Siete maravillas del mundo antiguo

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Reconstrucciones más o menos aproximadas de las Siete Maravillas del mundo antiguo.

Las Siete maravillas del Mundo, usualmente llamadas las Siete maravillas o las Siete maravillas del Mundo Antiguo, eran un conjunto de obras arquitectónicas que los helenos, especialmente los del período helenístico, consideraban dignas de ser visitadas. A lo largo del tiempo distintos autores confeccionaron distintos listados, pero el definitivo no se fijó hasta que el pintor alemán Maerten van Heemskrerck realizó en el siglo XVI siete cuadros representando las siete construcciones que consideró mejores.

Se ha indicado que la lista definitiva puede reflejar cierto chovinismo heleno, pero también se señalado que solo una estaba en Grecia y la Acrópolis de Atenas quedó excluida. De la misma manera, se ha indicado la exclusión de cualquier ruina o paraje natural por bello que fuera, solo aparecen construcciones que se pudieran admirar, pese a que algunas no coexistieron.

Los restos y evidencias de dichas obras son variados e incluso existen dudas de que una de ellas, los Jardines Colgantes de Babilonia, existiera realmente y de otra, el Coloso de Rodas, no se conoce su forma. De las demás se conservan descripciones, planos, representaciones, restos e incluso la mayor parte de su construcción. Pero la idea de recoger siete maravillas en una lista ha perdurado y constituye un intento que aparece periódicamente en la cultura popular.

La lista definitiva[editar]

La lista que finalmente ha quedado consensuada es la siguiente, ordenadas según su antigüedad:

  1. La Gran Pirámide de Guiza. Terminada alrededor del año 2570 a. C., fue construida para el faraón Keops. Ubicada en Guiza, Egipto, su fin último aún es discutido.
  2. Los Jardines Colgantes de Babilonia. Construidos en 605 a. C.-562 a. C. Ubicados en la ciudad de Babilonia, actual Irak. Perduraron hasta no más allá de 126 a. C., cuando la ciudad fue destruida definitivamente por los persas. Es la maravilla que más dudas plantea sobre su existencia real.
  3. El Templo de Artemisa en Éfeso (actual Turquía). Levantado hacia 550 a. C. y destruido por un incendio intencionado en el 356 a. C., Alejandro Magno ordenó su reconstrucción, culminada tras su muerte en el año 323 a. C. Antípatro de Sidón la consideraba la obra más impresionante de su lista con diferencia.[1]
  4. La Estatua de Zeus en Olimpia. Esculpida hacia el 430 a. C. por Fidias. Ubicada en el interior del templo dedicado al propio Zeus en la ciudad anfitriona de los famosos juegos.
  5. El Mausoleo de Halicarnaso. Construido hacia el 353 a. C. y situado en la ciudad griega de Halicarnaso presidía la entrada desde el mar.[2]
  6. El Coloso de Rodas. Forjado entre 294 a. C. y 282 a. C. Ubicado en un lugar desconocido de la ciudad de Rodas en la isla homónima, Grecia, tras derrotar los rodios al rey helenista Demetrio Poliorcetes.[3]
  7. El Faro de Alejandría. Construido entre 285 a. C. y 247 a. C. en la isla de Pharos, a la entrada de Alejandría (Egipto), para guiar a los navíos que se dirigían a los dos puertos con que contaba la ciudad. Al igual que la tumba de Mausolo, que daría nombre genérico a todos los grandes monumentos funerarios posteriores, la torre de Faros (Pharos) hizo lo propio con los edificios construidos para ayudar a la navegación.

Esta lista, fruto más del azar que de algún criterio técnico o estético, recoge tres obras con un claro fin religioso, el Coloso de Rodas, la Estatua de Zeus en Olimpia y el Templo de Artemisa; dos que pueden considerarse erigidas por motivos hedonistas, el Mausoleo de Halicarnaso y los Jardines Colgantes;[nota 1] y tal vez dos por razones prácticas, como fueron el Faro de Alejandría y la Gran Pirámide, esta última en el caso de resultar cierta la teoría de Kurt Mendelssohn, según la cual el reino unificado egipcio necesitaba ocupar en algo a su gran población mientras las tierras de cultivo permanecían inundadas.[4]

¿Por qué esas y no otras?[editar]

Qué obras de la cultura clásica debían remarcarse sobre las demás no ha sido algo consensuado hasta el Renacimiento. La confección definitiva de la Lista resultó un proceso prolongado en el tiempo y nació tras numerosas referencias de distintos autores. Cada uno nombraba unas, o sus lugares, y omitía otras. En lo que sí existe cierto consenso era en acotar su número a siete.

Según Woods y Woods (2009, p. 4) y Erin Ash Sullivan (2011, p. 4) algunos griegos, o los humanos, tenían o tienen la costumbre de confeccionar listas con los más grandes o los más bellos ejemplos de cada especie. Estos autores le atribuyen el primer listado a Heródoto de Halicarnaso, considerado como el primer historiador, incluso Erin Ash Sullivan afirma que su obra reproduce la lista redactada por Heródoto.[nota 2] Fernando Báez (, p. 102) indica que uno de los primeros en realizar una enumeración fue Calímaco de Cirene en el siglo IV a.C., quien escribió un libro titulado Sobre las maravillas de todas clases reunidas por lugares.

Los lugares nombrados por Filón de Bizancio[editar]

La idea según la cual en el mundo existían una serie de obras humanas sobresalientes y estas eran siete apareció en DE SEPTEM ORBIS MIRACULIS del bizantino Filón, siglo III a.C:

De cada una de las siete maravillas a todos llega noticia por la fama, pero raros son los que con sus ojos las ven. Porque hay que trasladarse a Persia, atravesar el Eúfrates, viajar al Egipto, irse a vivir con los eleos de la Hélade, llegar a Halicarnaso de Caria, navegar a Rodas y contemplar Éfeso en Jonia. Y después de vagar por el mundo, cuando uno está deshecho por el peregrinaje, entonces se cumple el deseo, cuando hasta la vida, con los años, ha dejado de existir. Por eso es admirable y un gran regalo la cultura, porque libra al hombre de caminar, mostrándole lo hermoso en casa y prestando nuevos ojos a su alma. Y lo extraño es esto: el que va a los sitios ve las cosas una sola vez y, después que se marcha, las olvida. Se le pasan por alto los detalles y luego se le van del recuerdo las particularidades. En cambio, el que se informa de un monumento en un tratado, nota los méritos de la ejecución y, al tener delante, como en un espejo, toda la obra de arte, guarda imborrables, uno por uno, los caracteres de las figuras, pues es con el espíritu como ha visto lo maravilloso...

Atribuido a Filón de Bizancio citado por Báez (2012, p. 103 y 104)

Del texto se pueden sacar seis ubicaciones sin referirse a ninguna construcción en concretas. Por este motivo, algunos estudiosos del tema no incluyen este texto como un primer listado puesto que solo cita los emplazamientos. Para River (2012), Curlee (2002) y Báez (2012, p. 104) el primer listado como tal aparecería un siglo después.

La lista confeccionada por Antípatro de Sidón[editar]

Las murallas de Babilonia, en la imagen, estuvieron en las primeras listas en vez de los Jardines Colgantes.

Charles River (2012), Lynn Curlee (2002) y también el ya mencionado Fernando Báez (2012, p. 102-103) recurren al poema redactado por Antípatro de Sidón hacia finales del siglo II a.C. en el cual ya menciona nombres. Según Báez la descripción es muy escueta, pero ya se tiene una enumeración de monumentos que sí pudo contemplar Antípatro, al menos sus ruinas. El poema raza:

He posado mis ojos sobre la muralla de la dulce Babilonia, que es una calzada para carruajes, y la estatua de los alfeos, y los jardines colgantes, y el Coloso del Sol, y la enorme obra de las altas Pirámides, y la vasta tumba de Mausolo; pero cuando vi la casa de Artemisa, allí encaramada en las nubes, esos otros mármoles perdieron su brillo, y dije: aparte de desde el Olimpo, el Sol nunca pareció jamás tan grande” después de ver mi musa.

Antípatro de Sidón citado por Fernando Báez (2012, p. 103)

Este autor no menciona el faro de Alejandría y en su lugar incluye las murallas de Babilonia. De la misma manera, se refiere a las Pirámides en plural, no solo a la Gran Pirámide. Aquí surge un primer problema que ha causado cierta polémica hasta el siglo XX: la inclusión de los Jardines Colgantes, una construcción muy poco documentada por fuentes babilonias y no babilonias.

Listas de las maravillas en tiempos de Roma y Alta Edad Media[editar]

Grabado del Coloso siguiendo la idea medieval contraria a las fuentes.[2] Es la única maravilla que figuran en todas las enumeraciones.

La primera mención de una obra romana en algún listado que se tenga noticia la da Gregorio Nacianceno en su libro De septem mundi espectaculi, como recoge Báez (2012, p. 105). El de Nacianzo ponderó:

La Tebas egípcia, con sus múltiples templos; los muros de Babilonia, que protegían una codiciada ciudad; el sepulcro de Mausolo y sus ornatos arquitectónicos; el conjunto de pirámides; el coloso de Rodas; el capitolio de Roma y el monumento de Adriano.

Gregorio Nacianceno citado por Báez (2012, p. 105)

En la Alta Edad Media, Beda el Venerable escribió De septem mundi miraculis, en la cual también incluye construcciones romanas y descarta las Pirámides. Su selección fue bastante diferente de las anteriores:[5]

Como puede apreciarse, las divergencias ente unos autores y otros eran considerables, hasta el punto de que solo la obra más breve, el Coloso de Rodas, fue la única con unanimidad a la hora de ser mencionadas, todas las demás son baja en una u otra selección. Por otra parte tampoco existió un criterio para seleccionarlas; así aparecen edificios, esculturas e incluso ciudades enteras.

La fijación definitiva de la lista[editar]

Las Siete Maravillas del Mundo Antiguo algunas pintadas por Maerten van Heemskrerck.

Las cuatro selecciones antes citadas son recogidas por la bibliografía, pero existieron otros donde aparecía el Templo de Salomón o el Arca de Noe en lugar de, por ejemplo, el Faro.[6] Según Curlee (2002, p. 1 y 2) la fijación de la lista definitiva vino tras aparecer una representación pictórica de las mismas. Como se ha indicado, muchas estaban desaparecidas a mediados del siglo XVI y no se conocía su apariencia. En ese siglo el pintor alemán Maerten van Heemskrerck realizó una serie de pinturas y dibujos sobre las maravillas del mundo antiguo. Se decantó por la Estatua de Zeus y el Faro, descartó las murallas a cambio de los Jardines Colgantes e incluyó las siempre presentes Templo de Artemisa y Coloso de Rodas, además de la Gran Pirámide. Por lo tanto, según Curlee (2002, p. 1 y 2) la elección de las obras no se debió a criterios estéticos, técnicos o religiosos; sino a las preferencias de un pintor que las dotó de una imaginería más o menos aceptada, pero no por ello veraz a cómo debieron ser. Por supuesto, el artista germano no contaba con los conocimientos de arqueología, historia, arquitectura y escultura que se fueron acumulando posteriormente, por lo que cometió numerosos errores:

  • Uno de los fallos que más han desmentido historiadores y escultores fue la posición del Coloso de Rodas. Tanto su postura como la ubicación. El artista lo pintó a horcajadas, algo considerado "técnicamente inalcanzable" para la tecnología de la época y la posterior, según José Pascual (2013, p. 48).
  • El templo de Artemisa, por su parte, poseía dos columnatas en estilo jónico sobre las que descansaba la techumbre, en lugar de los dos cuerpos con los que fue pintado.
  • El Faro no sigue las descripciones aportadas por más de diez fuentes árabes medievales que lo vieron en funcionamiento, según el arquitecto Paolo Vitti (2007, p. 65-68). Estas fuentes indican que la construcción poseía tres cuerpos bajo la linterna, donde se hallaba el fuego y el espejo para intensificar la luz.
  • La Gran Pirámide aparece más estilizada que la levantada en la planicie de Giza y sin recubrimiento de alabastro, como lo estuvo hasta la destrucción de El Cairo, informa Pablo de Jevenois (2006, p. 95).
  • De los Jardines Colgantes no se tiene una descripción suficiente, pero Diodorus Siculus (2010) indicaba que parecía una ladera verde vista desde lejos, por lo que la vegetación tapaba las altas columnas.
  • La estatua de Zeus podría ser similar a la representada, no así el templo. Las excavaciones en Olimpia han demostrado que contaba con una piscina delantera, llena de agua, en la que se reflejaba la obra de Fidias, aumentando más aún su magnificencia.[2]
  • El más parecido a los datos disponibles era el Mausoleo.

¿Por qué siete?[editar]

En primer lugar, títulos como el editado por Charles River (2012), indican que la idea inicial no era la de recoger "maravillas", cuya expresión en griego sería "thamata"; sino más bien "algo que ver", al emplear las primeras fuentes el término "theamata" con una "e"; siguiendo la idea de listar obras y también lugares, caso de la ciudad de Tebas, los cuales fuesen dignos de conocerse alguna vez y no tanto construcciones que maravillasen.

Respecto al número, la razón de que fueran siempre siete, independientemente de la lista consultada, responde a la concepción helena y también de otros pueblos colonizados por los griegos sobre dicho número. Es relativamente normal encontrar a determinadas culturas experimentando predilección por determinados números, si el mundo celta parecía sentir cierta predisposición por el tres,[7] los helenos y los pueblos bajo su influencia parecen decantarse por el siete.

El número siete aparece en una cantidad sorprendente de contextos distintos. Los Siete Sabios de Grecia, las Siete colinas de Roma y más adelante, en la Edad Media, las Siete artes liberales y siempre son siete, aunque se puedan encontrar más como la constelación de las Siete pléyades cuando en realidad hay muchas más.

Chris Pelling[6]

Lo mismo cabe decir de las veces que se debe perdonar, en principio se consideraban siete, para luego aumentar a "setenta veces siete" según Mateo 18:19-21.

Chovinismo heleno y ausencias[editar]

La Acrópolis ateniense no fue incluida en la lista.

Roland Gööck (1968) ha indicado que ya en la primera referencia de Filón de Bizancio aparecen únicamente obras humanas que los griegos pudieran admirar, no se recoge ninguna maravilla natural ni ninguna ruina, por majestuosa que ésta fuera, según . En parte es por eso que se habla de una octava maravilla del mundo: la torre de Babel, el zigurat de Babilonia; pero este edificio ya estaba en ruinas cuando llegaron los soldados de Alejandro Magno y las listas de los dos griegos fueron elaboradas siglos después, según Gööck (1968).[nota 3]

Autores como los citados Erin Ash Sullivan (2011, p. 4) y Woods y Woods (2009, p. 4) indican una tendencia de los griegos a nombrar construcciones de su mundo. La primera incluso critica que no viajaron mucho y, por ese motivo, no aparece la Gran Muralla China o Stonehenge. Sin embargo, cuando Filón de Bizancio escribió DE SEPTEM ORBIS MIRACULIS la Gran muralla china estaba en sus inicios como mucho, apunta Yolanda Fernández Lommen (2001, p. 269). Respecto a la inclusión del conjunto megalítico inglés, las actuales islas británicas eran una tierra muy poco conocida, incluso para los romanos constituían "la última frontera", conquistada después de que cayeran lugares mucho más alejados de Roma,[8] por tanto se tenían muy pocas noticias de su interior.

Pero la idea de ser una lista helenofílica tiene detractores. Gööck (1968) puntualiza que sólo una de las maravillas estaba en la Hélade continental, la estatua de Zeus en Olimpia, sorprendiéndose por la omisión de la Acrópolis de Atenas, un conjunto admirado ya por los griegos, los romanos y por la mayoría de los pueblos posteriores.

Las evidencias arqueológicas[editar]

Comparación aproximada del Partenón de Atenas con el Templo de Artemisa en Éfeso.

La siguiente lista sigue un orden decreciente, de las que cuentan con menos vestigios a las que más:

La maravilla más desconocida de todas es el Coloso de Rodas. Se poseen descripciones de la estatua y de su tamaño en comparación con los seres humanos, pero no han llegado representaciones del mismo ni de su emplazamiento. No se sabe con certeza si se reconvirtió la máquina de asedio Helepoli, como indica Filón de Bizancio, o se vendieron las piezas que no se pudieron utilizar y con lo cobrado se finalizó la construcción del monumento, según Fernando Quesada Sanz (2009, p. 225). Tampoco se conoce su emplazamiento, pese a poder descartarse la bocana del puerto, se piensa más bien en algún lugar alto de Rodas. Además, sus restos fueron vendidos como chatarra décadas después de caer sobre las casas. Por este motivo su reconstrucción ha cambiado mucho con los siglos, lo mismo que la ubicación exacta.[2]

La existencia de los Jardines Colgantes es discutida. Beroso sí los menciona y también Diodorus Siculus (2010, p. 279), pero en otras fuentes babilónicas no aparecían ni tampoco Heródoto aporta testimonios de que los viese Alejandro Magno y sus hombres tras conquistar Babilonia. Estas ausencias hacían sospechar, según Gööck (1968), que los testimonios dados por Diodorus Siculus (2010) fueron fantasías de los griegos y macedonios al llegar a las exuberantes riberas del Éufrates, tras haber transitado por inmensas regiones áridas y desérticas del Imperio persa. Aun así, el empeño de varios asirólogos como Donald Wiseman ha permitido localizar en el siglo XX los cimientos de una gran construcción, dotada de un sistema de riego y emplazada a unos cientos de metros de donde la sitúa el historiador griego Estrabón, este hallazgo ha dado por más probable la existencia de dicho lugar.[2] Aun con todo, Stephanie Dalley (2013) afirman que dichos jardines nunca fueron construidos en Babilonia; sino en Nínive, capital de Asiria, por orden de Senaquerib.

De la Estatua de Zeus en Olimpia se cuenta con descripciones detalladas sobre su tamaño, postura y materiales con los que se construyó. Además se conservan los cimientos del templo donde fue levantada, pudiéndose confirmar sus dimensiones. No queda ningún resto de la misma que se sepa, sin embargo sí ha sobrevivido su representación en monedas, al contrario que la obra emplazada en Rodas. Asimismo, han llegado a nuestros días varias obras de su autor que pueden dar idea del estilo escultórico utilizado por Fídeas.[2]

Algunos vestigios más se conservan del Mausoleo de Halicarnaso, gaurdados en museos o reutilizados en la construcción del castillo. Pese a todo, aún son visitables parte de sus cimientos y la ubicación de la tumba del rey con la piedra que la protegía[9] Al visitar el castillo pueden encontrarse algunas piedras intactas con inscripciones que permiten identificarlas como parte del monumento al rey Mausolo.[2]

Un destino parecido sufrieron los restos del Faro de Alejandría, reutilizados en levantar otro castillo a las afueras de la ciudad egipcia. El edificio fue la segunda maravilla que más aguantó por su sólida estructura y la gran calidad de los materiales empleados. Es una de las maravillas mejor conocidas gracias a los aportes de la numismática y los distintos relatos de griegos, romanos y árabes que se remontan hasta el 1371,[10] lo que no sucede con el Coloso, los Jardines Colgantes ni la Estatua de Zeus. Pero no es de la que más restos se conservan, empezando porque no se conoce si su emplazamiento está bajo el mar o lo ocupa el castillo construido posteriormente.

Del Templo de Artemisa se conocía su diseño con bastante exactitud gracias a la descripción dada por Plinio el Viejo, además aparece mencionado en muchas textos distintos por ser el lugar donde Pablo comenzó su predicación al "Dios desconocido" o por haber sido la ubicación donde los sicarios de Cleopatra VII asesinaron a su hermana.[11] . Sin embargo, las dimensiones descritas por Plinio el Viejo (2007), junto con otros autores, no fueron creídas durante mucho tiempo porque ¿cómo iba a existir un templo cuatro veces más grande y casi el doble de alto que el Partenón de Atenas?, preguntaba Gööck (1968). Pese a ello, los hallazgos arqueológicos y no pocos restos, comparados con los de otras Maravillas, dejan lugar a pocas dudas. Actualmente la zona pantanosa donde se asentó ha recuperado el terreno, pero se conservan algunas columnas y otros restos en su emplazamiento inicial.

La mejor conservada es, sin duda, la Gran Pirámide. Pese a ello ahora mide 15 metros menos de lo que alcanzó cuando fue terminada, pues ha sufrido a lo largo de los siglos la sustracción de su revestimiento de blanca piedra caliza de Tura (Egipto). También los árabes practicaron en ella destrozos para llegar a los túneles interiores, pero la mayor parte de su estructura se conserva junto a posibles estancias aún por conocer.[12]

El final de las Siete Maravillas[editar]

De todas estas obras sólo tres fueron destruidas por causas naturales: el Faro de Alejandría, el Coloso y el Mausoleo, todas ellas por terremotos. El Artemision de Éfeso lo fue por vandalismo humano, y debemos suponer que otras dos también, los Jardines Colgantes de Babilonia, reducidos a ruinas junto con la Ciudad, y la estatua de Zeus en Olimpia destruida para evitar el culto pagano después de que el imperio romano se convirtiera al cristianismo. Incluso la Gran Pirámide ha perdido gran parte de su lustre, pese a seguir siendo el edificio más grande construido en piedra. Pero en el fondo la mayoría desaparecieron por no seguir teniendo una misión que cumplir, ya sea esta religiosa o de otra índole; por este motivo, la llegada de nuevas religiones como el cristianismo o el islam fueron el fin, el declive o la destrucción de varias. De la misma forma, la cantidad de restos varía mucho de unas a otras.

La Gran Pirámide ya no brilla cuando refleja el Sol al haber perdido su recubrimiento de alabastro además de 15 metros de altura.
  • El Coloso de Rodas: tras ser derribado por un terremoto cuarenta años después de su construcción, permaneció tumbado y admirado durante décadas. El fin de la monumental estatua presenta discrepancias. Según River (2012) Teófanes el Confesor afirmó que los musulmanes lo vendieron a un mercader de origen judío en el 654 d.C., Baez (2012) lo fecha en el 672 d.C., pero es posible que dicho final fuese una cierta analogía con el fin del mundo y que realmente hubieran sido los Caballeros de San Juan quienes reutilizaran el bronce para otros fines, concluye River.
  • Los Jardines Colgantes de Babilonia siguen bajo polémica sobre su existencia. Si las excavaciones llevadas a cabo por Donald Wiseman y otros asirólogos realmente han localizado el regalo de Nabucodonosor II a su esposa Amitis, quedarían los cimientos y parte del sistema de riego.[2]
  • Sobre la estatua de Zeus, River (2012) recoge la declaración de Jorge Cedreno según la cual la obra de Fidias fue trasladada a Bizancio o Constantinopla y quedó calcinada en el gran incendio que asoló la ciudad en el 475 d.C.; pero, continúa el autor, cabe la posibilidad de que no se moviera de Olimpia y quedase destruida en el incendio del 425 d.C.
  • El Mausoleo de Halicarnaso fue totalmente desmantelado por los Caballeros de la Orden de San Juan para levantar una defensa eficaz contra los turcos, pero aún se pueden apreciar numerosos restos reutilizados en la construcción posterior.[6]
  • Algo similar le sucedió al Faro de Alejandría. Pese a ser la más longeva de las maravillas desaparecidas debido a su funcionalidad, según Vitti (2007, p. 66 y 67), cuando finalmente quedó destruido por los terremotos y la falta de fondos para sucesivas reconstrucciones, el sultán mameluco Qait-bey construyó un castillo sobre sus ruinas y con sus restos.
  • El Templo dedicado a la diosa Artemisa fue pasto de las llamas, pero pudo haber sido reconstruido por tercera vez. Si no lo fue se debió en buena medida por carecer de una función que cumplir, cosa que no le pasó a otros edificios como el Partenón de Atenas.
  • Gracias a sus dimensiones y millones de bloques de piedra caliza,[4] la Gran Pirámide ha resistido mejor que ninguna otra el paso del tiempo, por lo tanto no se puede hablar de su fin, sino de su estado actual.

Legado[editar]

En el siglo XIX, XX y el XXI se han establecido diversas listas de maravillas. Así Albaigès (1996, p. 372.) elaboró la de las medievales:

Del mismo modo han aparecido varias más sobre las Nuevas siete maravillas del mundo moderno o maravillas naturales. En la cultura popular aún está presente la idea de siete maravillas, en los videojuegos de la serie Civilization se pueden construir siete maravillas por época y cada una aporta una ventaja a la civilización que logra levantarla. En el Age of Empires también aparecen, pero no en forma de lista.

Véase también[editar]

Notas[editar]

  1. Maureen Carroll (2003, p. 26 y 27) recoge la historia tradicional según la cual los monumentales jardines de 120 m de largo por 25 de alto, fueron para disminuir la nostalgia de su esposa Amytis de origen medo y no acostumbrada a las áridas planicies de Babilonia.
  2. Algo en principio sorprendente, pues cuando Heródoto murió en el 425 a.C. el príncipe Mausolo no había comenzado a gobernar, no existían el Coloso de Rodas y la propia ciudad de Alejandría no estaba siquiera planificada.
  3. Esta posibilidad de una maravilla más ha contribuido a acuñar la frase Octava Maravilla del Mundo para denominar a una obra humana excepcional por adelantarse a su tiempo o ser muy significativa.

Referencias[editar]

  1. Báez, 2012, p. 103.
  2. a b c d e f g h Adams, Tom. «Las siete maravillas del mundo antiguo» (vídeo). Mundos perdidos. Nueva York: A&E Television Networks. Consultado el 13/12/2013. 
  3. Quesada Sanz, 2009, p. 224 y 225.
  4. a b Williams, Barry (13 de julio de 1990). «Pirámides, piramitos y piramidiotas». Scottsdale: Manuel Hermán. Consultado el 15/12/2013. 
  5. Bede, Saint. «De Septem Mundi Miraculis, Manu Hominum Factis» (en latín e inglés). traducción de Rev. J.A. Giles 1843. Indinápolis: Online Library of Liberty. Consultado el 22/10/2013. 
  6. a b c Mason, David (1999). «Las siete maravillas del mundo» (vídeo). Stratford-upon-Avon: Cromwell Productions. Consultado el 12/12/2013. 
  7. Sadrake, Susanna (2001). «Merlín» (vídeo). Las leyendas artúricas. Stratford-upon-Avon: Cromwell Productions. Consultado el 12/12/2013. 
  8. Morgan, Jeff (2009). «Roma la última frontera» (vídeo). Cardiff: Green Bay Media. Consultado el 1/3/2015. 
  9. Gööck, 1968.
  10. Vitti, 2007.
  11. Oscar, Chan; Deike, Kelda (2009). «Cleopatra» (vídeo). Los malos de la historia. Londres y Toronto: Blink Films & Yap Productions. Consultado el 12/12/2013. 
  12. de Jevenois, 2006, p. 93-101.

Bibliografía[editar]

  1. Albaigès, Josep Maria (1996). Enciclopedia de los nombres propios. Barcelona: Planeta. ISBN 84-08-01286-X. 
  2. Báez, Fernando (2012). Las maravillas perdidas del mundo: Breve historia de las grandes catástrofes de la civilización. Océano. ISBN 9786074008517. 
  3. Carroll, Maureen (2003). Earthly Paradises: Ancient Gardens in History and Archaeology (en inglés). Londres: Brith Museum Press. ISBN 0-89236-721-0. 
  4. Curlee, Lynn (2002). The Seven Wonders of the Ancient World (en inglés). Chicago: Atheneum Books for Young Readers. ISBN 978-0689831829. 
  5. Dalley, Stephanie (2013). The Mystery of the Hanging Garden of Babylon (en inglés). Londres: Oxford University Press. ISBN 978-0-19-966226-5. 
  6. Fernández Lommen, Yolanda (2001). China: La Construcción de un Estado Moderno. Madrid: Catarata. ISBN 84-8319-109-1. 
  7. Gööck, Roland (1968). Maravillas del Mundo. Barcelona: Círculo de Lectores. 
  8. de Jevenois, Pablo (2006). «El enigma de Keops». La aventura de la Historia (Madrid: Arlanza Ediciones) 8 (83). ISSN 1579-427X. 
  9. Pascual, José (2013). «Rodas los marineros del Coloso». La aventura de la Historia (Madrid: Grupo Unidad Editorial) 15 (179). ISSN 1579-427X. 
  10. Plinio el Viejo (2007). LIBRO XXXVI TRATADO DE LA NATURALEZA DE LAS PIEDRAS. Madrid: Reformas Aereas SA. 
  11. Quesada Sanz, Fernando (2009). Ultima ratio regis control y prohibición de armas desde la Antigüedad a la Edad Moderna. Madrid: Polifemo. ISBN 978-84-96813-23-6. 
  12. River, Charles (2012). The Seven Wonders of the Ancient World (en inglés). Massachusetts: Charles River Editors. 
  13. Siculus, Diodorus (2010). Diodorus Siculus, Books 11-12.37.1: Greek History, 480-431 BC--the Alternative Version (en inglés). Traducción de Peter Green. University of Texas Press. ISBN 9780292779075. 
  14. Sullivan, Erin Ash (2011). The Seven Wonders of the Ancient World. Nueva York: Benchmark Education Company. ISBN 978-1-4509-0776-7. 
  15. Vitti, Paolo (2007). «Luz y defensa». La aventura de la Historia (Madrid: Unidad Editorial) 9 (102). ISSN 1579-427 |issn= incorrecto (ayuda). 
  16. Woods, Michael; Woods, Mary B. (2009). Seven Wonders of the Ancient World. Minneapolis: Twenty-First Century Books. ISBN 978-0-8225-7568-9. 

Enlaces externos[editar]