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Primera ola del feminismo

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Manifestación de las sufragistas de París (1935).
Mary Wollstonecraft

La primera ola del feminismo, según la genealogía del feminismo y la cronología de los estudios actuales sobre feminismo, se sitúa en la Ilustración, a mediados del siglo XVIII, referencia del nacimiento del que dice llamarse feminismo moderno. En el Siglo de las Luces surge la polémica sobre la naturaleza de la mujer y la jerarquía de sexos. El feminismo nace con nuevo discurso crítico que utiliza las categorías de la filosofía que le es contemporánea y el pensamiento de autores como Rousseau para fundamentar las vindicaciones.[1] Desde la perspectiva de los estudios feministas anglosajones, la primera ola del feminismo se inicia con el movimiento sufragista que se desarrolló en Estados Unidos y el Reino Unido a mediados del siglo XIX, tuvo como origen fundacional del movimiento la Declaración de Sentimientos de Seneca Falls en 1848.[2] Este periodo correspondería a la Segunda ola del feminismo en la cronología de estudios europeos.[2]

Feminismo e Ilustración

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Las filósofas y teóricas feministas Celia Amorós, creadora en 1987 del Seminario Feminismo e Ilustración, y Amelia Valcárcel señalan a la Ilustración de mediados del siglo XVIII como el punto de partida del feminismo moderno.

Si bien las polémicas en torno a la condición de la mujer se remontan a la Edad Media y se intensificaron con el preciosismo en la primera mitad del siglo XVII, diversas autoras consideran que la obra del sacerdote y filósofo francés Poullain de la Barre y los movimientos de mujeres y feministas surgidos durante la Revolución francesa constituyen dos momentos clave —teórico y práctico— en la articulación del feminismo moderno.[3]

El texto de Poullain de la Barre titulado Sobre la igualdad de los sexos, publicado en 1673 —en pleno auge del movimiento de las preciosas—, es considerado la primera obra feminista centrada explícitamente en fundamentar la demanda de igualdad entre los sexos. No obstante, es en el siglo XVIII, siglo de la razón y de la controversia, cuando la discusión sobre igualdad y diferencia entre los sexos se formula mediante un discurso crítico articulado desde la filosofía de la Ilustración.

El feminismo, según Amelia Valcárcel, «es un hijo no querido de la Ilustración, pero no por ello menos hijo, aunque la Ilustración no lo buscara».[4]

En este sentido, Ana de Miguel resume el pensamiento de Celia Amorós al señalar que el feminismo, entendido como un cuerpo coherente de reivindicaciones y como un proyecto político capaz de constituir un sujeto colectivo revolucionario, solo puede articularse teóricamente a partir de premisas ilustradas. Dichas premisas sostienen que todos los seres humanos nacen libres e iguales y, por tanto, con los mismos derechos. Aunque las mujeres quedaron inicialmente excluidas del proyecto igualatorio —como ocurrió durante la Revolución francesa y en la mayoría de las democracias del siglo XIX y buena parte del siglo XX—, la exigencia de universalidad propia de la razón ilustrada permitió cuestionar y denunciar sus usos patriarcales e ilegítimos.[5]

Primera edición impresa de Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft

En el marco del liberalismo político, autores como Rousseau, con escasas excepciones, relegaron a las mujeres a un papel subordinado dentro del Estado liberal. Como reacción a esta exclusión, surgieron declaraciones de derechos formuladas en femenino. En 1791, Olympe de Gouges redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana como respuesta a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano emanada de la Revolución francesa.

Asimismo, se desarrolló una literatura liberal favorable a los derechos de las mujeres, en la que destacaron figuras como Mill o Nicolas de Condorcet, quienes defendieron la igualdad jurídica y política entre los sexos. Sin embargo, el vacío y el aparente olvido de la figura femenina dentro del Estado liberal —que se prolongó hasta el siglo XX— no fueron denunciados de forma sistemática hasta la aparición de Mary Wollstonecraft y su obra Vindicación de los derechos de la mujer, publicada en 1792. Este texto rompió con la tradición previa de escritos femeninos concebidos como simples «memoriales de agravios» y dio paso a la «vindicación», entendida como un componente esencial del feminismo moderno.

Cabe señalar que, ya en 1789, las mujeres habían remitido Cuadernos de quejas a la Asamblea Nacional francesa en los que reclamaban acceso a la educación, una participación política moderada, la reforma de la familia y medidas de protección social. No obstante, estas demandas fueron mayoritariamente ignoradas.

Feminismo liberal sufragista

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Originariamente, se concentró en la obtención de la igualdad frente al hombre en términos de derecho de propiedad e igual capacidad de obrar, así como la demanda de igualdad de derechos dentro del matrimonio. A finales del siglo XIX, los esfuerzos se van a concentrar en la obtención de poder político, en concreto el derecho al sufragio.[6]

Un hito del feminismo es la Convención de Seneca Falls en Nueva York en el año 1848, donde 300 activistas y espectadores se reunieron en la primera convención por los derechos de la mujer en Estados Unidos, cuya declaración final fue firmada por unas 100 mujeres.

En Inglaterra, aparecen la suffragettes, activistas por los derechos civiles, lideradas por Emmeline Pankhurst así como numerosas autoras y activistas, en su mayor parte de Estados Unidos e Inglaterra, que van a llevar el feminismo al terreno del activismo, especialmente en un contexto de vindicación de igualdad de derechos frente al estado.

Los acontecimientos históricos del momento, especialmente la abolición de la esclavitud, van a ser muy influyentes en el devenir del movimiento feminista, pudiendo encontrar una correlación entre la lucha por la abolición y la lucha por los derechos de la mujer: muchas de las líderes de esta segunda corriente son esposas de líderes abolicionistas.

Cuartel general de las sufragistas en Cleveland, 1912

Una vez conseguida la abolición, se van a producir contactos entre las feministas y las mujeres negras, poniéndose de relieve las grandes diferencias en la situación de las mujeres blancas de clase media-alta, las únicas feministas hasta el momento, con las mujeres negras. Este encuentro lo personaliza la figura de Sojourner Truth y su discurso "Ain't I a Woman?" (1851). Las diferencias y características específicas de los problemas de la mujer negra junto con los de las mujeres obreras (un grupo que va a comenzar a hacer aparición) van a generar fricciones y problemas como por ejemplo, la incompatibilidad del modelo femenino de la mujer obrera con el de las pioneras del feminismo.

Autoras y activistas importantes de la primera ola del feminismo son: Lucretia Mott, Lucy Stone, Elizabeth Cady Stanton, Susan B. Anthony y Flora Tristan muchas de ellas vinculadas al abolicionismo e influenciadas por el pensamiento cuáquero. El carácter del feminismo predominante en ese momento vindica la mujer a través de cualidades positivas consideradas femeninas como la templanza, la vida piadosa o la abstención de beber alcohol. Sin embargo, esta vindicación de a mujer a través de la templanza no es menoscabo para enérgicas protestas y un activismo beligerante, con acciones como encadenarse en lugares públicos, romper escaparates, huelgas de hambre, desobediencia civil o actos desesperados y extremadamente peligrosos como tirarse delante del caballo del rey durante una carrera.

La abolición de la esclavitud va a llegar pero, para decepción de las mujeres, la igualdad de raza no se extiende a la igualdad de género, de modo que el movimiento feminista va a tener que buscar un camino propio, separándose del movimiento abolicionista.

Tras grandes esfuerzos, consigue el derecho al sufragio en 1918, cuando en Inglaterra se regula el voto para mujeres mayores de 30 años y poseedoras de una casa. En 1928, la edad para votar se equipara a la de los hombres. Por su parte, en Estados Unidos, la Decimonovena Enmienda de 1920 otorga derecho al voto en todos los estados del país. La mayor parte de los grandes estados europeos van a tomar medidas semejantes con algunas excepciones como Francia o Italia, que aún postergarán unos 20 años el derecho al sufragio femenino.

Junto al derecho al voto, la lucha feminista tuvo como objetivo los derechos educativos. Fueron años difíciles para las mujeres que, si lograban acceder a la universidad, después no se les reconocía el derecho a obtener formalmente, el título oficial de los estudios que hubieren cursado ni a ejercer la profesión para la que se habían preparado igual que los hombres.

Con la consecución de la igualdad "de Iure", la primera ola va a perder su razón de ser, tras un periodo de poca actividad en el logro de objetivos en relación con el feminismo. Las mujeres demostraron en los períodos bélicos que podían trabajar en todo lo que eran empleos de hombres. Pero al terminar la Guerra, en esta fase que autoras como Amelia Valcárcel llama el Interregno, lo que sucedió se conoce con el nombre de Mística de la feminidad, obra de Betty Friedan.

Aparecerán nuevas corrientes feministas, centradas en el progreso e igualdad social y cultural de la mujer y para diferenciarlas, se les va a calificar como la "Segunda Ola" (o Tercera en la cronología europea), nombrando de forma retrospectiva a la "primera ola".

Véase también

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Referencias

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  1. Valcárcel, Amelia (2012). Feminismo en un mundo global. Cátedra. ISBN 978-84-376-2518-8.
  2. 1 2 Valcárcel, Amelia (30 de mayo de 2013), Conferencia Sufragismo la segunda ola, consultado el 30 de agosto de 2018.
  3. Ana de Miguel. «Feminismo moderno». Mujeres en Red.
  4. «Valcárcel: "El feminismo es uno de los grandes pensamientos de la modernidad"». La Nueva España. Consultado el 30 de agosto de 2018.
  5. De Miguel, Ana. Historia del feminismo. Consultado el 24 de junio de 2012.
  6. Freedman, Estelle B. (2003). No Turning Back : The History of Feminism and the Future of Women. Ballantine Books. p. 464. ISBN 0-345-45053-1.


Predecesor:
Ninguno.
Primera ola del feminismo
Sucesor:
Segunda ola del feminismo