Contactos transoceánicos precolombinos

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Los contactos transoceánicos precolombinos son interacciones que existieron entre los indígenas americanos y los habitantes de otros continentes antes de 1492, año en que Cristóbal Colón arribó a la isla de San Salvador. Desde el encuentro de los mundos se han propuesto hipótesis sobre contactos entre el Nuevo y el Viejo Mundo. Sin embargo, las investigaciones históricas y arqueológicas en América y Europa han mostrado que la mayor parte de ellas son sólo especulaciones. En la actualidad, la colonización vikinga en el noreste de América es el único caso plenamente comprobado de contacto entre este continente y Europa durante la época precolombina. Esto fue posible tras el descubrimiento de una aldea en L'Anse aux Meadows en Terranova (Canadá), fechado alrededor del año 1000 de nuestra era.[1]

Colonización vikinga de América del Norte[editar]

Leiv Eriksson oppdager Amerika ('Leif Erikson descubre América') por Christian Krohg (1893).

La colonización de América del Norte por parte de los vikingos es un hecho bien documentado arqueológica e históricamente. Ha sido descrita en la tradición literaria escandinava, en obras como la Saga de Erik el Rojo y la Saga Grœnlendinga. En Groenlandia se estableció una colonia a fines del siglo X y perduró hasta la mitad del siglo XV. Los restos de la colonia escandinava de L'Anse aux Meadows en Terranova (Canadá) fueron descubiertos en 1961 por los exploradores Helge y Anne Ingstad. Con frecuencia se asocia la colonización de Terranova con Vinland, país mencionado en las sagas islandesas. En estos documentos se relata la epopeya de los colonos vikingos liderados por Leif Eriksson. Por otro lado, algunos hallazgos en la isla de Baffin sugieren una presencia nórdica en esa región después del abandono de L'Anse aux Meadows, aunque también se ha propuesto que esa evidencia material podría corresponder a la Cultura Dorset.[2]

Hay pocas fuentes que describan el contacto existente entre los nativos americanos y los colonos nórdicos, conociéndose solo el existente entre los thule, a los que denominaban skræling y los nórdicos entre los siglos XII o XIII. Las sagas sobre Vinland, escritas siglos más tarde, describen el comercio y los conflictos con los pueblos indígenas. La evidencia arqueológica para el contacto en Groenlandia es limitada, pero parece indicar que los noruegos no afectaron sustancialmente las adaptaciones indígenas, sus tecnologías o su cultura.

Actualmente alrededor de 80 islandeses tienen marcadores genéticos de una mujer indígena que pudo haberse asentado en Islandia en el siglo XI. Para explicarlo se ha formulado la hipótesis de que podría haber sido una mujer llevada a Europa por los exploradores nórdicos.[3]

Hipótesis sobre Polinesia[editar]

El camote o batata, originario de América Central, es cultivado en Polinesia aproximadamente desde el año 1000.

Algunos arqueólogos han especulado con la posibilidad de que Asia no sea el único origen de los indígenas americanos. Entre ellos, hay quienes consideran que los polinesios —cuya habilidad como navegantes de altamar es bien conocida— o bien, que los sudamericanos pudieron haber llegado a Polinesia en la época precolombina.[4] Estas hipótesis se apoyan en la semejanza entre vocablos de las lenguas malayo-polinesias y de la región andina y en ciertos hallazgos materiales. Sin embargo, esta evidencia no es aceptada por la comunidad científica como válida o concluyente.

Cultivo del boniato en Polinesia[editar]

El boniato (Ipomoea batatas) es una planta nativa de América Central cuyo consumo en Polinesia es muy común. Se pensaba que los españoles y portugueses lo habían introducido en aquella región después del siglo XVI, pero los arqueólogos han encontrado restos de esta raíz fechados antes de esa época. El más antiguo de ellos corresponde a los hallazgos en la isla Mangaia, en el archipiélago de las Cook, fechado alrededor del año 1000 d. C.[5] Existen dos grandes tipos de explicaciones de este hecho. La primera corresponde a la posibilidad de que las aves hayan llevado las semillas del boniato a Polinesia durante sus migraciones. La segunda considera que la introducción de la batata fue obra humana. Aunque no hay consenso al respecto, esta última va teniendo mayor aceptación entre los especialistas. Hay evidencia cultural en favor de esta hipótesis. Por un lado, la semejanza en la denominación del camote en las lenguas malayopolinesias y las lenguas del pacífico sudamericano. Para el protopolinesio, la denominación de Ipomoeas batata ha sido reconstruida como *kumala. Esta voz es similar al nombre que la especie recibe en leguas como el cañari de Ecuador, donde se llama kumal. Por otro lado, se ha demostrado que las embarcaciones construidas en Polinesia y Perú durante la época precolombina podían navegar largas distancias.[6]

Gallina araucana[editar]

Gallina araucana (derecha) junto a gallina corriente.

Así como en el caso del boniato en Polinesia, el origen de la gallina araucana es controvertido. Debido a que los pollos se originaron en el sur de Asia, se creía que la variedad araucana de Chile había sido traída por los conquistadores españoles alrededor de 1550. La posibilidad de que las gallinas se encontraran presentes en América antes del contacto con los europeos se basaba generalmente en la documentación etnohistórica legada por los propios europeos.

En 2007, Alicia Storey y sus colaboradores dieron a conocer el hallazgo de restos de gallinas en El Arenal-1, yacimiento arqueológico ubicado en la zona de Arauco (Chile).[7] Estos restos fueron fechados por radiocarbono entre 1304 y 1424 d. C., varias décadas antes de que portugueses y españoles llegaran a América del Sur.

El ADN mitocondrial de las gallinas polinésicas pertenece a dos haplogrupos:

  • El haplogrupo E, que ha sido identificado en restos de gallinas encontrados en Vanuatu, Tonga y Samoa; dichos restos están relacionados con la cultura lapita.
  • El haplogrupo D, cuyos restos han sido encontrados en Hawái y Rapa Nui.

Los huesos de gallina encontrados en Chile corresponden únicamente al haplogrupo E, lo que plantea un reto para comprender el origen de la gallina araucana, tanto por la distancia como por la temporalidad de la cultura lapita y el fechamiento por radiocarbono de las gallinas chilenas.[8] Sin embargo, autores como Góngora y sus colaboradores señalaron en su momento que los restos encontrados en El Arenal-1 no pueden apoyar la hipótesis del origen polinésico de la gallina araucana.[9]

Cráneos de la isla Mocha[editar]

Otros indicios que probarían el arribo de polinesios a la zona de Arauco son seis cráneos encontrados en la isla Mocha con la típica forma polinesia pentagonal y la forma de la mandíbula.[10] [11] Los especialistas arqueológicos en Chile postulan que algunos polinesios habrían vivido en la isla Mocha en tiempos prehispánicos. Desde 1903, se han descrito rasgos morfológicos polinesios en cráneos del lugar.[12]

Posibles préstamos lingüísticos[editar]

Los lingüistas neerlandeses Willem Adelaar y Pieter Muysken —especialistas en lenguas indígenas sudamericanas— han sugerido que al menos dos vocablos pudieron haber sido compartidos por los polinesios y los indígenas de América del Sur:

  • Uno de ellos es el nombre común de Ipomoea batatas, ya señalado en este artículo. En rapanui se llama kumara; en hawaiano, ʻuala y en maorí, kumāra. Estos términos pueden estar conectados con los nombres sudamericanos para la misma planta como k’umar ~ k’umara (en quechua y aymara).
  • El hipotético segundo préstamo lingüístico lo constituye la palabra para 'hacha de piedra', llamada toki en la isla Rapa Nui, toki en mapudungun. Estos términos también parecen relacionarse con totoki, la palabra yurumanguí para 'hacha'.

De acuerdo con Adelaar y Muysken, la similaridad de la palabra para boniato «constituye una prueba cercana del contacto incidental entre los habitantes de la región andina y el Pacífico Sur», aunque la palabra para hacha de piedra parecería menos convincente. Los autores señalan que un préstamo lingüístico posible entre Polinesia y América del Sur se pudo deber a contactos esporádicos y no a migraciones masivas.[13]

Navegaciones transatlánticas europeas anteriores a 1492[editar]

Varias crónicas europeas de los siglos XV XVI recogen noticias de avistamientos de territorios americanos anteriores a 1492. El español Bartolomé de las Casas afirmó que un barco ibérico, probablemente portugués, que se dirigía a Flandes o a Inglaterra había sido arrastrado por una tormenta hasta las Antillas. Daba crédito a la historia entre otras cosas porque los indios de Cuba afirmaban que hombres blancos y con barba habían visitado la Española pocos años antes que Colón. Además Las Casas recoge noticias de tres navegantes distintos, un portugués, un andaluz y un gallego, que habían avistado tierra al occidente de Irlanda; en uno de los casos el cronista dice que "creo yo cierto que era la [tierra] que ahora llamamos la de los Bacallaos".[14]

Hipótesis obsoletas y pseudocientíficas sobre contactos transoceánicos precolombinos[editar]

Desde el encuentro entre América y el Viejo Mundo en 1492, se han hecho muchas conjeturas sobre el origen de los americanos y la posibilidad de interacciones antes de la llegada de Colón a Guanahani. Algunas de estas conjeturas intentaron explicar el surgimiento de civilizaciones indígenas en el Nuevo Mundo a partir de supuestas migraciones prehistóricas. En ese tenor se encuentran la hipótesis sobre la influencia africana en el origen de la cultura olmeca, sostenida por Ivan van Sertima[15] y las especulaciones sobre la probable influencia china en Mesoamérica y los Andes, particularmente en las culturas chavín y maya, en cuyos estilos artísticos algunos arqueólogos y aficionados han querido ver una muestra material de los vínculos entre el Lejano Oriente y América durante la época precolombina.[16] [17] Tanto las especulaciones sobre la africanidad de los olmecas como sobre la influencia oriental en las culturas de América son consideradas obsoletas por los especialistas, o bien, calificadas como pseudoarqueológicas.

Como se dice en este mismo artículo, algunos arqueólogos han considerado la posibilidad de contactos a través del Pacífico Sur. Además de especialistas como Storey, Matisoo-Smith y Ramírez Aliaga, quienes han adelantado hipótesis sobre hallazgos en Polinesia y América reseñados en este mismo artículo, otros autores han propuesto que los sudamericanos pudieron llegar a Polinesia basados en la interpretación de la mitología sudamericana y polinésica. Quizá el caso más conocido es el de Thor Heyerdahl quien, a partir de su trabajo de campo en Fatu Hiva (islas Marquesas). En ese lugar encontró monolitos esculpidos que él atribuyó a una colonización incaica. Para probar su hipótesis, él y su equipo construyeron una embarcación con materiales y tecnología disponibles en la costa sudamericana del Pacífico. Salió de El Callao (Perú) con rumbo hacia el poniente, su balsa —a la que llamó Kon-Tiki— llegó al archipiélago de las Tuamotu tras 101 días de viaje el 7 de agosto de 1947.

La presencia en América de un gran número de lenguas aisladas ha llevado a algunos lingüistas a buscar relaciones entre ciertas lenguas o familias lingüísticas americanas con las habladas en el Viejo Mundo. La más reciente de ellas es la hipótesis dené-yeniseica, de Vajda, que pretende mostrar la relación genética entre las lenguas na-dené del norte de América y un grupo de lenguas habladas en Siberia cuya relación entre sí es dudosa. Lingüístas como Campbell consideran que la evidencia presentada por Vajda no puede considerarse concluyente.[18] Se ha querido encontrar parecido entre el chino y el maya, o entre el japonés, el purépecha de Mesoamérica y el quechua de los Andes, pero estas hipótesis han sido desechadas.

Otro gran conjunto de hipótesis sobre posibles contactos transocéanicos precolombinos está sostenido en mitos y leyendas del Viejo Mundo. Hasta el descubrimiento de L'Anse aux Meadows, los asentamientos vikingos en América formaban parte de ese conjunto de hipótesis dudosas. Desde 1492, los europeos especularon con la posibilidad de que los amerindios fueran descendientes de la tribu perdida de Israel, tema que aparece en repetidas ocasiones en las crónicas de Indias. En las leyendas británicas de san Brandán y Madoc o en el mito griego de Atlántida, en los escritos chinos sobre un lugar desconocido llamado Mu Lan Pi o sobre la vida de Zheng He, autores de todos los tiempos han querido ver una prueba de contactos entre América y el Viejo Mundo antes de las expediciones de Colón. Sin embargo, no hay mayor evidencia en favor de estas conjeturas, por lo que no son consideradas serias por los especialistas.

Una hipótesis que ha surgido a principios del siglo XX, forjada por el argentino Bernardo Biados y el boliviano Freddy Arce, postula que la existencia del Nuevo Mundo era perfectamente conocida por los fenicios, los cartaginenses y los egipcios, los cuales presuntamente habrían circunnavegado África durante el I milenio a. C., y que dichos conocimientos provenían de los sumerios. Es sabido que los sumerios navegaban en sus embarcaciones a través de los canales de los ríos Tigris y Éufrates con fines comerciales, y que tenían un puerto comercial en la Isla de Baréin activo durante el III milenio a. C., el cual era llamado Dilmun, y de allí partían sus flotas hacia la desembocadura del Valle del Indo, de donde remontaban en Indo hasta llegar a Mohenjo-Daro para intercambiar tejidos, oro, incienso y cobre. Sus embarcaciones podían desplazar un máximo de 36 toneladas y habían llegado a circunnavegar África en el III milenio a. C. Según sostiene Biados, cuando los sumerios llegaron a las Islas de Cabo Verde encontraron bloqueado el paso por vientos contrarios que soplaban incesantemente hacia el Sureste. Por tanto, se vieron obligados a tomar una ruta hacia el Oeste en busca de vientos favorables; y fue así como habrían llegado a las costas de Ceará, Paraíba, Piauí y Maranhão (actual Brasil). Y entonces, supuestamente, de esos puntos comenzaron a explorar el continente remontando los afluentes del Amazonas, más precisamente el Madeira y el Beni. De esta manera, llegaron al Altiplano Andino, que probablemente en el año 3000 a.C. no tenía un clima tan frío. Los sumerios, ya estando levemente establecidos en aquellos lugares, se habrían mezclado con la población pucará, que a la vez provenía de la Amazonia (expansión Arawak), y con los pueblos colla (cuyos descendientes hoy en día hablan la lengua aimara). La cultura sumeria influenció a los pueblos del altiplano no sólo en lo que respecta a lo religioso, sino también a lo lexical. Muchos lingüistas, en efecto, encontraron muchas similitudes entre el protosumerio y el aimara, aunque dichas pruebas resultan muy dudosas y son descartadas por ser consideradas pseudocientíficas. Algunos sumerios habrían regresado al Viejo Mundo, llevando consigo coca (la cual fue hallada en las tumbas de varios faraones egipcios). Se cree que lo que ha llevado a pensar esto son las escrituras halladas en la Fuente Magna, las edificaciones religiosas y los monolitos de Tiahuanaco (los cuales representan a gente alta, de ojos sobresalientes y con abundante barba, características que no suelen poseer las etnias de esas zonas) y los rostros incrustados en los muros interiores del Templo de Kalasasaya (los cuales, se dice, representan bustos de personas de todo el mundo, desde África hasta China); lo que relaciona esta controvertida e imaginativa hipótesis con postulados de la famosa Teoría de los Antiguos Astronautas; y la misteriosa Piedra de Ingá, hallada en el yacimiento arqueológico de la hipotética Cultura de Ingá, de la cual se cree que es de origen fenicio. Esta teoría no está aclarada ya que dicho yacimiento no está siendo explorado actualmente.

Véase también[editar]

Referencias[editar]

  1. «''L'Anse aux Meadows National Historic Site of Canada'' (Parks Canada. 2007)». Pc.gc.ca (28-01-2011). Consultado el 03-02-2011.
  2. L’Anse aux Meadows National Historic Site
  3. «First Americans 'reached Europe five centuries before Columbus voyages'». Telegraph.co.uk (16-11-2010). Consultado el 03-02-2011.
  4. Duverger, Christian (2008). El primer mestizaje. Ciudad de México: Taurus.
  5. Yen, D. (1974). «The Sweet Potato in Oceania: An Essay in Ethnobotany». Honolulu: Bishop Museum Press.
  6. Montenegro, Álvaro; Avis, Chris; y Weaver, Andrew (2007). «Modeling the prehistoric arrival of the sweet potato in Polynesia». Journal of Archaeological Science.
  7. Storey et al., p. 10335.
  8. Storey, Alice A.; Quiroz, Daniel; Beavan, Nancy, y Matisoo-Smith, Elizabeth A. (2011). «Pre-Columbian chickens of the Americas: a critical reviewof the hypotheses and evidence for their origins». Rapa Nui Journal 2(25):5-19.
  9. Góngora, Jaime et al. (2008). «Indo-European and Asian origins for Chilean and Pacific chickens revealed by mtDNA». PNAS 105(30):10308–10313.
  10. Matisoo-Smith EA, and Ramírez J-M. 2009. «Human Skeletal Evidence of Polynesian Presence in South America? Metric Analyses of Six Crania from Mocha Island, Chile». Journal of Pacific Archaeology 1(1):76-88. Consultado el 3 de enero de 2013.
  11. In 2007 the discovery of pre-Columbian chicken bones from Chile provided the first conclusive evidence for prehistoric Polynesian contact with South America.
  12. El vínculo polinesio de los mapuches
  13. "Genetic relations of South American Indian languages". In Adelaar & Muysken, eds, The Languages of the Andes. Cambridge University Press, 2004 p. 41.
  14. de las Casas, Bartolomé (1992). Óscar Rodríguez Ortiz, ed. Vida de Cristóbal Colón. Caracas: Fundacion Biblioteca Ayacuch. pp. 13–15. ISBN 980-276-185-0. 
  15. Van Sertima, Ivan (1976). They came after Columbus. Nueva York: Random House.
  16. Heine-Geldern, Robert (1958). "Un nouveau parallele entre L'Amerique du Sud Precolombienne et l'Ancienne Asie sud-orientale". Miscellanea Paul Rivet, Octogenario Dicata, 2:(219-226). México: Universidad Nacional Autónoma de Mexico.
  17. Lou, Dennis Wing-sou (1957). "Rain worship among the Ancient Chinese and the Nahua-Maya Indians". Bulletin of the Institute of Enthology. Academia Sinica. 4(31-102).
  18. Campbell, Lyle (2011). «Review of The Dene-Yeniseian Connection, ed. by James Kari and Ben A. Potter». International Journal of American Linguistics 77(3):445-451.