Regeneracionismo

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Se llama regeneracionismo al movimiento intelectual que entre los siglos XIX y y la futura revolución española (1890), de Lucas Mallada y El problema español, de Ricardo Macías Picavea, así como por las críticas que sobre el analfabetismo y la pedagogía del estado habían sido vertidas por los krausistas de la Institución Libre de Enseñanza dirigida por Francisco Giner de los Ríos. Por otra parte, una constelación de autores vino a seguir los caminos marcados por Costa. Así, el alicantino Rafael Altamira (1866–1951) escribió Psicología del pueblo español (1902), donde concibe el patriotismo como un concepto espiritual ingénito en los pueblos. Tras pasar revista a los propagadores de este sentimiento desde Juan Ginés de Sepúlveda, Francisco de Quevedo, Benito Jerónimo Feijoo, etc., hasta el aragonés Lucas Mallada, cuya obra desaprueba, menciona los defectos del Idearium español propuesto por Ángel Ganivet y trata la hispanofobia francesa como un grave mal, atenuado por la hispanofilia alemana. Defiende la actuación española en América y cree que su reputación ha mejorado, pese a desinteresarse aún de sus propios aratatatatattatatatica de sus dirigentes, poco ejemplar, y resume los males nacionales en:

  1. falta de patriotismo
  2. desprecio de lo propio
  3. ausencia de interés común
  4. falta de concepto de independencia
  5. menosprecio de la tradición.

Por último interpreta el «cirujano» de Joaquín Costa como símbolo de la confianza en sí mismo del pueblo español, con sus vicios y virtudes. La educación solucionaría problemas: si las Universidades difundieran el saber en cada centro y clase social —aplaude a Concepción Arenal—, despertaría inquietudes. Pide carta blanca para la escuela, que creará una «noble pasión por engrandecer la tierra donde uno ha nacido», en frase de Lucas Mallada, con el esfuerzo de que es capaz el español.

Un pensamiento similar se recoge en el castellonense José María Salaverría (1873–1940), autor de Vieja España (1907).

Los ideales y propuestas de los regeneracionistas fueron acogidos por políticos conservadores como Francisco Silvela, que escribió un famoso artículo, «Sin pulso», publicado en El Tiempo (16 de agosto de 1898), y Antonio Maura, que vieron en esta corriente un adecuado vehículo para sus aspiraciones políticas y se adhirieron a la misma; igualmente hicieron los liberales Santiago Alba, José Canalejas y Manuel Azaña. Benito Pérez Galdós asimiló este pensamiento como una derivación de su inicial krausismo en sus últimos Episodios nacionales e incluso un dictador como Miguel Primo de Rivera llegó a apropiarse de parte del discurso de Costa, que llegó a recomendar un «cirujano de hierro» que acometiera las reformas urgentes que necesitaba el país. De hecho, emprendió y llevó a cabo uno de los sueños de Costa: un plan hidrológico. Pero fueron escritores y pensadores como Juan Pío Membrado Ejerique, Julio Senador Gómez, Constancio Bernaldo de Quirós, Antonio Rodríguez Martín, Luis Morote, Ramiro de Maeztu, Pere Corominas, Adolfo Posada, Basilio Paraíso Lasús, Francisco Rivas Moreno o José Ortega y Gasset quienes principalmente prolongaron este movimiento intelectual hasta el estallido de la Guerra civil española en 1936.

Véase también[editar]