Tertulia

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Saltar a: navegación, búsqueda
Fachada de madera del Café Gijón de Madrid, famoso por su tertulia en la posguerra.

Una tertulia es una reunión informal y periódica de gente interesada en un tema o en una rama concreta del arte, la ciencia o la filosofía, para debatir e informarse o compartir y contrastar ideas y opiniones. Por lo general, esta reunión se da por la tarde o la noche en un cenáculo, café, cafetería o cervecería (menos frecuentemente, y por lo general en ámbitos más rurales, en una rebotica o casino) y suelen participar en ellas personas del ámbito intelectual. Es costumbre de origen español, asociada a veces a la costumbre hispánica de la charla de sobremesa, y se mantuvo arraigada hasta mediados del siglo XX en las colonias independizadas del imperio español. A los asistentes se los llama «contertulios» o «tertulianos».

El vocablo[editar]

La voz de origen incierto tertulia empieza a utilizarse en el siglo XVIII y figura ya en el Diccionario de Autoridades (1739) en el sentido de "Junta voluntaria o congreso de los discretos para discurrir en alguna materia" y en el más mundano de "Junta de amigos y familiares para conversación, juego y otras diversiones honestas" que se solía dar tras la comida, en la llamada sobremesa. El galicismo salón no se incorpora al DRAE sino en 1925 en el sentido de "Reunión habitual en una morada de personas distinguidas por su condición o por su cultura", que suele usarse en la forma del plural salones. En el XIX se prefiere el uso de este último término, sobre todo si se refiere al ámbito aristocrático y habida cuenta de que con él se designa no solo la reunión, sino también el monumental marco físico en que se desarrolla; únicamente un escritor tan castizo como Juan Valera, aunque conoce ambos términos, muestra una abierta preferencia por el de "tertulia" frente al de "salón".

Clases, normas y funciones de las tertulias[editar]

El antiquísimo Café de Fornos, teatro de numerosas tertulias, entre ellas la de Vital Aza, en una fotografía del año 1908. Hoy en día está ocupado por un Starbucks.

Puede haber tertulias taurinas, literarias, teatrales o de cualquier tipo, incluso tertulias de carácter general, y con frecuencia giran alrededor de un personaje famoso que asiste regularmente e incluso puede darles nombre: "La tertulia itinerante de Cansinos", "La tertulia de Valle-Inclán"... Aunque lo corriente es que se bautice por el nombre del local que la aloja, lo que puede resultar algo confuso, pues hubo a veces varias tertulias a horas distintas o en épocas diferentes en un mismo café.

Es norma no instituida, pero generalmente asumida, la de atacar y desacreditar impíamente a la persona que no viene a la tertulia o durante el tiempo en que se ha demorado en llegar, lo que sirve para que nadie falte y todos se tomen en serio su asistencia y pertenencia a ella. Los habituales a la tertulia son los denominados tertulianos o contertulios.

Una tertulia de buen nivel suele ser un instrumento educativo de primer orden y lo primero que se aprende en ellas es tolerancia y sentido crítico. Por otra parte, una tertulia permite a los interesados por un tema amistar y estrechar relaciones con los de su gremio y enriquecer su cultura, y a los neófitos aprender de los más experimentados y conocer informalmente a las personas de su esfera. Las hay de dos tipos: estables (en un solo lugar) e itinerantes (que se mudan de sitio periódicamente). Estas últimas son mucho más informales y menos frecuentes.

Historia de las tertulias españolas[editar]

La tertulia, que algunos quieren hacer derivar del fogoso y polemizador teólogo cristianorromano Tertuliano, tendría sus orígenes en las llamadas academias literarias del Siglo de Oro, como la valenciana Academia de los Nocturnos o la de Sevilla, dirigida por el Duque de Tarifa, que se reunía en la Casa de Pilatos.

En Madrid fueron famosas la Academia Selvaje, nacida en 1612, y la Academia Mantuana, ante la que Lope de Vega, frecuente secretario de estas instituciones, leyó su Arte nuevo de hacer comedias (1609). Otros afirman que estas reuniones tuvieron comienzo en las que realizaban los críticos al acabar una pieza teatral en la zona de los corrales de comedias denominada tertulia, pero ambas teorías no son en modo alguno excluyentes y pueden confluir con la costumbre de tomar el café que concluye una comida fuera de casa, de forma que en la cafetería de un sector de la ciudad donde habitan muchos intelectuales suelen congregarse estos a la misma hora.

En otros países existieron y existen instituciones, si no similares, al menos muy parecidas. En Francia puede llamarse tertulia a la costumbre de los salones del siglo XVIII en los cuales una dama recibía los galanteos de una serie de intelectuales, escritores y artistas; en Inglaterra, los clubs son una institución parecida, pero de carácter más formal. En España, una velada, sarao o soirée podía perfectamente terminar o completarse con una tertulia entre gente que departía amigablemente sobre todo lo divino y lo humano, y en concreto sobre la actualidad política y cultural. En Italia, las reuniones tenían un carácter más formal desde el establecimiento a fines del siglo XVII de la Academia de los Arcades de Roma y sus distintas corresponsales en el resto de la península. Pero el carácter informal y sin «acta» escrita de la tertulia impide considerar a las academias de origen italiano como asociables al fenómeno estrictamente oral de la tertulia española, fenómeno lateral a la existencia, también en España, de academias literarias (véase Academias literarias).

Fueron célebres en el siglo XVIII la granadina Academia del Trípode, y, entre las tertulias, la de la Fonda de San Sebastián o la que mantenía el helenista Pedro Estala en su celda de escolapio. Por otra parte, muchos nobles solían reunir en salons a lo francés a escritores para hacerlos partícipes de juegos cortesanos o representaciones teatrales de aficionados; en otras ocasiones, solían hacer coincidir a escritores enemigos u opuestos para divertirse con las mutuas asperezas de ambos, algo de lo que ya se quejaba Tomás de Iriarte en prosa y en verso. Menos formales, también se constituyeron sociedades dieciochescas de libertinos para organizar bailes nocturnos, como la de la Bella Unión.

La costumbre de los salons franceses, desde el primero, de madame Catalina de Rambouillet, durante el Preciosismo seiscentista, en que era cuestión del más reputado honor exhibir el ingenio más agudo, se prolongó en numerosos otros que lo imitaron a lo largo del siglo XVIII. También en otros países y ciudades cosmopolitas, como por ejemplo en la San Petersburgo rusa o en la Cádiz sitiada por las tropas francesas durante la Guerra de Independencia, se reunían en las numerosas tertulias de la ciudad los liberales que nada más podían hacer, limitándose en no pocas ocasiones a jugar solamente al monte, como cuenta Antonio Alcalá Galiano en sus Memorias.

El establecimiento de Sociedades Económicas de Amigos del País a fines del siglo XVIII facilitó la creación de este tipo de asociacionismo, así como la difusión de la prensa, que se solía leer habitualmente en los cafés y casinos, de forma que el comentario de las noticias o su contraste en periódicos de orientación diferente formaba en estos lugares improvisadas, animadas y hasta agitadas tertulias que, a su vez, podían generar más formales sociedades económicas o, más frecuentemente, sociedades patrióticas. La creación de estas últimas fue fomentada por parte de los de los liberales a comienzos del XIX, sobre todo en el Trienio Liberal (1820-1823).

Algunos de los componentes habituales de la tertulia del Parnasillo aparecen en este cuadro de Antonio María Esquivel, reunidos en su estudio en 1846.

En el XIX fueron famosas, entre otras, la tertulia romántica literaria de El Parnasillo, que se reunía en el Café del Príncipe de Madrid, la de escritores posrománticos de La Cuerda en Granada y su extensión en Madrid, que era la mantenida por Gregorio Cruzada Villamil, la del Café Suizo, también en la capital, de los hermanos Bécquer o la de escritores realistas del Bilis club en Madrid, integrada por Leopoldo Alas "Clarín" y otros escritores asturianos.

A principios del XIX mantenía una en Sevilla Juan José Bueno. En Madrid el músico Santiago Masarnau reunía a personajes de todas las artes y se hizo muy influyente y poderosa la que en su casa mantenía el académico Marqués de Molíns y, en los años sesenta, congregó el dramaturgo Eduardo Asquerino en la suya a numerosa gente de teatro que podía tomar el té y leer obras literarias en voz alta; de ella nació la idea de fundar un Teatro Nacional. El periodista y crítico Manuel Cañete reunía en su casa a selectos contertulios y la de Wenceslao Ayguals de Izco tenía carácter democrático y mezclaba a literatos y a músicos, de forma que a veces se celebraban conciertos.

La construcción de nuevos espacios de socialización como los casinos, ateneos y liceos, sobre todo a partir de la Revolución de 1868, posibilitó asimismo la creación de tertulias fijas en las provincias; en otras ocasiones las tertulias se celebraban en reboticas o lugares parecidos. Paralelamente la aristocracia se reunía en sus salones para distinguirse de esas tertulias burguesas y a finales del siglo XIX ya era una costumbre plenamente establecida con una rígida rutina: las reuniones de sociedad en Madrid empezaban el 4 de noviembre, día de San Carlos, con la celebración que daban en su hotel los barones del Castillo de Chirel. A partir de esa fecha, recibían en sus casas o palacios todos los señores destacados al menos un día a la semana; los lunes los señores de Bauer en su palacio de la Calle San Bernardo; los lunes por la noche había velada en casa de los Esteban Collantes; los viernes por la tarde en casa de la Marquesa de Bolaños. La marquesa de Esquilache reunía a gente muy poderosa: recibía miércoles y viernes y concurrían políticos como Eduardo Dato y escritores como la condesa Emilia Pardo Bazán; sobre sus losas se forjaron y derribaron gobiernos. Las invitaciones solían redactarse en francés.

Entre los siglos XIX y XX hubo una gran tertulia bibliófila y erudita en el palacio y biblioteca sevillanos de Juan Pérez de Guzmán y Boza, II Duque de T'serclaes de Tilly a la que asistía su hermano gemelo de Manuel Pérez de Guzmán y Boza, marqués de Jerez de los Caballeros, ambos propietarios de las bibliotecas privadas más importantes de España entonces, junto con Francisco Collantes de Terán, Manuel Gómez Imaz, José María de Hoyos y Hurtado, Luis Montoto, Cano y Cueto, Joaquín Hazañas y La Rúa, José Vázquez y Ruiz, José Gestoso y Pérez, Francisco Rodríguez Marín, el impresor Enrique Rasco y, ocasionalmente, cuando pasaba por Sevilla, Marcelino Menéndez Pelayo, entre otros. De ámbito más reducido era la tertulia nocturna, también erudita, de Juan Valera en su casa en Madrid, que reunía al citado don Marcelino Menéndez Pelayo, a Ramón Pérez de Ayala y otros.

El primer tercio del siglo XX fue muy abundante en tertulias. El centro más importante era el Nuevo Café de Levante; desde los últimos años del siglo XIX hasta la guerra europea, este fue el centro de reunión de las tertulias más importante de Madrid, al que no dejaban de acudir tanto consagrados como jóvenes promesas y escritores caídos en el olvido. Todos acudían allí para dar a conocer sus obras y pensamientos. En palabras de Valle-Inclán, «el Café de Levante ha ejercido más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias».

En la ciudad universitaria de Salamanca, el Café Novelty hizo desde 1905 de punto de encuentro de la vida cultural de la ciudad, habitual ha sido la presencia de literatos en sus mesas, como Miguel de Unamuno, Ortega y Gasset, Carmen Martín Gaite, Francisco Umbral, Torrente Ballester o Víctor García de la Concha.

En el madrileño Café de Fornos estaba una, de raíz muy antigua, que se conocía como la de Vital Aza, pasado Virgen de los Peligros, y allí se reunía una gavilla cosmopolita compuesta por artistas, escritores, actores y actrices, toreros, futbolistas. En el Café de Gato Negro, en la calle del Príncipe, junto al Teatro de la Comedia, Jacinto Benavente mantenía una tertulia modernista. Tenía techo bajo, escasa iluminación, grandes divanes y, al fondo, un postizo que por las noches se abría y comunicaba el Café con el Teatro.

Dos tertulias fueron rivales en promocionar la vanguardia artística a principios del siglo XX; Rafael Cansinos Assens tenía una itinerante que empezaba en el Café Colonial de Madrid, cerca a la Puerta del Sol, donde se daba cita un público variadísimo, en el que destacaba la presencia de pintores, artistas y poetas extranjeros llegados a España con la guerra de 1914; rival suya era la de Ramón Gómez de la Serna, en el antiguo Café y botillería de Pombo, en la calle Carretas; esta era acaso la más importante y seguida de Madrid y en su nacimiento se prohibió hablar de la guerra, sirviendo de refugio a todos aquellos que se hartaban en otros cafés donde sólo se hablaba de eso. Se establecía los sábados por la noche, después de la hora de cenar; en su viejo sótano se reunían incluso hasta las tres de la madrugada; pero había muchas otras.

José Ortega y Gasset tenía la suya en La Granja del Henar; en el Café Marfil, esquina Cedaceros, pasó Jacinto Benavente sus últimos días como tertuliano; en la calle Sevilla estaba el Café la Ballena Alegre, donde se reunieron entre otros José Antonio Primo de Rivera y su guardia falangista; en el Café León se daban tertulias de eruditos y periodistas. Al Café del Prado, en la calle del Prado, amplio, con espejos y veladores de mármol, acudieron a lo largo de su historia Gustavo Adolfo Bécquer, Ramón y Cajal, Menéndez Pelayo, Buñuel y Lorca, o el académico Melchor Fernández Almagro.

El Café Español era frecuentado por los hermanos Manuel y Antonio Machado; los del Café Europeo y Café Comercial se pasaron al Café Gijón, que tuvo fama desde principios de siglo; su influencia creció hasta alcanzar su punto culminante en la posguerra.

En la Cervecería de Correos comenzaron a reunirse los jóvenes poetas de la Generación del 27 y allí fue donde Lorca se citaba con los escritores y antiguos compañeros de la Residencia de Estudiantes; en el café Jorge Juan lideraba tertulia José Francés; en el café de Roma Gregorio Marañón y sus pupilos del Ateneo de Madrid preparaban proclamas contra la monarquía agonizante.

En el Café Lyon se daban varias tertulias. La primera contaba con personajes como José Bergamín, Ignacio Sánchez Mejías y Melchor Fernández Almagro, entre otros; la segunda era llamada «tertulia del banco azul», pues estaba formada por hombres del Gobierno de la República; la tercera era la de Pittaluga, Guillermo de Torre, Obregón y Francisco Ayala, entre otros; por último, se congregaba a la noche una tertulia que dirigía de vez en cuando Ramón María del Valle-Inclán, con Anselmo Miguel Nieto, Salvador Pascual, Penagos...

El 14 de abril de 1931 muchos de los tertulianos se convirtieron en padres de la patria en el Senado o en el Congreso; es el caso de Manuel Azaña o José Calvo Sotelo. Tras la Guerra Civil se fundó la tertulia de Antonio Díaz-Cañabate y José María de Cossío en el Café Aquarium de Madrid, pero luego se trasladó al Café Kutz y por fin al Lyon d'Or, como cuenta en su Historia de una tertulia (1952) el escritor que le dio nombre. Hacia 1955 se reunió en el Lyon la tertulia de los narradores de la generación de 1955 o del medio siglo, presididos por Antonio Rodríguez Moñino, que había sido expulsado de su cátedra por sus simpatías hacia la República. Allí se reunían Alfonso Sastre, Rafael Sánchez Ferlosio, e Ignacio Aldecoa, entre otros, que desde 1949 se reunían en la famosa tertulia del café Gambrinus, primero teatral y literaria, luego filosófica y por último artística.

En otros lugares de España proliferaron también las tertulias; fue famosa la tertulia del Rinconcillo en Granada, donde estuvo Federico García Lorca. Se encontraba en la Plaza de los Campos, en un café actualmente ocupado por el restaurante Chikito.

Últimamente prolifera el fenómeno de las tertulias radiofónicas que discuten la actualidad política; están formadas en su mayor parte por periodistas y suelen generar corrientes de opinión, por lo cual son muy temidas por los dirigentes políticos, quienes con frecuencia procuran controlarla o contrarrestarlas con otras creadas por ellos.

En algunos lugares de Argentina se ultiliza la frase estoy tertuliado para indicar un estado de agotamiento extremo, haciendo referencia a las condiciones en que quedaban las personas después que participaban en una tertulia.

Literatura sobre tertulias[editar]

Siendo tan literarias, las tertulias han engendrado una literatura más bien informal sobre sus actividades. Existen libros más o menos serios desde el de Francisco de Paula Mellado (Tertulia de invierno, 1831), meramente recreativo. Llegaron luego los de Juan José Bueno (Tertulia literaria. Colección de poesías selectas leídas en las reuniones semanales celebradas en casa de Juan José Bueno, Sevilla, 1861); Eugenio Rodríguez Ruiz de la Escalera, "Monte-Cristo", Los salones de Madrid (s. a.); Antonio Espina (Las tertulias de Madrid); Ramón Gómez de la Serna (La sagrada cripta de Pombo); Rafael Cansinos Asséns, (La novela de un literato); Antonio Díaz Cañabate (Historia de una tertulia, 1952); Enrique Romeu Palazuelos (La Tertulia de Nava, 1977); Antonio Bermejo (Tertulia de la nave errante, 1993); Juan Ángel García Torres, (Trasfondo histórico de una "tertulia" madrileña: Valle-Inclán y el Café de Levante, 1978); Ignacio Sanz y Francisco Otero (Las palabras vuelan. 25 años de la tertulia de los martes, Segovia, 2007); Francisco Molíns (La tertulia, 1994); José Martínez Arenas (La tertulia del bar Lauro, 1963); Pablo Beltrán de Heredia (El doctor Díaz Caneja y su tertulia, 1990), Martín López-Vega (Tertulia Oliver, Gijón, 1995); Francisco Umbral (La noche que llegué al café Gijón); Alfonso Reyes (Tertulia de Madrid, 1949); Carlos Muñoz (El Trascacho, historia de una tertulia literaria, 1981); José Miguel Torres Medina (Mi tertulia y su entorno. Anécdotas y recuerdos de una tertulia taurina, 2006); Maria Aurelia Capmany (Aquelles dames d'altre temps: una crònica de la Barcelona de fi de segle a través dels comentaris aguts i divertits d'una tertúlia d'amigues); Adelaida Las Santas (Versos con faldas (breve historia de una tertulia literaria fundada por mujeres en el año 1951); 1983 y Fernando Díaz-Plaja (Arte de hablar); pero también obras de ficción, como las de Ramón María del Valle-Inclán (Una tertulia de antaño); Pío Baroja (La tertulia de Paco Lecea); Álvaro Cunqueiro (Tertulia de boticas prodigiosas, 1976); Rosa Chacel (Tertulia en el bar Himeto); el ya citado Antonio Díaz Cañabate Tertulia de anécdotas (1974), José Robles, Tertulias españolas, 1938; Miguel Pérez Ferrero, Tertulias y grupos literarios (1974); Mariano Tudela, Aquellas tertulias de Madrid (1985); José Alberto Vallejo del Campo, Tertulias y círculos intelectuales del Santander de la restauración (2008); Antonio Velasco Zaza, Panorama de Madrid. Tertulias literarias (1952); Antonio Gallego Morell, "Las tertulias románticas en España" (1973); Antonio Bonet Correa, Los cafés (Cafés históricos; Tertulias románticas; Cafetines y tabernas; Cafés y vanguardias; etc.) (1987).

Véase también[editar]

Referencias[editar]

  • Andreas Gelz, Tertulia. Literatur und Soziabilität im Spanien des 18. und 19. Jahrhunderts. Frankfurt: Vervuert, 2006.
  • Antonio Espina, Las tertulias de Madrid. Madrid, Alianza Editorial, 1995.
  • Jose Luis Urreiztieta, Las tertulias de rebotica en Espana (siglo XVIII-siglo XX); prólogo de Enrique Tierno Galván, Madrid: Ediciones Alonso, 1985.
  • Antonio Mariscal Trujillo, La tertulia española. Sus orígenes y tradición en la provincia de Cádiz, Cádiz, 1998.

Enlaces externos[editar]