Historia de Aranjuez (Madrid)

De Wikipedia, la enciclopedia libre
(Redirigido desde «Historia de Aranjuez»)
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Cascada de la Castañuelas junto al Palacio Real.

La historia del municipio de Aranjuez, en la Comunidad de Madrid (España)), situada en los aledaños del Tajo, comienza cuando hombres paleolíticos y neolíticos, gracias a la abundancia de agua, vegetación y yacimientos de sal frecuentan la zona.

Carpetanos, romanos y godos[editar]

Mosaico procedente de Aranjuez, depositado en el Museo Arqueológico Nacional.

Los primeros pobladores históricos fueron los carpetanos, pueblo celtibérico poco estudiado que tuvo por capital Toledo. Estos nativos, «feroces de genio», se involucraron en las luchas frente a cartagineses y latinos, que no terminarían hasta la definitiva romanización.

Bajo el dominio de Roma, la comarca gozó de gran importancia estratégica en las calzadas de Mérida y Andalucía, que subían junto al río Tajo hacia Zaragoza, próxima a Aranjuez, la romana Titulcia fue un nombrado centro de comunicaciones, cuya localización exacta aún se discute.

Puede uno imaginarse la Ribera del Tajo, en la Edad Antigua escasa de grandes ciudades pero poblada de villas de sistemática explotación agrícola. Así lo evidencian los numerosos hallazgos arqueológicos, especialmente abundantes cerca de la desembocadura del río Jarama

Los visigodos se asentaron en gran número en las inmediaciones. Se han localizado necrópolis suyas a poca distancia del actual Aranjuez, aunque se ignora la situación y tamaño de sus asentamientos rurales.

Andalusíes y castellanos[editar]

La Alta Edad Media es la gran desconocida de la historiografía local. Sin duda la rápida ocupación islámica mantuvo la organización del mundo rural del valle, con gran presencia mozárabe, asistiendo a un nuevo esplendor urbano de Toledo como centro de la denominada Marca Media, casi siempre belicosa e independiente.

Los siglos centrales del Medievo convirtieron la taifa toledana en frontera permanente, escenario de razias, saqueos y despoblaciones que explican la casi total ausencia de restos. El protagonismo comarcal respondió a Oreja, villa y castillos dominados por moros y cristianos, con un extenso territorio escasamente poblado. El campo de Aranjuez, con varios asentamientos imprecisos, siguió la suerte de Oreja: esta, tras un fallido intento de repoblación castellana, pasó a la Orden de Santiago, dueña y defensora de una importante porción de la meseta administrada desde Ocaña.

La proximidad de esta villa aficionó a los maestres de la Orden a cazar en la feraz dehesa ribereña, donde construyeron un primer palacio, estanque, huerta y jardín, que ya fueron cantados por los poetas.

Cuando Fernando el Católico asumió definitivamente el maestrazgo de las órdenes, incorporó al heredamiento de Aranjuez a la propia Corona, dando comienzo la verdadera historia del Real Sitio y Villa de Aranjuez.

Austrias[editar]

Felipe II, gran artífice del desarrollo de Aranjuez.

Los primeros Habsburgos españoles asentaron la itinerante corte castellana en el centro peninsular. Entre Toledo y Madrid, Aranjuez fue frecuente refugio del incansable emperador Carlos V. Pero correspondió a Felipe II idear, en torno a la nueva capital de España, un sistema de Reales Sitios en cuya variedad resolvería sus necesidades personales y las representativas de su estatus internacional. En estos Sitios, el metódico rey ensayó la arquitectura y la ordenación del territorio que simbolizarán el nuevo Estado, moderno y centralizado, que se propuso construir. El Escorial y Aranjuez fueron las empresas en que puso más empeño. El primero asumía la carga simbólica, el peso del conocimiento, la religión y el poder en el gobierno del mundo; el segundo, el acercamiento a la naturaleza, su ordenación y su dominio por el hombre según los cánones del humanismo cristiano. Y también el lugar de lo privado y personal, del individuo hogareño amante de las flores.

La fama del Aranjuez felipino trascendió las fronteras europeas. Sus sucesores la mantuvieron en un contexto cortesano de grandes cacerías y magníficas fiestas, que irían decayendo junto con la propia monarquía.

Durante estos siglos (XVI y XVII), el Real Sitio y Villa de Aranjuez continuó siendo una dehesa en que estaba expresamente prohibido el asentamiento de población, un palacio inacabado con un pequeño retén de sirvientes, entre fantasiosos jardines y bosques repletos de caza.

Borbones[editar]

La nueva dinastía francesa provenía de una tradición semejante de residencias reales en torno a la capital, pero ajena a la crónica penuria de la hacienda española. Los primeros gobernantes agudizaron el centralismo administrativo, que reforzó la importancia cortesana del entorno de Madrid. Ante el estado de abandono de jardines y huertas, incendios y ruinas de palacios, se inició una campaá de reconstrucción y creación de nuevos lugares a la sombra de los riquísimos ejemplos franceses.

Aunque ya Felipe V de España inició esta restauración, los reyes enamorados de Aranjuez fueron Fernando VI de España y su esposa Bárbara de Braganza. Ellos devolvieron al Sitio el esplendor del pasado, en estrecha relación con las modas y gustos del último barroco italiano. Su pacífico reinado fue en Aranjuez una sucesión de fiestas deslumbrantes, para las que el rey soñó una ciudad cortesana populosa, cómoda y alegre. Derogó la prohibicón de asentamiento y levantó la Nueva Población, que en pocos decenios pudo alojar a varios miles de residentes, multiplicados en épocas de Jornada.

Esta población fue el soporte que permitió a su sucesor Carlos III de España concebir Aranjuez como uno de sus modelos ideales de desarrollo y bienestar social para la Nación. La ciudad y su territorio se convirtieron en campo experimental de las ideas fisiocráticas, agrícolas, ganaderas, científicas y sociales que activarían el progreso desde la perspectiva ilustrada.

Carlos IV de España también amó Aranjuez como su tío Fernando, pero en las circunstancias mucho más agitadas del fracaso ilustrado, la Revolución francesa y la amenaza napoleónica. El ambiente culto, galante e intrigante que rodeó su reinado acabó tristemente en el Motín de Aranjuez, el hecho histórico más señalado de los acaecidos en el Sitio. Para muchos, el fin del Antiguo Régimen en España.

Tras la ocupación francesa, el Aranjuez decimonónico fue fiel reflejo del reino: un país estancado en luchas intestinales al margen de la progresiva vitalidad europea. El trasnochado absolutismo de Fernando VII de España apenas pudo reparar los desastres de la francesada, preparando el agitado reinado de Isabel II de España el último gran episodio cortesano de Aranjuez. La reina fue asidua del Real Sitio, acompañada de una pléyade burguesa y arribista que dio un nuevo color de modernidad y eclecticismo al viejo conunto dieciochesco. Su caída puso punto final al protagonismo de la Corona en la historia ribereña.