Décimo Junio Juvenal

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Grabado de John Dryden: Las sátiras de Decimus Junius Juvenalis y de Aulus Persius Flaccus.
Grabado de John Dryden: Las sátiras de Decimus Junius Juvenalis y de Aulus Persius Flaccus.
Para otros significados de Juvenal, ver Juvenal (desambiguación).

Décimo Junio Juvenal fue un poeta satírico latino, nacido hacia el año 55 d. C. en Aquino (Lacio meridional), que el mismo escritor señala como su lugar de descanso, uniéndolo al recuerdo de los rústicos templos de Diana y Ceres Helvina. Es autor de dieciséis Sátiras compuestas entre 90 y 127.

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[editar] Biografía

No lejos de Aquino fue hallada una inscripción votiva dedicada a Ceres Helvina por Junio Juvenal, comandante de una cohorte dálmata, dunviro quinquenal (cargo importante en la administración de los municipios) y flamen de Vespasiano, una dignidad sacerdotal que nos traslada a fines del S. I, bajo Tito o Domiciano. Pese al estado fragmentario de la inscripción (luego perdida), que no permitía distinguir el prenombre del dedicante, se ha ido imponiendo entre los eruditos la idea de su atribución a Juvenal, con cuya figura pueden concordar aquellos cargos militares, civiles y religiosos.

Probablemente nace durante el reinado de Claudio (aunque las fechas pueden oscilar entre 45 y 65) en Aquinum, región de Campania (si hay que creer lo que él decía), y empieza su carrera como profesor de elocuencia, una profesión que al parecer le permitió ganarse la vida dignamente; es posible que le diera hasta para comprar una granja en Tibur (Tivoli).

Era muy amigo de Marcial (autor de los Epigramas). Se cree que visitó Egipto cuando ya era octogenario pero algunos historiadores opinan que pudo ser un exilio disfrazado bajo el manto de una no muy definida misión militar, como consecuencia de haber caído en desgracia ante el emperador Adriano. Quizá murió, casi octogenario, en esta especie de exilio disimulado, que otros biógrafos sitúan en Britania, después del 128.

De origen sin duda modesto, quizá hijo adoptivo de un liberto enriquecido, Juvenal debió de vivir en las mismas condiciones de aquellos que, aun poseyendo medios de fortuna y viéndose cortejados por clientes más pobres, tenían que ingeniárselas para ser clientes de los más ricos; así lo retrata hacia el 100 Marcial, su gran amigo, en un conocido epigrama humorístico (XII,18,1-6), cuyo espíritu no se opone a ciertos detalles de bienandanza confesados por J. en sus Sátiras: su propiedad paterna, quizá la de Aquino, otra finca en Tíbur (hoy Tívoli), una casa en Roma. Juvenal, tal vez discípulo de Quintiliano, vive en Roma como un rétor y frecuenta las salas de lectura, donde consigue distinguirse por su elocuencia. Lento en hallar su vocación, no se lanza sino hacia el 100, a escribir sus Sátiras, inducido quizá por el ejemplo de Marcial y, especialmente, por el sentimiento de una mayor libertad que se respira tras la opresión de Domiciano.

[editar] Obra

Contrario a lo que había llegado a ser Roma, Juvenal traza un retrato ácido y despiadado de sus contemporáneos. En sus propias palabras, es un mundo sobre el cual difficile est saturam non scribere. (Sátira I-30)

Pero si por algo es conocido Juvenal es por algunas de sus expresiones: panem et circenses (Pan y circo), refiriéndose a las costumbres de los romanos en tiempos del Imperio, Sed quis custodiet ipsos custodes ? (¿Quién vigilará a los propios vigilantes?) (VI 347-348), Mens sana in corpore sano (Una mente sana en un cuerpo sano)(X 356)...

Compuso 16 sátiras en cinco libros, que pueden fecharse, por sus alusiones cronológicas, entre el 100 y el 128.

Hacia el 400, Niceo, un discípulo del gramático Servio Honorato, corrigió en Roma un ejemplar de las Sátiras que constituyó el arquetipo del que proceden los manuscritos medievales. A través de estas piezas, de extensión muy irregular (de 130 a 661 versos -la sexta-), se vuelca su fuerza de rétor en violentos ataques contra las costumbres escandalosas de su tiempo y contra los abusos y extremismos de los principados anteriores.

Pueden distinguirse dos etapas sucesivas en esta obra: la crítica áspera y realista de los vicios, desde el lujo y la sed de dinero hasta la insolencia de los nuevos ricos, los delatores, los extranjeros y los advenedizos; la predicación, menos ágil, de los lugares comunes de la moral. Pertenecen a la primera el I libro de cinco sátiras (1, vocación del satírico; 2, los hipócritas; 3, las molestias de Roma; 4, el rodaballo de Domiciano; 5, los parásitos), aparecido hacia el 100, que reveló inmediatamente una inquieta originalidad, y, aunque salidos bastante más tarde, después del 115, el II (con una sola pieza, la 6, la famosa sátira contra las mujeres) y el 111 (7, miseria de las profesiones liberales; 8, la verdadera nobleza; 9, el libertinaje). Del segundo aspecto de las Sátiras, muy aproximado al tono de Persio, dan una idea el libro IV (10, las súplicas; «mens sana in corpore sano», v. 356; 11, el lujo en la mesa; 12, el verdadero afecto) y principalmente el V (13, remordimientos y sanciones materiales; 14, la educación: «maxima debetur puero reuerentia», se debe el máximo respeto al niño; 15, crueldad del fanatismo egipcio y de las regiones orientales; 16, la profesión militar, sátira probablemente interrumpida por la muerte del poeta). Aunque Juvenal no es propiamente un satírico de «actualidades», se sitúa, gracias a las últimas sátiras, en el clima de regeneración moral que se operó en la alta sociedad bajo Trajano; pero éstas no fueron escritas hasta los tiempos de Adriano.

Hombre del pasado, provinciano de horizontes limitados, Juvenal se interesa, ante todo, por el problema social de la clientela y la situación del hombre de letras. Sus eternas quejas sobre las cuestiones económicas llegan ciertamente a aburrirnos, pero debemos recordar en su defensa la angustiosa condición del escritor de su época: no existía la propiedad literaria, había desaparecido el mecenazgo privado.

Admirador de Tácito y de los estoicos, Juvenal es, en el fondo, un rígido conservador, podría decirse que casi un «reaccionario», o un desfasado, que todavía se siente «racista» y xenófobo cuando tales conceptos carecen ya de sentido en Roma. Lo que no se le puede regatear es su frenética sinceridad en defensa de la imagen, idealizada desde Cicerón y Tito Livio, de una Roma fuerte y pura, de una Roma estrictamente latina que nunca existió: el satírico exhala sin cesar la indignación de un alma ardiente y de un racionalista, en una lengua muy retórica, aunque viva y evocadora, que, adueñada de todos los recursos de la escuela, multiplica las antítesis, las hipérboles y las máximas, pero se expresa también en imágenes pintorescas y realistas, mediante un estilo robusto, a veces difícil, lleno de relieve y colorido. Estas cualidades defienden su indignación, que hoy parece retrospectiva y reelaborada a base de lecturas, sueños históricos y experiencias propias o ajenas. La versificación, en hexámetros, a veces efectistas y resonantes, presenta no pocos descuidos, quizá deliberados, como si se moviera arrastrada por la vehemencia del pensamiento, la densidad de las descripciones y los innumerables rasgos, de marcado sabor popular, hirientes, raramente artificiosos.

Fue un autor muy popular ya en tiempos del Bajo Imperio y durante la Edad Media. Se han hallado unos 500 manuscritos medievales de las Sátiras, y sin embargo se sabe muy poco de su vida. De hecho, sus biografías se suelen basar en conjeturas originadas en los acontecimientos de los que habla en las Sátiras

[editar] Bibliografía

[editar] Edición en castellano

[editar] Sobre Juvenal

  • DÜRR, J. (1888), Das Leben Juvenals, Leipzig.
  • HARTMANN, A. (1908), De inuentione luuenalis capita tria, Basilea.
  • SHUTZE, R. (1905), Luuenalis ethicus, Greifswald.
  • WIDAL, A. (1870), Juvénal el ses Satires, París.

[editar] Enlaces externos


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Wikiquote


[editar] Referencia bibliográfica

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