Juan Manuel de Rosas
| Juan Manuel de Rosas | ||
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Juan Manuel de Rosas hacia 1830 | ||
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13.er y 17.er Gobernador de Buenos Aires (encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina con Facultades Extraordinarias) | ||
| 7 de marzo de 1835-3 de febrero de 1852 | ||
| Predecesor | Manuel Vicente Maza | |
| Sucesor | Vicente López y Planes | |
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| 8 de diciembre de 1829-17 de diciembre de 1832 | ||
| Predecesor | Juan José Viamonte | |
| Sucesor | Juan Ramón Balcarce | |
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| Información personal | ||
| Nombre de nacimiento | Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas y López de Osornio | |
| Apodo | El Restaurador de las Leyes | |
| Nacimiento |
30 de marzo de 1793 Buenos Aires, Virreinato del Río de la Plata | |
| Fallecimiento |
14 de marzo de 1877 (83 años) Southampton, Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda | |
| Sepultura | Cementerio de la Recoleta | |
| Residencia | Caserón de San Benito de Palermo | |
| Nacionalidad | Argentina | |
| Religión | Catolicismo | |
| Familia | ||
| Padres | León Ortiz de Rozas y Agustina López de Osornio | |
| Cónyuge | María de la Encarnación Ezcurra | |
| Hijos |
Pedro Pablo Rosas y Belgrano (adoptivo) Juan Bautista de Rosas María de Rosas Manuela Robustiana Ortiz de Rozas Ángela Rosas (no reconocida) Emilio Rosas (no reconocido) Joaquín Rosas (no reconocido) Nicanora Rosas (no reconocida) Justina Rosas (no reconocida) Adrián Rosas (no reconocido)[1] | |
| Familiares |
Domingo Ortiz de Rozas (tío bisabuelo) Gervasio Ortiz de Rozas (hermano) Prudencio Ortiz de Rozas (hermano) Mercedes Ortiz de Rozas (hermana) Agustina Ortiz de Rozas (hermana) Lucio Norberto Mansilla (cuñado) Lucio Victorio Mansilla (sobrino) Eduarda Mansilla (sobrina) | |
| Información profesional | ||
| Ocupación | Estanciero, militar y político | |
| Rango militar | Brigadier General | |
| Conflictos | ||
| Partido político | Partido Federal | |
| Firma | ||
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Juan Manuel de Rosas, nacido como Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas (Buenos Aires, 30 de marzo de 1793-Southampton, 14 de marzo de 1877), fue un estanciero, militar y político argentino que, en el año 1829, tras derrotar al general Juan Lavalle en la batalla de Puente de Márquez, asumió el cargo de gobernador de la provincia de Buenos Aires y, entre 1835 y 1852, llegó a ser el principal caudillo de la Confederación Argentina. Su influencia sobre la historia argentina fue tan grande que el período marcado por su dominio de la política nacional es conocido como la época de Rosas.
Origen familiar y primeros años
[editar]Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas y López de Osornio nació el 30 de marzo de 1793 en Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata. Su nacimiento se produjo en el solar propiedad de su madre, Agustina López de Osornio, que había habitado su abuelo materno Clemente López de Osornio, situado en la calle que en ese entonces se denominaba Santa Lucía, actual calle Sarmiento, entre las calles Florida y San Martín, en la ciudad de Buenos Aires.

Era hijo del militar León Ortiz de Rozas (Buenos Aires, 1760-1839), nieto de Domingo Ortiz de Rozas y Rodillo (Sevilla, 9 de agosto de 1721 - Buenos Aires, 1785) y bisnieto de Bartolomé Ortiz de Rozas y García de Villasuso (n. Rozas del valle de Soba, España, 4 de septiembre de 1689); por lo tanto, pertenecía al linaje de los Ortiz de Rozas, que tienen su origen en el pueblo de Rozas del valle de Soba, en La Montaña de Castilla la Vieja –actual Cantabria– perteneciente a la Corona de España. Juan Manuel era, además, sobrino bisnieto de Domingo Ortiz de Rozas, gobernador de Buenos Aires de 1742 a 1745 y capitán general de Chile desde 1746 hasta 1755, cuya gestión de gobierno fue premiada con el título de conde de Poblaciones.[2]
Ingresó a los ocho años de edad en el colegio privado que dirigía Francisco Javier Argerich. Desde esta primera etapa escolar mostró su espíritu travieso y destacó como el alumno más aventajado de su curso. Al año de entrar, ya se había hecho célebre entre sus compañeros, camaradas con los cuales no dejaba de compartir los regalos que su padre le brindaba, desde dinero hasta sus mejores ropas.[3] A su vez, desde su juventud se disciplinó en las tareas del campo, demostrando vocación por las actividades rurales.
Existe una controversia entre historiadores respecto a una hipotética participación de Rosas, con sólo trece años de edad, en la Reconquista de Buenos Aires en 1806[4] Según el historiador Adolfo Saldías, en ese momento el joven Rosas abandonó el colegio y:[5]
Se llevó a su casa de la calle Cuyo a varios de sus jóvenes amigos, los incitó a la pelea, los armó como pudo y se presentó a la cabeza de ellos al general Liniers.
También afirma Saldías que tanto Liniers como Álzaga habrían escrito sendas cartas a sus padres para felicitarlos por su valor. Sin embargo esas supuestas cartas nunca fueron publicadas, a pesar de que Saldías, como primer biógrafo importante de Rosas, tuvo acceso a todos los papeles de la familia y reprodujo muchísimos de esos documentos. En 1948 otro biógrafo de Rosas, el historiador Ernesto H. Celesia, revisó la documentación del Cabildo y las listas de revista de los cuerpos militares y no pudo encontrar ninguna documentación que permitiera acreditar su actuación durante la Primera Invasión Inglesa.
Respecto a la Segunda Invasión, Celesia pudo probar que Rosas se enroló en la compañía de niños del Regimiento de Migueletes en enero de 1807, pero que desde el mes de junio figuraba como "enfermo en su casa". Finalmente, una nota demuestra que abandonó el cuerpo el 1° de julio de ese año, cuatro días antes del inicio de la Defensa de Buenos Aires, que se extendió durante los días 5, 6 y 7 de julio, por lo que Rosas no pudo haber combatido.[6]
Formación de su carácter y de su fortuna
[editar]Más tarde se retiró al campo de su madre, una gran estancia de la pampa bonaerense. En el "Rincón de López" daba rienda suelta a su temperamento indómito y a sus fugas montaraces como jinete consumado, para recorrer largas extensiones de campo. Fue allí donde todos sus subordinados empezaron a tomar una singular simpatía a Rosas, que se revelaba franco y jovial.[7] Al producirse los sucesos que culminaron con la Revolución de Mayo de 1810, Rosas contaba 17 años y se mantuvo al margen de ellos, de la evolución política posterior, y de la guerra de independencia de la Argentina.
Ya cercano a los 18 años, en uno de sus viajes a Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas conoció a Encarnación Ezcurra y Arguibel, mujer de los mismos gustos e idéntica ubicación social.[8]
En 1813, pese a la oposición materna –que Rosas venció al hacer creer a su madre que la joven estaba embarazada– se casó con Ezcurra, con quien tuvo tres hijos: Juan Bautista, nacido el 30 de julio de 1814, María, nacida el 26 de marzo de 1816 y fallecida al día siguiente, y Manuela, conocida como Manuelita y nacida el 24 de mayo de 1817, quien luego sería su compañera inseparable.
Poco después, debido a un entredicho que tuvo con su madre, devolvió a sus padres los campos que administraba para formar sus propios emprendimientos ganaderos y comerciales. Además se cambió el apellido «Ortiz de Rozas» por «Rosas», cortando simbólicamente la dependencia de su familia. Comenzó a llevar a cabo sus propias actividades económicas, sin admitir el capital que le ofreció su padre, y, gracias a sus contactos, su experiencia y su educación, no le fue dificultoso obtener clientes valiosos. Entre sus clientes más importantes se contaron los ingleses radicados en Buenos Aires.[8]
Fue administrador de las estancias "Las Dos Islas", "Camarones" y "El Tala", todas de propiedad de sus primos Juan José, Nicolás y Tomás Manuel de Anchorena.[9] En paralelo a este trabajo como administrador, y en sociedad con Luis Dorrego –hermano del coronel Manuel Dorrego– y con Juan Nepomuceno Terrero, fundó un saladero en un lugar llamado Las Higueritas. Era el negocio del momento: la carne salada y los cueros eran casi la única exportación de la joven nación. Acumuló una gran fortuna como ganadero y exportador de carne vacuna, distante de los acontecimientos que condujeron al Virreinato del Río de la Plata a la emancipación formal del dominio español en 1816. Según Saldías, "en dos años no sólo dobló el capital sino que la casa Rosas, Terrero y Cía., se propició relaciones de primer orden en América, debido al comercio de exportación que directamente hacía con negociantes de Río de Janeiro y de La Habana en particular".[10]
Por esos años conoció al doctor Manuel Vicente Maza, quien se convirtió en su patrocinador legal, en especial en una causa que sus propios padres habían entablado contra él. Más tarde fue un excelente consejero político.
En 1818, por presión de los abastecedores de carne de la capital, el director supremo rioplatense Juan Martín de Pueyrredón tomó una serie de medidas en contra de los saladeros. Rápidamente, Rosas cambió de rubro: se dedicó a la producción agropecuaria en sociedad con Dorrego y los Anchorena, que también le encargaron la dirección de su estancia Camarones, al sur del río Salado.
Inicios de su carrera militar y política
[editar]Al año siguiente, en 1819, compró la estancia Los Cerrillos, en San Miguel del Monte y la pobló con ganado vacuno comprado para él por el corresponsal de la casa Anchorena en Santa Fe y por encargo de ésta.[9] Allí organizó también una compañía de caballería (aumentada al poco tiempo a regimiento), los Colorados del Monte, para combatir a los indígenas y a los cuatreros de la zona pampeana. Fue nombrado su comandante, y alcanzó el grado de teniente coronel.
Todo este recorrido le permitió obtener capital y tierras propias, logrando un imperio agrícola y ganadero. Esta primera etapa le permitió también a Juan Manuel de Rosas distinguirse por su carisma y llevar a cabo la construcción de vínculo con toda clase de gente: empresarios, políticos, militares, pero también peones e indígenas, que le serían posteriormente funcionales para su vida política.

Por esos años también escribió sus famosas Instrucciones a los mayordomos de estancias, en la que detallaba con precisión las responsabilidades de cada uno de los administradores, capataces y peones. En ese librito demostraba su capacidad para administrar simultáneamente varias explotaciones con métodos muy efectivos, en un anticipo de su futura capacidad para administrar el estado provincial.
En 1820 concluyó la etapa del Directorio, con la renuncia de José Rondeau a consecuencia de la Batalla de Cepeda, que dio paso a la llamada Anarquía del Año XX. Fue en esa época que Rosas comenzó a involucrarse en la política, al contribuir a rechazar la invasión del caudillo Estanislao López al frente de sus Colorados del Monte. Participó en la victoria de Dorrego en el combate de Pavón pero, junto a su amigo el general Martín Rodríguez, se negó a continuar la invasión hacia Santa Fe, donde Dorrego fue derrotado en la batalla de Gamonal.
Con apoyo de Rosas y otros estancieros, Rodríguez fue elegido gobernador de la Provincia de Buenos Aires. El 1 de octubre estalló una revolución, dirigida por el coronel Manuel Pagola, que ocupó el centro de la ciudad. Rosas se puso a disposición de Rodríguez y, el día 5, inició el ataque, derrotando completamente a los rebeldes. Los cronistas de esos días recordaron la disciplina que reinaba entre los gauchos de Rosas,[11] que fue ascendido al grado de coronel. Con Martín Rodríguez, el grupo de los estancieros empezó a tener un papel público.
La «feliz experiencia»
[editar]Rosas fue parte de las negociaciones que concluyeron con el Tratado de Benegas, que puso fin al conflicto entre las provincias de Santa Fe y Buenos Aires. Fue el responsable del cumplimiento de una de las cláusulas secretas del mismo: entregar al gobernador Estanislao López 30 000 cabezas de ganado como reparación de los daños causados por las tropas bonaerenses en su territorio. La cláusula era secreta, para no «manchar el honor» de Buenos Aires. Así se iniciaba la alianza permanente que tendría esta provincia con la de Buenos Aires hasta 1852.
Llama la atención de los historiadores el enorme número de cabezas de ganado, pero el hecho es que las circunstancias habían cambiado mucho en pocos años. Los primeros años después de la disolución de los poderes nacionales fueron un período de paz y prosperidad en Buenos Aires, conocido como la «feliz experiencia», principalmente debido a que Buenos Aires dejó de colaborar en la guerra de Independencia y usufructuó en su exclusivo provecho las rentas de la Aduana, una fuente inagotable de riqueza que la provincia decidió no compartir con sus hermanas ni con ejércitos exteriores. Además fueron los años en que tomó forma definitiva el esquema económico centrado en la exportación de cueros y carne salada: toda la economía giraba en torno de las vacas, cuyo valor aumentó significativamente. Los grandes ganaderos, antes un grupo social sin mayor influencia, pasaron en esos años a dominar la economía y la política; y reunir treinta mil cabezas de ganado fue solamente una gestión política más, que no afectaba mayormente sus economías personales.
Entre 1821 y 1824, Rosas compró varios campos más, especialmente la estancia que había sido del virrey Joaquín del Pino y Rozas –conocida como Estancia del Pino, en el partido de La Matanza–, a la que llamó San Martín en honor del general José de San Martín. Durante esos años alternó su tradicional vida en el campo con su participación en las campañas militares al sur y una escasa actividad política en la capital.
También aprovechó la ley de enfiteusis promovida por el ministro Bernardino Rivadavia para aumentar sus campos. En lugar de ayudar a los pequeños hacendados, esta ley terminó dejando en poder de unos pocos grandes terratenientes la propiedad de alrededor de la mitad de la superficie de la provincia libre de influencia indígena.
Primeras campañas al desierto y control de la frontera pampeana
[editar]La necesidad de tropas para la guerra de Independencia había dejado debilitado considerablemente la frontera sur de la provincia. Sin embargo, durante la década de 1810 predominó una relativa paz entre los blancos y los indígenas sustentada en tratados, comercio y negociaciones que redujeron mucho la violencia en la zona, aunque siguió habiendo frecuente robo de ganado y algunos pequeños malones en sitios puntuales. Sin embargo, la crisis política de 1819 y los conflictos de la Anarquía del Año XX alteraron ese equilibrio. Diversas parcialidades indígenas —entre ellas numerosos ranqueles— se vincularon con distintos actores de la guerra civil y llevaron a cabo malones que devastaron poblaciones como Salto y Dolores. En respuesta, el gobernador Martín Rodríguez emprendió tres campañas militares dirigidas principalmente contra grupos pampas del sur, que hasta entonces se habían mostrado relativamente pacíficos. Estas expediciones causaron numerosas bajas y numerosos prisioneros y llevaron al desplazamiento de poblaciones enteras. Todo ello contribuyó a quebrar definitivamente el equilibrio fronterizo, intensificando el ciclo de violencia que caracterizaría las décadas siguientes.
Durante sus campañas al sur, Rodríguez contó repetidamente con el apoyo de Rosas al frente de los Colorados del Monte, tanto para las operaciones militares como para las negociaciones de paz que simultáneamente intentaba el gobernador. Participó, en consecuencia, en la fundación de varios pueblos, del Fuerte Independencia –la actual ciudad de Tandil– y, a órdenes del coronel Juan Lavalle, prestigioso héroe de la guerra de Independencia, de una expedición en que el agrimensor Felipe Senillosa delineó y estableció planos catastrales de los pueblos del sur de la provincia.
Durante la guerra del Brasil, el presidente Rivadavia lo nombró comandante de los ejércitos de campaña a fin de mantener pacificada la frontera con la población indígena de la región pampeana, cargo que volvió a ejercer después, durante el gobierno provincial del coronel Dorrego. Su política se orientó a restablecer la paz en la frontera mediante una combinación de tratados, alianzas con los llamados 'indios amigos' y el uso selectivo de la fuerza hacia las parcialidades consideradas hostiles, apartándose de las campañas ofensivas generalizadas impulsadas durante el gobierno de Martín Rodríguez.
Guerra civil y camino al poder
[editar]En 1827, el gobernador Manuel Dorrego –líder del Partido Federal porteño– volvió a nombrar a Rosas comandante general de las milicias, con el objetivo principal de finalizar los saqueos y destrozos llevados a cabo por los indios del sur. A su vez, como dirigente militar, Rosas también logró convertirse en el representante de los propietarios rurales, socialmente conservadores e identificados con las tradiciones coloniales de la región. Este sector estaba alineado con la corriente federalista, proteccionista, adversa a la influencia foránea y a las iniciativas de corte librecambistas preconizadas por el Partido Unitario, pero al mismo tiempo, mantenía una fuerte desconfianza hacia Dorrego por sus antecedentes que lo vinculaban al artiguismo. Vicente Fidel López hizo hincapié en la fuerte división entre estas dos corrientes que confluyeron en el federalismo de Buenos Aires: "Algunos de sus nombres serviría para que se juzgue de los elementos de acción que en su nueva forma había recibido el partido federal; partido que por su denominación, al menos, se ligaba a la insurrección litoral de los artiguistas, a quienes estos mismos que figuraban ahora a su cabeza habían combatido a muerte, rechazándolo como bárbaro, y adoptando ahora sus principios como necesarios y útiles a la provincia de Buenos Aires: García Zúñiga, Arana, Aguirre, Cavia, Rojas, Anchorena, Maza, Rosas, Arguibel, Moreno, Balcarce, Escalada, Medrano, Obligado, Perdriel, Wright, Del Pino, Echavarría, Terreto, Vidal (Celestino), Izquierdo y otros, en cuyo cómputo estaban todavía entroncados gran número de familias afincadas y notables de nuestro tiempo".[12]
Tomás de Iriarte menciona en sus memorias que "Desde que Dorrego subió al gobierno, Rosas y su círculo, al que pertenecían los hermanos Anchorena (Juan José, Tomás y Nicolás), manifestaron sin rebozo sus pretensiones de dirigir la marcha de los negocios públicos; pero Dorrego no era hombre de soportar semejante dependencia (...) esto produjo, como era consiguiente, una división en el partido federal, que no hizo explosión entonces por el interés común de las dos facciones de luchar contra la oposición del partido unitario".[13]
En abril de 1829 debía renovarse la Legislatura de Buenos Aires, y era el momento esperado por Rosas, los Anchorena y Manuel José García, para provocar la salida de Dorrego y -según la versión expresada por el dirigente unitario Juan Cruz Varela en una carta a Juan Lavalle- designar a Rosas en la gobernación.[14] Esto no llegó a suceder debido a que antes de eso, se produjo la revolución unitaria de diciembre de 1828 que obligó a todas las facciones federales a unirse en contra de la misma.
La revolución de diciembre
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En 1828, terminada la Guerra del Brasil, el gobernador Dorrego –por una intensa presión diplomática y financiera– firmó un tratado de paz que reconoció la independencia de Uruguay, y la libre navegación del Río de la Plata y de sus afluentes solo por parte de la Argentina y del Imperio del Brasil pero por el término acotado de quince años.
Al igual que parte de los estancieros porteños, que necesitaban el levantamiento del bloqueo naval impuesto por el Brasil, Rosas aprobó con entusiasmo la Convención de Paz. Escribió a Tomás Guido, uno de sus firmantes:[15]
¡Qué frutos tan opimos ha dado a la República (...) la legación de sus hijos (Guido y Balcarce) al Janeiro! (...) la paz más honorífica que podíamos prometernos.(...) la guerra ha terminado de modo que nos colma de una noble relación...Es mi obligación tributar a usted la mayor gratitud.
En cambio, el tratado fue visto por los miembros del ejército en operaciones como una traición. El partido unitario, que se oponía activamente a Dorrego, aprovechó la ocasión para unir a su causa a los jefes militares que habían hecho la guerra al Imperio, y convencieron al jefe de las fuerzas porteñas, general Juan Lavalle, de encabezar la revuelta. En la madrugada del 1º de diciembre de 1828, éste derrocó al gobernador. Dorrego se trasladó al interior de la provincia, delegando el mando en el general Juan Ramón Balcarce mientras organizaba el ejército que debía reponerlo en el mando. Pero Balcarce tuvo que rendirse a Lavalle, que ese mismo día tomó el Fuerte de Buenos Aires y reunió a los miembros del Partido Unitario en la iglesia de San Francisco –nominalmente en representación del pueblo–, siendo elegido gobernador. Siguiendo la misma lógica, disolvió la Junta de Representantes de Buenos Aires.
Rosas levantó la campaña contra los sublevados y reunió un pequeño ejército de milicianos y partidas federales. Junto con Dorrego decidieron unir sus fuerzas en el norte de la provincia a las del coronel Ángel Pacheco, uno de los pocos altos mandos militares que se habían negado a sumarse a la rebelión de Lavalle. Sin embargo, a poco de llegar, Dorrego cambió de idea y decidió presentar batalla en el pueblo de Navarro. Aunque había elegido el campo de batalla, la rapidez del ataque de Lavalle le dio la ventaja de la sorpresa, a la que se sumaba una muy superior preparación militar de sus fuerzas y un mejor armamento. Los 600 coraceros de Lavalle atacaron de frente a los 2000 milicianos gauchos de Dorrego y los pusieron en fuga, dejando en el campo de batalla más de cien muertos.
Rosas se replegó a Santa Fe, para unir lo que quedaba de sus fuerzas con las de Estanislao López. Le aconsejó a Dorrego hacer lo mismo, pero éste se negó, respondiendo:
Señor don Juan Manuel: que usted me quiera dar lecciones de política, es tan avanzado como si yo me propusiera enseñar a usted cómo se gobierna una estancia.
Mientras Rosas se retiraba a Santa Fe, donde López lo alojó en su propia casa,[16] Dorrego llegó al fin a Salto, para refugiarse en el regimiento del coronel Ángel Pacheco. Pero dos de sus oficiales, Bernardino Escribano y Mariano Acha, se sublevaron contra ellos, arrestaron a Dorrego y lo entregaron a Lavalle en su campamento.

Allí, incitado por los ideólogos unitarios como Julián Segundo de Agüero, Salvador María del Carril y Juan Cruz Varela, Lavalle ordenó su fusilamiento y se hizo cargo de toda la responsabilidad. En la última carta de Dorrego, escrita a Estanislao López, le pedía que su muerte no fuera causa de derramamiento de sangre; no obstante, su ejecución dio paso a una larga y sangrienta guerra civil, la primera en que estuvieron simultáneamente implicadas casi todas las provincias argentinas.
A principios de enero de 1829, el general José María Paz, aliado de Lavalle, iniciaba la invasión de la provincia de Córdoba, donde derrocaría al gobernador Juan Bautista Bustos. De ese modo se generalizó la guerra civil en todo el país.
La victoria federal
[editar]Lavalle envió ejércitos en todas direcciones, pero distintos caudillos federales les presentaron batalla.[17] El coronel Federico Rauch marchó hacia el sur, y una de sus columnas, al mando del coronel Isidoro Suárez, derrotó y capturó al mayor Manuel Mesa, que fue enviado a Buenos Aires, donde fue ejecutado. Al frente del grueso de su ejército, Lavalle avanzó hasta ocupar Rosario. Pero, poco después, López se dejó perseguir por Lavalle hasta unos campos donde hierbas tóxicas mataron a la mayoría de los caballos del general porteño, que se vio obligado a retroceder. López y Rosas persiguieron a Lavalle hasta cerca de Buenos Aires, derrotándolo en la batalla de Puente de Márquez, librada el 26 de abril de 1829. Tras la derrota y muerte de Rauch, y la locura del coronel Ramón Estomba, las tropas enviadas al interior de la provincia se encerraron en la capital, dejando todo el resto de la provincia a Rosas.
López retornó a Santa Fe mientras Rosas sitiaba la ciudad de Buenos Aires, impidiéndole a las fuerzas de Lavalle y a la población recibir toda forma de ayuda externa, incluidos alimentos.[10] Allí crecía la oposición a Lavalle sobre todo por el asesinato de Dorrego. Lavalle había incrementado la persecución sobre los críticos. Los federales más notables habían sido detenidos y confinados a bordo del bergantín General Rondeau, entre ellos Tomás y Juan José de Anchorena, Victorio García Zúñiga, y Tomás de Iriarte.[9] Todas estas medidas le restaban popularidad a Lavalle.

Tras varias semanas de encierro sin esperanza de levantar el sitio, Lavalle optó por una medida desesperada: se dirigió hacia el cuartel general de Rosas, situado en Cañuelas, acompañado solo por un ayudante. Llegó a la residencia de Rosas en el partido de Cañuelas,[18] y se acostó en la cama de su enemigo, a esperarlo.[19] Una leyenda cuenta que una criada de Rosas, enterada del curioso suceso, habría abandonado una lechada con azúcar que estaba cocinando para buscar a Rosas; al regresar varias horas después, descubriría que acababa de inventar accidentalmente el dulce de leche.[20] Al día siguiente, 24 de junio, Lavalle y Rosas se trasladaron a la vecina estancia La Caledonia –propiedad de un tal Miller–, donde iniciaron negociaciones para llegar a algún tipo de acuerdo. No lograron acordar nada ese mismo día, pero los comisionados de ambos siguieron encontrándose en los días sucesivos. Finalmente firmaron el Pacto de Cañuelas,[21] que estipulaba que se llamaría a elecciones, en las que solo se presentaría una lista de unidad de federales y unitarios, y que el candidato a gobernador sería el coronel Félix de Álzaga, al que se le imponían los nombres de sus ministros, mitad federal y mitad unitarios.[22][23]
Lavalle presentó el tratado con un mensaje que incluía una inesperada opinión sobre su enemigo:
Mi honor y mi corazón me imponen remover por mi parte todos los inconvenientes para una perfecta reconciliación... Y sobre todo ha llegado el caso de que veamos, tratemos y conozcamos de cerca de Juan Manuel de Rosas como a un verdadero patriota y amante del orden.
Pero los unitarios interpretaron este acto de Lavalle como una traición, y si bien se formó la lista de unidad, en la víspera de la elección, presentaron una segunda lista, formada únicamente por unitarios, y encabezada por Carlos María de Alvear, y en elecciones especialmente violentas –al precio de treinta muertos– ganaron las elecciones. Lavalle, que se había comprometido personalmente en Cañuelas, y sus colaboradores, que poco después admitieron que habían subestimado a Rosas, iniciaron nuevas negociaciones. El resultado de las mismas sería el pacto de Barracas, del 24 de agosto. Mucho más que antes, la fuerza estaba del lado de Rosas, de modo que ni siquiera hubo elecciones, el Pacto nombró gobernador al general Juan José Viamonte, quien llamó a la legislatura derrocada por Lavalle para que ejerciera el Poder Legislativo.
Círculo de colaboradores
[editar]El círculo de colaboradores más estrechos de Juan Manuel de Rosas no fue completamente estable: cambió entre su primer gobierno (1829-1832), el período en que estuvo fuera del poder (1832-1835) y su segundo gobierno (1835-1852). Sin embargo, existe un núcleo de figuras que lo acompañó durante gran parte de su carrera política.
El colaborador civil más importante del régimen fue Tomás Manuel de Anchorena, probablemente el consejero político más escuchado por Rosas. Era además primo suyo. Intervino decisivamente en cuestiones económicas, legislativas y diplomáticas, ya que Rosas siempre le tuvo un especial respeto y admiración, al punto de manifestar, durante las conferencias previas de la Liga Litoral en San Nicolás, que Tomás de Anchorena "para él era un oráculo, pues lo consideraba infalible".[16]Lucio V. Mansilla, sobrino y biógrafo de Rosas expresó: "Sólo un hombre, un Anchorena, tuvo verdadera influencia sobre él".[24]
El grupo que realmente manejaba la administración cotidiana junto con Rosas estaba integrado, además de Anchorena, por su concuñado Felipe Arana[25] (quien, integrando la Sala de Representantes, fue el encargado de dar el discurso de presentación de Rosas al momento de su asunción, y luego fue ministro de Relaciones Exteriores durante casi todo el segundo gobierno, negociando en forma personal con Francia, Inglaterra, Brasil y Uruguay. Su permanencia en el cargo desde 1838 a 1852, demuestra la enorme confianza que Rosas depositó en él) y Manuel José García. Rosas recurrió a este último por su enorme experiencia administrativa y financiera. García era, probablemente, el funcionario público más experimentado del Río de la Plata: había servido desde la época del Primer Triunvirato, había sido ministro de Hacienda de Rivadavia, diplomático, negociador con Brasil y fundador del Banco de Buenos Aires. Rosas valoraba esa capacidad técnica pese a que García no se identificaba particularmente con el partido federal ni con el unitario, y en alguna ocasión hasta llegó a criticar abiertamente a Rosas por sus formas autoritarias. Por esa postura, su casa fue baleada por partidarios de este en 1834.
En el terreno militar, y pese a conservar formalmente la conducción de las tropas, Rosas prefería delegar la conducción militar en generales experimentados. Ángel Pacheco fue el principal general del rosismo, venciendo en Cagancha, Quebracho Herrado, Fraile Muerto, Rodeo del Medio y otras campañas. Otros de sus generales destacados fueron su cuñado Lucio Norberto Mansilla (casado con su hermana Agustina Ortiz de Rozas), Manuel Corvalán e Hilario Lagos.
Entre los principales operadores políticos, estaban Nicolás Mariño, que dirigía buena parte de la prensa oficialista y los jefes de policía Ciriaco Cuitiño y Leandro Antonio Alén, ambos vinculados a la Mazorca. Julio Irazusta los calificó como hombres de ejecución más que de deliberación.
También contó con un grupo de colaboradores cercanos que desempeñaron funciones de representación política, administración y apoyo personal. Entre ellos se destacaron los edecanes, cuya organización y funciones han sido estudiadas por la historiadora María Andrea Reguera. Según Reguera, en el círculo íntimo de Rosas, los edecanes podían ser considerados los hombres de confianza del gobernador en el plano personal y político para ejercer determinado tipo de funciones. Entre ellas se encontraban aquellas en las que Rosas los autorizaba a representarlo, tanto por escrito, con el fin de transmitir y ejecutar sus órdenes, como en persona, con el objeto de reemplazarlo en actos políticos y sociales. Como Rosas gobernaba de manera muy personalista, el acceso directo a él era limitado. Los edecanes eran parte de ese reducido círculo que tenía contacto cotidiano con el gobernador.[26]
Era un título honorífico, similar al de ciudadano distinguido, que otorgaba consideraciones especiales en el trato con las autoridades y constituía una demostración de confianza por parte del gobernador, ya que quienes lo recibían no asumían necesariamente nuevas funciones y continuaban desempeñando sus tareas habituales. El cargo era fuente de honores y privilegios, tanto materiales como simbólicos. Además de percibir las remuneraciones correspondientes a sus funciones ordinarias, los edecanes recibían un adicional de 100 pesos mensuales y podían ser recompensados con concesiones de tierras. De los edecanes dependía la Secretaría Privada del gobernador, integrada por cuatro escribientes encargados de pasar en limpio los borradores del jefe de Estado. Asimismo, se encontraban a cargo de un Cuartel General compuesto por doce soldados y dos sargentos.
Durante su primer gobierno, Rosas nombró como edecanes a los coroneles de infantería Manuel Corvalán, Agustín Robelo y Bernardo Castañón; a los coroneles de caballería Juan Isidro Quesada, Manuel A. Pueyrredón y Juan José Hernández; y a los tenientes coroneles de caballería José María Echauri, Manuel Delgado, Narciso del Valle y Benito de Olazábal.
Durante su segundo mandato, Rosas creó la Plana Mayor de Edecanes como cuerpo independiente, cuyo jefe y primer edecán fue el entonces general Manuel Corvalán. Lo secundaban los coroneles de caballería Ramón Rodríguez, Pedro Ramos y Narciso del Valle; los coroneles de infantería Luciano Montes de Oca, Agustín Robelo y Pedro Regalado Rodríguez; el teniente coronel de caballería José María Ramiro; los sargentos mayores Ramón Bustos y Antonino Reyes; y los capitanes Vicente Torcida y Benito González.
En 1837 se creó una Guardia Personal para el gobernador bajo la denominación de Regimiento Escolta Libertad, integrada por dos compañías: una establecida en la campaña, en el Cuartel General de Santos Lugares, y otra en la ciudad de Buenos Aires, con asiento en Palermo.
Posteriormente se incorporaron a la Plana Mayor el coronel Juan José Hernández, el sargento mayor Nicolás Mariño y el capitán José Solano.
Según Reguera, la lealtad exigida por Rosas estaba asociada a la defensa de la causa federal, con la que el gobernador llegó a identificarse estrechamente. La autora sostiene que quienes no adhirieron a su forma de hacer política fueron considerados traidores y, en numerosos casos, emigraron a ciudades como Montevideo y Santiago de Chile, donde algunos participaron posteriormente de la prensa antirrosista.
La reciprocidad entre la confianza depositada por Rosas para la representación del poder y la lealtad con la que respondían sus colaboradores se aseguraba, según Reguera, mediante un proceso de selección concentrado en manos del gobernador y por la pertenencia de los edecanes a cuerpos jerarquizados, disciplinados y habituados a la obediencia.[26]
Primer gobierno
[editar]La legislatura de Buenos Aires proclamó a Juan Manuel de Rosas como Gobernador de Buenos Aires el 8 de diciembre de 1829, honrándolo además con el título de Restaurador de las Leyes e Instituciones de la Provincia de Buenos Aires. En el mismo acto, y a propuesta de Tomás de Anchorena,[9] le otorgó «todas las facultades ordinarias y extraordinarias que creyera necesarias, hasta la reunión de una nueva legislatura». No era algo excepcional: las facultades extraordinarias ya les habían sido conferidas a Manuel de Sarratea y a Martín Rodríguez en 1820, y a los gobernadores de muchas otras provincias en los últimos años; también Juan José Viamonte las había tenido.
El mismo día en que juró su cargo, declaró al diplomático uruguayo Santiago Vázquez:
Creen que soy federal; no señor, no soy de partido alguno sino de la Patria... En fin, todo lo que yo quiero es evitar males y restablecer las instituciones, pero siento que me hayan traído a este puesto.
Lo primero que hizo Rosas fue realizar un extraordinario funeral al general Dorrego, trayendo sus restos a la capital, con lo cual logró la adhesión de los seguidores del fallecido líder federal, sumando el apoyo del pueblo humilde de la capital al que ya tenía de la población rural.[27]
Respecto a la forma de organización constitucional del estado y al federalismo, Rosas fue un pragmático. En cartas enviadas en 1829 al general Tomás Guido, al general Eustoquio Díaz Vélez y a Braulio Costa, el financista de Quiroga les escribía para informarles que
...el general Rosas es unitario por principio, pero que la experiencia le ha hecho conocer que es imposible adoptar en el día tal sistema porque las provincias lo contradicen, y las masas en general lo detestan, pues al fin sólo es mudar de nombre.[28]
En los meses siguientes, las provincias del Litoral le confirieron a Rosas la delegación de las Relaciones Exteriores de todas ellas –tal como lo habían hecho antes con Las Heras y Dorrego– por lo cual cualquier tratado con otro país, conflicto externo y cualquier acuerdo comercial era decidido y negociado por él.[29]
Pese a las promesas de respetar al partido vencido, Rosas impuso gradualmente la supremacía de la alianza que lo había llevado al poder, que se adjudicaría el nombre de Partido Federal. Removió de sus cargos a los funcionarios públicos, militares y eclesiásticos que habían participado en el golpe de Estado y la dictadura de Lavalle. También estableció una severa censura contra los periódicos que habían apoyado a Lavalle, que extendería a cualquiera que cuestionara sus propios actos de gobierno.[30]
Más tarde, el 3 de febrero de 1832, haría obligatorio el uso de la divisa punzó a todos los militares y empleados públicos, de modo que se identificara al Partido Federal con el Estado.[31]
El gobierno de la provincia
[editar]En un primer momento se apoyó en algunos de los dirigentes del Partido del Orden de la década anterior, lo cual ha permitido que fuera acusado de ser el continuador del Partido Unitario, aunque con el tiempo se distanciaría de ellos. Durante esta primera administración se reformaron el Código de Comercio y el de Disciplina Militar, se reglamentó la autoridad de los jueces de paz de los pueblos del interior y se firmaron tratados de paz con los caciques, con lo que se obtuvo una cierta tranquilidad en la frontera.
No obstante, la supremacía lograda no estuvo asociada a un apoyo incondicional de toda la población. Rosas debió enfrentar, por el contrario, una dura resistencia durante el curso de su gobierno.
La guerra civil en el interior
[editar]El general José María Paz había ocupado Córdoba y había derrotado a Facundo Quiroga en 1829. Rosas envió una comisión a mediar entre Paz y Quiroga, pero este fue derrotado y se refugió en Buenos Aires. Rosas le hizo dar un recibimiento triunfal –como si hubiese sido el vencedor– aunque el caudillo consideraba que la guerra había terminado para él.
Paz aprovechó la victoria para invadir las provincias de los aliados de Quiroga, colocando en ellos gobiernos unitarios. Los bandos quedaban definidos: las cuatro provincias del litoral, federales; las nueve del interior, unitarias y unidas desde agosto de 1830 en una Liga Unitaria, cuyo «supremo jefe militar» era Paz.
A los pocos meses, en enero de 1831, Rosas y Estanislao López impulsaron el Pacto Federal entre Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos. Este –que sería uno de los «pactos preexistentes» mencionados en el Preámbulo de la Constitución de la Nación Argentina– tenía como objetivo poner un freno a la expansión del unitarismo encarnado en el general Paz. Corrientes se adheriría más tarde al Pacto, porque el diputado correntino Pedro Ferré intentó convencer a Rosas de nacionalizar los ingresos de la aduana de Buenos Aires e imponer protecciones aduaneras a la industria local. En este punto, Rosas sería tan inflexible como sus antecesores unitarios: la fuente principal de la riqueza y del poder de Buenos Aires provenía de la aduana.
El caudillo santiagueño Juan Felipe Ibarra, refugiado en Santa Fe, logró que López iniciara acciones contra Córdoba. Serían acciones guerrilleras, porque en ese tipo de acciones tenía ventaja sobre las disciplinadas tropas de Paz. A principios de 1831, el ejército porteño inició también las operaciones, al mando de Juan Ramón Balcarce; pero el ejército porteño nunca llegó a unirse al santafesino.
Cuando el coronel Ángel Pacheco derrotó a Juan Esteban Pedernera en la batalla de Fraile Muerto, Paz decidió hacerse cargo personalmente del frente oriental.
Por su lado, Quiroga decidió volver a la lucha. Pidió fuerzas a Rosas, pero este solo le ofreció los presos de las cárceles. Quiroga instaló un campo de entrenamiento y, cuando se consideró listo, avanzó sobre el sur de Córdoba. En el camino, Pacheco le entregó los pasados de Fraile Muerto: con ellos conquistó Cuyo y La Rioja en poco más de un mes.
La inesperada captura de Paz por un tiro de boleadoras de un soldado de López, el 10 de mayo de 1831, provocó un repentino cambio: Gregorio Aráoz de Lamadrid se hizo cargo del ejército unitario, con el que se retiró hacia el norte y fue vencido por Quiroga en la batalla de La Ciudadela, el 4 de noviembre, junto a la ciudad de Tucumán, con lo cual la Liga del Interior quedó disuelta.
Convención de Santa Fe
[editar]En los meses siguientes, las provincias restantes se fueron adhiriendo al Pacto Federal: Mendoza, Córdoba, Santiago del Estero y La Rioja en 1831. Al año siguiente, Tucumán, San Juan, San Luis, Salta y Catamarca.
En cuanto terminó la guerra, los representantes de varias provincias anunciaron que, con la pacificación interior, había llegado la ocasión esperada para la organización constitucional del país. Pero Rosas argumentaba que primero se tenían que organizar las provincias y luego el país, ya que la constitución debía ser el resultado escrito de una organización que debía darse primero. Aprovechó una acusación del diputado correntino Manuel Leiva para acusarlo de tener ideas anárquicas y retirar su representante de la convención de Santa Fe. En agosto de 1832, la convención quedaba disuelta, y la oportunidad de organizar constitucionalmente el país se pospuso por otros veinte años.
Por un tiempo, el país quedó dividido en tres áreas de influencia: Cuyo y el noroeste, bajo el mando de Quiroga; Córdoba y el litoral, con gobiernos adictos a López; y Buenos Aires, gobernada por Rosas. Por unos años, este triunvirato virtual gobernaría el país, aunque las relaciones entre López y Quiroga nunca fueron buenas.[32]
En 1832, en carta a Quiroga, Rosas le decía:[28]
... siendo federal por íntimo convencimiento, me subordinaría a ser unitario si el voto de los pueblos fuese por la unidad.
Interregno
[editar]Terminado su período de gobierno el 17 de diciembre de 1832, Rosas fue reelegido, pero condicionó la aceptación del cargo a que se le renovaran las facultades extraordinarias que había ejercido desde 1829. En ese momento muchos representantes habían considerado esas facultades como una medida excepcional y transitoria. Tres años después, una parte importante de la Sala entendía que la emergencia había disminuido y que ya no había razones para prorrogarlas. En esta postura no estaban sólo los unitarios sino también federales moderados, que luego integrarían el grupo conocido como los "cismáticos" o "lomos negros", quienes sostenían que la provincia debía volver al régimen ordinario previsto por sus instituciones. A diferencia de otros debates legislativos, las actas de la Sala no conservan un registro taquigráfico completo de las intervenciones ni del voto de cada uno de los representantes, pero se aprobó la reelección de Rosas sin las facultades extraordinarias. Ante este resultado,declinó la reelección en forma indeclinable. En su lugar fue elegido Juan Ramón Balcarce, importante militar de la época de la Guerra de la Independencia Argentina y jefe de un grupo federal no rosista, a quien Rosas entregó el gobierno el 18 de diciembre de 1832.[33]
La negativa de Rosas a aceptar un nuevo mandato sin facultades extraordinarias coincidió con su decisión de dirigir la Campaña al Desierto. El historiador John Lynch ha tratado de enlazar las dos decisiones en una misma estrategia política a mediano plazo: "Probablemente tenía además otros motivos. Si la legislatura se negaba a renovar sus poderes extraordinarios y se veía obligado a abandonar la gobernación al final del período en el cargo, ¿cuál sería su papel y dónde estaría su poder? El comando de un fuerte ejército, por cierto virtualmente el de todas las fuerzas de la provincia, le proporcionaría una base inatacable. Y si él conducía ese ejército en una exitosa expedición para expandir y asegurar la frontera, no podía fracasar en el fortalecimiento de su influencia ante los estancieros de su propia provincia y los caudillos de cualquier parte".[34]Efectivamente, la posterior crisis del gobierno de Balcarce terminó fortaleciendo la posición política de Rosas, que reapareció como el único dirigente capaz de garantizar el orden. También Tulio Halperín Donghi interpreta que la crisis del gobierno de Balcarce reforzó decisivamente el liderazgo de Rosas, aunque evita atribuir ese desenlace a un cálculo estratégico del propio Rosas.[35]
Campaña al Desierto
[editar]La llanura pampeana bonaerense había estado sometida al dominio blanco apenas en una franja estrecha junto al río Paraná y el Río de la Plata, por lo menos hasta la década de 1810. Desde entonces, la «frontera con el indio» se había adelantado hasta una línea que pasaba aproximadamente por las actuales ciudades de Balcarce, Tandil y Las Flores.[36]
En cuanto a Rosas, dejó el gobierno a fines de 1832 y a principios del siguiente año coordinó la campaña contra los indios, conocida como la primera "Campaña al Desierto".[37]
El 11 de mayo de 1832, durante la apertura de la Décima Legislatura, Juan Manuel de Rosas pronunció el siguiente discurso, exponiendo la necesidad de:
“expedicionar contra los indios enemigos, pues solo así podrán estos ser escarmentados, y los amigos regularizados, despejando los campos hasta el rio Negro de Patagones, y dejando en completa seguridad nuestra línea de frontera”.[38]
Los objetivos declarados para la campaña fueron dominar a los indios enemigos, afianzar los lazos con los indios amigos, ampliar el territorio despejando los campos hasta el río Negro de Patagones y asegurar las fronteras ya establecidas, que se hallaban en constante amenaza por aquellos grupos indígenas. A su vez, se buscaba rescatar a los numerosos cautivos, sobre todo mujeres y niños, liberando especialmente a las cautivas cristianas, y mantener la cohesión de sus fuerzas durante el combate. Sin embargo, su meta final era obtener territorios para la explotación ganadera y relanzar el liderazgo político de Rosas.[39]
Durante el verano de 1833 se realizaron los preparativos para la Campaña, el gobierno de Balcarce debía encargarse de solventarla económicamente. El 6 de febrero fue aprobada la ley que autorizaba al Poder Ejecutivo a negociar un crédito de un millón y medio de pesos m/c, para costear los gastos de la expedición, aunque al poco tiempo, el ministro de Guerra comunicó que no podría hacerse cargo de dicho objetivo. Los recursos destinados se convirtieron en un objeto de controversia, ya que Rosas acusaba a las autoridades de postergar el apoyo para debilitar su liderazgo, mientras que el gobierno afirmaba que los fondos asignados se ajustaban a las limitadas posibilidades del presupuesto ordinario.[40] Por lo cual debió recurir a su círculo más cercano: el exgobernador y socio de Rosas Juan Nepomuceno Terrero terminaron suministrando ganado vacuno y caballar para el abastecimiento, sumado a que sus primos Juan José, Nicolás y Tomás de Anchorena, el suegro de este último, Victorio García de Zúñiga, el doctor Miguel Mariano de Villegas,[41]y el entonces coronel Tomás Guido donaron dinero en efectivo para que pudieran iniciarla.[42][43]
La expedición partió el 23 de marzo de 1833 desde la estancia de Rosas, Los Cerrillos, en San Miguel del Monte. El exgobernador asumió como jefe de la Expedición al Desierto ese mismo año.[44] El avance se organizó en tres columnas: la Izquierda proveniente de Buenos Aires y comandada por Rosas; la del Centro proveniente de San Luis, dirigida por Facundo Quiroga; y la Derecha proveniente de Mendoza, al mando del mendocino José Félix Aldao. El ejército comandado por Rosas había reclutado aproximadamente dos mil hombres, además de contar con centenares de indios amigos, agrupados en partidas dirigidas por los caciques Catriel y Cachul.[45]Quiroga, con la División Auxiliares de los Andes, expedicionaría por el río Desaguadero y el Atuel en busca de Yanquetruz, un mapuche llegado de Chile que en 1828 comenzó a liderar a los ranqueles del sur de Córdoba, produciendo uno de los más cruentos malones, en Río Cuarto. Una vez logrado ese objetivo, Quiroga se uniría a Rosas en el río Colorado. El plan era que Rosas avanzaría por la rastrillada de los chilenos a unirse con las fuerzas de Quiroga y atacar juntos a Chocorí en la isla de Choele Choel. Este era un cacique que con 2000 indígenas guerreros, acosaba constantemente a las poblaciones fronterizas y por la ubicación central de su territorio, pasaban por él las rastrilladas de ganado robado que se dirigían a Chile, por lo que Rosas lo consideraba un bandolero. No gobernaba sobre una tribu, sino sobre un grupo armado de indios y renegados blancos, y negociaba con los caciques Yanquetruz y Mariano Rondeau, comprándoles el ganado robado a cambio de licor y fusiles.[46] Desde allí, las columnas de Rosas y Quiroga continuarían juntas hacia el País de las Manzanas o Neuquén.
Pero más allá de esos planes, fue determinante la actuación de los llamados "indios amigos". Autores como John Lynch y Raúl Mandrini destacan que uno de los mayores aciertos de Rosas fue combinar la acción militar con la diplomacia indígena. Desde fines de 1832 y comienzos de 1833, Rosas había conseguido atraer a varios caciques mediante tratados, regalos y alianzas. Entre ellos figuraban caciques pampas que eran enemigos de Yanquetruz. El principal aliado de Rosas era, por ese momento, el cacique borogano Cañiuquir. Rosas se había ganado su amistad años atrás al devolverle a su esposa Luisa. Esta había sido capturada el 2 de noviembre de 1826, cuando el coronel Federico Rauch atacó sus tolderías y, de alguna manera que la historia no ha logrado determinar, había ido a parar a la estancia Los Cerrillos de Juan Manuel de Rosas donde vivió por un largo tiempo. Al llegar el momento de planificar la Campaña, Rosas la envió de vuelta a Cañiuquir, cargada de obsequios para el cacique. Desde entonces Cañiuquir y sus hombres colaboraron con los objetivos militares de Rosas. En 1832, por orden de Rosas, Cañiuquir atacó y forzó a huir al cacique Toriano, de los huilliches recién ingresados desde Chile.[47] Al año siguiente, durante la campaña de Rosas al Desierto, éste exigió a Cañiuquir que eliminara a aquellos de sus indios de lanza que habían combatido en las filas de Yanquetruz o de su aliado, el borogano Mulato. Poco después lo mandó llamar a Bahía Blanca, donde lo amenazó pero también le regaló tres mil pesos. En esa ocasión, Rosas le pidió que fuese con sus hombres hasta los toldos de Mulato y le cortasen la cabeza. La expedición se hizo, pero los boroganos se volvieron sin encontrar a Mulato, y además manifestaron a Rosas que estaban arrepentidos de haberla hecho.[48] Eso les valió el odio del caudillo federal, que desde entonces trató de usar contra los ranqueles a los boroganos y al mismo tiempo destruir también a éstos.[49]
A su regreso a Guaminí, Cañiuquir participó de un parlamento general, en el cual el coronel Delgado volvió a intentar convencerlos de atacar a los ranqueles. Pero Melín y Mariano Rondeau, otros dos destacados líderes boroganos, pidieron ir personalmente a explicarle a Rosas cómo separar a Mulato de Yanquetruz. Finalmente, todos acordaron que una división borogana no muy grande atacase a los hombres de Yanquetruz.[50] Rondeau, especialmente, había quedado muy ofendido porque había viajado a Buenos Aires sin poder ver a Rosas, y había sido mal recibido por su edecán Manuel Corvalán. Enterados de la muerte de Mulato, en enero de 1834, por una epidemia de viruela.[51], decidieron no atacar, proponiendo a cambio tratar de convencer a Yanquetruz de firmar la paz.[52]
Existen dos versiones sobre las causas de lo que ocurrió después: una es que Rosas utilizó al jefe de los hilliches, Calfucurá, para atacar a los boroganos; concretamente, que Calfucurá actuó a sueldo de Rosas. La otra, es que Calfucurá había sido llamado por los boroganos para que los ayudara a atacar a los ranqueles, pero que después de llegar desde Chile, tras varias semanas de marcha, se enteraron de que los boroganos no iban a atacar a los ranqueles; que, sintiéndose usado, y habiendo abandonado sus propiedades en Chile, decidió vengarse.[49]
El hecho concreto fue que el 8 de septiembre de 1834, Cheuqueta, Namuncurá y su padre Calfucurá entraron con mil guerreros en los toldos de Mariano Rondeau y Melín en Masallé, junto a las Salinas Grandes, y los mataron; a continuación mataron a cualquier indio de lanza que no se pusiera a sus órdenes de inmediato, saquearon todo el campamento y prendieron fuego a lo que no pudieron llevarse.[49] La intención era matar también a los demás jefes boroganos, pero éstos alcanzaron a huir: Caniullán se refugió en el fuerte Cruz de Guerra (partido de Veinticinco de Mayo), y Cañiuquir se escondió en el arroyo del Pescado, afluente de la laguna del Monte.[53]
Algunos meses más tarde, las tropas de Veinticinco de Mayo y de Bahía Blanca hicieron un barrido de la región de los boroganos, obligándolos a unirse a una división que atacaría a los ranqueles. Creyendo que iban contra Calfucurá, muchos de ellos se sumaron a la expedición, pero cuando encontraron algunos cautivos abandonados, descubrieron que iban a combatir a sus propios familiares. La expedición no fue más allá de Venado Tuerto, y Cañiuquir volvió a Guaminí.
Mientras todo esto ocurría, Yanquetruz, al advertir el movimiento convergente de las tres columnas y la defección de algunos aliados indígenas, evitó presentar batalla en las condiciones que buscaban los expedicionarios, abandonó las tolderías y desplazó a toda su población hacia el sudoeste. La columna del centro libró algunos encuentros con partidas ranqueles y ocupó territorios donde se suponía que estaba Yanquetruz y regresó rápidamente.
De este modo, y tras el desplazamiento de Yanquetruz y su gente, la columna Derecha (u oeste) recorrió un territorio que había sido «limpiado» de indígenas recientemente, por lo que se limitó a llegar al río Colorado.
La que hizo la mayor parte de la campaña fue la Izquierda (o este), al mando del propio Rosas. Este se estableció a orillas del río Colorado –cerca de la actual localidad de Pedro Luro– y envió cinco columnas hacia el sur y hacia el oeste, que consiguieron derrotar a los caciques más importantes. Al llegar a la Fortaleza Protectora Argentina (futura Bahía Blanca), para reunirse con las tropas de refuerzo y los pertrechos llegados por barco desde Buenos Aires, recibió noticias de que Chocorí ya estaba alertado de la expedición en su contra. El 1 de mayo Rosas envió al general Ángel Pacheco con 800 hombres de caballería para remontar el río Negro y cortarle la retirada esquivando la rastrillada de los chilenos, que estaba bien vigilado por los indígenas. Pacheco cruzó con sus fuerzas el río Colorado en el luego denominado Paso de Pacheco y siguió hasta las cercanías de Carmen de Patagones. Llegó al río Negro el 10 de mayo y lo hizo cruzar por dos escuadrones al mando de Lagos y de Francisco Sosa, quienes avanzaron por la margen sur (derecha) del río, mientras Pacheco con el resto de la división lo hacía por la margen norte. La columna del sur atacó y destruyó varias tolderías, que abandonaban los indígenas. El 26 de mayo la vanguardia de Sosa y Cayetano Ferrat atacó la toldería del cacique pehuenche Payllerén (o Pillarén), un aliado de Chocorí, quien fue muerto con 24 indios. Un sargento y varios soldados murieron ahogados durante el ataque.
Pacheco llegó frente a la isla de Choele Choel Grande el 30 de junio y se apoderó de ella por sorpresa el 3 de julio con 300 hombres. Chocorí escapó desnudo con cuatro o cinco lanceros, dejando en su toldo su ropa, su cota de malla y el sable que llevaba al cinto.[54] Huyó hacia el oeste en compañía de los caciques Velocurá y Lupil. Rosas envió en su búsqueda desde Médano Redondo al coronel Pedro Ramos con 300 soldados y 100 indígenas, pero al no hallarlo, ordenó a Ramos que continuara remontando el Colorado por su margen derecha hasta dar con Aldao, de quien no tenía noticias.
(...) Pero estos pricioneros no se descuide con ellos. Si alguno es de una importancia tal qe. meresca el qe. yo hable con el mandemelo, pero sino, lo qe. debe u. hacer es luego qe. ya enteramte. no los necesite para tomarles declaraciones, puede hacer al marchar un dia quedar atras una guardia vien instruida al Gefe encargado qe. me parece puede para esto ser bueno Valle, quien luego qe. ya no haya nadie en el campo, los puede ladear al monte, y alli fusilarlos. Digo esto asi porqe. después de prisioneros y rendidos da lastima matar hombres, y los Indios qe. van con V. qe. lo vean aunqe. quizas les gustaria esto porqe. asi son sus costumbres, pero no es lo mejor. mas como no hay donde tenerlos seguro vale mas q. mueran y no exponerse a que se vaian y causen algun mal. Si después echasen menos los Yndios a los dhos prisioneros, y le preguntasen los Cavezas q. se han echo los prisioneros puede u. decirles qe. habiendose querido escapar y teniendo orden la Guardia de qe. si los pillara por escaparse los fusilase había cumplido dha. orden.Carta de Juan Manuel de Rosas al coronel Pedro Ramos, Río Colorado, 2-IX-1833. AGN X 27.5.7
Chocorí, finalmente, murió en 1834, en un enfrentamiento con las tropas del coronel Francisco Sosa, destacadas para perseguirlo, perteneciente a la columna del este de la primera campaña al Desierto comandada por el general Ángel Pacheco.[55] Le sucedió como jefe del País de las Manzanas su hijo Valentín Sayhueque, concebido por la puelche Yelkulachüm en 1818, en la actual provincia del Neuquén.
Estableció Pacheco en la isla Grande de Choele Choel su campamento principal, el Fuerte Encarnación y a mediados de octubre siguió con 400 hombres hasta la confluencia de los ríos Limay y Neuquén, localizando en el recorrido varias tolderías abandonadas cuatro meses antes. El 26 de octubre de 1833 llegaron a la confluencia, haciendo adelantar Pacheco dos escuadrones montados que llegaron al río Neuquén, pasándolo a nado algunas partidas que recorrieron la costa del Limay. El resto de los escuadrones costearon el río Neuquén siguiendo un camino que se bifurcaba. Los cerros que se hallaban a su frente fueron denominados cerros de Rosas y escalados por las tropas, que atacaron a los indios rescatando cautivos. Pacheco ordenó el regreso a Choele Choel, a donde llegó el 29 de octubre. A fines de noviembre retornó a Monte Redondo.[56] Durante la marcha un buque al mando de Nicolás Descalzi remontó el río Negro realizando mediciones y comprobando su navegabilidad.
A continuación firmó tratados de paz con otros, secundarios hasta entonces, que se convirtieron en útiles aliados. Al año siguiente se sumó el más importante de ellos, Calfucurá.
La campaña también incorporó científicos que reunieron información sobre la zona recorrida, pero las regiones desérticas quedaron en manos de los indígenas. Rosas recibió además la visita del científico Charles Darwin, quien en su diario de viaje describió parte de la campaña:[57]
Los indios formaban un grupo de unas 110 personas (hombres, mujeres y niños); casi todos fueron hechos prisioneros o muertos, pues los soldados no dan cuartel a ningún hombre. Los indios sienten actualmente un terror tan grande, que ya no se resisten en masa; cada cual se apresura a huir por separado, abandonando a mujeres e hijos. [...] Sin disputa, esas escenas son horribles, ¡pero cuánto más horrible todavía es el hecho cierto de que los soldados dan muerte a sangre fría a todas las indias que parecen tener más de veinte años! Y cuando yo –en nombre de la humanidad– protesté, se me replicó: «¿Qué otra cosa podemos hacer? ¡Tienen tantos hijos esas salvajes!».

Durante la expedición, la totalidad de los indígenas varones que no se aliaron a Rosas fueron ejecutados, mientras que las mujeres y los niños fueron tomados como prisioneros y sus ganados resultaron confiscados.[58]
La Campaña al Desierto se dio ´por finalizada el 25 de mayo de 1834. Su resultado fueron 1400 muertos y más de 3000 bajas de indios de guerra, capturaron más de un millar de prisioneros y recuperaron numerosos cautivos y cabezas de ganado. Lograron asegurar la frontera de Buenos Aires y facilitaron a los pobladores la ocupación del amplio territorio ganado a las parcialidades indígenas.[59]
Esta visión exitosa de la expedición quedó plasmada en el discurso de despedida que Rosas dirigió a sus soldados en Napostá, exponiendo los logros obtenidos para los habitantes de Buenos Aires:
“¡Soldados de la patria! Hace doce meses que perdisteis de vista vuestros hogares para internaros en las vastas pampas del sur. Habéis operado sin cesar todo el invierno y terminado los trabajos de la campaña en doce meses como os lo anuncié. Vuestras lanzas han destruido los indios del desierto, castigando los crímenes y vengando los agravios de dos siglos. Las bellas regiones que se extienden hasta la cordillera de los Andes y las costas que se desenvuelven hasta el afamado Magallanes, quedan abiertas para nuestros hijos. Habéis excedido las esperanzas de la patria”.
Entre tanto, ella ha estado envuelta en desgracia por la furia de la anarquía. ¡Cuál sería hoy vuestro dolor si al divisar en el horizonte los árboles queridos que marcan el asilo doméstico, alcanzarais á ver la funesta humareda de la guerra fratricida!
¡Compatriotas! que os gloriáis con el título de Restauradores de las Leyes, aceptad el honroso empeño de ser sus firmes columnas y defensores constantes.
Pero la divina Providencia nos ha librado de tamaños desastres. Su mano protectora sacó del seno mismo de la discordia un gobierno fraternal, á quien habéis rendido el solemne homenaje de vuestra obediencia y reconocimiento.
¡Compañeros! Jurad aquí delante del Eterno que grabaremos siempre en nuestros pechos la lección que se ha dignado darnos tantas veces, de que sólo la sumisión perfecta á las leyes, la subordinación respetuosa á las autoridades que por ellas nos gobiernan, pueden asegurar la paz, libertad y justicia para nuestra tierra.
La Expedición al Desierto constituyó un éxito en relación con los objetivos que se había propuesto. Logró derrotar y dispersar a numerosas parcialidades indígenas hostiles, reducir durante varios años la intensidad de los malones, recuperar cautivos y consolidar la seguridad de los campos y pueblos fronterizos. Asimismo, permitió un avance territorial hacia el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, aunque de una magnitud muy inferior a la alcanzada por la Conquista del Desierto dirigida por Julio A. Roca en 1879. Desde el punto de vista político, la campaña incrementó considerablemente el prestigio de Rosas y fortaleció sus vínculos con diversos jefes militares y caudillos federales, circunstancia que favoreció la consolidación de su liderazgo y preparó el camino para su regreso al gobierno en 1835.[60]
Lo más importante que logró Rosas fue poner de su lado al ejército, a los estancieros y la opinión pública. Asimismo, fue bien recibida por los gobiernos de Mendoza, San Luis, Córdoba y Santa Fe, cuyas fronteras experimentaron durante varios años una notable disminución de los grandes malones. No obstante, el poder indígena no fue destruido por completo: los ranqueles continuaron constituyendo una amenaza para las provincias del interior y, pocos años después, la irrupción de Calfucurá volvería a modificar el equilibrio de fuerzas en las pampas.
La relativa pacificación de la frontera tuvo un costo económico. Rosas consolidó una política de alianzas con los llamados indios amigos, basada en la entrega periódica de ganado, caballos, harina, tejidos, aguardiente y otros bienes a cambio de su colaboración en la defensa de la frontera, el suministro de información y el mantenimiento de la paz. Si bien esta práctica tenía antecedentes, durante el segundo gobierno de Rosas adquirió una organización más estable y pasó a conocerse como el "Negocio Pacífico de Indios". Con el tiempo, muchas de esas parcialidades desarrollaron una creciente dependencia de las raciones suministradas por el gobierno bonaerense, circunstancia que llevó a numerosos contemporáneos a considerarlas una pesada carga para el erario provincial. Sin embargo, desde la perspectiva de Rosas, aquellas entregas constituían el precio necesario para asegurar la paz en la frontera y obtener la cooperación de pueblos que seguían considerándose dueños de esos territorios. Para los propios caciques aliados, el acuerdo también resultaba beneficioso: les permitía garantizar la subsistencia de sus comunidades, reforzar su autoridad frente a otros grupos indígenas y consolidar su posición en las relaciones con el Estado bonaerense.[61]
Esta actitud pacificadora, y el cumplimiento de los pactos celebrados, le ganaron a Rosas el respeto de algunos de los jefes de los indios amigos. Cuando este asumió por segunda vez la gobernación de la provincia, el cacique Catriel en Tapalqué fue uno de los que le expresó su apoyo y, todavía años después de la caída de Rosas, el mismo Catriel señalaba:[62]
Nuestro hermano Juan Manuel indio rubio y gigante que vino al desierto pasando a nado el Samborombón y el Salado y que jineteaba y boleaba como los indios y se loncoteaba con los indios y que nos regaló vacas, yeguas, caña y prendas de plata, mientras él fue Cacique General nunca los indios malones invadimos, por la amistad que teníamos por Juan Manuel. Y cuando los cristianos lo echaron y lo desterraron, invadimos todos juntos.
Durante su exilio en Inglaterra, Rosas colaboró con el diplomático británico George Thomas Love en la elaboración de una gramática y un vocabulario de la lengua pampa, aportando los conocimientos lingüísticos adquiridos durante sus años de convivencia y negociación con los pueblos indígenas de la frontera.
En esta campaña se destacaron algunos oficiales que formaron la siguiente generación de militares porteños: Pedro Ramos, Ángel Pacheco, Domingo Sosa, Hilario Lagos, Antonio Garretón, Narciso del Valle, Ventura Miñana, Bernardo Echevarría, Mariano Maza, Jerónimo Costa, Pedro Castelli y Vicente González (el Carancho del Monte).[60]
Un elemento característico de la campaña fueron los llamados santos, que eran pequeños mensajes que servían de comunicación entre Buenos Aires y la expedición por intermedio de un sistema de 21 postas establecidas durante la campaña desde San Miguel del Monte hasta Médano Redondo. Tras la campaña, el sistema continuó en funcionamiento, atendido por 100 hombres y 600 caballos..[63]
Repartición de tierras
[editar]El éxito de la campaña implicó que muchas tierras fueron repartidas entre los expedicionarios como premios.
La Legislatura de Buenos Aires por ley del 6 de junio de 1834 donó a Rosas la isla Grande de Choele Choel, cambiando su nombre a isla del general Rosas, permitiéndole también que la canjeara por 60 leguas cuadradas de tierras en Lobería[64] lo cual hizo argumentando que la isla por su valor estratégico debía permanecer en manos del estado.
n.º 1277 Admitiendo la devolución que hace el Brigadier Rosas de la Isla de Chuelechel.
Sala de Sesiones, en Buenos Aires, á 30 de septiembre de 1831. Al Poder Ejecutívo de la Provincia.
Manuel V. De Maza.
La Honorable Sala de Representantes ha tenido á bien en sesión de esta fecha, sancionar el siguiente decreto:
Art. 1.º Se admite la devolución que hace por su nota fecha 22 de Julio próximo pasado, el Brigadier General don Juan Manuel de Rosas, de la Isla de su nombre en el Río Negro de Patagones (antes llamada Chuelechel), que se le donó por el artículo 1.º de la ley de 6 de julio último.
2.º Se declara que la enunciada Isla no podrá darse en propiedad, en enfitéusis, ni de algún otro modo, reservándose su uso perpétuamente para el servicio público.
3.º En cambio de la devolución á que hace referencia el artículo 1.º de este decreto, se donan al Brigadier General don Juan Manuel de Rosas, en plena propiedad para él, sus hijos y sucesores, sesenta leguas cuadradas, en terrenos de pastoreo de propiedad pública en los puntos de la campaña de esta Provincia, que él elija, sin perjuicio de los enfitéutas que lo poseen, como lo propone en su citada nota.
4.º Comuniquese al P. E.
Dios guarde á V. E. muchos años.
Recibió también Rosas una espada guarnecida de oro con la inscripción La provincia de Buenos Aires grata á los servicios de su ilustre defensor brigadier general D. Juan Manuel de Rozas; una medalla de oro, imitando un sol, con círculo de brillantes, para usar pendiente del cuello, con la inscripción: La expedición á los desiertos del Sur del año 33 engrandeció la provincia y aseguró sus propiedades; y una banda de seda de color escarlata. Una ley del 9 de febrero de 1834 mandó erigir un monumento conmemorativo de la campaña en la margen izquierda del río Colorado, al cual otra ley bonaerense del 18 de diciembre de 1840 mandó agregarle la inscripción al renombre de Nuestro ilustre restaurador de las leyes y la de héroe del Desierto, defensor heroico de la independencia americana. Mandando también denominar al mes de octubre: mes de Rosas.[65]
La Revolución de los Restauradores
[editar]Mientras Juan Manuel de Rosas estaba en su campamento del río Colorado, los desacuerdos internos del partido federal iban en aumento. Una de las fracciones era ideológicamente liberal y deseaba la organización constitucional; en sus filas militaban el gobernador Juan Ramón Balcarce y sus ministros Enrique Martínez y Félix Olazábal. Sus adversarios, leales a Rosas, los llamaban lomos negros debido a que el reverso de la lista en la cual se postulaban era de color negro. En el partido de Rosas figuraban estancieros, militares y comerciantes minoristas.[66]
El enfrentamiento se condujo principalmente en la prensa, dividida en dos bandos, que se atacaban escandalosamente; de modo que el gobierno decidió procesar a varios periódicos tanto opositores como oficialistas. Entonces se puso en acción Encarnación Ezcurra, esposa y consejera de Rosas, que reunía diariamente a sus aliados en su casa, y organizaba las manifestaciones. Cuando se anunció el juicio a los periódicos, uno de ellos era llamado «El Restaurador de las Leyes». Encarnación hizo empapelar la ciudad con la noticia de que iba a ser enjuiciado el Restaurador, lo que la gente interpretó como un juicio al jefe del partido federal. Se produjo una gran manifestación, y sus participantes se reunieron en las afueras de la ciudad; el general Agustín de Pinedo, quien había sido enviado a reprimir la manifestación, sublevó a sus hombres y asumió el liderazgo de la manifestación convirtiéndola en un sitio a la ciudad. Unos días más tarde Balcarce presentó la renuncia.[66]
Cabe destacar, como lo hace el historiador José María Rosa, que ésta fue una revolución muy peculiar para la época:[67]
...no fue una “revolución” en el sentido que hoy damos a la palabra, sino una retirada del pueblo a Barracas, una huelga general –la primera de nuestra historia– sin combates ni luchas callejeras. Resultan inútiles los “vigilantes” de Balcarce, que defeccionan plegándose a los restauradores; inútiles sus regimientos, que desobedecen a sus jefes.

Tras la caída de Balcarce, la Sala nombró al general Juan José Viamonte, quien heredó la fragilidad política de su antecesor.[66]
Unos meses después llegaba Rosas a Buenos Aires, y Viamonte se vio obligado a renunciar. En su lugar fue elegido Rosas, pero éste no se sentía capaz de gobernar bajo las limitaciones de un estado de derecho. De modo que, como no le fueron concedidas las facultades extraordinarias, rechazó el cargo. En su lugar fue elegido gobernador su amigo Manuel Vicente Maza, presidente de la Sala de Representantes.
Segundo gobierno
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Al estallar un conflicto que se había suscitado entre Salta y Tucumán, Rosas logró que Maza enviara como mediador al general Quiroga, que residía en Buenos Aires. En el trayecto, este fue emboscado y asesinado en Barranca Yaco, provincia de Córdoba, el 16 de febrero de 1835 por Santos Pérez, un sicario vinculado a los hermanos Reynafé, que gobernaban Córdoba.
La muerte de Quiroga provocó un clima de inestabilidad y violencia, por lo que Maza presentó su renuncia el 7 de marzo de ese año. La Legislatura de Buenos Aires llamó a Rosas para que se hiciera cargo del gobierno provincial. Rosas condicionó su aceptación a que se le otorgase la «suma del poder público», por la cual la representación y ejercicio de los tres poderes del estado recaerían en el gobernador, sin necesidad de rendir cuenta de su ejercicio. La legislatura aceptó esta imposición, dictando ese mismo día la correspondiente ley.
La suma del poder público se le otorgó con el compromiso de:
- Conservar, defender y proteger la religión católica.
- Sostener la causa nacional de la Federación.
- El ejercicio de la suma del poder público duraría «todo el tiempo que el Gobernador considere necesario».
No disolvió la legislatura ni los tribunales; por el momento, la suma del poder aparecía como la sanción legal del carácter excepcional que tenía su mandato. La naturaleza dictatorial de esa institución política afloraría más tarde, cuando Rosas hiciera uso de todo ese poder.
Por otro lado, este asesinato provocó un desbalance en las figuras dominantes de la política argentina: al morir Quiroga, solo quedarían como posibles líderes federales Rosas y López. Este, en tanto que protector de los Reynafé, quedó muy debilitado; y moriría a mediados de 1838. A medida que pasaba el tiempo, la persuasión de su diplomacia y la habilidad de su dirigencia le granjearía a Rosas el respeto y acompañamiento de otros caudillos del interior, como Juan Felipe Ibarra, de Santiago del Estero, y José Félix Aldao, de Mendoza.
Debido a que el país no contaba por entonces con una constitución propia –su caída sería, en 1853, condición necesaria para su sanción– los poderes de los que gozó Rosas en su segundo mandato han sido superiores a los de un presidente de facto, ya que dentro de estos incluyó el de administrar justicia, aunque no se debe restarle importancia a la legislación en la que se movía Rosas en su época, particularmente las leyes de Indias y el Pacto federal, ya que se suele creer que Rosas actuaba en la política argentina sin freno alguno, pero sus cartas y sus documentos personales dejan observar la gran fidelidad que le tenía este a la legislación dada por el imperio Español y que se mantuvo vigente hasta 1853. Gran parte de la historiografía argentina sigue considerando a Rosas un dictador o un tirano, mientras que la corriente revisionista le niega tal carácter, considerándolo un defensor de la soberanía nacional.
Antes de asumir como gobernador, el Restaurador exigió que se realizara un plebiscito que confirmara el apoyo popular a su elección. El plebiscito se realizó entre los días 26 y 28 de marzo de 1835 y su resultado fue 9.713 votos a favor y 7 en contra. Por esos tiempos la provincia de Buenos Aires contaba con 60.000 habitantes, de los cuales no accedían al sufragio las mujeres ni los niños.
La Sala de Representantes nombró gobernador a Rosas el día 13 de abril de 1835 por el quinquenio que comprendía de 1835 a 1840.
El discurso que pronunció Rosas en el Fuerte, sede del gobierno provincial, al momento de la asunción de su segundo mandato como gobernador caracterizaría su posición frente a sus opositores:
La divina providencia me ha puesto en esta terrible situación. Combatamos con denuedo a aquellos que han puesto en confusión nuestra tierra; persigamos de muerte al impío, al ladrón, al sacrílego, y sobre todo al pérfido traidor que tenga la osadía de burlarse de nuestra buena fe.¡Que de esa raza de monstruos no quede uno entre nosotros y que su persecución sea tan tenaz y vigorosa que sirva de terror y de espanto a los demás que puedan venir en adelante! Nos arredre ninguna clase de peligro, ni el temor de errar en los medios que adoptemos para perseguirlos.[68]
Rosas asumió su nuevo gobierno con la suma del poder público que utilizó para hostigar a sus disidentes fueran estos federales o unitarios.
No se tiene aún noticia de ciudadano alguno que no fuese a votar. Debo decirlo en obsequio de la verdad histórica, nunca hubo un gobierno más popular, y deseado, ni más bien sostenido por la opinión. Los unitarios que en nada habían tomado parte, lo recibían al menos con indiferencia, los federales lomos negros, con desdén, pero sin oposición; los ciudadanos pacíficos lo esperaban como una bendición y un término a las crueles oscilaciones de dos largos años; la campaña, en fin, como el símbolo de su poder y la humillación de los cajetillas de la CIUDAD. [...]
Concibese como ha podido suceder que en una provincia de cuatrocientos mil habitantes, según lo asegura la Gaceta, solo hubiese tres votos contrarios al gobierno? Seria acaso que los disidentes no votaron? Nada de eso! No se tiene aún noticia de ciudadano alguno que no fuese a votar; los enfermos se levantaron de la cama a ir a dar su asentimiento, temerosos de que sus nombres fueran inscritos en algún negro registro; porque así se había insinuado. [...]
El terror estaba ya en la atmósfera, y aunque el trueno no había estallado aún, todos veían la nube negra y torva que venía cubriendo el cielo.
En este sentido, un retrato vívido de esa época ha sido el legado por la pluma de Esteban Echeverría en El matadero, cuento precursor del realismo rioplatense que transcurre en la provincia de Buenos Aires durante la década de 1830. Desde la óptica opositora, Echeverría describió las contiendas entre unitarios y federales, y las figuras del caudillo Rosas y sus seguidores, atribuyendo a estos últimos cualidades brutales y sanguinarias.
En cuanto asumió, Rosas ordenó la captura de Santos Pérez y los Reynafé, y tras un juicio que tardó años, fueron condenados a muerte y ejecutados. El juicio le dio a Rosas una autoridad nacional en un ámbito inesperado: su provincia tenía un tribunal penal de autoridad nacional. Esa autoridad no era legal pero era real, y aportó cierta unidad a la administración nacional.
Eliminó de todos los cargos públicos a sus opositores: expulsó a todos los empleados públicos que no fueran federales «netos», y borró del escalafón militar a los oficiales sospechosos de ser opositores, incluyendo a los exiliados. A continuación hizo obligatorio el lema de «Federación o muerte», que sería gradualmente reemplazado por «¡Mueran los salvajes unitarios!», para encabezar todos los documentos públicos; e impuso a los empleados públicos y militares el uso del cintillo punzó, que pronto sería usado por todos.
Entre los funcionarios separados de su cargo por orden del gobernador estuvo el doctor Miguel Mariano de Villegas, que fuera decano del Superior Tribunal de Justicia, por no merecer la confianza del gobierno.[70]
Por oposición, más tarde los unitarios llevarían divisas celestes, lo que tendría un resultado inesperado: la bandera argentina era, hasta ese momento, de color azul y blanco. Los ejércitos de Rosas la empezaron a usar con un color azul oscuro, casi violeta; para diferenciarse, los unitarios la utilizaron de color celeste y blanco.[71]
Para conseguir sus objetivos políticos Rosas contó también con el apoyo de la Sociedad Popular Restauradora, con la cual en esa época se vinculaba especialmente su esposa Encarnación, integrada por el grupo más leal de sus partidarios. Y a través del cuerpo parapolicial de la Mazorca, que volvió a actuar en la persecución de sus adversarios.
Una vez que logró consolidar su poder, impuso los criterios federales y formó alianzas con los líderes de las demás provincias argentinas, logrando el control del comercio y de los asuntos exteriores de la Confederación.
La Ley de Aduanas
[editar]El gobernador de Corrientes, Pedro Ferré, realizó un enérgico planteo reclamando medidas proteccionistas para los productos de origen local, cuya producción se deterioraba debido a la política de libre comercio de Buenos Aires.
El 18 de diciembre de 1835, Rosas sancionó la Ley de Aduanas en respuesta a ese planteo, que determinaba la prohibición de importar algunos productos y el establecimiento de aranceles para otros casos. En cambio mantenía bajos los impuestos de importación a las máquinas y los minerales que no se producían en el país. Con esta medida buscaba ganarse la buena voluntad de las provincias, sin ceder lo esencial, que eran las entradas de la Aduana. Estas medidas impulsaron notablemente el mercado interno y la producción del interior del país. Merced a la privilegiada posición que ocupa Buenos Aires, esta se consolidó como la principal ciudad comercial del país, dado que era mucho más rentable comerciar con Buenos Aires que con otras ciudades río o tierra adentro.
Se nacía de un impuesto básico de importación del 17% y se iba aumentando para proteger los productos más vulnerables. Las importaciones vitales, como el acero, el latón, el carbón y las herramientas agrícolas pagaban un impuesto del 5%. El azúcar, las bebidas y productos alimenticios el 24%. El calzado, ropas, muebles, vinos, coñac, licores, tabaco, aceite y algunos artículos de cuero el 35%. La cerveza, la harina y las papas, el 50%.
El efecto inesperado, pero que Rosas había considerado correctamente, era que disminuyeron las importaciones, pero el crecimiento del mercado interno compensó esa caída. De hecho, los impuestos por importación aumentaron significativamente. Más tarde, bajo el efecto de los bloqueos, se redujeron estas tasas de importación (sin llegar a ser tan bajos como lo fueron antes y después del gobierno de Rosas).
Simultáneamente, pretendió obligar a Paraguay a incorporarse a la Confederación Argentina ahogándola económicamente, para lo cual impuso una fuerte contribución al tabaco y los cigarros. Como temía que entraran de contrabando por Corrientes, esos impuestos alcanzaron también a los productos correntinos. La medida contra el Paraguay fracasó, pero tendría graves consecuencias respecto de Corrientes.
Su política económica fue decididamente conservadora: controló los gastos al máximo, y mantuvo un equilibrio fiscal precario sin emisiones de moneda ni endeudamiento. Tampoco pagó la deuda externa contraída en tiempos de Rivadavia, salvo en pequeñas sumas durante los pocos años en que el Río de la Plata no estuvo bloqueado. El papel moneda porteño mantuvo muy estable su valor y circuló por todo el país, reemplazando a la moneda metálica boliviana, con lo cual contribuyó a la unificación monetaria del país. El Banco Nacional, fundado por Rivadavia, estaba controlado por comerciantes ingleses y había provocado una grave crisis monetaria con continuas emisiones de papel moneda, continuamente depreciado. En 1836, Rosas lo declaró desaparecido, y en su lugar fundó el Banco de la Provincia de Buenos Aires.[n 1]
Su administración era sumamente prolija, anotando y revisando puntillosamente los gastos e ingresos públicos, y publicándolos casi mensualmente. Incluso, cuando más tarde castigó a sus enemigos con embargos de sus bienes –no realizó confiscaciones, a diferencia de lo que hizo Lavalle antes que él, o Valentín Alsina y Pastor Obligado después–, hizo que se les entregaran a los parientes de los así castigados recibos detallados de todo lo embargado.
La política exterior
[editar]En el norte, las ambiciones del dictador boliviano Andrés de Santa Cruz, que dominaba la recién fundada Confederación Perú-Boliviana y quiso invadir Jujuy y Salta con el apoyo de algunos emigrados unitarios, llevaron a una guerra entre esos países y Argentina. La guerra estuvo a cargo de Alejandro Heredia, gobernador de Tucumán. Este era el último de los caudillos federales que hizo alguna sombra a Rosas, pero el Restaurador logró disciplinarlo por medio de la financiación de esta guerra. A fines de 1838, con el asesinato de Heredia a manos de uno de sus oficiales, se paralizaron las operaciones y desapareció su último competidor federal. Los adversarios internos que aparecerían desde el año siguiente ya no serían competidores por el control del federalismo, sino decididamente enemigos del sistema rosista.
Las relaciones con Brasil fueron muy malas, pero nunca se llegó a la guerra, por lo menos hasta la crisis que desembocaría en la Batalla de Caseros. Nunca hubo problemas con Chile, aunque en ese país se refugiaban muchos opositores, que llegaron a lanzar algunas expediciones desde allí contra las provincias argentinas. El Paraguay proclamó su independencia y la anunció oficialmente a Rosas, que respondió que no estaba en condiciones de reconocer ni desconocer esa declaración. En la práctica, su pretensión era reincorporar la antigua provincia del Paraguay a la Confederación, por lo cual mantuvo el bloqueo de los ríos interiores, a fin de forzar al Paraguay a negociar. El Paraguay respondió aliándose con los enemigos de Rosas, pero nunca hubo enfrentamiento alguno entre ambos ejércitos ni escuadras.
En Uruguay, el nuevo presidente Manuel Oribe se libró de la tutoría de su antecesor Fructuoso Rivera; pero este, con apoyo de unitarios de Montevideo (entre ellos Lavalle) y de los imperiales brasileños establecidos en Río Grande del Sur, formó el partido «colorado» –al que Oribe le opuso el partido «blanco»– y se lanzó a la revolución iniciándose la llamada Guerra Grande. A mediados de 1838 comenzó el sitio de parte de los colorados al gobierno, resguardado tras los muros de Montevideo. Los colorados tuvieron desde el primer momento el apoyo de la flota francesa y el protectorado brasileño. Ante esto, Oribe renunció en octubre de 1838, dejando en claro que lo había obligado una flota extranjera, y se retiró a Buenos Aires.
Rosas había decidido suspender los pagos de la deuda adquirida en 1824 por el Gobierno de Buenos Aires con la casa británica Baring Brothers, y en 1838 nombró a Manuel Moreno como representante diplomático en Londres para que ofreciera a la Corona Británica, de manera extraoficial, una cancelación total de la deuda (1 millón de libras esterlinas) a cambio de abandonar el reclamo sobre las islas. Rosas utilizaría de vuelta a las Malvinas en 1842 para exigir una compensación económica al Reino Unido por la ocupación de las islas, con el fin de postergar los pagos de la deuda. A este acuerdo se le conoce como “Arreglo Falconnet”, por Frank de Pallacieu Falconnet, quien era el enviado de Baring Brothers para negociar con el gobierno de Rosas.
El bloqueo francés
[editar]Los peores problemas empezaron con Francia: la política exterior francesa había permanecido en un perfil bajo por dos décadas, hasta que el rey Luis Felipe intentó recuperar para Francia su papel de gran potencia, obligando a varios países débiles a hacerle concesiones comerciales y, cuando era posible, reducirlos a protectorados o colonias. Ese fue el caso de Argelia, por solo citar un ejemplo. Desde 1830, Francia buscaba aumentar su influencia en América Latina y, especialmente, lograr la expansión de su comercio exterior. Consciente del poder inglés, en 1838 el rey Luis Felipe exponía ante el parlamento que «solo con el apoyo de una poderosa marina podrían abrirse nuevos mercados a los productos franceses».
En noviembre de 1837, el vicecónsul francés se presentó al ministro de relaciones exteriores, Felipe Arana, exigiéndole la liberación de dos presos de nacionalidad francesa, el grabador César Hipólito Bacle, acusado de espionaje a favor de Santa Cruz, y el contrabandista Lavié. También reclamaba un acuerdo similar al que tenía la Confederación Argentina con Inglaterra y la excepción del servicio militar para sus ciudadanos (que en ese momento eran dos).
Arana rechazó las exigencias, y meses más tarde, en marzo de 1838 la armada francesa bloqueó «el puerto de Buenos Aires y todo el litoral del río perteneciente a la República Argentina». Y lo extendió a las demás provincias litorales, para debilitar la alianza de Rosas con ellas, ofreciendo levantar el bloqueo contra cada provincia que rompiera con él.
También en octubre de 1838, la escuadra francesa atacó la isla Martín García, derrotando con sus cañones y su numerosa infantería a las fuerzas del coronel Jerónimo Costa y del mayor Juan Bautista Thorne. Debido al desempeño honroso y valiente demostrado por los argentinos, fueron conducidos a Buenos Aires y dejados en libertad, con una nota del comandante francés Hipólito Daguenet, haciendo saber tal circunstancia a Rosas, en los siguientes términos:
...Encargado por el Señor Almirante Le Blanc, comandante en jefe de la estación del Brasil, y de los mares del Sud, de apoderarme de la isla de Martín García con las fuerzas puestas a mi disposición para tal objeto, desempeñé el 14 de este la misión que me había sido confiada. Ella me ha presentado la oportunidad de apreciar los talentos militares del bravo coronel Costa, gobernador de esa isla y de su animosa lealtad hacia su país. Esta opinión tan francamente manifestada es también la de los capitanes de corbetas francesas la Expéditive y la Bordelaise, testigos de la increíble actividad del señor coronel Costa, como de las acertadas disposiciones tomadas por este oficial superior, para la defensa de la importante posición que estaba encargado de conservar. Lleno de estimación por él he creído que no podría darle una prueba mejor de los sentimientos que me ha inspirado, que manifestando a V. E. su bizarra conducta durante el ataque dirigido contra él, el 11 del corriente, por fuerzas muy superiores a las de su mando...
El bloqueo afectó mucho la economía de la provincia, al cerrar las posibilidades de exportar. Eso dejó muy descontentos a los ganaderos y a los comerciantes, muchos de los cuales se pasaron silenciosamente a la oposición.
Sobre el reclamo particular de Francia, esto es, la exención del servicio de armas para sus súbditos, el gobierno de Buenos Aires retrasó la respuesta por más de dos años. Rosas no se oponía a reconocer a los residentes franceses en el Río de la Plata el derecho a un trato similar al que se daba a los ingleses, pero solo estuvo dispuesto a reconocerlo cuando Francia envió un ministro plenipotenciario, con plenos poderes para la firma de un tratado. Eso significaba un trato de igual a igual, y un reconocimiento de la Confederación Argentina como un estado soberano.
El periodismo controlado
[editar]Con la llegada de Rosas al poder se dio por finalizada cualquier posibilidad de libertad de expresión en el periodismo de Buenos Aires.[72] A partir de 1829 ya no se publicaron periódicos de orientación ideológica unitaria o que simpatizaran con los unitarios. Hubo emigraciones en masa de periodistas y hombres de letras a Montevideo. Toda la prensa de Buenos Aires fue oficialista y apoyó las políticas de Rosas sin ningún cuestionamiento.
Durante el rosismo no se especuló con el juego ficticio de una critica interna al gobierno[aclaración requerida], como había sido el caso de El Censor Argentino, clausurado en 1833. La prensa rosista logro así uniformidad y complementación en el tratamiento de las noticias.[72]
La comunicación se repartía en los tres principales periódicos de modo proporcionalmente efectivo. La Gaceta Mercantil fue el escaparate principal del régimen, y su función, más que difundir las noticias a un nivel local, era refutar las publicadas de afuera, especialmente aquellas que provenían de Montevideo. The British Packet, por su parte, reproducía para los lectores ingleses que se encontraban en el país los documentos oficiales desde una postura conservadora que privilegiaba al statu quo. Por su parte, el Diario de la Tarde acompañaba y vigorizaba lo publicado por La Gaceta Mercantil a través de la publicación propia, o con reproducciones parciales de lo publicado. [72]
A partir de 1843 se puso en funcionamiento el sistema comunicacional, el cual se asentaba en dos modalidades estratégicas. La reproductiva, que funcionaba mediante la repetición, un ejemplo de esto se encuentra en lo publicado en La Gaceta Mercantil que aparecía también en el Diario de la Tarde y viceversa. Cuando se trataba de acontecimientos de gravedad institucional y política, la reproducción abarcaba a todos los periódicos. La segunda modalidad de este sistema fue la amplificación, que consistía en comentar o transcribir lo publicado por otros.[72]
En el breve plazo de dos años, entre 1833 y 1835, desaparecieron la mayoría de los periódicos. En 1833 había 43 periódicos en total. En 1835 quedaban solamente tres. Entre los periódicos más importantes clausurados por el restaurador estaban El Defensor de los Derechos Humanos, El Constitucional, El Iris, El Amigo del País, El Imparcial y El Censor Argentino.[73]
La uniformidad federal en Buenos Aires se impuso fuertemente en la prensa. Los periódicos federales con origen en la tradición de la oposición, como El Clasificador, el Nuevo Tribuno, o El Cometa argentino eran contrincantes de algunas políticas del rosismo. De parte de los periódicos populares se propone la eliminación del adversario unitario.[74]
Rosas, haciendo uso de las facultades extraordinarias, decretó que se suspendieran los periódicos unitarios, negando la posibilidad de establecer una imprenta y administrarla sin permiso previo del gobierno [74]
El 4 de febrero de 1832, haciendo uso de sus facultades extraordinarias, Rosas buscó incrementar el poder del gobierno sobre la prensa. Fue así que se observó un retorno a la censura, similar a la del periodo prerrevolucionario. Por primera vez se establecía la obligatoriedad de que en los escritos figurase la firma del editor, ya que éste era responsable por todo el contenido del periódico. Asimismo, para asegurarse del cumplimiento de la reglamentación, las operaciones debían cesar hasta ser aprobadas por el gobierno. Se impusieron una serie de castigos ante un delito de imprenta: una primera infracción se debía pagar con seiscientos pesos de multa o tres meses de cárcel; esta pena se duplicaba ante un segundo delito y se convertía en un castigo correspondiente a un "perturbador del orden público" si se demostraba un tercer crimen.[75]
Para Rosas la prensa podía ser de contenidos administrativos, analíticos, informativos o militantes, cultos o populares, soeces o formales, estatales o privados, pero siempre con arreglo a los fines del Estado, su consolidación federal y sus principios a nivel nacional.[74]
Los rosistas se encargaron de abrir nuevas publicaciones. Algunos de los periódicos más importantes de esa época fueron El Torito de los muchachos, El Torito del Once, Nuevo Tribuno, El Diario de la Tarde, El Restaurador de las Leyes, El Lucero y El Monitor, todos ellos fuertemente rosistas, dedicados a exaltar la figura del Restaurador de las Leyes y criticar a los unitarios. Existía un intento de llegar a los sectores populares a través de periódicos de este estilo, los cuales utilizaban un lenguaje y un enunciador que resultaba de fácil lectura para una población de menor educación.[76]
El periodista aparece aquí como mediador entre el gobierno y los sectores populares; un agente propagandístico con compromisos partidarios.[76]
La prensa opositora desde Montevideo
[editar]Muera Rosas! fue un periódico antirrosista publicado en Montevideo (Uruguay) y distribuido secretamente en Buenos Aires y las Provincias del Litoral entre diciembre de 1841 y abril de 1842, que alcanzó a publicar doce números. Su principal objetivo fue movilizar a la oposición a favor de una tentativa magnicida contra “El Restaurador”. Sus redactores fueron Miguel Cané (padre), Juan María Gutiérrez, Luis Domínguez, Juan Bautista Alberdi, José Mármol, Gervasio Antonio de Posadas, Esteban Echeverría, Miguel Irigoyen, Adolfo Orma y Pedro Goyena.[77] Junto con “El grito arjentino”, fue una de las primeras publicaciones en producir y poner en circulación imágenes impresas litografiadas de factura local, lo que le otorgaba un mayor grado de familiaridad con relación a sus destinatarios.[78]
La generación del '37
[editar]En 1837 surgió un grupo de jóvenes intelectuales que comenzó a reunirse en la librería de Marcos Sastre. Entre ellos se contaban Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi, Juan María Gutiérrez, José Mármol y Vicente Fidel López. Su pensamiento se identificaba con la clase política que había protagonizado el proceso independentista hasta la organización unitaria de 1824 y adhería a las ideas del romanticismo europeo y la democracia liberal.
Este grupo logró cierta influencia a partir de dos instituciones: el Salón Literario, clausurado por orden de Rosas, y La Joven Argentina, sociedad secreta fundada por Echeverría en 1838.
Estos jóvenes, constituyentes de la segunda generación criolla, intentaron ser una alternativa a federales y unitarios. Ellos propiciaron una organización nacional mixta, la modificación de las costumbres sociales y la necesidad de contar con una literatura nacional. Tanto sus ideas como sus acciones tuvieron una gran influencia en la organización nacional y el proceso constitucional posterior a la caída de Rosas. Algunos historiadores revisionistas los acusan de considerar todo lo europeo superior a lo americano o español, de querer trasplantar Europa a América sin considerar a los americanos, y de aliarse a los enemigos extranjeros de su gobierno, traicionándolo.
Todos ellos se pronunciaron en contra de las políticas de Rosas y respecto de su política contra las potencias extranjeras, especialmente de Francia. Todos ellos fueron perseguidos por la Mazorca, brazo armado de la Sociedad Popular Restauradora. Todos ellos terminaron por exiliarse. La gran mayoría pasó a Montevideo. Otros, como Domingo Faustino Sarmiento, emigraron a Santiago de Chile. En el exilio se confundieron con los opositores refugiados, los más antiguos de los cuales eran los unitarios, a los que se habían sumado los lomos negros de la época de Balcarce; formarían un grupo más o menos homogéneo, globalmente llamados «unitarios» por los partidarios de Rosas.
Palermo de San Benito
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Mientras tanto, Juan Manuel de Rosas había avanzado en la compra de una gran cantidad de terrenos y propiedades en la zona conocida como «bañado de Palermo», en Buenos Aires. Aunque las fuentes arrojan diversas fechas, sería entre 1836 y 1838 que el gobernador habría comenzado con su proyecto personal para construir su nueva residencia y quinta en esta región alejada del centro porteño.[79][80]
Durante los siguientes diez años, Rosas emprendió el ambicioso y costoso proyecto, que incluía no solo una imponente casona, la más grande de Buenos Aires en aquel momento, sino un estanque artificial con un canal, varias dependencias y el arbolado y parquizado de un área importante. Hacia 1848, se habría instalado definitivamente en la estancia que él mismo bautizó Palermo de San Benito y también conocida como San Benito de Palermo, nombre sobre el cual existen aún hoy diversas hipótesis que no pudieron ser confirmadas.[79]
La guerra civil del '40
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En junio de 1838 llegó a Buenos Aires el ministro de gobierno santafesino Domingo Cullen, con la misión de obtener un acercamiento entre Rosas y la flota francesa. Pero al parecer se extralimitó en sus órdenes, y negoció con el jefe de la flota el levantamiento de la misma para su provincia, a cambio de ayudar a Francia contra Rosas y suprimir la delegación que su provincia había hecho de las relaciones exteriores en la de Buenos Aires. Pero a mitad de la negociación murió el gobernador Estanislao López, por lo que Cullen huyó a Santa Fe. Allí se hizo elegir gobernador, pero Rosas y el entrerriano Pascual Echagüe lo desconocieron como tal, con la excusa de que era español. Fue depuesto y reemplazado por Juan Pablo López, hermano de su antecesor.

Cullen huyó a Santiago del Estero y se refugió en casa del gobernador Ibarra, desde donde logró organizar una invasión a la provincia de Córdoba por parte de los opositores al gobernador Manuel López. Estos fueron derrotados, e Ibarra envió a Cullen preso a Buenos Aires. Al llegar al límite de la provincia de Buenos Aires, fue fusilado por el coronel Pedro Ramos en junio de 1839.
Cullen había enviado a su ministro Manuel Leiva a negociar con el gobernador correntino Genaro Berón de Astrada una alianza contra Rosas, que el correntino aceptó. Pero ante la caída de Cullen, buscó apoyo en el uruguayo Rivera, con quien firmó un tratado de alianza, que este nunca cumplió. Berón de Astrada declaró así la guerra contra Buenos Aires y Entre Ríos. El gobernador Echagüe invadió Corrientes y destrozó al ejército enemigo en la batalla de Pago Largo, donde Berón pagó la derrota con su vida.[81]
En mayo, con respaldo y dinero porteño, Echagüe invadió Uruguay, con apoyo de un gran número de militares «blancos», dirigidos por Juan Antonio Lavalleja, Servando Gómez y Eugenio Garzón. Llegó hasta muy cerca de Montevideo, pero fue derrotado en la batalla de Cagancha.
El gobierno francés no consiguió mucho con su bloqueo, por lo que decidió financiar campañas militares contra Rosas, tanto pagando un fuerte subsidio al gobierno de Rivera, como a los unitarios organizados en la Comisión Argentina, dirigida por Valentín Alsina. Estos buscaron un jefe militar prestigioso para dirigir la revolución, y la elección cayó en Lavalle, a quien Alberdi convenció de ponerse al frente de las tropas.
Al producirse el ataque de Echagüe a Uruguay, Lavalle decidió aprovechar para invadir Entre Ríos. Como no consiguió apoyo alguno en esa provincia para su cruzada contra Rosas, se dirigió a Corrientes, donde el gobernador Ferré lo puso al mando de su ejército.
Lo primero que hizo Ferré fue lanzar contra Santa Fe al fundador de la autonomía provincial, Mariano Vera, pero este fue rápidamente derrotado y muerto.
La revolución de los Libres del Sur
[editar]En la propia ciudad de Buenos Aires se gestó un movimiento en contra del gobernador Rosas, para impedir que fuera reelecto como gobernador de la provincia. El mando militar fue asumido por el coronel Ramón Maza, hijo del presidente de la legislatura provincial y exgobernador Manuel Vicente Maza.
Simultáneamente, en el sur de la provincia de Buenos Aires, a 200 kilómetros de la ciudad, se organizó otro grupo opositor, llamado los Libres del Sur, encabezado por los ganaderos alarmados por la caída de las exportaciones. También temían por la posible pérdida de sus tierras, que todavía usufructuaban por la ley de enfiteusis, que pronto iba a vencer: es que Rosas –pese a la sanción de una ley provincial que ordenaba su enajenación– había negado el derecho a la compra de esos terrenos a quienes consideraba opositores. Planificaron una revolución en contra del gobernador, que se extendió rápidamente por todo el sur provincial, con centro en el pueblo de Dolores. Contaban con el apoyo de Lavalle, que debía desembarcar en la bahía de Samborombón.[82]
Pero todo salió mal: no pudieron contar con la ayuda de Lavalle, quien se dirigió a Entre Ríos para invadirla, privando a los revolucionarios de sus tropas. Asimismo el grupo de Maza fue delatado: el antiguo amigo de Rosas fue asesinado en su despacho oficial y su hijo –el propio jefe militar– fusilado por orden de Rosas en la cárcel. Los Libres del Sur, descubiertos, se lanzaron a la insurrección; pero apenas dos semanas más tarde fueron derrotados por Prudencio Rosas, hermano del gobernador, en la batalla de Chascomús. Algunos de los cabecillas murieron en la batalla, otros fueron ejecutados o encarcelados, y algunos debieron exiliarse, incluyendo unos pocos que alcanzaron a unirse a Lavalle en Entre Ríos.[82]
La Coalición del Norte
[editar]Desde la muerte de Heredia, los unitarios del norte se habían ido organizando y empezaron a controlar los gobiernos de Tucumán, Salta, Jujuy y Catamarca.
Rosas recordó que tenían en su poder el armamento enviado por él para la guerra contra Bolivia, y decidió mandar un emisario para quitárselo antes de que se pronunciaran contra él. La elección fue uno de los más serios y evidentes errores en toda la carrera del Restaurador: el general Gregorio Aráoz de Lamadrid, líder unitario tucumano de la década anterior, que al llegar a Tucumán cambió de bando y se unió a los rebeldes. Estos se pronunciaron contra Rosas y formaron la Coalición del Norte, dirigida por el ministro tucumano Marco Avellaneda. Intentaron extender la alianza seduciendo a los gobernadores Tomás Brizuela, de La Rioja, e Ibarra, de Santiago del Estero. Ambos eran federales, pero al primero lo convencieron dándole el mando militar supremo; Ibarra se negó.
A fines de 1840, Lamadrid invadió Córdoba, donde un grupo de liberales derrocó a Manuel López. Incluso intentaron revoluciones en San Luis y Mendoza, pero ambas fracasaron.
Campañas de Lavalle
[editar]Lavalle invadió Entre Ríos y enfrentó a Echagüe en dos batallas indecisas. Se refugió en la costa sur de la provincia y se embarcó en la flota francesa, desembarcando en el norte de la provincia de Buenos Aires. Esquivó al general Pacheco y se dirigió hacia Buenos Aires, estableciéndose en Merlo, y allí esperó que la ciudad se pronunciara a su favor.
Rosas organizó su cuartel general en los Santos Lugares –actualmente San Andrés, Partido de General San Martín–, el mismo cuartel que más tarde se haría famoso por los prisioneros recluidos allí y por el fusilamiento de Camila O’Gorman. Le cerró el paso hacia la capital, mientras Pacheco lo rodeaba por el norte. Mientras tanto, el ejército de Lavalle se desarmaba por las deserciones, y la ciudad apoyó incondicionalmente a Rosas.
Entonces Lavalle retrocedió. Todos los unitarios lo criticaron mucho por esa decisión, pero realmente no podía hacer otra cosa.
La retirada de Lavalle hizo que los franceses firmaran la paz con Rosas y levantaran el bloqueo. Lavalle, sin apoyo naval, ocupó Santa Fe, pero su ejército seguía disminuyendo. Por su parte, Rosas lanzó en su persecución a Pacheco, y poco después puso a Oribe al mando del ejército federal.
El Terror
[editar]El mes de octubre de 1840 es conocido como «mes del terror» u «octubre rojo» por la historiografía liberal argentina. Rosas es sindicado como el instigador de una gran matanza de partidarios unitarios a través de su organización parapolicial, La Mazorca.
Lo cierto es que en ese mes fueron asesinadas veinte personas, de las que sólo siete eran unitarias. Los homicidios se cometieron de noche, en la calle y por linchamiento popular o por la represión de tales.[83]
Los símbolos de los unitarios, e incluso los objetos de colores identificados con los unitarios –celeste y verde–, fueron destruidos. Las casas, la ropa, los uniformes: todo lo que pudiera colorearse fue pintado de color rojo.
El 31 de octubre se firmó la paz con Francia y fue posible devolver la policía a la ciudad. Inmediatamente Rosas anunció que a cualquiera que se lo descubriera violando una casa, robando o asesinando se lo pasaría por las armas. La violencia se detuvo el mismo día.[83]
Algunos historiadores extienden la imagen de esas semanas de violencia a todo su gobierno, mientras que otros sostienen que no fue así, que Rosas habría utilizado el terror como idea para presionar las conciencias, más que para eliminar personas.[84][85][86]
Para Néstor Montezanti «no puede decirse que Rosas haya sido un gobernante terrorista ni que haya usado habitualmente el terror como modo de mantenerse o consolidarse en el gobierno. Sí es cierto que, excepcionalmente, en dos oportunidades en diecisiete años se valió de él en épocas de grave conmoción, cuando el peligro se cernía cierto sobre su gobierno y la causa nacional que él encarnaba. Aun en estas circunstancias el uso fue moderado, ya que la mayoría de los crímenes obedeció a exaltaciones fanáticas y no a instrucciones del Dictador, quien se limitó a abrir las válvulas de compresión del apasionamiento social.»[87]
Rosas no solo no ordenó los asesinatos sino que los combatió, como lo demuestra una notificación a los jefes de las fuerzas de seguridad del 19 de abril de 1842 –mes en el que hubo un fuerte rebrote de los linchamientos populares– que afirma que el gobernador «ha mirado con el más serio y profundo desagrado los escandalosos asesinatos que se han cometido en estos últimos días, los que, aunque han sido sobre salvajes unitarios, nadie, absolutamente nadie está autorizado para semejante bárbara licencia». En la misma ordena patrullar la ciudad «disponiendo lo necesario para evitar iguales asesinatos».[88]
Para O'Donnell influye enormemente la perspectiva clasista de los enemigos de Rosas a la hora de determinar quiénes son los que ejercen el terror:
la fama de terroristas será mayor en los federales porque su base popular hizo que algunas de sus víctimas formaran parte de la clase acomodada. En cambio los unitarios mataban gauchos. No repercutirá igualmente en la capital y en sus periódicos la ejecución de un Maza o una O'Gorman que el asesinato de centenares de humildes soldados después del combate de "La Tablada" por orden del unitario Paz.[89]
Final de la guerra civil
[editar]Lavalle se retiró hacia la provincia de Córdoba, pero al entrar en ella fue derrotado en la batalla de Quebracho Herrado, lo que lo obligó a retirarse a Tucumán. Allí se reunió y se separó nuevamente de Lamadrid, que marchó a invadir Cuyo. El jefe de su vanguardia, Mariano Acha (el que había entregado a Dorrego en manos de Lavalle), venció a José Félix Aldao en la batalla de Angaco, pero fue rápidamente derrotado en La Chacarilla y ejecutado al poco tiempo. Unas semanas más tarde, Lamadrid se hacía nombrar gobernador de Mendoza, munido de las «facultades extraordinarias» tan criticadas,[n 2] solo para ser pronto derrotado en Rodeo del Medio. Los sobrevivientes emigraron a Chile.
Lavalle esperó a Oribe en Tucumán, y allí fue derrotado en la batalla de Famaillá, en septiembre de 1841. Su aliado Marco Avellaneda fue ejecutado, y el mismo Lavalle murió en un tiroteo casual en San Salvador de Jujuy. Sus restos fueron llevados a Potosí, donde también se refugiaron los últimos unitarios del norte.
Los antirrosistas, sin embargo, tuvieron un éxito inesperado en Corrientes, donde el general Paz destrozó el ejército de Echagüe en Caaguazú. Desde allí invadió Entre Ríos (simultáneamente con Rivera) y se hizo nombrar gobernador. Un conflicto con Ferré le obligó a huir, dejando sus fuerzas en manos de Rivera.
Por esa época hizo algunas campañas navales el futuro héroe nacional italiano Giuseppe Garibaldi, que en los ríos argentinos y uruguayos asoló las poblaciones y caseríos; y aunque el almirante Guillermo Brown resaltó la valentía del italiano,[90] consideró la actuación de sus subordinados pirática.[91]
En Santa Fe, Juan Pablo López se pasó al bando contrario después de la derrota de la Coalición del Norte, de modo que Oribe regresó y lo derrotó fácilmente en abril de 1842. Se refugió junto a Rivera, en el este de Entre Ríos, donde Oribe los derrotó en Arroyo Grande, en diciembre de 1842.
Muchos de los prisioneros de estas batallas fueron ejecutados por orden de Oribe o de Rosas. Al menos, por el momento, la guerra civil había terminado en la Argentina.
La década final
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La historiografía liberal decimonónica argentina, que tuvo a Bartolomé Mitre y a Vicente Fidel López como sus máximos exponentes y difusores, suele atribuir grandes cambios y transformaciones a los años que siguieron a la caída de Rosas, cuyo gobierno habría sido un largo período de estancamiento, imagen derivada más bien de posturas ideológicas que de un examen atento de los hechos[cita requerida].
La Ley de Aduanas de 1836 tuvo una aplicación variable, y se derogó y volvió a aplicar según las necesidades y los bloqueos. La combinación de ambos procesos llevó a un gran crecimiento económico en las provincias interiores, siendo el caso de Entre Ríos muy claro, pero no exclusivo.
Si bien hubo una fuerte inmigración europea, sus características fueron completamente distintas de la masiva inmigración posterior a su caída. Llegaron inmigrantes de Irlanda, España (especialmente de Galicia y las Vascongadas[92]) e incluso de Inglaterra. Pero no se afincaron en colonias agrícolas sino que debieron integrarse en una sociedad controlada por los criollos. Muchos irlandeses y vascos se dedicaron a la cría de ganado ovino, y en pocos años lograron convertirse en propietarios. La ganadería exclusivamente vacuna fue reemplazada por otra, dominada por las ovejas, y en la cual el principal renglón de las exportaciones fue, cada vez más, la lana. Eso llevó a aumentar la dependencia económica respecto de Inglaterra, principal compradora de lana del mundo.
La sociedad argentina quedó libre de toda disidencia. Quienes no se unieron al partido gobernante debieron emigrar o, en muchos casos, fueron asesinados. En el interior del país, la adhesión automática a Rosas fue impuesta por los ejércitos porteños o por los caudillos locales. Muchos de estos habían surgido como emanaciones de la voluntad de Rosas, como Nazario Benavídez en San Juan, Mariano Iturbe en Jujuy o Pablo Lucero en San Luis.
Incluso fue obra de Rosas la llegada al poder de Justo José de Urquiza en Entre Ríos, pero era un caso distinto: este era el general más capaz del bando federal, solo comparable a Pacheco. Después de Arroyo Grande, los triunfos más importantes los había obtenido él, con tropas entrerrianas y algunos refuerzos porteños. En segundo lugar, era un hombre muy rico, y aprovechó su situación de poder para enriquecerse aún más. Por último, por su posición militar, Rosas se vio obligado a hacer la vista gorda cuando el entrerriano permitía el contrabando desde y hacia Montevideo.
Religión y Política
[editar]El gobernador permitió el retorno de los jesuitas en 1836 y les devolvió algunos de sus bienes, pero rápidamente tuvo conflictos con la orden ya que como estos eran fieles seguidores del papado en relación con el patronato se negaron a apoyar públicamente a su gobierno, situación que derivó finalmente en un enfrentamiento abierto con Rosas. Por este motivo, hacia 1840 los jesuitas terminaron exiliándose en Montevideo.
Rosas extendió sus políticas a la religión. En todas las iglesias, los sacerdotes debieron apoyar públicamente al rosismo. Celebraron misas en agradecimiento a sus éxitos y en desagravio a sus fracasos. Y así como la sociedad civil quedó sometida al pensamiento y a las prácticas uniformes del régimen rosista, similar situación se dio en el seno mismo del clero. La intromisión fue tal que hasta a los santos de los púlpitos se les colocó la divisa punzó –la famosa cintilla roja que caracterizó al rosismo– y el retrato de Rosas se implantó en los altares, compartiendo el lugar que la Iglesia le dedica a los santos.
Rosas toleró al obispo Mariano Medrano, electo durante el gobierno del general Juan José Viamonte, pero no hubiera aceptado ningún otro que no contara con su aprobación ya que se consideró continuador de las políticas regalistas del patronato eclesiástico que habían tenido los reyes de España.
Uno de los hechos más conocidos de su gobierno fue la aventura de amor de Camila O’Gorman (23) y el cura Ladislao Gutiérrez (24), que se escaparon juntos para formar una familia. Rosas fue azuzado por la prensa unitaria desde Montevideo y Chile.

El 3 de marzo de 1848, Domingo Faustino Sarmiento escribió:
Ha llegado al extremo la horrible corrupción de costumbres bajo la tiranía espantosa del Calígula del Plata que los impíos y sacrílegos sacerdotes de Buenos Aires huyen con las niñas de la mejor sociedad, sin que el sátrapa infame adopte medida alguna contra esas monstruosas [sic] inmoralidades.Domingo Faustino Sarmiento[93]
El gobernador Rosas fue azuzado por los propios federales, e incluso por el padre de la joven, Adolfo O’Gorman, e inesperadamente ordenó fusilarlos, lo que se cumplió en el campamento de Santos Lugares.
El 26 de agosto de 1849, Domingo Faustino Sarmiento publicó en La Crónica de Montevideo la nota titulada «Camila O’Gorman», donde criticaba el salvajismo puesto de manifiesto en el fusilamiento de la joven.[94]
Algunos autores afirman que ninguna ley del derecho argentino o del derecho heredado de España autorizaba la pena de muerte por los actos cometidos, y que Gutiérrez debía ser entregado a la justicia eclesiástica, donde como autor del rapto sin violencia era pasible de la pena de confiscación de bienes conforme al Fuero Juzgo ley 1.º, libro 3.º, título 3.º y por tratarse de un clérigo liviano debía ser castigado con degradación y destierro perpetuo. En cuanto a Camila, debía solamente ser enviada a su propia casa.[95] Otros autores, en cambio, afirman que las leyes vigentes sancionaban el sacrilegio del robo y escándalo relacionados con el caso con la pena de muerte, de acuerdo a las Partidas 1 4-71, I 18-6 y VII 2-3, aplicables al caso.[96]
Martín Ruiz Moreno, en La Organización Nacional, afirmó: «Fue un asesinato vulgar. Sin proceso, juicio, defensa, ni audiencia».[95] En una carta del 6 de marzo de 1870 dirigida a Federico Terrero, Rosas afirmó:
Ninguna persona me aconsejó la ejecución del cura Gutiérrez y Camila O’Gorman, ni persona alguna me habló ni escribió en su favor. Por el contrario, todas las personas primeras del clérigo me hablaron o escribieron sobre ese atrevido crimen, y la urgente necesidad de un ejemplar castigo para prevenir otros escándalos semejantes o parecidos. Yo creía lo mismo. Y siendo mía la responsabilidad, ordené la ejecución.[95]
El sitio de Montevideo y una nueva rebelión correntina
[editar]Después de la victoria de Arroyo Grande, Oribe todavía tenía una cuenta que saldar: atacó a Rivera en el Uruguay, y se instaló frente a Montevideo, a la que le puso sitio con el apoyo de varios regimientos argentinos. Apoyado por Francia, Inglaterra y posteriormente Brasil, y defendido por refugiados argentinos y mercenarios europeos, Rivera logró que la ciudad resistiera hasta 1851. La flota porteña del almirante Guillermo Brown estableció el bloqueo del puerto, lo que hubiera significado la inmediata caída de la ciudad, pero la escuadra anglo-francesa al mando del Comodoro Purvis logró alejar a las embarcaciones de Buenos Aires y mantener así una vía abierta para abastecer a la población.
Rivera fue expulsado de la ciudad, pero Oribe nunca logró capturarla.
Durante todo ese tiempo, las mejores tropas de Buenos Aires quedaron inmovilizadas en el Uruguay. En la historia uruguaya, este período es conocido como la Guerra Grande.
Corrientes se volvió a alzar contra Rosas en 1843, bajo el mando de los hermanos Joaquín y Juan Madariaga, pero no lograron exportar su rebelión a las demás provincias.[97]
Tras más de cuatro años de resistencia, el nuevo gobernador entrerriano Justo José de Urquiza los venció en dos batallas, en Laguna Limpia y en Rincón de Vences. A fines de 1847, la Argentina quedó uniformemente alineada detrás de Rosas.
Las Tablas de sangre
[editar]Émile de Girardin reprodujo en La Presse una nota del londinense The Atlas del 1 de marzo de 1845 donde afirma que la casa Lafone & Co., concesionaria de la Aduana de Montevideo, encargó al poeta José Rivera Indarte un texto difamatorio contra Rosas. El contrato establecía, según La Presse, el pago de un penique por cadáver endilgado a Rosas. En Tablas de sangre Rivera Indarte atribuyó a Rosas cuatrocientas ochenta muertes,[98] una cifra, en rigor, falsa. Se incluyen las muertes de Facundo Quiroga y su comitiva, Alejandro Heredia y José Benito Villafañe; asesinados los primeros por orden de los hermanos Reynafé, el segundo por encargo de Marco Avellaneda, y el último por Bernardo Navarro, todos éstos unitarios y enemigos de Rosas. También aparecen en la lista fallecidos por causas naturales, muchos desconocidos bajo las iniciales N.N., otros presumiblemente inventados y hasta personas que años más tarde seguirían vivos. Si las imputaciones contra Rivera Indarte son ciertas habrían significado un ingreso de dos libras esterlinas para el poeta. Lo acusó también de ser el responsable de la muerte de 22 560 personas durante todas las batallas y combates habidos en Argentina desde 1829 en adelante. Las estimaciones actuales de bajas producidas en todos los bandos beligerantes de esa época no alcanzan a la mitad de esa cifra.[99][100]
Como corolario de esa nómina de asesinatos, le agregó un opúsculo: Es acción santa matar a Rosas, con lo que terminó desvirtuando la supuesta condena del crimen como herramienta política: «Nuestra opinión de que es acción santa matar a Rosas no es antisocial sino conforme con la doctrina de los legisladores y moralistas de todos los tiempos y edades. Muy dichosos nos reputaríamos si este escrito moviese el corazón de algún fuerte que hundiendo un puñal libertador en el pecho de Rosas, restituyese al Río de la Plata su perdida ventura y librase a la América y a la humanidad en general del grande escándalo que le deshonra».[101]
Pero también acusaba a Rosas de muchas otras inmoralidades: de defraudación fiscal, malversación de fondos, haber «acusado calumniosamente a su respetable madre de adulterio [...] ha ido hasta el lecho donde yacía moribundo su padre a insultarlo», de haber abandonado a su esposa en sus últimos días, tener amantes de las familias más respetables. Llegó a escribir que «es culpable de torpe y escandaloso incesto con su hija Manuelita a quien ha corrompido». De Manuelita dice que «la virgen cándida es hoy marimacho sanguinario, que lleva en la frente la mancha asquerosa de la perdición» y que «ha presentado en un plato a sus convidados, como manjar delicioso, las orejas saladas de un prisionero».[101]
El encargado de llevar el informe a Londres fue Florencio Varela.[99][100]
Publicadas en folletín por el Times de Londres y por Le Constitutionnel de París, sirvió para justificar la intervención anglo-francesa en el Plata. Robert Peel, que aprobó el gasto de la Casa Lafone, lloró al leerlas en la tribuna de los Comunes pidiendo se aprobase la intervención, y Thiers se estremecía por «el salvajismo de esos descendientes de españoles» acoplando Francia a la intervención británica.[67]
El bloqueo anglo-francés
[editar]El gobierno de Rosas había prohibido la navegación por los ríos interiores a fin de reforzar la Aduana de Buenos Aires, único punto por el que se comerciaba con el exterior. Durante largo tiempo, Inglaterra había reclamado la libre navegación por los ríos Paraná y Uruguay para poder vender sus productos. En cierta medida, esto hubiera provocado la destrucción de la pequeña producción local.
Debido a esta disputa, el 18 de septiembre de 1845 las flotas inglesas y francesas bloquearon el puerto de Buenos Aires e impidieron que la flota porteña apoyara a Oribe en Montevideo. De hecho, la escuadra del almirante Guillermo Brown fue capturada por la flota británica. Uno de los objetivos políticos fundamentales del bloqueo era impedir que el joven Estado Oriental cayera en poder de Rosas y quedara plenamente bajo soberanía argentina.
La flota combinada avanzó por el río Paraná, intentando entrar en contacto con el gobierno rebelde de Corrientes y con Paraguay, cuyo nuevo presidente, Carlos Antonio López, pretendía abrir en algo el régimen cerrado heredado del doctor Francia. Lograron vencer la fuerte defensa que hicieron las tropas de Rosas, dirigidas por su cuñado Lucio Norberto Mansilla en la batalla de la Vuelta de Obligado, pero meses más tarde fueron derrotados en la batalla de Quebracho. Esas batallas hicieron demasiado costoso el triunfo anterior, por lo que no se volvió a intentar semejante aventura.
Al saber las noticias sobre la defensa de la soberanía argentina en el Plata, el general José de San Martín, que vivía en Francia, escribió:
Sobre todo, tiene para mí el general Rosas que ha sabido defender con toda energía y en toda ocasión el pabellón nacional. Por esto, después del combate de Obligado, tentado estuve de mandarle la espada con que contribuí a defender la independencia americana, por aquel acto de entereza, en el cual, con cuatro cañones, hizo conocer a la escuadra anglofrancesa, que pocos o muchos, sin contar los elementos, los argentinos saben siempre defender su independencia.José de San Martín[102]
Ya en su testamento redactado el 23 de enero de 1844 –un poco más de un año y medio antes de Obligado– ya había legado su sable corvo, la espada más preciada que tenía, la que había usado en Chacabuco y Maipú, al gobernador Rosas, quien la recibiría después del fallecimiento del libertador.
El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas como una prueba de la satisfacción que, como argentino, he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla.
Gran Bretaña levantó el bloqueo en 1847, aunque recién en 1849, con el tratado Arana-Southern, se concluyó definitivamente este conflicto. Francia tardó un año más, hasta la firma del tratado Arana-Le Prédour. Estos tratados reconocían la navegación del río Paraná como «una navegación interna de la Confederación Argentina y sujeta solamente a sus leyes y reglamentos, lo mismo que la del río Uruguay en común con el Estado Oriental».
La caída
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Después de la retirada de Francia y Gran Bretaña, Montevideo solo dependía del Imperio del Brasil para sostenerse. Este, que era garante de la independencia de Uruguay, había abusado de esa condición en provecho propio. Juan Manuel de Rosas consideró inevitable una guerra con Brasil, y pretendió aprovecharla para reconquistar las Misiones Orientales. Declaró la guerra al Imperio y nombró comandante de su ejército a Justo José de Urquiza.
Varios personajes del partido federal acusaron a Rosas de lanzarse a esta nueva aventura solo para eternizar la situación de guerra que este usaba como excusa para no convocar una convención constituyente.
Los más inteligentes de sus opositores se convencieron de que no se podía vencer a Rosas solo con los unitarios. El general Paz, por ejemplo, creía que alguno de sus caudillos subalternos era quien lo iba a derribar; y pensó en Urquiza.
Urquiza no sentía ningún anhelo de libertad diferente del de Rosas, aunque su estilo era distinto en varios aspectos. Pero a fines del año 1850, Rosas le ordenó que cortara el contrabando desde y hacia Montevideo, que había beneficiado enormemente a Entre Ríos en los años anteriores.[n 4] Afectado económicamente, ya que el paso obligado por la Aduana de Buenos Aires para comerciar con el exterior era un problema económico de magnitud para su provincia, Urquiza se preparó a enfrentar a Rosas.
Pero no pretendió derrotar a un enemigo tan poderoso a la manera de los unitarios, lanzándose a la aventura; tras varios meses de negociaciones, acordó una alianza secreta con Corrientes y con el Brasil. El gobierno imperial se comprometió a financiar sus campañas y transportar sus tropas en sus buques, además de entregar enormes sumas de dinero al propio Urquiza para su uso personal, quizás destinado a fines políticos.
El 1 de mayo de 1851, lanzó su Pronunciamiento, por el que reasumió la conducción de las relaciones exteriores de su provincia, aceptando inesperadamente la renuncia que todos los años Rosas hacía de las mismas.[n 5]
Urquiza tampoco se lanzó directamente sobre su enemigo, sino que primero atacó a Oribe en Uruguay. Lo obligó a capitular con él y entregar el gobierno a una alianza de los disidentes de su partido con los colorados de Montevideo. A continuación se apoderó del armamento argentino que formaba parte de las fuerzas de Oribe y de sus soldados, que fueron incorporados al Ejército Grande de Urquiza.
Solo entonces, Urquiza se trasladó a Santa Fe, derrocó allí a Echagüe y atacó a Rosas. Tras la defección de Pacheco, Rosas asumió el comando de su ejército,[n 6] al frente del cual fue derrotado en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852. Tras la derrota, Rosas abandonó el campo de batalla –acompañado únicamente por un ayudante– y firmó su renuncia en el "Hueco de los sauces" (actual Plaza Garay de la ciudad de Buenos Aires):
Creo haber llenado mi deber con mis conciudadanos y compañeros. Si más no hemos hecho en el sostén de nuestra independencia, nuestra identidad, y de nuestro honor, es porque más no hemos podido.Juan Manuel de Rosas
Gabinete de ministros
[editar]Juan Manuel de Rosas | ||
|---|---|---|
| Cartera | Titular | Período |
| Ministerio de Gobierno y de Relaciones Exteriores | Felipe Arana | 7 de marzo de 1835 - 3 de febrero de 1852 |
| Ministerio de Hacienda | José María Roxas y Patrón | 7 de marzo de 1835 - 3 de febrero de 1852 |
| Ministerio de Guerra y Marina | Agustín de Pinedo | 7 de marzo de 1835 - 3 de febrero de 1852 |
Después de Caseros
[editar]Exilio
[editar]Juan Manuel de Rosas se refugió en la legación británica, la tarde del día siguiente. Protegido por el Encargado de Negocios del Reino Unido Robert Gore, partió hacia Inglaterra en el buque de guerra británico Conflict. Al llegar a dicho país, se instaló en Swanthling, cerca de Southampton,[n 7] Allí vivió en una granja de 140 acres que alquiló,[104] donde intentó reproducir algunas de las características de una estancia de la pampa. Fue otra de las tantas contradicciones de su vida, al buscar refugio en un país con el que estuvo repetidamente en conflicto.
Había empezado a estudiar el idioma inglés junto a Manuelita en la embarcación que lo llevó a Gran Bretaña y siguió con lecciones en Southampton; lo hablaba mal pero de corrido.[105] Nunca aprendió ningún otro idioma.[n 8]
Rosas consideraba a su hija Manuelita una ingrata por haberse casado con Máximo Terreno y mudarse a Londres en 1852. Aunque mantenían correspondencia semanal y Manuelita lo visitaba dos veces al año con su esposo y sus hijos, Rodrigo Tomás y Manuel Máximo, Rosas sentía que lo había abandonado. Se negó a asistir a la boda de Manuelita y lamentaba su casamiento en cartas a allegados. También se sintió traicionado por su hijo Juan Bautista, quien regresó a Buenos Aires en 1855. No fue a despedirlo y decidió no ayudarlo económicamente, resentido por todo lo que le había dado en el pasado.[106]
En su vida diaria trabajaba en la granja desde las ocho de la mañana hasta el mediodía, acompañado de un niño que le cebaba mate. Luego continuaba trabajando hasta las cinco de la tarde y pasaba el resto del tiempo escribiendo cartas y documentos. Era conocido entre los lugareños por sus costumbres argentinas, como montar a caballo y tomar mate, costumbre que logró popularizar en la zona. A los 83 años, a pesar de sus problemas de gota, seguía trabajando en el campo hasta que cayó enfermo en marzo de 1877.[106]
Recibía pocas visitas, pero escribió un buen número de cartas a quienes habían sido sus amigos. En general, trataban de su situación económica, de testimonios sobre su propia vida y en algunos casos tocaba temas de política actual: por ejemplo, escribió a Mitre que lo que le convenía a Buenos Aires era separarse del resto del país y establecerse como una nación independiente.[n 9]
El 28 de agosto de 1862 firmó su testamento en Southampton. En su cláusula segunda nombró albacea –ejecutor testamentario– al "Honorable Lord Vizconde Palmerston", por "las tan finas como amistosas consideraciones con que me ha favorecido". "En el caso de su muerte (de Palmerston) nombro a la persona que desempeñe el Ministerio de Relaciones Exteriores del Gobierno de Su Majestad Británica".[107]
Aún en vida del exgobernador, José Manuel Estrada opinó que Rosas:
Tiranizó por tiranizar, tiranizó por deleite, por vocación, a impulsos de no sé qué fatalidad orgánica, sin dar al país la paz que prometió, antes más bien llevando de un cabo a otro de la República, la depravación y el hierro y destruyendo todas las condiciones morales y jurídicas sobre las cuales descansa el orden de las sociedades humanas.
Juicio contra Rosas
[editar]El 9 de agosto de 1856 el Senado de Buenos Aires sancionó un proyecto de ley en el cual se calificó a Rosas de «reo de lesa patria» y se declaró la competencia de la justicia de los tribunales en el juzgamiento de los delitos ordinarios endilgados a Rosas.[109]
En 1857 la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires declara «traidor a la Patria» a Juan Manuel de Rosas al sancionar la «Ley sobre enjuiciamiento de Juan Manuel Rosas».[110]
La intencionalidad difamatoria se evidencia en los argumentos de los diputados involucrados:
¿Qué dirá la Historia cuando se vea que la Inglaterra ha devuelto a ese tirano los cañones tomados en acción de guerra y saludado su pabellón sangriento y manchado con una salva de 21 cañonazos? La Francia que hizo causa común con los enemigos de Rosas, que inició la cruzada en la figura del General Lavalle, a su tiempo le abandonó y trató con Rosas, y también debió saludar su pabellón con 21 cañonazos. (...) ¿Qué se dirá en la Historia, y esto es triste decirlo, cuando se sepa que el valiente Almirante Brown, el héroe de la Marina de Guerra de la Independencia, fue el Almirante que defendió la tiranía de Rosas?¿Que el general San Martín, vencedor de los Andes, el padre de las glorias argentinas, le hizo el homenaje más grandioso que puede hacerse a un militar entregándole su espada?¿Se verá a este hombre, Rosas, dentro de 20 o 50 años, tal como lo vemos nosotros a 5 años de su caída, si no nos adelantamos a votar una ley que lo castigue definitivamente con el dicterio de traidor? No señor, no podemos dejar el juicio de Rosas a la Historia, porque si no decimos desde ahora que era un traidor, y enseñamos en la escuela a odiarlo, Rosas no será considerado por la Historia como un tirano, quizá lo sería como el más grande y glorioso de los argentinos.Diputado Nicolás Albarellos, 1857[111]
La sentencia del juez Sixto Villegas, confirmada por la Cámara de Apelaciones y el Superior Tribunal, fue la siguiente:
Por tantos y tan horrendos crímenes comprobados contra el hombre, contra la patria, contra la Naturaleza, contra Dios(...)En cumplimiento de las leyes, en nombre de las generaciones que pasan y piden justicia y en nombre de las generaciones que vienen y esperan ejemplo(...) Condeno, como debo, a Juan Manuel de Rosas a la pena ordinaria de muerte con calidad aleve; a la restitución de los haberes robados a los particulares y al fisco y a ser ejecutado día y hora que se señale, en San Benito de Palermo, último foco de sus crímenes(...)[112]Sixto Villegas
Muerte
[editar]En Argentina le habían confiscado sus propiedades, no tenía contacto con su familia ni con su hermano Prudencio, que vivía holgadamente en Sevilla. Se atrevió a pedirle ayuda económica a Urquiza, el cual se la otorgó, y cuando el entrerriano fue asesinado, lo siguió haciendo su viuda.[105]
A los 83 años, Rosas seguía trabajando en el campo cada mañana, a pesar de sufrir de gota. El sábado 10 de marzo salió y sufrió un enfriamiento que se complicó y lo dejó en cama. Su vecino, el doctor John Wiblin, lo atendió y llamó a Manuelita, quien llegó y cuidó de su padre sin separarse de su lado. Aunque el martes 13 Rosas parecía mejorar, en la madrugada del miércoles 14 de marzo, Manuelita notó que su padre tenía la mano muy fría mientras dormía junto a él. Le preguntó cómo se sentía, y él contestó "No sé, m’ hija", y expiró ese mismo día.
El lunes siguiente fueron los funerales en el cementerio local. El 24, el Southampton Times & Hampshire Express publicó una breve necrológica, que informaba que “su excelencia” el general Juan Manuel de Rosas había muerto de inflamación en los pulmones.[106]
Cuando la noticia de su muerte llegó a Buenos Aires, el gobierno prohibió hacer ningún funeral ni misa en favor de su alma, y organizó un inusual responso por las víctimas de su tiranía.
El caserón de Rosas, en San Benito de Palermo, quedó abandonada con su exilio, y fue una ruina durante la siguiente década. Luego fue utilizada por el Gobierno Nacional con varios fines: Colegio Militar, Escuela Naval, etcétera,[113] mientras el presidente Domingo Faustino Sarmiento impulsó la transformación de los terrenos de estancia en un espacio público, el Parque 3 de Febrero, llamado en honor a la batalla de Caseros. El edificio siguió en pie hasta el 3 de febrero de 1899, cuando el intendente Adolfo Bullrich ejecutó su implosión, con muy poca oposición social.
Después de Rosas
[editar]Después de la caída de Juan Manuel de Rosas, Urquiza declaró que no habría «ni vencedores ni vencidos»,[114] y se apresuró a reunir el Congreso Constituyente de Santa Fe, que sancionó la Constitución Argentina de 1853 el 1 de mayo de ese año. Al año siguiente asumió como presidente de la Argentina, pero la provincia de Buenos Aires, dominada por los unitarios –más muchos antiguos colaboradores de Rosas– se negó a participar en esa Constitución y se separó del país. En 1859 el país fue unificado legalmente junto con la provincia de Buenos Aires, aunque la reunificación real se produjo –por la fuerza– a partir de 1861.
Tampoco hubo un cambio significativo en las costumbres políticas ya que los gobernantes que lo sucedieron, que se habían opuesto a su régimen quejándose de las persecuciones sufridas, hostigaron con extrema crueldad a sus opositores, a quienes negaron los derechos más elementales, ejecutando a muchos de ellos con la excusa de que no eran partidarios en armas, sino simples bandidos.
Las largas guerras civiles que siguieron a la caída de Rosas, por lo menos hasta 1880 –en las cuales participaron miembros del partido federal hasta 1873– justificaron en el mismo Rosas su descreimiento en la permanente y esperada acción pacificadora y modernizadora de la constitución que éste había postergado.
Los críticos más emblemáticos de Rosas y su gobierno fueron políticos de ideología liberal como Mitre y Sarmiento. Estos habían debido emigrar en ese período hacia otros países, como Uruguay y Chile. Tras la batalla de Caseros, todos ellos regresaron juntamente con los cientos de exiliados a causa del rosismo. Alberdi en cambio, aunque también debió exiliarse, alternó una fuerte oposición inicial con una actitud de justificación basada en la idea de la necesidad de una autoridad nacional fuerte; visitó a Rosas en Southampton en 1857 y mantuvo un breve intercambio epistolar con él.[115] También expresó Alberdi:
Aunque opuesto a Rosas como hombre de partido, he dicho que escribo esto con colores argentinos. A mis ojos, Rosas no es un simple tirano. Si en su mano hay una vara sangrienta de hierro, también veo en su cabeza la escarapela de Belgrano. No me ciega tanto el amor de partido, para no conocer lo que es Rosas.Juan Bautista Alberdi[116]
El pensamiento de Alberdi y su obra Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, conjuntamente con el modelo estadounidense, y las constituciones argentinas anteriores fueron la génesis de la nueva Constitución Nacional.
El Estado de Buenos Aires sometió a Rosas a un proceso criminal; aun antes de que este fuera resuelto, el 9 de agosto de 1856 el Senado de Buenos Aires sancionó un proyecto de ley, en el cual se calificaba a Rosas:
Reo de lesa patria, por la tiranía sangrienta que ejerció sobre el pueblo y por haber hecho traición a la independencia de su patria.Senado de Buenos Aires[117]
Ya en el siglo XX, el investigador Tulio Halperín Donghi, citado por Pacho O’Donnell, sostuvo que Rosas:
Era un autócrata por naturaleza y hasta el fin de sus días se mostró convencido de que a los países había que gobernarlos con mano fuerte para evitar lo que él consideraba su natural tendencia a la anarquía. Hay quien afirma que Rosas conocía la obra del francés Bossuet, defensor del absolutismo monárquico, cuyas ideas textuales reproduciría en sus escritos: «El rey puede compararse con un padre y recíprocamente un padre puede ser comparado con el rey,...Amar, gobernar, recompensar y castigar es lo que deben hacer un rey y un padre».Tulio Halperín Donghi (historiador argentino)[118]
Rosas en la actualidad
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Los restos de Juan Manuel de Rosas permanecieron en el exilio durante más de un siglo. Su cuerpo fue repatriado el 30 de septiembre de 1989, durante la presidencia de Carlos Saúl Menem, en cumplimiento de una ley promulgada en 1974 por la presidenta María Estela Martínez de Perón. Reposan actualmente en el panteón familiar del Cementerio de la Recoleta en la Ciudad de Buenos Aires.
En 1999 se construyó el primer monumento en su honor, ubicado en la Plaza Intendente Seeber, en la esquina de la avenida del Libertador y avenida General Sarmiento, en el Parque 3 de Febrero, en el barrio porteño de Palermo.[119]
La estación terminal oeste de la línea B del Subte de Buenos Aires lleva su nombre, aunque en la actualidad no existe ninguna calle en esa ciudad que lo conmemore.[120] No obstante, en otras localidades de la Argentina se lo recuerda con nombres dados a la toponimia urbana: en La Matanza, la Ruta Nacional 3 se denomina Avenida Brigadier General Juan Manuel de Rosas; en José León Suárez (Partido de General San Martín) el trayecto de la ruta 4 lleva su nombre; la avenida costanera de la ciudad de San Carlos de Bariloche también se llama Rosas; y lo mismo sucede con una calle céntrica de la ciudad de Rosario .
En el año 1991, el Correo Oficial argentino emitió una estampilla con un valor de 4000 australes alusiva a la «Repatriación de los restos del brigadier general don Juan Manuel de Rosas», con su efigie.
Desde 1992 los billetes de 20 pesos llevaron su figura. En octubre de 2017, el Gobierno de Mauricio Macri decretó remplazarlos por la efigie de un guanaco.[121]
En la ciudad de San Miguel del Monte, provincia de Buenos Aires, se conserva el rancho de Rosas, construido en 1817. Pertenecía a la estancia Los Cerrillos, cercana a la ciudad, y fue trasladado a su emplazamiento actual en 1987. Allí funciona el museo Guardia de Monte.[122]
En la localidad de Virrey del Pino –calle Máximo Herrera 5700–, en el partido de La Matanza, Provincia de Buenos Aires, se conserva el casco de la antigua estancia San Martín (Estancia El Pino), adquirida el 20 de abril de 1822 por la sociedad Rosas, Terrero y Cía., formada por Rosas, Juan Nepomuceno Terrero y Luis Dorrego. Al disolverse esa sociedad en 1837, pasó a ser de propiedad exclusiva de Rosas. Allí funciona actualmente el Museo Histórico Municipal de La Matanza Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas.[123]
En la localidad de San Andrés - calle 72, Diego Pombo Nº 3324- en el Partido de General San Martín, Provincia de Buenos Aires, se conserva el edificio construido en 1840 durante el conflicto que la Argentina mantuvo con Francia en los años 1838-1840, donde funcionó la comandancia del campamento de los Santos Lugares de Rosas. A principios del siglo XX, la casa fue adquirida por la familia Comastri con el fin de utilizarla como vivienda familiar hasta 1988. En ese año, la Municipalidad de General San Martín compró el edificio para que funcione allí el Museo Histórico Regional de San Martín «Brig. Gral. Don Juan Manuel de Rosas».
Iconografía
[editar]En muchos retratos de Rosas, aparece portando una banda escarlata y una gran condecoración que pende del cuello; se trata de una medalla de oro en forma de Sol, con círculo de brillantes e inscripto en el anverso que reza: «La expedicion á los desiertos del Sur del año 33 engrandeció la Provincia y aseguró sus propiedades», y en el reverso la columna erigida por decreto de 9 de febrero de 1834.[124][125]
Ancestros
[editar]| Ancestros de Juan Manuel de Rosas | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Véase también
[editar]Notas
[editar]- ↑ Es sintomático que la historia mencione a Rivadavia como fundador del Banco, cuando Rosas lo disolvió y lo reemplazó por otro con una estructura y una distribución accionaria completamente distinta.
- ↑ No fue el único caso, ya que en cada crisis se le concedieron a casi todos los gobernadores, como Martín Rodríguez, Paz, Avellaneda y muchos otros. Lo que nadie había otorgado hasta entonces había sido la «suma del poder público».
- ↑ Rosas, a su vez, habría de legar su propio sable al mariscal paraguayo Francisco Solano López en una disposición testamentaria del 17 de febrero de 1869, con estas palabras:
Su excelencia el generalísimo, Capitán General don José de San Martín, me honró con la siguiente manda: «La espada que me acompañó en toda la guerra de la Independencia será entregada al general Rosas por la firmeza y sabiduría con que ha sostenido los derechos de la Patria». Y yo, Juan Manuel de Rosas, a su ejemplo, dispongo que mi albacea entregue a su Excelencia el señor Gran Mariscal, Presidente de la República Paraguaya y Generalísimo de sus ejércitos, la espada diplomática y militar que me acompañó durante me fue posible defender esos derechos, por la firmeza y sabiduría con que ha sostenido y sigue sosteniendo los derechos de su Patria.
- ↑ José María Rosa afirma que el verdadero beneficiario del contrabando era Urquiza, no su provincia, y que la mayor parte de ese contrabando era financiado por este. Véase El Pronunciamiento de Urquiza, 1960.
- ↑ Esta renuncia periódica de la representación de las provincias en el exterior estaba destinada a ratificar el poder del gobernador de Buenos Aires.[¿Por qué?]
- ↑ Fue un terrible error: Rosas era un gran político y un buen estratega militar, pero como táctico en una batalla no era en absoluto capaz de enfrentar a Urquiza, uno de los más destacados militares de la historia argentina.
- ↑ Actualmente, el sitio –entonces un pueblo separado de la ciudad– se encuentra dentro de la ciudad de Southampton.
- ↑ A mediados del siglo XX, el historiador Fermín Chávez (1924-2006) creyó descubrir una novelita romántica escrita por Rosas en francés. El uso de este idioma, el tema casi feminista que trataba y el ambiente puramente europeo del texto parecen desmentir tajantemente la autenticidad del mismo.
- ↑ El historiador José María Rosa observa que esta repudiable actitud quizá haya hecho sin querer un gran servicio a su país: los dirigentes porteños se empeñaban en hacer lo contrario de lo que hubiera hecho Rosas; este consejo, viniendo de Rosas, puede haber influido en la decisión de no separar formalmente el Estado de Buenos Aires de la Confederación.
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Enlaces externos
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Wikimedia Commons alberga una categoría multimedia sobre Juan Manuel de Rosas.
Wikisource en español contiene obras originales de Juan Manuel de Rosas.
Wikiquote alberga frases célebres de o sobre Juan Manuel de Rosas.- Pigna, Felipe: «Biografía de Juan Manuel de Rosas», publicada en la revista El Historiador (Buenos Aires).
- Sepúlveda, Patricia: «El régimen de Juan Manuel de Rosas (1829-1832 y 1835-1852)». Archivado el 24 de julio de 2013 en Wayback Machine. Artículo publicado en el sitio web Saber Golwen.
- Rosa, José María: «En torno a Rosas», publicado en agosto de 2006 en el sitio web José María Rosa (Buenos Aires).
- O’Donnell, Pacho: «Juan Manuel de Rosas, el maldito de la historia oficial», publicado en el sitio web O'Donnell Historia (Buenos Aires).
- «Gobierno de Juan M. de Rosas (1835-1852)», artículo publicado en el sitio web Todo Argentina (Buenos Aires).
- «La política de Juan Manuel de Rosas durante su primer mandato», artículo publicado en el sitio web Academia.edu.