Ética (Spinoza)

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Ética de Spinoza.

Ética (en latín: Ethica ordine geometrico demonstrata o Ethica more geometrico demonstrata) es una obra del filósofo neerlandés Spinoza escrita en latín y no publicada hasta su muerte en 1677. Es su obra más conocida y apreciada.

La ética es la rama de la filosofía que estudia la bondad o la maldad de los comportamientos.

En la Ética, Spinoza intenta demostrar un «sistema filosófico plenamente coherente que se esfuerza por ofrecer una imagen objetiva de la realidad y por comprender el significado de una vida ética. Siguiendo un formato lógico paso por paso, definido en torno de la naturaleza de Dios, la mente, la servidumbre humana a las emociones y el poder de la comprensión —moviendo desde la consideración de lo eterno, a especular sobre el lugar de la humanidad en el orden natural, libertad y el camino a la felicidad posible—».
Posiblemente uno de los intentos más osados ha sido el de Spinoza al tratar de desarrollar la ética, organizada como sistema deductivo. Arrancando de axiomas y definiciones, Spinoza pretendió deducir el resto de sus doctrinas metafísica y ética como proposiciones demostrables sustentadas en estos supuestos previos.[1]

Resumen[editar]

La arquitectónica geométrica de la Ética descansa enteramente sobre el concepto de sustancia. Descartes había definido a la sustancia como "...una cosa que existe de tal modo que para existir no tiene necesidad más que de sí misma..." [2] , y postula así tres sustancias: el pensamiento, la extensión y Dios. Pero se le ha señalado en las segundas objeciones a las Meditaciones metafísicas que, según su propia filosofía, tal definición de sustancia es aplicable sólo a Dios, puesto que éste es causa de todo ente, tanto de su ser como de su existencia continua. El pensamiento y la extensión no podrían ser sustancias ya que habrían de carecer de causa para ello. Descartes salvó parcialmente el problema tipificando la sustancia: una es la sustancia infinita que no es creada por nada, y otras las sustancias finitas, sólo creadas por Dios. La solución es parcial, puesto que para salvar el dualismo Descartes abre la equivocidad en el término; sustancia se dice de muchas maneras. La filosofía de Spinoza puede leerse como una respuesta a esta objeción, ya que mantiene la definición pero afirma una única sustancia, la infinita o divina, Dios. Con todo, no debe pensarse a Spinoza como un cartesiano más. Son más las diferencias que las similitudes, y cabe recordar que su filosofía se alza justamente en oposición a la de Descartes.

La primera parte de la Ética expone la relación entre Dios y el universo. La tradición sostuvo que Dios es trascendente al universo y que lo creó según una razón que no es necesaria: podría así haber creado un universo diferente si hubiera querido. Spinoza niega estas afirmaciones. De acuerdo con Spinoza, Dios se identifica con el universo natural. Lo que esto significa, como con otras tantas afirmaciones de Spinoza, está sujeto a discusión. Spinoza afirma que las cosas que componen o están en el universo, seres humanos incluídos, son “modos” de Dios. Los modos o afeccciones representan los accidentes de la única sustancia, Dios; por lo tanto, todo ser humano u otra cosa del universo es, en algún sentido, dependiente de Dios. La naturaleza de esta dependencia se encuentra en disputa. Algunos intérpretes sostienen que los modos son propiedades de Dios, en el sentido tradicional. Otros sostienen que los modos son los efectos de Dios. En todo caso, los modos son, también, lógicamente dependientes de la esencia de Dios, en tanto cada suceso se sigue de la naturaleza de Dios al igual que –usando el ejemplo de Spinoza- de la esencia del triángulo se sigue que sus ángulos sean iguales a dos ángulos rectos. Dado que Dios debe existir necesariamente acorde a su propia naturaleza, no hay ningún suceso que pudiera haberse evitado; y, si un destino particular de algún modo particular es determinado por Dios, no hay escapatoria a ello. En términos de Spinoza: “Una cosa que ha sido determinada por Dios para producir un efecto no puede hacerse a sí misma indeterminada.” La creación divina del universo no es una decisión divina, no está motivada por ningún propósito.

La segunda parte de la Ética se concentra en la mente y el cuerpo humanos. Spinoza ataca varias proposiciones cartesianas: (1) que el pensamiento y el cuerpo son sustancias distintas y se afectan una a otra; (2) que conocemos mejor nuestro pensamiento que nuestro cuerpo; (3) que nuestros sentidos son confiables; (4) que pese a haber sido creados por Dios, podemos cometer errores cuando afirmamos la verdad, en virtud de nuestra voluntad libre, de una idea que no es clara y distinta. Spinoza niega cada una de estas proposiciones. Respecto de (1), argumenta que el pensamiento y el cuerpo son una única cosa pensada de dos maneras distintas. La naturaleza en su totalidad puede ser descrita en términos de pensamientos o de cuerpos. Sin embargo, no podemos mezclar estas dos maneras de describir las cosas, como Descartes hace, y decir que el pensamiento afecta al cuerpo o viceversa. Más aún, el autoconocimiento del pensamiento no es fundamental; éste no puede conocer sus propios pensamientos mejor de lo que conoce cómo su cuerpo actúa en relación a otros cuerpos. Además, no hay diferencia entre contemplar una idea y pensar que ella es cierta; y la voluntad no es libre de ninguna manera. La percepción sensorial, a la cual Spinoza llama “conocimiento del primer tipo”, es completamente incierta, ya que refleja más cómo nuestros propios cuerpos funcionan que las cosas como verdaderamente son. Podemos, además, tener un tipo de conocimiento preciso llamado “conocimiento del segundo tipo”, o “razón”. Éste engloba el conocimiento acerca de las características comunes a todas las cosas, e incluye principios de física y geometría. Se puede tener, además, un “conocimiento del tercer tipo”, o “conocimiento intuitivo”. Éste es un tipo de conocimiento que, de alguna manera, relaciona cosas particulares con la naturaleza de Dios.

En la tercera parte de la Ética, Spinoza argumenta que todas las cosas, incluyendo a los seres humanos, se esfuerzan por persistir en su ser. Esto se suele interpretar en el sentido de que las cosas intentan perdurar tanto como puedan. Spinoza explica cómo este esfuerzo (“conato”) subyace a nuestras emociones o afecciones (amor, odio, alegría, tristeza, y otras). Nuestra mente es a veces pasiva y a veces activa. Es necesariamente activa en tanto contiene ideas adecuadas, mientras que mientras tenga ideas inadecuadas, es necesariamente pasiva.

La cuarta parte, “De la esclavitud humana”, analiza las pasiones humanas, las cuales Spinoza ve como aspectos del pensamiento que nos conducen al exterior para buscar lo que nos da placer y rehuir lo que nos da dolor. La “esclavitud” a la que se refiere es la dominación de estas pasiones o, en sus propias palabras, “afecciones”. Spinoza examina cómo los afectos, cuando no son controlados, pueden atormentar a la humanidad, y hacer imposible a ésta vivir, uno junto a otro individuo, en armonía.

La quinta parte, “De la libertad humana”, argumenta que la razón puede gobernar los afectos en la búsqueda de la virtud; la cual, para Spinoza, es la autopreservación. Solo con la ayuda de la razón los humanos podrán distinguir las pasiones que verdaderamente ayudan a la virtud de aquellas que son perjudiciales a ella. Gracias a la razón es que podemos ver las cosas como realmente son, sub species aeternitatis, “bajo el aspecto de la eternidad”. Y, dado que Spinoza trata a Dios y a la naturaleza de forma indistinguible, conocer las cosas es conocer mejor a Dios. Entendiendo que todas las cosas son determinadas por la naturaleza a ser como son, podemos alcanzar la tranquilidad racional que mejor aporta a nuestra felicidad, y nos libera de ser conducidos por nuestras pasiones.

Estilo[editar]

El estilo y sistema del libro es, como Spinoza dice, «demostrada según el orden geométrico», con prefacios, definiciones, axiomas, y lemas. Estas son seguidas por proposiciones que pueden contener notas, demostraciones, corolarios y escolios. Se emplean también apéndices que contienen explicaciones complementarias. Este tipo de presentación imita los Elementos de Geometría de Euclides.

Está compuesta de cinco partes:

  • Primera parte: De Dios
  • Segunda parte: De la naturaleza y el origen del alma
  • Tercera parte: Del origen de la naturaleza de las afecciones
  • Cuarta parte: De la servidumbre del hombre o de la fuerza de las afecciones
  • Quinta parte: De la potencia del entendimiento o de la libertad del hombre

Referencias[editar]

  1. Copi, Irving M. Lógica simbólica; traductor del inglés: Sestier Boulier, Andrés; CECSA, México, 2000, décima novena reimpresión, ISBN 968-26-0134-7
  2. Descartes R. Principia philosophiae; I, 51

Véase también[editar]