provincias, Río de Oro y Saguia el Hamra. En total los territorios ocupaban un área de unos 466 000 km², 282 000 km² y 184 000 km² respectivamente. Estaba habitado por tribus bereberes. Su único asentamiento era Villa Cisneros, hasta que en 1916 el gobernador Francisco Bens ocupa Cabo Juby, poniéndole el nombre de Villa Bens (llamada Tarfaya por los nativos) a la capital de la zona. El interior de la región apenas se había explorado, comenzando en esa época a lanzarse expediciones hacia el interior para reforzar la presencia española, y hacerla formal y no sólo nominal.

Guinea española[editar]

En 1900, en el contexto mundial del reparto de África, el gobierno español negoció con las potencias y obtuvo en 1900 un territorio de 26.000 km² en el continente africano, Río Muni, que se llamó «Guinea Continental Española» y que, junto con las islas de Fernando Poo (hoy llamado Bioko) y Elobey, Annobón y Corisco, se unificó posteriormente en el territorio de Guinea Española (hoy Guinea Ecuatorial). La presencia española fue al principio casi puramente testimonial. El territorio continental estaba habitado por la tribu de los fang. Al estallar la guerra en 1914, Río Muni estaba totalmente rodeada por la colonia alemana de Camerún y no muy lejos del África ecuatorial francesa, de manera que cuando empezaron los combates entre las tropas coloniales, hubo miedo por parte de las autoridades españolas de que esos combates se trasladaran a Río Muni. Para solucionar el problema, el gobernador Ángel Barrera hizo instalar cuatro puestos militares (Mibonde, Mikomeseng, Mongomo y Ebibeyín) muy simples (sin emisoras de radio o ametralladoras y con muy pocos soldados), pero que fueron suficiente para mostrar los límites simbólicos de la soberanía española y cumplieron su función evitando la extensión de la guerra hacia la Guinea Continental. Posteriormente esas bases se convirtieron en focos de crecimiento comercial y desde allí se lanzaron ataques contra los fang que se resistían a la colonización. En 1918 y con el conflicto mundial a punto de finalizar, ocurrió una rebelión indígena en el interior de Río Muni, que fue reprimida por las tropas coloniales españolas.

Consecuencias de la neutralidad española[editar]

El Villamil, de la clase Bustamante. Durante la contienda, la armada se dedicó a labores de vigilancia de las costas.

No hubo importantes consecuencias negativas iniciales, debido a la ausencia de grandes presiones políticas, que sí sufrieron otros países que proclamaron la neutralidad al principio de la guerra, como Grecia o Italia. El mayor problema consistió en el hundimiento de mercantes españoles por parte de los submarinos alemanes. Se calcula que estos submarinos hundieron en toda la guerra entre 139.000 y 250.000 toneladas, el 20% de la flota mercante española. El español más ilustre que moriría debido a estos ataques fue el compositor Enrique Granados.

La neutralidad tuvo importantes consecuencias económicas y sociales ya que se produjo un enorme impulso del proceso de "modernización" que se había iniciado tímidamente en 1900, debido al aumento considerable de la producción industrial española a la que de repente se le abrían nuevos mercados (los de los países beligerantes). Sin embargo, la inflación se disparó mientras que los salarios crecían a un ritmo menor y se produjeron carestías de los productos de primera necesidad, como el pan, lo que provocó motines de subsistencias en las ciudades y crecientes conflictos laborales protagonizados por los dos grandes sindicatos, CNT y UGT, que reclamaban aumentos salariales que frenaran la disminución de los salarios reales debido a la inflación.[12] Según los datos del Instituto de Reformas Sociales en 1916 los precios de los productos básicos se habían incrementado entre un 13,8% la leche hasta un 57,8% el bacalao, pasando por un 24,3% el pan, un 30,9% los huevos o un 33,5% la carne de vacuno.[13]

Así pues, superado el impacto negativo inicial, la Primera Guerra Mundial produjo un auténtico despegue económico en España, gracias a la declaración de neutralidad. Los países beligerantes necesitaban alimentos, armas, uniformes, metal y carbón. Además, desapareció la competencia extranjera. El crecimiento fue notable, sobre todo en la industria textil catalanas, la minería del carbón asturiana, la siderurgia vasca y la agricultura de cereales. Crecieron también la industria química y la construcción naval. La industria de armas ligeras también experimentó un gran crecimiento, aunque no la de armas pesadas. Se fabricaron enormes cantidades de pistolas y fusiles que principalmente fueron producidos para los aliados, hasta el punto de que el modelo de pistola español Campo Giro llegó a ser reglamentaria en el ejército francés; también se vendieron grandes cantidades de fusiles Mauser a los aliados.

El espionaje (y contraespionaje) por parte de los bandos beligerantes se convirtió en una actividad importante en todo el país. Barcelona se llegó a convertir en un verdadero nido de espías y la propia Mata Hari llegó a estar espiando al embajador alemán. Las principales actividades realizadas tenían que ver con las embajadas de los países rivales y las operaciones de los submarinos alemanes. Los ingleses llegaron a descubrir los códigos de los mensajes que las embajadas españolas enviaban a la capital y así averiguar los propósitos del gobierno español.[14]

Submarino alemán de la primera guerra mundial SM U-9. Se calcula que los submarinos alemanes produjeron pérdidas de entre 139.000 y 250.000 toneladas en la flota mercante española. Dos de estos submarinos estuvieron internados en España (el SM UB-23 en La Coruña y el SM UB-49 en Cádiz),[15] y otros dos, visitaron puertos españoles, uno de ellos, el SM U-35, transportando hasta Cartagena una misiva del Kaiser al Rey.[16]

Como consecuencia de todo esto, se produjo un claro superávit de la balanza comercial y un notable incremento de los beneficios empresariales. Gracias a ello, se canceló la deuda externa española y se acumuló oro en el Banco de España, en Madrid. Por primera vez en su historia moderna, España no estaba en déficit comercial respecto al comercio con el exterior.

Sin embargo, a partir de 1917, se entra en un cierto periodo de crisis, debido al agotamiento de la guerra: las exportaciones generaron escasez de alimentos en el interior del país y se dispararon los precios muy por encima de los salarios. Fue precisamente la falta de alimentos y el escándalo que se produjo con la especulación uno de los causantes de la Crisis española de 1917 y de la huelga general que se produjo. Además, la población se tuvo que enfrentar a la Epidemia de gripe de 1918, más conocida como gripe española. Adoptó este nombre debido a que la pandemia recibió una mayor atención de la prensa en España que en el resto del mundo, ya que España no se vio involucrada en la guerra y por tanto no censuró la información sobre la enfermedad. En España hubo cerca de 8 millones de personas infectadas en mayo de 1918 y alrededor de 300.000 fallecimientos (aunque las cifras oficiales redujeron las víctimas a «sólo» 147.114).

A pesar de la crisis, en general el impacto fue positivo, debido al desarrollo del sector textil catalán, la siderurgia y la industria química, que se modernizaron. Otras industrias y empresas pasaron a ser de capital nacional.

Una de las consecuencias menos conocidas fue que, tras el final de la contienda, la República de Weimar alemana entregó a España una serie de mercantes en compensación por los buques hundidos por sus submarinos. Uno de esos mercantes, el inicialmente bautizado como España nº 6, sería el futuro Dédalo, el primer portaaeronaves de la Armada Española, que intervendría en el desembarco de Alhucemas.

Consecuencias políticas[editar]

Según el historiador Manuel Suárez Cortina, "los efectos sociales y políticos de la guerra representaron un factor decisivo en la crisis definitiva del sistema parlamentario tal como venía funcionando desde 1875. La escasez de alimentos, el dislocamiento económico, la miseria social, la precariedad y la inflación estimularon el despertar político y la militancia ideológica de las masas. Bajo estas condiciones, la modalidad clientelar y caciquil de la política española se descompuso. Tras la guerra ya no fue posible restaurar el viejo orden". [2] La historiadora Ángeles Barrio, por su parte, afirma que la guerra "no fue sin embargo la causa inmediata del hundimiento del bipartidismo. El sistema de partidos estaba ya en descomposición cuando estalló la contienda, y la coyuntura especial de la neutralidad sólo aceleró su declive en medio de un ambiente progresivamente crítico contra el régimen. Era la sociedad la que, en pleno proceso de cambio, comenzaba a reclamar el derecho efectivo a la representación, el final definitivo de la vieja política, con lo que ello suponía de amenaza de impugnación para el sistema".[17]

Referencias[editar]

  1. a b c d e f g h Langa Nuño, Concha (Julio). «La guerra llega a Andalucía. La combatividad de la prensa andaluza». Andalucía en la historia:  pp. 36-40. 
  2. a b Suárez Cortina, Manuel (2006). p. 185.  Falta el |título= (ayuda)
  3. Juliá, Santos (1999). p. 40.  Falta el |título= (ayuda)
  4. Tusell, Javier; García Queipo de Llano, Genoveva (2002). pp. 284; 287–288. «El propio embajador describió lo que acababa de oír como grave e imprudente. Lo [que] resulta aún más desde una óptica actual porque da la sensación de haber podido suponer la intervención española en el conflicto, con el consiguiente derramamiento de sangre, caso de que hubiera promesas tangibles.»  Falta el |título= (ayuda)
  5. Moreno Luzón, Javier (2009). pp. 422–423.  Falta el |título= (ayuda)
  6. Suárez Cortina, Manuel (2006). p. 185-186.  Falta el |título= (ayuda)
  7. Moreno Luzón, Javier (2009). p. 426.  Falta el |título= (ayuda)
  8. Moreno Luzón, Javier (2009). pp. 427–428.  Falta el |título= (ayuda)
  9. a b Suárez Cortina, Manuel (2006). p. 187.  Falta el |título= (ayuda)
  10. Moreno Luzón, Javier (2009). p. 429.  Falta el |título= (ayuda)
  11. Moreno Luzón, Javier (2009). p. 430.  Falta el |título= (ayuda)
  12. Suárez Cortina, Manuel (2006). p. 188-190.  Falta el |título= (ayuda)
  13. Suárez Cortina, Manuel (2006). p. 192.  Falta el |título= (ayuda)
  14. Londres rompió, como dicen los criptoanalistas, los códigos y las claves españolas durante la Primera Guerra Mundial gracias a penetrar clandestinamente en la Embajada española en Panamá y robar su libro de cifra. El 24 de agosto de 1918, los británicos entregaron fotocopias del mismo a la Oficina de Cifra de Estados Unidos —conocida como MI-8 o Black Chamber—, dirigida por el mítico criptógrafo Herbert O. Yardley, quien se puso inmediatamente manos a la obra. En escasas semanas y con la ayuda de una espía infiltrada como secretaria en la delegación española en Washington, a la que se bautizó con el nombre de «Señorita Abbott», Yardley logró descifrar la clave —que denominó «Número 74»— y, a partir de entonces, los estadounidenses pudieron conocer los telegramas enviados por el presidente del Gobierno español, conde de Romanones, o su ministro de Estado (Exteriores), Eduardo Dato. Algunos de ellos pueden hoy consultarse en los documentos almacenados en los Archivos Nacionales de Estados Unidos en Maryland. Véase: «El arma secreta de Franco».
  15. El UB-23, tras las protestas iniciales de Alemania, fue ofrecido al gobierno español tal y como estaba pero sin torpedos por un precio de 1.348.000 marcos, destinados a solucionar los problemas económicos de la embajada, propuesta que fue rechazada por España, y el UB-49 se fugó, una vez reparado, hecho que provocó las protestas del Rey Alfonso XIII a su primo Guillermo II y debido a esto se internó un submarino de igual tipo en el puerto austriaco de Pola bajo la supervisión de oficiales españoles.
  16. Perea Ruiz, Jesús (2004). «Guerra submarina en España». En UNED. Espacio tiempo y forma. p. 215. Consultado el 3 de marzo de 2011. 
  17. Barrio Alonso, Ángeles (2004). p. 14. «El control de las elecciones por parte del partido gobernante, como había sido habitual durante años, se fue reduciendo notablemente en tanto crecían las dificultades para lograr mayorías parlamentarias capaces de dar estabilidad a los gobiernos. La fragmentación en facciones y grupos llevaría, a partir de entonces, a la formación de minorías fuertes que sólo ofrecían al gobierno de turno un apoyo eventual, con el consiguiente bloqueo de la actividad legislativa…»  Falta el |título= (ayuda)

Bibliografía[editar]

  • Barrio Alonso, Ángeles (2004). La modernización de España (1917-1939). Política y sociedad. Madrid: Síntesis. ISBN 84-9756-223-2. 
  • Juliá, Santos (1999). Un siglo de España. Política y sociedad. Madrid: Marcial Pons. ISBN 84-9537903-1. 
  • Moreno Luzón, Javier (2009). «Alfonso XIII, 1902-1931». Restauración y Dictadura. Vol. 7 Historia de España dirigida por Josep Fontana y Ramón Villares. Barcelona: Crítica/Marcial Pons. ISBN 978-84-4423-921-8. |isbn= incorrecto (ayuda). 
  • Suárez Cortina, Manuel (2006). La España Liberal (1868-1917). Política y sociedad. Madrid: Síntesis. ISBN 84-9756-415-4. 
  • Tusell, Javier; García Queipo de Llano, Genoveva (2002) [2001]. Alfonso XIII. El rey polémico (2ª edición). Madrid: Taurus. ISBN 84-306-0449-9. 
  • España y la guerra, Historia 16, por Manuel Espadas Burgos. Tomo V: La Gran Guerra, años de sangre, ruinas y miseria, pp. 89–105.
  • Vicisitudes de una política naval, por Fernando Bordejé.
  • España ante la guerra de agosto de 1914, por Dionisio Pérez.
  • España ante la Gran Guerra: espías, diplomáticos y traficantes, por Fernando García Sanz (Galaxia Gutenberg, 2014).

Véase también[editar]

Enlaces externos[editar]