Baldomero Fernández Moreno

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Baldomero Fernández Moreno

Baldomero Fernández Moreno (barrio de San Telmo, Buenos Aires, Argentina, 1886 - 1950) fue un poeta argentino. Su poesía, universal y hondamente nacional al mismo tiempo, ha inmortalizado la geografía íntima de los barrios porteños y la cálida placidez de las provincias y el campo.

Su infancia en España y su admiración por Antonio Machado también han dejado huella en su obra, ajena al modernismo en boga cuando publica su primer libro a los 29 años,(Las iniciales del misal) en 1915. Su obra, en la que no puede dejar de estar presente la admiración por Lugones, se adscribe al denominado "Sencillismo". Tanto Borges como Ezequiel Martínez Estrada, han ponderado su mirada de poeta para captar perspicazmente la realidad urbana o rural. En algunos de sus versos Borges dice que Buenos Aires fue "vista para siempre" por Baldomero. El autor de "Radiografía de la pampa" dedicó páginas señaladamente lúcidas al poeta. En ellas señala que en nuestro medio es el primer autor que se instala en el centro de su obra, vivo y entero. Sin preocuparse de lo que acaecía en el mundo literario que lo circundaba. Fernández Moreno -expresa- es al mismo tiempo el poeta de Buenos Aires y el de nuestros campos y pueblos. Un breve poema magistral, también muy ponderado por Borges por su paradigmática y mágica sencillez, nos descubre la provincia y la pampa en breves trazos:

Ocre y abierto en huellas, el camino
separa opacamente los sembrados.
Lejos, la margarita de un molino.

El horizonte de su poesía toda tiene los límites de las cosas evidentes,que se pueden tocar y que son siempre verdaderas. Todos sus versos son limpios y son claros, y buenos, como él. Prescinde de ideas que busquen sobrepasar la realidad y se distancia de las palabras que echan sus sombras distorsionadoras sobre las seres. Su habla, su vocabulario, solamente registran la denominación de lo que tiene dignidad, belleza y certidumbre.

Su obra bella, transparente y profunda ha sido alcanzada sólo por grandes poetas. En sus versos cuidados y sencillos, con toques de pintura excepcional sobre los temas que trata, llega al lector con la fuerza no igualada de las cosas simples, pero hondas. Ante su poesía, nada alambicada, ni siquiera en la de su época final, más elaborada, no podemos dejar de sentirnos hondamente conmovidos. En sus versos se manifiesta un alma noble, un corazón sensible y tierno, el amor por lo esencial del asunto. Cuidado de la palabra -heredado de sus ancestros españoles, al decir de Martínez Estrada- y una lírica permanentemente emotiva, lo definen.

Supo ver con agudeza inigualable todo cuanto lo rodeaba, atisbando con mirada infalible el elemento poético que se esconde en todas las cosas. Revelando, de ellas, lo fundamental.

Baldomero no efectuaba distingos entre una realidad poética y otra que no lo fuera. Siempre consideró que si el hombre se permite ser poeta, todo lo que mira puede trasuntarlo en poesía. Así, la poesía no estriba tanto en el objeto mismo, sino en los ojos del que lo mira. Como de alguna manera dijo Henri Fréderic Amiel: el paisaje es un estado del alma.

Para Fernández Moreno -puede advertirse en su vastísima temática-, tanto es poesía una mata de hierba o una vereda en la ciudad o en el campo, un molino, o las vísceras del cuerpo humano...

"Versos de Negrita", "Intermedio Provinciano" y "Ciudad" son algunos de sus más reconocidos libros de poemas. Baldomero Fernández Moreno muere, relativamente joven, el 7 de junio de 1950, por un derrame cerebral.

La casa donde vivió en el barrio de Flores Sur en la ciudad de Buenos Aires aún se conserva y en su homenaje se ha bautizado con su nombre a una calle de esa zona de la ciudad. En esa hermosa y señorial casona, una placa de bronce en el frente recuerda que allí vivió el poeta. Concretamente, se encuentra en una esquina con robustas rejas, sobre Francisco Bilbao y Rivera Indarte. Fue un gran poeta. Aunque llegó a ser un lugar común recordar "Setenta balcones y ninguna flor", cabe mencionar muchísimas piezas antológicas. Citemos, al azar, "Una estrella", "El poeta y la calle", "La vaca muerta"... En verdad, la mayor parte de sus poemas, son memorables.

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