Dámaso I

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San Dámaso I
Papa de la Iglesia católica
1 de octubre de 366-11 de diciembre de 384
Saintdamasus.jpg
Predecesor Liberio
Sucesor Siricio
Información personal
Nacimiento 304, lugar de nacimiento discutido.
Fallecimiento 11 de diciembre de 384, Roma

San Dámaso I fue el 37.º papa de Roma. Nació en el 304, probablemente en Roma[1] o Gallaecia, Hispania,[2] y murió el 11 de diciembre del 384 en Roma.[1] Fue papa desde el año 366 hasta su muerte. Es el décimo octavo papado más largo con 18 años, 2 meses y once días (un total de 6.646 días).[3] Su onomástica es el 11 de diciembre, y es el santo patrón de la arqueología y los arqueólogos. Su nombre en latín significa domador.[4]

Su vida coincidió con la subida al trono de Constantino I, con la reunión y nueva división del Imperio Occidental y Oriental romano, con la expansión del arrianismo, los problemas sucesorios y la proliferación de antipapas; así como con la expansión y legitimación del cristianismo a manos del Emperador Constantino y la adopción posterior por parte de Teodosio I como la religión del Estado Romano. Se presentó como un papa fuerte actuando como unificador y centralizador del poder de la Iglesia y el Imperio, en consonancia con las necesidades del contexto histórico.

Su entrada al trono papal estuvo manchada de continuas disputas y controversias, obteniendo la intervención y el apoyo del emperador. Así, fue denunciado por asesinato y adulterio en sus primeros años como papa siendo absuelto, pero quedando sin comprobar finalmente si dichas acusaciones eran ciertas o estaban motivadas por el conflicto cismático con los partidarios de arrianismo. Fue el creador de la doxología «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como era en un principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén» y el introductor del uso de la voz hebraica «Aleluya»; restauró la Basílica de San Lorenzo Extramuros, y ordenó la histórica traducción latina de la Biblia conocida popularmente como «Vulgata».

Prepapado[editar]

Dámaso nació en Egitania, Gallaecia (actualmente Portugal). Creció en Roma, y tras haber enviudado su padre, se hizo clérigo, se ordenó como lector, fue hecho diácono, y finalmente presbítero en la Iglesia de San Lorenzo.[5]

Su padre, llamado Antonio, era sacerdote, probablemente de Gallaecia. El nombre de su madre, Laurencia (Lorenza), fue descubierto a finales del siglo XIX.[1] Tuvo una hermana pequeña llamada Irene.[5]

Elección y disputa[editar]

Dámaso se obligó con juramento solemne ante el pueblo y el resto del clero a no recibir jamás otro papa mientras viviese Liberio. Cuando el papa Liberio fue desterrado por el emperador Constantino II a Beraea (Berea), Tracia, en el 354, Dámaso era ya archidiácono de la iglesia romana y siguió a Liberio en el exilio.[6]

Sin embargo pronto estuvo de vuelta a Roma, convirtiéndose en el secretario del papa Liberio, y del antipapa san Félix,[4] tomando en gran medida en el gobierno de la Iglesia.[6]

De esta forma, habiendo muerto el papa Liberio el 24 de septiembre de 366, Dámaso fue elegido papa a los 62 años de edad y consagrado por Lorenzo, obispo de San Lucina, en la Basílica de Lucina[5] el 1 de octubre del 366, pero un importante número de conservadores seguidores del difunto papa Liberio lo rechazaron, y escogieron al diácono de éste, Ursicinus (Ursicino), partidario de arrianismo de Milán,[7] siendo consagrado de forma simultánea a Dámaso por Pablo, obispo de Tivoli, y apoyado por los diáconos y el laicado en general, mientras que otra facción, antes leal al antipapa Félix II, apoyaba a Dámaso, lo que provocó a principios de octubre una pugna por la consideración de sumo pontífice llegando incluso al derramamiento de sangre.[8] Tal fue la violencia que los dos prefectos (praefecti) de la ciudad fueron llamados para restaurar el orden y condujeron a los simpatizantes de Ursicino a los suburbios y, según Ammianus Marcellinus, en la basílica liberiana de Sicininus se desencadenó el desenlace con hasta ciento treinta y siete personas muertas.[9]

Tras esto, Juvenco, uno de los prefectos de Roma, propuso el destierro de Ursino y de los diáconos Amancio y Lupo, sus principales favorecedores, a la Galia.[5] El emperador Valentiniano, tras tres días de trifulcas, repuso el orden, reconoció a Dámaso, y conminó en el año 367 desterrando a Ursino y sus colaboradores a una colonia, por lo que Dámaso, gracias al apoyo de los prefectos y del Emperador, quedó como sumo pontífice, y, aunque posteriormente Valentiniano les permitió volver a Milán, al conspirar de nuevo, dos meses más tarde les prohibió totalmente volver de nuevo a Roma o su entorno, enviándolos de nuevo a la Galia.[5] De esta forma, los partidarios del antipapa se reunieron en Milán junto a los arrianos y continuaron pretendiendo su sucesión y persiguiendo a Dámaso hasta la muerte de Ursicino.

Comienzos del papado[editar]

Desde sus inicios como papa, Dámaso se mostró intrasigente frente a otras doctrinas cristianas, tal y como exigía la Iglesia romana del momento, deseosa de lograr unidad y centralismo por diversos motivos. El Imperio romano se comenzaba a dividir, formado un imperio en occidente y otro en oriente, pudiendo funcionar la figura de la Iglesia como nexo entre ambas partes. Además la figura del emperador se consolida en el dominado; en donde adopta una forma mística, legitimada y enviada por Dios, que busca el centralismo del poder mediante el apoyo de la Iglesia.[10]

Por otro lado, la Iglesia comienza a adquirir el papel de director político y vehículo y creador del saber de la época. Tratando de unificar las ciencias y aunar y centralizar el poder, rechaza como herejía todo aquello que se considera por entonces como mágico, irracional o contrario a la autoridad cristiana; por lo que se impone frente a cualquier otra doctrina. Este objetivo se busca mediante el desarrollo de una estrategia de cinco brazos:[10]

  • Unificar los sagrados,
  • perseguir y condenar otras interpreaciones doctrinales,
  • lograr el apoyo del Imperio,
  • excolmugar a los sectores contrapuestos y
  • centralizar el poder en la figura del papa.

Medidas contra la oposición doctrinal[editar]

San Jerónimo, padre de la Iglesia, secretario y seguidor de Dámaso.

De esta forma, en dos concilios romanos, en los años 368 y 369 respectivamente, Dámaso condenó el apolinarismo y el macedonialismo.[1] Del mismo modo, en el año 370 Dámaso formó en Roma un concilio para determinar las medidas contra el arrianismo creciente. Ursacio de Singuidón y Valente de Mursa fueron condenados y Atanasio de Alejandría fue nombrado para llevar a cabo el empuje contra los arrianos.

Así, el año 373, Aujencio y todos sus adherentes fueron condenados y excomulgados. Además se confirmaron las confesiones la Nicea, y todo lo que se había hecho en perjuicio de ella en la Asamblea de Rimini se declaró nulo.[5] Aprovechándose más tarde, durante el sínodo romano del año 374, para promulgar el Canon de Escritura Sagrada, es decir, una lista de los libros de los Viejos y Nuevos Testamentos que deben ser considerados la palabra inspirada de Dios.[11]

Con la intención de realizar una centralización del poder eclesiástico e imperial, su secretario San Jerónimo consigue que el 29 de julio del 370 el emperador Valentiniano prohibiera a los eclesiásticos y monjes meterse en las casas de las viudas y en las de las doncellas huérfanas a las que dirigían, y de recibir de ellas algún don,ya fueran donaciones o herencias. Dámaso hizo que la ley fuese estrictamente observada.[1]

La primacía de la Santa Sede fue defendida de manera enérgica mediante actas y decretos imperiales,[12] donde basa la supremacía eclesiástica de la Iglesia Romana en las propias palabras de Jesucristo y no en decretos conciliares. En consonancia continúa con su cruzada y en el año 377, en un concilio en Roma, condena a Apolinario y a su discípulo Timoteo, obispo de Alejandría. La persecución a posturas divergentes motivó que muchos se retractasen y juraran fidelidad a la doctrina oficial para evitar la condena pública, proliferándo así un extremismo ideológico de parte de algunos eclesiásticos.[5]

Cabe destacar que las reformas impulsadas en este período, que tuvieron una clara tendencia a unificar el culto, dieron origen a algunas de las tradiciones más antiguas del cristianismo, en particular del catolicismo. Entre otras cosas se le atribuye la intruducción de la voz hebrea aleluya[13] y el reconocimiento del obispo de Roma como el predominante entre todos.[4] En consonancia con esto Optato, obispo de Milevi, publica su obra en donde lista a los obispos de Roma empezando por Simón Pedro y terminando en Dámaso.[5] Siendo éste el único documento conocido con información sobre algunos de ellos.

El Vicariato[editar]

Cuando en el 379 Iliria fue separada del Imperio de Occidente, Dámaso se movió para salvaguardar la autoridad de la Iglesia romana dentro del imperio creando una vicaría apostólica y nombrando para ella a Ascolio, obispo de Tesalónica. Éste fue el origen del Vicariato papal, que estuvo ligado a la Santa Sede un largo período de tiempo.[1] Apoyado por éste, continuó condenando otras conductas divergentes, y de esta forma convocó al Concilio de Aquileya en el año 381. En el cual se condenaría a Paladio y a Secundiano, obispos de la provincia de Llírico.[5]

Un caso especial es el de Prisciliano, que fue condenado por el Concilio de Zaragoza en el 380. Considerado un hereje, su caso llamó la atención de Dámaso, quién trató en vano de liberarlo. Se sospecha que esta excepción se debe a que Dámaso era, por parte paterna, de origen gallego, al igual que Prisciliano.[1]

Finalmente, con el decreto de Teodosio I, «Del fide católica», el 27 de febrero del 380 se declaró como la religión del Estado Romano al cristianismo predicado por san Pedro, de la cual Dámaso era cabeza suprema y, por lo tanto, primer beneficiario de dicho acto.[14]

Tras la muerte de Teodosio se produce la división del Imperio Romano. Para evitar la confrontación religiosa, la Iglesia Oriental recibió una gran ayuda económica y apoyo de Dámaso contra el arrianismo a través de Basilio de Cesárea.[1] De la misma forma, Dámaso también envió legados al Concilio de Constantinopla en el año 381,[1] y posteriormente, con relación al Cisma Meletiano en Antioquía, y junto con Atanasio y Pedro de Alejandría simpatizaron con el partido de Paulino que se postulaba como representante de la ortodoxia de Nicea.[1]

Dámaso siguió en su línea centralizando el poder eclesiástico bajo su figura, frente al poder imperial y político. Años después apoyó la petición de los senadores cristianos y del emperador Graciano ante los senadores no cristianos para retirar el Altar de la Victoria del Senado.[15]

Críticas y denuncias en su contra[editar]

Habiendo muerto Atanasio en el año 373, aumentó la presión de los arrianos quienes obligaron a su sucesor, Pedro de Alejandría, a buscar refugio en Roma. Allí permanecería cinco años a la espera de que la situación se volviese favorable. Durante este tiempo muere el emperador Valentiniano y resurge un antipapa, Ursicino, quién con el apoyo del Luciferismo intenta imponerse a Dámaso como autoridad suprema de la Iglesia romana.

Así, en el destierro al que los llevó el recientemente difunto emperador, los partidarios de Ursicino lanzaron una acusación de adulterio que fue presentada contra Dámaso en el 378 ante la corte imperial, siendo exonerado por el propio emperador Graciano.[16] Luego, un concilio ratificaría su inocencia y excomulgaría a los acusadores.[17]

Tiempo después Ursicino, junto a un judío llamado Isaac, acusó al papa ante el emperador Teodosio; pero considerando éste que su relación con Dámaso era imprescindible tomó la denuncia como calumniosa e Isaac fue severamente castigado y desterrado a un paraje en España.[18]

Aunque no salió condenado, muchos, tanto dentro como fuera de la sociedad cristiana, vieron en él a un hombre cuyas ambiciones mundanas pesaban más que sus preocupaciones pastorales. Praetextatus, un aristócrata rico y sacerdote pagano, bromeaba refiriéndose a Dámaso diciendo: «Háganme obispo de Roma y me haré cristiano».[9] Incluso algunos de sus críticos llamaban a este tema «la cuestión delicada al oído de las damas».[9]

Instauración del Canon bíblico[editar]

La traducción latina de la Biblia se convirtió en la versión más extendida, la denominada Vulgata.

En el sínodo del 374, expidió un decreto en el cual se hizo un listado de los libros canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento. Por ello, le pidió al historiador Jerónimo de Estridón utilizar este canon y escribir una nueva traducción de la Biblia que incluyera un Antiguo Testamento de 46 libros y el Nuevo Testamento con sus 27 libros.[19] Jerónimo viajó entonces a oriente para hacer vida eremítica y volvió años después a Roma, pasando durante algún tiempo a ser su secretario particular.[1] Finalmente fue en el Concilio de Roma del año 382, comandado por el papa Dámaso I, cuando la Iglesia Católica instituyó el Canon Bíblico con la lista del Nuevo Testamento de San Atanasio y los libros del Antiguo Testamento de la Versión de los LXX; ésta versión fue traducida del griego al latín por San Jerónimo por encargo del mismo papa San Dámaso I, que en la práctica sería la primera Biblia en el sentido concreto y pleno de la palabra.

Cuando Dámaso envió a Jerónimo a realizar su revisión de las versiones hebreas más tempranas de la Biblia, éste realizó una traducción conocida como la Vulgata, que fue popularizada por estar escrita en latín. Esta versión fue aprobada por el Concilio de Trento en 1546, adoptada oficialmente en la liturgia[19] y empleada por la Iglesia Católica durante cerca de quince siglos[4] sustituyendo a la Vetus Latina y provocando que el latín se convirtiera en la lengua principal del culto.

Durante diez años, Dámaso y Jerónimo compartieron correspondencia, en donde se realizaron preguntas y cuestiones sobre distintos temas de índole religiosa y político-eclesiástica. Actualmente se conocen ocho cartas, seis de Jerónimo a Dámaso y dos de Dámaso a Jerónimo.

Correspondencia de Jerónimo y Dámaso[editar]

Carta XV a Dámaso[editar]

Carta de San Jerónimo de Estridón a Dámaso.

Esta carta, escrita en el 376 o 377, ilustra la actitud de San Jerónimo respecto a su visión de Roma, sostenida por Dámaso en este periodo, siendo un gran amigo y admirador suyo. En ella, se refiere a Roma como la escena de su propio bautismo y como una iglesia donde la fe verdadera ha permanecido intacta; y, acatando la estricta doctrina de la salvación sólo dentro del palio de la Iglesia romana, San Jerónimo realiza dos preguntas:

  • ¿Quién es el verdadero obispo de los tres que demandan dicha consideración para sí en Antioquía?
  • ¿Cuál es la terminología correcta para hablar de la Deidad, de tres o de uno? Con esta última pregunta, además, adjunta su propia opinión.

Y yo pregunto, ¿puede alguno ser tan profano para hablar de tres esencias o sustancias en la Deidad? Hay una naturaleza de Dios y es única; y éste y sólo éste realmente lo es. El absoluto ser no derivó de ninguna otra fuente, es todo propio. Todas las demás cosas que son todas las cosas creadas, aunque parezcan ser no lo son. Había un tiempo en el que ellas no eran, y el que una vez no fue puede dejar de ser. Sólo Dios es eterno, es decir, quien no tiene ningún principio, realmente merece ser llamado una esencia.[...] quienquiera que en nombre de la religión declara que hay en la Deidad tres elementos, tres hipóstasis, es decir, esencias, se esfuerza realmente de afirmar tres naturalezas de Dios [...] ¡Pero quizás la fe de Roma nunca va en esa dirección! ¡Quizás los corazones devotos de sus gentes nunca son infectados por tales doctrinas impías! Déjenos estar satisfechos por hablar de una sustancia y de tres personas sustituíbles perfectas, iguales, coeternas. Déjenos mantener una hipóstasis si ese es su deseo, y no hablar en absoluto de tres. Es un mal signo cuando los que piensan la misma cosa usan palabras diferentes. Déjenos estar satisfechos por la forma de credo que hasta ahora hemos usado. O, si usted lo piensa que es correcto que yo debiera hablar de tres hipóstasis, explicando lo que quiero decir con ellas, estoy preparado para asumirlo. Pero créame, hay veneno ocultado bajo su miel.

San Jerónimo de Estridón, Carta XV enviada a San Dámaso.[20]

Carta XVI a Dámaso[editar]

Esta carta, escrita unos meses después de la precedente, es otra petición a Dámaso para denunciar que la presión de los arrianos aumenta cada vez más y para que éste se pronuncie al respecto. Además, San Jerónimo declara que su respuesta a las facciones contrarias al régimen de Roma en Antioquía queda ejemplificada de tal forma que «únicamente quién se una a la silla de Pedro será aceptado por mí», mostrando su apoyo incondicional a Dámaso.

El enemigo infatigable me sigue de cerca, y los asaltos que sufro en el desierto son más severos que nunca; para delirios de frenesí de los arrianos y los poderes mundiales lo apoyan. La Iglesia está dividida en tres facciones y cada una de ellas está impaciente por cogerme para sí. La influencia de los monjes es de alto nivel y está dirigida contra mí. Mientras tanto, sigo gritando: «Únicamente quién se una a la silla de Pedro será aceptado por mí».

San Jerónimo de Estridón, Carta XVI enviada a San Dámaso.[21]

Carta XVIII a Dámaso[editar]

En la Carta XVIII San Jerónimo discute algunos detalles del Libro de Isaías.

Este escrito realizado en Constantinopla en el año 381 por San Jerónimo. En él se explican los detalles la visión registrada en el sexto capítulo del Libro de Isaías, y se extiende detallando su significado místico, además de estudiar el significado del término serafín (en hebreo, «seraphim» es una orden de ángeles con seis alas cada uno, descritos por «Isaiah» en la Biblia).

Algunos de mis precursores muestran al Señor sentado sobre un trono, Dios Padre, y utilizan la figura del serafín para representar al Hijo y el Espíritu Santo. No estoy de acuerdo con ellos, Juan expresamente nos dice que es Cristo, y no el Padre, a quien el profeta vio. [...] La palabra serafín podría significar brillo o inicio del discurso, y los dos serafines simbolizan el Viejo y Nuevo Testamento. ¿No se quemó nuestro corazón dentro de nosotros (dijeron los discípulos) mientras Él nos abrió las Escrituras?[n. 1] Además, el Antiguo testamento está escrito en hebreo, y ésta es, incuestionablemente, la lengua original del hombre.[...] Independemente, leemos en el Antiguo testamento y lo encontramos también en el Evangelio, y lo que leemos en los Evangelios se deduce del Antiguo Testamento. No hay ninguna discordia entre ellos, ningún desacuerdo. En ambos Testamentos se predica la Santa Trinidad.

San Jerónimo de Estridón, Carta XVIII enviada a San Dámaso.[22]

La carta es sensible a pruebas, lo que permite meticulosidad de los estudios de Jerónimo. No sólo hace varias citas a versiones griegas de Isaías en apoyo de su argumento, sino que vuelve al hebreo original y realiza interpretaciones que chocan en muchos casos con aquellas ya consagradas.[22]

Carta XIX a Jerónimo[editar]

En esta breve carta, enviada a San Jerónimo en el año 383, Dámaso le pide una explicación sobre la palabra Hosanna.[23]

Carta XX a Dámaso[editar]

En este texto escrito en Roma en el año 383, Jerónimo expone la respuesta a la pregunta del anterior. Analizando el error de Hilario de Poitiers, que supuso la expresión significarse «el rescate de la casa de David», continúa mostrando que en los evangelios es una cita del Salmo CXVIII (Súplica de David) y que su significado verdadero es redimir apelando a las escrituras en hebreo mientras afirma:[24]

Déjenos, abandone los arroyos de conjetura y vuelva al manantial. Es de las escrituras hebreas desde donde la verdad debe ser dibujada.

San Jerónimo de Estridón, Carta XX enviada a San Dámaso.[24]

Carta XXI a Dámaso[editar]

En esta carta Jerónimo, a petición de San Dámaso, da una explicación minuciosa de la parábola del hijo pródigo.[25]

Carta XXXV a Jerónimo[editar]

Dos de las cuestiones de Dámaso en esta carta giran en torno al capítulo 22 del Génesis donde Abraham debe sacrificar a su hijo Isaac como prueba de su fe.

En esta correspondencia, escrita en Roma en el año 384 a. C., Dámaso realiza cinco preguntas a Jerónimo:[26]

  • ¿Cuál es el significado de las palabras «Aquél que matare a Caín recibirá una venganza diez veces más mayor»?[n. 2]
  • Si Dios ha hecho todas las cosas buenas, ¿cómo es que le pide a Noé que se encargue de los animales impuros, y le dice a Pedro «No puedes llamar ordinario aquello que Dios ha purificado»?[n. 3]
  • ¿Cómo es que en el versículo 16 del capítulo XV del Génesis se aseguró que «con la cuarta generación volverán a reunirse de nuevo» para afirmarse en el versículo 18 del capítulo XIII del Éxodo que «en la quinta generación los hijos de Israel que se acercaron a las tierras de Egipto»?
  • ¿Por qué Dios dejó a Isaac, que era un hombre honrado y el entregado a Él, convertirse en «el estafador de Jacob»?[n. 5]
San Jerónimo de Estridón, Carta XXXV enviada a San Dámaso.[27]

Carta XXXVI a Dámaso[editar]

Este carta recoge las respuesta que San Jerónimo proporciona a Dámaso en referencia al anterior escrito. Para las preguntas segunda y cuarta remite a Dámaso a las escrituras de Tertuliano, Novaciano y Orígenes. Para las otras tres detalla distintas respuestas concisas al respecto.[27]

  • Sobre la primera pregunta, San Jerónimo entiende que puede significar «el asesino de Caín completará siete veces la venganza que debe ser ejecutada sobre él».[n. 2]
  • Jerónimo de Estridón propone tratar el versículo 18 del capítulo XIII del Éxodo junto con versículo 16 del capítulo XV del Génesis. 16, suponiendo que en un lugar la tribu de Leví se remite a otro en la tribu de Judas. Él sugiere, sin embargo, que las palabras dadas en el capítulo LXX «en la quinta generación» es más probable que signifiquen «adornado» o «cargado».
  • En respuesta a la pregunta sobre Isaac, San Jerónimo afirma:

Ningún hombre salvado que se ha dignado a poner su carne para nuestra salvación tiene un conocimiento total y un asimiento completo de la verdad. Paul, Samuel, David, Elisha, todos cometen errores, y los hombres santos sólo conocen lo que Dios les revela

San Jerónimo de Estridón, Carta XXXVI enviada a San Dámaso.[27]

Construcciones, restauraciones y escritos[editar]

La construcción más destacable de Dámaso fue la basílica de San Lorenzo Extramuros o «Casa de Dámaso», una basílica de Roma dedicada al diácono romano y mártir San Lorenzo. Fue construida bajo su propio mandato y convertida en su propia casa en el año 380.[28] Posteriormente restauró la básilica y la dotó con instalaciones para los archivos de la Iglesia Romana. Además construyó la basílica de San Sebastián en la Vía Apia y adornó de mármol el lugar conocido como La Platonia (Platona) en honor al supuesto traslado temporal a ese lugar en el año 258 de los cuerpos de los apóstoles Simón Pedro y Pablo de Tarso.[1]

Dámaso construyó un baptisterio en honor de Simón Pedro que todavía se conserva en las criptas vaticanas. También secó esta zona subterránea para que los cuerpos que se enterraran allí (beati sepulcrum juxta Petri) no pudieran ser afectados por agua estancada o por inundaciones.[1]

Existen escritos que confirman que también compuso varios resúmenes epigramas de diversos mártires y santos y algunos himnos en verso y prosa, pero ninguna de dichas obras se ha conservado. Sólo han sobrevivido algunas cartas, la mayoría espurias.[29]

Muerte[editar]

Tras haber vivido 80 años y gobernado la Iglesia 18 años murió el 11 de diciembre del año 384 y fue enterrado según el Liber Pontificalis junto con su madre y su hermana en una de las catacumbas de las iglesias que había hecho edificar entre los cementerios de Calixto y Domitilla en el camino de Ardea, hoy conocida como Vía Ardeatina o Vía Argentina; en la tumba que él mismo se había preparado alejada de las cenizas de los mártires, donde después se construyó sobre su sepulcro la basílica de San Dámaso.[4] Sin embargo parece que sus restos mortales fueron trasladados a la Iglesia de San Lorenzo[30] antes de que esta fuera destruida.

Las ruinas de la iglesia de san Dámaso fueron descubiertas en 1902 por monseñor Wilpert, quien encontró también el epitafio dejado por su madre. Gracias a ello se supo que su nombre era Lorenza, que había estado sesenta años viuda y que murió a los ochenta y nueve años tras haber conocido a sus bisnietos.[1]

En 1928 la Asociación Pro Catacumbas de San Dámaso, encargada de por la Santa Sede para la conservación y excavación de las mismas, estaba recaudando fondos para sufragar los gastos de conservación y estudios de las catacumbas de San Dámaso, para lo que solicitaron la emisión de unos sellos al gobierno español y al pontífice Pío XI. La autorización llegó mediante la orden 13/07/1928 que estableció que sólo se venderían en Santiago de Compostela y en Toledo, por lo que se emitieron dos series de dieciséis valores cada una con la imagen de Pío XI y Alfonso XIII.[31]

Bibliografía[editar]

  • Gacto Fernández, Enrique, Juan Antonio Alejandre García y José María García Marín, «Manual Básico de Historia del Derecho: Temas y Antología de Textos», pp.166-167. Lasex, 2006. ISBN 84-922890-0-7

Notas[editar]

Referencias[editar]

  1. a b c d e f g h i j k l m n Thomas J. Shahan (traducción de Félix Carbo), San Dámaso I, Papa, La Enciclopedia Católica, acceso 26 de junio de 2007.
  2. José Antonio Vaca de Osma, embajador de España, «Historia de España para jóvenes del siglo XXI», editorial Rialp, Alfa y Omega. Acceso 31 de julio de 2007.
  3. Profesor Franco Maria Boschetto 20 Papi Più Longevi della Storia, acceso 24 de septiembre de 2007 (en italiano).
  4. a b c d e San Dámaso I, Papa, ACI Prensa, «Lo que todo católico necesita saber», acceso 20 de septiembre de 2007.
  5. a b c d e f g h i Conoceréis la Verdad, San Dámaso era español de nacimiento; nació en el año 304, acceso 24 de septiembre de 2007.
  6. a b Reverendo Alban Butler, The Lives or the Fathers, Martyrs and Other Principal Saints Vol.III («Las Vidas de los Padres, Mártires y otros Santos Principales Vol.III») (en inglés)
  7. Ambrosio de Milán, Epístola IV.
  8. Faustino y Marcelino «Libello Precum», P.L. XIII, 83-107.
  9. a b c Biographybase, Pope Damasus I Biography, acceso 24 de septiembre de 2007 (en inglés).
  10. a b Gacto Fernández, Enrique; Alejandre García, Juan Antonio y García Marín, José María (1997), Manual básico de historia del derecho: temas y antología de textos (primera edición), Laxes, pp. 166-167, ISBN 84-922890-0-7, http://books.google.com.ar/books?id=7ymzOwAACAAJ 
  11. cfpeople.org. «Defending the Faith, St. Damasus I» (en inglés). Consultado el 24 de septiembre de 2007.
  12. Johannes Dominicus Mansi, Sacrorum conciliorum nova et amplissima collectio, capítulo VIII, versículo 158. Venecia, 1759-1798.
  13. conoze.com. «San Dámaso I». Consultado el 18 de agosto de 2007.
  14. Código Teodosiano, capítulo XVI, versículos 1 y 2.
  15. Ambrosio de Milán, Epístola 17, versículo 10.
  16. Johannes Dominicus Mansi, Sacrorum conciliorum nova et amplissima collectio, capítulo III, versículo 628. Venecia, 1759-1798.
  17. Liber Pontificalis, traducción de Louis Marie Olivier Duchesne, 1877.
  18. Den Katolske Kirke Den hellige pave Damasus I (~305-384), acceso 24 de septiembre de 2007 (en noruego)
  19. a b Asociación Bibliotecológica de Guatemala
  20. Cristhian Classics Ethereal Library, Letter XV. To Pope Damasus. (Carta XV. Al Papa Dámaso)
  21. Cristhian Classics Ethereal Library, Letter XVI. To Pope Damasus. (Carta XVI. Al Papa Dámaso)
  22. a b Cristhian Classics Ethereal Library, Letter XVIII. To Pope Damasus. (Carta XVIII. Al Papa Dámaso)
  23. Cristhian Classics Ethereal Library, Letter XIX. To Pope Damasus. (Carta XIX. Al Papa Dámaso).
  24. a b Cristhian Classics Ethereal Library, Letter XX. To Pope Damasus. (Carta XX. Al Papa Dámaso).
  25. Cristhian Classics Ethereal Library, Letter XXI. To Pope Damasus. (Carta XXI. Al Papa Dámaso).
  26. Cristhian Classics Ethereal Library, Letter XXXV. To Pope Damasus. (Carta XXXV. Al Papa Dámaso).
  27. a b c Cristhian Classics Ethereal Library, Letter XXXV. To Pope Damasus. (Carta XXXV. Al Papa Dámaso).
  28. «San Lorenzo in Damaso», por Chris Nyborg.
  29. Jaffé,«Reg. Rom. Pontif»., Leipzig 1885, pp. 232-254.
  30. Catholic.net, Dámaso I, Santo, acceso 8 de noviembre de 2007.
  31. Oswald Schier, Manual de la Filatelia española, Fundación A. de Figueiredo para la filatelia, Madrid, 2000. ISBN 84-931700-0-3

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