Reconquista

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Reconquista
La Rendición de Granada - Pradilla.jpg
La rendición de Granada, obra de Francisco Pradilla, representa la entrega de las llaves de la ciudad de Granada por el rey musulmán Boabdil a la reina Isabel I de Castilla y al rey Fernando II de Aragón.
Fecha 722 - 1492 (770 años)
Lugar Península Ibérica
Casus belli Invasión musulmana de la Península Ibérica en el siglo VIII
Resultado Victoria cristiana y control de los territorios en disputa.

Se denomina Reconquista al proceso histórico en que los reinos cristianos de la Península Ibérica buscaron el control peninsular en poder del dominio musulmán. Este proceso tuvo lugar entre los años 722 (fecha probable de la rebelión de Pelayo) y 1492 (final del Reino nazarí de Granada).

El término «Reconquista»: historiografía y tradición[editar]

Desde los primeros instantes, la Reconquista constituyó, por parte de los distintos reinos y señoríos surgidos en el aislamiento del norte montañoso de la Península, un verdadero proceso restaurador y liberador, no solo del territorio, sino de la numerosa población cristiana hispano-visigoda (mozárabes)[1]​ que permaneció durante siglos en el territorio ocupado. Resultaban ser los verdaderos herederos del reino visigodo, y su apelación constante al auxilio de los reinos cristianos suponía para las autoridades musulmanas un problema que surgía periódicamente y que era resuelto con persecuciones y deportaciones de distinto grado.[2]​ Sin embargo, algunos académicos[3]​ han manifestado que el término podría ser inexacto, pues los reinos cristianos que «reconquistaron» el territorio peninsular se constituyeron con posterioridad a la invasión islámica, a pesar de los intentos de estas monarquías por presentarse como herederas directas del antiguo reino visigodo. Se trataría más bien de un afán de legitimación política de estos reinos, que de hecho se consideraban reales herederos y descendientes de los visigodos, así como de un intento por parte de los reinos cristianos de justificar sus conquistas al considerarse herederos de los reyes visigodos.

El término parecería asimismo confuso, más aún, considerando el hecho de que tras el derrumbe del Califato (a comienzos del siglo XI), los reinos cristianos optaron por una política de dominio tributario –parias– sobre las taifas en lugar de por una clara expansión hacia el sur; o las pugnas entre las diferentes coronas –y sus luchas dinásticas–, que solo alcanzaron acuerdos de colaboración contra los musulmanes en momentos puntuales.

Sin embargo, la temprana reacción en la cornisa cantábrica en contra del islam (recordemos que Don Pelayo rechazó a los sarracenos en Covadonga apenas siete años después de que atravesaran el estrecho de Gibraltar), e incluso su rechazo del territorio actualmente francés después de la Batalla de Poitiers del año 732, pueden sustentar la idea de que la Reconquista sigue casi inmediatamente a la conquista árabe. Incluso, «gran parte de dicha cornisa cantábrica jamás llegó a ser conquistada»,[4]​ lo cual viene a justificar la idea de que la conquista árabe y la reconquista cristiana, de muy diferente duración (muy corta la primera y sumamente larga la segunda), se superponen, por lo que podría considerarse como una sola etapa histórica, sobre todo si tenemos en cuenta que la batalla de Guadalete, la primera batalla por defender el reino visigodo en el año 711, marca el inicio de la invasión musulmana. En el Siglo de Oro hubo poetas que definían y denominaban a los españoles como «godos» (como dijo Lope de Vega: «eah, sangre de los godos»)[5]​ y durante las guerras de independencia en América, eran también así llamados por los independentistas americanos (de ahí procede el uso despectivo que se les da en Canarias para referirse al español peninsular). Es por ello, según los críticos del término, un concepto parcial, pues solo transmite la visión cristiana y europea de este complejo proceso histórico, soslayando el punto de vista de los musulmanes andalusíes; por otro lado, en el lado cristiano puede decirse que existía conciencia de «reconquista».[6]

Historiografía de la Reconquista[editar]

En su España invertebrada (1922), José Ortega y Gasset, desde la filosofía, afirmaba que «Un soplo de aire africano los barre [a los visigodos] de la Península (...) Se me dirá que, a pesar de esto, supimos dar cima a nuestros gloriosos ocho siglos de Reconquista. Y a ello respondo ingenuamente que yo no entiendo cómo se puede llamar reconquista a una cosa que dura ocho siglos»[7]​.

Escritores como Ignacio Olagüe Videla, en La Revolución islámica en Occidente (1974), consideran que la invasión militar árabe es un mito y sostienen que la creación de Al-Ándalus fue el resultado de la conversión de gran parte de la población hispana al islam[8]​. Estas tesis han sido estudiadas por el conocido arabista González Ferrín en su obra Historia General de Al-Andalus, en la que hablando de la Reconquista dice «que en verdad nunca existió»; igualmente plantea que Al-Ándalus «constituye un eslabón insustituible de la historia europea». Olagüe afirma en La Revolución islámica en Occidente: «Creen los historiadores que ha sido invadida España por unos nómadas llegados desde el Hedjaz, sin habérseles ocurrido medir en un mapa el camino que era menester andar, ni tampoco estudiar en obras de geografía los obstáculos que era necesario vencer en tan larguísimo viaje»[8]​.

Las hipótesis de Olagüe no cuentan con ningún apoyo significativo en la historiografía actual.[9]​ La obra de Olagüe ha sido calificada de «historia ficción» y rechazada en círculos académicos.[10]​ La arqueología y los textos antiguos desmienten esta teoría, ya que son abundantes las fuentes clásicas y los restos arqueológicos que prueban que la conquista islámica fue violenta, con numerosas batallas y asedios, donde poblaciones enteras fueron exterminadas por los ejércitos islámicos, como fueron los casos de Zaragoza o Tarragona en la Conquista del norte, asimismo tanto en fuentes cristianas, como musulmanas aparecen numerosas citas acerca de los elevados impuestos especiales que han de pagar solo los no musulmanes, como la gizya, harag así como leyes que tratan en condiciones de inferioridad a los no musulmanes.

Los medievalistas franceses Charles-Emmanuel Dufourcq y Jean Gautier-Dalché, en su obra La España cristiana en la Edad Media (1983) califican al proceso de conflictos entre cristianos y musulmanes como reconquista[11]​:

Entre los siglos VIII y XV, la historia de la Península Ibérica es en gran parte la historia de la lucha contra los musulmanes a cargo de estos núcleos preislámicos que no habían sido sometidos o que habían escapado pronto a su dominio: núcleos que se consolidaron poco a poco como Estados, recibiendo cada uno un nombre particular. Por el contrario, sus habitantes llamaron Spania a toda la zona —cualquiera que fuese su variable extensión— que el islam dominaba; los árabes, por su parte, la designaban con el nombre de Al-Andalus. La lucha entre ambas partes de la Península —es decir, la cristiana, fragmentada, y la musulmana, tan pronto unida como desmenuzada en diversos reinos— se convirtió en la reconquista: se entiende, reconquista de la parte musulmana por los cristianos.

Charles-Emmanuel Dufourcq y Jean Gautier-Dalché, La España cristiana en la Edad Media (1983)[11]

Derek William Lomax, escritor e hispanista británico, especializado en la literatura medieval española, escribió en su libro La Reconquista (1984)[12]​:

La Reconquista es un marco conceptual utilizado por los historiadores. Pero, a diferencia del concepto de Edad Media, no se trata de un concepto artificial. Por el contrario, la Reconquista fue una ideología inventada por los hispano-cristianos poco después del año 711, y su realización efectiva hizo que se mantuviera desde entonces como una tradición historiográfica, convirtiéndose también en objeto de nostalgia y en un cliché retórico de los publicistas tanto tradicionales como marxistas.[12]

El catedrático arabista Serafín Fanjul, en sus libros “Al-Andalus contra España” (2000) y "La quimera de Al-Andalus" (2004), desmonta los mitos de una invasión poco violenta, la idealización de la convivencia de culturas o religiones en Al-Ándalus y usa el término reconquista, entendiéndolo como la recuperación por parte de las comunidades cristianas del territorio previamente cristiano invadido por los musulmanes. En “Al-Andalus contra España” Fanjul afirma: «Pero será en el reinado de Alfonso III (866-911) y al socaire de la incipiente reconquista, cuando la Crónica profética anuncie ya la vuelta del reino de los godos y la recuperación de todo el suelo de España bajo la égida del mismo rey»[13]​.

Valdeón Baruque, medievalista y catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Valladolid define la Reconquista en su obra El concepto de España (2006) como «recuperación»:

El término «Reconquista», como es sabido, se refiere a la actividad militar desarrollada por los combatientes cristianos a lo largo de los diversos siglos de la Edad Media, con la finalidad de recuperar todos aquellos territorios que cayeron, durante las primeras décadas del siglo VIII, en poder de los invasores musulmanes procedentes de las tierras occidentales del norte de De hecho, con la excepción de los territorios situados al otro lado de la Cordillera Cantábrica y de los montes Pirineos, el resto de la península Ibérica, así como las tierras adyacentes (islas Baleares), habían sido ocupadas con una gran facilidad por los ejércitos islamitas. De todos modos, el término «Reconquista», que quiere decir recuperación, y no descubrimos con ello ningún secreto, solo es aplicable al ámbito de la España cristiana y no tiene ninguna relación con lo sucedido en aquellos tiempos en los territorios de al-Andalus.

Julio Valdeón Baruque, La Reconquista: El concepto de España (2006)[4]

El historiador Domínguez Ortiz, en su trabajo España. Tres Milenios De Historia (2013) explica lo dilatado del proceso con una falta de solidaridad del mundo cristiano en la causa peninsular frente a los musulmanes: «La Conquista y posterior Reconquista (...) cuatro años de Conquista, seis siglos de Reconquista. (...) una disimetría tan llamativa ha de buscarse no sólo en la diversa actitud de las poblaciones concernidas, sino en una mayor solidaridad de los musulmanes a uno y otro lado del Estrecho frente a la ayuda muy escasa (...) que a la España cristiana llegó a través de los pasos pirenaicos»[14]​.

Los medievalistas García de Cortázar y Sesma Muñoz señalan la Reconquista en su trabajo Manual de Historia Medieval (2014) como: «Entendido como un proceso de colonización, la Reconquista fue resultado de una combinación de estímulos demográficos, económicos, ideológicos, políticos y militares, y se desarrolló entre comienzos del siglo XI y finales del XIII»[15]​.

El medievalista español Ladero Quesada opina sobre el término reconquista que, aunque la palabra comenzó a usarse a comienzos del siglo XIX, ya existía una ideología afín a este concepto empleada por las monarquías de los reinos medievales cristianos en su avance peninsular[16]​:

Aunque la palabra «reconquista» es un neologismo, difundido en los primeros decenios del siglo XIX, el concepto ha sido un núcleo principal de interpretación de la historia española, desde el siglo XII, e incluso antes, hasta tiempos recientes. (...) el concepto de recuperación/restauración fue el motor ideológico y el elemento de propaganda más importante de los utilizados por los dirigentes de los reinos de España en los siglos medievales, y, segundo, que, evidentemente, las guerras de conquista, los procesos de colonización y la condición de tierras de frontera marcaron durante siglos la realidad de aquellos reinos.

Miguel Ángel Ladero Quesada, La formación medieval de España, 2014 [16]

Y en su obra Lecturas sobre la España histórica (1998) Ladero sentencia[17]​:

«Actualmente, muchos consideran espurio el término Reconquista para describir la realidad histórica de aquellos siglos, y prefieren hablar simplemente de conquista y sustitución de una sociedad y una cultura, la andalusí, por otra, la cristiano-occidental; pero aunque esto fue así, también lo es que el concepto de Reconquista nació en los siglos medievales y pertenece a su realidad en cuanto que sirvió para justificar ideológicamente muchos aspectos de aquel proceso».

Miguel Ángel Ladero Quesada Lecturas sobre la España histórica (1998) p.334[17]

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La Hispania visigoda en el momento de la invasión musulmana, durante la guerra civil
Hispania 721 d. C. una vez finalizada la conquista musulmana de los últimos reyes Visigodos Cristianos de Narbona.

Manuel González, historiador español señaló en 2005: «La Reconquista en manos de unos y de otros se había convertido en un tópico retóricamente exaltado y objeto de culto o en uno de esos conceptos que había que extirpar y combatir. Creo que ambas posturas son igualmente erróneas, porque ambas adolecen del mismo defecto: el de reducir la enorme complejidad del hecho histórico de la Reconquista a una sola de sus múltiples facetas». Y sentencia: «La idea de reconquista, a despecho de modernas teorías y hasta el descrédito que en determinados círculos académicos e intelectuales haya podido tener o tenga, sigue en pie»[18]​.

Consolidación de los núcleos cristianos[editar]

En 711 se produjo en la península ibérica la primera invasión de los musulmanes, que efectuaron su entrada desde el Norte de África. Entraron por Gibraltar (que precisamente debe su nombre actual a Táriq, general que desembarcó allí) y que el propio Roderic o Roderico (Don Rodrigo), uno de los últimos reyes visigodos, fue a rechazar, perdiendo la vida en la Batalla de Guadalete. Táriq fue llamado a Damasco, entonces capital del califato, para informar y nunca más volvió. Su lugar lo ocupó el gobernador Abd al-Aziz, comenzando el emirato dependiente.

A partir de este momento empezaron una política de tratados con los nobles visigodos que les permitió controlar el resto de la península. En 716 Abd al-Aziz fue asesinado en Sevilla y se inició una crisis tal que en los siguientes cuarenta años se sucedieron veinte gobernadores. En este año, 716, los árabes comenzaron a dirigir sus fuerzas hacia los Pirineos para tratar de entrar en el Reino Carolingio.

Crónica mozárabe del año 754 donde se narra la experiencia del momento de la conquista musulmana de la Península Ibérica desde el punto de vista cristiano:

En este tiempo, en la era 749, año cuarto del imperio de Justiniano, nonagésimo segundo de los árabes, (...) el propio Musa, como las columnas de Hércules lo encaminaban hacia esta desdichada (...), atravesando el estrecho de Cádiz penetra en ella —injustamente destrozada desde tiempo atrás e invadida— para arruinarla sin compasión alguna. Después de arrasarla hasta Toledo, la ciudad regia, y azotar despiadadamente las regiones circundantes con una paz engañosa (...) Y así, con la espada, el hambre y la cautividad devasta no solo la Hispania ulterior sino también la citerior hasta más allá de Zaragoza, ciudad muy antigua y floreciente, poco ha desprovista de defensas porque así lo quiso Dios. Con el fuego deja asoladas hermosas ciudades, reduciéndolas a cenizas; manda crucificar a los señores y nobles y descuartizar a puñaladas a los jóvenes y lactantes. De esta forma, sembrando en todos el pánico, las pocas ciudades restantes se ven obligadas a pedir la paz, e inmediatamente, complacientes y sonriendo, con cierta astucia conceden las condiciones pedidas.

Crónica mozárabe, (754) (trad. López Pereira, Zaragoza, 1980. pp 69-73) [19]

El pacto entre Teodomiro y Abdelaziz firmado el 5 de abril de 713, donde se mantenía en el poder a las viejas autoridades hispanogodas a cambio de algunas concesiones, lealtad a Damasco y el pago de tributos:

En el Nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. Edicto de ‘Abd al-‘Aziz ibn Musa ibn Nusair a Tudmir ibn Abdush [Teodomiro, hijo de los godos]. Este último obtiene la paz y recibe la promesa, bajo la garantía de Dios y su profeta, de que su situación y la de su pueblo no se alterará; de que sus súbditos no serán muertos, ni hechos prisioneros, ni separados de sus esposas e hijos; de que no se les impedirá la práctica de su religión, y de que sus iglesias no serán quemadas ni desposeídas de los objetos de culto que hay en ellas; todo ello mientras satisfaga las obligaciones que le imponemos. Se le concede la paz con la entrega de las siguientes ciudades: Uryula [Orihuela], Baltana, Laqant [Alicante], Mula, Villena, Lurqa [Lorca] y Ello. Además, no debe dar asilo a nadie que huya de nosotros o sea nuestro enemigo; ni producir daño a nadie que huya de nosotros o sea nuestro enemigo; ni producir daño a nadie que goce de nuestra amnistía; ni ocultar ninguna información sobre nuestros enemigos que pueda llegar a su conocimiento. Él y sus súbditos pagarán un tributo anual, cada persona, de un dinar en metálico, cuatro medidas de trigo, cebada, zumo de uva y vinagre, dos de miel y dos de aceite de oliva; para los siervos, sólo una medida. Dado en el mes de Rayab, año 94 de la Hégira [713]. Como testigos, ‘Uthman ibn Abi ‘Abda, Habib ibn Abi ‘Ubaida, Idrís ibn Maisara y Abu l-Qasim al-Mazali.

Ibn Idari, Libro de la increíble historia de los reyes de al-Andalus y Marruecos (s. XIV) (Traducción F. Maíllo Salgado)[19]

La veloz y contundente invasión islámica, además de por los factores que propiciaron la expansión mundial del Islam, se explica por las debilidades que afectaban al reino visigodo:

  • El frágil e incompleto dominio que ejercía sobre el territorio peninsular, puesto que en 711 el rey Rodrigo se hallaba dirigiendo una campaña militar en el norte.
  • La división de sus élites, con enfrentamientos vinculados a la elección de los sucesores al trono de una Monarquía (electiva) no hereditaria.
  • Una aristocracia terrateniente de tardía conversión al catolicismo superpuesta a una población, libre o servil, con condiciones vitales muy duras, entre la que latía un fuerte descontento. Muchos de ellos recibieron la conquista como una mejora de su situación.[cita requerida]
  • La decadencia de la actividad mercantil derivó en una minusvaloración de la población judía, que en gran medida la protagonizaba. También ellos pudieron ver una ventaja en la situación de las minorías hebreas amparada por la jurisdicción islámica.

Tras la invasión, la resistencia cristiana cristaliza en dos focos.

El foco asturiano[editar]

Estatua de Don Pelayo en Covadonga.

En el año 718 se sublevó un noble llamado Pelayo. Fracasó, fue hecho prisionero y enviado a Córdoba (los escritos usan la palabra «Córdoba», pero esto no implica que fuera la capital, ya que los árabes llamaban Córdoba a todo el califato).

Sin embargo, consiguió escapar y organizó una segunda revuelta en los montes de Asturias, que empezó con la batalla de Covadonga de 722. Esta batalla se considera el comienzo de la Reconquista. La interpretación es discutida: mientras que en las crónicas cristianas aparece como «una gran victoria frente a los infieles, gracias a la ayuda de Dios»,[cita requerida] los cronistas árabes,[cita requerida] describen un enfrentamiento con un reducido grupo de cristianos, a los que tras vencer se desiste de perseguir al considerarlos inofensivos. Probablemente fuera una victoria cristiana sobre un pequeño contingente de exploración. La realidad es que esta victoria de Covadonga, por pequeñas que fueran las fuerzas contendientes, tuvo una importancia tal que polarizó en torno a Don Pelayo un foco de independencia del poder musulmán, lo cual le permitió mantenerse independiente e ir incorporando nuevas tierras a sus dominios.

En cualquier caso, los árabes desistieron de controlar la zona más septentrional de la península, dado que en su opinión, dominar una región montañosa de limitados recursos e inviernos extremos no valía la pena el esfuerzo. Los cristianos de la zona no representaban un peligro, y controlar el extremo más alejado supondría más costes que beneficios. De todas formas, la sorprendente expansión del minúsculo reino pronto preocupó a las autoridades califales. Hubo sucesivas incursiones (en tiempos de Alfonso II, se hizo una cada año en territorio asturiano), pero el reino sobrevivió y se siguió expandiendo, con sonoras victorias, como la batalla de Lutos, Polvoraria y la toma de Lisboa en 798.

El reino de Asturias era inicialmente de carácter astur y fue sometido en sus últimas décadas a una sucesiva gotificación debida a los inmigrantes de cultura hispanogoda huidos al reino cristiano del norte. Asimismo, fue un referente para parte del espacio cultural europeo con la batalla contra el adopcionismo. El reino estuvo por épocas muy vinculado al de los francos, sobre todo a raíz del «descubrimiento» del supuesto sepulcro del apóstol Santiago. Esta idea «propagandista» consiguió vincular a la Europa cristiana con el pequeño reino del norte, frente a un sur islamizado.

El Reino de Asturias tuvo varias escisiones. La primera a la muerte del rey Alfonso III el Magno, que repartió sus dominios entre tres de sus cinco hijos: García, Ordoño y Fruela. Estos dominios incluían, además de Asturias, el condado de León, el de Castilla, el de Galicia, la marca de Álava y la de Portugal (que entonces era solo la frontera sur de Galicia). García se quedó León, Álava y Castilla, fundando el Reino de León. Ordoño se quedó Galicia y Portugal, y Fruela se quedó Asturias.

El foco pirenaico: formación de los reinos[editar]

Dibujo de la batalla del libro de Cantigas de Alfonso X el Sabio.

Se originó a partir de la resistencia carolingia (el caudillo franco Carlos Martel había rechazado la invasión musulmana de Aquitania en la Batalla de Poitiers en 732). Posteriormente su sucesor, Carlomagno, creó la Marca Hispánica (frontera militar del sur), que dio origen a otros focos cristianos en la península: el reino de Pamplona, los actualmente llamados condados catalanes, y los de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza.

Navarra[editar]

El Reino de Pamplona, posteriormente llamado Reino de Navarra, tuvo como origen la propia familia gobernante, que había pactado con los muladíes de Tudela, la familia Banu Qasi. Su primer rey fue Íñigo Arista. A principios del siglo X, la familia Jimena sustituye a la Arista y el primer rey es Sancho Garcés I, que tiene un gran éxito militar. Pamplona llegó a controlar lo que actualmente es Navarra (su origen), La Rioja (llamado entonces «Reino de Nájera») y lo que en la actualidad es el País Vasco, y a unir dinásticamente los condados de Castilla, dependiente de León pero muy autónomo, y Aragón (tras haberse constituido como dinastía hereditaria con el conde Aznar Galíndez), Sobrarbe y Ribagorza en los Pirineos en tiempos de Sancho el Mayor. A su muerte legó su reino patrimonial (el Reino de Pamplona) a García Sánchez III de Pamplona, a quien de jure deberían estar subordinados los tenentes de las otras zonas de su reino: Fernando, que recibió el condado de Castilla; y Ramiro, que recibió el condado de Aragón para después hacerse independiente tras anexionarse Sobrarbe y Ribagorza en 1045, condados que habían sido heredados por el menor de los hermanos, Gonzalo.

Referencia a Sancho Garcés I en la Crónica albeldense (881):

En la era 944 [año 906] surgió en Pamplona un rey de nombre Sancho Garcés. Fue hombre de inquebrantable veneración a la fe de cristo, piadoso con todos los fieles y misericorde con los católicos primidos. ¿A qué decir mucho? En todas sus acciones se mostró magnífico guerrero contra las gentes de los ismaelitas; causó múltiples desastres a los sarracenos. Este mismo conquistó, en Cantabria, desde la ciudad de Nájera hasta Tudela, todas las plazas fuertes. Desde luego la tierra de Degio, con sus villas, la poseyó entera. La tierra de Pamplona la sometió a su ley, y conquistó asimismo todo el territorio de Aragón con sus fortalezas. Luego, tras eliminar a todos los infieles, el vigésimo año de su reinado partió de este mundo.

Crónica albeldense (s.XI)[20]

Marca Hispánica[editar]

Guerreros cristianos y musulmanes

El territorio situado entre el oriente de Navarra y el mar se dividió en condados sometidos a los francos. Los condados catalanes fueron divisiones de la zona occidental Marca Hispánica y los condados de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza ocupaban la zona intermedia. Fue una zona de contención militar que tomaron los francos para frenar las incursiones sarracenas. Si bien la intención inicial de estos era llevar las fronteras hasta el Ebro, la Marca quedó delimitada por los Pirineos en el norte y por el Llobregat en el Sur. Con el tiempo se independizó del dominio franco con condes como Wifredo el Velloso y Aznar Galíndez.

En la zona de los posteriormente denominados condados catalanes, el Condado de Barcelona se convirtió muy pronto en el condado dominante de la zona. Con el tiempo, tras la unión dinástica entre el Reino de Aragón y el conjunto de condados vinculados al de Barcelona, daría origen a la Corona de Aragón. Posteriormente, los dominios de esta corona se extendieron hacia el sur y el Mediterráneo.

Aragón[editar]

Representación de Jaime I de Aragón de la época. Pertenece a los Fueros de Aragón compilados en el Vidal Mayor (1247-1252).

El Reino de Aragón tiene su origen en un condado procedente de la Marca Hispánica. Se uniría debido al enlace dinástico de Andregoto Galíndez con García Sánchez I en el año 943 al de Pamplona. Tras la muerte de Sancho III de Navarra en 1035, legó a su hijo Ramiro el dominio del condado de Aragón, que se emanciparía y, tras anexionarse los condados de Sobrarbe y Ribagorza, cuyo gobierno había correspondido a un adolescente Gonzalo a su muerte en 1045, Ramiro I establecería un reino de facto que comprendía los tres antiguos condados y ocupaba los Pirineos centrales. Poco después, en 1076 a la muerte de Sancho el de Peñalén, llegó a anexionarse Navarra, aunque tras la muerte de Alfonso I el Batallador la unión se deshizo. Por esa época, tras una dura lucha con las taifas de Zaragoza, el reino aragonés llegó al Ebro, conquistando la capital en 1118.

Más tarde se produciría la unión dinástica, con el matrimonio de Petronila (hija única del rey de Aragón) y Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, lo que conformó la Corona de Aragón, que agrupaba al Reino y a los Condados, si bien cada territorio mantuvo sus usos y costumbres consuetudinarios.

La Corona acabaría por unificar con el tiempo lo que hoy es Cataluña, arrebatando a los árabes el resto de Cataluña, la Cataluña Nueva, y anexionándose los restantes territorios.

Es de todos conocido que yo Ramiro, por la gracia de Dios rey de los aragoneses, di mi hija a Ramón, conde de los barceloneses junto con todo el honor de mi reino. Ahora también, con libre voluntad y fuerte ama de corazón, quiero, ordeno y mando a todos mis hombres, caballeros, clérigos y peones, que los castillos y fortificaciones y todos los demás honores los tengan y posean aquí adelante por el mismo conde Ramón como por rey deben tener y poseer, y que le guardan obediencia y fidelidad continuamente en todas las cosas así como rey. Y para que contra esto nada pueda ser pensado o maquinado por nadie, le dé, otorgue y concedo todo lo que me había reservado en esa misma carta de donación que le había hecho primero, en entregarle mi hija. Yo, Ramiro, rey de los aragoneses doy y otorgue todo lo que he mencionado, y se lo ratifique firmemente al citado Ramón, conde de los barceloneses, para que el que ahora le dé y lo que ya tenía lo retenga perpetuamente a mi servicio y fidelidad.

Contrato de esponsales entre el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV y Petronila de Aragón (1137) [21]

El avance cristiano[editar]

Reconquista de las principales ciudades por año superpuesta a las actuales fronteras hispano-lusas.
Los reinos de taifas en 1037.
Los reinos peninsulares en 1360.

El avance de los reinos cristianos en la península ibérica fue un proceso lento, discontinuo y complejo en el que se alternaron períodos de expansión con otros de estabilización de fronteras y en el que muchas veces diferentes reinos o núcleos cristianos siguieron también ritmos de expansión distintos, a la vez que se remodelaban internamente a lo largo del tiempo (con uniones, divisiones y reagrupaciones territoriales de signo dinástico); y a la vez que, también, cambiaba internamente la forma y fuerza del poder musulmán peninsular al que se enfrentaban (que experimentó diversas fases de poder centralizado y períodos de disgregación).

Asimismo la expansión conquistadora estuvo salpicada de continuos conflictos y cambiantes pactos entre reinos cristianos, negociaciones y acuerdos con poderes regionales musulmanes y, puntualmente, alianzas cristianas más amplias contra aquellos como la que se dio en la Batalla de Simancas (939), que aseguró el control cristiano del Valle del Duero y del Tormes; o la más sonada (por su excepcionalidad) y de más amplios vuelos en la Batalla de las Navas de Tolosa en 1212, que supuso el principio del fin de la presencia almohade en la península ibérica. El estudio de tan dilatado y complejo proceso pasa por el establecimiento de diferentes fases en las que los historiadores han establecido perfiles diferenciados en los ritmos y características de conquista, ocupación y repoblación.

  • Siglos VIII-X. Completada la conquista en apenas un lustro (711-716), al margen solo queda una estrecha franja montañosa en el Norte. Su principal esfuerzo hasta el siglo X irá dirigido a consolidar nuevas estructuras político-institucionales sobre unas realidades socio-económicas en transformación (el asentamiento masivo de población huida del avance musulmán), configurando las bases del feudalismo en la Península. Al Oeste se afianzó el reino asturiano, extendiéndose entre Galicia, el Duero y el Nervión. Al Este la Marca defensiva carolingia germinará en diferentes núcleos cristianos pirenaicos. Su precaria situación quedará demostrada durante el reinado de Abd al-Rahman III (912-961), cuando reconozcan la soberanía del Califato, convirtiéndose en Estados tributarios.
  • Siglos XI-XII. La disgregación del Califato (Taifas) facilitará un lento avance cristiano por la Meseta norte y el valle del Ebro, consolidándose institucionalmente los reinos. Ello será financiado con las imposiciones tributarias (Parias) a que sometieron a los reinos musulmanes, convirtiéndolos virtualmente en protectorados. Es un período de europeización, con la apertura a las corrientes culturales continentales (Cluny, Cister) y la aceptación de la supremacía religiosa de Roma. El avance castellano-leonés (Toledo, 1085) provocó sucesivas invasiones norteafricanas –Almorávides y Almohades- que evitaron el colapso de la España musulmana. La repoblación entre el Duero y el Tajo se sustenta en colonos libres y concejos con amplia autonomía (fueros), mientras que en el Ebro los señoríos cristianos explotarán a la población agrícola musulmana.
  • Siglos XIII-XIV. La alianza entre los reinos cristianos (Navas de Tolosa, 1212) logra el definitivo derrumbe del Al-Andalus, conquistando con gran celeridad el sur peninsular (salvo Granada), destacando la Batalla del Estrecho donde entran en juego el último pueblo norteafricano que intervienen en la Península, los Benimerines. Una expansión protagonizada por las coronas de Castilla y Aragón generará determinados problemas: la absorción de un enorme volumen territorial y poblacional. En Andalucía y Murcia, la imposición de grandes señoríos –nobles guerreros y órdenes militares- y la expulsión de las poblaciones autóctonas –agrícolas y artesanas- derivará en la decadencia económica del territorio. En Valencia y Alicante, los señoríos cristianos, de menor extensión, se superpondrán a una población musulmana que mantendrá la prosperidad económica. Problemas solapados con la crisis económica del siglo XIV y las guerras civiles que desangraron a los reinos castellanos bajomedievales. De esta forma se consolida España como la nación que por excelencia resistió y contuvo los ataques musulmanes en Occidente, siendo el Reino de Hungría el guardián de Europa en el Este ante la llegada de los turcos.
  • Siglo XV. La supervivencia del Emirato de Granada responde a varias razones: su condición de vasallo del rey castellano, su conveniencia para este como refugio de población musulmana, el carácter montañoso del reino (complementado con una consistente red de fortalezas fronterizas), el apoyo norteafricano, la crisis castellana bajomedieval y la indiferencia aragonesa (ocupada en su expansión mediterránea). Además, la homogeneidad cultural y religiosa (sin población mozárabe) proporcionó al Estado granadino una fuerte cohesión. Su desaparición a finales del siglo XV –además de por sus interminables luchas dinásticas- se ensarta en el contexto de la construcción de un Estado moderno llevado a cabo por los Reyes Católicos a través de la unificación territorial y el reforzamiento de la soberanía de la Corona.

Comentario de Antonio Ubieto Arteta sobre la Batalla de Las Navas de Tolosa, en el año 1212, que abrió a los reinos cristianos el acceso al valle del Guadalquivir:

La batalla se riñó el día 16 de julio de 1212, y los cristianos utilizaron la misma táctica que los almohades habían empleado por vez primera en Alarcos. El Miramamolín (emir-Al-muminin, o sea emir de los creyentes) almohade huyó a uña de caballo, y aquella misma noche llegó a Jaén. El botín cogido por los cristianos es incalculable. Basta señalar que el precio del oro se hundió inmediatamente en las ferias de Champaña y que el rey Sancho VII el Fuerte se convirtió a partir de esa batalla en el más acaudalado banquero del mundo occidental. Sus fabulosos préstamos se hicieron a base del oro cogido en esta batalla. Si económicamente la batalla fue un desastre para el mundo musulmán, desde el punto de vista demográfico prácticamente desapareció su ejército. Las cifras que dan los cronistas cercanos a los acontecimientos son muy dispares, pero parece que murieron entre cien mil y ciento cincuenta mil soldados musulmanes. Aunque no se conocen los efectivos numéricos del ejército musulmán, es evidente que las bajas sufridas fueron casi el total de las gentes capaces de llevar armas. Una masa tan considerable de cadáveres insepultos, sobre los que actuó el calor andaluz del verano, produjeron inmediatamente una epidemia de disentería, que impidió a los cristianos ocupar todo el reino musulmán. Es más, las escasas ciudades que tomaron inmediatamente, o que quedaron vacías por la huida de los musulmanes (Úbeda, Baeza), se tuvieron que abandonar. Sólo faltó que el siguiente año 1213 fuese de sequía, escasez y hambre para que la consecuencia lógica del éxito de las Navas de Tolosa no pudiese llevarse a efecto.

Ubieto, A. y otros: Introducción a la Historia de España. Barcelona, 1972[22]

La repoblación[editar]

San Miguel de Escalada, levantado en la repoblación de tierras leonesas.

En paralelo al avance militar se produjo un proceso de repoblación, con el asentamiento de población cristiana, que podía provenir de los núcleos septentrionales (de tierras montañosas, pobres y superpobladas), de las comunidades mozárabes del sur que emigraban al norte durante las coyunturas de incremento de la represión religiosa (al arte mozárabe se le denomina también arte de repoblación), e incluso de zonas de la Europa al norte de los Pirineos (a los que genéricamente se llamaba francos). Las modalidades de asentamiento de esa población varió en sus características según la forma en que se hubiera producido la conquista, el ritmo de la ocupación y el volumen de la población musulmana preexistente en el territorio a repoblar. En las zonas que sucesivamente fueron frontera entre cristianos y musulmanes, nunca hubo un "vacío demográfico" o "zona despoblada", a pesar de que algunos documentos (que así lo pretendían, justificando de ese modo la legitimidad de las apropiaciones) dieron origen al concepto de "desierto del Duero", acuñado por la historiografía de comienzos del siglo XX (Claudio Sánchez Albornoz).

La llegada de los repobladores cristianos se testimonia arqueológicamente no solo en lo más evidente (edificaciones religiosas o enterramientos), sino con cambios en la cultura material, como la denominada cerámica de repoblación.[23]

Sirviendo como hitos divisores los valles de los grandes ríos que cruzan la Península de este a oeste, se han definido ciertas modalidades de repoblación, protagonizadas cada una por distintas instituciones y agentes sociales en épocas sucesivas:[24]

  • Entre la Cordillera Cantábrica y el Duero. En una verdadera "cultura de frontera", el rey atribuye durante los siglos VIII y XI tierras deshabitadas a hombres libres que debían defenderse a sí mismos en un entorno inseguro, y ocupar la tierra que ellos mismos iban a cultivar (presuras). Un proceso en cierta forma similar se denomina aprisio en los núcleos pirenaicos. A medida que la frontera se alejaba hacia el sur, la independencia inicial que caracterizó el espíritu del condado de Castilla (caballeros-villanos, behetrías) se fue sustituyendo por formas más equiparables al feudalismo europeo, con el establecimiento de señoríos monásticos y nobiliarios.
Escudo de Armas. Alcanadre
  • Valle del Tajo. Sin mucha aportación nueva de repobladores, se mantuvo gran parte de la población autóctona de la Taifa de Toledo (una zona densamente poblada). Se inició desde la conquista de Toledo (1086) y de forma simultánea a la repoblación del espacio más al norte, con la que comparte formas jurídicas equivalentes: Talavera, Madrid, Guadalajara, Talamanca, Alcalá de Henares, etc. Cada comunidad definida por su origen étnico-religioso (judíos, musulmanes, mozárabes y castellanos) contó con un estatuto jurídico particular. Tras la invasión almorávide se expulsó a los musulmanes, castellanizándose el reino. La sede arzobispal toledana se enriqueció con las propiedades de las mezquitas y la adquisición de otras, particularmente de familias mozárabes (mesa arzobispal de Toledo, montes de Toledo).
  • Valle del Ebro. Durante la primera mitad del siglo XII, los grandes núcleos urbanos como Tudela, Zaragoza y Tortosa mantienen la población musulmana, al tiempo que entran en el territorio oleadas de mozárabes, francos y catalanes que se establecen siguiendo el sistema del repartimiento, ocupando las casas abandonadas.
  • Valles del Guadalquivir y del Segura, llanura litoral valenciana e islas Baleares. Durante el siglo XIII se realiza mediante repartimientos de donadíos (grandes extensiones concedidas a los más altos nobles, funcionarios, órdenes militares e instituciones eclesiásticas) y heredamientos (medianas y pequeñas parcelas entregadas a caballeros de linaje, caballeros y peones). La población musulmana permaneció en las zonas castellanas hasta la revuelta mudéjar de 1264 y su posterior expulsión, que posibilitó el aumento de los grandes señoríos. En el reino de Valencia la población musulmana se mantuvo en las zonas rurales hasta la expulsión de los moriscos de 1609.

Repoblaciones emprendidas tras la toma de Simancas por Ramiro II, en 939. Sampiro fue un cronista del reino de León quien redactó la obra conocida Crónica de Sampiro, del siglo XI. Este texto tiene importancia debido a que la Crónica albeldense finaliza su relato en el año 883:

Después Abderramán, rey cordobés, se aproximó rápidamente a Simancas con un gran ejército. Nuestro rey católico, al oír esto, se dispuso a ir allí con un gran ejército. Y, después de combatir uno contra otro, el Señor dio la victoria al segundo día víspera de la fiesta de los Santos Justo y Pastor, fueron aniquilados 80.000 de ellos. También fue capturado allí mismo por los nuestros el mismo Abohahia, rey agareno, llevado a León y metido en prisión: porque mintió fue hecho prisionero por Don Ramiro, según el recto juicio de Dios. Pero aquellos que habían permanecido en su sitio, tomando un camino, se dieron a la fuga. Pero el rey persiguiéndolos en cuanto llegaron a una ciudad que se llama Alhandega, fueron alcanzados allí mismo por los nuestros y aniquilados. Pero el propio rey Abderramán escapó semimuerto. De allí los nuestros se llevaron muchos despojos, naturalmente oro, plata y vestidos de mucho valor. El rey ciertamente ya seguro, se dirigió a su casa en paz tras su gran victoria. Después, al segundo mes se dispuso a ir a las orillas del Tormes en expedición militar y allí pobló ciudades abandonadas. Estas son: Salamanca, antigua sede de campamento, Ledesma, Ribas, Baños, Alhandega, Peña y otros muchos castillos, que es largo enumerar.

Sampiro, Chronicon. Recogido por Fr. J. Pérez de Ubriel, Sampiro, su crónica y la monarquía leonesa en el siglo X, Madrid, 1952, 282-283[25]

Religión y cultura[editar]

Representación de la derrota de las tropas musulmanas en un capitel del monasterio de Sta. Mª la Real de Nieva.

En los territorios dominados por los musulmanes continuaban existiendo, separadas en guetos aunque rara vez de forma pacífica,[26]​ comunidades cristianas (con religión, idioma y leyes propias). Eran los llamados mozárabes. Estos eran tolerados al principio, pero poseían menos derechos y más desventajas frente a los musulmanes (no podían construir nuevas iglesias, pagaban impuestos especiales...). La tolerancia se perdió a medida que avanzaba las poblaciones mozárabes en los territorios de soberanía islámica se iban haciendo menos numerosas y especialmente tras la llegada de los almorávides y almohades del Norte de África.[27]

Las comunidades cristianas peninsulares, tanto en territorio musulmán como cristiano, desarrollaron su propio rito diferente al del resto de la cristiandad de Occidente. Esto será reprochado por el papado en el siglo XI, tal y como lo expresó Gregorio VII:

Ya que el Beato apóstol Pablo declaró claramente que había ido a España y que después, desde la ciudad de Roma, habían sido enviados por los apóstoles Pedro y Pablo siete obispos que, destruida la idoloatría, fundaron la cristiandad, implantaron la religión, mostraron el orden y el oficio de los cultos divinos, fundaron iglesias y las consagraron con su sangre, no cabe lugar a duda de cuánta unidad tuvo España con la ciudad de Roma en la religión y el orden de los divinos oficios. Pero después que el reino de España fue durante largo tiempo mancillado por la locura de los priscilistas, depravado por la perfidia de los arrianos y separado del rito romano por la invasión de los godos primero, y finalmente de los sarracenos, no solo disminuyó la práctica de la religión sino que también las obras fueron perversamente destruidas. Por lo tanto como a hijos muy queridos os exhorto y aviso para que, como buenos hijos también después de una gran rotura, reconozcáis por fin como madre verdadera a vuestra Iglesia romana y os reunáis al mismo tiempo con nosotros, vuestros hermanos, y recibáis y tengáis, como los restantes reinos de Oriente y Occidente, el orden y oficio de la Iglesia romana, no la de Toledo ni la de ninguna otra parte.

Gregorio VII a Alfonso VI de Castilla y Sancho IV de Navarra (1074), apud D. MANSILLA: La documentación pontificia hasta Inocencio III, pp. 15-16[28]

También en los territorios que habían vuelto a pasar bajo el dominio de los reyes cristianos seguían viviendo musulmanes. Así se producía un intercambio cultural importante entre musulmanes y cristianos. Junto con estas dos culturas coexistía la judía. Sabían, además del hebreo, el árabe y el castellano, por lo que tenían un papel importante en la traducción de textos a diversos idiomas (junto con traductores cristianos en la Escuela de Traductores de Toledo). La figura cultural judía más importante es el filósofo Moshé ben Maimón, más conocido como Maimónides. Gracias a la traducción al latín, los textos árabes tendrían difusión en otros países europeos, y no fue menos importante el hecho de que los árabes habían conservado y traducido una inmensa cantidad de textos griegos y latinos, que por esta vía volvieron a ser parte de la cultura europea.

Todavía hoy en día quedan en España influencias muy importantes de aquella época: unas 4.000 palabras de origen árabe (muchos nombres y sustantivos aunque muy pocos verbos), empleadas lógicamente con mayor profusión cuanto más al sur, monumentos de la época (fortalezas como La Alhambra, mezquitas como la de Córdoba), iglesias y palacios de estilo cristiano-musulmán (mudéjar), gastronomía (el empleo generalizado de especias y verduras en los distintos platos de la cocina española actual, dulces de origen musulmán, el empleo de vajilla de cristal, o el orden de las comidas -1.er plato, sopa, 2º plato, carne o pescado y postre), diversas costumbres, como el hecho de llevar ropas claras en verano, así como la gran influencia que tuvieron la ciencia, la tecnología, la literatura y la filosofía no solo en España, sino en Europa.

Fin de la Reconquista[editar]

Los Reyes Católicos acabaron la reconquista de España el 2 de enero de 1492, tomando Granada, donde se realiza una festividad el 2 de enero de todos los años. El emir Boabdil, de la dinastía Nazarí, tuvo que abandonar Granada. La tolerancia religiosa que había hasta entonces dejó de serlo con la expulsión de los judíos en 1492, y con la prohibición del culto islámico en Granada, contra los términos pactados, en 1500. Acabó del todo un siglo después, con la expulsión de los moriscos, homogeneizando así toda la península.

Véase también[editar]

Notas[editar]

  1. BULLIET. R.W.: Conversión lo Islam in the Medieval Period: An Essay in Quantitatitve History, Cambridge(Mass.). 1979, pp. 114-127. Ver la glosa que hace GLICK. T.: Cristianos y musulmanes en la Edad Media (711-1250), Madrid. 1991pp. 43-47.
  2. SERRANO, D.: "Dos fatuas sobre la expulsión de mozárabes al Magreb en 1126", en Anaquel de Estudios Árabes, nº 2 (1991) 162-182.
  3. Abilio Barbero y Marcelo Vigil fueron los historiadores que acuñaron esta teoría.
  4. a b Valdeón Baruque, Julio (2006). La Reconquista: El concepto de España. Espasa. ISBN 978-8467022650. 
  5. «Entre Castilla y Cataluña». Consultado el 3 de octubre de 2014. 
  6. «El alma de España». Consultado el 3 de octubre de 2014. 
  7. Ortega y Gasset, José (1922). España invertebrada (Cuarta edición). librodot. p. 44. 
  8. a b Olagüe Videla, Ignacio. La Revolución islámica en Occidente (Segunda edición). Editorial Almuzara. p. 32. ISBN 9788416776757. 
  9. Disparates sobre el Islam en España. Artículo crítico de Dolors Bramon, profesora de Estudios Islámicos de la Universidad de Barcelona, sobre «La Revolución islámica en Occidente» en webislam.com
  10. Maribel Fierro, «Al-Andalus en el pensamiento fascista español. La revolución islámica en Occidente de Ignacio Olagüe», en Manuela Marín (ed.), Al-Andalus/España. Historiografías en contraste, Madrid: Casa de Velázquez, 2009.
  11. a b Dufourcq y Gautier-Dalché, 1983, p. 13.
  12. a b Lomax, Derek W. (1984). La Reconquista. Barcelona. ISBN 84-7423-233-3. 
  13. Fanjul García, Serafín (2002). Al-Andalus contra España. La forja del mito (Tercera edición). Madrid: Akal. ISBN 9788432310799. 
  14. Domínguez Ortiz, Antonio (2013). España. Tres Milenios De Historia. Marcial Pons Historia. ISBN 978-8496467514. 
  15. García de Cortázar, José Ángel; Sesma Muñoz, José Ángel (2014). Manual de Historia Medieval (Segunda edición). Madrid: Alianza Editorial. p. 116. ISBN 978-84-206-8875-6. 
  16. a b Ladero Quesada, 2014, p. 21-24.
  17. a b Ladero Quesada, Miguel Ángel (1998). Lecturas sobre la España histórica. Madrid: Real Academia de la Historia. p. 334. ISBN 9788489512177. 
  18. GONZÁLEZ JIMÉNEZ, Manuel: "Sobre la ideología de la Reconquista: Realidades y tópicos", en Memoria, mito y realidad en la historia medieval : XIII Semana de Estudios Medievales, Nájera, del 29 de julio al 2 de agosto de 2002.
  19. a b Miranda García, Fermín; Guerrero Navarrete, Yolanda (2008). Historia de España medieval (Primera edición). Madrid: Silex. pp. 48-49, 50. ISBN 978-84-7737-179-3. 
  20. Cánovas Martí, Lluís; Civit Rey, Antoni; Dotres Pelaz, Carlos; Jiménez Remacha, Roger; López Tossas, Emili; Puiferrat Oliva, Carles; Romeu Alemany, Antoni (2017). Atlas histórico de España (Segunda edición). Barcelona: Larousse. p. 43. ISBN 978-84-16984-23-7. 
  21. Bofarull, Próspero: Colección de documentos inéditos de la Corona de Aragón. Vol IV: Orden del mismo don Ramiro, para que en adelante todos los que habían sido sus vassallos obedeciesen al conde de Barcelona
  22. Ubieto, Antonio; Reglá, Juan; Jover, José María (1972). Introducción a la História de España. Barcelona: Teide. ISBN 978-92-0-314936-5. 
  23. «Cerámica de repoblación -». www.google.es. Consultado el 2 de enero de 2017. 
  24. La Península Ibérica en la Edad Media: Los Reinos Cristianos - Modelos de repoblación y organización social
  25. Abilio Rabanal, Manuel; Lara Peinado, Federico (2017). Comentarios de textos históricos (quinta edición). Madrid: cátedra. pp. 105-106. ISBN 978-84-376-3633-7. 
  26. «Desmontando mitos: la tolerancia de la Ál-Andalus multicultural». Profeaventuras. 13 de diciembre de 2013. Consultado el 2 de enero de 2017. 
  27. «San Eulogio de Córdoba». www.ewtn.com. Consultado el 2 de enero de 2017. 
  28. Artola, Miguel (1982). Textos fundamentales para la Historia (Séptima edición). Madrid: Alianza Universidad. p. 93-94. ISBN 84-206-8009-5. 

Bibliografía[editar]

  • Dufourcq, Charles-Emmanuel; Gautier-Dalché, Charles-Emmanuel (1983). La España cristiana en la Edad Media. ISBN 84-7370-059-7. 
  • Jackson, Gabriel, Introducción a la España medieval, Alianza, Madrid, 1996
  • Ladero Quesada, Miguel Ángel, La España de los Reyes Católicos, Alianza, Madrid, 1999.
  • Ladero Quesada, Miguel Ángel (2014). La formación medieval de España. ISBN 978-84-206-8736-0. 
  • Watt, W. Montgomery, Historia de la España islámica, Alianza, Madrid, 2001.

Enlaces externos[editar]


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