Capitulación (rendición)

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Napoleón acepta la capitulación de los austriacos en Ulm

Se llama capitulación al pacto con que una plaza sitiada, fuerte, castillo o fuerza armada se rinden a una fuerza enemiga. Se llama capitulación por los capítulos, condiciones o partes diferentes de que consta por lo común.

Cuando la guerra no expresaba sino el derecho del más fuerte ejercido contra el débil, era por demás hablar del medio racional y humanitario que hoy se llama capitulación: predominando una de las fuerzas, la lucha terminaba por el exterminio o la esclavitud: o no se capitulaba o no se cumplía la capitulación. Aún en las luchas del pueblo rey, esto es, no solo de un pueblo culto, sino el más culto de su tiempo pero que espontáneamente llevaba la guerra a todas partes. Aún en las guerras y conquistas de un pueblo que dio leyes al mundo, el prisionero de guerra no tenía derecho a la vida: el tremendo ¡Væ victis! era la ley lamentable del vencido y expresaba la civilización en este punto, no solo de los tiempos de Roma sino de muchos siglos antes. Después, empero, la capitulación es, como principio, un canon de derecho universal; en términos prácticos un pacto y cuestión legal de derecho de gentes, que como tal y como medio de atenuar los estragos de la guerra, ha merecido y merece toda la atención de las naciones.

Traída la capitulación al terreno del derecho, hay que distinguir en ella los fueros y deberes de la fuerza capitulante: los de la fuerza que otorga la capitulación: los de las naciones a que una y otra pertenecen.

En cuanto a las primeras, la civilización resiste y resistirá siempre que se erija en deber la temeridad notoria: ni ía justicia, ni la política, ni la conveniencia permiten que los estados impongan a sus súbditos sacrificios notoriamente inútiles y que además repugnan a la civilización y a la humanidad: en este punto los hechos heroicos de Sagunto y de Numancia pueden celebrarse pero no convertirse en obligación. Siendo, en fin, la capitulación de derecho de gentes y descansando precisamento en estos principios; no es necesaria facultad explícita sino que el mero nombramiento de general o jefe de una fuerza armada, lleva implícito el poder discrecional de capitular u otorgar capitulación en los casos determinados por las leyes militares y prácticas de la guerra. Una fuerza armada, pues, que en campaña abierta o en puntos fortificados se ve reducida a ese caso extremo, cumplidas las leyes de la guerra satisfechas las últimas exigencias del pundonor militar y nacional, puede capitular: tiene el derecho y al mismo tiempo la autoridad necesaria para hacerlo.

Obligación de la capitulación[editar]

El pacto o capitulación no solamente es obligatorio para los jefes contrayentes, clases y personas comprendidas en él sino para sus respectivas naciones, si bien con las modificaciones que luego diremos. Hemos dicho que para este pacto solemne de tal trascendencia, los jefes de fuerzas beligerantes no necesitan autorización especial ni para pedir o admitir ni para otorgar capitulación. La ley del caso es la de la necesidad. Y como ningún Estado podría precaver contra ella por órdenes terminantes a sus jefes y fuerza pública así como ni el Estado mismo, ni el superior gobierno podrían eximirse omnímodamente de ella, todos quedan sometidos a esta ley inexorable y la facultad por tanto de prevenir o evitar sus últimos estragos por medio de una capitulación honrosa, es discrecional en los jefes de fuerzas beligerantes y se subentiende en su nombramiento. He aquí en resumen, según los publicistas, los principios de derecho público que rigen en esta materia.

Todo oficial de guerra, desde el alférez al general, goza del derecho y de la autoridad que le son atribuidos por el Estado. La voluntad de éste se conoce por sus órdenes expresas o se deduce ya de las comisiones que encarga, ya de las leyes militares, como consecuencia legitima del cargo o funciones que á cada uno incumbe desempeñar, porque toda persona constituida en mando se supone revestida del poder que le es necesario para el completo ejercicio y desempeño de su cargo y funciones. Así el cargo de general en jefe, cuando no es limitado, le reviste de un poder absoluto sobre el ejército en punto a los actos y operaciones que creyere necesarias. Cuando un jefe se halla sitiado, interrumpida toda comunicación con el soberano, por el mismo hecho se halla revestido de la autoridad del Estado, en lo que concierne a la defensa del punto y salvamento de la guarnición. De este principio general se deducen en casos iguales las facultades de los oficiales y gefes inferiores aislados del general en gefe. Su potestad y derecho se deducen en tal situación de la naturaleza de su cargo y funciones, debiendo además tenerse presentes las prácticas y costumbres recibidas.

Capitulación de Dupont ante los españoles en Bailén.

La capitulación para ser válida y eficaz ha de ceñirse a las facultades del capitulante, oído el consejo de jefes y oficiales superiores y no puede por tanto ser extensiva sino a las personas, cosas y lugares sometidos a su mando y autoridad de guerra, como la tropa, la población y vecindario, los fuertes, almacenes, armas y efectos de guerra.

Puede ser extensiva aún a puntos y fuerzas sometidas situadas a mayor o menor distancia cuando de todo punto sea así necesario para que haya de realizarse la capitulación. Así en la memorable de los campos de Bailén fue comprendida y vino a rendir las armas al campo de batalla, la numerosa división de Vedel que ocupaba a Despeñaperros: pero en ningún caso a menos de tener para ello facultades estraordinarias y explícitas será extensiva a la paz, armisticio o tregua general, cesión de territorio ni cosas análogas que caen fuera de las facultades ordinarias de un general en jefe y solo al estado o al soberano incumbe decidir acerca de ellas.

Ajustada y firmada la capitulación es un pacto que obliga a su religioso cumplimiento a las partes contratantes y a todos y cada uno de sus subordinados lo propio que el armisticio y la tregua y obliga personalmente a jefes y subordinados aún cuando después pudiera ser invalidada o no aprobada por los respectivos estados hasta ser reconocida por lo menos esta resolución.

En cuanto a los estados o soberanos de que dependen una y otra fuerza, la capitulación es un negocio tratado por intermediarios o mandatarios siendo en el caso aplicable el principio de derecho qui per alium operatur, per se ipsum operari videtur. «Todo lo que una autoridad o funcionario público, un comandante en su departamento promete dentro del círculo de sus atribuciones y según el poder que naturalmente le atribuyen su cargo y funciones todo, por razones antes expuestas, es prometido en nombre y autoridad del soberano y obliga a éste como si él mismo lo hubiera personalmente prometido. Así un comandante capitula por la plaza que manda y por la guarnición y el estado no puede invalidar lo que aquel ha prometido." Si por el contrario el capitulante se excede de sus atribuciones o lo que es lo mismo, si excede del mandato, sea éste expreso o tácito y subentendido por la naturaleza de su cargo y funciones como sería sujetando a la capitulación cosas o personas no sometidas a su mando, el estado no queda obligado y el enemigo no tiene responsable en su favor más que el jefe con quien trató.

Capitulaciones célebres[editar]

Pintura de la batalla de las Horcas Caudinas

En la práctica este caso es siempre grave. Muy rara vez, cuando recae la desaprobación del estado o soberano, la cosa está integra y antes han mediado hechos de difícil reparación o que hacen imposible restituir las cosas a su principio. Ni se reparan con entregar o abandonar al enemigo al jefe que capituló, excediéndose. La historia, especialmente la antigua nos presenta insignes ejemplos de ello, en las célebres capilulaciones de Mancino con los de Numancia, de Veturio y Postumio con los Samnitas, en el oprobioso paso de las Horcas Caudinas, de Régulo en África, de Fabio Máximo vendiendo sus propios bienes para cumplir personalmente los empeños de una capitulación desaprobada por el Senado. El poder incontrastable de Roma se convirtió en razón para que de estos hechos no naciesen nuevos conflictos.

Algunas veces los jefes de fuerzas armadas, a sabiendas, y aún consignándolo así en la capitulación, admiten condiciones que esceden de sus facultades a calidad de que sean aprobadas por su soberano o superior y aún comprometiéndose a interponer sus oficios para ello. A nada más queda obligado el capitulante en este caso y el soberano puede libremente desaprobar la capitulación. Tal fue la capitulación de las Horcas Caudinas. Los cónsules vencidos capitularon no solo su rendición con las legiones; si no la paz con los Samnitas, a calidad de que la aprobase el Senado. El Senado desaprobó. Los Samnitas en este caso reclamaban la restitución de las cosas al estado en que se hallaban al capitular; esto es, las legiones y los cónsules a la situación apurada que les obligó a capitular así como los de Numancia, desaprobada la paz de Mancino, que este con los 20.000 romanos, volviesen a las mismas posiciones o estado de prisioneros. De todos modos la civilización actual no autorizaría el riesgo voluntario, la temeridad espontánea, el sacrificio de miles de prisioneros, el deshonor, tal vez, si la capitulación ha sido deshonrosa cuando todo es evitable por acomodamientos más conformes a la humanidad a la dignidad de las naciones, al modo con que hoy se hace la guerra. En el terreno práctico la cuestión se resuelve como en los tiempos de la antigua Roma según la prepotencia del fuerte con el débil pero al fuerte no le es lícito hollar los fueros de la justicia, de la equidad y del decoro y nunca podrá reportar lícitamente en tales casos otras ventajas que las que permiten estos principios conciliados con los que prescriben la civilización y la humanidad.

Aún en el caso de verificarse una capitulación dentro del círculo de las atribuciones y facultades absolutas de los capitulantes, quedando obligados por tanto a estar y pasar por ellas sus respectivos soberanos tienen estos el derecho de hacer examinar la conducta de sus mandatarios y hacerles exigir la responsabilidad por un consejo o tribunal de guerra conforme a las leyes y prácticas militares. La historia moderna nos presenta ejemplos de notable severidad en este punto. En 1673 Dupas fue condenado en Francia a la degradación y a morir en una prisión por la capitulación de la plaza de Naerden aunque verificada a los tres días de tener abierta la brecha. En 1690 el gobernador holandés de Dixmude fue condenado a muerte por haber rendido la plaza aunque ya también con tres días de brecha abierta.

Referencias[editar]