Muerte mística

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En la ascética de la tradición cristiana, la vigilia y la oración son el fundamento de la muerte mística en el cotidano vivir.

La muerte mística es, desde la perspectiva de la ascética, la aniquilación o extinción del yo o sí mismo. Descrita también como un «morir antes de morir» es un morir voluntario, antes de la muerte corporal, a la propia mas falsa y errónea identidad personal del ego, en sus múltiples facetas.[1] [2] [3] [4] Expresada en forma alegórica o explícita en la ascesis de las principales tradiciones religiosas del mundo, la muerte mística permitiría, al ser extinguido en forma gradual el propio yo, la plena manifestación de la verdadera y original naturaleza espiritual humana, su ser interior, su intimidad infinita.[5] [1] [6] [7]

La muerte mística en diversas tradiciones religiosas[editar]

La enseñanza de Jesucristo de «negarse a sí mismo» es la base de la muerte mística, en la ascesis del cristianismo.

Cristianismo[editar]

En el cristianismo el fundamento de la muerte mística, mors mystica en latín, queda expresado en diversos pasajes de los Evangelios y muy especialmente en las palabras de Jesucristo, reseñadas en el Evangelio de Mateo y corroboradas por los textos del Evangelio de Marcos (8:34) y el Evangelio de Lucas (9:23):

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame».

Evangelio de Mateo, 16:24[8]

Así mismo, en el Evangelio de Marcos, se dice:

Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.

Evangelio de Marcos, 7:21-23.[9]

Este negarse a sí mismo o limpieza del corazón de los hombres, es la muerte mística en sí mismo al pecado,[10] al "yo pecador" y que, si no acontece antes de la muerte primera o muerte corporal, conduce a la muerte segunda (Ap. 2:11), la muerte del alma que no ha sido purificada en vida.[11] En la incipiente comunidad cristiana los escritos de Pablo de Tarso, dejarían un profunda huella que configuraría la ascética mística cristiana posterior. Así en su Primera epístola a los corintios les dice:

Os aseguro, hermanos, por la gloria que de vosotros tengo en nuestro Señor Jesucristo, que cada día muero.

Pablo de Tarso, Primera epístola a los corintios 15:31[12]

Esta muerte mística es una muerte al pecado ―según Pablo de Tarso en la Epístola a los romanos 7:20―, al hombre viejo ―según Pablo en la Epístola a los romanos 6:6, Epístola a los efesios 4:22; y Epístola a los colosenses 3:9―, también significada como un «crucificar la carne con sus afectos y conscupiscencias» que, previamente, se han conocido dentro de sí mismo:

Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con los afectos y concupiscencias.

Pablo de Tarso, en Epístola a los gálatas 5:24[13]

Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados.

Pablo de Tarso, en Epístola a los corintios 11:31[14]

Según Pablo de Tarso, es la gracia divina que adviene en la oración ―Primera carta a los tesalonicenses 5:17, y Epístola a los efesios 6:10-18― y desde la vigilia ―«Velad y orad» (Evangelio de Marcos 14:38)―, la que permite "no caer en tentación", es decir, no alimentar al hombre animal a que hace referencia Pablo de Tarso (en la Primera epístola a los corintios 2:14).

Por ello, la muerte mística es un proceso arduo y gradual,[15] en vida, conducente en primera instancia a hacerse con la propia alma –«con vuestra paciencia poseeréis vuestras almas» (Evangelio de Lucas 21:19)―, por medio de la continua muerte o purificación interior a la propia naturaleza errónea, al hombre viejo y que, más allá aún, posibilita acoger a Cristo dentro de sí:

Hasta que todos lleguemos […] a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.

Pablo de Tarso, en Epístola a los efesios 4:13[16]

Y ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí.

Pablo de Tarso, en la Epístola a los gálatas, 2:20[17]

Pues solo por medio del Hijo se llega al Padre (Evangelio de Juan 14:6).[18] Son abundantes los textos que dentro de la espiritualidad cristiana, inciden en la muerte mística.

Clemente de Alejandría (ca.150-220) distingue, en sus principales obras (Stromata, Proteptico y Pedagogo), tres tipos de muerte: la muerte física — «la que desata el alma del cuerpo» y acontece «naturalmente a los seres vivientes»—, la muerte del alma – que puede sobrevenirle a ésta por causa del pecado: las pasiones o «enfermedades del alma» —, y la muerte gnóstica que «lleva y separa el alma de las pasiones» y por ello es, para Clemente, una «muerte salvadora».[19] Por la importancia de esta última, Clemente de Alejandría redefine la tarea de la filosofía, desde una perspectiva cristiana, como «un ejercitarse en morir» o «ejercicio de muerte» que se sustenta en la propia purificación interior.[19]

En la Filocalia, legado espiritual de la Iglesia de Oriente,[15] los Padres del desierto animan a combatir, en lucha íntima e inmaterial, contra los espíritus impuros o enemigos invisibles interiores (Hesiquio de Batos) que oscurecen el alma en el interior del asceta, tales como la ira, la tristeza, la codicia, la acidia o pereza, la vanagloria y muy especialmente la soberbia (Casiano el Romano). En esta colección de textos se habla de «la ciencia del combate espiritual secreto» para expulsar metódicamente, a estos enemigos interiores (Hesiquio de Batos). El fundamento de esta ciencia es el recuerdo continuo de Dios con la ayuda de la oración del corazón.[20]

Para Francisco de Asís, la muerte mística, el «vencerse a sí mismo», es la mayor gracia del Espíritu Santo.

San Francisco de Asís (1182-1226) en su alocución, camino de Santa María de los Ángeles, al Hermano León, le asevera que la perfecta alegría adviene «venciéndose a sí mismos» y que este «vencerse» es un don y gracia del Espíritu Santo:

Por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo y de sobrellevar gustosamente, por amor de Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades.

Francisco de Asís, La perfecta alegría.[21]

En ocasiones, como en el caso del dominico alemán Meister Eckhart (1260-1328), la muerte mística se expresa en términos radicales que asemejan las doctrinas del budismo Zen en cuanto a la necesidad de la absoluta vacuidad interior, de sí mismos, incluso de la propia idea de lo divinal o de Dios, pues resulta también siendo un obstáculo para acercarse a Él.[22]

Eckhart incide, así mismo, en sus Tratados y sermones, en "desasirse o anularse":

Pues toda nuestra esencia no se funda en nada que no sea un anularse.

Meister Eckhart, Tratados, Pláticas instructivas: De las obras interiores y exteriores[23]

O expresado en otro modo, despojarse, "quitar y expurgar" dentro de sí mismos para hacer resplandecer lo que se halla, como un tesoro, escondido:

Cuando un maestro hace una imagen de madera o de piedra, no hace que la imagen entre en la madera, sino que va sacando las astillas que tenían escondida y encubierta a la imagen; no le da nada a la madera, sino que le quita y expurga la cobertura y le saca el moho y entonces resplandece lo que yacía escondido por debajo. Este es el tesoro que yacía escondido en el campo, según dice nuestro Señor en el Evangelio.

Meister Eckart, Tratados, y Líber benedictus, Del hombre noble[23]

Tomás de Kempis (siglo XV) en su obra Imitación de Cristo incide en el morir en vida:

Debes estar persuadido de que tu vida debe ser un continuo morir. Y cuanto más muere uno a sí mismo, tanto más comienza a vivir para Dios.

Tomás de Kempis: Imitación de Cristo, libro II, capítulo 12.[24]

Semejantemente el teólogo y escritor Miguel de Molinos (1628-1696), máximo representante de la corriente mística del quietismo, expresa la muerte mística en estos términos:

Sabe que mientras más esté muerta tu alma en sí misma, tanto más conocerá a Dios. Pero si no atiende a la continua negación de sí misma y a la interior mortificación, no llegará jamás a este estado ni conservará a Dios dentro de sí, y así siempre estará sujeta a los accidentes y pasiones del ánimo que son, juzgar, murmurar, resentir, excusarse, defenderse por conservar su honra y estimación propia, enemigos de la quietud, de la perfección, de la paz y del espíritu.

Miguel de Molinos, Guía espiritual, libro III, capítulo VIII.[25]

La muerte mística desde la perspectiva cristiana permite, venciéndose a sí mismo íntegramente, recuperar la pureza primigenia ―ser como un niño― y con ella acceder al Reino de los Cielos (Evangelio de Mateo 19:14),[26] comer del árbol de la vida (Apocalipsis 2:7) y convertirse en columna de Dios (Apocalipsis 3:12).

El árbol de la vida de la Cábala. En el Zóhar de Shimon Bar Yojai y en las enseñanzas de Isaac Luria se reseñan los diversos niveles de esplendor del alma por medio de la purificación interior.

Judaísmo[editar]

Como acontece en otras tradiciones religiosas, en los textos del Tanaj, el combate interior o muerte mística a los enemigos interiores del alma, es mostrado frecuentemente en forma alegórica. Así en los Salmos del rey David:

«Perseguiré a mis enemigos y los agarraré, y no retornaré hasta que se dobleguen; los aplastaré y no podrán permanecer derechos, cayendo bajo mis pies».

Salmos 18:37-38.

«Acércate a mi alma, redímela; Líbrame a causa de mis enemigos».

Salmos 69:18.

En los textos del Sefer haZohar (libro del esplendor), de Shimon bar Yojai (siglo II e.c.) y en las enseñanzas de Isaac Luria (1534-1572), que contienen los fundamentos de la Kábala hebraica,[27] se reseña cómo el principio anímico del ser humano puede alcanzar diversos grados de desarrollo o esplendor (Néfesh, Ruaj, Neshamá, Jayá y Yehidá).

Estos niveles del alma están estrechamente relacionados con la santidad del que la alberga, es decir del grado de purificación interior o muerte mística. De hecho esta purificación, rectificación o restauración (tikkún) del alma a todo su esplendor se lleva a cabo trabajando y luchando contra las fuerzas impuras dentro de sí mismos ―deseos y pulsiones egoístas―, que impiden el acercamiento y la unión con Dios, pues aquellas fuerzas impuras engulleron chispas de luz que integraban la realidad espiritual primigenia, alejando al ser humano de la luz de Dios (Ain Sof).[28]

De acuerdo a la perspectiva cabalística expresada en el Zohar, todas las almas están interconectadas, y por ello no es posible la rectificación plena o total en modo individual, hasta tanto todas las almas queden así mismo rectificidas o purificadas y así poder brillar con toda su luz.[28]

El recuerdo continuo de Dios (o dhikr) es el fundamento de la muerte mística (o fanâ) en el islamismo.

Islamismo[editar]

En el islamismo, la muerte mística es descrita con el término fanâ (فناء) cuyo significado es ‘disolución’ o ‘aniquilación del yo’ o ‘renuncia de sí mismo’ y al que sigue baqa (la subsistencia en Dios).[29] [30] [31] El término es relacionado con la sura 55 del Corán, aleyas 26 y 27:

Todo lo que está sobre la tierra perece (fanin) y solo queda (yabqa) el rostro del Señor, lleno de potencia y de gloria.

Sura 55, versículos 26 y 27 del Corán

Así mismo se fundamenta en un hadiz del profeta Mahoma que reza:

Morid antes de morir y pedíos cuentas a vosotros mismos antes de que se os pidan.

Hadiz del profeta Mahoma, recogido por Al Tirmidhi.[32]

También fana es relacionada con la figura del místico universal Mansur al Hallaj (857-922 e.c.), tras su martirio. El aniquilamiento o extinción mística es expresado en muchas ocasiones por el fuego en la literatura persa medieval:

Os digo: no cejaré hasta alcanzar mi deseo:
que se una mi alma al Alma de mi alma o el alma deje a mi cuerpo.
Abre mi tumba y observa, cuando haya muerto,
cómo humea mi sudario por el fuego que yo albergo.

Hafiz Shirazi (1325-1389)[30]

Y del mismo modo este fuego es una alegoría de la Divinidad pues como señala el poeta Yalal ad Din Rumi (1207-1273 e.c.): «Dios es el que incendia al hombre y lo aniquila».[30]

El poeta y místico Hakim Sanai (ca. 1070-1150 e.c.) en su obra Hadiqat al haqiqa (el jardín amurallado de la verdad) expresa la abolición del propio yo de modo diáfano en su masnavi:

Mientras sigas adherido a tu ego,
vagarás a derechas e izquierdas,
día y noche, por mil años;
y, cuando tras todo ese esfuerzo,
finalmente abras tus ojos,
verás a tu ego, a través de los defectos inherentes,
vagando alrededor de sí mismo
como un buey en la noria;
pero, si liberado de tu ego, finalmente te pones a trabajar,
esta puerta se te abrirá en dos minutos."
Magulla tu ego por meses y años sin fin;
déjalo como muerto y cuando hayas acabado con él, habrás alcanzado la vida eterna
Cuando en el sendero hayas matado a tu ego,
de inmediato se te mostrará el favor de Dios.

Hakim Sanai, El jardín amurallado de la verdad[33]

Desde la perspectiva sufí, esta lucha o esfuerzo espiritual (yijad) por la purificación o limpieza interior de los defectos inherentes o yijad al nafs (la lucha espiritual contra el propio ego), es la genuina "guerra santa" pues conduce a la santificación y por ello es considerada en los círculos sufíes como "la gran lucha" (Yijad al Akbar o Yijad mayor).[34] Son muchos los ejemplos en la poética mística del islam que señalan la necesidad de este paso para hacer brillar la Luz Divina en el corazón del buscador de la Verdad. Así Rumi en su Masnavi ye Manavi:

Oh, dichoso el que está muerto antes de morir,
pues él ha percibido el perfume del origen de este vergel.

Rumi: Morir antes de morir, Masnavi ye Manavi, IV.[35]

Farid al Din Attar (s. XII-XIII), en su obra Ilahi Nama (o ‘libro divino’) refiere:

El obstáculo que te impide avanzar es tu 'yo'; hazlo desaparecer.
No vuelvas a ti; renuncia a tu 'yo', la abnegación de sí es «luz sobre luz».

Attar, Ilahi nama.[36]

Entre los místicos sufíes es frecuente considerar al alma como un espejo que debe quedar limpio de mancha alguna para poder reflejar con completa pureza lo Divino.[30] Así Rumi expresa:

Pues aquel que se ha despojado de sí mismo ha desaparecido [en Dios]… Su forma se ha desvanecido y se ha convertido en un espejo…

Rumi, Masnavi IV[35]

Siendo la misma ayuda divina quien lo limpia:

Yo soy un espejo pulido por la mano divina…

Rumi, Masnavi I[35]

El recuerdo continuo de Dios por medio de su constante invocación, Dhikr o Zekr, es el instrumento que permite recibir la asistencia divina en propósito de convertirse en espejo de la divinidad.[37] [38] [39] Tal purificación del alma, limpia como un espejo, extinguiendo el yo, vaciando el corazón de todo lo que no es Dios, conduce a ser Uno (tawhîd) con Dios y en Dios.[37]

El budismo considera el deseo y apego pasional como la causa del sufrimiento en el ser humano.

Budismo[editar]

El budismo, en su exposición de las cuatro nobles verdades, considera al deseo y apego pasional y concupiscente como causa de la insatisfacción o sufrimiento humano (duhkha).[40] [41] Este sufrimiento puede cesar al extinguirse su causa, el deseo, en sus variadas expresiones y cuya raíz es el propio, impermanente e “ilusorio yo o ego”, alegorizado, en la doctrina budista, por la figura del maligno Mara, el «demonio tentador» interior de múltiples caras.[42] [43] [44] De ahí que la suprema paz, la dicha del nirvana, advenga con la disolución del yo ilusorio.[45]

El sendero que conduce a la extinción del sufrimiento en sí mismos, conlleva por tanto un adentrarse en sí mismo para reconocer, comprender y desechar, desde la pura atención, los velos mentales y emocionales que condicionan nuestra luminosa naturaleza original: La plenitud espiritual en el budismo adviene por quedar vacío del propio yo.[46]

Es mejor conquistarse a sí mismo que vencer a mil en mil batallas. Al vencerse a uno mismo, uno gana: nadie puede quitarnos la victoria.

Sidharta Gautama: Dhammapada[47]

En el budismo mahayana se destaca la figura del Bodhisattwa, aquél que disolviendo su propio “yo ilusorio” y encontrándose a las puertas de la dicha del nirvana, renuncia a estos por compasión, para seguir ayudando espiritualmente a todos los seres humanos sufrientes a su propio despertar y liberación.[48] [49] [50]

La batalla de Kuruksetra, del Bhagavad-guita: simbólica alegoría del combate interior en el asceta místico.

Hinduismo[editar]

En el Bhagavad-guita ―una sección didáctica del Majábharata (texto épico-religioso del siglo III a.e.c.)― se describe el diálogo entre Krisná (octava encarnación del dios Visnú) con su amigo el príncipe pándava Áryuna y revelándole sobre el escenario de una gran batalla, el camino de la salvación. Esta gran batalla entre los Kauravas y los Pándavas, es alegórica del combate interior entre la fuerzas del mal ―representadas por los Kauravas― y las fuerzas del bien ―los Pandavas―.[51] En sus explicaciones a Arjuna, uno de los jefes contendientes, Krishna le anima a la lucha por la extinción del yo:

El hombre que abandona todo deseo y obra sin intereses, libre del sentido del yo y de lo mío, él alcanza la paz.

Anónimo, Bhagavad-guita, cap. II, «El yoga del conocimiento»[52]

Como resaltaba en esas mismas épocas el budismo, en el Bhagavad-guita el deseo, la ira y la codicia son mencionados como puertas hacia la oscuridad que deben ser «evitadas».

En las Upanisad, en el marco del brahmanismo ―religión de la antigua India considerada el nexo entre el periodo védico (del 1500 al 600 a.e.c.) y el hinduismo posterior — , ya se señalaba la necesidad de la aniquilación del yo para reintegrarse en el Todo.[53]

La muerte mística, puente espiritual común en las diversas tradiciones religiosas que conduce a la vivencial experiencia de la unidad transcendente.

La muerte mística: esencia de la espiritualidad perenne y universal[editar]

Descrita y señalada de un modo u otro, acorde al tiempo y lugar, la muerte mística, la ascesis de morir en sí mismo, puede ser considerada el basamento común espiritual, presente en la mística de las grandes tradiciones religiosas y corrientes espirituales de la humanidad, que conduce a la vivencial experiencia de la Unidad Transcendente y a la consecución de la plenitud o liberación espiritual en el ser humano.[1] [3] [30]

Es por esta común unión en lo profundo de la espiritualidad perenne y universal, por lo que es posible encontrar analogías tan intensas en los grandes místicos de todos los tiempos y pueblos, ya que su objetivo ―la plenitud que confiere la libertad interior, la unión con lo Transcendente― y la vía para alcanzarlo ―la purificación absoluta dentro de sí, de todo lo que obstaculiza esta meta―, son los mismos.[54] [55]

Esta similitud de los grandes ascetas del espíritu no sólo se da en la forma y el fondo de los escritos que nos legaron sino, y muy especialmente, en su modo de vivir, la rectitud de sus vidas y en el afán sacrificado y desinteresado de ayudar a sus semejantes a alcanzar la plenitud como seres humanos.

Referencias[editar]

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  2. Thomas J. McFarlane: «Genuine mysticism, the mystical death», artículo en el sitio web Integral Science, 2004.
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  4. Jesús Almón Iglesias: El vuelco del espíritu (pág. 143). Madrid: Sal Terrae, 1992. ISBN 9788429310528.
  5. Adolphe Tanquerey: Compendio de teología ascética y mística (págs. 7, 8 y 9). España: Palabra, 1990. ISBN 9788482394954.
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  7. René Guénon, Henry D. Fohr, Samuel D. Fohr, Initiation And Spiritual Realization, Ascesis and Asceticism, pag. 99, Sophia Perennis, 2004, ISBN 9780900588426.
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  9. Evangelio de Marcos 7:21-23.
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  11. Emilio Mitre: La muerte vencida: imágenes e historia en el Occidente medieval (1200-1348). Buenos Aires: Encuentro, 1992 (pág. 52). ISBN 9788474901993.
  12. Pablo de Tarso: Primera epístola a los corintios 15:31.
  13. Pablo de Tarso: Epístola a los gálatas 5:24.
  14. Pablo de Tarso: Primera epístola a los corintios 11:31.
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  16. Epístola a los efesios 4:13.
  17. Epístola a los gálatas 2:20.
  18. Evangelio de Juan 14:6.
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  22. Maestro Eckhart: El fruto de la nada y otros escritos. Madrid: Siruela, 1988. ISBN 9788478443918.
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  24. Tomás Hermerken de Kempis: De la imitación de Cristo. Barcelona: Gestión, 2006. ISBN 86-611-3126-6.
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  26. Evangelio de Mateo 19:14.
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Bibliografía[editar]

Enlaces externos[editar]