Comunión Tradicionalista

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Comunión Tradicionalista es uno de los nombres con que se denominó al movimiento carlista desde 1869[1] [2] [3] [4] junto con otros como Comunión Católico-Monárquica (habitual durante el Sexenio Revolucionario), Partido Carlista (hasta 1909), Partido Jaimista (entre 1909 y 1931) o Comunión Legitimista —entre otros— que habían quedado en desuso en la década de 1930. Algunos autores utilizan la expresión «Comunión Tradicionalista» para hacer referencia al partido que surgió a comienzos de la década de 1930 a raíz de la fusión de las tres ramas del carlismo: jaimista, mellista e integrista,[5] [6] [7] [8] aunque el nombre se había empleado ya de manera habitual para definir al carlismo desde el último tercio del siglo XIX, cuando se establece como fuerza parlamentaria,[1] [2] [3] siendo uno de los más habituales durante la Restauración,[9] [10] [11] y el nombre casi exclusivo de la organización del carlismo durante la Segunda República y el Franquismo hasta la década de 1970, cuando se produce el cambio ideológico de un sector del movimiento.

Desde el siglo XIX la Comunión Tradicionalista defendía la tradición política de España sintetizada en su lema: «Dios, patria, rey».[12] Obtuvo representación parlamentaria en casi todas las convocatorias electorales de finales del siglo XIX y principios del siglo XX y fue una de las fuerzas que protagonizó el Golpe de Estado en España de julio de 1936, actuando después en situación de semiclandestinidad durante el Franquismo, con periodos de oposición y colaboración con el régimen.

Con el nombre de «Comunión Tradicionalista» fue reconstituida en la década de 1970 la organización carlista partidaria del príncipe Sixto Enrique de Borbón y del ideario clásico del carlismo, siendo legalizada como partido político en 1977,[13] aunque otras agrupaciones políticas se declararán también herederas de la organización histórica del Carlismo.

Historia[editar]

La Comunión durante el Sexenio Revolucionario[editar]

Carlos María de Borbón, conocido entre sus partidarios como Carlos VII

El movimiento carlista no tomó carta de naturaleza como partido político hasta la Revolución de 1868, puesto que hasta entonces los carlistas habían preferido los procedimientos bélicos, dejando la defensa de sus intereses en la política parlamentaria durante el reinado de Isabel II a los llamados neocatólicos, aunque estos no planteaban un conflicto dinástico.

Por ello, la dirección del partido carlista, que desde aquel momento empieza a emplear también el término comunión (Comunión Católico-Monárquica, Comunión Carlista, Comunión Legitimista y Comunión Tradicionalista son algunos de los nombres que asumió indistintamente el movimiento, siendo el más común de ellos Comunión Tradicionalista) quedaba supeditada a las necesidades de la organización militar. Después de que Juan III cediera sus derechos dinásticos a su hijo, Carlos VII, este previó que se produciría una nueva guerra, por lo que creó las Comisarías Regias de Regiones y Provincias, bajo el mando unificado de Ramón Cabrera, capitán general de los Reales Ejércitos carlistas, que residía en Londres y era muy conocido en España por su actuación militar en la Primera Guerra Carlista. Cabrera intentó iniciar la actividad política legal del partido y, alentado por el resultado de las elecciones para las Cortes Constituyentes de 1869, dispuso organizar la campaña electoral en las primeras elecciones parciales pero, por falta de organización, los carlistas sufrieron un fuerte revés.

Carlistas durante la Tercera Guerra Carlista

Ramón Cabrera consideró que era difícil dirigir el partido desde el extranjero en su vida legal, de manera que nació la Junta Central Católico-Monárquica, que tuvo mucha importancia en aquel período. Las diferencias respecto a Carlos VII hicieron que Cabrera presentara su dimisión, que le fue aceptada tras ser rechazado por el aspirante al trono su proyecto de constitución parlamentaria.

En las elecciones de 1871, los carlistas pasaron de 20 a 51 escaños, gracias a la actividad y propaganda de la Junta Central presidida por Francisco Juan Fernández de Henestrosa y Santisteban, Marqués de Villadarias. Los buenos resultados de las elecciones de 1872, aunque algo menos favorables, se debieron al celo de la Junta y del Secretario de la Sección Electoral, el dramático Manuel Tamayo y Baus. Aunque la Junta Central se preocupaba de la organización política y de los planes electorales, también participó en los preparativos bélicos de la Tercera Guerra Carlista.

La Comunión durante la Restauración alfonsina[editar]

Terminada la guerra en 1876 con derrota militar para los carlistas y uno de sus principales dirigentes, Ramón Cabrera traicionando la causa y habiendo reconocido como rey a Alfonso XII el año anterior, Don Carlos trató de recuperar desde el exilio la moral de sus fuerzas. Para ello, nombró su Delegado General en España a Cándido Nocedal, exministro de Gobernación de Isabel II y antiguo jefe de la minoría carlista en 1871. La labor de Nocedal consistió en reorganizar el partido y preservar su doctrina política ante los avances del catolicismo liberal y la Unión Católica de Alejandro Pidal y Mon, cuyos dirigentes tentaban a las masas carlistas, al tratarse de hombres procedentes del carlismo a los que habían seguido y admirado.

Posteriormente reapareció la prensa carlista, siendo algunos de sus periódicos más duraderos El Siglo Futuro, fundado por Ramón Nocedal (posteriormente escindido) y El Correo Catalán, por Manuel Milá de la Roca. En las segundas elecciones de la Restauración, en 1879, Ramón Altarriba y Villanueva, Barón de Sangarren, representará al tradicional distrito carlista de Azpeitia.

Tras la muerte de Cándido Nocedal, el periodista y novelista Francisco Navarro Villoslada fue nombrado Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista. En esta etapa se desarrolló mucho la prensa tradicionalista y se produjo el enfrentamiento interno con los integristas. El conflicto acabó con la unidad de la Comunión, que acabaría reflejándose en 1888 en «El Pensamiento del Duque de Madrid»,[14] por Luis María de Llauder, por parte de los leales a Don Carlos, y en el «Manifiesto de Burgos»,[15] por parte de los integristas.

Navarro Villoslada dotó al partido de una nueva organización más descentralizada y también más militar, por el carácter de los delegados. Entre 1887 y 1890, se dividió en cuatro zonas el liderazgo del carlismo en España. La primera que correspondía a la región de León, Asturias y Galicia, tuvo por Delegado a León Martínez de Fortún, Conde de San León y Mariscal de Campo. La segunda región, correspondiente a Andalucia y Extremadura, fue confiada a José María Maestre, General de Artillería. La tercera tuvo por delegado a Francisco Cavero y Álvarez de Toledo, Marqués de Lácar, y comprendía la antigua Corona de Aragón (Cataluña, Valencia, Baleares y Aragón), Murcia y Castilla la Nueva. La última zona, que comprendía Castilla la Vieja, las Provincias Vascongadas y Navarra fue asignada al Teniente General Juan Nepomuceno de Orbe y Mariaca.

Esta división en cuatro zonas duró hasta 1890, cuando Carlos VII dispuso que las cuatro delegaciones se reunieran en una sola persona, Enrique de Aguilera y Gamboa, Marqués de Cerralbo, que logró cicatrizar las heridas abiertas por la escisión integrista y organizó la participación en las elecciones generales de 1891 (las primeras que se celebraron con sufragio universal masculino) consiguiendo una minoría parlamentaria que no fue igualada hasta 1907. Recorrió España haciendo propaganda y supo dar una buena organización al movimiento. A raíz de la pérdida de Cuba y Filipinas en 1898, se produjeron intentos de levantamiento armado que fracasaron debido a la defección del General Weyler,[16] y en 1899 el Marqués de Cerralbo tuvo que dimitir y expatriarse.

Don Carlos designó entonces como delegado a Matías Barrio y Mier, Catedrático de la Universidad Central y diputado por Cervera de Pisuerga. Iniciada su gestión de delegado, en octubre de 1900 se producía el asalto de la Guardia Civil de Badalona por la partida carlista capitaneada por José Torrents[17] y José Grandia levantaba en Gironella otra importante partida con obreros de las fábricas de la zona, manteniéndose durante medio mes en las montañas de Berga,[18] acción que fue defendida por el diputado Víctor Pradera en las Cortes. Barrio prefería el tacto político y logró la reconciliación del Marqués de Cerralbo y Juan Vázquez de Mella con Don Carlos, que se materializó en la candidatura de Vázquez de Mella por Barcelona, y un movimiento de renacimiento de la Comunión Tradicionalista que culminó en las elecciones generales de 1907.

A partir de entonces comenzaron los aplecs carlistas, que movilizaron grandes masas, y muchos nuevos títulos de prensa tradicionalista que propagaron la doctrina del movimiento. También empezó a haber buenas relaciones entre el líder del Partido Integrista, Ramón Nocedal, y Vázquez de Mella, desapareciendo el enfrentamiento entre las dos formaciones tradicionalistas.

Carlos VII falleció el 18 de julio de 1909, pasando su hijo Don Jaime a asumir el liderazgo del movimiento. Ese mismo año había fallecido también el delegado Barrio y Mier, que fue sustituido por el diputado navarro Bartolomé Feliu, a quien Don Jaime mantuvo en el cargo.

Se aceleró aún más la revitalización del carlismo (conocido a partir de entonces como jaimismo) iniciada en el período anterior. En 1910 Joaquín Llorens y Fernández de Córdoba fue nombrado jefe del Requeté, una organización paramilitar carlista creada 3 años antes como organización juvenil del movimiento.

En 1913 se estableció una nueva organización para el liderazgo de la Comunión Tradicionalista, creándose la Junta Nacional, de la que fue designado presidente el Marqués de Cerralbo, que tuvo que actuar durante el período de la Primera Guerra Mundial. Las diferencias entre la Junta Nacional (germanófila) y Jaime III (aliadófilo), fueron la causa del nuevo cisma de Vázquez de Mella. En 1916 el aragonés Pascual Comín y Moya fue nombrado representante de Don Jaime con el título de Secretario.

Aunque el prestigio de Comín permitió que el partido no se desmoronara por completo y que fuertes núcleos se mantuvieran fieles, mantuvo su cargo por poco tiempo. Don Jaime necesitaba a alguien de menor edad para la ardua labor de reorganización, de manera que en 1919 fue designado Secretario General Luis Hernando de Larramendi, abogado, escritor y orador que se había destacado en la Juventud Tradicionalista de Madrid.

Hernando de Larramendi comenzó a reorganizar el movimiento con grandes dificultades, ya que entre los mismos leales a Don Jaime había enfrentamientos. En la Junta de Biarritz, pudo presentar la estructura reconstituida de la Comunión Tradicionalista y su actividad le permitió reunir a elementos disgregados, aunque el partido ya no tenía la fuerza de los años anteriores. Las minorías parlamentarias jaimistas quedaron reducidas a unos pocos diputados y senadores. Al finalizar la dirección de Hernando de Larramendi en 1922, el movimiento había disminuido su volumen, pero contaba con unas juventudes llenas de entusiasmo, particularmente en las regiones donde la escisión mellista había hecho menos estragos, Cataluña y Navarra.

La Comunión durante la Dictadura de Primo de Rivera y la Segunda República[editar]

José Selva y Mergelina, Marqués de Villores, nuevo secretario de Don Jaime en 1922, centralizó la dirección de la Comunión desde Valencia, donde residía. Gracias a su labor logró hacer renacer el movimiento en la Región Valenciana, pero la Dictadura de Primo de Rivera, junto con el período prerrevolucionario que desembocó en la proclamación de la Segunda República en 1931, le proporcionaron nuevas dificultades. No obstante, la gran actividad del Marqués de Villores permitió reorganizar el partido en Guipúzcoa, Vizcaya y la Rioja y posteriormente presidió la reconciliación de mellistas, integristas y jaimistas, con todos los matices del Tradicionalismo unidos en un solo programa, en una sola aspiración y bajo la jefatura de Don Alfonso Carlos, sucesor de Don Jaime, que había muerto en 1931.

El Marqués de Villores falleció en 1932, cuando las campañas de propaganda tradicionalistas habían extendido la vitalidad de la Comunión por todas las regiones de España. Los diputados de la minoría parlamentaria alcanzada ese año por la Comunión Tradicionalista fueron Joaquín Beunza, el Conde de Rodezno, José María Lamamié de Clairac, Julio de Urquijo, Ricardo Gómez Rojí, Francisco Estévanez Rodríguez, Marcelino Oreja Elósegui y José Luis Oriol, una minoría solamente comparable a la de 1869.

Antes de morir el Marqués de Villores, se había creado una Junta Suprema, que se encargó de la dirección del partido a su muerte, bajo la presidencia del Conde de Rodezno, que dirigió el movimiento con gran esfuerzo de propaganda y actividad. Las persecuciones que los gobernantes del bienio azañista emprendieron contra el Tradicionalismo solamente animaron la llama, y los propagandistas tradicionalistas recorrieron España. En esa época, las organizaciones, especialmente de Boinas Rojas y Margaritas, florecieron por doquier. El centro neurálgico siguió estando en Navarra y País Vasco, así como en Cataluña. Pero la novedad fue la incorporación de nuevos territorios como es el caso de Andalucía.

En las elecciones legislativas de 1933 se sentaron 21 diputados tradicionalistas en las Cortes, acaudillados por el Conde de Rodezno.

En 1934, Alfonso Carlos nombró a Manuel Fal Conde, abogado y católico ferviente, Secretario Regio y Secretario General de la Comunión Tradicionalista, centralizando la organización en su equipo. Ese mismo año, Fal Conde organizó el Acto del Quintillo, demostración de fuerza del carlismo andaluz, frente a la denostada República. Los periódicos tradicionalistas, especialmente El Siglo Futuro lo compararon entonces con el caudillo carlista navarro Tomás de Zumalacárregui.

Gracias a la labor de Fal Conde, el carlismo andaluz, sin tradición hasta entonces, consiguió un enorme auge, llegando a ser conocida Andalucía como la "Navarra del Sur", con cuatro diputados tradicionalistas electos por la región: Miguel Martínez de Pinillos Sáenz, Juan José Palomino Jiménez, Domingo Tejera de Quesada y el obrero Ginés Martínez Rubio.

En las elecciones de 1936 los tradicionalistas obtuvieron 15 escaños.

La Comunión durante la Guerra Civil[editar]

Fal Conde participó en los preparativos de la sublevación militar de julio de 1936, comprometiendo la participación del carlismo, que pretendía ejecutar una sublevación independiente, tras largas y complicadas negociaciones con el general Mola.

Su brazo armado, el Requeté, se unió al pronunciamiento del 18 de julio de 1936 junto con las milicias de Falange Española de las JONS y combatió en la Guerra Civil, llegando a integrar a más de 60.000 combatientes voluntarios[19] repartidos en 67 tercios.[20]

La Comunión Tradicionalista desapareció formalmente en 1937 como consecuencia del Decreto de Unificación que fundió la Falange y Comunión Tradicionalista en un partido único denominado Falange Española Tradicionalista de las JONS, posteriormente conocido como Movimiento Nacional. Fal Conde había tenido que exiliarse a Portugal tras pretender crear una Real Academia Militar carlista, en la que formar política y militarmente a los oficiales del requeté. Desde su exilio portugués se opuso al Decreto de Unificación, sin resultados:

«... No se había olvidado de los carlistas. Franco en persona invitó a Fal Conde, el jefe carlista exiliado en Lisboa, a formar parte del Consejo Nacional de FET, en noviembre de 1937. Fal Conde no aceptó y el ofrecimiento fue retirado definitivamente el 6 de marzo de 1938. El conde de Rodezno, que seguía en importancia a Fal Conde entre los carlistas, fue nombrado, a pesar de todo, Ministro de Justicia...»[21]

La Comunión durante el Franquismo y la Transición[editar]

La Cruz de Borgoña, adoptada como bandera carlista en los años 30 por Manuel Fal Conde

Tras el regreso de Fal Conde a España, prohibió el alistamento de carlistas en la División Azul, lo que provocó que las autoridades le confinasen en Ferrerías (Menorca) durante unos meses. El 11 de agosto de 1955 renunció como jefe de la Comunión Tradicionalista en España, abandonando la política activa.

En 1952, Javier de Borbón-Parma, primo hermano de Don Jaime, que había sucedido en 1936 a Alfonso Carlos como regente al extinguirse la principal rama carlista por vía masculina, asume formalmente sus derechos dinásticos debido a las presiones de los dirigentes de la Comunión Tradicionalista para poner fin a la regencia, siendo proclamado rey con el nombre de Javier I. A partir de 1955, con el cese de Fal Conde y la asunción de la jefatura carlista por Javier, se nombra una junta presidida por José María Valiente, que realizó una política de colaboración con el régimen franquista.[22]

Al iniciarse el Concilio Vaticano Segundo y hacerse visibles las nuevas tendencias modernistas en el seno de la Iglesia que promovían el principio de libertad de cultos, el jefe delegado de la Comunión Tradicionalista José María Valiente, junto con la dirección del partido, redactaron en 1963 un manifiesto en defensa de la Unidad Católica de España en nombre del rey Javier.[23]

Manuel Fal Conde también trató de evitar la declaración de libertad religiosa del Concilio, ya que la unidad católica de España constituía una de las principales reivindicaciones históricas del carlismo, iniciando una Cruzada de oraciones y de misas y convocando un concurso para premiar un libro sobre la unidad católica como fundamento político-social de España, que ganaría en 1965 Rafael Gambra.

La promulgación final el 7 de diciembre de 1965 de la declaración Dignitatis humanae por parte de la Iglesia supuso un fuerte revés para la dirección de la Comunión Tradicionalista, que entraría en una profunda crisis ideológica.

En 1968 se produjo la expulsión de Carlos Hugo de España y en 1969 el nombramiento de Juan Carlos como sucesor del General Franco a título de rey. En ese momento se aceleró el cambio ideológico hacia el socialismo autogestionario de Carlos Hugo y un número de carlistas influenciados por los cambios en la Iglesia, tras lo cual la organización política liderada por Carlos Hugo de Borbón-Parma, anteriormente conocido como el «Príncipe de la Cruzada», rechazó el apelativo tradicionalista, que definía a los carlistas desde hacía un siglo, optando por la denominación original de Partido Carlista como única posible y creando un partido de izquierdas cercano a los nacionalismos periféricos que acabaría apoyando la Constitución Española de 1978.

El radical cambio ideológico de Carlos Hugo fue uno de los factores que produjo el retraimiento progresivo de la base popular carlista, que ya no sabía a qué atenerse.[24] Los carlistas de mayor edad y los excombatientes requetés dejaron de participar en la concentración anual de Montejurra (Vía Crucis instituido en memoria de los requetés muertos en la Guerra Civil),[25] como constata el gran descenso en el número de participantes (de casi 100.000 en la década de 1960 a unos 5.000 a inicios de los 70).[26] La Comunión Tradicionalista fue reorganizada en los años 70 bajo Sixto Enrique de Borbon, hermano de Carlos Hugo, para mantener la ortodoxia del carlismo. Fue legalizada en 1977 y se presentó a las elecciones generales de 1979 junto con Fuerza Nueva en la coalición Unión Nacional, obteniendo un diputado.

Otros tradicionalistas descontentos con la evolución del partido liderado por Carlos Hugo, fueron abandonándolo a principios de la década de 1970 para constituir diversos grupos, como Unión Nacional Española, que reconoció a Juan Carlos de Borbón como rey de una monarquía tradicional, católica, social y representativa, o Unión Carlista, formación sucesora de la Regencia Nacional y Carlista de Estella que no reconoció a ningún aspirante al trono. Algunos carlistas navarros, como el procurador en Cortes por Navarra José Ángel Zubiaur, evolucionaron hacia la democracia cristiana y después de participar en el Frente Navarro Independiente acabaron incorporándose a Unión del Pueblo Navarro.

¡Volveré! 2014

La Comunión en nuestros días[editar]

Por su parte, el carlismo tradicionalista definido como tal celebró en mayo de 1986 en El Escorial el Congreso de la Unidad. En dicho congreso se unieron diversos grupos —Comunión Tradicionalista, Comunión Católico Monárquica y Unión Carlista— bajo el nombre de Comunión Tradicionalista Carlista (CTC).

Pero la deriva del partido político resultante hizo que buena parte de los integrantes de la anterior Comunión Tradicionalista se desligaran de este conjunto y así, en enero de 2001, Sixto Enrique de Borbón, publicó un manifiesto llamando al reagrupamiento de los carlistas, a consecuencia del cual sus seguidores comenzaron a desarrollar cierta actividad, reactivando la Comunión Tradicionalista —al margen de la Comunión Tradicionalista Carlista (CTC)— y en torno a una Secretaría Política, dirigida por Rafael Gambra Ciudad y, tras la muerte de éste, por Miguel Ayuso Torres. En 2010 asumió su Jefatura Delegada José Miguel Gambra.

Referencias[editar]

  1. a b Tuñón de Lara, Manuel (1985). La guerra civil española. Labor. p. 461. ISBN 9788433594006. 
  2. a b Egaña, Iñaki (1996). Diccionario histórico-político de Euskal Herria. Txalaparta. p. 130. 
  3. a b Galera Sánchez, Matilde (1983). Juan Valera, político: epistolario inédito a don Francisco Moreno Ruiz e intervenciones parlamentarias desconocidas. Erein. p. 188. 
  4. Véase también menciones en la prensa de la época en http://hemerotecadigital.bne.es/results.vm?o=&w=%22comunion+tradicionalista%22&f=text&t=%2Bcreation&l=600&l=700&s=0&lang=es y http://prensahistorica.mcu.es/es/catalogo_imagenes/grupo.cmd?interno=S&posicion=1&path=6004732&presentacion=pagina y en los libros impresos https://www.google.es/search?q=%22Comuni%C3%B3n+Tradicionalista%22&hl=es&source=lnt&tbs=cdr%3A1%2Ccd_min%3A1%2F1%2F1869%2Ccd_max%3A1%2F1%2F1930&tbm=bks
  5. López Villaverde, Ángel Luis (1997). Cuenca durante la II República: elecciones, partidos y vida política, 1931-1936. Universidad de Castilla La Mancha. ISBN 9788487319198. 
  6. Fusi, Juan Pablo (2010). La patria lejana. Penguin Random House Grupo Editorial España. ISBN 9788430615841. 
  7. Viñas, Ángel; Calleja, Eduardo González; Sánchez, Fernando Hernández; Ledesma, José Luis; Sánchez, Julio Aróstegui; Suñer, Hilari Raguer; Pérez, Francisco Sánchez; Villa, Fernando Puell de la et al. (2013-03-12). Los mitos del 18 de julio. Grupo Planeta Spain. ISBN 9788498925432. Consultado el 2015-07-23. 
  8. Gil Pecharromán, Julio (1994). Conservadores Subversivos: La Derecha Autoritaria Alfonsina (1913-1936). Eudema. p. 101. ISBN 9788477541578. «con el que la nueva dirección buscaba evitar una peligrosa fuga de fundamentalistas hacia la naciente Comunión Tradicionalista». 
  9. Barandiarán, José Miguel (1977). Cultura vasca, Volumen 1. Erein. p. 222. 
  10. Revista de estudios políticos, Volúmenes 101-105. Instituto de Estudios Políticos. 1958. p. 48. 
  11. Shubert, Adrian; Gil Aristu, José Luis (1991). Historia social de España (1800-1990). NEREA. p. 141. ISBN 84-86763-47-9. 
  12. Barreiro Gordillo, Cristina (2003). El carlismo y su red de prensa en la Segunda República. Actas. p. 346. 
  13. Izu Belloso Gordillo, Miguel José (2007). Navarra como problema: nación y nacionalismo en Navarra. Actas. p. 342. 
  14. «El Pensamiento del Duque de Madrid». La Fidelidad Castellana (Burgos) (1.489). 20 de marzo de 1888. 
  15. «Manifestación de la prensa tradicionalista - Dios, patria, rey». El Siglo Futuro (Madrid) (4.036). 22 de agosto de 1888. ISSN 1130-8494. 
  16. González Calleja, Eduardo (2013). La razón de la fuerza: orden público, subversión y violencia política en la España de la Restauración (1875-1917). Txalaparta. p. 191. ISBN 84-00-07778-4. 
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  20. Rodríguez Jiménez, José Luis (1994). Reaccionarios y golpistas: la extrema derecha en España : del tardofranquismo a la consolidación de la democracia, 1967-1982. CSIC. p. 112. ISBN 84-00-07442-4. 
  21. Brian Crozier, Franco, historia y biografía, Novelas y Cuentos, Madrid, 1967, Tomo I, página 384 ISBN-84-265-7265-0
  22. [1]
  23. http://www.oocities.org/es/comunion_tradicionalista/elcarlismoylaunidadcatolica.html
  24. De Túbal a Aitor: historia de Vasconia. La Esfera de los Libros. 2002. p. 611. ISBN 84-9734-083-3. 
  25. Rodríguez Jiménez, José Luis (1994). Reaccionarios y golpistas: la extrema derecha en España : del tardofranquismo a la consolidación de la democracia, 1967-1982. CSIC. p. 112. ISBN 84-00-07442-4. 
  26. Caspistegui, Francisco Javier (1997). El naufragio de las ortodoxias: el carlismo, 1962-1977. Ediciones Universidad de Navarra. pp. 311–312. ISBN 84-313-1564-4. 

Bibliografía[editar]

  • Ferrer Dalmau, Melchor (1941). Historia del Tradicionalismo Español (30 vol). Ediciones Trajano. 

Enlaces externos[editar]