Nuestra Señora de la Defensa (Tlaxcala)

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Nuestra Señora de la Defensa.

Enclavado entre los cerros de los municipios de Panotla y San Juan Totolac, a escasos 20 minutos de la ciudad de Tlaxcala se ubica el Santuario de Nuestra Señora de la Defensa. Lugar donde aún se puede encontrar un momento de tranquilidad con la naturaleza del lugar.

Durante muchos años ha sido uno de los santuarios marianos más importantes del estado de Tlaxcala, visitado por cientos de fieles procedentes de los estados de Puebla, Morelos, México, Hidalgo, Veracruz y otros, que buscan la sanación de sus males espirituales y físicos a través de la protección de la Virgen María y del agua milagrosa que brota en el interior de su templo.

A lo largo de todo el año es visitada por sus fieles, destacando los peregrinos del estado de Morelos el tercer domingo y lunes del mes de mayo, además de su ya conocida fiesta patronal que se celebra el día 12 de octubre.

Las fiestas patronales inician el día 4 de octubre con el novenario en honor de la Santísima Virgen de la Defensa; iniciando la procesión y el rosario por las calles de la población a las 4.30, siendo el punto de partida y retorno en su santuario. Los días que siguen se engalanan con la visita de peregrinaciones que acuden a rendir tributo a la Reina del Cielo. Al atardecer del día 11 de octubre inician las vísperas de la festividad, acompañadas por el sonido del teponaxtle y los cohetones.

Los primeros minutos del día 12 de octubre inician con las tradicionales mañanitas que sus hijos en agradecimiento por los favores recibidos le llevan; la procesión inicia más temprano, puesto que se acompaña a la Virgen con música y cohetones y a las 5:30 de la mañana habrá que estar de regreso en su santuario para entonar nuevamente las mañanitas e iniciar con la primera misa de las que habrán de realizarse a lo largo del día.

A diferencia de otras poblaciones, son los fieles quienes voluntariamente contribuyen a engalanar su fiesta. Hay quien regala los adornos florales, los fuegos pirotécnicos, el adorno, la música, entre otros.

Oración a la Santísima Virgen de la Defensa[editar]

Vista interior del Santuario de la Defensa.
Del pecado, peste, hambre y guerra ¡líbranos!
Virgen Santísima de la Defensa
¡Oh Virgen Santísima de la Defensa!
Yo miserable pecador, recurro a Vos
y en Vos, después de Jesús pongo
toda mi esperanza; a Vos confío la
salvación de mi alma. Me pongo
bajo Vuestro manto protector y Vos
socorredme, defendedme, salvadme;
decid a Jesús que soy vuestro
siervo, vuestro devoto amante hijo
decidle que Vos me defendéis
y seré salvo. ¡Oh María, yo pongo
en Vos toda mi confianza y esta
dulce esperanza quiero vivir y morir!
¡Oh María, yo os saludo! ¡Mi Madre!
¡Mi Consuelo! ¡Mi Defensa!
Así sea'

Oración compuesta por el Excmo. Sr. Obispo Don Luis Munive y Escobar (13 de junio de 1959 - 10 de febrero de 2000), primer obispo de la Diócesis de Tlaxcala.

Origen de esta imagen[editar]

Vista del cerro donde estuvo la Ermita.

En la sierra de Tlaxcala hizo vida ermitaña un hombre llamado Juan Bautista de Jesús, con fama constante de virtud y santidad nada ordinaria. El cual tenía una Imagen de la Concepción de la Santísima Virgen María, de la cual experimentaba continuas maravillas, y por espacio de catorce meses estuvo sintiendo interiores impulsos de manifestarlos para gloria de Dios y de su Madre, pero siempre se resistía, temiendo que publicadas estas maravillas, sería mucha la gente que acudiría a su Ermita a venerar a la Santísima Virgen; con mucho menoscabo de la paz y sosiego, con que en aquél retiro se mantenía. Por otra parte le remordía la conciencia, que teniendo ocultos los prodigios y maravillas de su Imagen, le impedía el provecho que muchos podrían lograr para sus almas, creciendo mas en la devoción de la Santísima Virgen, y que si él moría en aquellos páramos, quedarían sepultados en el eterno olvido.

Después de mucha oración, el Señor le inspiró que diese de todo cuenta a su Confesor. El cual le mandó, que por escrito, diése razón de todo cuanto había visto y experimentado de maravillas en aquellas sagrada Imagen. Obedeció Juan Bautista y entregó el escrito a su Confesor, y éste lo llevó al Señor Obispo Don Juan de Palafox y Mendoza.

Maravillas observadas por el ermitaño[editar]

Ahora mencionaremos algo de las maravillas, que el ermitaño Juan Bautista de Jesús observó en dieciséis meses que tuvo consigo, y en su Ermita la Imagen, a quien puso el nombre de la Defensa no solamente porque a él lo defendía de sus enemigos visibles e invisibles que en el cuerpo y alma le hacían la guerra, sino porque veía que a su sombra y protección se defendían de sus contrarios aún los brutos, y se venían a ella como su segura defensa, cuando se veían acosados y perseguidos.

Lugar donde, según la tradición, estuvo ubicada la Ermita de la Virgen.

Las tortolillas y otras aves seguidas de gavilanes, entraban en la Ermita y se ponían a los pies de la Señora, y en ellos hallaban asilo sagrado; porque los gavilanes apenas se asomaban a la puerta o ventana de la Ermita, por donde los pajarillos entraban, luego se volvían sin osar dentro, como si tuvieran entendimiento y respetaran a la Santa Imagen. Y en verdad que lo que causa no menos admiración, es que las avecillas como agradecidas a la Defensa, que en ella hallaban, venían todos los días por la mañana. el medio día y en la tarde, a festejarle, haciendo con sus gorjeos una bien concertada Capilla, y tan suave, que parecía, y sin duda así lo era, que los ángeles eran los que movían sus lengüecillas para aquel tan acertado concierto, enseñando al Ermitaño y en él a todos nosotros, que María Santísima es toda nuestra Defensa en las tentaciones, que mientras vivimos en esta frágil y miserable vida, padecemos y juntamente cuan agradecidos le debemos siempre estar por los beneficios que continuamente de ella recibimos.

Lo mismo sucedía con los animalillos terrestres, pues muchas veces las liebres, gazapos y conejos, huyendo de los coyotes o gatos monteses que abundaban en aquella época, se acogían en la Ermita de la Virgen y entrando en aquel sagrado lugar luego se volvían sus perseguidores sin hacerles daño alguno, y era cosa de gran admiración, que agradecidos a su Bienhechora, con muchos saltos y retozos celebraban delante de ella su escape y libertad. Y el buen Ermitaño, que admirado y confuso veía estas maravillas, sacaba por consecuencia, que si esto hacía la Santísima Virgen con los brutos que a ella se acogían, con gran seguridad recibirá y defenderá de sus enemigos a los racionales que acudieran a su amparo, y por ello en muchas tentaciones del espíritu y de la carne que padecía, en aquella soledad, considerándose como uno de aquellos animalillos acosado y perseguido de sus contrarios, se ponía confiado a los pies de la Santa Imagen, y con su amparo salía victorioso de los suyos. Y también muchas personas, que en sus necesidades le pedían, que las encomendase a la Virgen, cuando el buen Juan Bautista hacía oración por ellas experimentaban su sanación.

Habíase quedado a dormir una noche en Tlaxcala, porque la mucha agua que llovía, no le había permitido volver a su Ermita, y habiendo madrugado a las dos de la mañana, al rayar el día, volvió a su Ermita, la encontró cerrada, como la había dejado, pero no halló en ella a su querida Imagen. Afligiose grandemente y saliendo de la Ermita la vio venir en una nube blanca, y tan resplandeciente, que iluminaba aquellos montes, y luego hincándose de rodillas para venerarla, le dijo: y bien Señora, ¿En dónde habéis estado, que ya con gran dolor mío os había echado menos? Fui, le respondió la Imagen, a socorrer a un siervo mío que estaba en la necesidad. Y entrándose en la Ermita y poniéndose en el lugar, desapareció la nube y la luz que la iluminaba. La noche siguiente vio al demonio en figura de negro feo y espantoso, llorando sobre un árbol; y preguntándole el siervo de Dios, ¿Por qué lloras?, respondió: lloro porque esa Imagen que tienes en la Ermita es nuestra destrucción, y anoche me quitó un alma que estaba desesperada. Y diciendo el siervo de Dios: ¡Bendito sea el niño Jesús! y la limpia Concepción de su Santa Madre, luego desapareció.

Arroyo localizado en las cercanías del Santuario.

Para habitar y dormir: hizo Juan Bautista una choza, inmediato a la Ermita de la Virgen, y testificó, que por el espacio de los dieciséis meses que estuvo en la Ermita la Señora, todas las noches oía música de Ángeles, que cantaban Maitines de alabanza a su Reina y Señora, y levantándose algunas veces hallaba la puerta de la Ermita cerrada como la había dejado, y entrando dentro hallaba, que habiendo dejado cubierta la Imagen con dos velos, los hallaba corridos y arrollados a los lados, y la Imagen Santísima descubierta y todo el Altar cubierto de una hermosísima y resplandeciente nube blanca, que con las luces que despedía iluminaba toda la Ermita, y veía juntamente Ángeles dentro de la misma nube, pero descubiertos de medio cuerpo hacia arriba, en forma de niños muy hermosos con alas y que con instrumentos músicos puestos los ojos en la Imagen hacían aquella música, que percibía, y el siervo de Dios, hincado de rodillas se hallaba como asombrado y embelesado el tiempo que duraba aquella visión; al desaparecer volvía a quedar la Ermita a oscuras, y encendiendo luz, hallaba corridos los velos y cubierta la Imagen.

Levantándose una noche de Navidad para ir a los Maitines que se cantaban en la ciudad de Tlaxcala, abriendo la Ermita vio la Virgen llena y rodeada de una luz extraordinaria y haciendo oración se despidió de ella. La noche siguiente, volvió a ver al demonio, llorando en el mismo árbol, en que lo vio la vez primera, y preguntándole por qué lloraba, respondió: porque ésta que tienes, que es nuestra destructora, me ha quitado y me quitará, en adelante muchas almas; díjole entonces con gran sencillez Juan Bautista: pues ven conmigo, y le cantaremos una Salve. Y entonces dando un gran suspiro, el demonio desapareció.

También fue prodigio de la benignísima Madre de Dios, que habiéndose refugiado en la Ermita una cierva herida en un brazuelo de un balazo, derramando mucha sangre, se echó junto al altar de la Virgen y allí se estuvo toda la tarde, como pidiendo remedio a la Señora. Al fin se levantó sana, sin manquear. Y después muchas veces la veía el siervo de Dios andar cerca de la Ermita.

Cayó enfermo de un fiero tabardillo un Bienhechor de la Ermita, que socorría muchas veces a Juan Bautista para su ordinario sustento. Pidiole que suplicase a la Virgen que le alcanzase la salud si le convenía, y deseaba vivir, porque tenía muchos hijos pequeños y pobres, y con su muerte quedarían del todo desamparados. Hízolo así el siervo de Dios delante de la Soberana Imagen, saliendo de la Ermita la cerró con llave, y se fue a ver a su enfermo. Llegó a la casa y halló a la Santísima Virgen a la cabecera del doliente, aunque éste no la veía, estuvo con él como medio cuarto de hora y luego desapareció la Virgen. Volviose a su casa, y halló la Ermita cerrada, como la había dejado y la Imagen de la Virgen en su Tabernáculo. El efecto fue que el enfermo luego mejoró y en breve estuvo del todo sano.

Arroyo localizado en las cercanías del Santuario.

Habiendo Juan Bautista acabado el escrito, que por orden de su confesor había hecho de los prodigios de la Soberana Imagen, dudaba mucho al entregarlo, porque temía que por eso se la habían de quitar y privarle de una presea tan amada. Por otro lado, le picaba el escrúpulo si faltaba a la obediencia de su confesor. En estas dudas acudió a la oración y pidió a la Santísima Virgen luz para acertar, y no hacer más que lo que fuese gusto de Dios. Entonces le habló la Virgen y claramente le dijo: vaya el papel que ésta es la voluntad de mi hijo y mía. Obedeció prontamente y entregó el escrito al confesor. Este lo pasó al señor obispo, el cual después de hecha información jurídica de todo lo que juzgó conveniente, y habiendo primero ido en persona a visitarla envío orden al cura y vicario de Tlaxcala, para que sacase de su Tabernáculo la Imagen y la llevase al palacio de su Ilustrísima. Y aquella noche que se sacó se oyeron por todo aquel monte aullidos de lobos y sentidas quejas de hombres que mostraban grande dolor.

Siguen los milagros...[editar]

Como el ermitaño Juan Bautista conocía, que le habían de quitar, por orden superior del Obispo, su Santísima Imagen, y con ella todo su consuelo, se previno mandar hacer otra Imagen en el tamaño y facciones semejantes, a quien también puso el nombre de Nuestra Señora de la Defensa, y la Señora correspondió a su devota confianza, haciéndole los mismos favores por medio de ésta su sagrada Imagen, que antes le hacía por medio de la primera. Y lo primero, el demonio mostró bastantemente el dolor que ésta segunda Imagen le causaba, porque aquella noche del día en que la colocó en el Tabernáculo en que la otra estaba, se oyeron en aquella tierra tantos gritos y aullidos, tan descompasados, que parecía hundirse y venirse abajo todo el monte, y desde lo alto volaban piedras, a manera de proyectiles, y con tal ímpetu que si la gran Señora no defendiera su Ermita, cualquiera de ellas la hubiese derribado.

Nuestra Señora de la Defensa en su altar principal.

Al día siguiente acudieron a darle la bienvenida los moradores de aquellas tierras, esto es los conejos y pájaros, celebrando su dicha los unos con saltos y los otros con gorjeos.

El lugar de la Ermita estaba muy infestado de víboras, pero teniéndole gran respeto no se acercaban a ella; pero para que Juan Bautista comprobara que todavía era la Señora para con él la Virgen de la Defensa, sucedió que un día desyerbando un huertecillo que allí tenía, le mordió una víbora, pero acudiendo a su Santa Imagen, no le hizo daño alguno su veneno.

Cosa prodigiosa fue, que un gato montés herido entró en la Ermita, y con muchos maullidos parecía que se quejaba a la Virgen y le pedía que lo sanara. Dióle de comer el siervo de Dios, y habiendo sanado por beneficio de la Virgen, se quedó como agradecido en la Ermita y la limpiaba de ratones y otras sabandijas. Y como si tuviera especial respeto a los pájaros y conejos que acudían a la Ermita, a ninguno de ellos atacaban hacía daño alguno, como lo hacía con los que andaban fuera. Pero fue cosa de admiración, que habiendo cazado fuera de la Ermita un pájaro, luego que el Ermitaño llevado por lástima le dijo, déjalo por la Virgen, al momento lo soltó sin ofenderle.

Algunas veces vio a la Virgen a la cabecera de los enfermos, que devotamente se encomendaban a ella.

En el año de 1662 por una tempestad furiosa y copiosísimo aguacero, creció bastante el río Zahuapan, asolando muchas casas de los pobres y parecía amenazar la ruina de toda la Ciudad de Tlaxcala. Entonces Juan Bautista en la Ermita y postrado delante de la Imagen, con grande fe y confianza dijo: Señora, guarda la casa y al que habita en ella, y defended la ciudad. Al decir esto se escuchó un gran trueno, y con él los nublados se dividieron a una y otra parte, el río se contuvo, salió el sol y se acabó la tempestad.

En dos ocasiones cayeron sobre la Ermita dos rayos en la parte correspondiente al lugar en que estaba la Imagen y dando sobre el techo subieron hacia arriba sin penetrar hacia abajo, como quien respetaba la Imagen de la Virgen. Una vez yendo a Puebla le salieron al encuentro dos indios salteadores a caballo, y le pidieron el dinero que llevaba. Respondióles que era pobre y no llevaba cosa alguna que darles, apeáronse entonces para desnudarlo y llevarse los vestidos. Invocó con grande fe a la Madre de Dios de la Defensa, y al punto sonando ruido como de muchos hombres que venían a caballo, huyeron los salteadores, atribuyendo a Nuestra Señora de la Defensa el haber escapado de aquel riesgo.

Cuando se resolvió por orden de sus Confesores Juan Bautista a escribir estos favores de la Virgen, se le apareció un demonio, y embistiendo contra él, le mordió en la mano derecha con que escribía. Llamó en su Defensa a la Virgen, y luego lo dejó, pero le quedó la mano tan envenenada, que por muchos días le pareció que la traía dentro del fuego. Aplicándose algunas reliquias sanó, pero le quedó lisiada la mano en la palma, sin duda para recuerdo de lo que a la Santísima Virgen le debía.

Todo lo dicho consta, de lo que el hermano Juan Bautista de Jesús escribió en el libro de su vida, a que lo obligaron con expreso mandato siete confesores suyos.

Santuario de Nuestra Señora de la Defensa[editar]

Vista panorámica del Santuario de Nuestra Señora de la Defensa.

Cerca de la Ermita donde estuvo Juan Bautista de Jesús, fue construido el templo en el que se venera a la milagrosa Imagen de Nuestra Señora de la Defensa.

Se trata de una construcción que data de los siglos XVII y XVIII. Su fachada hecha a base de loseta octagonal de barro de azulejo presenta un arco de medio punto como acceso y ventana coral en forma cuadrangular rematando una moldura semipiramidal. A un costado se encuentra una torre que luce un arco botarel, y en el remate un adorno piramidal flanqueado en cada esquina con almenas. Del lado derecho, para quien entra al Santuario, se localiza el curato con arcada superior. En la parte posterior destaca una cúpula ochavada con linternilla. El templo conserva aún portada atrial, ya sin muro. La portada está forjada en piedras y jambas, impostas y un arco de medio punto de cantera aparente y reja de hierro forjado, en la parte inferior hay una escalera que lleva al atrio. El piso es de mosaico de 20X20, pilastras cuadradas y estípites forjadas en tabique. Las bóvedas presentan lunetos y la cúpula está gajonada. En el altar principal se encuentra una escultura de Nuestra Señora de la Defensa y arriba un Cristo crucificado flanqueado por pilastras pareadas.

Vista frontal del Santuario de Nuestra Señora de la Defensa.

Bibliografía[editar]