Incorruptibilidad cadavérica

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Cadáver incorrupto de san Jean-Marie Vianney.

La incorruptibilidad es la propiedad de un cádaver (generalmente humano) de no descomponerse después de la muerte, a pesar de no haber sido embalsamado o preservado de ninguna manera.

Cuerpos incorruptos de santos[editar]

La Iglesia católica, entre otras, ha considerado tradicionalmente la incorruptibilidad cadavérica de determinados personajes, particularmente santos y beatos, como un signo milagroso de su santidad, y por esta razón son muchos los cadáveres llamados incorruptos que se veneran en santuarios católicos. La creencia de que un cadáver incorrupto era señal de la gracia divina se constata en Occidente desde al menos la Edad Media.

La idea del cadáver incorrupto suele dar pie a la idea de que estos cadáveres se mantienen en mayor o menor medida tal y como eran en el momento de la muerte. Los cadáveres que se exponen públicamente suelen estar recubiertos de capas de cera que ayudan a evitar el continuo deterioro del cadáver propiciado por la exposición.[nota 1] Otros cadáveres se exponen en su estado natural y es apreciable el deterioro de los mismos.[nota 2]

Existen igualmente cadáveres incorruptos que no han recibido tratamiento alguno y se conservan bien. Y otros en los que se han corrompido algunas partes y otras han perdurado (como los casos de san Antonio de Padua ―del cual permanece incorrupta solo la lengua―, santa Catalina de Siena ―cuya cabeza todavía se conserva sin pudrirse―, santa Margarita ―cuyo cerebro se conserva impútrido―).

Lista de algunos santos, beatos y venerables considerados incorruptos[editar]

Estatua yacente (arriba) y cadáver incorrupto (debajo) de Sor María de Jesús de Ágreda, en la iglesia del Convento de las Monjas Concepcionistas de Ágreda.
Cadáver incorrupto de santa Bernadeta Sobiróus.

Fenómenos que en algunos casos acompañan a la incorruptibilidad[editar]

El papa Benedicto XIV, tomando todas las precauciones que la Iglesia mantiene en estos casos, incluyó dos largos capítulos titulados "De Cadaverum Incorruptione" en su trabajo sobre la beatificación y canonización de los santos.[2] Las únicas preservaciones que él deseaba considerar como extraordinarias son aquellas que mantienen una flexibilidad, color y frescura semejantes a cuando los santos estaban vivos, sin intervención deliberada. Estos estrictos requerimientos son cumplidos por una gran cantidad de santos incorruptos.

Olor[editar]

El fenómeno, conocido con el nombre técnico de osmogenesia, consiste en la liberación de aroma agradable y suave registrada del cuerpo mortal de algunos santos o de los sepulcros donde yacen sus reliquias.[3] Entre los casos más notables de personas en cuyos sepulcros o reliquias se detectaron aromas agradables se citan los de Francisco de Asís, Domingo de Guzmán, Tomás de Aquino, Rosa de Lima y Teresa de Ávila.[3] La exudación de perfumes es el fenómeno más frecuentemente reportado como suceso del todo extraño a un cadáver. También se reportaron en María Magdalena de Pazzi,[4] santa Julia Billiart, Hugo de Lincoln,,[5] Inés de Montepulciano, Camilo de Lellis y Pascual Baylón. Si bien el cadáver de san Juan de la Cruz estuvo fragante muchos años después de su muerte, ninguno de los hasta aquí citados permaneció incorrupto.

En cambio, en Toledo, España, el cadáver de la Venerable María de Jesús, compañera de santa Teresa de Ávila, exuda un perfume descrito como aroma de rosas y jazmines y el cadáver del Beato Ángelo de Borgo san Sepolcro despedía aún un dulce perfume ciento setenta y seis años después de su muerte. La misteriosa fragancia que se notó sobre el cadáver de santa Teresa Margarita del Sagrado Corazón, se encontró también en todos los objetos que ella había usado durante su vida.

Los observadores presentes en la exhumación de san Alberto Magno, que se llevó a cabo doscientos años después de su muerte, quedaron asombrados por el perfume que despedían las reliquias del santo.

La dulzura del aroma sobre el cadáver de santa Lucía de Narni se quedaba en todos los objetos con que reverentemente tocaron la reliquia durante su exposición durante cuatro años después de su muerte. Un olor a rosas que emanaba de Teresa de Jesús fue descripto frecuentemente por sus discípulas durante su vida y notado también por las hermanas de su convento en Alba de Tormes durante la última exhumación de su cadáver en 1914, más de trescientos años después de su muerte.

El cadáver de santa Rita de Casia está también fragante después de más de quinientos años. El perfume que se sintió en el cadáver de san Vicente Pallotti al momento de su muerte persistió por un mes en el cuarto en que falleció, a pesar de que se encontraba abierta la ventana. Similar es el caso de san Juan de Dios, excepto que la fragancia que permaneció en el cuarto de su muerte por varios días, fue renovada allí durante muchos años en cada sábado, el día en que ocurrió su fallecimiento.

Flexibilidad[editar]

En los cadáveres conservados por momificación, ya sea esta natural, o artificialmente provocada, no se observa el fenómeno de la flexibilidad. Son cadáveres duros y rígidos. La rigidificación de los miembros comienza pocas horas después de la muerte. La mayoría de los santos incorruptos no sufrieron esta rigidez, permaneciendo muchos de ellos flexibles por varios siglos. Así, el beato Alfonso de Orozco, cuyo cadáver estaba flexible doce años después de su muerte; san Andrés Bobola, cuarenta años, y santa Catalina Labouré, cincuenta y siete años después de su muerte.

El cadáver de santa Catalina de Bolonia estaba tan flexible doce años después de su muerte que pudo ser colocado en posición sentada, forma en que aún permanece. El cadáver de la beata Eustoquia Calafato también fue colocado en la misma posición, ciento cincuenta años después de su muerte. El cadáver de san Juan de la Cruz, muerto en 1591, todavía está perfectamente suave.

Sangre fresca[editar]

Otro fenómeno que desafía las explicaciones científicas es la emanación de sangre fresca que procede de una buena cantidad de estos cadáveres, muchos años después de su muerte. Fue observado ochenta años después de la muerte de San Hugo de Lincoln, cuando se separó la cabeza del cuello. Nueve meses después de la muerte de San Juan de la Cruz, fluyó sangre fresca de la herida resultante de un dedo amputado.

Durante la exhibición del cadáver de san Bernardino de Siena, que duró veintiséis días después de su muerte, una cantidad de brillante sangre roja salió por su nariz durante el día veinticuatro, como observó y registró san Juan de Capistrano. Durante el examen médico del cadáver de san Francisco Javier un año y medio después de su muerte, uno de los médicos insertó su dedo en una herida y lo retiró con sangre, la cual, como declaró, estaba "fresca e impoluta". La herida mortal sobre la frente de san Josafat sangró veintisiete años después de su muerte.

Cuarenta y tres años después del fallecimiento de san Germán de Pibrac, mientras unos trabajadores preparaban la tumba para otro ocupante, una herramienta que estaban utilizando se resbaló y dañó la nariz del santo, haciéndola sangrar.[6] Y finalmente, cuarenta años después de la muerte de San Nicolás de Tolentino, un hermano lego separó secretamente los brazos de la reliquia. Fue encontrado y seriamente reprendido cuando un copioso flujo de sangre delató el acto sacrílego,[7] suceso que fue aceptado como milagroso por el papa Benedicto XIV.

Luces[editar]

Aunque no contribuyó en nada a la preservación de estas reliquias, la aparición de luz en los cadáveres y tumbas de algunos de estos santos señaló dónde se encontraban. La santidad de San Guthlac fue afirmada por muchos testigos que vieron la casa en que murió envuelta con una luz brillante, la cual procedía desde allí y se dirigía hacia el cielo.[8] El perfume que procedía de la boca de san Luis Bertrand en su lecho de muerte fue acompañado por una intensa luz que iluminó su humilde celda por varios minutos. Muchos otros santos fueron favorecidos con esta iluminación, incluyendo a san Juan de la Cruz, san Antonio de Stroncone, y santa Juana de Lestonnac.

Tal vez la manifestación más impresionante ocurrió en la tumba de San Charbel Makhlouf. Muerto en 1898, una luz, que brilló fuertemente por cuarenta y cinco noches en su tumba, fue presenciada por muchos lugareños y finalmente terminó en la exhumación de su cadáver, perfectamente conservado.

Otros fenómenos[editar]

El aceite que fluye cada cierto tiempo, durante siglos, del cadáver del Beato Matías Nazzarei de Matelica, fallecido en 1320. El mismo fenómeno se registra en el cadáver incorrupto de la Beata Mariana de Jesús.

Historias de santos incorruptos[editar]

Se intentó deliberadamente la rápida destrucción de los cadáveres de tres santos poniendo cal en sus ataúdes: san Francisco Javier, san Juan de la Cruz y san Pascual Baylón; la cal deja los huesos limpios en pocos días. En los dos primeros casos se intentó acelerar la descomposición con cal para que su traslado pudiera llevarse a cabo más conveniente, e higiénicamente, queriendo transportar solo sus huesos, en lugar de cadáveres medio podridos.[9] En los tres casos la preservación triunfó. De hecho, en el caso de san Francisco Javier, a pesar de su tratamiento inicial, de varios traslados, de amputación de miembros, y el rudo trato de su cadáver cuando fue forzado a entrar en una tumba demasiado pequeña para su tamaño, estaba todavía en buen estado de conservación, ciento cuarenta y dos años después.[10]

La humedad en la bóveda de la tumba de san Carlos Borromeo, en la Catedral de Milán, fue tal, que esta causó la corrosión y podredumbre de las dos tapas de su ataúd, llegando la humedad al cadáver, pero sin descomponerlo. Los restos de san Pacífico de San Severino fueron enterrados sin ataúd directamente en tierra por indicación de la regla de su orden, como en el caso de santa Catalina de Bolonia.[11] Sin embargo, ambos se mantuvieron en perfectas condiciones.

El cadáver de santa Catalina Labouré fue encontrado perfectamente blanco y natural cincuenta y seis años después de su muerte; aunque su triple ataúd se encontraba muy corroído. Fue tanta la humedad que penetró, que parte de su hábito se deshacía marchito hacia su mano, como observaron los médicos examinadores. El cadáver de santa Catalina de Siena también soportó los abusos de la humedad, pero fue encontrado inafectado después de haber sido colocado en un cementerio donde el beato Raymundo de Capua dijo que "estaba muy expuesto a la lluvia". La ropa sufrió severos deterioros.[12]

San Charbel Makhlouf fue enterrado sin ataúd, como está recomendado en la regla de su orden religiosa. Su cadáver fue encontrado flotando en barro dentro de una tumba inundada, durante la exhumación llevada a cabo cuatro meses después de su muerte, tiempo suficiente como para permitir al menos una destrucción parcial. Su cadáver, que se ha preservado perfectamente como cuando estaba vivo, y flexible por más de setenta años, emite constantemente un bálsamo perfumado.[13]

La conservación del cadáver de san Colomán es bastante notable debido a que su cuerpo permaneció suspendido de un árbol en el cual había sido colgado por un período tan largo que los pobladores lo hallaron francamente milagroso. Un cadáver expuesto de esta manera se descompone ocho veces más rápido que los enterrados, por la actividad de los microorganismos del aire

San Andrés Bobola fue parcialmente desollado vivo, sus manos fueron cortadas y su lengua fue arrancada. Tras horas de torturas y mutilaciones, lo mataron cercenando su cabeza con una espada. Su cadáver fue rápidamente enterrado por católicos en una bóveda bajo la iglesia jesuita de Pinsk, donde fue encontrado cuarenta años después perfectamente preservado, a pesar de las heridas abiertas, que normalmente favorecen y aceleran la corrupción. Aunque su tumba estaba húmeda, causando que sus vestimentas se pudrieran, y en la proximidad de otros cadáveres en descomposición, sus restos estaban perfectamente flexibles, su carne y músculos estaban suaves al tacto, y la sangre que cubría las numerosas heridas se encontraba como la sangre fresca que es congelada. La condición del cadáver fue debatida por sucesivos Promotores de la Fe y de Postuladores de su Causa en 1739 y 1830, y finalmente aceptado oficialmente en su incorruptibilidad por la Congregación de Ritos en 1835 como uno de los milagros requeridos para su beatificación. Su cadáver permanece incorrupto después de trescientos años.[14]

De algunos santos no incorruptos se han hecho réplicas de cera para contener las reliquias de sus huesos. Así, por ejemplo, san Pascual Baylón; la actual representación es copia de lo que fue su cadáver incorrupto, reproducido gracias a fotografías, dado que su cadáver fue profanado e incinerado durante la Guerra Civil Española; o el cuerpo de santa Inocencia o Santa Colette, que son imágenes de cera y semejan cadáveres humanos, pero en realidad son relicarios que conservan en su interior los huesos de estas santas.

En el caso del papa San Juan XXIII, se realizó cierto tratamiento de embalsamamiento para que soportara el velatorio y las ceremonias fúnebres, y hay testimonios del médico-científico que lo realizó. Sin embargo es extraordinario que el cadáver se preserve tantos años.

Religiones[editar]

Catolicismo[editar]

"Los cuerpos de los santos mártires y otros que viven ahora con Cristo, cuerpos que eran sus miembros y templos del Espíritu Santo, que un día se levantarán por Él y serán glorificados en la vida eterna, pueden ser venerados por los creyentes. Dios da muchos beneficios a los hombres a través de ellos." (Concilio de Trento).

Budismo[editar]

Si bien estos casos son menos conocidos en Occidente, también existen cadáveres incorruptos en el budismo, los cuales también se presentan con cierta frecuencia, pero tratándose de comprobados casos de momificación, producto del ascetismo [cita requerida]. A diferencia de los católicos, los budistas incineran los cadáveres algún tiempo después de su muerte, en concordancia con sus ritos y tradición.

Notas[editar]

  1. Es el caso de los cadáveres de Bernadette Soubirous [1], el Beato Sebastián de Aparicio [2] (que se conserva en la Ciudad de Puebla, México) o Juan María Vianney [3]
  2. San Isidro [4], Santa Catalina de Bolonia [5]

Referencias[editar]

  1. "... cuando los venerados restos de santa Ángela Merici fueron sacados de la urna, el venerado cuerpo se presentaba admirablemente preservado e intacto, sin ningún tipo de químico...". Esta cita fue tomada del Verbals of Recognition, que fue firmado por el Rev. Canciller y por Mons. Gaffuri y muchos testigos presenciales. Esta información fue suministrada por la Casa Santa Ángela, en Brescia (Italia).
  2. De servorum Dei beatificatione et beatorum canonizatione (1734-1738)
  3. a b Royo Marín (1968). Teología de la perfección cristiana, p. 955
  4. María Mínima (1958). Serafín entre ángeles. La vida de Santa María Magdalena de Pazzi. Chicago: La Prensa Carmelita. 
  5. Thurston, Herbert (1898). La vida de san Hugo de Lincoln. Nueva York: Bensinger Brothers. 
  6. Annales de Sainte-Germaine de Pibrac. Redaction et Administration: M. le Curé. Pibrac. Junio y octubre de 1968
  7. El monasterio agustino y los archivos del Obispo de Camarino poseen numerosos documentos confiables y autorizados sobre las reliquias de San Nicolás de Tolentino, y los fenómenos relativos a las mismas.
  8. Clinton Albertson (1967). Héroes y santos anglosajones. Nueva York: Fordham University Press. 
  9. 'El santo de la Eucaristía'. L. A. de Porrentruy. 1905.
  10. 'San Francisco Javier'. The Wicklow Press. Nueva York, 1952.
  11. La información obtenida fue tomada del material suministrado por el santuario de la santa, Monasterio del Corpus Domini, Detto Della santa, Bologna.
  12. 'La vida de Santa Catalina de Siena'. Beato Raimundo de Capua. Nueva York: P. J. Kenedy & Sons.
  13. San Charbel, la Ermita del Líbano de la Orden Maronita Libanesa. Annaya (Líbano): Monasterio de San Marón.
  14. Moreschini, Cesare (1939). La vida de San Andrés Bobola de la Sociedad de Jesús, Mártir. Boston: Bruce Humphries, Inc. 

Bibliografía[editar]

  • Carroll Cruz, Joan (1977). The Incorruptibles: A Study of the Incorruption of the Bodies of Various Catholic Saints and Beati. Charlotte, NC: TAN Books. ISBN 0-89555-066-0. 
  • Royo Marín, Antonio (1968). Teología de la perfección cristiana. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos. 

Lectura relacionada[editar]