Guerra Civil Catalana

De Wikipedia, la enciclopedia libre
(Redirigido desde «Guerra civil catalana»)
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Guerra civil catalana
Fecha 14621472
Lugar Principado de Cataluña
Casus belli Decisión unilateral de la Generalidad de Cataluña de levantar un ejército contra los campesinos "remensas"
Resultado Victoria de la Monarquía (Juan II de Aragón)
Beligerantes
Instituciones catalanas:
Generalidad
Consejo del Principado,
la Biga,
Banner of arms crown of Castille Habsbourg style.svg Corona de Castilla
PortugueseFlag1385.svg Reino de Portugal
Estandarte de la Corona de Aragon.svg Corona de Aragón
Sindicato remensa
la Busca
Pavillon royal de la France.svg Reino de Francia
Comandantes
Juan de Beaumont
Juan II de Lorena
Pedro de Portugal
Hugo Rogelio III de Pallars Sobirá
los Nobles de la Generalidad y el Consejo de Ciento
Juan II de Aragón
Fuerzas en combate
Desconocidas Desconocidas

La Guerra civil catalana (14621472) es el enfrentamiento armado entre el rey Juan II de Aragón, conde de Barcelona, y las instituciones catalanas encabezadas por la Diputación del General de Cataluña y el Consell del Principat por el control político del Principado de Cataluña.

Para el bando realista los «rebeldes» lo eran por haber traicionado la fidelidad que habían jurado a su rey, mientras que los antijuanistas consideraban «traidores» a los realistas por no ser fieles a las leyes de la «tierra», por ser «enemigos de la cosa pública» o simplemente por ser «malos catalanes». Así el bando antijuanista desarrolló un nueva concepción de la sociedad política en la que, según Santiago Sobrequés y Jaume Sobrequés, «la solidaridad entre los hombres de un país se producía por tener unas leyes comunes y habitar una misma tierra, no como hasta entonces, por el hecho de ser vasallos de un mismo soberano». Había surgido, pues, el concepto moderno de patria que iba más allá de la mera adscripción territorial para revestir un carácter jurídico, por lo que la rebelión catalana sería, como ya señaló el historiador francés Joseph Calmette nacido en Perpiñán, «la primera de las revoluciones modernas», cien años anterior a la rebelión de los Países Bajos.[1]

Antecedentes: el enfrentamiento entre la oligarquía nobiliaria y urbana y la monarquía[editar]

Empieza el siglo XV en medio de una profunda crisis que afectaba a toda Europa occidental y, especialmente, al Principado de Cataluña. Las causas fueron diversas: crisis de subsistencia de la población, la crisis demográfica que afectó especialmente al campo debido a las grandes epidemias, la crisis financiera, con el endeudamiento excesivo de las instituciones públicas, la reducción del volumen y de las ganancias del comercio internacional...

El enfrentamiento entre la monarquía y la oligarquía nobiliaria y urbana catalana se remontaba al reinado de Alfonso el Magnánimo (1416-1458) cuando su gobernador en Cataluña bajo la lugartenencia de la reina María, Galcerán de Requesens, un miembro de la pequeña nobleza catalana ―señor de Molins de Rei―, apoyó en su lucha por el gobierno de la ciudad de Barcelona a la «Busca», que reunía a los mercaderes y a los artesanos, frente a la «Biga», que agrupaba al rico patriciado urbano barcelonés que dominaba el Consejo de Ciento de la ciudad y que, junto con la nobleza, también controlaba las Cortes Catalanas y la Diputación del General. Así Requesens permitió la creación del Sindicat dels Tres estaments i poble de Barcelona e intervino en el municipio de Barcelona arrebatando a la «Biga» el gobierno de la ciudad y poniendo en su lugar a hombres de su confianza y a miembros moderados de la «Busca». En palabras de Carme Batlle, «fue un auténtico golpe de estado contra los privilegios municipales y el tradicional poder de las familias patricias (los ciudadanos honrados, o sea, rentistas…)».[2]

El segundo motivo del conflicto fue el apoyo que la monarquía dio a los campesinos remensas enfrentados a su señores por la cuestión de los «malos usos». El rey también permitió la formación de un sindicato, el Gran Sindicato Remensa fundado en 1448, para que los campesinos pudieran reunirse y luego negociar con sus señores, tanto laicos como eclesiásticos, y en 1455 dictó una sentencia interlocutoria por la que suspendía temporalmente el pago de los malos usos, aunque sin llegar a resolver el fondo del asunto. Así, como ha destacado Carme Batlle, «los dos sindicatos, el rural y el urbano, serían utilizados por la monarquía y sus representantes como arma contra la oligarquía catalana poco antes de la guerra civil y durante la misma».[3]

En 1454 Alfonso el Magnánimo nombró nuevo lugarteniente de Cataluña a su hermano don Juan, rey de Navarra, después de que la oligarquía nobiliaria y urbana hubiera rechazado el nombramiento de Requesens para ese puesto. Con el fin de hallar una salida a la complicada situación que se vivía en Cataluña, don Juan convocó las Cortes Catalanas que estarían reunidas por espacio de cuatro años (1454-1458). En estas agitadas Cortes no se resolvió el conflicto que enfrentaba a la oligarquía y la monarquía. Desde el primer momento se hizo patente el enfrentamiento cuando los síndicos del resto de ciudades catalanas en apoyo de la «Biga» consideraron ilegales a los síndicos que había enviado la ciudad de Barcelona que pertenecían a la «Busca» lo que obligó al lugarteniente a intervenir para dar cobertura legal a éstos. Asimismo don Juan continuó con la política filoremensa lo que le enfrentó con los señores laicos y eclesiásticos de la Cataluña vieja también representados en las Cortes. Así pues, el resultado de las mismas fue que tras ellas se creó un movimiento contrario al rey por parte de la nobleza, el clero y el patriciado urbano, cuya fuerza don Juan, ya convertido desde 1458 en monarca de la Corona de Aragón tras la muerte de su hermano, no valoró en su justa medida.[4]

El prólogo: la revolución catalana de 1460-1461[editar]

El impacto en Cataluña del conflicto sucesorio del reino de Navarra[editar]

En diciembre de 1459 se firmó la Concordia de Barcelona por la que el rey Juan II de Aragón y su hijo el príncipe Carlos de Viana se reconciliaron en su disputa por la corona del reino de Navarra. Sin embargo, de la otra cuestión que los enfrentaba ―el reconocimiento de la «primogenitura» aragonesa―[5]​ nada se decía en la Concordia, aunque el título de «primogénito de Aragón, de Navarra y de Sicilia» lo venía utilizando Carlos de Viana desde la muerte del rey Alfonso el Magnánimo el año anterior.[6][7]

A finales de marzo de 1460 Carlos de Viana abandonó Mallorca, a donde había llegado procedente de Sicilia, y el 31 hizo su entrada triunfal en Barcelona. En la misma se utilizó la fórmula de primer fill nat (‘primer hijo nacido’) para no entrar en la vidriosa cuestión de la primogenitura. El 14 de mayo se encontraron padre e hijo en Igualada y al día siguiente hicieron su entrada conjunta en Barcelona. Sin embargo, la reconciliación era solo superficial pues Carlos de Viana al no haber sido reconocida su primogenitura entró en contacto con el rey de Castilla Enrique IV para concertar una alianza con él mediante el matrimonio con su hermana la infanta Isabel, que entonces contaba con nueve años de edad.[8][7]

En septiembre de 1460 Juan II convocó las Cortes catalanas en Lérida y le pidió a su hijo Carlos de Viana que se reuniera con él en esa localidad para concretar su boda con la princesa Catalina de Portugal y evitar así el matrimonio de don Carlos con la infanta castellana Isabel, proyecto del que el rey Juan II había tenido conocimiento gracias a un emisario de los magnates castellanos que se oponían a Enrique IV.[9]​ Una vez allí el rey ordenó el 2 de diciembre de 1460 la detención de Carlos de Viana acusado de traición, una decisión, que Jaume Vicens Vives califica como «insigne torpeza» y Carmen Batlle como un «acto erróneo», en la que tuvo un papel determinante la reina Juana Enríquez quien tras suplicarle que lo detuviera le mostró al rey dos supuestas cartas incriminatorias de don Carlos que Juan II no pudo comprobar que eran ciertamente suyas pues en aquel momento estaba casi completamente ciego ―contaba con 62 años de edad y padecía de cataratas, que años más tarde le curaría un cirujano judío ―.[10][11]

El levantamiento[editar]

Interior del Palau de la Generalitat de Cataluña donde el 8 de diciembre de 1460 se constituyó el Consell del Principat.

La detención del príncipe de Viana causó una honda conmoción en toda Cataluña y provocó una inesperada ola de protestas.[12]​ Las Cortes, bajo la dirección de los nobles y los burgueses de la «Biga», decidieron el 5 de diciembre, antes de ser disueltas por el rey, formar una «comisión de las Cortes» que adoptara las medidas necesarias para conseguir la liberación del príncipe y la reparación de los agravios y que estaría integrada por la Diputación del General de Cataluña y por las personas que designara para que le asesoraran, incluida una representación de la ciudad de Barcelona. Así fue cómo se constituyó tres días después en la Casa de la Diputación en Barcelona el llamado Consell representant lo Principat de Catalunya, que ostentaba «un título que jamás se había atribuido ningún organismo catalán» y que «reflejaba el ideal “pactista” propio del [jusconstitucionalismo» que defendían la nobleza y el patriciado urbano catalanes.[13][14]​ Según Carme Batlle, era una «auténtica revuelta contra el monarca» ya que la nueva institución se atribuía «funciones de soberanía popular».[15][16]

Un grupo de jurisconsultos, encabezados por Joan Dusay, dictaminó que con la orden de detención de Carlos de Viana el rey había quebrantado las constituciones catalanas. Así la Diputación del General envió el 17 de enero un ultimátum al rey, de forma que a partir de ese momento, como ha destacado Jaume Vicens Vives, «se soldó definitivamente la causa del príncipe con la de las libertades de Cataluña».[17]​ Dos semanas después, el 31 de enero, la Diputación del General y el Consell representant lo Principat de Catalunya acordaron añadir una nueva acusación al rey: la de haber quebrantado la ley sucesoria de la Corona de Aragón al no haber reconocido a Carlos de Viana como su «primogénito».[18]​ Y el 7 de febrero se produjo el golpe de fuerza definitivo: los diputados y su Consejo decidieron proclamar a Carlos de Viana como «primogénito» y formar un ejército para enfrentarse al rey Juan II, además de comenzar la construcción de 24 galeras. El 19 de febrero la Diputación del General culminaba el golpe al proclamarse poder supremo de Cataluña y ordenar a todos los oficiales reales que le obedecieran. «Así se consumó la revolución catalana del 7-8 de febrero de 1461», afirma Jaume Vicens Vives.[19]

El triunfo de los sublevados: la liberación de Carlos de Viana y la Capitulación de Vilafranca[editar]

Palacio Real de Vilafranca del Penedés, restaurado en 2012, donde probablemente se firmó la Capitulación de Vilafranca el 21 de junio de 1461.

El 23 de febrero de 1461 Juan II ordenó la puesta en libertad de Carlos de Viana, encarcelado en Morella, ante la amenaza que suponía el ejército reclutado por la Diputación del General de Cataluña que había salido de Barcelona en dirección a Fraga camino de Zaragoza donde se encontraba el rey. También influyó en su decisión el temor a que se produjera una ofensiva castellana a favor de los beaumonteses que estaban ganando posiciones en Navarra.[16]​ «La monarquía capitula, en desastrosas condiciones, ante el levantamiento de Cataluña», sentencia Vicens Vives. La claudicación quedará rubricada cuatro meses después con la firma de la Capitulación de Vilafranca, «pieza capital en la historia del “pactismo” catalán y del derecho constitucional moderno», según Vicens Vives.[20]​ Carmen Batlle ha señalado que con la Capitulación de Vilafranca «la oligarquía instauraba un sistema constitucional: el rey no podía entrar en Cataluña sin permiso de la Diputación del General y el príncipe se convertía en su lugarteniente aquí, con todo el poder ejecutivo en sus manos».[15]

El 24 de junio, sólo tres días después de la firma de la Concordia de Vilafranca, se celebró en la catedral de Barcelona la solemne proclamación de don Carlos de Viana como Lugarteniente General de Cataluña y el 31 de julio fue reconocida su primogenitura como heredero de la Corona de Aragón. Sin embargo dos meses después, el 23 de septiembre de 1461, fallecía en Barcelona el príncipe de Viana.[21][22]​ La noticia de su muerte causó una honda conmoción en toda Cataluña, convirtiéndole en un mito dotado de poderes casi milagrosos ―«sant Karles de Catalunya», en el decir popular―.[23][24]

La lugartenencia de la reina Juana Enríquez tras la muerte de Carlos de Viana y la tensión con la oligarquía[editar]

Según lo dispuesto en la Capitulación de Villafranca, al morir el príncipe de Viana la lugartenencia de Cataluña pasaba al infante don Fernando, su hermanastro, que contaba con nueve años de edad y que un mes después de la muerte de aquel ya había sido reconocido como «primogénito». Pero dada su incapacidad para gobernar debido a su edad la reina Juan Enríquez sería quien ejercería la lugartenencia de Cataluña en su nombre como tutora ―«tudriu»― del príncipe Fernando. Así que el 29 de octubre madre e hijo partieron para el Principado, lo que causó un «vivo desasosiego» ―en palabras de Vicens Vives― entre las autoridades catalanas pues hacía solo seis meses que habían impedido que la reina entrara en Barcelona. El 21 de noviembre la reina y el príncipe llegaban a Barcelona y al día siguiente la reina Juana en la sede de la Diputación del General juró cumplir lo estipulado en la Capitulación de Vilanfranca. El principal cometido de la reina a partir de entonces sería conseguir de las autoridades catalanas que autorizaran la entrada del rey en el Principado, cuestión que planteó el 10 de diciembre pero no consiguió su propósito.[25]​ Con ese objetivo pidió ayuda al Sindicat dels Tres Estaments i poble de Barcelona de la «Busca» lo que suscitó los temores de la oligarquía de la «Biga» a que se produjera un levantamiento realista.[22]

La tensión entre la reina y las autoridades catalanas fue creciendo a lo largo del mes de diciembre,[26]​ atizada entre otros motivos por el rumor de que el añorado príncipe de Viana, considerado cada vez más por la población como un santo con poderes milagrosos, había sido envenado por la reina. Además, en las comarcas de Gerona acababa de estallar la rebelión de los campesinos remensas encabezada por Francesc de Verntallat ―un campesino acomodado― porque sus señores, aprovechando la recuperación de su posición de fuerza tras la firma de la Capitulación de Vilafranca, intentaban cobrar de nuevo los malos usos dejados en suspenso por la sentencia interlocutoria de Alfonso el Magnánimo de 1455 y la oligarquía temía que los remensas pudieran aliarse con el rey ―lo que efectivamente acabaría ocurriendo―.[27]

La tensión entre la oligarquía y la reina se recrudeció en febrero de 1462 cuando esta ordenó la detención de Joan de Copons, un destacado miembro de la facción antirealista, acusado de asesinato, y cuando por su parte el Consejo de Ciento ordenó una serie de medidas en contra de los miembros del «movimiento de los síndicos» de la Busca que el 24 de febrero se había presentado ante la reina, junto con «muchos menestrales envalentonados», para pedir la vuelta del rey a Cataluña ―como consecuencia del llamado «complot de San Matías» fueron detenidos cuarenta y dos miembros del Consejo de Ciento presuntamente implicados en la conspiración al considerarse que habían violado la Capitulación de Vilafranca―[22]​. Al mismo tiempo la facción antijuanista encabezada por el conde de Pallars Hugo Roger se iba haciendo con el control del Consell del Principat, frente al grupo realista encabezado por el arzobispo de Tarragona Pedro de Urrea.[28]

Desarrollo de la guerra[editar]

Los primeros meses: mayo-septiembre de 1462[editar]

Ante el clima cada vez más hostil que se encontró en una Barcelona dominada por la Biga y temiendo por la seguridad de su hijo,[23]​ la reina Juana Enríquez comunicó el 23 de febrero de 1462 que partía para Gerona. Ante este anuncio y la noticia de que los remensas se preparaban para enviar una embajada a la corte para pedir la entrada del rey en Cataluña, el Consell del Principat, dominado ya por la facción antijuanista, decidió el 5 de marzo formar un ejército para acabar con la rebelión remensa ―decisión que fue ratificada tres días después por los diputados de la Generalitat―. Como ha destacado Vicens Vives, «tamaña medida era un verdadero reto de los elementos revolucionarios a la monarquía, una usurpación de preeminencias soberanas». La respuesta de la reina fue partir para Gerona a donde llegó hacia 15 de marzo. Allí ratificó su orden de disolución de los grupos armados remensas para lo que envió dos oficiales reales a la Montaña gerundense para conseguir que se cumpliera. Pero como estas disposiciones no acabaron con la rebelión la reina se decidió por intentar alcanzar una tregua para la que se puso en contacto con el líder remensa Francesc de Verntallat.[29][22]

Plaza del Rey de Barcelona donde a finales de mayo de 1462 fueron expuestos los cadáveres de varios miembros de la Busca ejecutados al haber sido condenados sumariamente por encabezar una supuesta conjura realista. Este hecho se suele considerar como el inicio de la guerra civil catalana.

Mientras tanto en Barcelona ―donde los enfrentamientos entre juanistas y antijuanistas eran cada vez más frecuentes― comenzó la recluta del ejército que debía acabar con la rebelión remensa y que también estaba dirigido contra todos los que «tratan contra la Capitulación», a lo que la reina desde Gerona manifestó su más firme oposición por ser un acto ilegal al haber usurpado una prerrogativa del lugarteniente de Cataluña, cargo que ostentaba ella misma en nombre de su hijo el príncipe Fernando.[30]​ El Consell del Principat, a propuesta del obispo de Vic, le contestó declarando nulas sus decisiones, alegando que estaba mal informada y aconsejada.[31]

Asimismo mientras destacados realistas eran encarcelados era puesto en libertad Juan de Copons, convertido así en uno de los líderes del movimiento revolucionario. También fue confiscada una carta del correo de la reina ―«un hecho gravísimo», según Vicens Vives― y el veguer de Barcelona fue detenido, sus bienes confiscados y su casa demolida por haber puesto en libertad por orden de la reina a algunos realistas presos. La escalada antijuanista en Barcelona culminó el 19 y el 21 de mayo cuando seis destacados buscaires fueron ejecutados al haber sido condenados sumariamente por encabezar una supuesta conjura que pretendía favorecer la entrada del rey en el Principado y entregar la ciudad de Barcelona a la reina ―se les condenó por «fer e tractar concitació, sedició, tumults e conspiració» (‘hacer y tratar concitación, sedición, tumultos y conspiración’)―[32]​. Los cadáveres de las personas más importantes de entre los seis condenados, fueron expuestos en la Plaça del Rei con vestidos negros y a la luz de varios cirios para que sirvieran de escarmiento a futuros conspiradores.[33]​ Como ha afirmado Jaume Vicens Vives, «la revolución y la guerra civil se iniciaban, a la par, con la sangre de aquellas víctimas barcelonesas».[34]​ Para Carme Batlle, «estas sentencias del mes de mayo de 1462 consumaron la división entre la monarquía y la Generalitat en manos de una oligarquía nobiliaria y urbana decidida a separarse de un monarca que no respetaba sus privilegios, identificados con los de Cataluña. La guerra había empezado».[33]

El 23 de mayo de 1462 salió de Barcelona el grueso del ejército reclutado por la Diputación del General, a cuyo frente había nombrado al conde de Pallars, para dirigirse hacia Gerona con el propósito de acabar con la revuelta remensa, pero también con la finalidad de apoderarse de la reina y del «primogénito» el príncipe Fernando. Ante esta amenaza la reina había tomado diversas medidas entre las que destacó la de aliarse con los remensas que formaron un ejército a cuyo frente se situó Verntallat, pero este fue derrotado cerca de Hostalric, plaza estratégica situada entre Barcelona y Gerona que había sido tomada el 23 de mayo por una avanzadilla del ejército de la Diputación. Así que el conde de Pallars ya no encontró ningún obstáculo para plantarse a las puertas de Gerona. [35]

Ante las noticia de la inminente llegada del ejército de la Diputación del General al mando del conde Pallars, la reina, el príncipe Fernando y su séquito formado por nobles y funcionarios fieles a Juan II se encerraron en la Força Vella, la ciudadela de Gerona, donde establecieron un sistema defensivo propio diferenciado del la «ciudad baja» y mucho mejor pertrechado.[36]

A primera hora de la tarde del 6 de junio, domingo de Pentecostés, el ejército de la Diputació del General al mando del conde de Pallars llegaba a las murallas de la ciudad de Gerona y poco tiempo después conseguía entrar en la ciudad prendiéndole fuego a una de sus puertas.[37]​ El 17 de junio, día del Corpus Christi, tuvo lugar el intento del asalto a la Força Vella pero los asediados consiguieron rechazar los ataques.[38]​ Tras este fracaso el conde de Pallars recurrió a otras formas de hacerse con la Força pero ninguna funcionó. Sin embargo, dentro de la Força ―bombardeada diariamente― empezaron a faltar los alimentos y las municiones por lo que la situación era cada vez más angustiosa.[39]

Castillo Real de Colliure que según el Tratado de Bayona pasaría a manos del rey Luis XI de Francia como garantía del pago de la ayuda a Juan II de Aragón en la guerra que mantenía contra la instituciones catalanas rebeldes.

Mientras tanto Juan II de Aragón y Luis XI de Francia, que se habían entrevistado en Sauveterre en la frontera navarra, habían alcanzado un acuerdo en Bayona, gracias a la mediación de Gastón IV de Foix yerno de rey aragonés, poniendo fin así momentáneamente a la tradicional rivalidad entre las coronas de Aragón y de Francia. Según el tratado de Bayona, que fue firmado por Juan II el 21 de mayo, el rey de Francia se comprometía a enviar un ejército a Cataluña para someter a los rebeldes y a cambio el rey de Aragón le pagaría en dos o tres años 200.000 escudos (300.000 en caso de que los combates se extendieran a los reinos de Aragón o de Valencia), pero hasta que no se hubiera completado la entrega de esa cantidad el rey de Francia ejercería la jurisdicción y percibiría los derechos y rentas de la corona de los condados de Rosellón y de Cerdaña. Además los castillos de Perpiñán y de Colliure pasarían a manos del rey francés desde el inicio de la campaña. Eran unas duras condiciones para Juan II, pero como ha destacado Jaume Vicens Vives, «la situación desesperada de su esposa e hijo en Gerona, el desencadenamiento de la revolución en Cataluña, no le dejaban abierta otra puerta. Tenía que claudicar y lo hizo con resentimiento, prometiendo vengarse». [40][41]​ Por su parte el Consell del Principat en cuanto tuvo conocimiento del acuerdo difundió la falsa noticia de que el rey Juan II había cometido la traición de entregar al rey francés los condados de Rosellón y de Cerdaña, lo que acrecentó los ánimos antijuanistas por toda Cataluña.[42]

Poco después de la firma del acuerdo de Bayona y a la espera de que las tropas de Luis XI penetraran en Cataluña por el norte, Juan II decidió el 5 de junio entrar con un ejército en Cataluña ―apoderándose el 7 de junio de Balaguer―, lo que contravenía lo estipulado en la Capitulación de Vilafranca. Este fue el principal argumento utilizado por el Consell del Principat, junto con su alianza con el rey francés, para declarar a Juan II cuatro días después «enemigo de la cosa pública» y «enemigo de la tierra». Una declaración que el día 11 de junio se extendió a la reina Juana Enríquez. El día 16 una hueste ―la Bandera de Barcelona― al mando del capitán Joan de Marimón salía de Barcelona para dirigirse a las tierras de Lérida para hacer frente a Juan II.[43][44]

De acuerdo con lo estipulado en Bayona, a principios de julio un ejército compuesto por unos 10.000 hombres al mando de Gastón IV de Foix ―«una fuerza poco menos que irresistible para los catalanes adversarios de Juan II, los cuales ni reuniendo todos los hombres movilizados… podrían llegar a alcanzar diez mil hombres»―[42]​ penetraba en el Rosellón ocupando el 10 Salses, la «llave de España», ―ese mismo día Juan II ocupaba Castelldánsens en el frente de poniente―[45]​ y el 21 el castillo de El Voló, dejando atrás Perpiñán, Elna y Colliure. En El Voló Gaston de Foix recibió una carta de la reina Juana Enríquez que consiguió atravesar las líneas de los asediadores pidiéndole que acudiera rápidamente a levantar el cerco pues en la Força solo estaban en condiciones de aguantar una semana más.[46]

Vista de la antigua Força Vella de Gerona con el campanario de la catedral al fondo y a la izquierda la torre Rufina que defendía la puerta de la muralla de la Força por donde intentaron penetrar en la fortaleza las huestes del conde de Pallars el 17 de junio de 1462.

Gaston de Foix hizo caso a la angustiosa carta de la reina y dirigió una parte de su ejército ―entre 4.500 y 6.000 hombres― hacia Gerona plantándose en solo dos días a las puertas de la ciudad y entrando en ella sin combatir ya que las fuerzas del conde de Pallars, muy inferiores en número ―el ejército de la Diputació del General se había reducido a unos 700 hombres a causa de la desbandada general―, se habían retirado a Hostalric ante la noticia de la inminente llegada de los «piteus» ―junto con el de «gavatxos», nombre despectivo con el que nombran a los franceses los documentos catalanes de la época―. Así el 23 de julio fue levantado el asedio de La Força y liberados el príncipe Fernando y la reina Juana Enríquez.[47]​ Por otro lado, en el frente de poniente ese mismo día 23 de julio las huestes del rey Juan II derrotaban a la Bandera de Barcelona en las cercanías del castillo de Rubinat[48]​ y una semana después caía en poder de Juan II Tárrega, mientras la Bandera de Barcelona se replegaba hacia Cervera.[49]

Un mes después del levantamiento del asedio de la Força Vella el ejército de Gastón de Foix se dirigió a Barcelona para iniciar su asedio, aun a costa de dejar desguarnecido el Rosellón y el Ampurdán. Como ha señalado Jaume Vicens Vives, «el campo realista consideraba que una vez sometida la capital catalana el resto del país caería en sus manos como breva madura».[50]​ El ejército de Gastón de Foix salió de Gerona en dirección a Barcelona el 1 de septiembre y el día 4 pasaba junto a Hostalric sin detenerse en asediar la villa. En su avance hacia el sur fue hostigado desde la costa por el ejército del conde de Pallars que evitó un choque frontal dada su notable inferioridad e intentando conseguir llegar a Barcelona intacto para ayudar en su defensa. El 9 de septiembre el ejército francés arribaba a Montcada, la llave de entrada del Llano de Barcelona, después de haber pasado por Sant Celoni, Granollers y Montmeló. Tras tomar el castillo de Montcada instaló su campamento en Sant Andreu y el día 12 llegó allí el rey Juan II procedente de Martorell y Sant Cugat del Vallés y se reunió con su esposa y su hijo después de casi un año de separación.[51][52]

El «reinado» de Enrique IV de Castilla (1462-1463)[editar]

El mismo 12 de septiembre de 1462 en que Juan II se unió a las tropas de Gaston de Foix y volvió a reunirse con su esposa y con su hijo tuvo lugar en Barcelona la solemne proclamación por las instituciones catalanas rebeldes de Enrique IV de Castilla como el nuevo soberano del Principado de Cataluña. Previamente en el mes de agosto el Consell del Principat había tomado una decisión de enorme trascendencia: deponer al rey Juan II, a su esposa y a su hijo ―siguiendo, entre otras, las ideas del dominico Joan Cristófor de Gualbes que defendía la tesis de que la “res publica” estaba por encima del príncipe y que por tanto podía ser depuesto en caso de la tiranía― y ofrecer la corona al rey Enrique IV de Castilla, como jefe de la rama principal de los Trastámara que desde el compromiso de Caspe también reinaba en la Corona de Aragón.[50]​ Como ha señalado Carme Batlle, Enrique IV era «el único aliado posible» tras el pacto sellado entre Juan II de Aragón y Luis XI de Francia.[52]

Sin embargo, la intención inicial del Consell del Principat, de acuerdo con las autoridades municipales de Barcelona, no fue ofrecer la corona a Enrique IV de Castilla sino pedirle ayuda militar ―«socors» (‘socorros’)― para expulsar al ejército francés de Cataluña, y para ello se decidió enviar una embajada a Castilla encabezada por Joan de Copons con el encargo de que solicitara al rey castellano el envío de dos mil hombres a caballo. Pero al conocerse la salida del conde de Foix de Gerona las autoridades catalanas consideraron que conseguir la ayuda militar no era suficiente y dieron el paso de ofrecer a Enrique IV la corona pensando que de esta forma ligarían más firmemente al rey castellano a su causa. Así el 11 de agosto se reunían el Consell de Cent del municipio de Barcelona y el Consell del Principat y ambos acordaban nombrar a Enrique IV como «señor del Principado de Cataluña» ―«para la salvación y restauración del dicho Principado y de la cosa pública de aquél y de las personas y bienes de los poblados en aquél, debe ser proclamado y tomado en y por señor del Principado el serenísimo don Enrique, rey de Castilla», se decía en el documento aprobado por las dos instituciones― quien se debía comprometer a cambio a respetar las leyes catalanas y la Concordia de Vilafranca de 1461. Inmediatamente fueron informadas de la decisión las principales ciudades catalanas y al día siguiente, como Joan Copons ya había salido para Castilla, se le envió una carta en la que le informaban del cambio en el objetivo de su misión acompañada de otra dirigida al rey de Castilla en la que se decía que, «apartados los dichos rey, reina y descendencia», «os ofrecemos e presentamos este Principado, como vacante y destituido de señor».[53]

El 15 o 16 de agosto se produjo en Atienza la entrevista de Joan Copons con el rey Enrique de Castilla, en la que aquel le manifestó, según un cronista castellano, que «todos los de aquel Principadgo e sus ciudades e villas muy conformes, e sin discrepación alguna de los tres estados, avemos elegido a vuestra Real celsitud por nuestro Rey legítimo e verdadero señor natural, a quien segund derecho divino e humano por recta descendencia la casa de Aragón e Principadgo de Cataluña pertenece». El rey le contestó que antes de aceptar debía consultar al Consejo real, aunque él era favorable a la propuesta porque «yerro manifiesto sería e cobardía de corazón dexallos de rescebir» a los «vasallos que se me dan sin ellos conquistar». Ocho días después la corte se trasladó a Segovia donde se había convocado la reunión del Consejo y este dio su parecer proponiendo al monarca que aceptara el ofrecimiento, aunque una parte del mismo se opuso «porque era contra su tío» (Juan II de Aragón). Durante la reunión se solicitó la presencia del embajador catalán Joan Copons para que explicara la propuesta y éste pidió «que el rey los aceptase por vasallos, pues ya le tenían elegido por su rey, y el señorío de Aragón e Cataluña le pertenecía». Copons volvió a insistir en la necesidad de enviar inmediatamente hombres de armas para la defensa del Principado. Tras la aceptación ―«esta alianza le interesaba no sólo para combatir al partido nobiliario castellano en el que militaba el rey aragonés, sino también para deshacer el poder de éste en Navarra y Cataluña en espera de conseguir convencer a Aragón y Valencia para sumarse al dominio castellano», afirma Carme Batlle―[52]​ el rey decidió enviar a Cataluña dos mil quinientos hombres a caballo al mando de Juan de Beaumont, prior de la orden de San Juan de Jerusalén del reino de Navarra, y de Juan Torres, caballero de Soria. El día 1 de septiembre llegaba a Barcelona la noticia de la aceptación y al día siguiente se celebraba un solemne tedeum en la catedral. El día 11 Enrique IV otorgó poderes a Juan de Beaumont y a Juan Ximénez de Arévalo para que actuaran como sus lugartenientes en Cataluña.[54][55]

Altar mayor de la catedral de Barcelona donde el 11 de noviembre de 1462 los dos lugartenientes enviados por Enrique IV de Castilla juraron en su nombre las leyes catalanas.

El 13 o el 14 de septiembre el bando realista inició el asedio de Barcelona [56]​ pero el 3 de octubre tuvo que levantarlo ante el fracaso de los sucesivos intentos de tomar la ciudad y ante la inminente llegada de los refuerzos castellanos lo que los pillaría entre dos fuegos. Las tropas realistas entonces se dirigieron por San Cugat del Vallés y Martorell ―que no pudieron tomar― a Vilafranca del Penedès que ocuparon y saquearon el 9 de octubre tras fuertes combates y después a Tarragona que fue ocupada el 31. Poco antes, el 24 de octubre,[57]​ habían llegado a Barcelona Juan de Beaumont y Ximénez de Arévalo como lugartenientes generales del Principado en nombre de Enrique IV —en la carta de Enrique IV que llevaban se decía que sus lugartenientes, que actuarían «ambos conjuntamente», prometerían en su nombre que «nos tendremos e guardaremos sus fueros e usos e costumbres e privilegios e libertades del dicho Principado»—.[54]​ En aquel momento los realistas solo controlaban Gerona y Tarragona y algunas plazas fuertes mientras que la mayor parte Cataluña se mantenía fiel a la Diputación del General y al Consell del Principat.[58][59]​ Por esta razón el rey y el conde de Foix decidieron buscar refugio en el reino de Aragón que permanecía fiel a Juan II y el día 12 de noviembre llegaban a Balaguer después de pasar por Montblanc. [60]

El 11 de noviembre Juan de Beaumont y Juan Ximénez de Arévalo juraron en nombre de Enrique IV las leyes catalanas ante el altar mayor de la catedral. Dos días después una comisión muy numerosa de las instituciones catalanas juraba fidelidad al rey de Castilla con la siguiente fórmula: «promitiums esse fideles et legales eidem domino regi ut nostri et eorum domino naturali».[60]

Un mes después el ejército de Gaston de Foix llegaba a Zaragoza, siendo aclamado por la población, pero se negó a enfrentarse al ejército castellano que al mando de don Juan de Híjar, cuñado de Juan de Beaumont, habían ocupado Belchite. Tras negociar con él una tregua, en enero de 1463 se retiró a Navarra donde acabó disolviéndose y Gastón de Foix regresó al Bearne.[61]

En enero de 1463 otro ejército de Luis XI al mando del duque de Nemours ocupó el condado del Rosellón, tomando el día 8 Perpiñán y el 13 Colliure ―la ocupación del condado de Cerdaña tendría lugar meses después: Puigcerdá fue tomada el 16 de junio―. Y al mismo tiempo el rey francés envió un embajador a Castilla, aliada tradicional del reino de Francia, para que se entrevistara con Enrique IV, quien en aquellos momentos dudaba en asumir el título de rey de la Corona de Aragón, dado que los reinos de Aragón y de Valencia se mantenían fieles a Juan II y no se habían sumado a la rebelión catalana. De las gestiones del embajador de Luis XI surgió la idea de que el rey francés, como aliado de ambos contendientes, actuara como árbitro en el conflicto que enfrentaba a Enrique IV con Juan II de Aragón. Así a principios de abril comenzaron las negociaciones entre los representantes del rey de Castilla y del rey de Aragón junto con los delegados del rey de Francia y el día 23 Luis XI hizo pública la sentencia arbitral de Bayona.[62]

En ella se proponía que Enrique IV renunciara al Principado de Cataluña y a todas las localidades y castillos que había ocupado en los reinos de Aragón, de Valencia y de Navarra y a cambio recibiría la merindad de Estella en el reino de Navarra ―lo que Juan II nunca cumplió―[63]​ y por su parte Juan II debía conceder una amnistía general y reconocer la Capitulación de Vilafranca, con la condición de que los catalanes se sometieran a su autoridad en un plazo de tres meses. Así el 13 de junio de 1463 era conocida oficialmente en Barcelona la renuncia de Enrique IV como señor del Principado gracias a una carta de los embajadores catalanes en Castilla.[64][65][52]

El «reinado» del condestable Pedro de Portugal (1464-1466)[editar]

Supuesto retrato de Pedro de Portugal que aparece en el Retablo del Condestable pintado por Jaume Huguet por encargo de aquel nada más llegar a Barcelona en enero de 1464 como nuevo soberano del Principado de Cataluña.

El 27 de octubre de 1463 la Generalitat de Cataluña ofreció la corona de Aragón al condestable don Pedro de Portugal. Este ya se había brindado a las autoridades catalanas en noviembre de 1462 para recibir el señorío del Principado siendo rechazada cortésmente su propuesta.[66]​ Pero volvió a reiterarla en una carta que fue leída en Barcelona el 13 de octubre en la que de nuevo alegó sus derechos sucesorios a la Corona como nieto de Jaime II de Urgel, el pretendiente al trono desbancado por Fernando de Antequera en el compromiso de Caspe. Sin embargo, en la elección del condestable de Portugal las autoridades revolucionarias catalanas no sólo valoraron estos derechos sucesorios, sino que también consideraron, según Vicens Vives, «su acreditado valor militar, el apoyo que podría recibir de Portugal y las excelentes relaciones familiares que le anudaban con la corte de Felipe el Bueno de Borgoña. Sobre todo, se lo imaginaron como un ‘’condottiero’’ que llevaría a buen puerto la guerra contra Juan II». Como tal fue recibido con gran solemnidad cuando desembarcó en Barcelona el 21 de enero de 1464, según Vicens Vives, o el 27 de enero, según Santiago y Jaume Sobrequés, traído por dos galeras catalanas que habían zarpado el 1 de noviembre. No es casualidad que la Generalidad al nombrarlo antepusiera el título de ‘’duc’’ (jefe militar) al ‘’cap de la cosa pública’’ (cabeza del Estado). Unos días antes Juan de Beaumont había renunciado a la lugartenencia de Cataluña en nombre de Enrique IV.[67][68][69]

Una vez descartada la amenaza castellana en aplicación de la sentencia arbitral de Bayona, Juan II desplegó una ofensiva para ocupar la parte oriental de Cataluña. Así en marzo de 1464 comenzó el sitio de Lérida dirigido por él personalmente y el 6 de julio conseguía que la ciudad capitulara.[70]​ Este descalabro para la causa rebelde obligó a Pedro de Portugal a abandonar su forma autoritaria de detentar poder y restablecer en agosto el Consell del Principat, el principal organismo revolucionario, que había disuelto cinco meses antes.[71]

En ese mismo mes de agosto Pedro de Portugal sufrió un nuevo revés cuando el día 25 Juan de Beaumont se pasó al bando realista y entregó Vilafranca del Penedés, población que el Condestable había confiado a su custodia. La noticia causó una enorme conmoción en el bando rebelde por la significación del personaje ―era el jefe del partido beaumontés que luchaba contra Juan II en la Guerra Civil de Navarra y había sido el lugarteniente de Enrique IV de Castilla cuando este asumió la soberanía del Principado de Cataluña― y por la posición estratégica de la plaza. Pedro Portugal lo calificó como «traidor, ladrón y perjuro», mientras que Juan II se reconcilió con él y firmó en Tarragona el 22 de noviembre la paz con los beaumonteses que ponía fin a la guerra civil de Navarra.[72]

En cuanto a las razones que impulsaron a Juan de Beaumont a cambiar de bando se ha señalado su progresivo distanciamiento del nuevo soberano de Cataluña a causa de la detención, y en ciertos casos tortura, de algunos dirigentes revolucionarios ―entre los que se encontraban el abad de Montserrat Antoni Pere Ferrer, su sobrino Joan Pere Ferrer, el antiguo capitán de la Bandera de Barcelona Joan Bernat de Marimon y el noble Francesc de Pinós― acusados de haber participado en una conspiración contra él ―por lo que tal vez Juan de Beaumont también temía por su propia seguridad―, a lo que habría que añadir el acuerdo firmado en Pamplona el 9 de junio entre Juan II y Enrique IV de Castilla que suponía la pacificación de Navarra y la retirada definitiva del apoyo del rey castellano a los rebeldes catalanes.[73]

Tras la pérdida de la estratégica plaza de Vilafranca del Penedès, Pedro de Portugal reunió en Barcelona un nutrido contingente de tropas para hacer frente a la previsible ofensiva de las fuerzas realistas fieles a Juan II. En efecto estas a principios de enero de 1465 iniciaron el asedio de Cervera y cuando Pedro de Portugal tuvo noticia de que las fuerzas sitiadoras al mando del conde de Prades iban a recibir el refuerzo de un nuevo contingente comandado por el jovencísimo príncipe heredero don Fernando, que entonces solo contaba con trece años de edad, salió desde Vic, donde había establecido su cuartel general, para Cervera.[74]​ A su encuentro salió el ejército realista y el enfrentamiento entre ambos se produjo en campo abierto el 28 de febrero entre Prats del Rei y Calaf.[75]

Calaf en la actualidad. Entre esta localidad y Prats del Rei tuvo lugar la batalla de Calaf el 28 de febrero de 1465.

La victoria en la batalla de Calaf fue para el bando realista y, aunque Pedro de Portugal logró escapar disfrazado, los capitanes rebeldes fueron hechos prisioneros, entre los que se encontraba el conde de Pallars. Juan II decidió perdonarles la vida, pues, como ha señalado Jaume Vicens Vives, «por sentimiento o cálculo, se propuso ser rey de todos los catalanes» y actuó de la misma forma que tras la toma de Lérida.[75]​ Según este mismo historiador, «el triunfo de Calaf señaló un punto decisivo en la guerra revolucionaria. Aragón, Valencia, Mallorca y Sicilia, hasta entonces más o menos expectantes, se entregaron decididamente a la causa real».[76]

Pedro de Portugal, para compensar el desastre de Calaf, dirigió un ejército para conquistar La Bisbal, punto estratégico de las comunicaciones entre Gerona y la costa y que estaba defendido por el obispo de Gerona Joan Margarit. La plaza capituló el 7 de junio de 1465. «Éxito que fue coreado como un triunfo extraordinario, pero que no disimulaba la gravedad de la situación», comenta Jaume Vicens Vives, como lo demostró la caída en poder de los realistas de Igualada el 17 de julio y de Cervera el 14 de agosto, tras ocho meses de asedio, y el inicio del sitio de Amposta el 2 de octubre.[77]

Como consecuencia de estas derrotas y de la crisis económica y financiera que padecía Barcelona las discrepancias entre Pedro de Portugal y las instituciones catalanas con la Generalitat al frente fueron acentuándose, especialmente cuando Pedro de Portugal intentó llevar a cabo una reorganización militar poniendo a portugueses en los puestos clave. Así a principios de 1466 la Generalitat se negó a pagar los sueldos de estos capitanes portugueses, mientras que don Pedro fracasaba de nuevo en su intento de buscar el apoyo de algún soberano europeo. La situación se agravó cuando en marzo don Pedro cayó enfermo y a partir del 29 de mayo ya no pudo abandonar el lecho. Murió el 29 de junio en Granollers. Una semana antes, el 21 de junio, Juan II había logrado una gran victoria: la rendición de Amposta sitiada desde hacía casi nueve meses, una campaña que, según Vicens Vives, fue «sin disputa, la más reñida de la guerra civil». Y a las tres semanas, el 15 de julio, se rendía Tortosa, con lo que todo el sur de Cataluña estaba ya en manos realistas. Los generosos términos de la capitulación fueron similares a los impuestos a Lérida.[78]

En conclusión, durante el periodo en que Pedro de Portugal ocupó el trono con el título de Pedro IV de Cataluña los sublevados sufrieron nuevos desastres bélicos como las pérdidas de Lérida y de Vilafranca del Penedés o la derrota de Calaf.[79]​ Jaume Vicens Vives lo explica así: «Si Juan II requirió dos años para aprestar sus fuerzas y organizar un ejército coherente y eficaz, ¿cómo podría haber logrado el Condestable el milagro de galvanizar alrededor de su persona a un bando cada día más escéptico sobre el resultado de la lucha, sin contar con una fuerte tradición en el país y, lo que es más, con individuos fieles en las palancas vitales de los resortes de la administración y de la guerra?».[80]​ Y en el plano internacional el Condestable también fracasó pues en su búsqueda de apoyo de otras monarquías e incluso el del papa obtuvo escasos resultados ―solo el ducado de Borgoña le concedió algunos subsidios en dinero y tropas― y ni siquiera consiguió el respaldo del reino de Portugal pues, según Vicens Vives, «la corte portuguesa no había visto con gran simpatía el romántico gesto del Condestable, excepto, quizá, en el extremo de verle alejado del país, en el otro lado de la Península».[81]

Según Carmen Batlle, a su muerte en junio de 1466 la guerra ya estaba perdida.[79]​ Así pues, como destaca esta misma historiadora, el llamado «Pedro IV de Cataluña no cumplió las esperanzas puestas en él en el marco internacional (ayuda de Portugal y de Borgoña) ni en el aspecto militar con la caída de Lérida, Cervera, Tortosa, etc., y la derrota de Calaf, donde fueron hechos prisioneros por Juan II el conde de Pallars y los vizcondes de Rocabertí y de Roda. La situación repercutió negativamente en Barcelona donde las deserciones de los dirigentes moderados (Dusay, Marquet, Boscà) se intensificaron con la inesperada muerte de Pedro de Portugal».[69]

El «reinado» de Renato de Anjou (1466-1472)[editar]

En el 1466 el condestable Pedro de Portugal muere en Granollers, y se le ofrece la corona a Renato I de Anjou, nieto de Juan I de Aragón y antiguo enemigo de Alfonso el Magnánimo, lo cual modificará el sistema de alianzas internacionales. Renato I envía como lugarteniente a su hijo, Juan II de Lorena, que consigue éxitos militares hasta su muerte (16 de diciembre de 1470).

Finalmente Juan II busca la alianza con Castilla a través del matrimonio de su hijo Fernando II, el próximo Fernando el Católico y, de entre un conjunto de candidatas, consigue que se case con su prima, la niña Isabel.

A finales de 1471, con buena parte de Barcelona recuperada por las tropas reales, empieza un asedio en Barcelona que durará hasta el 8 de octubre de 1472. Sin apoyos exteriores, los barceloneses deben rendirse a la realidad: Barcelona se entrega tras una amnistía general.

El final de la guerra: la Capitulación de Pedralbes[editar]

La Capitulación de Pedralbes se firma el 24 de octubre de 1472. Es el final de una guerra que acaba sin vencedores ni vencidos. Juan II únicamente pide que se anule la Capitulación de Vilafranca. Las medidas de clemencia y una preferencia a la Diputación rebelde ante la monárquica, permitiendo seguir en el cargo a diputados que habían sido opositores, trajeron alguna división pero pacificaron la región.

Hacía falta trabajar para solucionar los graves problemas económicos puesto que Barcelona estaba arruinada tras la guerra. Las Cortes de 1473 abordan el tema de la recuperación que no se solucionará.

Juan II que murió en 1479, dejando sin solución los principales problemas que su hijo Fernando II intentará solucionar:

  • En primer lugar ocupando el Rosellón y la Cerdaña.
  • El programa económico adoptado era, en parte, el de los de la Busca desde 1450.
  • Se decide también la reforma de los organismos dirigentes de Barcelona: la Diputación y el Consejo.
  • El problema remensa fue el que tomó más tiempo en solucionarse.

Durante la guerra de los remensas, su líder, Francesc de Verntallat fue nombrado vizconde de Hostoles, pero la política sobre los malos usos continuó siendo ambigua, lo cual dio lugar a nuevas revueltas, como la de 1475, incluso se manifestará en medidas antirremensas (Cortes de 1480). Esta política ambigua de Fernando II provocó que los nobles recuperan derechos perdidos y entonces se produce la segunda guerra remensa (1484) dirigida por Pere Joan Sala que consigue una revuelta de grandes proporciones.

Fernando II, finalmente, toma un compromiso que se plasmará en la Sentencia Arbitral de Guadalupe (1486) donde los malos usos son redimidos mediante el pago de sesenta sueldos por cortijo y los campesinos conseguirán una serie de libertades. Con este dinero, los señores fueron indemnizados y al monarca se le pagó una multa de 50 mil libras. Los señores continuaron teniendo derechos sobre los campesinos cultivadores pero no de la forma humillante como hasta aquel momento.

Consecuencias[editar]

La Generalidad sufrió un fuerte desprestigio al acabar la guerra, no tan solo por haber sido el bando perdedor, sino porque concentró las críticas de todos los sectores: los pactistas la acusaban de haber mantenido las revueltas agrarias y de la reorientación de los mercados hacia otras latitudes; las clases bajas, empobrecidas por la guerra, acusaban las medidas fiscales necesarias para recuperar la hacienda. Económicamente, la Generalidad estaba exhausta y no pudo devolver los préstamos que le habían concedido el Consejo de Ciento y también particulares.

Además de la precaria situación económica dejada por la guerra, hace falta considerar también que la expansión del Imperio otomano por la Península Balcánica, Palestina y el norte de África limitó las rutas desde Occidente hacia los puertos comerciales de Oriente, contribuyendo a la decadencia del comercio mediterráneo.

Además, el Mediterráneo había perdido dimensión como mercado. El desarrollo de las ciudades y puertos del norte de Europa configuraba un área comercial atlántica que sumada a las navegaciones en América, a finales del siglo, y hacia la India bordeando África, dejaron en un segundo término al comercio mediterráneo.

La tremenda carnicería prácticamente en todos los diferentes linajes nobiliarios de la región provocó la extinción de muchas de las antiguas casas, así como la ruina de la mayoría de las supervivientes, independientemente del bando donde hubiesen militado. Este hecho, junto con la política de la monarquía de fusionar la alta nobleza castellana y barcelonesa, o -como mínimo- vincular las principales heredades "huérfanas" hacia estos últimos o los propios familiares de la Casa Real, privan a la región durante mucho tiempo de auténticos cuadros dirigentes capaces de plantear algún tipo de disidencia o proponer otra orientación.

Barcelona, con una estructura social malograda, con unas instituciones que no podía competir con otras potencias europeas y con la potenciación de Castilla por la conquista y comercio en América, sufrió las consecuencias de una situación estratégica desventajosa.

A partir del siglo XVI Barcelona no continuaría siendo una ciudad grande e importante en el nuevo marco político y comercial, ni la potencia decisoria que había sido durante buena parte del periodo medieval.

Referencias[editar]

  1. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 260.
  2. Batlle, 2007, pp. 746-747; 760.
  3. Batlle, 2007, pp. 746-747.
  4. Batlle, 2007, pp. 760-761; 764.
  5. Vicens Vives, 2003, p. 225.
  6. Vicens Vives, 2003, pp. 215-222; 226.
  7. a b Batlle, 2007, p. 764.
  8. Vicens Vives, 2003, pp. 224; 228-229.
  9. Vicens Vives, 2003, pp. 229-231.
  10. Vicens Vives, 2003, pp. 231-232.
  11. Batlle, 2007, pp. 764-765.
  12. Batlle, 1999, p. 202.
  13. Vicens Vives, 2003, pp. 232-234. ”[Juan II] creía que Cataluña se erguía para solicitar la libertad del príncipe de Viana, como al mismo tiempo lo hacían los aragoneses. Pero aquél sólo era una bandera para los embajadores, el Consejo de la Diputación y los diputados; lo que pretendían obtener era mucho más: la plenitud del régimen jusconstitucionalista entrevisto después de Caspe
  14. Batlle, 2007, p. 765.
  15. a b Batlle, 1999, p. 203.
  16. a b Batlle, 2007, p. 766.
  17. Vicens Vives, 2003, pp. 234-235.
  18. Vicens Vives, 2003, pp. 235-237.
  19. Vicens Vives, 2003, p. 237-238.
  20. Vicens Vives, 2003, p. 238.
  21. Vicens Vives, 2003, pp. 243-244.
  22. a b c d Batlle, 2007, p. 767.
  23. a b Batlle, 1999, p. 204.
  24. Vicens Vives, 2003, pp. 244.
  25. Vicens Vives, 2003, pp. 256-259.
  26. Batlle, 2007, p. 767. ”La acción de la reina acabó siendo calificada de conspiración por sus actos impulsivos e irreflexivos: la reiterada petición de la entrada de su esposo en el país, sus contactos con los despechados ‘buscaires’ y con los campesinos remensas. Como quería el regreso del rey ante todo, le era difícil estar a la altura de tan difíciles circunstancias, que exigían un gran talento diplomático; entonces, las posiciones se radicalizaron y se inició la marcha hacia la guerra civil”
  27. Batlle, 2007, p. 767. ”Los grandes propietarios nobles y eclesiásticos ―uno de los más importantes era la mitra gerundense― se atrevieron a ello [a intentar volver a cobrar los malos usos] por sentirse amparados por el gobierno oligárquico, o sea, de los suyos, el de la Generalitat”
  28. Vicens Vives, 2003, pp. 260-263.
  29. Vicens Vives, 2003, pp. 267-269.
  30. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 161.
  31. Vicens Vives, 2003, p. 270.
  32. Batlle, 2007, p. 768. ”Por su categoría social, Francesc Pallarès y Pere Deztorrent junior, relacionado con Requesens, murieron estrangulados, mientras otros tres eran ahogados y uno de inferior categoría, un zapatero, era ahorcado”
  33. a b Batlle, 2007, p. 768.
  34. Vicens Vives, 2003, pp. 270-271.
  35. Vicens Vives, 2003, pp. 271-272.
  36. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 184.
  37. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 184-187.
  38. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 210-212.
  39. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 214-217.
  40. Vicens Vives, 2003, pp. 274-277.
  41. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 212.
  42. a b Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 213.
  43. Vicens Vives, 2003, pp. 279.
  44. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 268.
  45. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 218-219.
  46. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 220.
  47. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 209; 221-222; 321.
  48. Vicens Vives, 2003, pp. 280-281.
  49. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 270.
  50. a b Vicens Vives, 2003, pp. 281.
  51. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 239-241; 378-379.
  52. a b c d Batlle, 2007, p. 769.
  53. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 329-332; 353-358.
  54. a b Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 360-363; 400.
  55. Vicens Vives, 2003, pp. 281-282.
  56. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 380; 386; 393.
  57. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 364.
  58. Vicens Vives, 2003, pp. 282-283.
  59. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 242; 400.
  60. a b Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 401.
  61. Lacarra, 1973, p. 309.
  62. Vicens Vives, 2003, pp. 283-285.
  63. Batlle, 2007, p. 770.
  64. Vicens Vives, 2003, pp. 284-287.
  65. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 454-464.
  66. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 211.
  67. Vicens Vives, 2003, pp. 290-292.
  68. Sobrequés i Vidal y Sobrequés i Callicó, 1973, p. 261; 266; 464.
  69. a b Batlle, 2007, p. 772.
  70. Vicens Vives, 2003, pp. 295-296.
  71. Vicens Vives, 2003, pp. 292-293.
  72. Vicens Vives, 2003, pp. 296-297.
  73. Vicens Vives, 2003, pp. 296.
  74. Vicens Vives, 2003, pp. 300-301.
  75. a b Vicens Vives, 2003, pp. 300.
  76. Vicens Vives, 2003, pp. 301.
  77. Vicens Vives, 2003, pp. 301-303.
  78. Vicens Vives, 2003, pp. 303-305.
  79. a b Batlle, 1999, p. 206.
  80. Vicens Vives, 2003, pp. 293-294.
  81. Vicens Vives, 2003, pp. 294.

Bibliografía[editar]

  • Batlle, Carmen (2007) [2002]. «Triunfo nobiliario en Castilla y revolución en Cataluña». En Vicente Ángel Álvarez Palenzuela (coord.). Historia de España de la Edad Media. Barcelona: Ariel. pp. 745-774. ISBN 978-84-344-6668-5. 
  • Batlle, Carme (1999) [1988]. L’expansió baixmedieval (segles XIII-XV). Vol. 3 de la Història de Catalunya dirigida per Pierre Vilar (en catalán). Barcelona: Edicions 62. ISBN 84-297-4594-7. 
  • Lacarra, José María (1973). Historia política del Reino de Navarra. Desde sus orígenes hasta su incorporación a Castilla. Vol. 3. Pamplona: Aranzadi. ISBN 84-500-5700-0. 
  • RIERA MEILS, Antoni, 1359–1518, volumen primero de Historia de la Generalidad de Barcelona y sus presidentes, Enciclopedia Catalana, S.A. (editorial), Barcelona, 2004, ISBN 84-412-0884-0.
  • Sobrequés i Vidal, Santiago; Sobrequés i Callicó, Jaume (1973). La guerra civil catalana del segle XV. Estudis sobre la crisi social i económica de la Baixa Edat Mitjana (en catalán). 2 volúmenes. Barcelona: Edicions 62. ISBN 84-297-0838-3. 
  • Vicens Vives, Jaume (2003) [1953]. Paul Freedman y Josep Mª Muñoz i Lloret, ed. Juan II de Aragón (1398-1479): monarquía y revolución en la España del siglo XV. Pamplona: Urgoiti editores. ISBN 84-932479-8-7.