Gonzalo Fernández de Oviedo

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Gonzalo Fernández de Oviedo
Nombre Gonzalo Fernández de Oviedo Valdés
Nacimiento 1478
Madrid, España
Fallecimiento 1557
Valladolid, España o Santo Domingo, Isla Española[1]
Nacionalidad español
Ocupación funcionario, militar, escritor, cronista

Gonzalo Fernández de Oviedo Valdés (Madrid, 1478Valladolid, 1557) fue un militar, escritor, cronista y colonizador español. Capitán de los ejércitos del emperador Carlos V, gobernador general o alcaide de la Fortaleza de Santo Domingo y La Española.

Biografía[editar]

Portada de la primera edición de Claribalte (1519). Según Daymon Turner (1964) la misma representa a Fernández de Oviedo, de rodillas, ofreciendo la obra al Duque de Calabria, a quien está dedicada.[2]

Colonizador español de ascendencia noble de Asturias, "sus progenitores naturales del Principado de Asturias de Oviedo, procreados en un pequeño pueblo que se dice Borondes, de la feligresía de San Miguel de Bascones y Concejo de Grados, notables hijosdalgos y de nobles solares.", y entró muy joven a servir a un hijo de un hermano bastardo de Fernando el Católico llamado don Alonso de Aragón, segundo Duque de Villahermosa, cuya casa denominó la "casa de Minerva y Marte" por unirse en ella el ejercicio de las armas con el cultivo de las letras del Humanismo hispano. Allí estuvo hasta los 13 años, y más tarde fue nombrado mozo de cámara del príncipe don Juan.

Presenció la rendición de Granada en 1492 y el regreso de Cristóbal Colón tras su primer viaje, y conoció a los hijos del descubridor, que eran pajes del príncipe. La muerte del infante en 1497 cambió el rumbo de su vida, y abandonó la Corte para marchar a Italia. En 1498 estuvo en Milán al servicio de Ludovico Sforza "el Moro", y conoció a Leonardo da Vinci. En la Mantua del pintor Andrea Mantegna entró a servir a Juan de Borja y Castro o Borgia, a quien acompañó por diversas ciudades de Italia.

En 1500 se desplazó a Roma y de allí a Nápoles, donde pasó a servir en la corte de su rey don Fadrique. Cruzó luego el estrecho de Mesina hacia Sicilia, donde entabló amistad con Gonzalo Fernández de Córdoba, más conocido como "el Gran Capitán", quien acababa de conquistar Tarento y había hecho prisionero al Duque de Calabria, a quien más tarde serviría en Madrid. En 1502, de regreso a España, residió en Madrid, su ciudad natal, y cuando Isabel la Católica murió, en 1504, entró de nuevo en la corte de Fernando el Católico. Sirvió por entonces al Duque de Calabria. En 1506 debió casarse con Margarita de Vergara, que murió pronto, y al año siguiente fue nombrado notario público y secretario del Consejo de la Santa Inquisición; al año siguiente se casó nuevamente, en esta ocasión con Catalina Rivafecha, y trabajó hasta 1511 como notario público de Madrid. En 1512 ejerció de secretario del Gran Capitán por poco tiempo.

Viajó a las Indias en 1513 en la expedición a Panamá de Pedrarias Dávila, quien había sido nombrado gobernador de Castilla del Oro, como jurista, desempeñó como escribano (que era un funcionario bajo designio real que evolucionó a notario) de «minas e del crimen» e ibídem del «oficio del hierro de los esclavos e penados», cargos a los que añadió después el de «veedor» de las fundiciones de oro.

Como militar, fue teniente del gobernador Pedrarias, a la sazón, gobernador de Cartagena de Indias. Se desempeñó como capitán y alcayde de las fortalezas de Santo Domingo y la Española.

Obra[editar]

Escudo de Armas del Almirante Cristóbal Colón otorgado por los Reyes Católicos en Barcelona, al regreso de su 1ª expedición en 1493, del libro «Historia General de las Indias», capítulo VII del libro II. Los cuarteles de arriba son Castilla y León, las anclas como Almirante, bajo izquierda es América con islas y tierra firme.
Portada del Libro de [...] Don Claribalte, (Valencia, 1519), escrito por Gonzalo Fernández de Oviedo.
Portada de «Historia General de las Indias» que subtitula «Primera parte de la historia natural y general de las indias y islas y tierra firme del mar océano» como cronista de su majestad por cuyo mandado lo escribí, 1535.

Tras su segunda estancia en América, publicó el Sumario de la Natural Historia de las Indias (1526), dedicada a Carlos I como un adelanto del "tratado que tengo copioso de todo ello", pues ya había empezado a redactar su obra más famosa, la Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del mar océano, que relata acontecimientos que van de 1492 a 1549. Su primera parte se imprimió en 1535; la impresión de la segunda parte en Valladolid quedó interrumpida por la muerte del autor en 1557 y sólo se editó completa entre 1851 y 1855 en cuatro volúmenes al cuidado de José Amador de los Ríos y encargados por la Academia de la Historia.

El Sumario fue traducido al inglés, italiano (Venecia, 1532) y latín y alcanzó en un siglo 15 ediciones, transformándose en un clásico de la etnografía y la antropología. Tras una breve disquisición sobre la navegación al Nuevo Mundo, trata de La Española, Cuba y otras islas de las Antillas, así como de Tierra Firme, ocupándose de los habitantes y sobre todo de los animales y vegetales; los minerales le merecen muy poca atención, a excepción del oro.

En la Historia, este ordenamiento geográfico es reemplazado por otro inspirado en Plinio el Viejo: primero, los vegetales subdivididos en plantas cultivadas, árboles y hierbas; después, los animales, comenzando por los terrestres, siguiendo con los acuáticos y aéreos y terminando con los insectos. En esta obra crítica las Décadas reunidas por Pedro Mártir de Anglería a causa de haber tomado sus fuentes de forma indirecta; dice Oviedo:

«Deseaba escribir lo cierto si fielmente fuera informado, mas como habló de lo que no vido... sus Décadas padecen muchos defectos.»[cita requerida]

En sus escritos americanos, Oviedo se presenta como un admirador de la naturaleza y de las costumbres indígenas, que describe con entusiasmo pero con objetividad, en lo que le sirvió de no poco desconocer el latín, ya que incluso su Plinio lo había leído en italiano, lo que le notó su gran enemigo Las Casas, que reconoció, sin embargo, sus méritos científicos. Ello le supuso librarse de prejuicios clasicistas y fiarse exclusivamente del dato empírico y la observación directa, en lo que se mostró además muy perspicaz. Por ello se le considera uno de los primeros antropólogos avant-la-lettre. Igualmente son de gran utilidad científica sus indicaciones botánicas y etnológicas.

Por otra parte, escribió también en 1522 un Bestiario de Indias para informar a Carlos V de los animales de sus nuevos dominios.

Como simple escritor escribió además el libro de caballerías Libro del muy esforçado e invencible caballero de la fortuna propiamente llamado Don Claribalte (Valencia, 1519), dedicado al Duque de Calabria, aunque ya en 1524 compuso una epístola moral de aire erasmista en que rechaza su antigua afición a los libros de caballerías. Fuera de esta pieza, es fundamental una obra genealógica, las Quinquagenas de los Reyes, Duques, Caballeros y personas notables de España o Quinquagenas de la nobleza de España, 1555, que es una fuente de primer orden para conocer datos biográficos, heráldicos y anécdotas sobre la nobleza castellana de la Edad Media y el Renacimiento, pero de complicada transmisión textual.

También dejó referencia del príncipe Don Juan en su Libro de la cámara real del príncipe D. Juan e officios de su casa e servicio ordinario, que sólo llegó a editarse en Madrid en 1870, y compuso además un Libro de los infortunios y naufragios (1535) y un Libro del blasón que sirvió de fuente previa a los diálogos de sus Batallas y quincuagenas. Permanece inédita su Historia de Nicaragua, su Catálogo real de Castilla, su Relación de lo subcedido en la prisión del rey Francisco de Francia, su Libro de linajes y armas, su traducción del Laberinto de amor de Giovanni Boccaccio y diversos trabajos de traducción y cronísticos que fueron aprovechados por William H. Prescott para sus monumentales obras históricas.

Como arqueólogo se interesó por las inscripciones romanas de Madrid y ha transmitido los escasos testimonios romanos visibles en la ciudad, aunque sólo encontró tres: una en la puerta de Moros (una piedra tosca en forma de columna redonda que perdió el texto por el trasiego de las carretas); otra en la iglesia de la Almudena y la tercera, de la que sólo quedaban las últimas líneas, en la puerta de Guadalajara. En ella la existencia de dos letras leídas como P y M habían dado lugar a que la inscripción se atribuyese a Pompeyo Magno o Máximo, interpretación con la que él no estaba de acuerdo: Se puede también entender Publio o Paulo o Papirio, pero por las últimas letras S·T·T·L se interpreta que fue sepultura, e acostumbraban dezir estos rromanos sit tibi terra levis.

El relato del juego de pelota de las Indias occidentales[editar]

En La Historia General de las Indias, tras el capítulo precedente, en el cual describe la tipología de las casas autóctonas y sus usos accesorios, como el de las hamacas, comienza un nuevo relato del tratado que dedica a Carlos V, (de singular valor histórico e historicista), en el capítulo II del libro sexto de esta obra subtitula:

Del «juego del bate» y de los Indios que es el mismo que «el de la pelota»: aunque «se juega de otra manera» como aquí se dirá.

Refiere que en cada pueblo había un lugar «diputado» en las «plazas» y en las «salidas de los caminos» para la práctica de este juego de pelota, la formación de dos equipos, que las dos dimensiones del terreno de juego variaban en proporción y en razón directa al número de jugadores participantes (equipos de 10 hasta 20), el lugar preeminente para las dignidades del poblado (lo que podríamos transliterar al presente como un palco presidencial), admira y le destaca al rey la vistosidad del juego (es cosa para ver y notar):

Quiero decir de la manera que se jugaba porque en la verdad «es cosa para ver y notar». En torno de donde los jugadores hacían el juego, diez por diez y veinte por veinte: (como se concertaban) tenían sus asientos de piedra y al cacique y hombres principales «ponianles unos vanquillos» de palo muy bien labrados de lindas maderas y con muchas labores de relieve y «concavadas», entalladas y esculpidas en ellos.

Para que el rey comience a entender la descripción del juego, explica sucintamente como fabricaban la pelota, compara el tamaño con el que él tiene por referencia (las fabricaban de varios tamaños: mayores y menores que las que hacen en España), la diferente naturaleza del material empleado en España, el empleo de un zumo como ingrediente de la fórmula, las propiedades físicas y cualidades derivadas de estas pelotas de Indias:

Las pelotas «son» de unas raíces de árboles y yerbas: y «zumos» y mezcla de cosas que toda junta esta mistura parece algo cera, pez negra: y juntas estas y otras materias «cuecenlo todo» y hacen una pasta y «redondeanla» y hacen la pelota «desto», «tamaña» como una de las de «viento» con que juegan en España: y «mayores y menores». La cual mistura hace una tez negra y no se pega a las manos: y después que ésta «ēruta» tornase algo esponjosa, no para que tenga «agujero ni vacuo alguno» como la esponja, por «aligerecese» y es como fofa y algo pesada. Estas pelotas saltan mucho más que las de viento sin comparación, porque de solo «soltalla» de la mano en tierra, suben mucho más para arriba, y dan un salto y otro y otro y otro y muchos, disminuyendo en el saltar por si mismas como lo hacen las «pelotas de viento» y muy mejor: mas como son macizas son algo pesadas.

Observa que la naturaleza de la pelota condiciona el concepto de este juego de pelota, que se juega con hombros, cabeza, cadera y rodillas, y combinado estos «toques» con salto sobre el terreno de juego para alcanzar la pelota, rechazan la pelota con la cadera debido a su peso, admira la vistosidad del juego:

E si les dieren con la mano abierta o con el puño cerrado, en pocos golpes abrirían la mano o la «desconcertarian». Y a esta causa le dan con el hombro y con el codo y con la cabeza: y con la cadera «lo mas continuo» o con la rodilla: y con tanta presteza y ligereza que «es mucho de ver»: porque aunque vaya la pelota «cuasi a par del suelo» se «arrojan» de tal manera desde «tres o cuatro pasos apartados tendidos en el aire»: y le dan con la cadera para la rechazar.

Prosigue con el relato de la descripción del desarrollo del juego, la dinámica, cuando y porque se detiene el juego y el modo genérico de jugarlo:

Y de cualquier bote o manera que la pelota vaya en el aire y no «rastrando» es «bien tocada», porque ellos no tienen por mala ninguna pelota o mal jugada: porque aya dado dos ni tres ni muchos saltos, con tanto que al «herir» le de en el aire: no «facenchanzas», sino «ponense» tantos «a un cabo» como a otro, partido el terreno o «compás» del juego: y los de «aculla» la sueltan o sirven una vez echándola en el aire: «en cuando» que le toquen cualquiera de los contrarios: y en dándole aquel luego sucede el que antes puede de los unos o los otros para «herir» o «rechazar» la pelota: y la contención es que los «deste» «cabo» la hagan pasar «del otro puesto» adelante de los contrarios o aquellos la pasen de los limites de estos otros: y no cesan hasta que la Pelota va «rastrando» que ya por no «aver fido el jugador a tiempo» o «no hace bote» o están tan lejos que no la alcanzan y ella se «muere» o para por si.

Anotación de los tantos, nuevo saque de la pelota por el equipo que perdió el anterior juego, cuando se finaliza el partido, apuestas en el juego:

Y este «vencimiento» se cuenta por una «raya» y tornan a «servir para otra» los que fueron servidos en la pasada: y a tantas «rayas» cuantas primero se acordaron, en la «postura», va el «precio» que entre las partes se conciertan.

Observa las similitudes y las diferencias entre el juego de pelota en Indias, con el de la chueca en España y el del Balón en la Italia, observa que el de Italia es más aéreo que el de Indias, en razón a la distinta naturaleza de las pelotas de Indias respecto a las de aire de Europa y el empleo del puntapié en Italia, admira la vistosidad del juego, nota la «novedad universal» de una «pelota que bota», desconocida en España y Europa, el ingenio y el esfuerzo inherente al singular juego de pelota «que bota» autóctono de Indias y se maravilla de la destreza de los indios y de las indias al jugarlo:

Algo parece este juego en la opinión o contraste del de la «chueca»: salvo que en lugar de la «chueca» es la pelota y en lugar del «cayado» es el hombro o cabeza del jugador con que la «hiere» o «rechaza». En Italia juegan un juego de pelota muy gruesa, «tamaña» o mayor, que una botija de una arroba, que llaman Balón o «Paon» y en especial en Lombardia y en Napoles vi muchas veces jugar «aqueste» juego y dan a aquellas pelotas grandes con el pie y en la forma del juego parece mucho al que he dicho de los indios: salvo que como acá «hieren» a la pelota con el «hombro o rodilla o cabeza», no van las pelotas tan por lo alto como el Balón que he dicho: o como la pelota de viento menos: pero saltan estas de acá mucho más: y el juego en si es de más artificio y trabajo mucho. Y es cosa de maravillar ver quan diestros y prestos son los Indios y aun muchas indias en este juego.

Polémica sobre la humanidad de los Indios[editar]

Grabado de indios lavando arenas auríferas, extraído de la primera edición de la Historia General y Natural de las Indias (Libro VI, Cap. VIII)

Tras una estancia de año y medio, volvió a la metrópoli, produciéndose entonces (1519) un violento conflicto con el dominico fray Bartolomé de las Casas, quien lo acusó en Barcelona de ser "partícipe de las crueles tiranías que en Castilla del Oro se han hecho". Sus radicales diferencias con Las Casas parten de que el dominico consideraba a los indios seres humanos, con los mismos derechos que los españoles. Fernández de Oviedo, como Ginés de Sepúlveda, los tenía por homúnculos, seres aquejados de defectos tan graves e irremediables que hacían imposible la convivencia con los castellanos, o la conversión consciente a la fe cristiana. Lewis Hanke ha compilado los juicios que Fernández de Oviedo dedica a los indios en distintos capítulos de su Historia de las Indias, y que ayudan a comprender la animadversión de Las Casas. Algunos son:[3]

Tales opiniones eran compartidas por muchos conquistadores, e intentar convencer de ellas a las autoridades de la metrópoli resultaba muy conveniente, pues la irracionalidad de los indios justificaba la continuidad y perpetuidad de la encomienda, la esclavización en "guerra justa", y en última instancia las propias conquistas.

Fernández de Oviedo volvió a realizar otros cuatro viajes a América, en la que permaneció un total de veintidós años, y fue nombrado Cronista de Indias en 1532. Al año siguiente aceptó el cargo de alcaide de la fortaleza de Santo Domingo y murió en Valladolid, después de más viajes ocasionales a la Península, el año de 1557.

Alano español[editar]

Gonzalo nos habla de Leoncico, hijo de Becerrico, en estos términos: "Asimismo quiero hacer memoria de un perro que tenía Vasco Núñez que se llamaba Leoncico, y que era hijo del perro Becerrico de la isla de San Juan, y no fue menos famoso que el padre. Este perro ganó a Vasco Núñez en esta y otras entradas más de mil pesos de oro, porque se le daba tanta parte como a un compañero en el oro y en los esclavos, cuando se repartían. Así, yendo Vasco Núñez, dábanle a él sueldo y parte, como a otros capitanes; y el perro era tal que la merecía mejor que muchos compañeros soñolientos, que presumen de ganar holgando lo que otros con sus sudores y diligencias allegan. Era este perro de un distinto maravilloso, y así conocía el indio bravo y el manso como le conociera yo u otro que en esta guerra anduviera, y tuviera razón: y después que se tomaban y rancheaban algunos indios y indias, si se soltaban de día o de noche, en diciendo al perro: «ido es, búscale» así lo hacía; y era tan gran ventor, que por maravilla se le escapaba ninguno que se les fuese a los cristianos. Y cómo le alcanzaba, si el indio estaba quedo, asíale por la muñeca o la mano, y traíale tan ceñidamente, sin morderle ni apretarle, como le pudiera traer un hombre; pero si se ponía en defensa, hacíale pedazos. Y era tan temido de los indios, que si diez cristianos iban con el perro, iban más seguros y hacían más que veinte sin él. Yo vi este perro, porque cuando llegó Pedrarias a la tierra, el año siguiente de mil y quinientos y catorce, era vivo, y le prestó Vasco Núñez a algunas entradas que se hicieron después, y ganaba sus partes como he dicho; y era un perro bermejo, y el hocico negro y mediano, y no alindado; pero era recio y doblado, y tenía muchas heridas y señales de las que había hallado en la continuación de la guerra, peleando con los indios. Después por envidia, quien quiera que fue, le dio al perro a comer, con qué murió." [cita requerida]

Referencias y Notas[editar]

  1. No hay acuerdo entre los investigadores sobre su lugar de fallecimiento. Véase Orjuela (1985) p. 254
  2. Orjuela (1985), p. 275
  3. Lewis Hanke (1967), p. 34

Bibliografía[editar]

Obras de Gonzalo Fernández de Oviedo[editar]

Bibliografía Secundaria[editar]

  • Lewis Hanke. La lucha española por la justicia en la conquista de América. Ed. Aguilar, Madrid, 2ª edición,1967
  • Orjuela, Héctor. "Orígenes de la Literatura Colombiana: Gonzalo Fernández de Oviedo", en Thesaurus. Boletín del Instituto Caro y Cuervo. Tomo XL, número 2, 1985
  • Daneri, Juan J. 2005. Fernández de Oviedo's Pineapple and Cultural Authority in Imperial Spain.Monographic Review 21:26-39.
  • Juan Bautitas Avalle-Arce. 1963 Biblioteca Anaya. Sumario de la Natural Historia de la Indias de Fernández de Oviedo. En su introducción dice.." nascí, de padres y progenitores naturales del Principado de Asturias de Oviedo, procreados en un pequeño pueblo que se dice Borondes, de la feligresía de de San Miguel de Bascones y Concejo de Grados"...texto que figura en sus Quinquagenas de la nobleza de España. (Sus ancestros No están localizados en Valdes sino en Grado)

Enlaces externos[editar]