Agustín de Hipona

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San Agustín de Hipona
Augustine Lateran.jpg
El primer retrato de San Agustín en un fresco del siglo VI, en el Palacio de Letrán, Roma.
Padre y Doctor
Proclamado Doctor de la Iglesia el 19 de septiembre de 1295 por el papa Bonifacio VIII
Nombre Aurelius Augustinus Hipponensis
Nacimiento 13 de noviembre de 354
Tagaste, Imperio romano
Hijos Adeodato Ver y modificar los datos en Wikidata
Fallecimiento 28 de agosto de 430 (75 años)
Hippo Regius, Imperio romano de Occidente
Venerado en Iglesia católica, Iglesia ortodoxa, Iglesias orientales, Iglesia anglicana
Festividad
    • 28 de agosto Occidente
    • 15 de junio Oriente
    • 5 de mayo Conversión de San Agustín vetus ordo
    • 24 de abril idem. novus ordo
  • Atributos Vestiduras episcopales, libro y corazón flameante
    Patronazgo Teología

    Agustín de Hipona, conocido también como san Agustín o, en latín, Aurelius Augustinus Hipponensis (Tagaste, 13 de noviembre de 354-Hippo Regius, 28 de agosto de 430),[1]​ es un santo, padre y doctor de la Iglesia católica.

    El «Doctor de la Gracia» fue el máximo pensador del cristianismo del primer milenio y según Antonio Livi uno de los más grandes genios de la humanidad.[2]​ Autor prolífico,[3]​ dedicó gran parte de su vida a escribir sobre filosofía y teología, siendo Confesiones y La ciudad de Dios sus obras más destacadas.

    A lo largo de los siglos, casi ningún otro santo ha sido tan comprensible ya que en sus obras se encuentran todas las profundidades y las alturas de la humanidad, todas las preguntas y la búsqueda que todavía experimenta el hombre en la actualidad. No sin razón ha sido llamado el primer hombre moderno.[4]


    Biografía[editar]

    Nacimiento, infancia y adolescencia[editar]

    San Agustín nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste en la actual Souk Ahras Argelia, pequeña ciudad de Numidia en el norte de África, que por entonces integraba el Imperio romano.

    Su padre, llamado Patricio, era un pequeño propietario pagano y su madre, la futura Santa Mónica, es puesta por la Iglesia como ejemplo de mujer cristiana, de piedad y bondad probadas, madre abnegada y preocupada siempre por el bienestar de su familia, aun bajo las circunstancias más adversas.[5]

    San Agustín y Santa Mónica (1846), por Ary Scheffer.

    Mónica le enseñó a su hijo los principios básicos de la religión cristiana y al ver cómo el joven Agustín se separaba del camino del cristianismo se entregó a la oración constante en medio de un gran sufrimiento. Años más tarde Agustín se llamará a sí mismo "el hijo de las lágrimas de su madre".[6]​ En Tagaste, Agustín comenzó sus estudios básicos, y posteriormente su padre lo envió a Madaura a realizar estudios de gramática.[7]

    Agustín destacó en el estudio de las letras. Mostró un gran interés hacia la literatura, especialmente la griega clásica y poseía gran elocuencia.[8]​ Sus primeros triunfos tuvieron como escenario Madaura y Cartago, donde se especializó en gramática y retórica.[7]​ Durante sus años de estudiante en Cartago desarrolló una irresistible atracción hacia el teatro. Al mismo tiempo, gustaba en gran medida de recibir halagos y la fama, que encontró fácilmente en aquellos primeros años de su juventud. Durante su estancia en Cartago mostró su genio retórico y sobresalió en concursos poéticos y certámenes públicos. Aunque se dejaba llevar por sus pasiones, y seguía abiertamente los impulsos de su espíritu sensual, no abandonó sus estudios, especialmente los de filosofía. Años después, el mismo Agustín hizo una fuerte crítica sobre esta etapa de su juventud en su libro Confesiones.

    A los diecinueve años, la lectura de Hortensius de Cicerón despertó en la mente de Agustín el espíritu de especulación y así se dedicó de lleno al estudio de la filosofía, ciencia en la que sobresalió. Durante esta época el joven Agustín conoció a una mujer con la que mantuvo una relación estable de catorce años y con la cual tuvo un hijo: Adeodato.

    En su búsqueda incansable de respuesta al problema de la verdad, Agustín pasó de una escuela filosófica a otra sin que encontrara en ninguna una verdadera respuesta a sus inquietudes. Finalmente abrazó el maniqueísmo creyendo que en este sistema encontraría un modelo según el cual podría orientar su vida. Varios años siguió esta doctrina y finalmente, decepcionado, la abandonó al considerar que era una doctrina simplista que apoyaba la pasividad del bien ante el mal.[8]

    Sumido en una gran frustración personal decidió, en 383, partir para Roma, la capital del Imperio romano. Su madre quiso acompañarle, pero Agustín la engañó y la dejó en tierra (cf. Confesiones 5,8,15).

    En Roma enfermó de gravedad. Tras restablecerse, y gracias a su amigo y protector Símaco, prefecto de Roma, fue nombrado magister rhetoricae en Mediolanum, la actual Milán.

    Agustín, como maniqueo y orador imperial en Milán[9]​ era el rival en oratoria del obispo Ambrosio de Milán.

    Conversión al cristianismo[editar]

    Fue en Milán donde se produjo la última etapa antes de la conversión de Agustín al cristianismo.

    Empezó a asistir como catecúmeno a las celebraciones litúrgicas del obispo Ambrosio, quedando admirado de sus prédicas y su corazón. Fue Ambrosio de Milán quien le hizo conocer los escritos de Plotino y las epístolas de Pablo de Tarso. Por medio de estos escritos se convirtió al cristianismo.

    Entonces decidió romper definitivamente con el maniqueísmo.

    Esta noticia llenó de gozo a su madre, que había viajado a Italia para estar con su hijo, y que se encargó de buscarle un matrimonio acorde con su estado social y dirigirle hacia el bautismo. En vez de optar por casarse con la mujer que Mónica le había buscado, decidió vivir en ascesis; decisión a la que llegó después de haber conocido los escritos neoplatónicos gracias al sacerdote Simpliciano. Los platónicos le ayudaron a resolver el problema del materialismo y el del mal.

    Agustín es bautizado por el obispo Ambrosio

    El obispo Ambrosio le ofreció la clave para interpretar el Antiguo Testamento y encontrar en la Biblia la fuente de la fe. Por último, la lectura de los textos de san Pablo le ayudó a Agustín a solucionar el problema de la mediación -vinculado al de la Comunión de los Santos- y al de la Gracia divina. Según cuenta el mismo Agustín, la crisis decisiva previa a la conversión, se dio estando en el jardín con su amigo Alipio, reflexionando sobre el ejemplo de Antonio, oyó la voz de un niño de una casa vecina que decía

    Tolle lege

    que en español significa

    toma y lee[10][11]

    y entendiéndolo como una invitación divina, cogió la Biblia, la abrió por las cartas de san Pablo y leyó el pasaje.[10]

    Nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias. (Rom. 13, 13-14).[12]

    Al llegar al final de esta frase se desvanecieron todas las sombras de duda.[13]

    En 385 Agustín se convirtió al cristianismo.[14]

    En 386 se consagró al estudio formal y metódico de las ideas del cristianismo. Renunció a su cátedra y se retiró con su madre y unos compañeros a Casiciaco, cerca de Milán, para dedicarse por completo al estudio y a la meditación.

    El 24 de abril de 387, a los treinta y tres años de edad, fue bautizado en Milán por el santo obispo Ambrosio. Ya bautizado, regresó a África, pero antes de embarcarse, su madre Mónica murió en Ostia, el puerto cerca de Roma.[15]

    Monacato, sacerdocio y episcopado[editar]

    Cuando llegó a Tagaste, Agustín vendió todos sus bienes y el producto de la venta lo repartió entre los pobres. Se retiró con unos compañeros a vivir en una pequeña propiedad para hacer allí vida monacal. Años después esta experiencia fue la inspiración para su famosa Regla. A pesar de su búsqueda de la soledad y el aislamiento, la fama de Agustín se extendió por todo el país.

    En 391 viajó a Hipona para buscar a un posible candidato a la vida monástica, pero durante una celebración litúrgica fue elegido por la comunidad para que fuese ordenado sacerdote, a causa de las necesidades del obispo Valerio de Hipona. Agustín aceptó, tras resistir, esta elección, si bien con lágrimas en sus ojos. Algo parecido sucedió cuando se le consagró como obispo en el 395. Entonces abandonó el monasterio de laicos y se instaló en la casa episcopal, que transformó en un monasterio de clérigos.

    La actividad episcopal de Agustín fue enorme y variada. Predicó y escribió incansablemente, polemizó con aquellos que iban en contra de la ortodoxia de la doctrina cristiana de aquel entonces, presidió concilios y resolvió los problemas más diversos que le presentaban sus fieles. Se enfrentó a maniqueos, donatistas, arrianos, pelagianos, priscilianistas, académicos, etc. Participó en los Concilios regionales III de Hipona del 393, III de Cartago del 397 y IV de Cartago del 419, en los dos últimos como presidente y en los cuales se sancionó definitivamente el Canon bíblico que había sido hecho por el papa Dámaso I en Roma en el Sínodo del 382.

    Ya como obispo, escribió libros que lo posicionan como uno de los cuatro principales Padres de la Iglesia latinos. La vida de Agustín fue un claro ejemplo del cambio que logró con la adopción de un conjunto de creencias y valores.

    Fallecimiento[editar]

    Tumba de san Agustín en la basílica de San Pietro in Ciel d'Oro, en Pavía.

    Agustín murió en Hipona el 28 de agosto de 430 durante el sitio al que los vándalos de Genserico sometieron la ciudad durante la invasión de la provincia romana de África. Su cuerpo, en fecha incierta, fue trasladado a Cerdeña y, hacia 725, a Pavía, a la basílica de San Pietro in Ciel d'Oro, donde reposa hoy.

    La leyenda del encuentro con un niño junto al mar[editar]

    Una tradición medieval, que recoge la leyenda, inicialmente narrada sobre un teólogo, que más tarde fue identificado como san Agustín, cuenta la siguiente anécdota: cierto día, san Agustín paseaba por la orilla del mar, junto a la playa, dando vueltas en su cabeza a muchas de las doctrinas sobre la realidad de Dios, una de ellas la doctrina de la Trinidad. De pronto, al alzar la vista ve a un hermoso niño, que está jugando en la arena. Le observa más de cerca y ve que el niño corre hacia el mar, llena el cubo de agua del mar, y vuelve donde estaba antes y vacía el agua en un hoyo. El niño hace esto una y otra vez, hasta que Agustín, sumido en una gran curiosidad, se acerca al niño y le pregunta: «¿Qué haces?» Y el niño le responde: «Estoy sacando toda el agua del mar y la voy a poner en este hoyo». Y San Agustín dice: «¡Pero, eso es imposible!». A lo que el niño le respondió: «Más difícil es que llegues a entender el misterio de la Santísima Trinidad».

    La leyenda es usada en muchos lugares como verdadera; sin embargo, se trataría de una invención sin fundamento histórico, pero que se inspira al menos en la actitud de Agustín como estudioso del misterio de Dios.[16]

    Doctrina[editar]

    Razón y fe[editar]

    Detalle de San Agustín en una vidriera por Louis Comfort Tiffany en el Lightner Museum.

    Agustín, predispuesto por la fe materna, se aproxima al texto bíblico pero es su mente la que no consigue penetrar en su interior. Dicho en otras palabras, la fe no es suficiente para acceder a las profundidades de la revelación de las Escrituras. [17]​ A los diecinueve años, se pasó al racionalismo y rechazó la fe en nombre de la razón. Sin embargo, poco a poco fue cambiando de parecer hasta llegar a la conclusión de que razón y fe no están necesariamente en oposición, sino que su relación es de complementariedad.[18]​ La fe constituye una condición inicial y necesaria para penetrar en el misterio del cristianismo, pero no una condición final y suficiente. Es necesaria la razón. Según él, la fe es un modo de pensar asintiendo, y si no existiese el pensamiento, no existiría la fe. Por eso la inteligencia es la recompensa de la fe. La fe y la razón son dos campos que necesitan ser equilibrados y complementados.[18]

    Para realizar con éxito la operación de conciliación entre las dos es indispensable concretar sus características, su ámbito de aplicación y la jerarquización ( la fe gana frente la razón, ya que está apoyada por Dios) que se establece entre ellas. Como en muchas otras ocasiones, es en el texto bíblico donde Agustín encuentra el punto de partida para fundamentar su posición.

    Comentando un fragmento del evangelio de Juan (17,3), Agustín dice:

    El Señor, con sus palabras y acciones, ha exhortado aquellos que ha llamado a la salvación a tener fe en primer lugar. Pero a continuación, hablando del don que debía dar a los creyentes, no dijo: «Esto es la vida eterna: que crean», sino: «Esto es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios, y a aquel que tú has mandado, Jesucristo».

    Agustín de Hipona

    Esta postura se sitúa entre el fideísmo y el racionalismo. A los racionalistas les respondió: Crede ut intelligas («cree para comprender») y a los fideístas: Intellige ut credas («comprende para creer»). San Agustín quiso comprender el contenido de la fe, demostrar la credibilidad de la fe y profundizar en sus enseñanzas.

    Interioridad[editar]

    Agustín de Hipona anticipa a Descartes al sostener que la mente, mientras que duda, es consciente de sí misma: si me engaño existo (Si enim fallor, sum). Como la percepción del mundo exterior puede conducir al error, el camino hacia la certeza es la interioridad (in interiore homine habitat veritas) que por un proceso de iluminación se encuentra con las verdades eternas y con el mismo Dios que, según él, está en lo más íntimo de cada uno.

    Las ideas eternas están en Dios y son los arquetipos según los cuales crea el Cosmos. Dios, que es una comunidad de amor, sale de sí mismo y crea por amor mediante rationes seminales, o gérmenes que explican el proceso evolutivo que se basa en una constante actividad creadora, sin la cual nada subsistiría. Todo lo que Dios crea es bueno, el mal carece de entidad, es ausencia de bien y fruto indeseable de la libertad del hombre.

    Concepción del tiempo[editar]

    San Agustín expresa de manera paradójica la perplejidad que le genera la noción de tiempo: «¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. SÍ debo explicarlo ya no lo sé». A partir de esta perplejidad, ensaya una fecunda reflexión ontológica sobre la naturaleza del tiempo y su relación con la eternidad. El hecho que el Dios cristiano sea un Dios creador pero no creado se desprende que su naturaleza temporal. Es radicalmente distinta de la de sus criaturas. De acuerdo con la respuesta que dio a Moisés, Dios se define a sí mismo como:

    Y dijo Dios a Moisés: “YO SOY EL QUE SOY,” y añadió: “Así dirás a los Israelitas: ‘YO SOY me ha enviado a ustedes.’”

    Éxodo, 3,13

    Cuando se afirma de algo que es, se está simplemente predicando una calidad suya, se está poniendo en relación un determinado sujeto (X) con una determinada calidad (Y). El verbo «ser» se limita a enlazar X e Y. Decir «yo soy el que soy» equivale a definirse a sí mismo prescindiendo de cualquier calidad, lo que equivale a prescindir del cambio. Por lo tanto Dios está fuera del tiempo mientras que los seres humanos son entidades estructuralmente temporales.

    Influido por el neoplatonismo, Agustín separa el mundo de Dios, eterno, perfecto e inmutable, del de la creación, dominado por la materia y el paso del tiempo, y por tanto mutable. Su análisis le lleva aúna sorprendente conclusión: la asimetría del tiempo, más concretamente entre pasado y futuro entendidos como momentos del devenir temporal que se hacen reales en la medida en que se les otorga un escenario presente en el que tener lugar mediante la memoria y la expectación respectivamente.

    Esa asimetría procede del hecho de que todo aquello que ya ha pasado nos es conocido porque lo hemos experimentado y vivido y nos es fácil rememorarlo de forma presente, algo que no sucede con un futuro que está por acontecer y en el que cualquier predicción tiene siempre un alto margen de falibilidad. Para san Agustín, Dios creó el tiempo a la par que el mundo y sometió su creación al discurrir de ese tiempo, de ahí que todo en ella tenga un principio y un fin. Él, en cambio, está fuera de todo parámetro temporal.

    Agustín rechaza la identificación de tiempo y movimiento. Aristóteles define el tiempo como un recurso aritmético para medir un movimiento. Agustín sabe que el tiempo es duración, pero no acepta que esta se identifique con un movimiento espacial. La duración tiene lugar en nuestro interior y es fruto de la capacidad para prever, ver y recordar los hechos del futuro, presente y pasado.

    Agustín llega a la conclusión de que la sede del tiempo y de su duración es el espíritu. Es en el espíritu que se hace efectiva la sensación de duración (larga o corta), de discurrir del tiempo, y es en el espíritu donde se mide y compara la duración del tiempo. Lo que se llama futuro, presente y pasado no son sino expectación, atención y recuerdo del espíritu, que tiene la facultad de prever aquello que llegará, fijarse en él cuando llega y conservarlo en el recuerdo una vez ha pasado. [17]

    Lucha contra las herejías[editar]

    Cuando Agustín nació, no habían pasado ni cincuenta años desde que Constantino I había legalizado el culto cristiano. Tras la implantación del cristianismo como religión oficial del imperio por Teodosio I el Grande surgieron múltiples interpretaciones de los evangelios.

    Según Agustín, la herejía es la mala comprensión de la fe, por lo que es un problema de carácter racional, aunque no todo error lo es. En su tratado "Herejías" distingue 88, pero las principales que tuvo que lidiar fueron: maniqueísmo, donatismo, pelagianismo y arrianismo.

    La afinidad del juez con la Iglesia y las artes retóricas de San Agustín, llevó a la ilegalización del donatismo en 412 «San Agustín y los donatistas» Charles-André van Loo.
    • La lucha contra la doctrina de los maniqueos ocupa una parte importante dentro de sus obras apologéticas porque muchos creyeron que las enseñanzas de Mani arrojaban luz sobre la Escrituras. Con la cantidad de evangelios apócrifos, el maniqueísmo logró que muchos cristianos mantuviesen un dualismo entre estas dos creencias. Agustín redactó uno de sus principales textos anti-maniqueos al obispo Fausto. Agustín critica la doctrina de esta herejía diciendo que representaba una distorsión de origen exterior al mensaje cristiano.
    • El donatismo fue una amenaza interior. Tras el Edicto de Tesalónica, un grupo de creyentes arropados por el obispo Donato se separaron de la Iglesia a la que acusaban de ser condescendiente con los lapsi. Esta lucha era prioritaria por razones doctrinales y políticas ya que su carácter beligerante ponía en riesgo a la Iglesia Católica del norte de África. El donatismo es como un exceso de fe puesto que no admite en la Iglesia a los que en las persecuciones renegaron de la fe, separando así la institución de los seguidores. Para Agustín en cambio la Iglesia está constituida por hombres, los cuales son imperfectos, pero no por ello cuando "caen"(lapsi) pierden validez los sacramentos recibidos. Los donatistas conciben una Iglesia Pura de creyentes que buscan la perfección y no debe readmitir a los renegados. Agustín, pese a usar medidas represivas hacia los lapsi, abogó por la acogida y el perdón y piensa que no necesitan ser re-admitidos, puesto que siguen perteneciendo a la Iglesia. La tensiones altas, como con los circumceliones, llevaron a la prohibición del donatismo en Cartago con un imperial cristiano llamado Marcelino en 411.
    • El pelagianismo planteaba un problema de interpretación racional acerca del valor de las acciones realizadas por el creyente como mérito para ganarse la salvación. Agustín acusó al pelagianismo de no creer en el amor gratuito de Dios. La salvación para él no es un merecimiento del hombre por sus buenas obras, sino pura gracia. [17]​ Agustín no logró hacer desaparecer al pelagianismo en vida, aunque sus aportaciones en este tema fueron decisivas durante el Concilio de Éfeso, un año después de su muerte.

    Ciudad de Dios[editar]

    "Donde no hay verdadera justicia no puede haber un pueblo según la definición de Cicerón" La Ciudad de Dios

    La ciudad de Dios es una de los libros más importantes del pensador. Es principalmente una obra teológica pero también de profunda filosofía. La primera parte del libro busca refutar las acusaciones paganas de que los cristianos tuvieron la culpa del saqueo de Roma. Conforme avanza el libro, se convierte en un basto drama cósmico de la creación, caída, revelación, encarnación y eterno destino. Según Agustín, las visiones de clase y nacionalidad eran triviales comparadas comparada con la clasificación que en verdad importa: si uno pertenece al “Pueblo de Dios”. [19]

    Desde la creación, en la historia coexisten la Ciudad Terrenal (Civitas terrea), volcada hacia el egoísmo; y la Ciudad de Dios (Civitas Dei) , que se va realizando en el amor a Dios y la práctica de las virtudes, en especial, la caridad y la justicia. Ni Roma ni ningún Estado es una realidad divina o eterna, y si no busca la justicia se convierte en un magno latrocinio. La Ciudad de Dios, que tampoco se identifica con la Iglesia del mundo presente, es la meta hacia donde se encamina la humanidad y está destinada a los justos.[17]

    La división agustiniana en dos ciudades (y dos ciudadanías) influirá de forma decisiva sobre la historia del Occidente medieval, marcado por lo que se ha dado en llamar el «agustinismo político». El cristiano que se siente llamado a ser habitante de la ciudad de Dios y que ordena su vida de acuerdo con el amor Dei no puede evitar ser a la vez ciudadano de un pueblo concreto. Sea cual sea este pueblo, no podrá identificarse nunca de forma plena con la ideal ciudad de Dios, motivo por el que el cristiano permanecerá estructuralmente escindido entre dos ciudadanías: una de carácter estrictamente político, que es la que lo vincula con una ciudad o un estado concreto; y otra que no puede dejar de ser parcialmente política, pero que en buena parte es también espiritual.

    La teoría de las dos ciudades plantea cómo ha de vivir el cristiano: debe tener la vista puesta en el fin último de la plena ciudadanía celestial, pero sin olvidar, a la vez, dar un sentido a su paso por esta vida terrestre, visto que la historia no parece que tenga que llegar de inmediato a su fin. [17]

    Teológicamente, La ciudad de Dios es un trabajo muy importante según su visión de la historia de la salvación y por haber dado cuerpo a las doctrinas clave del cristianismo como la creación, el pecado original, la gracia de Dios, la resurrección, el cielo y el infierno.

    Filosóficamente, por mostrar cómo la filosofía sirve de valor para construir una visión exhaustiva del cristianismo, como por proveer un marco general dentro de la que se hizo la mayor parte de la filosofía política en el Occidente cristiano.[19]

    Teodicea agustiniana[editar]

    San Agustín le interesaba especialmente el problema del mal atribuido a Epicuro, quien había afirmado: si Dios puede, sabe y quiere acabar con el mal, ¿por qué existe el mal?. Este hecho fundamental se convierte en un argumento contra la existencia de Dios, todavía usado por ateos y críticos de las religiones. Las repuestas ante el argumento que intentan demostrar racionalmente la coherencia de la existencia del mal y Dios en el mundo, se llaman teodicea.

    Agustín dio varias respuesta a esta cuestión en base al libre albedrío y la naturaleza de Dios:

    • San Agustín cree que Dios creó todo bueno. El mal no es una entidad positiva, luego no puede “ser”, como afirman los maniqueos, pues según Agustín, el mal es la ausencia o deficiencia de bien y no una realidad en sí misma. San Agustín toma esta idea de Platón y sus seguidores, donde el mal no es una entidad, sino ignorancia. Este pensamiento se le denomina Optimismo Metafísico Agustiniano.
    • Agustín argumenta que los seres humanos son entidades racionales. La racionalidad consiste en la capacidad de evaluar opciones por medio del razonamiento,y por consiguiente, Dios les tuvo que dar libertad por naturaleza, lo que incluye poder elegir entre bien y mal. Dios tuvo que dejar la posibilidad de Adán y Eva en desobedecerle, lo que exactamente sucedió según la Biblia. Esto se le conoce como la Defensa del libre albedrío.
    • Finalmente, Agustín sugiere que observemos el mundo como algo de bello. Aunque el mal exista, este contribuye a un bien general mayor que la ausencia del mismo, así como las disonancias musicales pueden hacer más hermosa una melodía.[20]

    Ética[editar]

    Para san Agustín

    el amor es una perla preciosa que, si no se posee, de nada sirven el resto de las cosas, y si se posee, sobra todo lo demás.

    San Agustín también dijo:

    Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti.

    Para el santo, Dios creó a los seres humanos para Él, y por ello los seres humanos no van a estar plenos hasta que descansen en Dios.

    Como para otros Padres de la Iglesia, para Agustín de Hipona la ética social implica la condena de la injusticia de las riquezas y el imperativo de la solidaridad con los desfavorecidos

    Las riquezas son injustas o porque las adquiriste injustamente o porque ellas mismas son injusticia, por cuanto tú tienes y otro no tiene, tú vives en la abundancia y otro en la miseria.

    Psalmos 48

    Agustín de Hipona defendió asimismo el bien de la paz y procuró promoverla

    Acabar con la guerra mediante la palabra y buscar o mantener la paz con la paz y no con la guerra es un título de gloria mayor que matar a los hombres con la espada.

    Epístola 229

    En La ciudad de Dios, san Agustín ataca con virtuosismo retórico la tradición romana, incluidos mitos como el de Lucrecia, una dama que, tras ser violada por el hijo del último rey de Roma, se suicidó clavándose un puñal. Para los romanos, Lucrecia era el más digno modelo de integridad moral. No para Agustín, quien considera que su muerte añadió un crimen a otro crimen, pues «quien se mata, mata a un hombre y, por tanto, contraviene la ley divina. [17]

    Política[editar]

    A medida que fue aumentando la influencia de la Iglesia, su relación con el Estado se tornó conflictiva. Uno de los primeros filósofos políticos que trato este tema fue Agustín de Hipona en su intento de integrar la filosofía clásica en la religión. Recibió la poderosa influencia de los escritos de Platón y Cicerón, que también fueron el fundamento de su pensamiento político.

    Como ciudadano de Roma, creía en la tradición de un estado obligado por leyes, pero como humanista coincidía con Aristóteles y Platón en que el objetivo del Estado es facilitar que su pueblo llevé una vida buena y virtuosa. Para un cristiano esto significaba vivir según las leyes divinas sancionadas por la Iglesia. Agustín pensaba que en la práctica son pocas las personas que viven según esas leyes y que la mayoría vive en pecado. Distinguía entre la Ciudad de Dios y la Ciudad terrenal, en este predominaba el pecado.

    Para San Agustín, un modelo teocrático bajo la influencia de la Iglesia sobre el Estado es la única forma de asegurar que las leyes terrenales se dicten con referencia las divinas lo que permite que la gente viva en la ciudad de Dios. Disponer de esas leyes justas es lo que distingue un estado de una banda de ladrones. Sin embargo, Agustín, señala además que incluso en una ciudad terrenal pecadora, la autoridad del Estado es capaz de asegurar el orden por medio de las leyes y que todos tenemos motivos para desear el orden.

    “Sin la justicia, ¿qué serían en realidad los reinos sino bandas de ladrones?, ¿y qué son las bandas de ladrones si no pequeños reinos? […] Por ello, inteligente y veraz fue la respuesta dada a Alejandro Magno por un pirata que había caído en su poder, pues habiéndole preguntado el rey por qué infestaba el mar, con audaz libertad el pirata respondió: por el mismo motivo por el que tú infestas la tierra; pero ya que yo lo hago con un pequeño bajel me llaman ladrón, y a ti porque lo haces con formidables ejércitos, te llaman emperador. (De civitate, IV, 4).”

    San Agustín, La ciudad de Dios.

    Guerra justa[editar]

    La insistencia en la justicia con sus raíces en la doctrina cristiana también la aplicó San Agustín a la guerra. Consideraba que toda guerra es malvada y que atacar y saquear a otros estados es injusto, pero aceptaba que existe una "guerra justa" librada por una causa justa, cómo defender el Estado de una agresión o restaurar la paz sí bien hay que recurrir a ella con remordimientos y como último recurso. [21]

    Recepción[editar]

    San Agustín de Hipona, uno de los Padres de la Iglesia más activos contra el priscilianismo.

    San Agustín tiene gran importancia en la historia de la cultura de Europa. Sus Confesiones suponen un modelo de biografía interior para muchos autores, que van a considerar la introspección como elemento importante en la literatura. Concretamente, Petrarca fue un gran lector del santo: su descripción de los estados amorosos enlaza con ese interés por el mundo interior que encuentra en san Agustín. Descartes descubrió la autoconciencia, que señaló el inicio de la filosofía moderna, copiando su principio fundamental (cogito ergo sum/pienso luego existo) no literalmente pero sí en cuanto al sentido, de san Agustín (si enim fallor, sum/si me equivoco, existo: De civ. Dei 11, 26). Por otro lado, San Agustín va a ser un puente importante entre la antigüedad clásica y la cultura cristiana. El especial aprecio que tiene por Virgilio y Platón va a marcar fuertemente los siglos posteriores.

    Dos son las principales escuelas del pensamiento filosófico y teológico católico: la platónico-agustiniana y la aristotélico-tomista. La Edad Media, hasta el siglo XIII y el redescubrimiento de Aristóteles, va a ser platónica-agustina.

    Agustín y la ciencia[editar]

    Según el científico Roger Penrose, san Agustín tuvo una «intuición genial» acerca de la relación espacio-tiempo, adelantándose 1500 años a Albert Einstein y a la teoría de la relatividad cuando Agustín afirma que el universo no nació en el tiempo, sino con el tiempo, que el tiempo y el universo surgieron a la vez.[22]​ Esta afirmación de Agustín también es rescatada por el colega de Penrose, Paul Davies.

    Agustín, quien tuvo contacto con las ideas del evolucionismo de Anaximandro, sugirió en su obra La ciudad de Dios que Dios pudo servirse de seres inferiores para crear al hombre al infundirle el alma, defendía la idea de que a pesar de la existencia de Dios, no todos los organismos y lo inerte salían de Él, sino que algunos sufrían variaciones evolutivas en tiempos históricos a partir de creaciones de Dios.[23]

    Obras[editar]

    Enarrationes in Psalmos [1-83] (Comentarios a los salmos). Manuscrito iluminado del siglo XII. Biblioteca histórica de la Universidad de Valencia.

    San Agustín fue un autor prolífico que dejó una gran cantidad de obras, elaboradas desde el 386 hasta el 419, tratando temas diversos. Algunas de ellas son:[24]

    Autobiográficas
    Filosóficas
    • Contra los académicos
    • La vida feliz
    • El orden
    • Soliloquios
    • La inmortalidad del alma
    • La dialéctica
    • La dimensión del alma
    • El libre albedrío
    • La música
    • El maestro
    Apologéticas
    • De la verdadera religión
    • La utilidad de la fe
    • De la fe en lo que no se ve
    • La adivinación diabólica
    • La ciudad de Dios
    Dogmáticas
    • La fe y el símbolo de los apóstoles
    • Ochenta y tres cuestiones diversas
    • Cuestiones diversas a Simpliciano
    • Respuesta a las ocho preguntas de Dulcicio
    • La fe y las obras
    • Manual de fe, esperanza y caridad
    • La Trinidad
    Morales y pastorales
    • La mentira
    • Contra la mentira
    • El combate cristiano
    • La catequesis a principantes
    • La bondad del matrimonio
    • La santa virginidad
    • La bondad de la viudez
    • La continencia
    • La paciencia
    • Las uniones adulterinas
    • La piedad con los difuntos
    Monásticas
    • Regla a los siervos de Dios
    • El trabajo de los monjes
    Exegéticas
    • La doctrina cristiana
    • El espejo de la Sagrada Escritura
    • Comentario al Génesis en réplica a los maniqueos
    • Comentario literal al Génesis (incompleto)
    • Comentario literal al Génesis
    • Locuciones del Heptateuco
    • Cuestiones sobre el Heptateuco
    • Anotaciones al libro de Job
    • Ocho cuestiones del Antiguo Testamento
    • El Sermón de la Montaña
    • Exposición de algunos textos de la Carta a los Romanos
    • Exposición de la Carta a los Gálatas
    • Exposición incoada de la Carta a los Romanos
    • Diecisiete pasajes del Evangelio de Mateo
    • Concordancia de los evangelistas
    Polémicas

    Escribe contra los maniqueos, los donatistas, los pelagianos, el arrianismo y contra herejías en general.

    • Las herejías, dedicado a Quodvultdeo
    • A Orosio, contra priscilianistas y origenistas
    • Réplica al adversario de la Ley y los Profetas
    • Tratado contra los judíos
    • Réplica al sermón de los arrianos
    • Debate con Maximino, obispo arriano
    • Réplica a Maximino, obispo arriano
    • De las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos
    • Las dos almas del hombre
    • Actas del debate con el maniqueo Fortunato
    • Réplica a Adimanto, discípulo de Manés, llamada «del Fundamento»
    • Réplica a Fausto, el maniqueo
    • Actas del debate con el maniqueo Félix
    • La naturaleza del bien
    • Respuesta al maniqueo Secundino
    • Salmo contra la secta de Donato
    • Réplica a la carta de Parmeniano
    • Tratado sobre el bautismo
    • Carta a los católicos sobre la secta donatista (La unidad de la Iglesia)
    • Réplica a las cartas de Petiliano
    • Réplica al gramático Cresconio, donatistas
    • El único bautismo (Resumen del debate con los donatistas)
    • Mensaje a los donatistas después de la Conferencia
    • Sermón a los fieles de la Iglesia de Cesarea
    • Actas del debate con el donatista Emérito
    • Réplica a Gaudencio, obispo donatista
    • Consecuencias y perdón de los pecados, y el bautismo de los niños
    • El espíritu y la letra
    • La naturaleza y la gracia
    • La perfección de la justicia del hombre
    • Actas del proceso a Pelagio
    • La gracia de Jesucristo y el pecado original
    • Naturaleza y origen del alma
    • El matrimonio y la concupiscencia
    • Réplica a las dos cartas de los pelagianos
    • Réplica a Juliano
    • Réplica a Juliano (obra inacabada)
    • La gracia y el libre albedrío
    • La corrección y la gracia
    • La predestinación de los santos
    • El don de la perseverancia
    Homiléticas
    • Tratados sobre el Evangelio de san Juan (1º y 2º) 1-124
    • Tratados sobre la primera carta de san Juan
    • Comentarios a los salmos (1º, 2º, 3º, 4) 1-150[25]
    • Sermones (1º) 1-50: Sobre el Antiguo Testamento
    • Sermones (2º) 51-116: Sobre los evangelios sinópticos
    • Sermones (3º) 117-183: Sobre el Evangelio de San Juan, Hechos y Cartas de los apóstoles[26]
    • Sermones (4º) 184-272B: Sobre los tiempos litúrgicos
    • Sermones (5º) 273-338: Sobre los mártires
    • Sermones (6º) 339-396: Sobre temas diversos
    • Sermón a los catecúmenos sobre el Símbolo de los apóstoles
    • La devastación de Roma
    • Sermón sobre la disciplina cristina
    • La utilidad del ayuno
    Cartas

    El extenso epistolario agustiniano prueba su celo apostólico. Sus cartas son muy numerosas y a veces extensas. Fueron escritas desde el 386 al 430. Se pueden haber conservado unas 800.

    Veneración[editar]

    Véase también[editar]

    Notas y referencias[editar]

    1. Moreno Villa, Mariano (2003). «III. La Foiosofía Escolástica». Filosofía. Volumen II. Antropología, Psicología y Sociología. España: Editorial Mad. p. 27. ISBN 84-665-0537-7. Consultado el 11 de abril de 2013. «Agustín de Hipona (354-430) nació en Tagaste (Argelia).» 
    2. Livi, Antonio Storia Sociale della Filosofia, Vol I, pag.242, Roma, Società Editrice Dante Alighieri, 2004, ISBN 88-534-0267-9
    3. Herreros López, Juan Manuel. «San Agustín: "La Ciudad de Dios"». En Luis García San Miguel. Filosofía política: las grandes obras. España: Dykinson. p. 282. ISBN 84-9772-859-9. Consultado el 11 de abril de 2013. 
    4. Joseph Ratzinger, co-Trabajadores de la verdad: meditaciones por cada día del año, ED. Irene Grassl, trans. Mary Frances Mccarthy Y Lothar Krauth (San Francisco: Ignacio Press, 1992), 326.
    5. Claudio Leonardi; Andrea Riccardi; Gabriella Zarri, eds. (2000). Diccionario de los santos, Volume 1. España: San Pablo. p. 84. ISBN 84-285-2258-8. Consultado el 11 de abril de 2013. «Su padre, Patricio, era pagano, pequeño terrateniente y empleado municipal. Su madre, Mónica, era cristiana y muy virtuosa.» 
    6. Confesiones III, 12, 21. «Vete en paz, mujer; ¡así Dios te dé vida! que no es posible que perezca el hijo de tantas lágrimas.»
    7. a b Claudio Leonardi; Andrea Riccardi; Gabriella Zarri, eds. (2000). Diccionario de los santos, Volume 1. España: San Pablo. p. 84. ISBN 84-285-2258-8. Consultado el 11 de abril de 2013. 
    8. a b Herreros López, Juan Manuel. «San Agustín: "La Ciudad de Dios"». En Luis García San Miguel. Filosofía política: las grandes obras. España: Dykinson. p. 281. ISBN 84-9772-859-9. Consultado el 11 de abril de 2013. 
    9. Rico Pavés, José (2006). Los sacramentos de la iniciación cristiana. España: Instituto Teológico San Ildelfonso. p. 205. ISBN 84-934253-9-7. Consultado el 11 de abril de 2013. «Estando en Cartago, el adolescente Agustín abandonó la Iglesia Católica y se unió a los maniqueos. Cuando llegó a Milán, en el 384, recién nombrado orador de la ciudad, todavía era maniqueo.» 
    10. a b Lacueva, 2001, p. 34.
    11. Conf. VIII 12.
    12. https://oala.villanova.edu/agustin/conversion2.html
    13. Conf. VIII 12,29
    14. H. R. Loyn, ed. (1989). Diccionario Akal de Historia Medieval. España. p. 17. ISBN 84-460-0841-6. Consultado el 11 de abril de 2013. 
    15. Lacueva, 2001, p. 33.
    16. Cf. [1] (enlace roto disponible en Internet Archive; véase el historial y la última versión).
    17. a b c d e f 1978-, Ponsati-Murlà, Oriol (D.L. 2015). San Agustín : tanto la fe como la razón conducen a la misma verdad: Dios. RBA. ISBN 9788447384020. OCLC 957756520. 
    18. a b Moreno Villa, Mariano (2003). «III. La Filosofía Escolástica». Filosofía. Volumen II. Antropología, Psicología y Sociología. España: Editorial Mad. p. 27. ISBN 84-665-0537-7. Consultado el 11 de abril de 2013. 
    19. a b Bassham, Gregory (2017). LIBRO DE LA FILOSOFIA. DE LOS VEDAS A LOS NUEVOS ATEOS 250 HISTORIAS EN LA HISTORIA DEL PENSAMIENTO. LIBRERO. p. 126. ISBN 978-90-8998-945-1. 
    20. Montserrat,, Asensio,; Will., Buckingham,; Antón,, Corriente, (cop. 2011). El libro de la filosofía (1ª ed edición). Akal. ISBN 9788446034261. OCLC 1025681684. Consultado el 1 de agosto de 2018. 
    21. 1962-, Kelly, Paul Joseph (D.L. 2014). El libro de la política. Akal. ISBN 9788446040033. OCLC 894660116. Consultado el 30 de junio de 2018. 
    22. El universo según Penrose
    23. Evolucionismo y cristianismo
    24. Obra de san Agustín. Agustinos Recoletos
    25. Expositio Psalmorum beati Augustini
    26. Aurelii Agustini Hipponae episcopi super loannem librum

    Bibliografía[editar]

    1. — (2007). Volumen I: Libros I-VIII. ISBN 978-84-249-2883-4. 
    2. — (2012). Volumen II: Libros VIII-XV. ISBN 978-84-249-3661-7. 
    Sobre Agustín de Hipona

    Enlaces externos[editar]