Ir al contenido

Historicismo

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Retrato de Leopold von Ranke (1795-1886).

El historicismo (del alemán Historismus), también conocido como historicismo clásico, es una corriente de pensamiento surgida en los estados alemanes hacia fines del siglo XVIII. Uno de sus principales aspectos consistió en el énfasis en la historicidad del hombre, de los fenómenos sociales y de las distintas sociedades como un factor esencial para su comprensión.[1]​ Mantuvo una relación fluida con los desarrollos de la hermenéutica, de las ciencias históricas y, en ocasiones, con la filosofía de la historia. A lo largo del siglo XIX —llamado por Gabriel Monod "el siglo de la Historia"— el historicismo alcanzó una gran difusión en Occidente como marco para convertir a la historiografía en una disciplina académica por derecho propio.

Diversas corrientes de varias tradiciones intelectuales han sido consideradas historicistas, como el historicismo jurídico, el historicismo en economía, la arquitectura historicista, el historicismo filosófico, el historicismo antropológico, el historicismo escatológico cristiano, el historicismo literario y el historicismo musical, entre muchos otros. No obstante, se considera que la principal y más influyente es la gestada el seno de la llamada escuela histórica alemana, que tuvo a Barthold Georg Niebuhr y Leopold von Ranke como sus mayores exponentes.

Caracterización

[editar]

La caracterización del historicismo clásico es dificultosa por varias razones. El término fue introducido por Schlegel en 1797 aludiendo al enfoque neoclásico en la historia del arte, y desde entonces fue parte activa de la vida académica en los estados alemanes. Sin embargo, la mayoría de sus exponentes no se reconocieron como tales, y su adscripción a esta corriente se trata en gran medida de una construcción a posteriori realizada por comentadores y sólo algunos de sus declarados continuadores (como Friedrich Meinecke). Por otra parte, una cierta incomodidad de los historicistas hacia la teoría y la filosofía hizo que contaran con pocos pronunciamientos de índole programática, más allá de los estrictamente práctico-metodológicos (con notables excepciones como Droysen).

Durante el siglo XX, el término se hizo sumamente difuso debido al uso que le dieron los críticos del fenómeno historicista, perpetuando una serie de malentendidos que se extienden hasta el día de hoy. El historiador Henri Marrou, por ejemplo, asoció las prácticas de los historicistas al positivismo, debido a la ingenua confianza que ambas corrientes depositaban en la objetividad del investigador y en el alcance del método científico.[2][3]​ Esta lectura resulta parcial al omitir el rechazo que importantes historicistas como Droysen y Dilthey formularon frente a las principales tesis positivistas: afirmaron la existencia de un método interpretativo específico para la historiografía y las ciencias del espíritu, en esencia diferente del de las ciencias naturales, y descartaron desde el inicio la posibilidad de establecer leyes científicas en la historia.[4]

Por su parte, los positivistas rechazaron el particularismo y las reservas metodológicas del historicismo, optando por el enfoque estructural y holístico propio de la sociología de ese entonces. Las divergencias entre sociólogos e historiadores se hicieron explícitas en la conocida polémica entre Simiand y Seignobos de 1900;[5]​ panorama que se complejiza aún más al considerar que los grandes renovadores de la historiografía como Marc Bloch y Lucien Febvre —hoy frecuentemente reivindicados desde perspectivas antipositivistas— se apoyaron en la sociología para atacar a la escuela metódica del mismo Seignobos.[6]

En su Miseria del historicismo, Karl Popper creó una nueva confusión al llamar "historicismo" al cuerpo de teorías que habrían buscado identificar las leyes de la historia y realizar predicciones especulativas sobre el futuro curso de los acontecimientos humanos.[7]​ Esta caracterización, adecuada para parte de las ambiciosas teorías de la Historia de Saint-Simon, Hegel, Comte y Marx, es ajena al trabajo de los historicistas alemanes, los cuales tendían a descartar la especulación filosófica en favor de un marcado empirismo.

De este modo, el término llegó a aglutinar a pensamientos tan disimiles como los de Leopold von Ranke, Friedrich Hegel y Wilhelm Dilthey, y acabó empleándose para designar a todo pensamiento que sitúe a la historia en el centro de sus análisis, aún cuando sus tesis sean opuestas y en parte excluyentes.

Para evitar esta confusión, la literatura especializada diferenció entre dos tipos de historicismo. El primero es el "historismo" (Historismus) de los historiadores del siglo XIX, los cuales tuvieron en Ranke a su figura más influyente al punto de haber sido llamados simplemente "rankeanos". Su enfoque sería el de un empirismo metodológico guiado por la pretensión de comprender al pasado en sus propios términos, buscando evitar anacronismos y especulaciones sin sustento por medio de los resguardos metodológicos de la crítica de fuentes. En esta tradición, muy cercana a la hermenéutica filológica, es posible inscribir a historiadores como Barthold Niebuhr, Wilhelm von Humboldt, Leopold von Ranke, Karl von Hegel, Theodor Mommsen, Johann Gustav Droysen, Ernest Renan, Jacob Burckhardt, Charles Seignobos, Otto Hintze, Max Lenz y Friedrich Meinecke, entre muchos otros.

Por otra parte estaría el "historicismo" (Historizismus) de los filósofos de la Historia, abocados a la búsqueda de revelar el lugar de los hombres y de los hechos históricos con respecto a la totalidad de la Historia. Esto es, no un pasado del que el investigador tomaría distancia, sino todo el curso de los acontecimientos -o devenir- que atraviesa al pasado, el presente y el futuro: una perspectiva desde la cual se descartaría el particularismo de los historiadores en favor de un enfoque holístico y ontológico de la Historia. La línea del historicismo retoma en este caso las preguntas de los filósofos de la ilustración, y se halla representada en parte por figuras como Friedrich Hegel, Auguste Comte, Ludwig Feuerbach, Karl Marx, Wilhelm Dilthey, Ernst Troeltsch, Oswald Spengler, Benedetto Croce, Antonio Gramsci, José Ortega y Gasset y Robin George Collingwood, a pesar de sus múltiples diferencias.

Orígenes

[editar]

Los orígenes más certeros del historicismo nacen de la oposición romántica al dogmatismo racionalista y universalista de los ilustrados. Hacia fines del siglo XVIII, Herder había entablado un prolongado debate con la visión de Kant de la Filosofía de la Historia, sentando las bases para la crítica historicista del idealismo alemán. Por otra parte, Edmund Burke había criticado duramente a los revolucionarios franceses en su ensayo Reflexiones sobre la Revolución francesa (1790), señalando la necesidad de inspirar toda acción social en la historia, el hábito y la religión de los pueblos.

Una mayor fuerza dieron al historicismo los aportes de la llamada Escuela histórica del derecho, que alcanzó su más alto desarrollo en Alemania con las obras de Friedrich Karl von Savigny, Georg Friedrich Puchta y Gustav von Hugo. Criticando los deseos de codificación voluntarista al modo del constitucionalismo revolucionario, Savigny postuló que la fuerza de los sistemas jurídicos radicaba en su historia, y que la comprensión de los mismos debía partir del reconocimiento de las particularidades inherentes a las experiencias de las diferentes civilizaciones.

No obstante, el hitos fundantes del historicismo resulta el descubrimiento en 1816 de las Instituciones de Gayo por parte del romanista Barthold Niebuhr. Este hecho disparó el estudio del derecho romano por toda Europa. La Historia de Roma en dos volúmenes de Niebuhr fue un éxito y contribuyó a legitimar sus métodos de crítica de fuentes fundados en la filología, lo que permitió complejizar el estudio de los orígenes de Roma basado hasta entonces en la Historia de Roma de Tito Livio.

Objetivos

[editar]

En el historicismo clásico, la tarea del historiador consiste en llevar a cabo una exploración sistemática de los hechos históricos. La escritura de la historia debe partir de un riguroso trabajo de investigación y análisis de fuentes, para someter los documentos a crítica con la ayuda de las llamadas ciencias históricas: la diplomática, la epigrafía, la numismática, etc. Se privilegian a las fuentes primarias por sobre las secundarias dado que las primeras proveen un testimonio más directo de los hechos a investigar. Por esta razón, la institucionalización de la historiografía debe verse acompañada por un cuantioso trabajo de recopilación de documentos históricos, como la Monumenta Germaniae Historica. La defensa del análisis de fuentes documentales como el método histórico por excelencia puede sintetizarse en el siguiente fragmento de la Introducción a los estudios históricos de Langlois y Seignobos, manifiesto de la escuela metódica francesa:

"La historia son los documentos. Los documentos son las huellas que han dejado las acciones y los pensamientos de los hombres de otros tiempos. Entre los pensamientos y los actos, muy pocos hay que dejen huellas visibles, y esas huellas, cuando existen, son raras veces duraderas, bastando cualquier accidente para borrarlas. Ahora bien; todo pensamiento y todo acto que no ha dejado huellas, directas o indirectas, o cuyas huellas visibles han desaparecido, se encuentra perdido para la historia, es como si nunca hubiera existido. Por falta de documentos, la historia de inmensos períodos del pasado de la humanidad no podrá ser nunca conocida. Porque nada suple a los documentos, y donde no los hay, no hay historia".[8]

El historicismo sostiene que no debe existir una teoría histórica con esquemas previos que imponga un sentido al pasado. Antes bien, debe ser el pasado el que hable, sin que el historiador busque extraer al mismo una aplicabilidad concreta más que la de narrar los hechos "tal como ocurrieron" (wie es eigentlich gewessen), como Ranke expuso en el célebre prólogo a su Historia de los Pueblos Romanos y Germánicos (1824). Esta obra consiste un verdadero manifiesto del historicismo, al presentar sus métodos en un apéndice donde Ranke critica a los autores que habían escrito sobre el tema con anterioridad. Guicciardini, por ejemplo, que en su Historia de Florencia hace algo que es insostenible, que es recurrir a la literatura en lugar de a los documentos institucionales.

La historiografía del siglo XIX se caracterizó por centrarse en la historia política, y el historicismo alemán no fue la excepción. Su metodología y sus principios dotaron a los historicistas de una sensibilidad muy pronunciada hacia la historia de las instituciones, la diplomacia, el proceso de conformación de los estados modernos, las acciones de los hombres de Estado y las grandes gestas militares. El fin último, no obstante, siempre consistió en captar la cosmovisión y el espíritu de época de los diferentes períodos históricos, visión ésta influida por el Romanticismo y el conservadurismo tradicionalista en el que se inscribían la mayoría de los historicistas. Por esta razón, se prefieren los estudios específicos y particulares de una nación antes que los enfoques universalistas de la historia de las civilizaciones.

Con todo, es necesario marcar que el historicismo alemán se hallaba más influido por corrientes filosóficas contemporáneas (como el romanticismo y el idealismo) que sus homólogos y seguidores de Francia, Inglaterra y los Estados Unidos. Esto era particularmente manifiesto en el trabajo de historiadores de las ideas y de la cultura como Droysen, Burckhardt, Dilthey y Meinecke, los cuales obraban consecuentemente con la empresa de una historiografía más consciente de las fuerzas vivas que surcan a la historia y la conectan con el presente del historiador.

Ocaso y legado

[editar]

El historicismo comenzó a entrar en crisis a partir de la segunda mitad del siglo XIX, cuando la ola nacionalista que recorría los países europeos evidenció la debilidad del planteo rankeano de la neutralidad del historiador. En diferentes grados, historiadores prusianos como Sybel, Treitschke y Droysen abrazaron la causa del Estado prusiano y reivindicaron el compromiso del historiador con su presente político. Varias obras de estos llamados "borussianistas" acudieron conscientemente a la historia para legitimar la unificación alemana y la vocación imperial prusiana, a la vez que volcaron en el pasado juicios anacrónicos marcados por los debates políticos de fines del siglo XIX.

Algunas de estas figuras habían hechos suyas las críticas de Friedrich Nietzsche al historicismo, denostando el afán anticuarista de los historiadores y bregando por una historia "al servicio de la vida" (véase vitalismo). De cara al siglo XX, nuevos ataques provinieron de figuras como Karl Lamprecht, Martin Heidegger, Walter Benjamin, Carl Hempel y Henri Marrou. Desde la redacción de la revista de Annales, Marc Bloch y Lucien Febvre realizaron una mordaz crítica al historicismo por haberse centrado en los acontecimientos en lugar de en los procesos, y haber relegado a los hechos sociales,económicos y culturales de las sociedades.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, la llamada Escuela de Annales terminó sustituyendo al historicismo como corriente historiográfica dominante en la Europa continental. En este caso, el ideal de historia como ciencia interpretativa fue abandonado en favor de su inclusión entre las ciencias sociales y económicas. Con la llegada del posmodernismo en la década de 1970, la historia-ciencia fue severamente cuestionada en la obra de Hayden White, que puso en tensión la mismísima noción de verdad histórica y acercó la historiografía a la literatura. Enfoques más moderados como los de la nueva historia cultural buscaron situar nuevamente la historia en el campo de las humanidades, valiéndose de las llamadas disciplinas históricas pero también de aportes de la antropología cultural y los estudios culturales, entre muchas otras disciplinas.

En la actualidad, la Teoría de la Historia considera al historicismo un enfoque superado, aún cuando suela destacarse su papel en la conformación de la disciplina histórica. Desde la hermenéutica ontológica, Hans-Georg Gadamer recupera algunos de sus aportes en torno a elementos como la comprensión hermenéutica, la historicidad y la consciencia histórica.

Véase también

[editar]

Referencias

[editar]
  1. Huelga, Luis Alfonso Iglesias (12 de septiembre de 2018). «Historicismo: el ser humano en el proceso de la historia - Filosofía & co.». www.filco.es. Consultado el 15 de septiembre de 2022. 
  2. Ahumada Durán, Rodrigo (2016). «La crítica de Henri Marrou al positivismo histórico. El retorno del sujeto en la elaboración del saber histórico». Cuadernos de Historia, (44). Consultado el 14 de mayo de 2024. 
  3. Aguirre Rojas, Carlos Antonio (2004). La historiografía en el siglo XX. Historia e historiadores entre 1848 y ¿2025?. España: Montesinos. pp. 57-58. ISBN 84-96356-03-5. 
  4. Dilthey, Wilhelm (1883). Introducción a las ciencias del espíritu. México: Fondo de Cultura Económica. ISBN 978-968-16-4535-0 |isbn= incorrecto (ayuda). 
  5. Revel, Jacques (2000). «Historia y ciencias sociales: lecturas de un debate francés alrededor de 1900». Memoria Americana. Cuadernos de Etnohistoria. Consultado el 13 de mayo de 2024. 
  6. Febvre, Lucien (1999). «De 1892 a 1933. Examen de consciencia de una historia y un historiador». Combates por la historia. Barcelona: Altaya. pp. 15-36. 
  7. Popper, Karl (1973). La miseria del historicismo. Madrid: Alianza Editorial. ISBN 9788420614779. 
  8. Langlois, Charles-Victor, y Seignobos, Charles (1972). Introducción a los estudios históricos. Buenos Aires: La Pléyade. p. 57. 

Bibliografía

[editar]

Enlaces externos

[editar]