Biblioteca de Alejandría

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Representación artística del interior de la Biblioteca de Alejandría, con base en algunas evidencias arqueológicas (O. Von Corven).
Se estima que la Biblioteca fue fundada a comienzos del siglo III a. C. por Ptolomeo I Sóter.

La Biblioteca Real de Alejandría o Antigua Biblioteca de Alejandría, fue en su época la más grande del mundo. Situada en la ciudad egipcia de Alejandría, se estima que fue fundada a comienzos del siglo III a. C. por Ptolomeo I Sóter, y ampliada por su hijo Ptolomeo II Filadelfo, llegando a albergar hasta 900.000 manuscritos. Una nueva Biblioteca Alejandrina, rememorando la original y promovida por la Unesco, fue inaugurada el 16 de octubre de 2002[1] en la misma ciudad.

Cuando el califa Omar hacía referencia a la Biblioteca de Alejandría, manifestaba: «Si no contiene más que lo que hay en el Corán, es inútil, y es preciso quemarla; si algo más contiene, es mala, y también es preciso quemarla».[2] Se carece de testimonios precisos sobre sus aspectos más esenciales, y no se han encontrado las ruinas del Museo, siendo las del Serapeo muy escasas. Para algunos escritores latinos, la Gran Biblioteca fundada por los Ptolomeos apenas resultó afectada en el incendio provocado por las tropas de Julio César en 48 a. C. Probablemente, ya había desaparecido en el momento de la dominación árabe, aunque algunos escritores comentan que el califa Umar ibn al-Jattab ordenó la destrucción de millares de manuscritos. Independientemente de las culpas de cristianos y musulmanes, el fin de la biblioteca debe situarse en un momento indeterminado del siglo III o del siglo IV, quizá en 273, cuando el emperador Aureliano tomó y saqueó la ciudad, o cuando Diocleciano hizo lo propio en 297. La biblioteca-hija del Serapeo, sucesora de la Gran Biblioteca, fue expoliada, o al menos vaciada, en 391, cuando el emperador Teodosio el Grande ordenó la destrucción de los templos paganos de la ciudad de los Ptolomeos.

Desde el siglo XIX, los eruditos han intentado comprender la organización y estructura de la Biblioteca, y se ha debatido mucho sobre su final. Los conocimientos sobre la Biblioteca, cómo fue, cómo trabajaron sus sabios, el número exacto de volúmenes e incluso su misma situación, son todos muy escasos, ya que muy pocos testimonios hay al respecto, y aún éstos son esporádicos y desperdigados. Los investigadores y los historiadores de los siglos XX y XXI han insistido en que se ha formado una utopía retrospectiva en torno a la Biblioteca de Alejandría. No hay duda de que la Biblioteca existió, pero apenas hay certezas en lo escrito sobre ella. Se han hecho centenares de afirmaciones contradictorias, dudosas o simplemente falsas, realizando suposiciones a partir de muy pocos datos que, la mayoría de las veces, son sólo aproximaciones.

La Biblioteca en la Antigüedad[editar]

Ptolomeo II, impulsor de la Biblioteca.

La Gran Biblioteca de Alejandría, llamada así para distinguirla de la pequeña o biblioteca-hija del Serapeo, fue fundada por los primeros Ptolomeos con el propósito de ayudar al mantenimiento de la civilización griega en el seno de la muy conservadora civilización egipcia que rodeaba a Alejandría. Si bien es cierto que el traslado de Demetrio de Falero a Alejandría (en el año 296-295 a. C.) está relacionado con la organización de la Biblioteca, también es seguro que al menos el plan de esta institución fue elaborado bajo Ptolomeo Sóter (muerto alrededor de 284 a. C.), y que la finalización de la obra y su conexión con el Museo fue la obra máxima de su sucesor, Ptolomeo II Filadelfo. Como Estrabón no hace mención de la Biblioteca en su descripción de los edificios del puerto, parece evidente que no estaba en esta parte de la ciudad; además, su conexión con el Museo permitiría ubicarla en el Brucheion, el distrito real situado en el noreste de la ciudad.

Este santuario acogía un pequeño zoológico, jardines, una gran sala para reuniones e incluso un laboratorio. Las salas que se dedicaron a la biblioteca acabaron siendo las más importantes de toda la institución, que fue conocida en el mundo intelectual de la Antigüedad al ser única. Durante siglos, los Ptolomeos apoyaron y conservaron la Biblioteca que, desde sus comienzos, mantuvo un ambiente de estudio y de trabajo. Dedicaron grandes sumas a la adquisición de libros, con obras de Grecia, Persia, India, Palestina, África y otras culturas, aunque predominaba la literatura griega y helenística.

La biblioteca del Museo constaba de diez estancias dedicadas a la investigación, cada una de ellas dedicada a una disciplina diferente. Un gran número de poetas y filósofos, que llegaron a ser más de cien en sus mejores años, se ocupaban de su mantenimiento, con una dedicación total. En realidad se consideraba el edificio del Museo como un verdadero templo dedicado al saber.

Se sabe que desde el principio la biblioteca fue un apartado al servicio del Museo. Pero más tarde, cuando esta entidad adquirió gran importancia y volumen, hubo necesidad de crear un anexo cercano. Se cree que esta segunda biblioteca (la biblioteca hija) fue creada por Ptolomeo III Evergetes (246-221 a. C.), y se estableció en la colina del barrio de Racotis (hoy llamada Karmuz), en un lugar de Alejandría más alejado del mar; concretamente, en el antiguo templo erigido por los primeros Ptolomeos al dios Serapis, llamado el Serapeo, considerado como uno de los edificios más bellos de la Antigüedad. En la época del Imperio romano, los emperadores la protegieron y modernizaron en gran medida, incorporando incluso calefacción central mediante tuberías con el fin de mantener los libros secos en los depósitos subterráneos.

Los redactores de la Biblioteca de Alejandría eran especialmente conocidos en Grecia por su trabajo sobre los textos homéricos. Los redactores más famosos generalmente llevaron el título de bibliotecario principal.

La diversidad geográfica de los eruditos muestra que la Biblioteca era de hecho un gran centro de investigación y aprendizaje. En 2004, un equipo egipcio encontró lo que parece ser una parte de la biblioteca mientras excavaba en el Brucheion. Los arqueólogos descubrieron trece salas de conferencias, cada una con un podium central. Zahi Hawass, el presidente del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, calcula que en las salas excavadas hasta ahora se habría podido acoger a unos 5.000 estudiantes,[3] lo que indica que era una institución muy grande para su época. En el siglo II a. C., Eumenes II fundó un centro a imitación de la Biblioteca en Pérgamo.[4]

Organización[editar]

Ptolomeo II encargó a Zenódoto de Éfeso, ayudado por el poeta Calímaco, la tarea de catalogación de todos los volúmenes y libros. Zenódoto fue el primer bibliotecario de Alejandría, y en estos años las obras catalogadas llegaron al medio millón.[5] El resultado de su labor fue el Pinakes, primer catálogo temático de la historia. Unas se presentaban en rollos de papiro o pergamino, que es lo que se llamaba «volúmenes», y otras en hojas cortadas, que formaban lo que se denominaba «tomos». Cada una de estas obras podía dividirse en «partes» o «libros». Se hacían copias a mano de las obras originales, es decir «ediciones», que eran muy estimadas (incluso más que las originales) por las correcciones llevadas a cabo. Las personas encargadas de la organización de la Biblioteca y que ayudaban a Calímaco rebuscaban por todas las culturas y en todas las lenguas conocidas y enviaban negociadores que pudieran hacerse con bibliotecas enteras, unas veces para comprarlas tal cual, otras como préstamo para hacer copias.[6]

Los grandes buques que llegaban al famoso puerto de Alejandría cargados de mercancías diversas eran inspeccionados por la guardia, tanto en busca de contrabando como de textos. Cuando encontraban algún rollo, lo confiscaban y lo llevaban en depósito a la Biblioteca, donde los amanuenses se encargaban de copiarlo. Una vez hecha esta labor, el rollo era generalmente devuelto a sus dueños. El valor de estas copias era altísimo y muy estimado. La Biblioteca de Alejandría llegó a ser la depositaria de las copias de todos los libros del mundo antiguo. Allí fue donde realmente se llevó a cabo por primera vez el arte de la edición crítica.

Fragmento de la Biblia de los Setenta, traducida del hebreo en Alejandría.

Los libros[editar]

Se sabe que en la biblioteca se llegaron a depositar el siguiente número de libros:

Cada uno de estos volúmenes era un manuscrito que podía versar sobre temas diferentes. Se cree que allí estaban depositados tres volúmenes con el título de Historia del mundo, cuyo autor era un sacerdote babilónico llamado Beroso, y que el primer volumen narraba desde la creación hasta el diluvio, periodo que según él había durado 432.000 años, es decir, cien veces más que en la cronología que se cita en el Antiguo Testamento. Ese número permitió identificar el origen del saber de Beroso: la India (ver iuga). También se sabe que allí estaban depositadas más de cien obras del dramaturgo griego Sófocles, de las que sólo han perdurado siete.[7]

Los bibliotecarios[editar]

A finales del siglo XIX se encontraron en el yacimiento de Oxirrinco, en el pueblo de El-Bahnasa (pequeño pueblo a 190 km al sur de El Cairo, en Egipto) miles de papiros que fueron estudiados a fondo por los eruditos. En algunos de ellos se hablaba de la famosa Biblioteca y se daba una lista de nombres de varios directores o bibliotecarios a partir del año de su fundación:[8]

Los nombres griegos de los directores de la biblioteca fueron variando con la época: primero fueron llamados próstates, luego se los denominó bibliofýlax, epistátes, y, por último, tetagménos.

Bibliotecario desde hasta Principales aportes
Zenódoto de Éfeso 282 a. C. 260 a. C. (?) Estableció el sistema utilizado para guardar las existencias de la Biblioteca. Presumiblemente armó un sistema de categorías temáticas, luego asignó a los libros de cada categoría una habitación o parte de una habitación para colocar los rollos en una estantería por autor según orden alfabético.
Calímaco de Cirene (?) 260 a. C. (?) 240 a. C. (?) Creó las tablas Pinakes, cuyo título completo fue las «Tablas de Personas Eminentes en cada una de las ramas del aprendizaje, junto con una Lista de sus escritos».[9]
Andrónico de Rodas (?) 240 a. C. (?) 230 a. C. (?) Puso el nombre de «metafísica» a los libros de Aristóteles al situarlos en la Biblioteca «más allá» o «detrás» de los libros de la Física.[10]
Eratóstenes de Cirene 230 a. C. (?) 195 a. C. Agregó un registro significativo del trabajo matemático de la Biblioteca del Museo. Organizó los datos de los registros precisos del Mediterráneo guardados por el navegante Piteas, y pudo construir el primer mapa del mundo conocido basado en hechos científicamente comprobados. Además, hizo aumentar el número de volúmenes de la Biblioteca en una cantidad considerable.[11]
Aristófanes de Bizancio 195 a. C. 180 a. C. Fueron importantes sus aportes en la edición crítica de textos, la filología, la gramática y la lexicografía.[12]
Apolonio Eidógrafo (?) 180 a. C. 160 a. C. (?) Fue uno de los mayores conocedores de la obra de Homero. Escribió poco más de ochocientos tratados con comentarios críticos.[13]
Aristarco de Samotracia 160 a. C. (?) 131 a. C. Elaboró el principio básico del método histórico-gramatical, según el cual, la mejor guía en el uso y en la corrección de los textos transmitidos de un autor, es el corpus de sus propios escritos; de manera que, siempre que sea posible, las dificultades de comprensión encontradas en la lectura, deberán ser explicadas refiriéndose a otros pasajes del mismo autor.[14]

No se puede hablar propiamente de Demetrio de Falero como bibliotecario, ya que la biblioteca como tal fue fundada tras su muerte. La inclusión como bibliotecarios de Calímaco de Cirene y Apolonio de Rodas tiene poca autoridad y parece cronológicamente imposible.[cita requerida] Más allá del año 131 a. C., las fechas se tornan bastante inciertas.

Los sabios[editar]

Los sabios que estudiaban, criticaban y corregían obras se clasificaron a sí mismos en dos grupos: filólogos y filósofos.

  • Los filólogos estudiaban a fondo los textos y la gramática. La Filología llegó a ser una ciencia en aquella época, y comprendía otras disciplinas, como la historiografía y la mitografía.
  • Los filósofos eran todos los demás, ya que la Filosofía abarcaba las ramas del pensamiento y la ciencia: física, ingeniería, biología, medicina, astronomía, geografía, matemáticas,literatura, y lo que nosotros llamamos filosofía.
Tornillo hidráulico, aplicación de los estudios de Arquímedes.

Entre ellos se encontraban personajes tan conocidos como Arquímedes, el más notable científico y matemático de la antigüedad; Euclides que desarrolló allí su Geometría; Hiparco de Nicea, que explicó a todos la Trigonometría, y defendió la visión geocéntrica del Universo; Aristarco, que defendió todo lo contrario, es decir, el sistema heliocéntrico siglos antes de Copérnico; Eratóstenes, que escribió una Geografía y compuso un mapa bastante exacto del mundo conocido; Herófilo de Calcedonia, un fisiólogo que llegó a la conclusión de que la inteligencia no está en el corazón sino en el cerebro; los astrónomos Timócaris y Aristilo; Apolonio de Pérgamo, gran matemático, que escribió en Alejandría Sobre las secciones cónicas; Apolonio de Rodas, autor de las Argonáuticas; Herón de Alejandría, un inventor de cajas de engranajes y también de unos aparatos movidos por vapor: es el autor de la obra Autómata, la primera obra conocida sobre robots; el astrónomo y geógrafo Claudio Ptolomeo; Galeno, quien escribió bastantes obras sobre el arte de la curación y sobre anatomía.

Testimonios[editar]

Estrabón.

Todo lo que se sabe en la actualidad sobre la historia de la antigua biblioteca se debe a algunas referencias de posteriores escritores, a veces de gente que incluso la llegó a conocer, pero son alusiones de pasada, no hay nada dedicado en exclusiva a comentar o describir el edificio o la vida que en ella se desarrollaba.

  • El geógrafo y gran viajero griego Estrabón (c. 63 – c. 24 a. C.) hizo una pequeña descripción, pues parece ser que estuvo en Alejandría a finales del siglo I a. C. Hablaba del Museo y dice que consta de una exedra (εξεδρα), es decir, una obra hecha al descubierto, de forma circular y con unos asientos pegados a la parte interior de la curva. Cuenta que también vio una estancia muy amplia donde se celebraban las comidas de los sabios y los empleados. Y habla también de la biblioteca, de la gran biblioteca, algo «obligatorio» en el Museo.
  • Aristeas, en el siglo II a. C., habló en las cartas dirigidas a su hermano Filócrates de la biblioteca y de todo el asunto de la traducción de los LXX[15] (véase Curiosidades y anécdotas, más abajo).
  • Marco Anneo Lucano, historiador del siglo I, natural de Hispania y sobrino de Séneca, cuenta en su célebre Farsalia cómo ocurrió el incendio del puerto, cómo se propagaron las llamas ayudadas por el viento, que no cesaba, desde los barcos también incendiados y anclados en el gran puerto oriental.
  • Tito Livio dice en sus referencias que la biblioteca de Alejandría era uno de los edificios más bellos que él había visto, con muchas salas llenas de estantes para los libros y habitaciones donde sólo los copistas podían estar, sin que fueran molestados. Incluso apunta el hecho de que cobraban por cada línea copiada.
  • Lucio Anneo Séneca, filósofo cordobés y tío de Lucano (poeta cordobés), en el siglo I, escribió un libro llamado De tranquilitate animi. En él cuenta, a través de una cita de Tito Livio, que en aquel incendio se llegaron a quemar 40.000 libros.
  • El biógrafo Plutarco (c. 46-125) viajó en varias ocasiones a Egipto, donde en Alejandría debió escuchar muchas historias sobre el famoso incendio. Escribió una biografía sobre Julio César y al tratar sobre la batalla en el mar, en ningún momento cuenta el incendio de la biblioteca, ya que en el desastre estaba implicado César y parece ser que no quiso manchar su nombre con aquel hecho. El mismo Julio César, en su obra Bellum civile donde habla de aquella batalla, omite por completo el incendio de la biblioteca. Otros escritores de la misma época también silencian la relación de César con el incendio de Alejandría.
  • Mucho más tarde, en el siglo IV, San Juan Crisóstomo hace una relación del estado en que se encontraba en aquellos años la brillante ciudad de Alejandría, y comenta que la desolación y destrucción son tales que no se puede adivinar ni el lugar donde se encontraba el Soma (el mausoleo de Alejandro) ni la sombra de la gran Biblioteca.
  • En el siglo XV, un escriba se molestó en traducir al latín los comentarios de Juan Tzetzes (c. 1110 – c. 1180), que fue un filólogo bizantino. Dichos comentarios estaban tomados de la obra Prolegómenos a Aristófanes. Tzetzes habla en ellos acerca de la Biblioteca.

La enciclopedia bizantina denominada Suda[16] recopila un conjunto de informaciones procedentes de toda la Antigüedad grecolatina.

Destrucción[editar]

Atribución del incendio a Julio César[editar]

Suele afirmarse que la primera gran destrucción que sufrió la Biblioteca de Alejandría fue la perpetrada por los romanos: Julio César, en persecución de Pompeyo, derrotado en Farsalia, llegó a Egipto para encontrarse con que su antiguo compañero y yerno había sido asesinado por orden de Potino, el visir del rey Ptolomeo XIII Filópator, para congraciarse con su persona. Egipto padecía una guerra civil por la sucesión del trono, y pronto César se inclinó a favor de la hermana del rey, Cleopatra VII. Consciente de que no podría derrotar a Roma, pero sí a César, y ganarse la gratitud de sus rivales en el Senado, Potino le declaró la guerra. El 9 de noviembre del 48 a. C., las tropas egipcias, comandadas por un general mercenario llamado Aquilas (antiguo centurión), asediaron a César en el palacio real de la ciudad e intentaron capturar las naves romanas en el puerto. En medio de los combates, teas incendiarias fueron lanzadas por orden de César contra la flota egipcia, reduciéndola a las llamas en pocas horas. Aunque según la versión del propio Julio César en su Bellum Alexandrinum la ciudad apenas si se vio afectada, "por estar construidos los edificios sin maderas en que pudiera cebarse el fuego".

No obstante, según otras fuentes clásicas este incendio se habría extendido hasta los depósitos de libros de la Gran Biblioteca, que se encontraba en el barrio de Bruquión, cercano al puerto. Séneca confirma en su De tranquilitate animi la pérdida de 40.000 rollos en este desafortunado incidente («quadraginta milia librorum Alexandriae arserunt»), citando su fuente, el perdido libro CXII de Tito Livio, quien fue contemporáneo del desastre. Paulo Orosio reitera en pleno siglo V esta cifra en su Historiarum adversum paganos: «...al invadir las llamas parte de la ciudad consumieron cuarenta mil libros depositados por casualidad en los edificios... »[17] Dión Casio[18] alude a la destrucción de los almacenes (apothekai) del puerto, algunos de los cuales contenían rollos. Por su parte, Plutarco de Queronea[19] es el primero en mencionar de modo explícito la extensión del fuego a la gran Biblioteca de Alejandría como si hubiera quedado reducida a cenizas para siempre, y no sólo una destrucción parcial. Sin embargo, tan tajante afirmación de Plutarco acerca del incendio de la Biblioteca parece tener origen en un error filológico, provocado por el cambio de significado de término griego bibliotheke a finales del siglo I y principios del II. La palabra perdió su connotación de «biblioteca» para significar «colección de libros» (como la Biblioteca histórica de Diodoro Sículo). Entretanto, «biblioteca» se designaría como apothekai tôn bibliôn (literalmente: ‘almacén de libros’), y el diferente significado atribuido a estos términos habría dado lugar a la confusión. Aulo Gelio,[20] y el muy posterior Amiano Marcelino[21] aportaron una información similar a la anterior, siendo víctimas del mismo error de significado, probablemente repetido por la ignorancia o la credulidad de sus contemporáneos.

Hay dudas sobre si los tesoros de la Gran Biblioteca resultaron destruidos en el incendio del año 48 a. C., como llegaron a afirmar algunos historiadores clásicos. Los famosos 400.000 tomos que habrían ardido podrían ser en realidad unos 40.000, depositados en almacenes del puerto, probablemente en espera de ser catalogados para la Biblioteca, o para su exportación a Roma, tal como indican el Bellum Alexadrinum, Séneca y Dión Casio.

Inscripción de Tiberio Claudio Balbilo, confirmando la existencia de la Biblioteca en el siglo I, tal como afirman las fuentes clásicas.

Supervivencia de la Biblioteca[editar]

Después del desastroso incendio, la muerte de César y del ascenso de Augusto, Cleopatra VII se refugió en la ciudad de Tarso (en la actual Turquía) junto con Marco Antonio. Fue entonces cuando el triunviro le ofreció los 200.000 manuscritos traídos desde la biblioteca de Pérgamo (en Asia Menor), que Cleopatra depositó en la biblioteca como compensación por cualquier posible pérdida.

La existencia de la Biblioteca tras su supuesta destrucción queda confirmada por una inscripción hallada a principios del siglo XX, dedicada a Tiberio Claudio Balbilo (56). Balbilo desempeñaba un cargo «supra Museum et ab Alexandrina bibliotheca» combinando la dirección del Museo y la Biblioteca como si se tratara de una academia.[22]

Cayo Suetonio Tranquilo tampoco dice nada de la destrucción de la Gran Biblioteca. Es más, en la biografía de Claudio refiere que el Emperador, tras escribir en griego una historia de los etruscos y otra sobre los cartagineses (hoy perdidas), quiso celebrar la escritura de estos libros y creó un anexo del Museo:

…añadió al antiguo Museo de Alejandría otro nuevo que llevaba su nombre y se estableció que todos los años, en determinados días, se habría leer en las salas públicas de recitación, en uno de los museos, la historia de los etruscos, y la de los cartagineses en el otro, ambas, y cambiando de lector a cada libro...

[23]

Ello da a entender de manera más que manifiesta que el viejo Museo seguía existiendo y en pleno funcionamiento. El mismo Suetonio, al narrar la vida de Domiciano, indica que mandó restaurar con grandes gastos bibliotecas incendiadas a lo largo y ancho del Imperio, haciendo buscar por todas partes nuevos ejemplares de las obras perdidas, y «envió a Alejandría una misión para sacar esmeradas copias o corregir los textos».[24]

Un tercer testimonio es el de Ateneo de Naúcratis (c. 200) que escribió detalladamente en su Deipnosophistae sobre la riqueza de Ptolomeo II, y el número y poderío de sus flotas. Pero al llegar al Museo y a la Gran Biblioteca, dice:

¿Para qué referirse a los libros, al establecimiento de las bibliotecas y las colecciones en el Museo, cuando están en la memoria de todo hombre?

Los desastres de los siglos III y IV[editar]

Sin embargo, durante el siglo II y a lo largo del III, una serie de desastres se abatieron sobre la antigua capital de los Ptolomeos: en primer lugar, la Guerra de Kitos (115-7), en que los rebeldes judíos destrozaron buena parte de la urbe egipcia. Posteriormente, la llamada Guerra Bucólica (172-5) también se extendió hasta Alejandría. A ésta siguieron la rebelión de los usurpadores Avidio Casio (175) y Pescenio Níger (193-4); el brutal saqueo de Alejandría por capricho de Caracalla (215); la pléyade de tumultos y revueltas civiles y militares que hubo durante la Anarquía Militar a raíz de la crisis económica y la aplastante presión fiscal; los ataques de los blemmíes… La ciudad fue destrozada por Valeriano (253); de nuevo en 269, cuando se dio la desastrosa conquista de la ciudad por Zenobia, reina de Palmira; y en el 273, cuando Aureliano, al reconquistarla para los romanos, saqueó y destruyó completamente el Bruchión, desastre que necesariamente hubo de afectar al Museo y la Biblioteca, y que probablemente fuera la causa de su destrucción. Se dice que en aquella ocasión los sabios griegos se refugiaron en el Serapeo, que nunca sufrió con tales desastres, y otros emigraron a Bizancio. Finalmente, en 297 la revuelta del usurpador Lucio Domicio Domiciano acabó con Alejandría tomada y saqueada por las tropas de Diocleciano, tras un asedio de ocho meses (victoria conmemorada por el llamado «Pilar de Pompeyo»). Se dice que tras la capitulación de la ciudad, Diocleciano ordenó que la carnicería continuara hasta que la sangre llegara a las rodillas de su caballo. La accidental caída de éste libró a los alejandrinos de la muerte, y para conmemorar el hecho erigieron una estatua al caballo. Se sabe asmismo que Diocleciano ordenó quemar millares de libros relacionados con la alquimia y las ciencias herméticas, para evitar que alguien pusiera en peligro la estabilidad monetaria que a duras penas se había conseguido restaurar.

En 330, con la fundación de la nueva capital imperial, Constantinopla, es probable que lo que restara de su contenido fuera incautado por las autoridades imperiales y trasladado a la Nueva Roma. Para colmo, entre 320 y 1303 hubo 23 terremotos en Alejandría. El del 21 de julio de 365 fue particularmente devastador. Según las fuentes, hubo 50.000 muertos en Alejandría, y el equipo de Franck Goddio del Institut Européen d´Archéologie Sous-Marine, ha encontrado en el fondo de las aguas del puerto cientos de objetos y pedazos de columnas que demuestran que al menos el veinte por ciento de la ciudad de los ptolomeos se hundió en las aguas, incluyendo el Bruchión, supuesto enclave de la Biblioteca.

Es probable que la Biblioteca original de los Tolomeos fuera destruida en alguno de estos desastres, restando tan sólo parte de su contenido -unos 40.000 rollos- custodiados en una biblioteca secundaria ubicada en el complejo del Serapeum, templo dedicado al dios Serapis, patrón de la ciudad.

Los cristianos[editar]

Volumen del siglo V que ilustra la destrucción del Serapeum por Teófilo.

Por lo que se refiere a esta segunda Biblioteca, también conocida como Biblioteca-hija o Biblioteca del Serapeo, a finales del siglo IV, el emperador Teodosio el Grande, en respuesta a una petición del patriarca de Alejandría, envió un decreto de prohibición contra el paganismo en Egipto: en el año 391, el patriarca Teófilo de Alejandría promovió una revuelta durante la cual el templo de Serapis resultó asaltado pues en él Diocleciano, tras el saqueo de la ciudad, había mandado erigir en su honor una columna conmemorativa en su calidad de dios viviente, y este emperador resultaba la personificación de las persecuciones contra los cristianos, por lo que en el lugar se consagró como iglesia dedicada a San Juan Bautista la cual subsistió hasta la conquista árabe.[25]

Algunos historiadores afirman que la Biblioteca del Serapeo fue saqueada y desperdigada o destruida; otros lo ponen en duda toda vez que no nos han llegado fuentes directas de que ello sucediera y en las referencias de la revuelta se recogen múltiples detalles pero ninguna alusión se hace a la Biblioteca. Así unas décadas después el historiador romano Sócrates de Constantinopla proporciona el relato de la revuelta en el libro V de su Historia ecclesiastica, escrita alrededor del año 440:

A petición de Teófilo, obispo de Alejandría, el emperador publicó una orden para demoler los templos paganos en esa ciudad, ordenando también que debía ser puesto en ejecución bajo la dirección de Teófilo. Aprovechando la oportunidad, Teófilo se esforzó al máximo para exponer los misterios paganos al desprecio público. Y para comenzar ordenó que el Mithreum fuese limpiado y se exhibiesen los símbolos de sus sangrientos misterios, que caricaturizó en público. Luego saqueó el Serapeum, que también mostró lleno de supersticiones extravagantes, e hizo arrastrar el falo de Príapo por el foro. Así acabaron esos disturbios, con el gobernador de Alejandría, y el comandante en jefe de las tropas de Egipto ayudando a Teófilo a demoler los templos paganos.[26]

Para algunos comentaristas es lógico pensar que si se hubiese producido la destrucción de los libros por órdenes de Teófilo el relato habría recogido alguna referencia, por ello no hay acuerdo entre los historiadores en torno a la suerte que corrió la Biblioteca del Serapeo. Algunos creen que seguramente se salvaron buena parte de los fondos de la Biblioteca, toda vez que habrían sido trasladados con anterioridad, otros que ya para aquel tiempo no existía la Biblioteca como tal.

También se ha llegado a asociar la destrucción de la Biblioteca con la muerte de Hipatia de Alejandría, si bien no hay ninguna referencia literaria que vincule ambos sucesos. Su asesinato tuvo lugar en el año 416, la Gran Biblioteca no sobrevivió más allá del siglo III, o quizá del IV, y su sucesora, la Biblioteca-hija del Serapeo en todo caso de haber desaparecido en este periodo lo habría hecho con mayor probabilidad en el año 391. Por otra parte según las fuentes, Hipatia enseñaba a sus discípulos en su propia casa, no constando que tuviera un vínculo directo con la institución, y fue asaltada en la calle y llevada al Cesáreo, donde fue asesinada, no al Serapeo.

En cualquier caso, no sería extraño que el contenido de la Biblioteca del Serapeo fuera dañado por las sucesivas algaradas que sufrió la ciudad en esta época, la cual era famosa en la antigüedad por la naturaleza levantisca y pendenciera de sus habitantes. A lo largo de los siglos IV y V fueron frecuentes los motines populares, que provocaron la muerte a dos obispos cristianos, Jorge y Proterio, en el 361 y 457 respectivamente, la de la filósofa Hipatia (415 ó 16) o la del Prefecto imperial Calisto en 422.

Sea como fuere, la cuestión dista mucho de estar clara, puesto que, si bien es cierto que en 416, el teólogo e historiador hispanorromano Paulo Orosio vio con mucha tristeza los restos de la biblioteca del Serapeo, confirmando que «sus armarios vacíos... fueron saqueados por hombres de nuestro tiempo».;;[27] no lo es menos que en pleno siglo VI, el filósofo alejandrino Amonio de Hermia (c.440-c.520) llega a describir la Biblioteca y los libros que contenía, recogiendo, por ejemplo, que custodiaba dos copias de Las Categorías de Aristóteles, como si aún existiera por entonces, lo que arroja serias dudas sobre su destrucción o pervivencia.

Los musulmanes[editar]

Ruinas del Serapion

En el siglo VI hubo en Alejandría luchas violentas entre monofisitas y melquitas y más tarde aún, en el 616 los persas de Cosroes II tomaron la ciudad. Alejandría seguía siendo, no obstante, una de las mayores metrópolis mediterráneas en el momento de la conquista musulmana, en 642, tras 14 meses de asedio. El historiador Eutiquio cita una carta escrita el viernes de la luna nueva de Moharram del año vigésimo de la Hégira[28] donde el comandante musulmán Amr ibn al-As, al entrar en la ciudad, se dirigió al segundo sucesor de Mahoma, el califa Umar ibn al-Jattab e hizo un inventario de lo encontrado en la ciudad de Alejandría: «4.000 palacios, 4.000 baños, 12.000 mercaderes de aceite, 12.000 jardineros, 40.000 judíos y 400 teatros y lugares de esparcimiento».

El cronista y pensador Ibn al-Qifti, afirmó en la Crónica de los sabios que Amr se entrevistó con el comentarista Juan Filópono, quien le pidió tomar una decisión sobre el futuro de los libros de la Biblioteca debido a que las actividades de este lugar estaban momentáneamente suspendidas. Amr no se atrevió a responder, y prefirió enviar otra misiva al califa, pidiendo instrucciones. La epístola tardó más de treinta días en llegar a las manos del polémico Omar, quien estaba ocupado para ese entonces en sus conquistas y en la redacción escrita del Corán. Pasados treinta días más, Amr recibió la respuesta través de un mensajero y leyó a Filópono la decisión de Omar:

Con relación a los libros que mencionas, aquí está mi respuesta. Si los libros contienen la misma doctrina del Corán, no sirven para nada porque repiten; si los libros no están de acuerdo con la doctrina del Corán, no tiene caso conservarlos.[29] [30]

Amr lamentó este criterio, pero fue obediente, según el historiador Abd al-Latif, y no vaciló en cumplir la orden recibida, con lo que la biblioteca de Alejandría fue incendiada y totalmente destruida. Añade Ibn al-Qifti que los papiros sirvieron como combustible para los baños públicos por espacio de seis meses.[31] [32]

La historia de la quema de la biblioteca del Serapeum a manos de los árabes está recogida en los escritos de bastantes autores árabes antiguos como Ibn Al-Nadim (c. 950-995) o el padre de los historiadores egipcios Al Makrizi (1364–1442); igualmente en su libro Prolegómenos, el historiador andalusí Ibn Jaldún (1332-1406) apoya esta versión. Aunque para otros historiadores más modernos este episodio no constituye más que una leyenda.

La primera noticia que llegó a Occidente sobre el supuesto acontecimiento figura en la traducción que Edward Pococke hizo en 1663 de Specimen historiæ arabum de Bar Hebraeus, que en 1713 fue considerada una falsedad por Eusèbe Renaudot. Posteriormente muchos eruditos han coincidido con la opinión de Renaudot, como Alfred J. Butler, Victor Chauvin, Paul Casanova y Eugenio Griffini.[32] En apoyo de esta opinión hay varios datos:

  1. No se conserva ningún testimonio coetáneo de los hechos. Abd al-Latif e Ibn al-Qifti vivieron entre los siglos XII y XIII, e Ibn Al-Nadim en el X, es decir, al menos tres siglos después al acto, y no hay datos para afirmar que recogieran los antecedentes de textos más antiguos.
  2. La versión de al-Qifti no pude ser correcta, al menos en lo que a la participación de Juan Filópono se refiere, pues éste no pudo conversar con Amr, ya que vivió en el siglo VI y no en el VII.

En 1990 Bernard Lewis argumentó que la historia era falsa, justificando que sobreviviera porque era un mito útil para el caudillo del siglo XII Saladino, que lo encontró necesario para eliminar los textos ismailistas de la colección fatimita de El Cairo, en su lucha por la restauración del sunismo en Egipto. Lewis sugiere que las historias sobre la destrucción de la biblioteca por el califa Umar ibn al-Jattab hacían más aceptables las acciones de Saladino ante su pueblo.[33]

Pese a la abierta controversia al respecto, en todo caso es probable que los musulmanes destruyeran gran número de libros, fueran de la Gran Biblioteca o no, al igual que hicieron en otras ciudades de Oriente Próximo, como Cesarea de Palestina, cuya biblioteca contenía la mayor colección de textos cristianos, o en Gaza, sede de una importante universidad en época tardoimperial. Alejandría mantuvo su importancia cultural en los siglos V y VI, y sin duda mantuvo una floreciente producción literaria.

En todo caso la ciudad egipcia abrió sus puertas a una expedición romana de auxilio en 645, pero al año siguiente cayó nuevamente en manos musulmanas. A partir de entonces la importancia y población de la ciudad cayeron en picado, en beneficio de la nueva capital de los conquistadores, Fustat (El Cairo), perdiéndose todo rastro de la Biblioteca.

Vista exterior.

La Biblioteca en el siglo XX[editar]

En el año 1987 salió a la luz un ambicioso proyecto cultural: construir una nueva biblioteca —la Bibliotheca Alexandrina— en la ciudad de Alejandría para recuperar así un enclave mítico de la Antigüedad, patrimonio de la Humanidad. Esto ocurría 1.600 años después de la desaparición definitiva de aquellas grandes colecciones del saber. Para llevar a cabo semejante proyecto se unieron los esfuerzos económicos de diversos países europeos, americanos y árabes, más el gobierno de Egipto y la Unesco.[34]

Véase también[editar]

Notas y referencias[editar]

  1. Fecha de inauguración
  2. Kardec, Allan, El libro de los espíritus, p. 352.
  3. La Biblioteca descubierta.
  4. Leonard Whibley (1916): A Companion to Greek Studies p. 123.
  5. W.W. 1928. Ptolemy II. The Journal of Egyptian Archaeology, 14 (3/4), 246-260.
  6. Erksine, Andrew. 1995. Culture and Power in Ptolemaic Egypt: The Museum and Library of Alexandria. Greece & Rome, 2nd ser., 42(1), 38-48.
  7. Leonard Whibley (1916): A Companion to Greek Studies, pp. 122–123.
  8. Leonard Whibley (1916): A Companion to Greek Studies, pp. 122–123
  9. Casson Lionel: Libraries in the Ancient World, ISBN 0-300-08809-4, Yale University Press, 2001.
  10. Moreno Villa, Mariano. Filosofia. Vol. III: Ética, Politica E Historia de la Filosofia (MAD-Eduforma. Sevilla: 2003), p. 456
  11. Padilla Segura, José Antonio. Universidad: Génesis y Evolución (Universidad Nac. del Litoral. San Luis de Potosí, México: 2000) pp. 54-55
  12. Diálogos de Platón. Tomo VI (Ediciones Ibéricas y L.C.L., 1/01/1995), p. 461
  13. Martínez Pérez, Patricia Verónica. Realidad Bibliotecaria, «Bibliotecarios famosos de la Biblioteca de Alejandría» (San Miguel, El Salvador: 2010), p. 9
  14. Ferraris, Maurizio. Historia de la Hermenéutica (Editorial Siglo XXI, 1/01/2002), p. 16
  15. Cartas de Aristeas 9–12
  16. Edición on-line de la Universidad de Kentucky, (en inglés)
  17. VI, 16, 31-33.
  18. XLII, 38, 2-5.
  19. César, XLIX, 3, 2-3.
  20. VII, 17, 3.
  21. XXII, 16, 13.
  22. Handbuch der Bibliothekswissenschaft. Wiesbaden: Georg Leyh, 1955.
  23. Suetonio, Claudio, 42.
  24. Suetonio, Domiciano, 20.
  25. Gibbon, Edward; The History of the Decline and Fall of the Roman Empire capítulo XXVIII: "Destruction of Paganism", secciones "The temple of Serapis at Alexandria" y "Its final destruction, A.D. 389" (en inglés)
  26. Socrates Scholasticus, Historia ecclesiastica libro V, capítulo XVI (en inglés)
  27. Paulo Orosio Historiarum Adversum Paganos libri septem, libro VI (en latín)
  28. 22 de diciembre de 642)
  29. Butler, Alfred J. (2007). Arab Conquest of Egypt. Read Books. ISBN 1-4067-5238-X. 
  30. ¿Quién quemó la Biblioteca de Alejandría?
  31. Es posible que los libros se emplearan para encender los fuegos, restringiendo el número de libros quemados a una cierta cantidad diaria.
  32. a b Informe Straight Dope: ¿Qué ocurrió con la gran biblioteca de Alejadría?
  33. Lewis, Bernard. "The Vanished Library". The New York Review of Books. 37(14). 27 September 1990.
  34. Bibliotheca Alexandrina (en inglés).

Bibliografía[editar]

  • Aguado Bleye, Pedro (1935, 2ª edición). Curso de Historia para segunda enseñanza, tomo I. Madrid. 
  • Canfora, Luciano (1998). La biblioteca desaparecida. Ediciones Trea, Gijón. 
  • El-Abbadí, Mustafá (1994). La antigua biblioteca de Alejandría: vida y destino. Traducido por José Luis García-Villalba Sotos. Madrid: Unesco. ISBN 84-89139-00-8. 
  • Escolar Sobrino, Hipólito (2001 (3ª edición 2003)). La biblioteca de Alejandría. Madrid: Editorial Gredos. ISBN 978-84-249-2294-8. 
  • García Maza, Julia (1997). Siempre estuvimos en Alejandría. Madrid: Asociación de Amigos de la Biblioteca de Alejandría. ISBN 84-7952-184-8. 
  • Lerner, Fred (1999). Historia de las bibliotecas del mundo: desde la invención de la escritura hasta la era de la computación. Traducido por Inés Frid. Buenos Aires: Troquel. ISBN 950-16-2061-1. 
  • Luminet, Jean-Pierre (2002). El incendio de Alejandría. Ediciones B, México. ISBN 84-666-1319-6. 
  • Maris Fernández, Stella (1998). Retablo de bibliotecas. Buenos Aires: Sociedad de Investigaciones Bibliotecológicas. ISBN 987-97102-2-3. 
  • Revista de Arqueología 230, año XXI. Madrid. 
  • Sagan, Carl (1982). Cosmos. Planeta, Barcelona-Madrid (España). 
  • Seignobos, Charles (1930). Historia Universal Oriente y Grecia. Daniel Jorro, Madrid. 

Enlaces externos[editar]

Coordenadas: 31°12′32″N 29°54′33″E / 31.20889, 29.90917