Ilustración

De Wikipedia, la enciclopedia libre
(Redirigido desde «Ilustración francesa»)
Saltar a: navegación, búsqueda
Parte de la "Escuela de Atenas", por Rafael Sanzio
Historia de la
filosofía occidental
Períodos
Presocrática
Griega
Helenística
Medieval
Renacentista
Moderna
Contemporánea
Siglos
XVII
XVIII
XIX
XX

La Ilustración fue un movimiento cultural e intelectual europeo (especialmente en Francia e Inglaterra) que se desarrolló desde fines del siglo XVII hasta el inicio de la Revolución francesa, aunque en algunos países se prolongó durante los primeros años del siglo XIX. Fue denominada así por su declarada finalidad de disipar las tinieblas de la humanidad mediante las luces de la razón. El siglo XVIII es conocido, por este motivo, como el Siglo de las Luces.

Los pensadores de la Ilustración sostenían que la razón humana podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía para construir un mundo mejor. La Ilustración tuvo una gran influencia en aspectos económicos, políticos y sociales de la época. La expresión estética de este movimiento intelectual se denominará neoclasicismo.[1]

Definición del término[editar]

La Ilustración significa el movimiento del hombre al salir de una puerilidad mental de la que él mismo es culpable. Puerilidad es la incapacidad de usar la propia razón sin la guía de otra persona. Esta puerilidad es culpable cuando su causa no es la falta de inteligencia, sino la falta de decisión o de valor para pensar sin ayuda ajena. Sapere aude ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la Ilustración.
Immanuel Kant, ¿Qué es la Ilustración?

La Ilustración (Lumières, en francés; Enlightenment, en inglés; Illuminismo, en italiano; Aufklärung, en alemán),[2] en frase de uno de sus más importantes representantes, D'Alembert, «lo discutió, analizó y agitó todo, desde las ciencias profanas a los fundamentos de la revelación, desde la metafísica a las materias del gusto, desde la música hasta la moral, desde las disputas escolásticas de los teólogos hasta los objetos del comercio, desde los derechos de los príncipes a los de los pueblos, desde la ley natural hasta las leyes arbitrarias de las naciones, en una palabra, desde las cuestiones que más nos atañen a las que nos interesan más débilmente». Esto mismo nos indica que, más que el contenido mismo de sus doctrinas, lo original del movimiento fue la forma de pensamiento y valoración.

Según el teórico marxista Lucien Goldmann, la Ilustración puede ser definida como «una etapa histórica de la evolución global del pensamiento burgués». Como tal, insertaría su filiación doctrinal en el Renacimiento y, especialmente, en las corrientes racionalistas y empiristas del s. XVII (de Descartes, a Locke, pasando por Bacon, Bayle, Galileo, Grocio, Hobbes, Leibniz, Newton, Spinoza, o los libertinos), y basa su posibilidad sociológica de desarrollo en las revoluciones políticas neerlandesa e inglesa, en el empuje de la burguesía y en las transformaciones económicas en gestación, apoyadas en una coyuntura en alza, que desembocarán en la revolución francesa.

Características[editar]

Retrato de cuerpo entero de Jovellanos, pintado por Francisco de Goya y Lucientes en 1798, considerado uno de los más emblemáticos personajes de la Ilustración española. Este intelectual español accedió al cargo de ministro y emprendió reformas que no llegaron a consolidarse. En el fondo se aprecia una estatua de Minerva, diosa de la sabiduría, que parece estar "bendiciéndole".

Desde Gran Bretaña, donde algunos de los rasgos esenciales del movimiento se dieron antes que en otro lugar, la Ilustración se asentó en Francia, donde la anglofilia fue difundida por Voltaire, y produjo aquí su cuerpo ideológico, el enciclopedismo, y sus más representativas personalidades (Montesquieu, Diderot, Rousseau, Buffon, etc); también dio sus frutos, en ocasiones más o menos autónomamente, pero en la mayoría de casos dependientes de Gran Bretaña y, sobre todo, de Francia, en otras zonas europeas (Países Bajos, la península italiana y la ibérica, el conglomerado germánico, Polonia, Rusia, Suecia, etc.) o en sus colonias americanas; frutos condicionados por el grado de desarrollo ideológico y sociopolítico adquirido en el momento de lanzamiento de la nueva ideología y por el proceso interno seguido a lo largo de su desenvolvimiento.

La Ilustración en España[editar]

En España, la Ilustración coincidió con los reinados de Fernando VI y Carlos III. Si bien la decadencia profunda en que se encontraba el país en el punto de partida obstaculizó una posterior eclosión, el auge dinámico de algunas de sus zonas geográficas (especialmente Cataluña) a lo largo del período y la actuación coadyuvante (aunque tímida) desde el poder político facilitaron la aparición de un nutrido y valioso grupo de ilustrados (Cabarrús, Cadalso, Campomanes, Capmany, Cavanilles, Feijoo, Hervás y Panduro, Jovellanos, Mutis, etc.)[3] condicionado, no obstante, por el arraigo y la preponderancia del pensamiento teológico tradicional. La creación de las Reales Academias de la Lengua, de la Historia, de la Medicina o del Real Gabinete de Historia Natural (actual Museo Nacional de Ciencias Naturales), fueron algunos de los logros de la Ilustración española.

La Ilustración en Hispanoamérica[editar]

A Hispanoamérica llegaron las ideas de la Ilustración a través de la metrópoli.

En los ámbitos de la política y la economía, las reformas impulsadas por el despotismo ilustrado a finales del reinado de Fernando VI y durante el de su sucesor Carlos III tenían por objeto reafirmar el dominio efectivo del gobierno de Madrid sobre la sociedad colonial y contener o frenar el ascenso de las elites criollas.

Las autoridades españolas procedían a una explotación más sistemática y profunda de las colonias. Procuraban, además, fortalecer y aumentar la marina de guerra y establecer unidades del ejército regular español en las diversas regiones de América.

En la Nueva España (México), en el ámbito de los colegios de la Compañía de Jesús, vemos surgir un importante grupo de científicos y filósofos ilustrados, encabezados por José Rafael Campoy (1723-1777), que defienden una clara separación entre la filosofía y las ciencias naturales, una mayor especialización en el estudio científico y una simplificación en el método de la enseñanza filosófica, evitando las sutilezas silogísticas, así como la sumisión incondicional a las autoridades. En este grupo de pensadores que trabaja principalmente en la Ciudad de México, Tepotzotlán, Guadalajara y Valladolid (Morelia), destacan el historiador Francisco Javier Clavijero (1731-1787), que emplea un método histórico sistemático y sorprendentemente moderno; el filósofo Andrés de Guevara y Basoazábal (1748-1801), que se basa en Bacon, Descartes y los sensistas para plantear la necesidad de una filosofía moderna, justificar el método inductivo y experimental, y denunciar el abuso del método deductivo; y principalmente Juan Benito Díaz de Gamarra y Dávalos (1745-1783), crítico de la escolástica y defensor de la ciencia y de la modernidad, cuyo eclecticismo ilustrado está principalmente regido por los valores del buen sentido, la racionalidad, la tolerancia y la utilidad para el hombre.

En el sur del continente, el pensamiento ilustrado tuvo un primer gran empuje en la Real Audiencia de Quito mediante la llamada Escuela de la Concordia, fundada en la ciudad de Quito por el Dr. Eugenio Espejo en 1791, y a la cual pertenecían nobles de la élite criolla y profesionales mestizos. Los pensamientos y debates surgidos en la Escuela de la Concordia plantaron las primeras semillas de nacionalismo e independencia de Sudamérica, ya que de a partir de varios sucesos ocurridos con sus diferentes miembros, la ilustración se propagaría hacia el resto de territorios de los virreinatos de Nueva Granada y Perú.

Contexto histórico[editar]

Introducción[editar]

El término Ilustración se refiere específicamente a un movimiento intelectual histórico. Existen precedentes de la Ilustración en Inglaterra y Escocia a finales del siglo XVII, pero el movimiento se considera originalmente francés. La Ilustración tuvo también una expresión estética, denominada Neoclasicismo. Desde Francia, donde madura, se extendió por toda Europa y América y renovó especialmente las ciencias, la filosofía,la política y la sociedad; sus aportes han sido más discutidos en el terreno de las Artes y la Literatura.

Siglo XVII: la era de la Razón[editar]

Estatua de Newton en Trinity College, Cambridge.

Según muchos historiadores, los límites de la Ilustración han alcanzado la mayor parte del siglo XVII, aunque otros prefieren llamar a esta época la Era de la Razón. Ambos períodos se encuentran en cualquier caso, unidos y emparentados, e incluso es igualmente aceptable hablar de ambos períodos como de uno solo.

A lo largo del siglo XVI y siglo XVII, Europa se encontraba envuelta en guerras de religión. Cuando la situación política se estabilizó tras la Paz de Westfalia (acuerdo entre católicos y protestantes, 1648) y el final de la guerra civil en Inglaterra, existía un ambiente de agitación que tendía a centrar las nociones de fe y misticismo en las revelaciones "divinas", captadas de forma individual como la fuente principal de conocimiento y sabiduría (Iluminismo). En lugar de esto, la Era de la Razón trató entonces de establecer una filosofía basada en el axioma y el absolutismo como bases para el conocimiento y la estabilidad.

Este objetivo de la Era de la Razón, que estaba construido sobre axiomas, alcanzó su madurez con la Ética de Baruch Spinoza, que exponía una visión panteísta del universo donde Dios y la Naturaleza eran uno. Esta idea se convirtió en el fundamento para la Ilustración, desde Isaac Newton hasta Thomas Jefferson.

La Ilustración estaba influida en muchos sentidos por las ideas de Blaise Pascal, Gottfried Leibniz, Galileo Galilei y otros filósofos del período anterior. El pensamiento europeo atravesaba por una ola de cambios, ejemplificados por la filosofía natural de Sir Isaac Newton, un matemático y físico brillante. Las ideas de Newton, que combinaban su habilidad de fusionar las pruebas axiomáticas con las observaciones físicas en sistemas coherentes de predicciones verificables, proporcionaron el sentido de la mayor parte de lo que sobrevendría en el siglo posterior tras la publicación de sus Philosophiae Naturalis Principia Mathematica. Pero Newton no estaba solo en su revolución sistemática pensadora, sino que era simplemente el más famoso y visible de sus ejemplos. Las ideas de leyes uniformes para los fenómenos naturales se reflejaron en una mayor sistematización de una variedad de estudios.

Si el período anterior fue la era del razonamiento sobre los principios básicos, la Ilustración se dedicó a buscar la mente de Dios mediante el estudio de la creación y por la deducción de las verdades básicas del mundo. Esta visión de algún modo puede haber llegado hasta nuestros días, en los que la creencia de los individuos en las verdades es más provisional, pero en aquel momento, la verdad era una noción poderosa, que contenía las nociones básicas sobre la fuente de la legitimidad de las cosas.

Siglo XVIII: el inicio de las revoluciones[editar]

Portada de Elementos de la filosofía de Newton (1738), que Voltaire y Émilie du Châtelet publicaron con gran éxito. En ella, explicaron de forma sencilla los principios básicos de los descubrimientos de Newton en matemáticas, astronomía y óptica, haciendo accesible la nueva física para el público francés.

El siglo XVIII constituye, en general, una época de progreso de los conocimientos racionales y de perfeccionamiento de las técnicas de la ciencia. Fue un período de enriquecimiento que potenció a la nueva burguesía, si bien se mantuvieron los derechos tradicionales de los órdenes privilegiados dentro del sistema monárquico absolutista. Sin embargo, la historia del siglo XVIII consta de dos etapas diferenciadas: la primera supone una continuidad del Antiguo Régimen (hasta la década de 1770), y la segunda, de cambios profundos, culmina con la Revolución estadounidense, la Revolución francesa y Revolución industrial en Inglaterra.

Esta corriente abogaba por la razón como la forma de establecer un sistema autoritario ético. Entre 1751 y 1765 se publicó en Francia la primera Enciclopedia, de Denis Diderot y Jean Le Rond D'Alembert, que pretendía recoger el pensamiento ilustrado. Querían educar a la sociedad, porque una sociedad culta que piensa por sí misma era la mejor manera de asegurar el fin del Antiguo Régimen (el absolutismo y las dictaduras se basan en la ignorancia del pueblo para dominarlo). En su redacción colaboraron otros pensadores ilustrados como Montesquieu, Rousseau y Voltaire.

Los líderes intelectuales de este movimiento se consideraban a sí mismos como la élite de la sociedad, cuyo principal propósito era liderar al mundo hacia el progreso, sacándolo del largo periodo de tradiciones, superstición, irracionalidad y tiranía (periodo que ellos creían iniciado durante la llamada Edad Oscura). Este movimiento trajo consigo el marco intelectual en el que se producirían las revoluciones Guerra de la Independencia de los Estados Unidos y Revolución francesa, así como el auge del capitalismo y el nacimiento del socialismo. En la música estaba acompañado por el movimiento barroco y en las artes por el movimiento neoclásico.

Kant en su madurez.

Otro destacado movimiento filosófico del siglo XVIII, íntimamente relacionado con la Ilustración, se caracterizaba por centrar su interés en la fe y la piedad. Sus partidarios trataban de usar el racionalismo como vía para demostrar la existencia de un ser supremo. En este periodo, la fe y la piedad eran parte integral en la exploración de la filosofía natural y la ética, además de las teorías políticas del momento. Sin embargo, prominentes filósofos ilustrados como Voltaire y Jean-Jacques Rousseau cuestionaron y criticaron la misma existencia de instituciones como la Iglesia y el Estado.

El siglo XVIII vio también el continuo auge de las ideas empíricas en la filosofía, ideas que eran aplicadas a la política económica, al gobierno y a ciencias como la física, la química y la biología.

En la historia nada es casual, un hecho es la consecuencia inevitable de otros que lo precedieron. La Revolución francesa, si bien tuvo otras causas, no hubiera sido posible sin la presencia del iluminismo que, poniendo luz sobre el oscurantismo de la Edad Media, época en que se impedía pensar libremente, se alejó de los dogmas religiosos para explicar el mundo y sus acontecimientos, para hacerlos a la luz de la razón.

El iluminismo tampoco hubiera existido de no haberlo precedido un debilitamiento del poder de la Iglesia a causa de la reforma protestante, que dividió al mundo cristiano; y del humanismo, movimiento filosófico que centró en el hombre el objeto de las preocupaciones terrenales, quitando a la religión ese privilegio y desechando el teocentrismo.


Contexto social, difusión y pensamiento[editar]

«-¿Debéis tener, le dijo Cándido al turco, una extensa y magnífica tierra?

-Solo tengo veinte arpendes, contestó el turco; los cultivo con mis hijos; el trabajo aleja de nosotros tres grandes males, el aburrimiento, el vicio y la necesidad.

-También sé, dijo Cándido, que tenemos que cultivar nuestro jardín.»

Voltaire, Cándido
Cesare Beccaria, padre de la teoría penal clásica (1738-1794).

Ya se ha dicho que, socialmente, la Ilustración se halla inscrita en el ámbito de la burguesía ascendente, pero sus animadores no fueron ni todas las capas burguesas, ni solamente éstas. Por un lado, tuvo sus adversarios en determinados sectores de la alta burguesía comercial (como, por ejemplo, el dedicado al tráfico negrero), y, por otra parte, ciertos elementos del bajo clero o de la nobleza cortesana (caso del conde de Aranda en España, o de los Argenson en Francia), e incluso el propio aparato estatal de despotismo ilustrado (Federico II, Catalina II, José II), la apoyaron, aunque, en este último caso, en sus manifestaciones más tímidas y, muchas veces, como simple arma de política internacional.

Los medios de que se valió el movimiento para su difusión fueron múltiples (entre otros, las sociedades secretas, como la masonería), pero, en primer lugar, hay que señalar las sociedades de pensamiento, específicas de la época, como los Amigos del país en España, o conocidas ya antes, pero potenciadas ahora, como las academias y los salones (éstos en muchas ocasiones, regidos por «femmes de lettres»). Otros vehículos de enorme importancia fueron la prensa periódica y la internacionalización de las ediciones. Por otra parte, la independencia económica del profesional de las letras, antes sujeto al mecenazgo, dio mayor autonomía a su pensamiento.

Aunque existieron diversas tendencias entre los ilustrados (que, a veces, dieron lugar a largas polémicas entre ellos —por ejemplo, en torno a problemas de la propiedad, que enfrentó a fisiócratas y utópicos— y a enemistades duraderas, como la de Diderot-Rousseau), reconocieron también una línea maestra común, que los hizo solidarios en su lucha. Su arma es la razón, desprovista de contenido preestablecido y convertida en un seguro instrumente de búsqueda, cuyo poder no consiste en poseer, sino en adquirir (libido sciendi). Con ella luchan contra la superstición las formas religiosas tradicionales y reveladas (llegando al deísmo o al ateísmo), al argumento de autoridad y las estructuras políticas y sociales anquilosadas, intentando eliminar cualquier elemento de misterio, extrañeza o milagro; es, por lo tanto, una ideología antropocéntrica –Pope diría que «el estudio propio del género humano es el hombre»–, llena de un optimismo activo frente al futuro, porque cree en el progreso conseguido a través de la razón, en la posibilidad de instaurar la felicidad en la tierra y de mejorar a los hombres, de por sí buenos (Rousseau). En este sentido es un movimiento entusiasta, basado no en un frío racionalismo, sino convencido de que la sensibilidad, como aptitud para la emoción, es una potenciadora de la razón, si viene guiada por la experiencia: «a medida que el espíritu adquiere más luces, el corazón adquiere más sensibilidad», se lee en L'Encyclopédie (artículo “foible”). Al mismo tiempo, la Ilustración, forma de pensamiento de una economía de intercambio basada en el contrato comercial, tiene como rasgos distintivos el individualismo, el igualitarismo formal, el universalismo iusnaturalista, la tolerancia y el postulado de la libertad.

Características[editar]

David Hume, retrato de Allan Ramsay (1766).
Voltaire, a la izquierda, en la corte de Federico II de Prusia. Fue éste último quien pronunció la famosa frase «Todo para el pueblo, pero sin el pueblo», cita que resume el despotismo ilustrado.

En la segunda mitad del siglo XVIII, pese a que más del 70% de los europeos eran analfabetos, la intelectualidad y los grupos sociales más relevantes descubrieron el papel que podría desempeñar la razón, íntimamente unida a las leyes sencillas y naturales, en la transformación y mejora de todos los aspectos de la vida humana.

Para entender correctamente el fenómeno de la Ilustración hay que recurrir a sus fuentes de inspiración fundamentales: la filosofía de Descartes -basada en la duda metódica para admitir sólo las verdades claras y evidentes- y la revolución científica de Isaac Newton, apoyada en unas sencillas leyes generales de tipo físico. Los ilustrados pensaban que estas leyes podían ser descubiertas por el método cartesiano y aplicadas universalmente al gobierno y a las sociedades humanas. Por ello la élite de esta época sentía enormes deseos de aprender y de enseñar lo aprendido, siendo fundamental la labor desarrollada por Diderot y D'Alembert cuando publicaron la Encyclopédie raisonée des Sciences et des Arts entre 1751 y 1765, inspirada por los principios laicos y materialistas de la burguesía francesa y completada en 1764 con el crítico Dictionnaire philosophique, de Voltaire.

Como característica común hay que señalar una extraordinaria fe en el progreso y en las posibilidades de los hombres y mujeres para dominar y transformar el mundo. Los ilustrados exaltaron la capacidad de la razón laica para descubrir las leyes naturales y la tomaron como guía en sus análisis e investigaciones científicas. Defendían la posesión de una serie de derechos naturales inviolables, así como el reformismo frente al abuso de poder del absolutismo y la rigidez de la sociedad estamental del Antiguo Régimen; fue precisamente el fracaso de este reformismo el que convirtió a la Ilustración en Liberalismo al estallar la Revolución francesa. Criticó la intolerancia en materia de religión, las formas religiosas tradicionales y al Dios castigador de la Biblia, y rechazó toda creencia que no estuviera fundamentada en una concepción naturalista de la religión. Estos planteamientos, relacionados íntimamente con las aspiraciones y valores laicos y materialistas de la burguesía ascendente, penetraron en otras capas sociales potenciando un ánimo crítico hacia el sistema económico, social y político establecido por los estamentos nobiliario y clerical que culminó en la Revolución francesa.

Antropocentrismo: Hay un nuevo Renacimiento en que todo gira en torno al ser humano y en particular en torno a su razón material y sensible de forma aún más pronunciada que en el siglo XVI, aunque el papel que entonces jugó Italia lo desempeña esta vez Francia. La fe se traslada de Dios al hombre: hay confianza y optimismo en lo que éste puede hacer, y se piensa en que el progreso (surge en este siglo la palabra) humano es continuo e indefinido, (Condorcet escribe su Cuadro de los progresos del espíritu humano) y los autores modernos son mejores que los antiguos y los pueden perfeccionar. Se formuló la filosofía del optimismo (Leibniz) frente al pesimismo característico de la Edad Media y el Barroco. La sociedad se seculariza y la noción de Dios y la religión empieza a perder, ya definitivamente (como había empezado a mediados del XVII con la Paz de Westfalia), la importancia que en todos los órdenes había tenido hasta ahora; se desarrolla una cultura exclusivamente laica e incluso antirreligiosa y anticlerical. Empiezan a formularse las expresiones más tolerantes de espiritualidad: nihilismo libertario (Casanova, Pierre Choderlos de Laclos), Masonería, deísmo (Voltaire), agnosticismo; incluso se formulan ya claramente las propuestas del ateísmo (Pierre Bayle, Baruch Spinoza, Paul Henri Dietrich) y el libertinismo, expuesto por algunos personajes de novelas escandalosas de la época (Marqués de Sade, etc.). La atención a los aspectos más oscuros del hombre constituye lo que se ha venido a llamar "la cara oscura del siglo de las luces".

Racionalismo: Todo se reduce a la razón y la experiencia sensible, y lo que ella no admite no puede ser creído. Durante la Revolución francesa, incluso se rindió culto a la «diosa Razón», que se asocia con la luz y el progreso del espíritu humano (Condorcet). Las pasiones y sentimientos son un mal en sí mismos. Todo lo desprovisto de armonía, todo lo desequilibrado y asimétrico, todo lo desproporcionado y exagerado se considera monstruoso en estética.

Hipercriticismo y su subsecuente reformismo: Los ilustrados no asumen sin crítica la tradición del pasado: con la Enciclopedia se replantean todo el conocimiento anterior filtrándolo a la luz de la razón y desdeñan cuanto no se somete a los principios laicos y materialistas que esta impone. Por ello desdeñan toda superstición y superchería (los "errores comunes" de Benito Jerónimo Feijoo), incluyendo a menudo la religión. Los consideran signos de oscurantismo y de una sociedad periclitada: es preciso depurar el pasado de todo lo que es oscuro y poco racional para construir una sociedad mejor y más pura. Se usa la literatura (el teatro, la fábula, la sátira) para corregir los defectos de la sociedad y mejorarla (castigat ridendo mores, "corrige riendo las costumbres", escribe Horacio): se educa, no se entretiene sino para conseguir lo primero. La tragedia expone los funestos resultados de la pasión o sentimiento fuera de control; la comedia ridiculiza los defectos morales del ser humano; la fábula suministra ejemplos de conductas útiles y prudentes y antiejemplos opuestos. La historia se empieza a documentar con rigor; las ciencias se vuelven exclusivamente empíricas y experimentales; la sociedad misma y sus formas de gobierno comienzan a ser sometidas a la crítica social, lo que culmina en las revoluciones al fin del periodo. Hay un enorme deseo de utopía política, que Jean-Jacques Rousseau formula con su concepto de voluntad general para inspirar gobiernos más justos; igualmente, Montesquieu exige una justicia mejor preconizando el principio de separación de poderes; la revolución americana declara buscar la felicidad aquí en la tierra y proclama el derecho democrático a elegir los gobernantes frente al modelo monárquico. Empieza a hablarse de constituciones. Se crean sociedades para mejorar todas las disciplinas (academias científicas como la Royal Society, bibliotecas públicas, museos, Sociedades económicas de amigos del país...) Las ciencias (Isaac Newton, Leibniz, Georges Louis Leclerc, Linneo, Lavoisier, Euler, Franklin), la medicina (vacuna, primeros intentos de higienización), la tecnología (máquina de vapor, pila voltaica, reinvención de la porcelana, lanzadera volante, lámpara de gas, cronómetro, termómetro, sextante), la economía (Adam Smith) avanzan notablemente gracias a esta preocupación, por lo que hay un gran crecimiento demográfico.

Charles Louis de Secondat, Barón de Montesquieu.

Pragmatismo: Sólo lo útil merece hacerse; se desarrolla la filosofía del Utilitarismo preconizada por Jeremías Bentham, que halla un principio ético general en la felicidad preconizada por Epicuro, bajo la fórmula de «la mayor felicidad para el mayor número de gente». Las literaturas y las artes en general han de tener un fin útil, que puede ser didáctico (enseñanza), moral (depurar de las insanas pasiones) o social (sátira de las malas costumbres, para corregirlas). De ahí que entren en crisis géneros como la novela o que se cultiven las novelas de aprendizaje y que se pongan de moda las fábulas, las enciclopedias, los ensayos, las sátiras, los informes. El teatro pretende corregir las costumbres con la comedia y limpiar de pasiones el alma con la tragedia.

Imitación: La originalidad se considera un defecto, y se estima que se pueden lograr obras maestras «con receta», imitando lo mejor de los autores grecorromanos (clasicismo o neoclasicismo), que se constituyen en modelos para la arquitectura, la escultura, la pintura y la literatura. El academicismo impera en el terreno artístico y sofoca toda creatividad. El buen gusto es el criterio principal y se excluye lo imperfecto, lo feo, lo decadente, lo supersticioso y oscuro, la violencia, la noche, las pasiones desatadas y la muerte. El teatro debe someterse a las reglas de las tres unidades estatuidas por Aristóteles: unidad de acción, lugar y tiempo; es más, los franceses añaden la unidad de estilo.

Idealismo: El buen gusto exige rechazar lo vulgar: no se cuenta con los criterios estéticos del pueblo y la realidad que ofrece la literatura es mejor de lo que la realidad es, es estilizada, neoclásica. El lenguaje no admite groserías ni insultos, y busca el purismo, aunque con frecuencia se contagia de galicismos; no se presentan crímenes ni críticas a un poder que es inmutable (no se trata, por ejemplo, el tema del tiranicidio en el teatro, ni aparecen mezcladas las clases populares con las elevadas por decoro, ni temas de mal gusto como el suicidio (que solo aparecerá en el Romanticismo con el Werther de Goethe), y todo es amable y elevado. Se excluye lo temporal y lo histórico, cualquier forma de cambio "desde abajo" de la cosmovisión ilustrada.

Universalismo: El molde generalizador y objetivizador de la razón conduce a los ilustrados a asumir una tradición cultural cosmopolita, a asumir la relatividad cultural (Cartas persas de Montesquieu, críticas a la diversidad de las religiones de Voltaire, gusto por el exotismo de los libros de viajes) y funden todo tipo de tradiciones en la horma grecorromana que les sirve de fuente principal. Sienten interés por lo exótico, pero no lo asumen, porque buscan en él lo específicamente humano y universal. Y como la tradición literaria más universal es la clásica y el academicismo francés la ha incorporado, todo lo francés se pone de moda y poseer la lengua francesa se transforma en un signo de distinción: el arte y la cultura francesa influye en Alemania, España y Rusia y sus lenguas se llenan de galicismos. Se habla de "las Grecias, las Romas y las Francias" porque no existe (aún) el subjetivo nacionalismo romántico ni la teoría de los caracteres nacionales y se siguen los géneros puros e intemporales del clasicismo grecolatino: la fábula, la tragedia, la comedia, la oda, la elegía, la égloga o pastoral, la sátira, el poema didáctico o moral y se arrinconan géneros propios de otras culturas barrocas como la tragicomedia lopesca o el drama isabelino, o de aire medieval como la comedia de santos o el auto sacramental, modelos desviados y apartados del clasicismo universal. Es más, el universalismo ilustrado empieza a elaborar utopías de gobierno colectivo cuyo choque con la realidad desencadenará la Revolución francesa.

La filosofía ilustrada[editar]

El filósofo alemán Immanuel Kant.

La Ilustración se nutrirá filosóficamente de varios movimientos y corrientes del pensamiento, empezando por el moderno del siglo XVII. Entre ellos, cabe destacar el Antropocentrismo, el Racionalismo (René Descartes, Blaise Pascal, Nicolas Malebranche, Baruch Spinoza, Gottfried Wilhelm Leibniz), el Empirismo (Francis Bacon, John Locke y David Hume), el Materialismo (La Mettrie, D'Holbach), el Hipercriticismo, el Pragmatismo, el Idealismo (George Berkeley e Immanuel Kant) y el Universalismo. En los campos de la filosofía, metafísica, geometría, astronomía, astrofísica, geografía, lógica, ética, derecho, estética, deontología, religión, ciencia, política cabe destacar la obra de Immanuel Kant, que sigue teniendo sobrada vigencia, en esos temas, hoy en día.

Todo el movimiento filosófico tiene su expresión en el resto de los órdenes de la vida social nacional y europea.

La política en la Ilustración[editar]

«La guerra es el arte de destruir hombres, la política es el arte de engañarlos», frase atribuida a Jean Le Rond d'Alembert (1717-1783). Científico y pensador francés de la Ilustración, promotor de la Enciclopedia junto con Diderot.
Al igual que otros filósofos de la Ilustración, Jean-Jacques Rousseau fue crítico con el comercio atlántico de esclavos.[4]

En política surge el despotismo ilustrado que llevará pronto, aún a su pesar, a la teoría de la separación de poderes. Se subordina el poder religioso al civil (secularización) y dentro del religioso aparecen las primeras señales de independencia de las iglesias nacionales respecto al absolutismo del papa (regalismo) y aparece el concepto de contrato social que se hará fuerte con Rousseau y el socialismo utópico.

Para los ilustrados, el destino del hombre es la epicúrea felicidad, y la propia Constitución de los Estados Unidos acogerá este propósito como uno de los derechos de los ciudadanos. Hacia el final del siglo el liberalismo, con la Revolución francesa a partir de 1789 aunque iniciado en Gran Bretaña de forma menos traumática con las ideas de John Locke, Adam Smith, Jeremías Bentham y John Stuart Mill, expande las conquistas sociales de la Ilustración por Europa y Norteamérica, dándose fin al Antiguo Régimen.

Acaba progresivamente la sociedad estamental que se viene arrastrando desde el feudalismo y emerge una nueva clase social, la burguesía, que adquiere conciencia de su poder económico y su impotencia política, de forma que conquistará el gobierno de su destino a lo largo del siglo siguiente a través de diversas revoluciones (1820, 1830, 1848) en que va ampliando su presencia en los órganos políticos del estado relegando a la aristocracia a un papel subalterno.

La religión en la Ilustración[editar]

En la religión se realizan las primeras formulaciones del deísmo y el ateísmo, e incluso formulaciones reprobables como el satanismo. El laicismo se va instalando con fuerza cada vez mayor en los gobiernos de Europa como una consecuencia natural del Tratado de Westfalia (1648), que consagró el fin del cesaropapismo; los mismos monarcas católicos empiezan a ver los beneficios económicos que reportan el regalismo y las desamortizaciones para el estado: empieza a discutirse además el excesivo papel que tenían las órdenes religiosas en las universidades y su monopolio en la educación general, que hacía encauzasen los mejores talentos hacia la carrera eclesiástica en vez de a las ciencias prácticas.

En 1759 el marqués de Pombal, ministro del rey portugués José I de Portugal, expulsó a los jesuitas, últimos defensores del cesaropapismo, en lo que le siguieron la mayoría de los países europeos (Francia, 1762; España, 1767; Parma, 1768; el propio papa disuelve la Compañía en 1773). El emperador católico de Austria José II cerró los claustros y los conventos para evitar el desperdicio de vidas que representaba la clausura... abriendo así además la vía para la secularización y desamortización general de sus bienes.

En los países protestantes, el pietismo de August Hermann Francke y Nikolaus Ludwig, conde de Zinzendorf, que propugnaba una religiosidad puramente espiritual y personal, se enfrentó igualmente a la ortodoxia clerical establecida más mundana. La religión se empieza a contemplar a través de criterios científicos y laicistas como si se estudiara a la naturaleza misma y desde un punto de vista utilitarista que abandona las viejas y supersticiosas concepciones. Para la mayoría de los filósofos, la ilustración incluía un rechazo del cristianismo tradicional. Y la aparición de estas tendencias laicas culminó con la Revolución francesa.

En un siglo caracterizado por la soberanía de la razón, el Ensayo sobre el entendimiento humano (1690) de John Locke reclamaba pruebas de los dogmas religiosos y entabló un combate general contra el dogmatismo. En Inglaterra, el repudio de la tradición religiosa acrítica había derivado rápidamente hacia el deísmo, que ya solo reconocía a Dios, a la virtud y a la inmortalidad como los tres fundamentos de una religión natural universal; la obra del primer deísta John Toland Christianity not Misterious (1696) había señalado el punto de partida de este movimiento que, en el siglo XVIII, contó a Gotthold Ephraim Lessing, a Voltaire y a Volney como a sus principales adeptos.

Pero la tendencia intelectual más radical en el "estudio" de la religión fue el materialismo francés del siglo XVIII. En 1745 un médico, Julien Offray de La Mettrie, publica su Histoire naturelle de l'âme ("Historia natural del alma"), en la que llega a la conclusión de que esta es material. Aunque la obra fue quemada por mano del verdugo a causa del mandato del Parlamento del París, el autor desarrolló su teoría y publicó en 1747 su libro principal, L'Homme Machine, en que define al hombre como una máquina y defiende ostensiblemente un materialismo ateo. Federico el Grande lo llamó a su Academia de Berlín, donde el filósofo acudió de buen grado, ya que era perseguido en Francia por sus concepciones políticas, reputadas de peligrosas. Su seguidor, el barón de Holbach, expuso las teorías del materialismo francés en su Système de la Nature (1770) mezclándolos con los restantes elementos de la doctrina empírica, el Sensualismo de Condillac, el Determinismo de Diderot y la moral del egoísmo preconizada por Helvetius, llegando a la conclusión de que, en realidad, nada existe fuera de la materia eterna de la que provienen todos los movimientos de los cuerpos y que, por consiguiente, la concepción de Dios es inútil y la religión es una invención de los curas para aprovecharse ellos únicamente de la moral, por lo que solo puede perjudiciar al bienestar del pueblo. Sus ideas, divulgadas por el grupo que Jean-Jacques Rousseau llamó coterie holbachique, empezaron a calar seriamente entre los pensadores libres y ya el propio Rousseau había defendido una religiosidad natural en su "Profesión de fe del vicario saboyano", dentro de su Emilio. "Por vez primera se produce un rechazo firme de toda religión revelada en nombre del materialismo puro y una nueva visión del mundo se enfrenta a la concepción teológica que hasta entonces había sido válida"[5]

Por otra parte, sociedades secretas como la Francmasonería, los Rosacruz y los Iluminati identificaban a Dios como un laico arquitecto racional del universo y condenaban la religión como una superstición vulgar; lo importante para ellos era construir el templo de la humanidad sobre las bases de la caridad activa y la ética como categorías superiores a toda religión. La primera gran logia masónica se fundó en Londres en 1717 y en 1723 James Anderson escribió sus Constituciones o estatutos. La masonería se propagará por todo el mundo y, por ejemplo, tendrá una gran importancia en la secesión y constitución de la primera república presidencial del siglo XVIII: los Estados Unidos, que no reconoce ninguna religión como oficial. Incluso algunos eclesiásticos y monarcas fueron masones, como Federico el Grande, e intelectuales como Wieland, Goethe y Lessing, entre muchos otros, fueron masones.

Se difunde una concepción más espiritual, personal y sobre todo tolerante de la iglesia. La religión se convierte en un compromiso personal con Dios que abandona las imposiciones dogmáticas e institucionales de las iglesias, que, según los ilustrados, ocupan el lugar verdadero de Dios. La Ilustración se caracterizaba por la pluralidad y la tolerancia. La tolerancia es el principio que exponen Voltaire y Lessing en sus obras. Voltaire escribirá que "en un país donde hay una sola religión, no se puede vivir; en donde hay dos, hay guerra civil; pero en Inglaterra, donde hay treinta, existe paz". Y Lessing, en su drama Natán el Sabio (1779), proclamó el evangelio del amor tolerante en su forma más pura y en su Erziehung des Menschengeschlechtes ("Educación del género humano", 1780) trata además de resolver la contradicción entre la revelación y la razón, explicando que la ética es la última meta de todas las religiones. Convivirán ortodoxos, católicos y protestantes; deístas y partidarios de la llamada religión natural que llama a Dios "Ser supremo" y al que incluso consagró un ara o altar en Nôtre Dame durante la Revolución francesa. Pero también había ateos y nihilistas o libertinos (el marqués de Sade, Choderlos de Laclos, Restif de la Bretonne), también llamados pirrónicos o llanamente descreídos.

La Iglesia estaba sometida al Estado absoluto, lo cual generó conflictos en los países católicos, ya que dependían a su vez de las decisiones del pontífice en Roma.

Las artes y las ciencias en la Ilustración[editar]

En geografía se termina de cartografiar todo el globo, a excepción de los círculos polares y algunas regiones de África. En el arte se abre paso el Neoclasicismo tras el que surgirá como rebelión el Romanticismo del siglo XIX. En física, óptica y matemáticas, los avances son impresionantes gracias a las contribuciones de sir Isaac Newton y otros estudiosos. Surge la economía política como ciencia moderna gracias a las aportaciones de los fisiócratas y sobre todo del liberalismo de Adam Smith y su monumental obra La riqueza de las naciones.

Véase también[editar]

Bibliografía adicional[editar]

Referencias[editar]

  1. Neoclasicismo. Movimiento estético que refleja en las artes los principios intelectuales de la Ilustración
  2. U. Im Hof, La Europa de la Ilustración, Barcelona, Crítica, 1993, cap I.
  3. J.A. Maravall, Estudios de la historia del pensamiento español (siglo XVIII), Madrid, Mondadori, 1991.
  4. «Abolitionism - The Abolition of The Slave Trade». Abolitionism (en inglés). Consultado el 4 de mayo de 2016. 
  5. A. Schönberger y H. Soehnner, El rococó y su época. Barcelona: Salvat S. A. - Alianza Editorial S. A, 1971, p. 11