Egagrópila

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Las egagrópilas son bolas formadas por restos de alimentos no digeridos que algunas aves carnívoras regurgitan. Normalmente contienen huesos, piel o pelo, que las aves no pueden digerir.[1] Son muy útiles para saber el tipo de alimentación que éstas llevan. Suele ser muy normal entre búhos, lechuzas, buitres y otras rapaces.

Egagrópilas de búho chico.

Supone un elemento importante para el estudio de las aves que las generan, ya que permite conocer tanto sus radios de caza como la alimentación que siguen, así como de las poblaciones de los micromamíferos que habitan en dichas zonas. Es común encontrarlas sobre el suelo en las zonas en las que anidan. En España son frecuentes en los olivares, y bosques templados, que suelen dar cobijo a numerosas especies de rapaces nocturnas. También son frecuentes en campanarios, casas viejas y roquedos.

Las de la lechuza común son redondeadas, oscuras y tienen un cierto brillo en la superficie. Las del cárabo común son menos compactas y más grisáceas.

Los restos de micromamíferos pueden extraerse para su determinación:

  • En seco: desmenuzando la egagrópila con las manos.
  • En húmedo: dejándola en agua y esperando a que se desmenuce sola.

Se suelen utilizar para determinarlos las mandíbulas inferiores y también los cráneos.

Algunos yacimientos de fósiles de micromamíferos se han formado por la acumulación de egagrópilas, sobre todo los de origen cárstico, dando lugar en ocasiones a auténticas brechas óseas con millones de restos.

Véase también[editar]

Referencias[editar]

  1. Bernis Carro, C.; Moreno, A. y Bernis Madrazo, F. (1983). El gran libro de las aves. Editorial Marín. p. 42. ISBN 84-7102-920-0. 

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