Julio César Arana del Águila

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Julio César Arana
Julio C. Arana.jpg
Nombre Julio César Arana
Nacimiento 1864
Rioja, Bandera del Perú Perú
Fallecimiento 1952
Lima, Bandera del Perú Perú
Ocupación empresario (cauchero) y político

Julio César Arana del Águila (Rioja, San Martín, 1864 - Magdalena del Mar, Lima, 1952). fue un empresario cauchero y político peruano. Amasó una cuantiosa fortuna con la explotación del caucho en la región amazónica. Su empresa, la Casa Arana, se convirtió en 1907 en la Peruvian Amazon Rubber Company, con participación de capitales británicos y con sede en Londres. Al desatarse los llamados “escándalos del Putumayo”, en la región fronteriza entre Perú y Colombia, fue sindicado como el responsable de la explotación y la muerte de miles de indios amazónicos, a los que empleaba como trabajadores esclavizados. Los resultados de una investigación realizada por Roger Casement, a instancias del gobierno británico, motivó que fuera procesado judicialmente, pero el inicio de la primera guerra mundial frustró el proceso. Llegó a ser senador por Loreto y presidente de la Cámara de Comercio de esa región.

Empresario del caucho[editar]

Hijo de un sombrerero, solo tuvo estudios elementales. Se inició en el comercio y la explotación del caucho y otros productos, en Yurimaguas, en plena selva peruana, a partir de 1881. La explotación del cauchó, a finales del siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX había despertado en toda esa zona la llamada fiebre del caucho.

En 1889, se trasladó a Iquitos y en algunos años amplió sus operaciones caucheras en las riberas del Putumayo.

La cercanía de la zona con Colombia le permitió enlazarse con compañías de ese país, como Larrañaga, Ramírez y Cía., de La Chorrera, entre otras, cuyas explotaciones se realizaban en la riberas del río Igaraparaná y el río Caraparaná, afluentes del río Putumayo.

En 1899, Arana observó que a lo largo del Putumayo, zona toda ella cauchera, había una extensa población indígena; imaginó entonces las grandes ventajas que le reportarían una mano de obra esclava a fin de competir hasta la destrucción de sus rivales más inmediatos, los Casa Suárez, Fitzcarrald, Vaca Díez y demás "siringueros" o extractores de caucho. Aprendió los procedimientos criminales de la "Calderón", compañía cauchera del Putumayo que, a partir de 1900, esclavizaba a los indígenas para colocarse en envidiable situación productiva. Los infelices habitantes naturales de las riberas de los ríos Cara-paraná, al alto Cahuinarí e Igara-paraná –es decir, los huitoto, andoque, bora y nonuya– fueron utilizados para la extracción de goma, su carga y transporte y los oficios propios de los campamentos. Sus tradiciones como el cultivo, la caza y otras actividades propias de sus comunidades les fueron entonces prohibidas.[1]

Sus éxitos comerciales catapultaron a Arana a la alcaldía de Iquitos en 1902. A partir de esa fecha asumió diversos cargos públicos, entre ellos el de presidente de la Cámara de Comercio y de la Junta Departamental.

La bonanza de sus negocios lo llevó a instalar una sucursal en Manaos, Brasil, en 1903, con la intención de evitar la intromisión de agentes comisionistas. Dueño ya de una sustanciosa fortuna, constituyó la sociedad J.C. Arana y Hnos. y rápidamente adquirió la cesión de derechos de los ocupantes de muchos gomales, llegando a tener hasta 45 centros de recolección. No bastándole los negocios en territorio peruano, abrió exitosamente agencias en Londres y Nueva York, sustituyendo la sociedad familiar por la Peruvian Amazon Rubber Company, constituida en Londres en 1907 y respaldada con un capital de £ 1.000.000. En esta nueva compañía se mantuvo como gerente, asesorado por cuatro directores ingleses.

Su creciente poder le permitió adquirir gran número de explotaciones caucheras en la margen colombiana del Putumayo. Sus anteriores propietarios alegaron ante el gobierno colombiano que el método de adquisición de Arana consistía en la amenaza directa con sus hombres armados. El Gobierno colombiano desoyó estas protestas. Los competidores de Arana contribuyeron entonces a difundir su fama de desalmado genocida. Esta imagen del cauchero sin escrúpulos sirve al argumento, años después, de la novela "La vorágine", del colombiano José Eustasio Rivera, cuyo escenario es la frontera del Perú y Colombia. Rivera se valió de testimonios directos para escribir su célebre relato.

En las explotaciones caucheras de la Peruvian Amazon Rubber Co., guardias armados obligaban a los indígenas al trabajo sin descanso. Había allí dependencias donde se les torturaba si no aportaban las cantidades de caucho requeridas. Latigazos, mutilaciones, un tronco convertido en cepo para pies y manos, la muerte por inanición, insolación o incineración... tal era la suerte de los infelices indígenas bajo los esbirros de los Arana.

Documentación de su servicio[editar]

El esquema empresarial de Arana y otros caucheros no era viable sin una política de terror, crueldad y sadismo hacia las tribus indígenas. La explotación del caucho a escala multinacional requería de cientos de trabajadores sin apenas retribución, producción constante y el dominio de una zona que no importaba mucho a ningún gobierno.

El autor Wade Davis hace un recuento de algunos de los hechos más horripilantes en su libro El río, exploraciones y descubrimientos en la selva amazónica:

"En 1904 contrató a doscientos guardianes de Barbados y les encomendó la tarea de acorralar a cualquiera que intentara escapar (...) Los caucheros, a quienes se les permitía 'civilizar' a los indios, atacaban al alba, atrapando a sus víctimas en las malocas y ofreciéndoles regalos como excusa a su esclavitud. Una vez en garras de deudas que no podían comprender y a riesgo de la vida de sus familias, los huitotos trabajaban para producir una sustancia que no podían usar. Los que no cumplían con su cuota, los que veían que la aguja de la balanza no pasaba de la marca de los diez kilos, caían de bruces a la espera del castigo. A unos los golpeaban y azotaban, a otros les cortaban las manos o los dedos. Se sometían, porque si oponían resistencias sus esposas y sus hijos pagarían por ello."[2]

Un joven ingeniero ferroviario estadounidense, Walter Hardenburg, ese mismo año, de paso por el Putumayo, presenció también grandes vejaciones y asesinatos a los nativos y homicidios y persecución a los colombianos. El 12 de enero de 1908 presenció la "adquisición" por parte de empleados de la Casa Arana, de las últimas propiedades colombianas en el Cara-paraná. Las víctimas: David Serrano, propietario de La Reserva, Ildefonso González, dueño de El Dorado, y los propietarios de La Unión, Ordóñez y Martínez. Una vez en que apareció el vapor "Liberal", acompañado por la lancha de guerra "Iquitos" con 85 hombres de la guarnición de esa ciudad en predios de La Unión, los peruanos fueron recibidos por los colombianos Duarte y Prieto, quienes conocedores de la violencia de los militares y empleados de los Arana, de inmediato ordenaron el retiro de las tropas peruanas. Los de la Casa Arana sonriendo les dijeron que venían en son de paz para hacerles una oferta. Estaban dispuestos a pagar veinte mil libras esterlinas por todo, con el fin de que los colombianos se retiraran de la zona. Los colombianos sonríen nerviosamente y tratan de ganar tiempo para lograr los abastecimientos que vienen en el vapor "Liberal" de los asaltantes. De inmediato desapareció la amabilidad peruana. Querían todo el caucho producido o lo tomaban por la fuerza. Tras un infernal tiroteo, algunos colombianos cayeron y los demás corrieron a buscar refugio en la selva. Los heridos fueron rematados de inmediato. Ese día murieron: el inspector de policía Primitivo Melo, Gustavo Prieto, Pedro León Santos, Juan Escobar, Ramón Castro, Francisco Duarte, Benjamín Muñoz, Abelardo Rivera, David Serrano, Vicente y Francisco Ramírez, Luís Jaramillo, Félix Lemus, Juan Ancerra, Fernando Quimbayas y muchos otros. Los peruanos se apoderaron de todo, mil arrobas de caucho, ganados, máquinas y hasta de las indias quienes les servirían sexualmente.

Davis narra así el apoderamiento del genocida Arana de las propiedades de Serrano:

En diciembre de 1907 envió a Miguel Loayza, su capataz, a El Encanto a persuadir a David Serrano, uno de los colombianos, de que abandonara su campo en La Reserva. Los peruanos atacaron de forma avasalladora, ataron a un árbol a Serrano, violaron a su esposa en su presencia y lo abandonaron a su suerte descendiendo por el río con su hijo, quien luego fue obligado a trabajar como sirviente en El Encanto. La esposa, también secuestrada, se convirtió a la fuerza en la concubina de Loayza.[3]

Ni siquiera las autoridades colombianas se salvan de los atropellos. El ingeniero Hardenburg presenció los abusos cometidos contra los inspectores Jesús Orjuela O. y Gabriel Martínez. Orjuela ante la carencia de recursos y personal para protección de los connacionales en un acto de extremo valor pero algo ingenuo, buscó mediante el dialogo acabar con los atropellos pero fue detenido en Puerto Argelia por tropas del Perú bajo el mando del capitán Ramiro de Ozman.

"El día 12 de enero de 1908, por la noche, llegaron al sitio donde me encontraba preso, la lancha de guerra "Iquitos" y el vapor mercante "Liberal" (de la Casa Arana). En la lancha venía el capitán Arce Benavides con parte de la guarnición de Iquitos, la cual ascendía a 85 hombres uniformados y venía armada con una ametralladora y dos cañones. En el vapor venían 60 empleados de La Casa Arana, de los subvencionados por el Gobierno del Perú, todos armados, y traían, además, un cañón."

"Conducido a la lancha de guerra, en donde estaban reunidos los jefes y demás empleados, me tomaron cuenta de mi conducta, por el hecho de llamarlos a un arreglo amigable, y en medio de insultos y amenazas me bajaron a empujones y golpes por la escalera, me arrojaron de cabeza entre la bodega o purón, y allí cayeron cuatro marineros encima, quienes por orden del comisario del Perú, señor Jorsi, me pusieron dos cadenas y dos grillos en los pies".

Temerosos los peruanos por el atropello a un agente del gobierno de Colombia trataron de conciliar con los comisarios nacionales, el comandante en jefe de la guarnición, señor Polack, se entrevistó con el comisario Orjuela y en tono muy amable le propuso arreglar el asunto, llevándolo al lugar donde había sido apresado y poniéndolo en completa libertad. Orjuela sin embargo no accedió a los planteamientos de Polack considerando que la nación sabría cobrar el ultraje, cometido en su persona, a la soberanía nacional y el hecho de tener al inspector del Putumayo, Gabriel Martínez preso desde hacia un mes. Le afirmó que de esto tendría noticia el gobierno de Colombia en pocos días; que nuestro territorio no neutralizado había sido invadido por fuerzas regulares del Perú y que la ofensa a Colombia estaba hecha; "que esto no lo podríamos arreglar nosotros en esa situación y que nuestro gobierno sabría pedirle explicaciones al Perú por la violación de su territorio y consiguientes crímenes cometidos dentro de él." Al no prestarse a acuerdo alguno, resolvieron remitirlo con Martínez, a Iquitos: "Volví al calabozo y el 16 de enero nos condujeron a bordo del vapor "Liberal", en donde nos encerraron en la bodega de proa, en un espacio que solo podía dar cabida a tres personas y que fue destinado para nueve prisioneros."

Sin ventilación, ni luz y con una temperatura superior a los 40 grados. Estando todos enfermos del estómago, solo se les permitían salir al excusado una vez al día lo que convirtió el reclusorio en una letrina. Tras veinte días en estas condiciones y ya en Iquitos ante el comisario en esa ciudad nuevamente se negó en cualquier tipo de arreglo o indemnización pues consideró que el gran ofendido había sido la patria colombiana.

En 1909, el periódico londinense Truth, publicó el testimonio de Hardenburg bajo el título The Devil's Paradise (El paraíso del diablo). Walter relataba con detalle sus observaciones y otros testimonios que había logrado recoger durante sus meses de estadía en Iquitos; denunció la existencia de un verdadero régimen de esclavitud en el Putumayo, en el cual los indios eran forzados a trabajar, sometidos a la tortura en el cepo y al látigo, expuestos a hambrunas y a las pestes provocadas por las precarias condiciones de trabajo, entre otras formas de represión. Algunos de los hechos relatados por Hardenburg incluían que a los indígenas

"los torturaban con fuego, agua y la crucifixión con los pies para arriba. Los empleados de la compañía cortaban a los indios en pedazos con machetes y aplastaban los sesos de los niños pequeños al lanzarlos contra árboles y paredes. A los viejos los mataban cuando ya no podían trabajar, y para divertirse, los funcionarios de la compañía ejercitaban su pericia de tiradores utilizando a los indios como blanco. En ocasiones especiales como el sábado de Pascua, sábado de gloria los mataban en grupos o, con preferencia, los rociaban con queroseno y les prendían fuego para disfrutar con su agonía".

..Los agentes de la Compañía obligan a los pacíficos indios del Putumayo a trabajar día y noche, sin la más mínima recuperación salvo la comida necesaria para mantenerlos vivos. Les roban sus cosechas, sus mujeres, sus hijos. Los azotan inhumanamente hasta dejarles los huesos al aire... Toman a sus hijos por los pies y les estrellan la cabeza contra los árboles y paredes... Hombres, mujeres y niños sirven de blanco a los disparos por diversión y en oportunidades les queman con parafina para que los empleados disfruten con su desesperada agonía...

W. Hardenburg, 1909[4]

En 1910 siguen las denuncias sobre las brutalidades de la Casa Arana y Hardenburg afirma que más 40.000 indígenas habían sido asesinados. Truth también insistió en que era una "compañía limitada inglesa con directores y accionistas ingleses". Esta verdad horrorizó al público británico.[5]

En el ámbito internacional se empezó a hablar de los "crímenes del Putumayo", a raíz de las torturas y asesinatos de indígenas cometidos por algunos empleados de las firmas caucheras, delitos que, se decía, eran conocidos por los directivos de esas empresas. Esta versión tuvo eco en Inglaterra y fue el pretexto ideal para que los ingleses intervinieran en el conflicto proclamando su interés por proteger a los nativos de la zona.

Los relatos recogidos por quienes pudieron tomar nota de ello son realmente aterradores: el cónsul inglés en Río de Janeiro, que enviara la corona para investigar: Sir Roger Casement, y algunos viajeros que pasaron por esos territorios. En sus informes se habla de atrocidades sin nombre, que van desde obligar al indígena a comer partes de su cuerpo, hasta de arrojar a los perros las cabezas de los indígenas incinerados vivos.

Todos estos problemas llevaron a Julio César Arana del Águila a defenderse ante la Cámara de los Comunes en Londres. En el juicio, su principal defensa fue presentándose como "civilizador de indios". En breve tiempo redactó diversos escritos en Inglaterra y España con la intención de apuntalar su defensa, uno de los cuales es el libro Las cuestiones del Putumayo (1913). En los procesos abiertos por estos crímenes en Colombia y el Perú, se llegó a hablar de hasta 30.000 indígenas asesinados. Finalmente, los directivos acusados en Iquitos –255 personas– no llegaron a ser juzgados y los delitos prescribieron sin que se sancionase a nadie. Los gobiernos colombianos antes de 1930, nunca hicieron algo frente a las atrocidades de la compañía de Arana, porque por un lado, poco o nada les interesaba lo que les sucediera a los indígenas, y por otro, desde los orígenes de la explotación del caucho en el Amazonas colombiano, tenían buenas relaciones con Arana. Por ejemplo, en el gobierno del general Reyes (1905-1910) el cónsul en Manaos era un cauchero peruano, y el mismo general en tiempos de juventud había tenido negocios con Arana, ya que su familia y él tenían el negocio de la explotación de la quina, y utilizaban las mismas rutas que el caucho. Por tanto, alquilaban las embarcaciones de la Casa Arana.

En la actualidad, los indígenas que habitan el norte del río Putumayo, recuerdan las historias de sus abuelos, como las más atroces que hayan vivido estas naciones, principalmente los Uitoto, pero también los Nonuya, Muinane, Andoke, Bora y Miraña.

La defensa de Arana[editar]

Los llamados “crímenes del Putumayo” tuvieron una amplia resonancia internacional, especialmente en Inglaterra, país en donde los políticos buscaban algún pretexto o excusa para intervenir en la región. Cabe señalar además el doble rasero con que los británicos actuaban al “escandalizarse” con dichos crímenes, en tiempos en que en el marco del “imperio británico” ocurrían excesos igualmente reprobables (léase Irlanda, Sur de África, Australia, Jamaica). Tampoco los Estados Unidos, país donde también llegaron los ecos estrindentes del escándalo, se libraban de tener rabo de paja, con el asunto de la reducción de los pieles rojas.

Arana debió justificarse ante la Cámara de los Comunes y publicó libros esclarecedores tanto en Reino Unido como en España, como el titulado Las cuestiones del Putumayo (Barcelona, 1913).

Arana insistió de manera tenaz que él no había tenido una vigilancia directa y personal sobre los métodos empleados para la recolección del caucho, por lo que ignoraba si se habían cometido las crueldades espantosas que se achacaba al personal subalterno, entre ellos los negros de Barbados, así como a algunos de sus directores, entre ellos el colombiano Ramón Sánchez y el boliviano Armando Normand. Aseveró que él no podía haber dado órdenes para cometer semejantes crímenes, basándose en la razón de que jamás habría diezmado a la población indígena ya que eso habría ido contra sus propios intereses (su negocio requería de mucha mano de obra).

La defensa de Arana la asumió el doctor Carlos Rey de Castro, quien señaló que el escándalo fue desatado por las siguientes razones:

  • La propaganda intensa y onerosa desatada por Colombia, país que quería apoderarse del territorio situado entre el Putumayo y Caquetá, que entonces disputaba al Perú.
  • Algunos accionistas británicos de la Peruvian Amazon participaron en la intriga contra Arana.
  • El gobierno británico actuó movido por intereses políticos, ya que con la excusa de ayudar a los nativos pretendía intervenir en los asuntos de Sudamérica (era la época de la expansión de los imperialismos).
  • Casement era un neurótico, poseído por un afán enfermizo de notoriedad. Además, a decir de Rey de Castro, recibía dinero de Colombia.
  • La Sociedad Anti-esclavista y de Protección de los Aborígenes, si bien realizaba una campaña humanitaria, tenía al mismo tiempo el propósito oculto de aniquilar a toda empresa cauchera no británica para favorecer la producción de la India.
  • El periodista peruano Benjamín Saldaña Roca (de Iquitos) sacó a la luz estos escándalos basándose en informes de empleados despedidos y de algunos oportunistas, quienes previamente habían intentado chantajear a Arana, pidiéndole dinero a cambio de guardar silencio.
  • El estadounidense W. E. Hardenburg (el que publicó en la prensa londinense los testimonios escalofriantes citados anteriormente), también fue acusado por Arana de chantaje, así como de falsificación.
  • Los negros barbadenses dieron declaraciones falsas o exageradas, a veces llevados por su odio a los blancos y otras veces en espera de recompesas.
  • Algunos empleados colombianos de la Peruvian Amazon hicieron similares declaraciones por patriotismo.
  • Otros testimonios provenían de personas de nula confianza: revoltosos, díscolos o alborotadores.
  • Los indios nativos se sumaron a la ola de acusaciones por su inclinación a la mentira o por rencor a sus patrones.
  • La prensa mundial se hizo eco del asunto por puro sensacionalismo.[6]

Ciertamente, causa suspicacia el hecho que las denuncias se enfocaran sobre Arana y los caucheros peruanos, más no sobre los caucheros colombianos, quienes también habrían cometido tropelías en aquella zona.

Hay que tener en cuenta contexto internacional entre Perú y Colombia para entender a profundidad este asunto y no caer en el recurso facilista de achacar todo al supuesto espíritu “genocida” de Arana. Como ya se ha dicho, ambos países se disputaban una extensa región amazónica fronteriza, entre el Putumayo y el Caquetá. El 6 de julio de 1906 se había celebrado un modus vivendi entre ambas naciones, que neutralizó la zona en disputa y facilitó, indirectamente, por la ausencia de autoridades civiles, policiales o militares, la acción de gente inescrupulosa. Cuando en octubre de 1907, la cancillería colombiana pidió unilateralmente el cese del modus vivendi, la cancillería peruana pidió a Arana que ayudara con sus empleados a repeler una posible invasión colombiana. Se produjeron así choques entre peruanos y colombianos. El gobierno de Lima veía por eso a la empresa de Arana como un símbolo tangible de la defensa del territorio patrio. Mientras que Colombia, interesada en apoderarse de esa zona, desató un campaña intensa y dilipendiosa contra Arana y su empresa, por lo que cobra fuerza los argumentos de la defensa de Arana.

Vida política[editar]

Instalado nuevamente en el Perú, habiendo vuelto de Argentina, Arana se interesó otra vez en la política, y en la década de los años 1920 (Oncenio), fue elegido senador suplente por el departamento de Loreto. Cuando el senador titular asumió como Ministro de Estado, ocupó dicho escaño durante un prolongado periodo. Su labor en el parlamento estuvo orientada a promover el progreso de la región amazónica, con iniciativas como la de la creación de un régimen de protección a las propiedades indígenas, en 1923; la reducción de los cánones tributario para la explotación del petróleo en la montaña, también de 1923; o la creación del Colegio Nacional de Iquitos, efectuado mediante Ley Nº 5100 del 18 de mayo de 1925.

Fue uno de los más tenaces opositores al Tratado Salomón-Lozano de 1927, porque éste estipulaba que el Perú renunciaba a la margen izquierda del río Putumayo –donde Arana tenía propiedades concedidas por el gobierno peruano– y desconocía la nacionalidad peruana de sus pobladores. Incluso escribió un texto donde defendía su posición adversa a este tratado: El protocolo Salomón-Lozano (1927).

Su vida política duró hasta la caída del oncenio de Augusto B. Leguía y Salcedo (27 de agosto de 1930), tras lo cual decidió retirarse de la vida pública. Julio C. Arana fue notoriamente una de las figuras más controvertidas de la selva peruana y de la historia del Perú, pues para unos fue un inclemente explotador de indios, mientras que otros vieron en su figura a un fervoroso defensor de la soberanía nacional. Alejado de la selva en la que tanto bregó, murió en Lima.

El tema de la empresa de Julio César Arana, la "Casa Arana", ha sido objeto de estudios acerca de lo que es capaz el ser humano de hacer por negocios. Es el caso de los estudios de Michael Taussig acerca del terror y la tortura.

En la literatura[editar]

El premio Nobel de Literatura 2010 Mario Vargas Llosa describe a Julio C. Arana en su novela El sueño del celta:

Era un hombre más bajo que alto, moreno, de rasgos mestizos, con una insinuación asiática en sus ojos algo sesgados y una frente muy ancha, de cabellos ralos y cuidadosamente asentados, con raya en el medio. Llevaba un bigotito y barbilla recién escarmenados y olía a colonia… Su expresión era impenetrable. En su mirada dura y fría había algo inflexible… Este hombrecito atildado, ligeramente rechoncho, era pues el dueño de ese imperio del tamaño de un país europeo, dueño de vidas y haciendas de decenas de miles de personas, odiado y adulado, que en ese mundo de miserables que era la Amazonia había acumulado una fortuna comparable a la de los grandes potentados de Europa. Había comenzado como un niño pobre, en ese pueblecito perdido que debía ser Rioja, en la selva alta peruana, vendiendo de casa en casa los sombreros de paja que tejía su familia. Poco a poco, compensando su falta de estudios —sólo unos pocos años de instrucción primaria— con una capacidad de trabajo sobrehumana, una intuición genial para los negocios y una absoluta falta de escrúpulos, fue escalando la pirámide social. De vendedor ambulante de sombreros por la vasta Amazonia, pasó a ser habilitador de esos caucheros misérrimos que se aventuraban por su cuenta y riesgo en la selva, a los que proveía de machetes, carabinas, redes de pescar, cuchillos, latas para el jebe, conservas, harina de yuca y utensilios domésticos, a cambio de parte del caucho que recogían y que él se encargaba de vender en Iquitos y Manaos a las compañías exportadoras. Hasta que, con el dinero ganado, pudo pasar de habilitador y comisionista a productor y exportador. Se asoció al principio con caucheros colombianos, que, menos inteligentes o diligentes o faltos de moral que él, terminaron todos malvendiéndole sus tierras, depósitos, braceros indígenas y a veces trabajando a su servicio. Desconfiado, instaló a sus hermanos y cuñados en los puestos claves de la empresa, que, pese a su gran tamaño y estar registrada desde 1908 en la Bolsa de Londres, seguía funcionando en la práctica como una empresa familiar. ¿A cuánto ascendía su fortuna? La leyenda sin duda exageraba la realidad. Pero, en Londres, la Peruvian Amazon Company tenía este valioso edificio en el corazón de la City y la mansión de Arana en Kensington Road no desmerecía entre los palacios de los príncipes y banqueros que la rodeaban. Su casa en Ginebra y su palacete de verano en Biarritz estaban amueblados por decoradores de moda y lucían cuadros y objetos de lujo. Pero de él se decía que llevaba una vida austera, que no bebía ni jugaba ni tenía amantes y que dedicaba todo su tiempo libre a su mujer.

Referencias[editar]

  1. Ospina Peña, Mariano: El paraiso del diablo. Web Caballeros Andantes.Consultado el 13 de noviembre de 2011.
  2. Davis, Wade: El río: exploraciones y descubrimientos en la selva amazónica, pág. 283-284.
  3. Íbidem, p. 283
  4. Indigenas americanos: explotacion, genocidio y olvido
  5. Ospina Peña Mariano, íbidem.
  6. Basadre 2005, tomo 13, p. 25.
Bibliografía

Lecturas relacionadas[editar]

  • Lagos, Ovidio. Arana, rey del caucho. Terror y atrocidades en el alto Amazonas.
  • Taussig, Michael. Cultura del terror-espacio de la muerte: el informe Putumayo de Roger Casement, la explicación de la tortura, en revista Amazonía Peruana, vol. III, n.º 14, págs. 7-36. Lima, mayo de 1987.
  • Vargas Llosa, Mario. El sueño del celta, 2010.

Véase también[editar]

Enlaces externos[editar]