Ignacio de Antioquía
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| Ignacio de Antioquía | |
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Icono moderno. |
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| Nacimiento | ca. 40 |
| Muerte | ca. 114 Roma |
| Venerado en | Iglesia Católica Romana, Iglesia Ortodoxa |
| Festividad | 17 de octubre |
| Atributos | Báculo pastoral, palma, leones. |
Ignacio de Antioquía es uno de los llamados Padres de la Iglesia y, más concretamente, uno de los Padres Apostólicos por su cercanía cronológica con los apóstoles.[1] Es autor de siete cartas[2] que redactó en el transcurso de unas pocas semanas,[3] mientras era conducido desde Siria a Roma para ser ejecutado o, como él mismo escribió:
| “ | ...«para ser trigo de Dios, molido por los dientes de las fieras y convertido en pan puro de Cristo» | ” |
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— Ignacio de Antioquía. (Rom 4.1)
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Su arresto y ejecución se produjeron a comienzos del siglo II. Antes de eso sólo se sabe que fue obispo de la ciudad de Antioquía de Siria. El conocimiento sobre Ignacio se centra, por tanto, en el final de su vida pero ya sólo con eso es uno de los Padres Apostólicos mejor conocidos.[4]
El descubrimiento y la identificación de las cartas de Ignacio se produjo a lo largo de los siglos XVI y XVII, tras un arduo y polémico proceso, no exento en algunos momentos de agudeza e ingenio. La temática «procatólica» de las cartas soliviantó los ánimos de teólogos protestantes como Juan Calvino,[5] que las impugnaron enérgicamente.[6] La polémica entre católicos y protestantes continuó hasta el siglo XIX en que se alcanzó un consenso sobre cuántas cartas, y cuáles, fueron escritas realmente por Ignacio.[7] Desde entonces, la opinión mayoritaria, pero no indiscutida, es que Ignacio escribió cartas a las comunidades cristianas de Efeso, Magnesia del Meandro, Trales, Roma, Filadelfia y Esmirna, además de una carta personal al obispo Policarpo de Esmirna, otro «Padre de la Iglesia» y también «Padre Apostólico». Los escritos de Ignacio están próximos en el tiempo a la redacción de los evangelios y buena parte de la investigación ignaciana está centrada en esclarecer su relación con ellos. Las cartas ofrecen, además, valiosos indicios sobre la situación interna y externa de las comunidades cristianas a finales del siglo I y comienzos del siglo II.
En el ámbito litúrgico, Ignacio es un mártir[8] del cristianismo y uno de los santos de la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa, que celebran su festividad el 17 de octubre[9] y el 20 de diciembre,[10] respectivamente.
[editar] Las fuentes
La información sobre la vida de Ignacio proviene principalmente de sus cartas.[11] A través de ellas, es posible reconstruir en alguna medida[12] la dramática[13] circunstancia en la que fueron redactadas.
Ignacio no pretendía informar con sus escritos sobre una situación que todos sus interlocutores conocían de primera mano sino que, al hilo de la necesidad de ofrecer consejo y reflexión, fue dejando por sus cartas migajas de información que, con el paso de los siglos y la ausencia de otras fuentes, se han convertido en apuntes de inapreciable valor. Sus escritos tienen, por tanto, un marcado carácter circunstancial y hablan sobre todo del encuentro entre un obispo cristiano condenado a muerte y unas gentes que, atraídas por su fama, salieron a su paso a saludarle y hacer más llevadero su calvario.
Las cartas de Ignacio son el fruto de esos encuentros, así como el testimonio de su preocupación y agradecimiento.[16] Es lo único que queda de su obra, si es que alguna vez la hubo.[17] Ignacio entró en la historia gracias al atípico[18] periplo martirial que le llevó desde Siria a Roma, pero se ha mantenido en ella gracias a sus cartas. Sin ellas, los siglos que le sucedieron no habrían conservado sobre él nada más que una leyenda.[19]
Una segunda fuente de información proviene de las reseñas consignadas en las obras de diversos autores eclesiásticos, varios de ellos Padres de la Iglesia. Estos apuntes no son independientes de las cartas, que muchos conocieron y leyeron pero, además de la información deducible de las mismas, llegan de su mano otras noticias, acuñadas quizá por la tradición de las comunidades. Como es habitual, se debe a Eusebio de Cesarea (principios del siglo IV)[20] el resumen más completo y verosímil de las mismas.[21] Antes que él se conservan los testimonios fragmentarios y más bien casuales de Policarpo, Ireneo de Lyon y Orígenes. Después de él, hay que mencionar el panegírico del antioqueno Juan Crisóstomo (finales del siglo IV), que recoge la tradición tres veces centenaria de la comunidad del Orontes. Más tarde, despunta el otro gran antioqueno del siglo V, Teodoreto de Ciro, quién al hilo de las disputas cristológicas de su época recopiló en su obra ‘’Eranistes’’ numerosas[22] citas patrísticas que luego servirían para contrastar la autenticidad de las cartas de Ignacio. Estos dos autores, aunque alejados del tiempo de Ignacio se beneficiaron todavía de la tradición antioquena. Más allá del siglo V y fuera de Antioquía los autores ya no son capaces de ofrecer noticias fiables. En este sentido, el testimonio de Eusebio suele prevalecer en la opinión de los eruditos y esto ha sido así en líneas generales desde que comenzaran en el siglo XVI las disputas entre católicos y protestantes.
Además de la fuentes anteriores existen también diversos documentos que acompañan la cuestión ignaciana a modo de apéndices. Carecen en general de fiabilidad histórica pero no por ello dejan de tener cierto interés. Se conserva un relato tardío de su martirio donde, por ejemplo, se señala el 20 de diciembre[23] como la fecha de su martirio en Roma. Es un dato incontrastable, pero es probable que el autor del martirio consignase la fecha tradicional de las comunidades cristianas.[cita requerida] Se conservan también cartas apócrifas de propósito diverso que simulan haber sido escritas o recibidas por Ignacio durante su viaje a Roma y que la labor crítica considera espurias de forma unánime.
De todas estas fuentes, se desprende una exigua Vida de Ignacio que tiene su parte hipotética pero que es todo cuanto hay. Tan importante como eso es, sin embargo, que dicha vida está inmersa en un contexto histórico que la sostiene y alarga. Detrás de Ignacio, existen lugares, sucesos y gentes que estaban presentes en la mente de todos quienes vivieron esos momentos y que prolongan esta vida de Ignacio hacia el complejo horizonte del cristianismo primitivo de los apóstoles.
[editar] Los lugares y las gentes
Antioquía de Siria, Antioquía del Orontes, Antioquía «la Grande» o Antioquía «la Bella»[24] era una de las ciudades más importantes del Imperio romano. La tercera urbe más poblada, después de Roma y Alejandría.[25] [26] Se calcula que su población rondaba los doscientos mil[27] o incluso el medio millón de habitantes.[28] Se sabe por Flavio Josefo (Bellum 7, 46) que existía una importante comunidad judía en la ciudad, formada por unas 50.000 personas.[29] Poco después[30] de la muerte de Jesucristo y a raíz de la llegada de judeocristianos helenistas expulsados de Jerusalén, se formó en Antioquía una comunidad cristiana[31] [32] que, con el tiempo, llegó a convertirse en una de las iglesias más prestigiosas.[33] Era una de las cinco iglesias que integraban la llamada Pentarquía, y ello no sólo por su rica historia sino también por la existencia de una fuerte escuela de teología que rivalizó en importancia con la de Alejandría de Egipto.
El cristianismo recibió en Antioquía una suerte de bautismo. Según el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 11, 26), Antioquía fue el primer lugar donde los discípulos fueron llamados cristianos. En la aplicación de este nombre, se trasluce ya un conflicto que se agravaría con los años pues, en la misma medida en que fueron llamados cristianos, dejaron de ser llamados judíos. Con esa denominación, acuñada en el exterior de los círculos cristianos,[34] se constató la aparición de una «tertium genus», una tercera raza de gentes que no eran judíos pero tampoco paganos.[35] El cristianismo, que comenzó su andadura como una secta del judaísmo, dejó de serlo en Antioquía.
Antioquía fue la primera ciudad en asumir, no sin fuertes tensiones, la existencia de un cristianismo no judío. Ello fue un primer ensayo del conflicto que acabaría con la escisión posterior entre el cristianismo y el judaísmo y su repulsa mutua.
Los comienzos de la comunidad antioquena están asociados al apóstol Bernabé[36] [37] quién atrajo hasta allí a Pablo de Tarso. Pablo pasó una larga temporada de su vida en el ámbito de la comunidad antioquena, en la que dejó una huella de la que Ignacio es deudor. [38] Según la Carta a los Gálatas, Pablo y Bernabé se contaron entre los defensores del cristianismo pagano. [39] Después de la Asamblea de los Apóstoles, Pablo de Tarso asumió la misión de predicar el Evangelio entre los pueblos paganos, también llamados gentiles o incircuncisos. Esto implicaba que tenía que alejarse de la zona de influencia de Antioquía y predicar donde ningún cristiano hubiese llegado. Por algunos comentarios de sus cartas, se sospecha que Pablo tenía el pensamiento de llegar a Roma para realizar su misión.
La ruta desde Antioquía a Roma, descartado un viaje directo por mar entre ambas ciudades, implicaba cruzar el territorio de la actual Turquía desde la esquina sudoriental donde estaba emplazada Antioquía hasta la esquina opuesta Noroccidental donde se encontraba la región y la ciudad de Troade, que tiempo atrás albergó la mítica ciudad de Troya. Este primer objetivo, que sería la parte asiática del trayecto, podía hacerse por mar, bordeando la costa de Turquía y recalando en ciudades como Efeso o Esmirna, o podía hacerse por tierra siguiendo la diagonal del actual territorio turco. El próspero puerto de Tróade, Troas o Alejandría Troas,[40] era en el siglo I uno de los pasos naturales entre Asia y Europa. Tenía la ventaja de enlazar directamente con Macedonia y evitar al viajero un incómodo rodeo a través de Bitinia y Bizancio. El pasaje entre los dos continentes se realizaba por mar, en un trayecto de 230 km[41] que hacía escala en la isla de Samotracia.[42] La travesía terminaba en Neápolis de Macedonia, puerto de la vecina Filipos. La ciudad de Filipos estaba enclavada en la principal arteria del imperio oriental, la llamada Vía Egnatia. Esta calzada era el camino más corto entre Roma y Bizancio. Cruzaba la provincia de Macedonia, atravesando la importante población de Tesalónica, para luego separarse de la costa del Mar Egeo y atravesar los Montes Balcanes hasta Dirraquio, sito ya frente a Italia, en la costa adriática. Una vez en Dirraquio una ruta marítima enlazaba con el puerto de Brindisi, situado en el talón de la península itálica. Desde allí, la Vía Apia conducía directamente a Roma.
Según el libro de los Hechos, Pablo y su compañero Silas salieron a pie de Antioquía y llegando a Tarso, se separaron de la costa tomando la carretera del Tauro y atravesaron las Puertas Cilicias. Una vez en la Anatolia central, cruzaron el territorio hasta llegar a Tróade. Según el libro de los Hechos, Pablo estuvo en Troas hasta que una visión le impulsó a cruzar a Europa. Una vez en suelo europeo, Pablo fundó una primera comunidad en Filipos y, poco después, otra en Tesalónica. Cuando parecía que iba a continuar por la Vía Egnatia camino de Roma, se desvió hacia el sur, primero a Atenas y luego a Corinto, donde fundó una tercera comunidad. Filipos, Tesalónica y Corinto fueron fundadas siguiendo el modelo paganocristiano. Concluida su misión en Europa, Pablo regresó a Asia y se asentó en Efeso, la ciudad de Artemisa. Desde Efeso, Pablo propagó el cristianismo a las localidades vecinas de Asia. Tiempo después, Pablo tuvo la oportunidad de viajar a Roma, quizá como prisionero, y allí fue ejecutado. Estos lejanos acontecimientos
Según la tradición, Pablo escribió cartas a siete comunidades: Tesalónica, Corinto, Filipos, Efeso, Colosas, Galacia y Roma. En tiempos de Ignacio, las cartas de Pablo estaban reunidas en una colección más o menos conocida y compartida. Cuando Ignacio escribió a los Efesios tanto él como ellos tenían presente la carta escrita por Pablo cincuenta años antes.[43] Igual ocurrió con su carta a los Romanos.
[editar] Vida y obra de Ignacio
[editar] Las cartas
Todas las cartas están escritas con un estilo libre y ardoroso que no se ciñe a las formas retóricas.[44] [45] [46]
El prescripto de las cartas es «Ignacio, también llamado Teoforo,...» sobrenombre que quiere decir «el que lleva a Dios» o «portador de Dios»,[47] aunque se discute si éste era su segundo nombre o un sobrenombre.[cita requerida]
La influencia formal de las epístolas paulinas en la correspondencia ignaciana se percibe por todas partes.[48]
Estas cartas han probado ser influyentes en el desarrollo de la teología cristiana, ya que el número de escritos existentes de este período de la historia de la iglesia es muy pequeño. Ellas llevan signos de haber sido escritas con gran prisa y sin un plan concreto, como oraciones corridas y una sucesión asistemática del pensamiento. [49]
[editar] Del limbo de la historia hasta Antioquía
No se sabe en qué año nació Ignacio ni tampoco en qué lugar. Se desconoce todo de su familia o de las circunstancias en las cuáles conoció el cristianismo. Se ignora también cual fue su trayectoria dentro de la Iglesia.[50] Una leyenda del siglo X[51] le hace discípulo de Jesucristo en la persona del niño que aparece como ejemplo en Mateo 18.
La primera noticia de sólida apariencia es que fue obispo de Antioquía de Siria. Lo afirma el propio Ignacio en una de sus cartas: (Rom 2.2).[53] Lo aseveran Eusebio (HE III, 22)[54] y los otros Padres de la Iglesia. Así se le presenta actualmente.[55] [56] [57] [58] La polémica salta cuando se trata de fijar el orden de sucesión episcopal en dicha ciudad. Orígenes dice que fue el segundo obispo de Antioquía, después de Pedro.[59] Eusebio afirma que fue el segundo, pero no después de Pedro sino de Evodio (HE III, 22) y lo matiza en su «Crónica» añadiendo que la sucesión se produjo alrededor del año 70 d.C.[60] Sin embargo, en (HE III, 36) dice que fue el segundo, mencionando a Pedro. Teodoreto de Ciro dice que Ignacio recibió la sucesión directamente de Pedro.[61] Según Juan Crisóstomo, Ignacio fue consagrado por Pedro y Pablo.[62] Las «Constituciones apostólicas» afirman que Evodio fue ordenado por Pedro e Ignacio por Pablo.[63] [64] Esta disparidad de noticias forma parte de las polémicas referentes a Ignacio.
[editar] De Antioquía a Esmirna
Por alguna razón que se desconoce, Ignacio fue condenado a muerte en tiempos del emperador Trajano.[65] Quizá fue detenido en el transcurso de una persecución que, según Eusebio, hubo en Antioquía en el año 106, 9º del reinado de Trajano. Tal vez se dieron disensiones internas en la iglesia de Antioquía que las autoridades solucionaron deteniendo a su obispo.[66] Aunque recibió la condena en Siria se le ordenó trasladarse a Roma[67] hacia donde partió junto con otros dos condenados[68] y custodiado por un pelotón de, posiblemente, diez soldados.[69]
La ruta que siguió no se puede reconstruir con demasiado detalle, pues sólo se dispone de leyendas tardías e información fragmentaria dispersa en las cartas. La información principal se deduce de la carta a los romanos, donde dice:
Si esta noticia es literal, el grupo de prisioneros pudo salir de Antioquía y embarcar en Seleucia, su puerto de mar[71] para bordear la costa de la actual Turquía. Por alguna razón, desembarcaron en algún punto previo a Esmirna y continuaron a pie.[72] La expedición llegó a Filadelfia[73] según se desprende de la carta que luego escribió.
Después de su paso por Filadelfia, llegaron al importante puerto de Esmirna, sin pasar seguro por Efeso. Durante su estancia en la ciudad, las iglesias cercanas enviaron delegaciones. A ellas se unió la propia iglesia de Esmirna cuyo joven obispo era en ese momento Policarpo de Esmirna. A consecuencia de esas visitas, Ignacio tuvo conocimiento de disensiones internas en Efeso y Magnesia. En esta última, además, circulaban doctrinas judaizantes.[74] En la comunidad de Trales, lo que circulaban eran doctrinas docetas.[75] A consecuencia de estas noticias, Ignacio escribió tres cartas: a los efesios, a los tralianos y a los magnesios.
[editar] Carta a los efesios
La carta a los efesios de Ignacio fue precedida medio siglo antes por la carta de San Pablo a los efesios. Este precedente se deja notar en el prescripto que recuerda, en efecto, al de Pablo.[76] [77]
Efeso tenía una importante comunidad cristiana fundada, o al menos impulsada, por la misión de Pablo de Tarso.[cita requerida] En tiempos de Ignacio, el obispo de la comunidad se llamaba Onésimo (Eph. 1.3). Acompañando a Onésimo iba el diácono Burro que se quedará con Ignacio para ser su secretario (Eph. 2.1), (Smyrn. 12.1). Uno de los ejes de la carta es la exhortación a la unidad en torno al obispo: reunidos en una obediencia, sometidos al obispo y al presbiterio (Eph. 2.2), os conviene correr a una con la voluntad del obispo (Eph. 4.1), ...pongamos empeño en no enfrentarnos al obispo... (Eph. 5.3). De otros pasajes se deduce que
Contiene también algunos apuntes históricos: venía encadenado desde Siria (I.2), ...conseguiría luchar en Roma con las fieras... (I.2) Lo que piensa Ignacio de las fieras se trasluce en esa misma frase.
Ignacio considera su martirio como una imitación de Cristo, en sintonía con la martirología del siglo I. A pesar de una vida consagrada al cristianismo, dice a raíz de verse encadenado: Ahora comienzo a ser discípulo (III.1). Sobre Cristo afirma:
En el párrafo IX afirma: Estos son los últimos tiempos y, en línea con el pensamiento paulino habla del temor a la ira venidera. En la carta a los efesios, Ignacio desarrolla con más extensión su pensamiento cristológico. Al final, se hace el propósito de escribirles otra carta más pero no se tiene noticia de ella.[79]
[editar] Carta a los magnesios
La carta a los magnesios es la segunda dentro del orden citado por Eusebio.[cita requerida] Fue redactada por Ignacio desde Esmirna (Magn. 15) en presencia de la delegación de la Iglesia de Efeso (Magn. 15) y tras la visita de la delegación de Magnesia del Meandro, que estaba encabezada por el obispo Damas, los presbíteros Basso y Apolonio y el diácono Zósimo (Magn. 2).
El propósito de la carta era prevenir a la comunidad contra «tendencias judaizantes».[80]
La tensión entre el judaísmo y el cristianismo comenzó con la apertura de éste último al mundo pagano, lo que se tradujo en la admisión de cristianos no judíos que provenían del mundo greco-romano. Unos años después de la muerte de Jesús de Nazaret comenzó a haber «judíos-cristianos» y «paganos-cristianos», cristianos que estaban circuncidados y vivían según la ley judía y cristianos no circuncidados que vivían al márgen de la misma. La primera ciudad donde se dio esta situación fue precisamente Antioquía de Siria, la ciudad de Ignacio. Las tensiones entre los miembros de cada grupo planteó por la fuerza de los hechos la necesidad de discernir si el cristianismo debía mantenerse como secta judía o su mensaje, es decir su «evangelio», debía proclamarse a todos los hombres sin distingos. La cuestión fue tratada en la Asamblea de los apóstoles y se saldó con el compromiso de que hubiese una misión para los judíos y otra para los paganos. Pablo de Tarso se describe a sí mismo en la carta a los gálatas como el principal valedor de la segunda opción. De sus cartas se deduce la presencia de predicadores judeo-cristianos que propugnaban la circuncisión en el ámbito de acción del cristianismo pagano. La tensión creciente entre el cristianismo y el paganismo condujo a finales del siglo I a una ruptura entre ellos, que es la reflejada en los Evangelios.
En este contexto, Ignacio previene a la comunidad de Esmirna contra las tendencias judaizantes y extrapola la experiencia acumulada en Antioquía para tratar los problemas.[81] Ignacio es duro en el fondo y en la forma. Trata al judaísmo de «viejos cuentos», tildándolo de «inútil» (Magn. 8.1). También lo considera «mala levadura, anticuada y agriada» (Magn 10.2). Frente al modo de vida judío, contrapone él la vida en Cristo. Afirma: «Es absurdo hablar de Jesucristo y vivir al modo judío» (Magn 10.3)
La carta contiene las exhortaciones naturales de obediencia al obispo (Magn 3.1) y unidad (Magn. 7.2). A juzgar por los comentarios de Ignacio, algunos miembros debían reunirse a espaldas del obispo.
[editar] Carta a los tralianos
La carta a los tralianos es la tercera dentro del orden dado por Eusebio. Al igual que las anteriores fue escrita desde Esmirna (Tral. 12.1) en compañía de representantes de otras iglesias (Tral 12.1), en concreto las de Efeso y Esmirna (Tral 13.1). La delegación de Trales estaba encabezada por el obispo Polibio, que pudo acudir solo, pues en la carta no aparecen otros nombres y no se deduce de su lectura que los hubiera.[cita requerida] Como en el caso de los magnesios, Ignacio redacta esta carta para prevenir a la comunidad contra la hierba extraña que es la herejía (Tral 6.1). En este caso, no se trata de una tendencia judaizante sino de una doctrina, fruto del sincretismo griego,[82] conocida como docetismo.
El docetismo era una creencia que, ante la imposibilidad de conciliar que Jesucristo pudiera ser Dios y sufrir la muerte en la cruz,[83] [84] afirmaba que tal sufrimiento y tal muerte eran sólo aparentes.[85] El nombre proviene del griego dókesis,[86] que significa «apariencia». Ignacio refuta esta doctrina reforzando la humanidad e historicidad de Jesús[87] diciendo que nació verdaderamente, que sufrió verdaderamente, que fue crucificado verdaderamente y que resucitó verdaderamente (Tral 9.1). Además de eso, ofrece unos sucintos datos biográficos sobre Jesús como que era del linaje de David e hijo de María (Tral 9.1) y que, inapreciable argumento, comía y bebía (Tral 9.1).[88] La argumentación de Ignacio se enhebra con su propia situación como condenado a muerte. Si la muerte de Jesucristo había sido sólo aparente carecía de sentido morir verdaderamente por él. Su muerte, la de Ignacio, adquiría su sentido en la resurrección de Cristo. Por esto decía Ignacio que, de ser cierta la doctrina que combatía, Moría inutilmente (Tral 10).
[editar] Carta a los romanos
Nueve días antes de las calendas de septiembre (Rom.10.3), un 24 de agosto,[89] Ignacio escribió una carta que ocupa un lugar destacado en su correspondencia.[90] Fue escrita desde Esmirna (Rom 10.1) y estaba dirigida a la comunidad de Roma. Como en la carta no consta el año de su redacción, se da la paradoja de que se conoce el día pero no el año en que la escribió. Es la única carta que no está dirigida a una comunidad con problemas. Es la única también donde no aconseja obediencia y no previene contra herejías.[91] La carta a los romanos no es una exhortación sino un ruego y, al mismo tiempo, una intensa exposición de su vivencia del martirio como imitación de Cristo. Ignacio redactó la carta preocupado de que la iglesia de Roma moviese los hilos de sus influencias para salvarle de las fieras. La carta está llena de ruegos:
Ignacio expresa con claridad su deseo:
Emplea también esta metáfora:
presente asimismo en otros escritos martiriales.[92]
Además de estas cuestiones, la carta a los romanos tiene un especial interés para los historiadores. De ser auténtica, sería el reconocimiento más antiguo del primado de Roma por parte de un escritor no romano (Quasten 2004:77). Ignacio redactó sus cartas con la autoridad de un maestro que guía y aconseja. A pesar de su tono amable, mira la situación desde una perspectiva superior. En la carta a los romanos esa jerarquía se difumina.[93]
La cuestión del primado de Roma en los primeros siglos del cristianismo es un tema sensible de debate entre católicos, ortodoxos y protestantes. Diversos pasajes de la carta se aducen para sustentar que dicho primado se reconocía en esa temprana época.[94] [95] Uno de ellos es el propio saludo de la carta donde Ignacio habla de la Iglesia de Roma como «aquella que preside la región de los romanos» (Rom Intr.). También dice de ella que es «la que está a la cabeza de la caridad» (Rom Intr.). Estas expresiones son únicas dentro de la correspondencia ignaciana.[96] Otro pasaje, que parece otorgar cierta preminencia intelectual a Roma es el siguiente: «Nunca habéis envidiado a nadie, a otros habéis enseñado» (Rom 3.1). No se conoce mejor ejemplo de enseñanza romana, y tampoco se conoce otro, que la carta de Clemente a los corintios. Es posible que Ignacio se esté refiriendo a ella, pero no se puede asegurar.[97] En cualquier caso no se deja el asunto porque la carta de Clemente es aducida también como prueba del primado de la iglesia romana.[98] Por último, el tutelaje romano parece quedar aceptado en el siguiente pasaje: «...acordaos de la iglesia de Siria que, en mi lugar, tiene a Dios como pastor. Sólo Jesucristo y vuestro amor desempeñarán el oficio de obispo» (Rom 9.1).
En relación con Roma, pero por otro motivo, es de interés este verso: «No os doy órdenes como Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles, yo un condenado a muerte.» (Rom 4.3). La razón es que convierten a Ignacio en un testigo importante de la estancia final de los santos Pedro y Pablo en Roma... (Quasten 2004:79), tema sobre el cual ha habido muchas especulaciones.
[editar] De Esmirna a Tróade
Desde Esmirna, la expedición partió hacia Tróade. Desde Tróade escribió tres cartas más: a los filadelfios, a los esmirniotas, y la carta al obispo Policarpo. Estando allí, Ignacio recibió una noticia tranquilizadore de la que da cuenta en las tres cartas (Phil. 10.1), (Smyrn 11.2) y (Pol. 7.1).[99] Dicha noticia es que la Iglesia de Siria ha encontrado la paz. Se desconoce qué clase de conflicto padecía ni si tenía relación con el cautiverio de Ignacio.[cita requerida]
[editar] Carta a los filadelfios
La carta a los filadelfios fue escrita más tarde y refleja tensiones internas en una comunidad donde algunos individuos se han apartado de la lealtad al obispo. Es clara la presencia de un grupo de judaizantes ya que dice: Si alguno os expone el judaísmo, no lo escuchéis (VI,1). Ya en el prescripto dice: A ella (la comunidad) la saludo, más aún si están unidos al obispo. (Prescripto). Del obispo de Filadelfia dice: Me asombra su equidad pues con su silencio puede más que los que dicen necedades (I.1). Les aconseja huir de la división y las malas doctrinas (II.1) en lo que insiste:
Al lado de estas advertencias también les muestra su cariño: he rebosado de amor por vosotros (V.1). Al final de la carta habla de tres personas: el diácono Filón de Cilicia, Reo de Agatopodo, que venía con él desde Siria y un hombre de letras llamado, paradójicamente, Burro, por medio de quién os escribo (IX.2).
[editar] Carta a los esmirniotas
La carta a los esmirniotas fue escrita desde Tróade, antesala de Europa, y en ella, como en la de los Tralianos, vuelven a aparecer argumentaciones antidocetas.
La realidad del sufrimiento, muerte y resurrección de Cristo, defendida por Ignacio, adquiere un significado especial al considerar que él mismo entiende la senda de su martirio como un camino de meditación de Cristo. En su propia biografía, la cuestión doceta no es un asunto teórico sino algo vivo e inmediato.
En esta carta, la eclesiología de Ignacio repite los consejos de obediencia a la jerarquía. Insiste en que la liturgia es competencia del obispo y añade:
Esta última cita es destacada porque es la primera vez que aparece la expresión Iglesia católica en la historia de la literatura cristiana.[100] La carta termina aludiendo a una mejora en la situación de la iglesia de Siria y con los pertinentes saludos.
[editar] Carta a Policarpo
La carta a Policarpo es el único de los escritos de Ignacio que está dirigido a una persona y no a una comunidad. Policarpo era el obispo de Esmirna cuando Ignacio iba hacia Roma. Debieron conocerse en Esmirna. Ignacio, impresionado por el joven obispo, le escribe más tarde, desde Tróade, una carta de exhortación. Es la carta que una persona camino de la muerte dirige a otra que tiene una vida por delante y una importante tarea que cumplir, pero que medio siglo después tendrá un final semejante. La carta es una relación de consejos muy variados destinados a fortalecer a Policarpo en sí mismo y en su labor episcopal.
El final de la carta revela la urgencia final de su redacción.
Estas palabras, y un rosario de apresurados saludos, escritos sin el orden de una mesurada redacción, son las últimas palabras de Ignacio.
[editar] De Tróade a Roma
Tróade era el embarque natural hacia Macedonia, en concreto hacia Neápolis, actual Kavala. Se sabe por una carta de Policarpo de Esmirna que pasó por Filipos.[101] Filipos estaba situada en la Vía Egnatia, una de las arterias terrestres del imperio, que cruzaba Macedonia hasta Dirraquio, actual Durazzo. En Dirraquio había un embarque hacia Italia y se podía llegar a Roma siguiendo la Vía Apia. Lo normal es que Ignacio siguiese esa ruta pero no se sabe a ciencia cierta.[102]
Siguiendo la misma ruta que medio siglo atrás hiciese San Pablo para entrar en la historia del cristianismo, sale Ignacio de ella al cruzar de Asia a Europa, y traspone con ello la frontera entre la noticia histórica y la suposición. Su huella se pierde poco después, en Filipos, pero sus cartas han quedado para la posteridad como testigos de su viaje.
Eusebio data el martirio de Ignacio en el año décimo del reinado de Trajano (98-117), es decir, en el año 107.[103] También menciona que en el transcurso de este viaje como condenado a muerte, Ignacio escribio siete cartas que Eusebio conoció de primera mano porque transcribe, siguiendo su oportuna costumbre, algunos pasajes.[104] Esta colección de la que habla Eusebio, en cantidad, contenido y orden es conocida hoy como la «recensión media o eusebiana».
Algunas tradiciones hacen morir a Ignacio un 20 de diciembre del año 107, en los fastos organizados en Roma para celebrar la victoria de Trajano sobre los dacios.[105] Actualmente se maneja un arco temporal de una década.[106]
[editar] Tradición textual
Después de la muerte de Ignacio, lo único que de él quedó fue la colección de sus cartas y la memoria viva de los que le habían conocido. El testigo más cercano y directo era Policarpo, el joven obispo de Esmirna. A él se dirigió la iglesia de Filipos cuando quiso disponer de una copia de las cartas. Se conserva la respuesta de Policarpo:
| “ | Os he enviado, como pedisteis, una copia de sus cartas. (Flp: 13)[107] | ” |
El resto de las iglesias debió hacer lo mismo. De esta forma, y al igual que sucedió medio siglo antes con las cartas de Pablo, se formaron diversas colecciones. Policarpo de Esmirna (principios del siglo II), Ireneo de Lyon (finales del siglo II) y Orígenes (siglo III) mencionan a Ignacio y a sus cartas. En el siglo IV, Eusebio recopiló todo lo que se sabe. Algunos Padres utilizaron después las cartas de Ignacio en sus discursos. Sin embargo, el tiempo de Ignacio estaba cada vez más lejos y esa distancia se dejó sentir. Con el paso de los siglos, el recuerdo y la figura de Ignacio adquirieron claros visos de fantasía. Aparecieron leyendas y supuestas actas de martirios que completaban con imaginación los huecos que dejaba la historia. Las copias de sus cartas, presumiblemente exactas al principio, se diversificaron progresivamente a base de enmiendas, traducciones, interpolaciones y supresiones. De esta forma se formaron varias recensiones que el azar dispersó geográficamente hasta lugares tan distantes como las islas británicas. En algún momento de la confusa Edad Media, se perdieron las cartas de Ignacio en todas y cada una de sus versiones, y fueron sustituidas por piadosas invenciones pseudoepigráficas. Durante varios siglos, el único resto de su obra fueron los fragmentos consignados por los Padres de la Iglesia.
Al igual que con tantas obras de la antigüedad, la invención de la imprenta a mediados del siglo XV dio comienzo a un proceso de fijación de los textos originales que, en el caso de Ignacio, fue extremadamente lento y se prolongó hasta mediados del siglo XVII. La razón es que hasta esas fechas no se descubrieron las versiones griegas que manejaban los Padres de la Iglesia y no se conocieron antes porque, hasta esa fecha, nadie tuvo la feliz ocurrencia de buscarlas. La aceptación de las cartas de Ignacio fue un proceso polémico que tuvo enfrentados a teólogos católicos y protestantes hasta finales del siglo XIX. La polémica, hoy sostenida por eruditos, no se centra tanto en la autenticidad de las cartas como en otras cuestiones.
[editar] Ignacio en la Patrología
La Patrología es una rama de la teología cristiana dedicada al estudio de la vida y la obra de los Padres de la Iglesia. Abarca desde finales del siglo I hasta comienzos del siglo VIII, diviéndose en periodos característicos. El primero de ellos es el de los llamados Padres Apostólicos, término acuñado en el siglo XVII[108] para referirse a las primeras obras de la literatura cristiana no incluidas en el canon neotestamentario. Estas obras son: la Didaké, la Epístola de Bernabé, la Primera epístola de Clemente, las cartas de Ignacio, la Segunda epístola de Clemente, los fragmentos de Papías de Hierápolis, la epístola de Policarpo a los filipenses, el «Martirio de Policarpo», el Pastor de Hermas y la epístola A Diogneto. Anterior con seguridad a las cartas de Ignacio es la Primera epístola de Clemente.[109] Otras obras como la Didaké ó la Epístola de Bernabé también podrían serlo, pero su datación es imprecisa. Ignacio de Antioquía es, por lo tanto, uno de los primeros Padres de la Iglesia.
La biografía de Ignacio se encuentra asociada con la de Policarpo de Esmirna, el joven obispo de la comunidad de Esmirna en el tiempo en que la comitiva de Ignacio pasó por esa ciudad y, por tanto, conoció personalmente a Ignacio. Las obras de estos dos Padres se encuentran entrelazadas.[110] Policarpo es el destinatario de una de las cartas de Ignacio y, además, es nombrado en la carta a los Magnesios (Mgn 15). Asimismo, Policarpo menciona a Ignacio en dos pasajes de la única[111] carta que se conserva de él y que dirigió a los filipenses.
Estos dos párrafos son el testimonio más antiguo que se conserva sobre Ignacio. Se trata de dos pasajes decisivos que toda teoría sobre la autenticidad de las cartas de Ignacio debe tener en cuenta.[112] [113] El primero se conserva en el original griego pero el segundo existe sólo como una traducción latina. Estos dos pasajes parecen contradecirse entre sí porque uno de ellos parece hablar en pasado como si Ignacio llevase muerto bastante tiempo mientras que el otro habla en presente, como si todavía no hubiesen llegado de Roma las noticias de su muerte. Estas discrepancias han sido motivo de controversia desde el siglo XVII.[114]
Ireneo de Lyon (finales del siglo II) conoció en su juventud al obispo Policarpo. Se trata por tanto de un testigo indirecto, pero igualmente privilegiado.[115] En su obra Adversus Haerejes menciona a Ignacio y transcribe un fragmento de su carta a los Romanos (Rom 4.1).[116]
Más tarde, en el siglo III y en contacto únicamente con la tradición, Orígenes menciona a Ignacio en la Homilía VI sobre el Evangelio de Lucas y cita un pasaje de su carta a los Efesios.
Todos estos testimonios llegaron a manos de Eusebio, que los consignó debidamente en su obra. Eusebio tuvo en su poder, además, una copia de las cartas como se desprende de los fragmentos que menciona. Eusebio habla de Ignacio en dos capítulos de su «Historia Eclesiástica».[119] El primero de los textos es una referencia muy breve sobre el orden de sucesión en la Iglesia de Antioquía. En el otro, describe el viaje que llevó a Ignacio desde Siria hasta Roma, enumera sus cartas y recoge los testimonios de Policarpo, Ireneo y Orígenes.
- Jerónimo de Estridón en (De vir ill 16) repite la información de Eusebio y la adorna ligeramente.[120]
- Teodoreto de Ciro cita largos pasajes de la recensión breve de las cartas.[121]
- Gildas el sabio en su Castigatio cleri Britaniae habla de él.
[editar] La recensión medieval
Durante la Edad Media circuló una colección de cuatro cartas latinas atribuidas a Ignacio, ninguna de las cuales era mencionaba por los autores antiguos.[122] Lo único que se sabe de su origen es que ya se conocían en el siglo XII[123] [124] y que, a pesar de ser latinas, pasaron por ser traducciones de cartas griegas.[125] La primera de ellas se intitulaba Epistola Ignatii ad sanctum Iohanem Evangelistam, es decir, Epístola de Ignacio a San Juan Evangelista y, en ella, el supuesto Ignacio expresaba su deseo de ver a la Virgen María (Mariam Iesu).[126] La segunda carta tenía a los mismos protagonistas y en ella Ignacio participaba a Juan su proyecto de ir a Jerusalén para ver a la Virgen y también al venerable Santiago, llamado el Justo. La tercera, de apenas unas líneas, era una carta de Ignacio a la propia María para pedirle consuelo. La cuarta no es ni más ni menos que la pretendida respuesta de la Virgen María a Ignacio.
La humilde esclava de Jesucristo a Ignacio, amado condiscípulo:
Cuantas cosas has oído y aprendido de Juan acerca de Jesús, son auténticas. Créelas, permanece en ellas, y mantén firmemente la promesa del cristianismo que has asumido y que tanto tus costumbres como tu vida sean coherentes con ella. Iré junto con Juan (para) visitarte a ti y a quienes están contigo. Mantente en pie y actúa valerosamente en la fe, que no te turbe la austeridad de la persecución, sino que tu espíritu sea fuerte y exulte en Dios, tu salvación. Amén[127]En 1495 fueron publicadas por primera vez[128] [129] y su autenticidad ya fue descartada por dos prominentes figuras del catolicismo de siglo XVI, ambos cardenales: el cardenal Baronio y el cardenal Belarmino.[130]
[editar] La recensión larga
Tres años después de la publicación de la recensión medieval, en 1498 y en latín,[131] [132] [133] [134] fue publicada otra colección independiente de cartas conocida hoy como la recensión larga.[135] Esta colección estaba compuesta de trece cartas:[136] [137] las siete que citaba Eusebio y otras seis desconocidas hasta entonces.
- De Maria de Cassobola a Ignacio
- De Ignacio a Maria de Cassobola
- Carta a los Antioquenos
- Carta a los tarsenses
- Carta a Herón
- Carta a los Filipenses.[138]
En el siglo siguiente comenzó el debate en torno a su autenticidad al encontrarse anacronismos diversos y desviaciones respecto de las citas ofrecidas por Eusebio en el siglo IV.[139] La autenticidad fue objeto de un fuerte debate entre teólogos católicos y protestantes[140] porque la veracidad de dichas cartas demostraba la existencia en el siglo II de una eclesiología estructurada sobre la jerarquía tripartita católica: episcopado, presbiteriado y diaconado.[141] La coincidencia de la posición de Ignacio con las tesis católicas hizo que los protestantes consideraran sus cartas como una impostura.[142] Al lado de los que aceptaban o impugnaban la totalidad de la colección hubo críticos[143] que plantearon la veracidad sola de las cartas mencionadas por Eusebio, pero considerando que habían sido fuertemente glosadas.[144]
[editar] La recensión media
La cuestión ignaciana conoció un nuevo episodio cuando James Usher, arzobispo anglicano de Armag[145] publicó en 1644 una versión latina[146] de las cartas de Ignacio. Usher tenía noticia de que algunos escritores ingleses citaban a Ignacio según los usos de los Padres de la Iglesia y no como aparecía en el texto de Faber (Lefébre d'Etaples). Supuso entonces que en las islas circulaba una versión autóctona de las cartas, más corta, que localizó en efecto en dos manuscritos: el Caiensus 395 y el Monticutianus.[147] Dos años después, en 1646, Isaac Voss[148] (Vossius) publicó a partir del Codex Mediceus Laurentianus.[149] [150] [151] la primera versión griega de la recensión media.
La recensión media estaba formada por las siete cartas mencionadas por Eusebio. Al compararlas con las versiones de la recensión larga quedó claro que estas últimas tenían abundantes interpolaciones incorporadas en el siglo IV.[152] También quedó claro el origen apócrifo de las otras seis cartas. En cualquier caso su autenticidad siguió cuestionándose durante los siguientes dos siglos debido a la teología pro católica que contenían. El asunto se complicó más si cabe cuando, en 1845, apareció una tercera colección de cartas: la llamada recensión breve.
[editar] La recensión breve
La recensión breve fue publicada en 1845[153] por William Cureton[154] [155] a partir de tres manuscritos siríacos que contenían una versión breve de Efesios, Romanos y Policarpo.[156] [157] Los tres manuscritos son el «British Museum Add. 12175», que contenía sólo la carta a Policarpo,[158] y los manuscritos «British Museum Add. 14618» y «British Museum Add. 17192» que contenían las tres cartas mencionadas.[159] Cureton postuló que estas tres cartas eran las únicas auténticas y lo eran en la forma transmitida por estos manuscritos.[160] [161]
[editar] El consenso
En el último cuarto del siglo XIX, los trabajos de Zahn, Funk, Lighfoot y Harnack asentaron la conclusión de que las cartas de la recensión media o eusebiana eran auténticas.[162] [163] Funk[164] concluyó que la recención larga contenía enmiendas realizadas por un escritor tardío con intereses apolinaristas.[165] [166] A lo largo del siglo XX, la autenticidad de las cartas ha sido cuestionada por varios autores: Völter en 1910,[167] Reinoud Weijenborg en 1969,[168] [169] José Rius Camps en 1977[170] y Robert Joly en 1979.[171]
[editar] Cuestiones ignacianas
Dependencias evangélicas: Una cuestión paralela al problema de la autenticidad de las cartas es la dependencia existente entre ellas y el primero de los evangelios, el de Mateo. Dicha dependencia se arguye por la existencia de citas literales comunes en uno y otro, por ejemplo, la de Esmirna 1,1 y Mt 3,15:[172]
La importancia de esta cuestión es doble ya que, de ser cierta esta dependencia, el Evangelio de Mateo ya existiría en tiempos de Ignacio y las cartas del mártir constituirían un terminus ante quem para dicho evangelio[173] haciendo difícil su trasposición a la segunda centuria, como sugieren algunas teorías. La segunda consecuencia es que reforzaría la hipótesis del origen sirio de este evangelio.[174]
Los adversarios:
[editar] La teología de Ignacio de Antioquía
Los aspectos prominentes de la teología de Ignacio son la cristología y la eclesiología, que viene motivadas por la situación percibida en las comunidades cristianas de Asia Menor y por la circunstancia especial de su condena, traslado y previsible martirio en Roma.
[editar] Cristología
Diversos pasajes de las cartas permiten establecer la doble consideración humana y divina que atribuye a Cristo. Destacan por su claridad (Eph. 7.2) y (Smyrn 1.1),[175] citadas anteriormente, donde desarrolla una serie de fórmulas antinómicas.
Los adversarios de Ignacio parecen distinguirse por menoscabar uno de estos dos principios. Cuando se trata de refutar la doctrina doceta, Ignacio refuerza la humanidad de Jesús. Es el caso de (Tral 9 y 10). Cuando escribe contra la doctrina judaizante refuerza la divinidad de Jesucristo. Realza, por ejemplo, su calidad de Hijo único del Padre como en (Magn 3.1), (Tral. Intr.) y (Rom. Intr.).[176] También le otorga diversos títulos cristológicos que acreditan su divinidad como Palabra salida del Silencio (Magn 8.2)[177] o aquel que estaba junto al Padre antes de todos los siglos (Magn 6.1).[178]
La cristología de Ignacio es deudora de las de San Pablo y San Juan.[179]
[editar] Eclesiología
Prácticamente en todas sus cartas, Ignacio insiste en la lealtad que se debe mostrar a la jerarquía eclesiástica. En todas ellas presenta dicha jerarquía estructurada en tres grados: un único obispo como responsable máximo,[180] [181] un cierto número de presbíteros o ancianos[182] y los diáconos, ayudantes o ministros religiosos. Los tres grados son mencionados en la carta a los efesios (Eph. 1.3), (Eph. 2.1), (Eph. 2.2).[183] También en (Magn. 2.1). En la carta a los tralianos describe que hay que someterse, no sólo al obispo, sino también a los presbíteros (Tral. 2.3) y reverenciar a los diáconos (Tral 3.1).[184] En la carta a los esmirniotas añade, además, que la eucaristía y el bautismo no tienen validez sin el obispo (Smyrn 8.1).[185] Tampoco el matrimonio (Pol. 5.2).[186] Pasajes como estos hacen de las cartas de Ignacio el primer testimonio de la existencia de una idea de iglesia (gr: ekklesia), que se organiza, estructura y consolida en torno a una jerarquía tripartita.[187] Escritos anteriores mencionan obispos o presbíteros sin que se perciba tal estructuración. Ignacio parece estar en el momento en que la temprana e ingenua estructura de las comunidades cristaliza en una organización.[188]
Da la impresión de que frecuentemente había más de un obispo por congregación.[cita requerida]
Sus escritos relatan principalmente la doctrina de supremacía del obispo de Roma y afirman cuestiones teológicas referentes a la madre de Jesús como lo son la inmaculada concepción. De las versiones veraces aun se rescatan las cuestiones de la supremacía del obispo de Roma, la eucaristía como la conocen hoy los cristianos-católicos y los dogmas que defienden hoy día.
Ignacio también acentúa la importancia de la Eucaristía, llamándola «una medicina para la inmortalidad» (Eph. 20.1).[189]
[editar] Notas
- ↑ «Se llaman Padres Apostólicos los escritores cristianos del siglo I o principios del siglo II, cuyas enseñanzas pueden considerarse como eco bastante directo de la predicación de los Apóstoles...» (Quasten 2004:50)
- ↑ «...compuso siete epístolas...» (Quasten 2004:73)
- ↑ «Althought the epistles may have been written in as little as a span of a few weeks,...» (Foster 2006a:487)
- ↑ (Foster 2006a:487)
- ↑ «...Calvino...en sus Instituciones I 13, 29,...» (Ruiz Bueno 1989:441)
- ↑ «...la negaron en bloque (la autenticidad)» (Ruiz Bueno 1989:442)
- ↑ «...desde finales del siglo XIX, los estudiosos llegan a una cierta unanimidad.» (Ayán 2000:201)
- ↑ «...San Ignacio Mártir...» (Ruiz Bueno 1979:378)
- ↑ Así consta en el santoral de la Archidiocesis de Madrid. También en esta web, que incluye una piadosa biografía que, por supuesto, no se ha utilizado en parte alguna del artículo. Este otro santoral se encuentra ubicado en una web turística de Ciudad Real. La noticia, según esto, tiene pinta de ser cierta.
- ↑ «The Eastern Churches generally prefer 20 December.», obtenido de esta página que tiene un apartado de bibliografía con buenas referencias. En esta otra página ponen por testigo de ello a la Enciclopedia Británica.
- ↑ «Information...is derived primarily from the seven epistles...» (Foster 2006a:490)
- ↑ «...mínimamente...» (Ayan 2000:197)
- ↑ En la acepción de «suceso real capaz de conmover». Un ejemplo: «Estas cartas no han conmovido menos a la Iglesia que las de San Pablo, y algunas frases de Ignacio, mil y mil veces repetidas, parece como que condensan el espíritu de todos los mártires». (Ruiz Bueno 1979:433)
- ↑ Paráfrasis provisional del texto.
- ↑ Paráfrasis provisional del texto.
- ↑ «...agradece a estas comunidades...» (Quasten 2004:73)
- ↑ Dice Quasten que las cartas son el «...único resto que nos ha llegado de sus extensos trabajos...» (Quasten 2004:73) pero no indica de dónde saca esa conclusión ni tampoco puede deducirse de las cartas u otros testimonios. Ningún otro autor de la bibliografía sugiere que Ignacio escribiera otras obras.
- ↑ En tiempos de Alejandro Severo, se prohibió trasladar prisioneros a Roma si no eran fuertes y vigorosos. (Ayán 2000:197)
- ↑ «Mas esta voz venerable... se hubiera perdido... si Ignacio de Antioquía no hubiera tenido...la ocasión...de escribir las siete maravillosas cartas...» (Ruiz Bueno 1979:378)
- ↑ Eusebio de Cesarea es un Padre de la Iglesia del siglo IV autor de una obra llamada «Historia Eclesiástica» que representa la primera, y con frecuencia única, fuente primaria de información sobre el cristianismo anteniceno.
- ↑ «...la página de Eusebio resume casi todo lo que sabemos...» (Trevijano 2004:33)
- ↑ «...238 pasajes de 88 fuentes patrísticas...» (Quasten II 1960:607)
- ↑ «el dí
