Quintiliano

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Estatua a Quintiliano en su Calahorra natal, por Antonio Loperena Eseverri.

Marco Fabio Quintiliano, en latín Marcus Fabius Quintilianus (Calagurris Nassica Iulia, c. 35Roma, c. 95). Fue un retórico y pedagogo hispanorromano.

Biografía[editar]

Nació en Calagurris Nassica Iulia, actual Calahorra en la comunidad autónoma de La Rioja en España, en la provincia hispanorromana de la Tarraconense. Hizo sus primeros estudios en Roma, donde su padre ejercía la profesión de rétor o abogado; allí adquiere una cultura general muy completa siguiendo las lecciones de Remio Palemón y Servilio Nonanio en literatura y de Domicio Afer en elocuencia. Regresa a Hispania en el año 61 cuando Nerón nombra a Galba gobernador de la Tarraconense. Durante siete años, es profesor de elocuencia y abogado.

Vuelve a Roma en el año 68 tras el asesinato de Nerón, cuando es proclamado Galba emperador, y desarrolla una brillante y reconocida carrera de veinte años como abogado y profesor de retórica en la Roma de Vespasiano, Tito y Domiciano. Abrió una escuela pública de retórica que obtuvo un gran éxito y le hizo ganar alrededor de cien mil sextercios al año. Le fue encomendada la educación de los sobrinos de Domiciano y los hijos de la emperatriz Domitilla.

Su fama proviene sin embargo de ser el mejor profesor de retórica del mundo antiguo junto a Isócrates. En esta materia alcanzó un prestigio tal que se le nombró profesor oficial de la materia con retribución pública. Era amigo del científico Plinio el Viejo; el escritor romano Plinio el Joven fue alumno suyo y quizá lo fue incluso el historiador Tácito. Tras consumir esos veinte años como abogado y profesor, se retiró el año 89 para dedicarse a escribir rodeado de honores (los ornamenta, los consularia y la laticlaviatoga con una banda en su borde de color púrpura que sólo podían vestir los nobles romanos-). El fin de su vida está señalado con una serie de dramas familiares: el mismo año de su retiro, 89, perdió a su mujer, que tenía 19 años; en el 90, a su hijo primogénito, que contaba cinco; en 95, al segundo, con diez.

Escribió primero un diálogo que se ha perdido en que expone su propia posición sobre la creciente corrupción del arte de la elocuencia (De causis corruptae eloquentiae) y, poco antes de fallecer, divulgó su obra mayor: De institutione oratoria. Son espurias dos colecciones de declamaciones que se le atribuyen (Maiores y Minores). Murió probablemente poco antes del asesinato del emperador Domiciano, en el año 95.

Pedagogía optimista y optimizaste[editar]

Para él aprender es algo propio y natural del hombre y que está a la mano de todos, contradiciendo así a aquellos que pensaban que la educación estaba reservada sólo a unos pocos.[cita requerida] Estaba tan seguro de esta idea que culpa del fracaso del aprendizaje a la actitud llevada a cabo por el adulto y no a la del niño. Él afirma que la educación es un bien que beneficia a todo el mundo, incluyendo a aquellas personas que son inteligentes y a las que no lo son tanto. Pero todo no depende sólo de la educación sino también del entorno en el que viva el niño y el empeño que éste ponga en alcanzar el lugar al que desee llegar de acuerdo con sus posibilidades. Para Quintiliano los hombres deben intentar llegar a lo máximo intentando superar sus aspiraciones y no quedarse sólo en las metas que saben que son capaces de lograr. De acuerdo con esto, defiende una pedagogía del esfuerzo, donde cada uno llegue a sus máximas posibilidades. También es defensor de que exista competitividad entre los hombres, pero cree necesario eliminar el sentimiento de fracaso en ellos cuando no se logra llegar al primer puesto.[cita requerida]Plantilla:Capitán Díaz, A. (1991). La Tradición Hispano-Romana: La Humanitas . De Historia de la Educación en España.(pp. 31-49). Madrid: Dykinson.

Las instituciones docentes[editar]

En aquella época estaba interiorizada la idea de que un niño no era capaz de aprender hasta los siete años de edad, porque según ellos, éste no tenía la madurez necesaria para ello. Quintiliano pensaba de forma diferente a estas personas y afirmaba que el niño era capaz de aprender muchísimo antes de tener que llegar a esa edad. La condición que instauró Quintiliano fue la de que se fuera prudente, dado a que, no se le podría exigir al niño trabajos excelentes antes de tiempo.[cita requerida] Si este principio no se llevara a cabo, podría provocar que el niño aborreciese el estudio y que de esta forma tenga una visión equivocada de lo que realmente es la educación.

Esta situación ya dicha, podrá contrarrestarla o incluso evitarla el preceptor, que antes de empezar la educación del niño deberá indagar sobre el ingenio, la naturaleza, la memoria y la capacidad del niño, al mismo tiempo que debe conocer cómo tiene que tratar a sus alumnos.

De este modo, una vez que el preceptor ya conoce todas estas facultades del alumno, será necesario que elija el método que mejor encaje con cada uno de ellos, adaptando así el aprendizaje a las necesidades de cada alumno consiguiendo de esta forma evitar el agobio de los principiantes con las tareas superiores a sus habilidades. Por lo que, a causa de esto, Quintiliano apoya una educación y un método que estén personalizado a las características de cada uno de los alumnos.

Quintiliano está en contra de todo tipo de violencia que se pueda llevar a cabo en la escuela, dado a que, la imposición del aprendizaje es inútil e ineficaz.[cita requerida] En aquella época, se consideraba como algo normal o natural que la violencia estuviera presente en las escuelas y que los alumnos tuvieran miedo de sus profesores. Quintiliano se opone a esta forma de actuación dando una serie de razones[cita requerida]Plantilla:Capitán Díaz, A. (1991). La Tradición Hispano-Romana: La Humanitas . De Historia de la Educación en España.(pp. 31-49). Madrid: Dykinson. como son que el que verdaderamente se merece el castigo es el maestro y no el joven, que la violencia traumatiza y avergüenza a la persona que la sufre y que sólo los maestros desvergonzados son los que abusan de este derecho que tradicionalmente estaba permitido por las costumbres.

Quintiliano fue la primera persona en defender la escuela pública.[cita requerida]Plantilla:Capitán Díaz, A. (1991). La Tradición Hispano-Romana: La Humanitas . De Historia de la Educación en España.(pp. 31-49). Madrid: Dykinson. Las personas que estaban a favor de la educación doméstica se escudaban básicamente en dos razones una de tipo moral y otra de tipo pedagógica.[cita requerida] Estos no estaban a favor de unir a niños de diferentes edades en una misma aula, porque según ellos perjudicaba a las costumbres, por lo que era mejor vivir en base a ellas que hablar de forma correcta.

Seguidamente, argumentaban que un sólo preceptor (profesor) con un sólo alumno produciría mejores resultados que si éste mismo tuviese a un mayor número de alumnos, afirmación con la que Quintiliano no está de acuerdo, dado a que, para él es mucho más ventajoso esta situación.

Quintiliano para dar una mejora ante esta situación incorporó la costumbre de clasificar a los alumnos en diferentes grupos según el nivel de los conocimientos que poseían.[cita requerida]Plantilla:Capitán Díaz, A. (1991). La Tradición Hispano-Romana: La Humanitas . De Historia de la Educación en España.(pp. 31-49). Madrid: Dykinson.


Obra[editar]

Su fama proviene de su Institutio oratoria (c. 95 d. C.), una obra enciclopédica que recoge todo cuanto es necesario para formar a un orador, en doce volúmenes. Como modelo supremo propone a Cicerón. En los dos primeros libros, Quintiliano trata la educación elemental y los métodos para la formación básica en el campo de la Retórica. Dedica los nueve libros siguientes a los fundamentos y técnicas de la oratoria. El Libro X es el más conocido; en él aconseja la lectura como elemento fundamental en la formación de un orador y contiene un famoso estudio sobre las personas que escribieron en griego y latín. El último libro presenta el conjunto de cualidades que debe reunir quien se dedique a la Oratoria, tanto en lo referente al carácter como a la conducta.

La obra defiende la formación íntegra del orador como ser humano y como hombre público y presenta una originalidad notable con un estilo ciceroniano lúcido y brillante; ejerció una gran influencia sobre la teoría pedagógica que sustenta el Humanismo y el Renacimiento y fue traducida directamente del latín al español en dos volúmenes por Ignacio Rodríguez y Pedro Sandier (Madrid: Librería de Ranz, 1799).

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